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jueves, 28 de julio de 2022

España y la falta de previsión

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Cada día escuchamos lo mismo en distintas versiones: con los incendios nos dicen que no hay suficiente personal para cubrirlos, que no están contratados más que tres meses; nos dicen estos días que los hospitales están colapsados porque les falta personal y que llegado el verano la situación se recrudece e intensifica con enfermos en los pasillos y horas esperando para ingresar. Ayer nos daban otro caso más: se tarda un mes en tener un pasaporte porque no hay personal para atender las solicitudes.

Son tres ejemplos de un mismo problema, la falta de recursos humanos. En España, el único pecado mortal es contratar. La precariedad se ha vuelto la norma y los recursos de personal asignados son tan ajustados que no pueden enfrentarse no ya a casos imprevistos (un aumento inesperado), sino a elementos tan obvios como los incendios en verano y con estas olas de calor o el aumento de la demanda de pasaportes por los movimientos vacacionales.

Lo malo de todo esto es que ha dejado de ser un problema y constituye la normalidad. Las administraciones públicas se han reducido para atender situaciones que se prolongan en el tiempo o se multiplican.

El caso de las quejas contra la Consejería de Medio Ambiente de la Junta de Castilla y León, que comentamos el otro día, es un ejemplo de esta especie de reducción de todo ya sea mediante la reducción de personal o, es el caso, de la privatización de un servicio por un tiempo específico. Es la "temporada", el tiempo previsto. Todo lo demás, no lo cubre el servicio.

Lo que sufre la sociedad española en su conjunto es un descenso acusadísimo de la calidad de la vida en cualquiera de sus dimensiones. La organización de los servicios se hace en función de una serie de previsiones, siempre a la baja, pues de eso se trata. La idea de "eficiencia" se erige en principio motor. En la realidad se trata de hacer el máximo con el mínimo coste. El hecho de que fallezcan personas, por ejemplo, esperando una operación o ser atendidos cuando ya una enfermedad está muy avanzada, etc. ya no es un problema prioritario, solo los costes del servicio. Pocos para hacer mucho. Esto lleva a un perjuicio constante a la ciudadanía que se ve sometida a todo tipo de esperas e incomodidades en el día a día. La administración y los servicios públicos se ven saturados y, pese a los esfuerzos del personal de muchos sectores, son incapaces de satisfacer la demanda.

Es absurdo que no se haya previsto lo que supone, por ejemplo, el envejecimiento de la población española. Lo es igualmente que zonas del país se conviertan en espacios de segunda o tercera porque no resulta "rentable" darles servicios sanitarios, educativos, transporte, etc.

Esto se ha asumido como algo lógico y necesario. No es así. Es la intromisión en lo público de una mentalidad "privada" que se basa en la rentabilidad. El Estado, lo público, precisamente debe anteponer los servicios y asegurarse que no falten en ningún rincón, pues su objetivo no es ganar dinero sino mejorar la calidad de vida de los ciudadanos, un objetivo en el que estamos insistiendo en estos últimos días pues parece que se ha olvidado en los objetivos políticos de esta país, más concentrado en negociar con privilegios para unos u otros en los cambalaches diarios del poder.

Las administraciones, cada una en su nivel, deben asegurar los mejores servicios para las personas a las que deben atender. Esto se olvida demasiado a menudo y ha creado este Estado precario, acostumbrado a no satisfacer las demandas, que se recarga de burocracia inútil por un lado, que aumenta los trámites como forma disuasoria en muchos casos y que la precariedad de medios ralentiza.

Como no se puede adsorber la demanda, la estrategia es multiplicar los trámites, lo que hace que muchos desistan o se pasen las ocasiones. Imaginemos el bastante frecuente caso de una persona que necesita un pasaporte para poder realizar un viaje urgente y le dicen que tardarán un mes en tramitarlo. ¿Qué hace? ¿Sigue, desiste?

Para muchos es una conspiración para privatizar servicios. Supongo que habrá de todo, pero si los efectos son como los de Castilla y León antes mencionados que han hecho que el Consejero se vea en el punto de mira de la Fiscalía, no vamos por buen camino.

Un país moderno es el que tiene una administración eficaz, no reducida por debajo de lo que son sus necesidades reales. Para ello hay que saber con certeza a qué se le llama "necesidad" y "real", algo que creo que se ha perdido en la lucha política. Las administraciones y servicios tienen que estar ajustadas a las necesidades. El buen político no es el que ahorra mucho, sino el que satisface las necesidades ciudadanas reales.

Mucho me temo que en un país precario como hemos hecho de este, los únicos cargos que tienden a ser fijos sean los de los propios políticos. Los que prometen tanto bajar impuestos, deberían mejor prometer que los emplearán mejor, que es de lo que se trata. Los impuestos inútiles, por bajos que sean, son los que no satisfacen necesidades, sino que se quedan por el camino. Una administración eficiente no es una administración recortada, sino ajustada a las necesidades.

Meses de espera de atención médica, un mes para un pasaporte, atascos en las tramitaciones, colapsos en los servicios... no pueden ser entendidos como buena gestión o si hay problemas con los incendios, como el caso del Consejero leonés, echarles las culpas a los ecologistas.

Hay que limpiar los montes, hay que atender a los enfermos, hay que agilizar las tramitaciones de los documentos. Hay que dotar igualmente de recursos para que puedan hacer eficazmente su trabajo. Conozco buenos funcionarios (muchos de ellos con décadas de interinidad) que se dejan la piel intentado cubrir las necesidades del servicio que prestan ante la indiferencia muchas veces de sus jefes que temen enfrentarse a sus superiores demandando más presupuesto o más personas para cubrir su trabajo. Muchas veces, los propios trabajadores, por miedo a acabar en la calle, aguantan todo lo que le llegue y aparecen como los responsables de lo que es el resultado de la desidia de los que han escalado puestos por vías paralelas, por decirlo así.

Tenemos que cambiar urgentemente nuestra idea de la administración, de las necesidades reales que debe satisfacer y "escuchar" (ahora que está de moda) la realidad de los problemas que esta inoperancia causa. Tenemos que desarrollar una realística forma de anticipación de los problemas. Incendios, enfermedades, trámites, etc. pueden ser previstos con ciertas garantías. Prever es un acto esencial que brilla por su ausencia entre nosotros, que en casos entra de lleno en la negligencia.




sábado, 4 de septiembre de 2021

Filomena, la Dana y otras cosas que pasan

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)


Ayer nos contaban porqué estos destrozos con las riadas. Nos lo decían con claridad: se ha construido donde no se debía (que es distinto de donde no se podía). Hasta que se establecieron hace 20  una serie de consideraciones legales para la construcción cerca de las costas, la anarquía especulativa ha sido una realidad. Hay gente que descubre (si no lo sabía desde el principio) que su casa está construida sobre el lecho de un río, que está en mitad de una rambla o similares. Muchos están pagando ahora las "vistas al mar", el estar a dos pasos de la playa.

La construcción ha sido siempre un caballo de batalla en España porque lo intereses económicos y políticos acumulados desde los mismos pueblos que han apurado al máximo esas construcciones para poder crecer y hacer así una vida dependiente del turismo.



El fenómeno lo pude comprobar en el lugar de la costa alicantina donde mis padres se construyeron un chalecito. El aprovechamiento de una rambla que daba finalmente a una playa sirvió para que se construyeran en las laderas pequeños chalets adosados en dos niveles y un pequeño complejo deportivo con una cafetería, una piscina, un cine de verano y cuatro pistas de tenis. Los primeros años todo fue bien, hasta que unas intensas lluvias se canalizaron por aquella rambla, sobre la que pasaba la carretera de Alicante-Cartagena. Un pequeño túnel era todo lo que esperaba a las riadas. La falta de limpieza de la rambla, las cañas y basuras que se acumulaban taponaba aquellos hasta que al final reventaba llevándose por delante la cafetería, llenando de barro piscina y pistan y metiéndose dentro de las casas en su camino hacia el mar. No hacía falta tener mucha comprensión para entender que aquello se había construido sobre los terrenos más baratos, que estaba destinados a turistas británicos a los que se recogían en Alicante cada 15 día, pasados los cuales se les volvía a llevar al aeropuerto para su regreso. Tenía su sueño cumplido, terrazas para tomar el sol y la playa a u minuto de sus casas.

La codicia se pagará ahora, cuando nos dicen que estos fenómenos que estamos viviendo en toda España se van a repetir con más asiduidad. Estos son los puntos vulnerables. Lo han sido siempre, desde que esos espacios se ocuparon, desde el momentos en que no se quería desperdiciar un metro cuadrado para construir y vender, para hacerlo además sin tener en cuenta en muchas ocasiones lo que podía ocurrir y realizar algún tipo de prevención.

Hay lugares en los que no habían terminado de recoger el barro y tirar los muebles cuando les ha llegado una segunda oleada de agua y barro, de coches arrastrados. Estos fenómenos, nos dicen, va a ser cada vez más frecuentes. Y seguimos sin prepararnos para enfrentarnos a ellos. Esas casas construidas en lugares donde no deben, que obstruyen, que canalizan directamente contra otras zonas, etc. son intocables. Parece que fuera la naturaleza quien las puso allí y no la necedad de las personas, su codicia infinita.



Lo mismo se podría decir del fenómenos de los incendios, la mayor parte producidos por la mano del ser humano, ya sea premeditadamente o por negligencias. Tampoco se desarrollan planes. Igual que muchas ramblas no se limpian y acaban explotando con grandes riadas, tampoco se limpian muchos montes o bosques. Pero sí se reducen los servicios públicos de vigilancia o se rebajan sus presupuestos. ¿Ha anunciado alguien —en cualquier nivel, de ayuntamiento a ministerio— algún plan de prevención más allá de las consabidas campañas publicitarias recomendando no fumar en los bosques? Sin embargo, se siguen produciendo incendios por colillas. Unas imágenes escandalosas de este verano nos han mostrado la celebración de una "no fiesta" en un bosque con bengalas y fuegos artificiales, con enorme riesgo.

Quizá este ejemplo nos muestre la otra cara del problema junto a la codicia, una negligencia social que se basa en la falta de compromiso general. Es lo mismo que estamos viendo en aquellos —mucho o pocos— que no se privan de cualquier celebración pese a la pandemia. Lo primero es su fiesta, su diversión. Es lo que hemos visto en estos últimos atropellos donde los conductores no se habrían molestado en dejar el coche aparcado dado su nivel de alcohol o drogas. Pero, ¿para qué me voy a molestar yo en tener en cuenta las consecuencias de mis actos, ya sean incendios o muertes?

No he visto más planes de prevención en pueblos o zonas que ya saben sobradamente cómo se va a comportar la riada, pero que no hacen nada por evitarlo.



Cuando en los Estados Unidos se produjo el Katrina, con sus enormes destrozos, al menos se aprendió algo, qué podía ocurrir. Lo que se reconstruyó ya se hizo pensando en que no volviera a ocurrir de nuevo. No veo que esto se haga.

Nuestras instituciones son débiles y están a otra cosa. Vemos cómo se desentienden de las consecuencias. Lo vemos en la pandemia, otro desastre. ¿Cuándo se va a redimensionar el sistema sanitario para evitar que ocurran los colapsos, las saturaciones, el agotamiento del personal? Se trata, por el contrario, de establecer fechas irreales del cese y la idea de que no se va a reproducir.

La pandemia estaba perfectamente prevista por múltiples indicadores, incluidos los precedentes, cada vez más próximos en el tiempo. Preferimos echar la culpa a China que a la forma en que tratamos al conjunto del planeta, con un estrés ecológico generalizado, que se manifiesta a través de estos síntomas, de las pandemias a las olas de calor, las de frío, los incendios e inundaciones.



Ayer mismo nos hablaban en los medios de la intensificación de las olas de frío de inmediato. Lo que tuvimos este invierno pasado con "Filomena" es solo un anticipo de lo que está por venir. Sin embargo, preferimos ignorar los indicadores y avisos. No he visto que se hayan puesto en común los problemas y se hayan establecido posibles soluciones que se puedan poner en marcha en su momento y no vernos desbordados por un mundo que comienza cada día, en donde la experiencia pasada no se recoge y el futuro acaba mañana.

Las cosas pasan, pero no pasan solas ni porque sí. Si a la indiferencia respecto a las consecuencias de lo que hacemos le añadimos la incapacidad de prevenir, son muchas las desgracias que están por llegar.

Hay que invertir más fondos en la sanidad, para frenar los efectos del cambio climático, hay que investigar en las vacunas, rediseñar los pueblos y ciudades para que se puede respirar, reducir el impacto del trabajo, del transporte en la medida de lo posible. Hay que dejar de ignorar nuestras acciones y tratar de proponer soluciones que se puedan llevar a cabo. Hay que apartar la codicia, el centro de casi todos nuestros problemas; hay que crear conciencias responsables. Esto conlleva una serie de frenos que debemos ir adaptando a nuestra vida. Sin embargo, hay demasiados negocios —construir casas donde no se debe, por ejemplo— e intereses que van tratar de apurar al máximo sus privilegios para sacar todo el provecho que puedan. Sin embargo, hay que ajustarse al nuevo reloj que mide el futuro, mucho cerca de lo que muchos quieren creer.

Deberíamos estar investigando en nuevos materiales, en aislantes para el calor y el frío, en nuevas formas de diseño urbanístico, en maquinaria más operativa, etc. Es un tiempo el que se pierde demasiado valioso.



Si vemos los artículos sobre la respuesta norteamericana al desastre causado por "Ida", que ha asolado Nueva York y estados vecinos, encontramos una actitud muy diferente a la nuestra. "After Ida's remnants kill dozens in the East, NYC mayor says cities need to prepare differently for increasingly intense storms", señala un titular de la CNN; "The days of 'let's see what happens' are over", señala otro. Aquí. los días de mirar a ver qué sucede parece que van a continuar. Aquí pedimos dinero para volver a hacer lo mismo, para volver a construir en el mismo sitio. Tropezamos demasiadas veces en la misma piedra, colocada donde no debe.



Repasen el año 2021 —comienza con enormes heladas, sigue con olas de calor, incendios e inundaciones por medio mundo, huracanes en zonas insólitas, el desastre del Mar Menor...—  y veremos qué nos deparan estos meses próximos, aunque las dudas sobre lo que ocurrirá son pocas. Llegarán nuevos fenómenos, más intensos, y volveremos a padecer lo mismo o peor.