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martes, 10 de mayo de 2016

El autor cañí o despotricando desde la ventana mediática

Joaquín Mª Aguirre (UCM) 
Dice el señor Sánchez Dragó que nunca ha sentido tanta "vergüenza propia y ajena" como cuando ha visto moverse por Madrid a un grupo de ciudadanos chinos que han tenido a bien venir a España a disfrutar de unos días de vacaciones porque el propietario de su empresa ha decidido financiarlas. No entiendo por qué, pero completando la idea debo decir —creo que también tengo derecho a ello— que pocas veces he sentido tanta vergüenza ajena (la propia la reservo para otras cosas) como cuando he leído lo que el señor Sánchez Dragó ha escrito y que ha titulado "China cañí", dentro de su sección en el diario El Mundo, que por extensión se ve contaminado con el escrito. Sencillamente, es impresentable por lo que rezuma de xenofobia y de algo que al autor le gusta mucho, la provocación, y que les es cada vez más complicado. Siempre le ha gustado decir a Sánchez Dragó que no se siente español, algo que supongo le agradecemos todos.
No tenemos bastante con dar muestra de nuestra mala educación insultándonos entre nosotros para que ahora haya que hacerlo con aquellos cuyo único mal es haber elegido nuestro país para poder recorrerlo y descansar unos días. Es algo, según parece, para lo que tenían que haberle pedido permiso al señor Sánchez Dragó. No voy a molestarme en decir más palabras sobre este señor. Allá él con sus vergüenzas.
Mi interés, por el contrario, se centrará en aquellas personas que se sienten atacadas sin comerlo ni beberlo por este tipo de personas sobradas. La noticia me llegó cuando me senté ante el ordenador del despacho y vi un comentario muy dolido de una de mis estudiantes chinas. Acababa de terminar una tutoría con otra estudiante que me había manifestado su deseo ilusionado de estudiar su doctorado para poder ser el día de mañana profesora de español en una universidad en China. Lo había hecho después de que estuviéramos un buen rato hablando de cosas muy interesantes sobre la cultura china y el trabajo que estaba realizando, mucho más que las que el autor del artículo haya podido decir, tan ingeniosas algunas como que llevaban camiseta azul por el "celeste imperio". Nos consta que el conocimiento de Oriente, del que siempre ha presumido, debería dar algo más de sí o tener una finalidad más noble. La sabiduría, cuando es tal, debe cundir.


Puede que ya no dé más de sí; lo ignoro, pero creo que es profundamente ofensivo lo que ha escrito. Puede que sea una estrategia para llamar la atención y conseguir interminables comentarios. Yo solo haré este y es el profundo desprecio y tristeza que me causa una exhibición gratuita de mal gusto y zafiedad xenófoba respecto a personas que merecen respeto y agradecimiento por interesarse por este país extraño, mezcla de superioridad e inferioridades, en el que vivimos, y que tiene la desgracia de que su intelectualidad, por llamarlo así, no aspira a mucho más que a estas gracias. Le gusta al autor la frase de R.L. Stevenson de que siempre se es demasiado joven para morir, pero también —añadimos nosotros— nunca se es demasiado viejo para meter la pata.
Hace tiempo que se ha puesto de moda entre algunos este tipo de comentarios xenófobos que afectan a muchos de nuestros alumnos extranjeros. No entienden cómo su entusiasmo por nuestro país, el interés que les ha llevado a estudiar español durante años y a separarse de sus familias para venir aquí, se ve correspondido por estas salidas de tono en artículos o programas. No lo entienden y yo tampoco.


Los artículos también marcan a los medios. Aquí no vale eso de "no nos hacemos responsables de las opiniones expresadas". Es una tontería legal. Sí lo son, por lo que además de apenarnos por el caso individual, hay que hacerlo también por el lamentable estado de nuestra prensa, en la que se priman este tipo de discursos que no llegan a provocadores y se quedan en irritantes, algo que se arregla abriendo un poco la ventana.
Hace muchos años que comparto clases y trabajos, artículos y actividades con mis alumnos chinos —además de con los de otros lugares— y me gustaría ver la misma actitud receptiva e interesada que encuentro en ellos en muchos de los que salen de nuestras aulas. Hace tiempo que los medios se dedican a realizar reportajes tratando de infravalorar su presencia y méritos. Mis alumnos chinos, por ejemplo, leen a Nietzsche, a Yuri Lotman o a Mijaíl Bajtín; leen a Foucault o estudian la pragmática para analizar la cortesía verbal. En seminarios hemos leído a Kant, a Rousseau o a Carlyle, entre otras muchas cosas.

Mantengo con ellos un blog paralelo a este precisamente para compartir e intercambiar ideas sobre la cultura, la comunicación y la intensas relaciones interculturales a la que estamos abocados, desde mi perspectiva, para bien. Ampliar horizontes es el mayor enriquecimiento al que podemos aspirar y a no este embrutecimiento castizo al que nos someten desde dentro, cada día, tratando de que nos riamos de todo lo que es diferente. Para mí es una aventura gratificante, renovadora, poder compartir cosas nuevas para ellos y para mí.
Siempre les digo que hay una cosa importante: aprender un idioma como ellos lo han hecho con el español es una gran responsabilidad. Significa convertirse en puentes de doble dirección, hacia ellos y hacia nosotros. Su manejo del español significa que nos ayuden a conocer lo importante de su cultura y que viertan a la lengua china lo que más les guste e interese de la nuestra. El problema es que hay gente a la que le sobra todo.
Por eso me siento irritado por ese ejercicio de mal gusto, insulto y tontería. Me alegra ver cómo —mientras escribo— muchos compañeros españoles de mi alumna, personas que saben de su esfuerzo y valía, le mandan mensajes calificando al autor del artículo con bastante menos delicadeza que con la que yo lo estoy haciendo, aunque compartiendo por dentro la misma indignación.

Muchas de las tesis que realizo con ellos se ocupan de los problemas de comunicación intercultural. Lo del artículo no entra siquiera en la categoría de "problema intercultural" sino sencilla y llanamente en la mala educación con pretensiones de ingenio. Mucho me temo que el que se ha quedado en Berlanga, en como alcalde vuestro que soy, despotricando desde una ventana mediática, es él, tan oriental, tan cosmopolita. 
Reserva el autor, en cambio —quizá por ir contra los tiempo—, sus simpatías para los toros. El año pasado se recogía en La Vanguardia (5/04/2015) su pregón taurino sevillano, actividad que no le suscita esos arrebatos antiturísticos: "Este pregón es un canto a la amistad, a la fraternidad y la bondad. Tres virtudes propias del toreo, de quienes lo practican y de quienes, como nosotros, gustan de él y con él que se emocionan", les decía a los sevillanos y turistas llegados a la ciudad. ¡Practíquelas con más frecuencia, junto con la humildad, que también hay que aprender del toro!


Afortunadamente, mañana por la mañana me sentiré más animado al repasar los proyectos de tesis que debemos entregar en estos días, muchas de las cuales los tendrán ocupados en temas más serios que esas tonterías que los medios de comunicación hacen circular de vez en cuando para evitar que se desarrolle nuestra inteligencia.
Lamento que haya gente en mi país que escriba de esta forma sobre las personas de otros. No es el único, desde luego. Me gustaría que fuera el último.
Pensad en todo lo bueno que compartimos y olvidaos de estas cosas. Digo aquí lo que le dije a ella: no ofende quien quiere, sino quien quiere. Aprender otro idioma es un acto de amor y muchas veces de paciencia.


lunes, 20 de mayo de 2013

Escenas de la vida mediterránea o el amor como inversión

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Me resistí el otro día a la historia del ex presidente de equipo de fútbol que va a reclamar los dineros aportados para un conjuro de amor por falta de eficacia. Sí, me resistí. Se me cruzó algún tema tremendo y mi deseo narrativo se vio desplazado ante esta historia colosal y mediterránea, digna de Luis García Berlanga. Antes se usaba mucho el calificativo de "solanesco", en referencia a la pintura de Gutiérrez Solana. El escritor Andrés Trapiello tuvo ocasión de disertar sobre el concepto, explicándolo así:

Lo solanesco es eterno, como el mundo, pero él lo hizo visible, y es justo que lleve su nombre. ¿Y qué es lo solanesco? La emoción y la poesía donde parecía no existir, en los arrabales de la existencia, en los pudrideros, en las que los burgueses despreciaban como heces de la sociedad.*

Las antípodas de "lo solanesco" está el escopeteo nacional, el a lo Berlanga, este mundo de sal gorda, ridículo, fallero e indocumentado, que no necesita de caricatura porque la lleva puesta. Nos acordamos de García Berlanga como los franceses se acuerdan de Balzac, de sus escenas de la vida parisina o provinciana. Nos faltan los "maestros" descriptores; ya solo producimos virtuosos del suflé, del adelantamiento en las curvas, del triple y del rebote, del taconazo o del revés a dos manos. ¡Qué pena! ¡Qué de historias se quedan en el tintero o descritas con el pragmático verbo administrativo de los juzgados! ¡Señor, que el cine español esté en crisis, con estas historias!
Y es que lo tiene todo, un todo a la española con futboleros y videntes, con pícaros y familiares de pícaros, historia donde lo más real es la pistola falsa y la tecnología un botón-cámara que haría enrojecer a Bond, James Bond.  Me he pasado el fin de semana viendo las viejas películas de Sherlock Holmes, con Basil Rathbone, el mejor "Holmes", y ni por asomo se le planteó un caso como este. Ni la protección del diamante que debe llegar a Edimburgo, ni el arma secreta que los nazis quieren apropiarse, ni los engaños de Moriarty, ni la hipnosis practicada por los criminales en el caso de los dedos cortados..., nada tiene paragón con el caso de la vidente de Magallón y el ex presidente del club castellonense.


El caso no hay que seguirlo en los grandes diarios generales, sino como un "crossover", como una fusión de géneros, en los diarios deportivos, allí donde lo inusual del asunto y lo familiar de los intervinientes hace que resalte en todo su esplendor fallero, a lo Berlanga. Nos dicen en el Diario Gol:

Poderes inexistentes
Según fuentes del instituto armado, la mujer decía ser pitonisa y había cobrado en efectivo por resolver el citado problema sentimental mediante un ‘don’. Dado que dichos poderes no existen, no pudo cumplir su promesa. Al negarse a devolver el dinero, Laparra y sus acompañantes decidieron ir a reclamárselo en persona. La vidente fue incapaz de prever el resultado de sus acciones.
Por otra parte, Laparra tiene previsto declarar en los juzgados de Castellón el lunes 20 de mayo por su presunta participación en el 'saqueo' de la entidad deportiva que presidía. La peña Sentimiento Albinegro cifra entre cuatro y seis millones de euros la cantidad que presuntamente se llevó.**


La frase "Dado que dichos poderes no existen, no pudo cumplir su promesa" me parece de una transparencia y racionalidad cartesiana, enfrentada a esos mundos mágicos de la videncia, el amor y el fútbol. Y los negocios, claro, que a veces son magia negra.


Los diarios generales, en cambio, más acostumbrados a otro tipo de noticias, lo enfocan de otra manera. Bajo el titular «Laparra: "invertí en la pitonisa"», el diario El País lo considera más desde el lado "emprendedor" del asunto:

“Hice una inversión en la empresa que se dedicaba al tarot y a los rituales, de ahí a que yo haya pagado 165.000 euros por amor, es una barbaridad”. José Laparra, el expresidente del Club Deportivo Castellón imputado por el asalto a la vivienda de una pitonisa en Magallón, Zaragoza, ha negado este domingo que acudiera para la devolución del dinero pagado por un conjuro de amor que no tuvo el efecto esperado. El empresario valenciano ha rechazado, en declaraciones a la televisión pública valenciana, la versión oficial aportada por la Guardia Civil y asegura que acudió “sin mala fe” a la vivienda. Nada ha dicho del arma simulada y la microcámara camuflada con la que los cuatro asaltantes irrumpieron en la casa.
El empresario ha manifestado que por lo que se siente estafado es por una inversión que realizó en la empresa Lucía M. G., la vidente. “Soy un empresario, hice una inversión, me sentí estafado y fui a cobrar de la mejor manera y sin ningún tipo de mala fe”, ha afirmado.**

No sé si la estrategia de Laparra, la de camuflar el desembolso amoroso como inversión empresarial, es la más adecuada. Su versión contradice la de la Guardia Civil, que asegura que la vidente se encontraba escondida "bajo un colchón" en el momento de personarse allí, en el lugar de aquella extraña reunión de negocios. ¿Amor defraudado, inversor estafado?


Laparra prefiere pasar a la historia como un empresario calamitoso, un inversor imprudente, antes que como enamorado. ¡Ay, el amor, que antes lo justifica todo, qué desprestigiado está! La historia del empresario, del dirigente futbolero enamorado, recurriendo a filtros y conjuros de amor y despilfarrando fortuna —una especie de Gatsby mediterráneo, "el gran Laparra"— para llamar la atención de su "amada", se nos convierte en un caso de inversión mal asesorada; otro más. Vulgaridad. Allá él. Donde esté la luz verde.


Los diarios de la zona, que están más al tanto de los entresijos de lo que son estas "escenas de la vida de provincias" dan una versión destemplada del asunto, sin romanticismos ni supercherías. El editorial de El Diario Mediterráneo, bajo el adecuado título "La película de José Laparra", escribe:

Laparra era el chico agradable, simplón, sin malicia si lo comparamos con sus dos socios y que ciertamente sufrió las maniobras oscuras y ladinas de estos hasta cobrarle parte de su salud. Era la pantalla que ocultaba el verdadero trasfondo del que a más no poder se afanó en desmarcarse. Su responsabilidad real, no obstante, la dirimirá la justicia y desde luego, el turbio asunto del asalto a la casa de la pitonisa junto a unos presuntos sicarios con pistola simulada para que le devolviera el dinero que supuestamente le pagó por un conjuro de amor de lo más friqui que desveló Mediterráneo, no le va a ayudar en nada. Todo lo contrario, es posible que desvele su verdadera psicología.
Porque además de su irregular y sospechoso paso por el CD Castellón y del ridículo y grave asunto del asalto a la pitonisa por el que le pueden caer dos años de cárcel, a Laparra hay que sumarle una actividad empresarial más que límite. De promotor inmobiliario y gestor de residencias de la tercera edad, actividades a las que la crisis le ha cobrado buena factura, ha pasado ahora a desempeñar la labor de una especie de testaferro/socio/empleado o lo que sea en algunos negocios de Ángel De Cabo. Sí, el liquidador valenciano de empresas del caso Marsans, ahora en la cárcel con una de las fianzas más altas nunca impuestas por la justicia española y en espera de juicio junto al expresidente de la CEOE, Díaz Ferrán.***


Al final, estas historias acaban siempre tocando el duro suelo, sin romanticismo, sin conjuros; sin videncia, con previsibilidad. Si lo solanesco era descubrir la poesía en la miseria, estos son solo los pudrideros sin poesía, vulgaridad acartonada, repetición sin fin. El más acá del más allá. También eterno como el mundo, que decía Andrés Trapiello.
Sí. Todos los caminos llevan al circo romano.

* "«Lo solanesco es eterno como el mundo»" El diario montañés 27/10/2011 http://www.eldiariomontanes.es/v/20111027/cultura/literatura/solanesco-eterno-como-mundo-20111027.html
** "Detienen al expresidente del Castellón por asaltar a una pitonisa" Diario Gol 17/05/2013 http://www.diariogol.com/es/notices/2013/05/detienen-al-expresidente-del-castellon-por-asaltar-la-casa-de-una-pitonisa-32690.php
*** "Editorial: La película de José Laparra" El Periódico Mediterráneo 19/05/2013 http://www.elperiodicomediterraneo.com/noticias/opinion/la-pelicula-de-jose-laparra_817273.html





sábado, 29 de diciembre de 2012

Plácido ante el peligro

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Hace un par de días que disfruté de nuevo viendo la célebre película de Gary Cooper, Solo ante el peligro (High Noon, Fred Zinnemann 1952) y ayer no me la podía quitar de la cabeza mientras veía la magistral Plácido (1961), de Luis García Berlanga, la película navideña menos apropiada para esta época del año, un fuerte correctivo.
Quizá fuera porque ambas son películas que transcurren casi en tiempo real, con el reloj en la mano, en pueblos que los protagonistas recorren sin cesar de un lado a otro intentando encontrar la ayuda que les es negada; quizá también porque ambos lucen una estrella: Cooper, la de sheriff, y Plácido la navideña que lleva instalada en lo alto del motocarro con el que va de un lugar a otro. Son dos héroes atípicos en tiempos revueltos. Ambas son historias crueles sobre la falta de caridad, algo que nos confirma el villancico final de Plácido: "en este mundo no hay caridad / ni la ha habido antes, ni nunca la habrá".


Volver a ver Plácido en estos tiempos de desahucios, impagos, comedores sociales, bancos de alimento y paro es un ejercicio de indignación controlada por el humor corrosivo que atesora. No, aquel mundo no es "del todo" el nuestro. No debemos ser injustos ni masoquistas. Hemos "mejorado" materialmente. Pero tampoco debemos consolarnos demasiado porque el arte revela los tiempos, sí, pero también lo intemporal: la injusticia y la hipocresía, la falta de caridad, el uso de los demás y el egoísmo infinito. Eso sigue. Un pesimista nos dirá que el ser humano no cambia; un optimista, que ahora lo vemos en color.


Entre Will Kane (Gary Cooper) y Plácido (Cassen) hay muchos puntos en común, salvando las distancias geográficas y los géneros, claro. Ambos son héroes extraños, enfrentados al mundo que les rodea, que les da la espalda después de utilizarlos y explotarlos. Si Kane lucha contra el reloj, omnipresente en la película de Zinnemann, Plácido luchará también contra el tiempo para llegar al notario "antes de la caída del sol", según la fórmula usada, después de haber haberse frustrado el pago de la primera letra del motocarro en el banco al mediodía.

Decía el propio Zinnemann que él quiso hacer un "anti western", sin nubes en el cielo, sin persecuciones a caballo —el sheriff se pasa toda la película caminando—, sin peleas —¡Kane solo se pelea con su propio ayudante!— y con un solo tiroteo al final; con un plano casi fijo de los raíles del ferrocarril, el lugar por donde el mal debe llegar a las doce, si es puntual.  A Plácido, por su parte, lo que le llega —con retraso— por los raíles es otra forma del "mal", la cabalgata de artistas que vienen de Madrid, con coristas presentadas como divas en esa pequeña ciudad de provincias, que serán subastadas como compañía para la cena de navidad; a unos les tocara un "pobre" con el que ganarse el buen nombre; a otros, los de pago, una "artista" con la que presumir. Nadie se ganará el cielo. Plácido, diríamos hoy, es un "western urbano", un "mazapán western" navideño a la española, negro, quevedesco.
Si se dice que Solo ante el peligro nos habla en clave de la "caza de brujas", en Plácido —sin tapujos— son las brujas, auténtico aquelarre, las que salen a cazar pobres que sentar en su mesa navideña. Mucho pavo y poco espíritu. Mucha miseria, moral y de la otra tanbién. Lo único positivo —casi positivista— es que Plácido ha conseguido pagar finalmente la primera letra del motocarro con el que se supone que se ganara la vida. La vida es ir pagando letras, llegar a tiempo al banco, que no las envíen al notario. ¡Quién sabe si llegará a presidente de la Patronal española!


Si tras ver Solo ante el peligro se llega a la conclusión de que la gente es cobarde y que lo mejor que debe hacer el héroe es perderles de vista, en Plácido sacamos la conclusión que se es héroe por pura supervivencia —es el toque de la picaresca, nuestro género auténtico, que todo lo tiñe—, que nadie es mejor que los demás y que cada uno va a lo suyo. La "heroicidad" no es más que una categoría narrativa, un énfasis en la focalización del personaje en un universo oscuro. Plácido, en fin, se llama "plácido" como Cándido se llamaba "cándido", por ironías de la vida, porque te escriben el destino entre unos y otros, y en el nombre va tu futuro. No eres Beowulf; solo tratas de sobrevivir.
Sigue sorprendiendo Plácido porque es difícil, en clave de comedia, resistirse al tópico heroísmo redentor en un mundo mezquino que se inventa sus héroes de cartón piedra para poder venderlos después en camisetas. Pero García Berlanga lo hizo, se resistió a dejar una luz más allá de la estrella que deambula por la ciudad insensible. Las Navidades de Plácido son un imposible tiempo de redención, un  ejercicio de hipocresía social en toda regla. ¿Cómo es posible tanta miseria moral? Victor Hugo se quedó corto.

¡Qué bello es vivir! (Frank Capra 1942)
Si hay gente que se repone todas las Navidades "¡Qué bello es vivir!" (It's a wonderful life!, Frank Capra 1942), a pocos se les ocurrirá imponerse Plácido como ritual, quizá porque hay que darse un respiro de vez en cuando y no olvidarse de que existen muchas cosas buenas en la vida, muchas de ellas por hacer. Placido es un gran correctivo moral sobre las falsas apariencias de la felicidad, la bondad y la solidaridad humana. Es volterianismo puro. ¡Gracias a Dios, siempre existirán los programas dobles!

Como western hispano, Plácido recorre el pueblo a lomos de su motocarro, solo ante el peligro, solicitando una ayuda que nadie le presta antes de que el sol se ponga. No hay ya una balada heroica cantada por Tex Ritter; solo ese "Romance del Niño perdido":


- Madre, en la puerta hay un niño
más hermoso que el sol bello,
y dice que tiene frío,
mas, sin duda, es que está en cueros.

- Pues dile que entre
y se calentará,
porque en este pueblo
ya no hay caridad,

ni nunca la ha habido
ni nunca la habrá.

Nos gustaría que Plácido, como Will Kane, arrojara la estrella al suelo, montara a su familia en el motocarro y se fuera a un pueblo mejor que mereciera sus servicios de transportista. Pero el genio de García Berlanga, su pesimismo crónico, hace que Plácido se quede allí, en aquellas calles oscuras y frías, intentando sobrevivir entre la fauna local. No hay final del mundo, solo final de mes. Es tiempo ya de pensar en cómo pagar la segunda letra, no la lleven protestada al notario otra vez.
Y la vida sigue, letra tras letra.