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miércoles, 3 de julio de 2019

La elección de tus héroes

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El héroe es una propuesta, un muestrario de lo que nos parece admirable y admisible. El héroe está en el límite, más allá de nosotros, por eso nos parece extraordinario su comportamiento. El héroe representa el ejemplo hacia el que se nos propone camina. Por eso hay que tener cuidado con los héroes que elegimos, con aquellos con los que nos identificamos porque se pueden volver contra nosotros.
The New York Times nos muestra una historia digna de ser llevada al cine por un Francis Ford Coppola o por un Oliver Stone, la del Jefe de Operaciones Especiales de la Armada norteamericana, el SEAL Edward Gallagher, declarado no culpable de una serie de crímenes de guerra que sus subordinados denunciaron pero de los que solo se ha podido probar uno de ellos, inevitablemente aceptado por el héroe, su fotografía triunfal ante el cadáver de un joven combatiente de Estado Islámico, agarrado el pelo con una mano, su cuchillo de caza en la otra. Herido, denunciaban, le había apuñalado repetidamente en el cuello para que se desangrara. Le debió causar un enorme placer hacerlo. 


La historia del héroe absuelto por falta de pruebas está hoy en la prensa y, una vez más, muestra la división de la sociedad norteamericana respecto a sus propósitos y méritos. En la era Trump todo está cuestionado, en un sentido u otro. Es el trastocamiento de los valores, el mundo del revés, la oscuridad llamativa.
En The New York Times nos informan de las acusaciones y su origen:

The chief was turned in by his own platoon last spring. Several fellow SEALs reported that their leader had shot civilians and killed the captive Islamic State fighter with a custom hunting knife during a deployment in Iraq in 2017. He was also charged with obstruction of justice by threatening to kill SEALs who reported him.
In the SEALs, Chief Gallagher had a reputation as a “pirate” — an operator more interested in fighting terrorists than in adhering to the rules and making rank. When members of his platoon reported his actions to superior officers, fissures were revealed in the polished image of the SEALs and the unwritten code of silence among members of the secretive force, who see themselves as a brotherhood.
Some of the platoon members who spoke out were called traitors in a closed Facebook group and were threatened with violence. In court, some said they had started carrying weapons for self-defense.
From the beginning, the Navy portrayed the murder case in particular as a simple one with eyewitnesses to the crime and a culprit whose text messages appeared to admit guilt. But the military repeatedly stumbled in investigating and prosecuting the chief.
The SEAL command initially downplayed the platoon members’ reports about the chief, and did not start an investigation of the alleged crimes for more than a year, allowing the trail of evidence to grow cold. The lead prosecutor was removed from the case in May after he was caught improperly attaching tracking software to email messages sent to defense lawyers, leaving his replacement with just a few weeks to catch up before trial. And a key witness changed his story on the stand to favor Chief Gallagher.*


Los argumentos de la defensa —es lo suyo— se han encargado de mostrar a sus subordinados como unos conspiradores celosos de su jefe, incapaces de seguir su ritmo y hartos de sus exigencias. Es malestar habría llevado a que le acusaran de los múltiples crímenes, que incluyen la muerte de civiles por el placer de hacerlo. Las peticiones de pruebas —grabaciones, vídeos, fotografía...— de los disparos hechos sobre civiles reducen la guerra a un absurdo espectáculo. Lo que la guerra da precisamente es la impunidad al crimen, que es lo que tratan de explicar. El Jefe Gallagher disfrutaba con lo que hacía y hacía más de lo que tenía que hacer. Por lo único que le han condenado es por la vanidad de no resistirse a hacerse una foto triunfal humillando un cadáver, su foto con el trofeo de caza, la hecha para enseñársela a los amigos y que vean lo poderoso que es, cómo tiene un trabajo en que están en sus manos la vida y la muerte.
Es comprensible la inmediata simpatía que despertó en su Comandante en Jefe, el presidente Trump, quien ya advirtió que lo indultaría en el caso de que fuera condenado. No sorprende pues ya lo hizo con su amigo, el sheriff fronterizo que patrullaba cazando inmigrantes, al que perdonó y abrazó en la Casa Blanca.


A Trump le gusta proponer sus héroes, que son rápidamente aceptados y aclamados por aquellos que le siguen y cuyos sueños colma. Pero la peligrosidad de sus propuestas proviene precisamente de los valores que encarnan.
El Jefe de Operaciones Gallagher es un ejemplo más —otro— de cómo se pierde el liderazgo moral. Las tautologías del "gran trabajo" y del "hacen su trabajo" son el espejo circular del absurdo. No se trata de hacerlo bien sino de que hagan lo que hagan es su trabajo y por ello está bien.
Estados Unidos ha podido elegir: ponerse del lado de los SEAL que se sentían indignos bajo el mando de un jefe que exhibía su crueldad perversa, que necesitaba —según los testimonios— disparar sobre civiles o apuñalar en el cuello a un herido en el suelo para fotografiarse con el cadáver o estar del lado del Jefe. Puede que los jueces no hayan podido hacer más con el material que tenía. Le han declarado "no culpable", que no es lo mismo que inocente.


Pero Trump no ha necesitado pruebas. Simplemente ha considerado un "buen trabajo" lo hecho por Gallagher y decidió ponerse de su lado y respaldarle por su trabajo anterior. Curiosa práctica esta de lavado de crímenes por lo que haya podido hacer antes, probablemente lo mismo cuando ha tenido ocasión.
Nos cuenta The New York Times el ascenso de Gallagher al Olimpo heroico:

Chief Gallagher emerged from the courthouse beaming, hugging his wife and brother as photographers thronged around his legal team.
Bernard Kerik, the former New York police commissioner who put the team together, said it was time to stop second-guessing the men and women fighting overseas.
“Let them do their job. Eddie Gallagher did his job,” Mr. Kerik said. “He’s a hero. He’s a hero in the eyes of every American who followed this case.”*

El trabajo del héroe. La América que no entiende o que no le importa sigue ciega ante su debacle moral. Nada es más ciego que el dogmatismo nacionalista, que eleva todo a una cuestión orgánica, descerebrada: el falso patriotismo. En él, los males se transforman en virtudes y un criminal en un héroe. "Su trabajo" se puede camuflar de muchas maneras, pero no puede esconder el placer que le produce la fuerza y la prepotencia que considera que no existen reglas para el que viste un uniforme.


El empeño en convertirlo en un "héroe", en una víctima de sus inferiores dice mucho de la perversión moral que vive el nacionalismo patriotero en los Estados Unidos y que se está extendiendo por el mundo. Los crímenes con uniforme son menos crímenes; el que mata injustificadamente merece medallas y honores.
Los Estados Unidos se están quebrando por la mitad entre los que reivindican una americanidad violenta, armamentista, que se exporta al exterior, y los que se sienten avergonzados por la exaltación de la violencia y la amenaza constante de apuntar hacia ti con toda la artillería de que se disponga. Es un punto más en la pérdida del liderazgo moral.
Los nuevos héroes, condición que se reclama para personajes que matan en la frontera o salen de ellas para dar forma a sus taras (como Gallagher), son una carga para el futuro de una Norteamérica que algún día despertará de la sesión de hipnosis colectiva en la que se encuentra y verá con horror el templo del Walhalla que ha creado para sus héroes.
Muchos los eligen hoy  como sus héroes. Nos les importa lo que hayan hecho, solo que lo han hecho dentro de un uniforme. Quizá mañana los tapen con vergüenza.


* Dave Phillips "Navy SEAL Chief Accused of War Crimes Is Found Not Guilty of Murder" The New York Times 2/07/2019 https://www.nytimes.com/2019/07/02/us/navy-seal-trial-verdict.html

domingo, 10 de febrero de 2013

El héroe lector

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
De entre los distintos tipos de héroes de los que Thomas Carlyle se ocupó en sus famosas conferencias pronunciadas en 1840, destaca la figura moderna del "héroe literato". Son interesantes muchas de sus reflexiones sobre este tipo de héroe porque solo ha sido posible gracias la transformación social y cultural fruto de la extensión de los "libros", como un efecto conjunto y recíproco del desarrollo de la imprenta y la alfabetización. El héroe literato ha aparecido porque existen los libros y gentes que pueden leerlos. Los autores se han creado un público. Su presencia y acción heroicas serían imposibles sin esa tecnología de la palabra que se extiende cada vez más por todo el cuerpo social. El "literato", como el mismo Carlyle puede ser considerado, vive de lo que escribe gracias a los que le leen. Es el resultado de la imprenta, de la "prensa".
En la quinta de sus conferencias —la dedicada al "héroe literato", con el Doctor Johnson, Jean-Jacques Rousseau y Robert Burns como figuras destacadas en las que se centra, aunque considere a Goethe como el más representativo de esta moderna modalidad heroica—, Carlyle escribió:

If we think of it, all that a University or final highest School can do for us, is still but what the first School began doing,—teach us to read. We learn to read, in various languages, in various sciences; we learn the alphabet and letters of all manner of Books. But the place where we are to get knowledge, even theoretic knowledge, is the Books themselves! It depends on what we read, after all manner of Professors have done their best for us. The true University of these days is a Collection of Books.


Para Carlyle, el poder de los libros era indudable. Enseñar a leer era el arma más poderosa que se le podía entregar al ser humano. Todo el sistema educativo no es más que una prolongación de esa enseñanza primera que es el aprendizaje de las letras. Y, efectivamente, hay mucho de cierto en esa afirmación, puesto que nos abre todas las puertas.

La lectura es una herramienta de creación de la identidad propia a través del contacto con lo escrito, pero puede no serlo si está mal orientada. Carlyle presuponía un lector con una características especiales que no siempre se dan. Piensa todavía en un movimiento sin precedentes, que podemos llamar de forma genérica "ilustración", que impulsa a los individuos a salir del estado de ignorancia en el que se encuentran para adentrarse en un mundo de conocimiento que está depositado en los libros. Piensa en una persona que, conforme va avanzado en su educación, es capaz de ir tomando las riendas y guiándose por sí mismo, como señalaba Kant de la "ilustración". Es decir, piensa la cultura en términos de autonomía de la persona.
Educarse en desplazarse por un gigantesco escenario, la Historia, que ha quedado sembrado de piezas valiosas por aquellos que han dejado sus marcas en el arte, la filosofía, la ciencia, la literatura, la política, todos los campos del saber. La educación lectora es como una operación de cataratas; nos quita la oscuridad de la ignorancia y nos permite ir avanzando por los senderos de los paisajes más ricos.


Thomas Carlyle nos habla del "héroe literato", el que ya no lucha en los campos de batalla o se pone al frente de los pueblos para fundar religiones o llevarlos a la tierra prometida, del que escribe, deposita en papel lo mejor de sus pensamientos y sentimientos, sus ideas para que sean compartidas. Nosotros podríamos hablar hoy del "héroe lector", que sería su correlato, aquel que es capaz de acercarse a esas marcas de la Historia que indican senderos hacia la autonomía de la persona. Pero ¿es ese el objetivo de nuestra educación, de las industrias de la cultura? Me temo que no.
En un mundo lleno de pseudo "héroes literatos", de falsos profetas de la escritura, de gurús de la autoayuda, de divulgadores que nos ahorran el acceso a las cumbres y nos ofrecen cómodas visitas guiadas por antologías a la moda, el heroísmo de la lectura es el más importante y necesario. Hay que sembrarlo, fomentarlo, vertebrarlo.


Leer sigue siendo un acto crucial y decisorio si se realiza sobre las lecturas que nos hacen crecer y avanzar en nuestra autonomía, pensar en diversas dimensiones, para encontrar nuestro puesto histórico, nuestro lugar en la Historia. Nos dicen que se "lee" mucho, sin embargo los resultados culturales son de una gran pobreza. El sistema industrializado de la cultura no se preocupa por las personas, sino de su conversión en consumidores "culturales". Hay una "economía" de la cultura, de su producción y productividad, pero no se trata de eso.
El "héroe lector" se enfrenta hoy a los cantos de sirenas constantes que reclaman su atención —más bien su distracción— de cualquier foco no sujeto a la programación comercial o educativa. Nuestra cultura de consumo no posee memoria, lo más a lo que puede llegar es al "revival", que es el retorno comercial a través de la "moda". El "héroe lector" se enfrenta hoy a bestsellers, a manuales, a resúmenes, a antologías, a divulgadores simpáticos, reseñistas pagados, etc. que se interponen entre él y los libros que pueden cambiar su visión del mundo y de sí mismo. 


Leer es siempre un acto solitario. Ahora nos enfrentamos también a la soledad del camino lector, la soledad de aquellos que no encuentran con quién compartir sus lecturas y son señalados con el dedo como afectados por algún extraño virus antisocial que les hace apartarse del resto. He escuchado a muchas personas que se mostraban angustiadas por la soledad que les suponía la distancia que los libros inteligentes habían establecido entre ellos y aquellos con los que ya eran incapaces de compartir la vaciedad. Es el efecto revelador, la caída del velo de Maya, que nos muestra la estupidez ambiental; lo que hace que se les caigan de las manos libros, películas, música..., una cultura basura hecha para ser olvidada después de usarla.
Nos hemos ido quedando sin "héroes literatos"; se han pasado al best-seller o están ocultos bajo el peso de las campañas comerciales y la estridencia mediática de la tontería programada para gustar. Quedan libros flotando, como restos de un naufragio, que con suerte pueden llegar a los islotes en los que el héroe lector se ha exiliado o a los que ha llegado tras haber sido arrojado por la borda de barco de la ignorancia.