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martes, 30 de enero de 2024

España y el índice de transparencia

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

De todas las noticias preocupantes, una de las peores es la que se nos ofrece a toda pantalla en RTVE.es: "España se estanca en la lucha contra la corrupción y desciende en el ranking mundial de transparencia". Hay noticias malas, pero esta es de la peor especie.

Hace tiempo que las noticias sobre corrupciones y corruptelas caen como lluvia fina sobre las páginas de los medios, donde quedan medio escondidas a menos que les sirvan a los políticos para lanzárselas a la cabeza unos a otros. Una mala noticia se tapa con otra mala noticia que se busca inmediatamente en el lado contrario. Esta España dividida en Autonomías es rica en casos. Lo es por diversos motivos.

Las crisis económicas, judiciales, etc. son aprovechadas por los listos para hacer negocios con las administraciones, que es desde donde se reparte fondos y favores. Cuando son las administraciones las que ofrecen el dinero para sus múltiples necesidades, es allí donde se busca el favor y el favoritismo.

Lo peor es que esto nos constituye un objetivo de los políticos. La gran vergüenza de la política española es la inversión de los objetivos. El mantenimiento del poder y todo su aparato clientelar se ha convertido en el principal objetivo. Los demás, como es el cuidado de la ciudadanía o la propia transparencia, pasan a ser secundarios. Los discursos han desplazado a los hechos, algo que venimos repitiendo. No se trata de arreglar, sino de acusar al otro. En esto hemos llegado a estado de imposibilidad de acuerdos que reparen porque es más rentable políticamente la estigmatización del otro.

En el artículo señalado se nos indica:

La transparencia no mejora en España. Así se desprende del Índice de Percepción de la Corrupción (CPI) de 2023, elaborado por la organización Transparencia Internacional, donde España repite la puntuación del año pasado, de 60 sobre 100. Si bien mantiene la calificación de 2022 y se libra de bajar por tercer año consecutivo, la organización advierte que “no es motivo ni de satisfacción ni de tranquilidad”.

En un índice donde 0 es “altamente corrupto” y 100 “muy transparente”, la tendencia a la baja de los últimos años evidencia un “estancamiento”. La organización evalúa que la corrupción en España continúa siendo un problema grave que debe poner en alerta a la ciudadanía y a los poderes públicos.

En perspectiva con el resto del mundo, España baja un puesto en el ranking y pasa de ocupar el puesto 36 al 37 de 180. Esta bajada se repite consecutivamente desde 2019, cuando estaba entre los 30 países con menor índice de corrupción. Países como Israel, Lituania o Portugal adelantan a España en transparencia, a pesar de haber empeorado todos ellos su puntuación en el CPI. 

Así, aunque España ha logrado frenar el descenso de los últimos dos años, no consigue remontar los 65 puntos que obtuvo en 2012. Desde Transparencia Internacional abogan por “recuperar el buen funcionamiento de las instituciones -como renovar el Consejo General del Poder Judicial- y llevar a cabo reformas institucionales necesarias para reducir de manera significativa el nivel de riesgos de corrupción en el sector público”.*

 

No conseguir remontar posiciones en los indicadores significa sencillamente que el sistema es incapaz de autocorregirse. Tras la caída, no hay fuerza ni voluntad para remontar, para volver a los puestos anteriores y seguir ascendiendo hacia unos lugares en los que cada año se mejore en los indicadores respecto a los anteriores.

Los niveles políticos de enfrentamiento son el clima perfecto para que la corrupción crezca o, si se prefiere, descienda la transparencia y la voluntad de sostenerla. Las fuerzas que controlan la sociedad tras la fachada política aumentan su peso y tratan de controlar los mecanismos económicos, en los que se incluyen las subvenciones, las resoluciones de diversos tipos, las concesiones, etc.

Este clima de enfrentamiento continuo hace que se imposible plantearse metas conjuntas. Lo más a lo que hemos llegado es a un acuerdo entre administraciones para "salvar el Mar Menor", que veremos si funciona. Un par de días después ya estaban pidiendo la dimisión de la ministra Ribera. ¿Casualidad? El deterioro del Mar Menor no es fruto de la casualidad, como sabemos desde hace tiempo, pero es un centro turístico de importancia en la zona a la vez que la cloaca a la que llegan los residuos de la agricultura, otro factor importantísimo.

Cuando un país como España, que ha sido considerado un ejemplo de transición de dictadura a democracia, un país al que venían a ver cómo se había podido realizar; cuando un país en el que se lograban acuerdos sobre lo común y se rechazaban los extremismos, se ha convertido en un lugar en el que crecen los extremismos y las divisiones, en el que la única cosa segura es la greña que arrastra a parte de su población, que se comienza a radicalizar alentada por los grupos políticos, cada vez más divididos y radicalizados... había que preguntarse ¿qué está pasando? Es fácil que esta proliferación de grupos y radicalización de los mismos como forma identitaria pierdan el sentido de lo común, que es lo que nos interesa a todos. Sin embargo, ese concepto de "totalidad" es incompatible con su ideal de fragmentación para radicalizar y asegurarse así un porcentaje del electorado que dé la fuerza suficiente para poder controlar a los grupos mayores mediante presiones como las que vemos cada día.

La imposibilidad de acuerdos para definir y arreglar los problemas reales y comunes es el principal fenómeno que lleva al descenso de la transparencia, pues evita enfrentarse a ellos y da a las fuerzas opacas, vamos a llamarlas así, la posibilidad de hacerse más opacas, menos transparentes en sus acciones. Los propios partidos políticos se ven infiltrados por estas fuerzas que sitúan sus piezas en el interior para la toma de decisiones.

España, país democrático, país de la Europa democrática, no puede seguir estancada o descendiendo en la lucha por la transparencia. Va en ello nuestra propia vida política, nuestro sentido de la sociedad y de la justicia. Son muchos indicadores los que nos muestran que esa falta de transparencia se está trasladando al cuerpo social. España necesita de buenos ejemplos, buen funcionamiento conforme a unos estándares claros que hoy por hoy quedan en el aire a causa de este lamentable estado de enfrentamiento continuo que nos debilita como país.

Un país que no aspira a mejorar en esto pierde su sentido como tal. Pasa a ser un conglomerado de intereses en los que se gana siempre en la parte de atrás, la que no está a la vista de todos. Algunos pensarán que estar en esa posición ya es suficiente. Es una forma de autoengaño. Hay que aspirar a lo mejor. La falta de aspiración es el comienzo del descenso, del hundimiento. 

 

* Lucía Montilla / DatosRTVE "España se estanca en la lucha contra la corrupción y desciende en el ranking mundial de transparencia" RTVE.es 30/01/2024 https://www.rtve.es/noticias/20240130/espana-lucha-ranking-indice-percepcion-corrupcion/15947030.shtml


jueves, 14 de julio de 2022

Los otros indicadores de la pandemia

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Se percibe un cierto regreso a las mascarillas en lugares públicos. Frente a los datos que no existen, la observación nos permite hace un pequeño sondeo. ¿Tiene valor? El que le queramos dar, pero una gran superficie es un punto de encuentro que puede ofrecernos información, simplemente información. En ella se puede observar ciertos cambios.

Las personas en las cajas, por ejemplo, usaban mascarillas mayoritariamente. Después empezaron a desaparecer y ahora veo que casi todas la llevan. Con la clientela está pasando algo similar. De casi desaparecer a volverla a ver en los pasos por las cajas. No hablo de porcentajes, pero sí de un aumento sensible. Dada la falta de información sobre los casos en  menores de 60 años, algo incomprensible desde muchos puntos de vista y que ha sido recriminado por la OMS ya que les deja sin datos para conocer la evolución real de la pandemia, la observación del entorno es esencial para intentar saber algo sobre lo que ocurre y así poder tomar las medidas necesarias.

Como hemos comentado varios días, la queja de los expertos crece en sus manifestaciones mediáticas. Eso del "ojos que no ven" no va con ellos y les pone nerviosos porque no saben muy bien qué sentido tiene que les pregunten cuando las instituciones no dan datos. Las advertencias nos llegan entonces de los sectores profesionales, que son los que nos avisan de su saturación, del crecimiento de los ingresos en los hospitales, del aumento de la venta de test en las farmacias, etc. Todos estos datos, que muchas veces son las impresiones sobre lo que ocurre en sus propios entornos, son las informaciones de que disponemos para crearnos una visión de conjunto.


En DatosRTVE tenemos en estos momentos cuatro titulares que son "Coronavirus en España: la ocupación UCI se estabiliza en el 5,7%, con la incidencia en mayores por encima de 1.200 casos", "Muertes COVID en las residencias de ancianos: notificadas 49 en la última semana" "Así avanza la vacunación en España: 25 millones de personas tienen la dosis de refuerzo" y un último con información mundial "La vacuna contra la COVID-19 en el mundo: se han administrado más de 12.000 millones de dosis".

Los datos son siempre relativos; hay que saber si suben o bajan, cómo se distribuyen, etc. La evolución de los datos nos permite saber si mejoramos o si por el contrario vamos en mala dirección.

En el primer titular se nos habla de estabilidad en las UCI, pero se nos da información sobre la estrategia general: 

Desde el 22 de marzo, el Ministerio de Sanidad ha puesto en marcha la nueva Estrategia de Vigilancia y Control de la COVID, avanzando un paso más hacia el sistema de 'gripalización' que el Gobierno pretendía adoptar una vez la sexta ola se diera por superada.

Ahora la realización de pruebas y la contabilización de las mismas se centra principalmente en la población vulnerable (mayores de 60, personas embarazadas e inmunodeprimidas) y en los entornos con alta probabilidad de contagio (centros sanitarios, sociosanitarios y otras instituciones).

Dentro de la nueva estrategia del Ministerio de Sanidad, la presión hospitalaria se ha convertido en el principal indicador para realizar un seguimiento adecuado de la pandemia. A partir de la información notificada por los hospitales se puede comprobar que, aunque la situación nacional se coloca por debajo del 5% (en circulación controlada), las UCI de algunos territorios continúan tensionadas (...)

La población donde Sanidad centra ahora los esfuerzos es en la de los mayores de 60 años. La incidencia acumulada de este grupo de edad pasa a ser un indicador clave, después de que el ministerio haya decidido no ofrecer esa tasa para la población general. Los baremos se han flexibilizado y el riesgo muy alto se alcanza cuando se sobrepasan los 2.500 casos por cada 100.000 habitantes.*

 

Creo que es un buen resumen de las limitaciones de la estrategia desarrollada por el Ministerio y ante la que muchos expertos están avisando sobre la desinformación que produce por a) dejar fuera informaciones sobre el conjunto y centrarse en el grupo de más edad; y b) por haber cambiado los niveles, haciendo que cifras altas sean consideradas como zonas verdes en el nuevo semáforo COVID. Los indicadores de una enfermedad de transmisión social no pueden ser la ocupación de camas y lo que ocurre con los mayores de 60 años. Eso deja fuera a la mayoría de la población, como si no fuera con ella.

En una pandemia, es decir, en una enfermedad de alta transmisión social, la claridad de las indicaciones es tan importante como los malentendidos que se provocan, junto a un tercer factor, la desconfianza.

El aumento de mascarillas en lugares públicos quiere decir algo: mucha gente ha vuelto a coger miedo. Y si no son las informaciones (o la falta de estas) quiere decir que son sus propias experiencias las que le dicen lo contrario de lo que escucha oficialmente.

En mi propia experiencia, cada vez tengo más mensajes en donde se me dice que "lo han pillado", en muchos casos acompañados por ese "¡no me lo explico!" que comentamos hace unas semanas, es decir, por la sensación que "no han hecho nada extraordinario" respecto a lo que antes hacían. En una enfermedad "social" como es esta, es decir, que se transmite básicamente por nuestras interacciones, el simple aumento de estas la propaga. Tan sencillo como esto.

La ausencia de información, el centrarla en "solo" los mayores es un enorme error comunicativo y, lo que es peor, una forma de manipulación que hace creer que es solo "cosa de viejos", lanzando a los demás a una intensa vida social (y económica). El aumento de las mascarillas en jóvenes puede venir de una presión familiar, como ocurrió con la llegada de  las vacaciones navideñas, proclives a las reuniones familiares intergeneracionales. Entonces se dispararon las ventas de los test ante la llegada de las fiestas y reuniones. Nadie quería correr el riesgo de contagiar. El plan de muchos fue distinguir los dos tipos de fiesta: la marcha general (igualitaria) y las fiestas familiares (intergeneracionales). Tras irse de fiesta con los amigos, el test aseguraba que no se contagiaría al día siguiente a los abuelos, por decirlo así.


El aumento de mascarillas es un indicador con poca fiabilidad porque se basa en observaciones locales imprecisas y asistemáticas. Pero la elevación de las ventas de test sí representa una elevación del nivel de preocupación. Y nos dicen que se ha vuelto a disparar.

La vacunación, otro factor esencial, apenas avanza porque los que querían hacerlo han podido hacerlo y los que no es poco probable que alguien les convenza. Sí puede, en cambio, producirse un cierto hartazgo por la repetición de dosis de refuerzo. Hemos escuchado a gente, especialmente jóvenes, diciendo que "con dos ya les vale", cuando sabemos de la pérdida de eficacia, de las reinfecciones, y de las nuevas variantes.

Ninguna otra enfermedad ha desarrollado una complejidad tan enorme como esta. Su extensión es solo uno de los factores. La importancia de nuestras costumbres, hábitos, cultura, etc. son decisivos. Como hemos señalado muchas veces anteriormente, la necesidad de información fiable, de directrices claras, etc. son esenciales para la concienciación social y la eficacia de las medidas. No mostrar información de la mayor parte de la población, plantearse que solo hay que dar cuenta de la ocupación hospitalaria y de los mayores de 60 años, además de relajar las medidas es contraproducente y solo da alas a la "relajación", que es lo que se busca en realidad, al desinterés y a la aparición de bulos de todo tipo por parte de los anti vacunas.

Lo que ocurra este verano, cuyas consecuencias veremos a su regreso, serán determinantes pues nos enfrentamos a un otoño duro en muchos sentido y socialmente sí se suman peras y manzanas. Si lo que hay pasa a ser demasiado alejado de lo que se dice o reconoce, veremos las consecuencias. Los ajustes contables de la enfermedad dejarán de ser eficaces.


* "Coronavirus en España: la ocupación UCI se estabiliza en el 5,7%, con la incidencia en mayores por encima de 1.200 casos" RTVE.es / DatosRTVE 12/07/2022 https://www.rtve.es/noticias/20220712/mapa-del-coronavirus-espana/2004681.shtml

sábado, 21 de diciembre de 2013

Tiempo y doble contabilidad

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Leo en el diario El Mundo de hoy la entrevista con el filósofo francés Michel Serres*, con motivo de la publicación de la segunda parte de su obra Pulgarcita. Ese es el nombre que le da a la nueva generación, representada por una mujer joven y moviendo a gran velocidad sus "pulgares" sobre la pantalla de un "smartphone".
Nunca he creído demasiado en la idea de las generaciones, fabricaciones artificiales que aíslan fenómenos sociales mientras que olvidan otros. El espacio no es uno por efecto precisamente de nuestro tiempo cultural. Habitualmente se distingue entre el tiempo cósmico —el del universo—, el tiempo cronológico —el que nos marca la Historia— y nuestra percepción del tiempo o duración, un forma psíquica de administrar y sentir de forma variable cada uno de nosotros el paso del tiempo.

El "tiempo cósmico" es cosa de los científicos y nuestras mentes difícilmente pueden manejar sus medidas. Ya es nuestro, en cambio, el tiempo de la Historia, el que manejamos como exterior a nosotros mismos y al que le damos la objetividad del calendario. Sin embargo, ese calendario no es neutral, sino el resultado del predominio cultural de unos sobre otros. La socióloga y ensayista marroquí Fátima Mernissi** —Premio Príncipe de Asturias—, por ejemplo, señaló la especie de humillación, de interiorización del fracaso histórico, que supone para el mundo islámico que nuestro tiempo se mida conforme al calendario cristiano, que es el que manejamos en Occidente y se ha extendido. El islam tiene su propio calendario, su forma de llevar la cuenta desde acontecimientos que cada cultura fija en función de su relevancia y que se acaba exportando si hay poder para ello. Cuando lo tuvo, también lo ejerció.
La necesidad de sincronización universal es una de esas cuestiones que se dan por hechas, acabando por aparecer como "naturales" —a usted y a mí nos parece natural que dentro de unos días despidamos 2013 y demos la bienvenida a 2014—, sin embargo no hay nada de natural en ello, sino, por el contrario, unas grandes dosis de cultura, de avances científicos que lo posibiliten y de fuerza que lo sostenga. Cultura, conocimiento y poder dan como resultado que nosotros celebremos esa fecha y hagamos avanzar el calendario. Como sabemos, el año nuevo chino llegará más tarde, o dentro del mismo mundo cristiano existen diferencias en algunas fechas, que son precisamente formas de mantener identidad y diferencia simultáneamente.


Hemos olvidado (o no se explica) que la creación de calendarios ha sido la forma de mantener una identidad histórica de las comunidades y una referencia estable que nos permita situar los momentos, contar los plazos, etc. Durante siglos cada comunidad tenía su forma de organizar el tiempo histórico conforme a sus acontecimientos relevantes. Son los intercambios fuera de la propia comunidad, el comercio, el que obliga a unificar fechas de plazos, a establecer equivalencias para cumplir compromisos y plazos.
Aunque nos podamos referir a elementos estables como los ciclos lunares para los meses o los anuales de la tierra para los años, eso no evita la asignación de un comienzo, de un principio significativo para empezar a contar. Y es aquí donde comienzan las discrepancias, a veces muy graves y conflictivas. El calendario puede convertirse en transparente —olvidarnos de su origen y darlo por hecho— o en un recordatorio de la incapacidad de imponer el tuyo a los demás, porque, en el fondo, ninguno es natural, sino el resultado de una decisión política, religiosa o de ambas.


En la idea de las generaciones se esconden algunas otras que no he acabado de comprender, pero con la que se tratan de representar fracturas en la Historia, el segundo de los tiempos. Una nueva generación supone, nos dicen, un nuevo tiempo. Representar "nuestro tiempo" a través de una "joven que maneja los pulgares con rapidez sobre una pantalla" me parece una gran simplificación. Eso nos convierte a muchos otros en la "generación del índice", que es el dedo que solemos utilizar —porque es el que tenemos más históricamente entrenado— para escribir en los teléfonos y ordenadores táctiles. Es el dedo de los teléfonos de disco y de la máquina de escribir, dedo de otra época. Eso explica que mientras que yo escribo una línea, mis interlocutores de entre veinte y treinta años escriben cinco, cosa que en efecto ocurre para mi desesperación porque cuando yo estoy contestando a lo que me escribieron, ellos ya me han mandado cinco cuestiones más. Este desfase en las velocidades, puede ser tomado como un signo de los tiempos, que somos esclavos de la velocidad del dedo que cada generación eligió, pero para mí lo que muestra es que existen dos o más generaciones con una necesidad imperiosa de sincronizarse, de compatibilizar la velocidad de sus dedos.


El aumento de la velocidad de los pulgares, además, no nos puede hacer olvidar que el dedo "mandón", el que señala, sigue siendo el índice. Por muy lento que sea sobre una pantalla, sigue siendo el que marca la dirección del mundo. Los que dictaban —los dictadores— no necesitaban demasiado el dedo, todo lo más como en el circo romano, para indicar el destino final de los demás. En el fondo, el poder no está en la velocidad del dedo, sino en la importancia de los contactos.
Responde Serres a una de las preguntas en la entrevista:

Nuestras instituciones han sido creadas en un mundo que ya no existe. Nuestras políticas también. La última campaña electoral en Francia ha sido una campaña de prostáticos. No entiendo cómo la generación Pulgarcita abordará la política. Pero está claro que el actual sistema fue inventado antes de la revolución tecnológica y se ha quedado anticuado en muchos aspectos. Así que los jóvenes tendrán que reinventarlo todo y crear una democracia nueva y más participativa.*


Todas las instituciones han sido creadas en mundos que ya no existen. Pero son también las instituciones las que hacen al mundo y no solo el mundo a las instituciones. El problema es cuando los hombres no se identifican con las instituciones ni las instituciones con los hombres porque ya no hay sincronía ni sintonía. Es cierto que la tecnología ha cambiado nuestra percepción del mundo porque ha cambiado el mundo mismo, pero no soy tan fácilmente optimista como Serres en ese "tendrán". Los problemas del mundo van más allá de lo generacional. La idea de que el mundo es de la generación que llega es relativamente nueva y bastante irreal. En el mundo estamos todos y es responsabilidad de todos. Es la aceleración histórica—El shock del futuro, como señaló Toffler— lo que nos hace percibirnos como okupas y desclasados temporales. Toffler también advirtió también, en los 60, de que el mundo futuro estaría dividido por edades antes que por clases. En muchos aspectos lo está, pero no en todos ni en los esenciales.

En muchas sociedades, el peso lo tendrán las personas mayores por el creciente envejecimiento de la población. ¿Deben ser pasivos ante los cambios o exigirán, por su número, una sociedad a su medida? En otras sociedades, en que han experimentado una explosión demográfica, tenemos el ejemplo de lo ocurrido en las "primaveras árabes". Han sido los jóvenes los que han provocado el cambio con sus protestas, pero han sido mayoritariamente las fuerzas tradicionales —la generación prostática, por usar el término de Serres— quienes sigue manteniendo poder y control. Su papel ha sido esencial, pero han movido el árbol y otros han aprovechado para llevarse sus nueces. Algunas de las revoluciones que hemos visto hoy se oponían a las revoluciones de los jóvenes de antaño, hoy ya vejestorios, que una vez llegados al poder no soltaron su presa o se la pasaron a otros jóvenes, sí, pero sus hijos, como el caso de Al-Asad o el intento de Mubarak. Hay jóvenes para todo y es fácil vender juventud.
Personalizar en los más jóvenes el avance del mundo es, además, un gran error y cierta hipocresía porque se va ampliando su dependencia de los mayores y se prolonga la juventud hasta los treinta años o más para camuflar esa dependencia. Cuando esa joven de pulgares rápidos de la que nos habla Serres tome posesión del mundo y decida sobre su destino, tendrá ya mechas que tapen sus canas. Puede que —si tiene suerte— entre en el cupo de jóvenes, de caras nuevas, que los adultos seleccionan para mostrar lo abierto que está todo, pero no será relevante estadísticamente. El mundo no es de los jóvenes —a la publicidad le gusta repetirlo porque es rentable—  y aquí la semántica echa una mano a los que controlan el diccionario, que tampoco suelen ser muy jóvenes.


La joven "Pulgarcita" además pertenece a una región del mundo en la que es posible manejar un teléfono inteligente o quizá sea una de las privilegiadas dentro de una minoría despótica que disfruta de la modernidad tecnológica mientras que aplica el medievalismo riguroso a sus compatriotas en una odiosa dictadura política o religiosa. ¿Cómo pasa el tiempo dentro de un burka? ¿Igual que dentro de una escafandra espacial?
Tendemos a considerar el tiempo histórico de forma compartida —todos estamos en 2013— y eso es falso, pues más allá del problema de los inicios que ante señalábamos, el del punto desde el que se empieza a contar, está el grado diferente de desarrollo de los distintos lugares del mundo. No es lo mismo hablar del siglo XXI en un ático de Manhattan que en una tienda de campaña en Yemen. Aceptamos que el calendario nos engañe pero deshumanizamos el tiempo; lo usamos para escribir la Historia, pero la falseamos con esa unanimidad de la fecha.

A los tres tiempos antes señalados, que se centran en las cifras los dos primeros y en la subjetividad el tercero, el psicológico de la duración, debería existir alguna forma de medir doble, de recoger el momento del conjunto y el estimado por su desarrollo, un tiempo con diferencias. De esa forma tendríamos una valoración más precisa de las diferencias que mantenemos unos respecto a otros, una conciencia de la irregularidad del progreso. Esas cifras que a los economistas le gusta manejar en ocasiones cuando hablan de "retrocesos" o "saltos", trasladarlas realmente a un calendario matizado. Podría mostrarse la fecha de un país como "2013 (2005)", por ejemplo, si se ha producido un retroceso en la economía del conjunto de esa sociedad, un empobrecimiento, una pérdida de ocho años. Un país que no avanzara, se quedaría con una fecha estable un año tras otro, anclado por su debilidad de crecimiento o la mala gestión de sus responsables.
No hay porque centrarse exclusivamente en la economía, claro. También podría elaborarse esta forma doble de medir el tiempo para los derechos cívicos, reflejando cuando se produzca una parálisis o un retroceso. Incluso para la cultura se podría establecer esa doble contabilidad partiendo de los datos sobre lectura, comprensión de los textos, conocimiento de la historia, la filosofía, etc.
Esta doble contabilidad temporal mostraría que frente a la rotundidad artificial del calendario, existen muchas diferencias entre los países, incluso en su interior. No todos vivimos en el mismo tiempo, por más que el calendario lo muestre. Las diferencias pueden ser pequeñas, pero en algunos casos no lo son y representan abismos en ciertos campos.
No sería fácil establecer esa segunda fecha, ese año cualitativo que se juntara al meramente indicativo, al común. Se disputaría mucho sobre la contabilidad; los políticos estarían siempre discutiendo sobre fechas y herencias, dejadas o recibidas, pero eso no sería una novedad. Si se fabrican índices anuales de "transparencia", de "derechos", de "educación", etc. seguro que a alguien se le ocurre alguna forma de unirlos y traducirlos a fechas relativas que restituyan las diferencias existentes entre diversos momentos de un mismo país y de unos respecto a los otros. Sería una especie de relatividad en el que las fechas serían ciertas dentro de su propio sistema.


Así cuando preguntáramos en qué año estamos, podríamos contestar que en 2014, pero en economía como en "2001", en derechos como en "1982", puede que estemos en "2005" en educación, en cultura como "1972", en convivencia como en "1492", etc. Habrá países en los que las diferencias podrían ser centenarias y encontrarse con las mismas libertades que hace diez siglos o con las mismas cifras de analfabetismo que doscientos años. Aunque lo diga con cierta ironía, lo cierto es que no estaría nada mal un sistema así.
Estamos sobre un mismo planeta, pero con grandes diversidades, por lo que el calendario se convierte en una forma de sincronización global. Lo que no está sincronizado es nuestro desarrollo, con avances y retrocesos, con grandes diferencias en muchos caminos. No sé si algún día llegaremos todos a vivir además de en el mismo planeta, en el mismo tiempo.


* "Michel Serres: 'Nuestras instituciones han sido creadas en un mundo que ya no existe" (entrevista). El Mundo 21/12/2013 http://www.elmundo.es/espana/2013/12/21/52b4e6c022601db6358b4584.html?a=01c2551d75ad0ca35be71c84bddf5844&t=1387614545
** Fátima Mernissi (2007) El miedo a la modernidad: Islam y democracia. Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, Sevilla.