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martes, 15 de agosto de 2023

El sueño de la superioridad racial

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

El diario ABC se hace eco a través de su corresponsal en Nueva York, Javier Ansorena, de las informaciones publicadas tras una investigación en The Washington Post. El título del diario madrileño es "El museo Smithsonian acumuló una colección de cerebros raciales durante décadas". El titular plantea algunas figuras retóricas que pueden distraernos del foco real. No fue el "museo" sino una persona en concreto. El artículo de ABC nos comienza dando información sobre el hallazgo: 

Los fondos descomunales del Smithsonian, la red pública de museos y centros de investigación de EE.UU., llenos de tesoros artísticos, joyas antropológicas y piezas de enorme valor histórico, tienen también zonas oscuras. Una de ellas acaba de salir a la luz: una 'colección racial de cerebros humanos', amasada en las primeras décadas del siglo XX, con motivaciones racistas y con restos humanos obtenidos, en la gran mayoría de los casos, de forma cuestionable o directamente ilegal.

El asunto lo ha destapado 'The Washington Post', que ha investigado la existencia de esta colección de 255 cerebros, algo desconocido hasta ahora para muchos expertos e incluso para altos cargos del Smithsonian. Solo hay documentación de que los cerebros fueron extraídos con consentimiento expreso en cuatro de los casos.

Los cerebros fueron coleccionados por el Museo Nacional de Historia Natural, en Washington, el centro más popular del Smithsonian, que contiene 19 museos, 21 bibliotecas, nueve centros de estudio, un zoo y una variedad de lugares de patrimonio arquitectónico.*

 


La información llega en un momento clave pues el racismo está de nuevo visible en muchos países a través de fórmulas xenófobas de los discursos populistas.

Lo que el cronista neoyorquino llama "zonas oscuras" es probable que estén repartidas por muchos otros lugares del mundo occidental, por otras serias instituciones. Si algunos se molestaran en hacer lo mismo que The Washington Post ha hecho en su zona, saldrían a la luz.

La ilusión de encontrar en la naturaleza (en lo biológico) lo que justificara el uso del poder y la dominación de unos pueblos sobre otros no es una cuestión solo del Smithsonian, sino que ha justificado la mayor parte de las agresiones coloniales por todo el mundo. Esto ha sido así desde que el discurso científico empezó a lograr consistencia y reconocimiento social. Ya no era la voluntad de poder, sino la guía de seres inferiores que no estaban a la altura del hombre blanco y este, que había hecho ya sus revoluciones, buscó en la Ciencia la justificación que la declaración "universal" de Derechos Humanos no vería con buenos ojos. ¿Qué derechos son "universales" cuando se compran y venden personas a las que se les niega ser tales? No es exclusivo del "blanco"; hay toda una escala de pueblos dominadores en la que se asciende y desciende.


Hace un par de días, una acalorada discusión tertuliana intentaba ser resuelta acallando uno de los participantes a otra diciendo que lo que él decía era "incuestionable" (usaba ese término porque, decía, provenía de un "artículo científico"). Eso lo convertía a ojos del contertulio en una verdad absoluta que los demás debían reconocer, aceptar y callar. ¡Pobre y atrasada visión de la Ciencia!

El intento de justificar "científicamente" la superioridad racial lo ha sido tras siglos de "superioridad espiritual". Antes de que la Ciencia se invocara, se hacía lo mismo con la "voluntad de Dios", la superioridad del creyente en cualquier religión frente al que no lo era. Eso daba derecho a la invasión, al control y a la explotación. Cuando se planteaba en ocasiones la universalidad de la "humanidad", sencillamente se dejaba fuera de lo "humano" a las partes correspondientes, justificando igualmente la dominación.

La existencia de esa superioridad biológica era lo que había que encontrar porque, de otra forma, todo queda reducido a una cuestión que se puede resolver con "educación", algo que se planteó históricamente para resolver las diferencias estamentales o de clase, pero no para traspasar las barreras étnicas, por lo que se creó el controvertido término de "razas", que justificaba las diferencias y el dominio. Y en esto la "ciencia" decimonónica ayudó

La educación, pues, no era capaz de superar las diferencias, de igualar las desigualdades. No tenía sentido educar a los conquistados más que en lo mínimo. La diferencia aseguraba el control y la idea "científica" se ponía sobre la mesa, pese a ser algo que no encontraba justificación.


Si pensamos en la otra superioridad, la de lo "masculino" sobre lo "femenino", percibiremos el juego que ha desempeñado en ciertos momentos la "ciencia" guiada por el prejuicio. Hoy, pese a negacionistas y tradicionalistas de "la mujer en casa", a los defensores de las teorías sobre su inferioridad intelectual o su inestabilidad emocional, etc. nadie medianamente serio puede justificar la superioridad intelectual masculina. Por eso se hace esencial que la educación se abra y se permita a las mujeres acceder a los puestos donde esa desigualdad social se debilita o desaparece. Lo contrario no lo vemos hoy en la Ciencia, sino en los talibanes que saben lo que hacen cuando tratan de evitar que la mujer estudie, trabaje o cualquier otra posibilidad que demuestre que no necesita "guardianes", que eso es solo una forma encubierta, justificada en "lo religioso" de la dominación sexual.


Lo que se nos cuenta en TWP y en ABC es un episodio más de esta justificación de la superioridad. En ABC se describe al responsable detectado por TWP:

Hrdlicka era un inmigrante checo que había estudiado medicina en Nueva York antes de pasarse a la antropología. Era una voz prestigiosa en este campo, el primero en determinar que la presencia humana en América fue producto de la migración de población asiática a través del Estrecho de Bering. Se equivocó en muchas otras cosas. Por ejemplo, cifró la presencia humana en América en solo 3.000 años y defendió que el origen de los humanos estaba en Europa. En esa línea, compartió de forma pública ideas racistas sobre la superioridad del hombre blanco frente al resto de razas. «Hay diferencias importantes entre los cerebros de un negro y de un europeo, con desventaja general para el primero«; escribió en una ocasión. La minoría negra era, dijo otra vez, »el gran problema que tiene el pueblo estadounidense«.

Hrdlicka formó parte también de la Sociedad Americana de Eugenesia y la recolección de cerebros de diferentes razas buscaba asentar sus teorías sobre las diferencias entre razas y la superioridad blanca.

La gran mayoría de los cerebros que guarda el Smithsonian son de negros o poblaciones indígenas de varias partes del mundo. Hrdlicka accedió a ellos en la mayoría de los casos sin permiso. El diario estadounidense detalla el caso de Mary Sara, una joven de 18 años, una joven de etnia Sami de Alaska que viajó a Seattle en 1933, acompañando a su madre para que un doctor le operara de cataratas. Enfermó con tuberculosis y falleció. Aquel doctor ofreció el cerebro a Hrdlicka, que le advirtió que solo estaba interesado si era «pura sangre». En otra ocasión, Hrdlicka acudió a la Exposición Universal de San Luis, sabedor que había una representación de 1.200 personas indígenas de Filipinas y que alguno moriría durante los meses que duraba el evento. Se fue con cuatro cerebros.

Hrdlicka movió sus contactos -doctores, cirujanos militares, forenses- en Washington para adquirir cerebros de la población local. Obtuvo 74 restos. De los 50 cerebros que tienen una anotación sobre raza, 35 eran de personas de raza negra.*

Me sorprende la insistencia en la cuestión menor, por decirlo así, es decir, en la cuestión del permiso. Eso no afecta nada a la cuestión mayor, el racismo. Creo que es sencillo entender que el tal Hrdlicka, dando por descontado su "superioridad", no estimara necesario pedir permiso a nadie. Nadie se podría interferir en su "camino científico" hacia la "verdad indiscutible", la superioridad blanca. Pedir permiso habría sido casi una contradicción.

No, no es el permiso lo grave del asunto, sino la justificación científica que lleva a terceras personas a sus propias justificaciones racistas. El fenómeno es importante porque hoy las tenemos a través de redes haciendo que aumenten (especialmente entre los jóvenes) las distintas "superioridades (especialmente "racial" y "biológica" entre hombres y mujeres).

Estamos en tiempos en los que se esgrimen (reales o falsos) informes que aparentan ser científicos y justifican como "naturales" elementos y aspectos que son configuraciones culturales y que provienen de la desigualdad. El reportaje de The Washington Post es esclarecedor y no deberíamos verlo solo desde su aspecto histórico y psicológico del organizador de la colección de cerebros. Hay muchos más que ha hecho lo mismo y, lo que es peor, siguen difundiendo la superioridad del blanco o la inferioridad del otro, que tiene distintas teorizaciones pero el mismo resultado.


La colección de cerebros no es solo un "objeto"; es una aspiración, un deseo de probar lo que se considera un hecho, ya sea por voluntad divina o por la sabia Naturaleza. Por ello, no decae, sino que busca otras formas de manifestarse para lograr el mismo resultado: la discriminación, el poder dominador sobre el otro.

La influencia cultural y política hoy viene desde los Estados Unidos, de sus zonas más sombrías, desde las que se da la idea del "destino manifiesto", un destino "blanco". El crecimiento del racismo en las últimas épocas, el crecimiento del poder  y de su abuso es una muestra más de que esas tendencias no desaparecen, sino que se adaptan al momento, aprovechando tendencias, ideas y tecnología.

Es necesaria más investigación periodística para sacar a la luz todos estos intentos como los de Hrdlicka, ese checo que llegó a los USA y trató de demostrar su superioridad blanca. Hagan un recorrido por los museos y lugares de investigación del mundo y pueden que se lleven sorpresas.

 

* Javier Ansorena "El museo Smithsonian acumuló una colección de cerebros raciales durante décadas" ABC 14/08/2023 https://www.abc.es/sociedad/museo-smithsonian-acumulo-coleccion-cerebros-raciales-decadas-20230815210948-nt.html

**  Nicole Dungca, Claire Healy y Andrew Ba Tran  "The Smithsonian’s ‘Bone Doctor’ scavenged thousands of body parts" The Washington Post 15/08/2023 https://www.washingtonpost.com/history/interactive/2023/ales-hrdlicka-smithsonian-brains-racism?itid=hp-top-table-main_p001_f004




jueves, 22 de agosto de 2019

Cerebro, género y sexismo

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La BBC no ofrece un vídeo con una pregunta muy pertinente: "Does your brain have a gender?". La pregunta se contesta en la entrevista realizada la Dra. Gina Rippon, neurocientífica, experta en el campo de interpretación de imágenes del cerebro y autora de la obra "The Gendered Brain", aparecido en febrero de 2019. En él, la doctora Rippon se enfrenta a los estereotipos establecidos sobre las diferencias cerebrales entre hombres y mujeres. Lo hace desde su constatación profesional a lo largo de los años de que pesan mucho más las diferencias culturales, asignadas como roles de género, que las que establecen la biología.
Le toca a la doctora Rippon enfrentarse a los estereotipos y a las resistencias dentro del propio campo: «I think the most common myth that I've come across is that neuroscience has 'proved', in inverted commas, that there are clear-cut differences between the brains of men and the brains of women, and that just isn't the case".» Se refiere a lo que llama "neurociencia basura" en desde la que se trata de mantener la discriminación en función de una supuesta naturaleza distinta y, obviamente, inferior. Según sus investigaciones no existe un cerebro "masculino" diferente del "femenino", categorías esencialistas, sino que existen "cerebros", cada uno el suyo y con diferencias más allá de la diferencia sexual.


En el blog "Mujeres con Ciencia", la profesora de Biología Vegetal de la Universidad de Lleida, se hizo eco en 2018, de las críticas de Rippon (que comenzaron en 2010) a la "neurotrash", sus causas y efectos:

Ciertamente, como experta en el estudio de las imágenes obtenidas mediante resonancia magnética, Gina Rippon ha llegado a ser muy crítica con determinados trabajos. Así por ejemplo, denuncia ante Llewellyn que «ciertos autores se han visto secuestrados por lo que yo llamo “industria neurobasura”, afirmando que las imágenes pueden literalmente usarse para leer la mente. En base a esta errónea especulación, han escrito docenas de libros donde explican con supuesto rigor científico las razones por las que «los hombres no lloran o las mujeres no saben leer los mapas». Se atreven a sostener, continúa Rippon, que «la diferencia entre los hombres y las mujeres se debe a la biología, pues nuestro cerebro es un órgano decisivo que nos hace ser quienes somos. Sobre esto no podemos hacer nada».
La científica confiesa a Julia Llewellyn su malestar frente a ese constante uso inadecuado de las nuevas tecnologías: «Pretenden defender estereotipos que han existido siempre. La “brigada de la neurobasura” está usando técnicas científicas para conseguir que los argumentos misóginos y antiguos sean más creíbles […]. Extrapolan de forma extrema y usan caprichosamente los datos de experimentos realizados con aves o con peces para sacar conclusiones sobre los humanos, tergiversando los resultados».
Siguiendo este argumento, Rippon critica con énfasis que «es una dicotomía extremadamente simplista defender por ejemplo que “el cerebro de las mujeres está dominado por el hemisferio izquierdo, “emocional”, y el de los hombres por el hemisferio derecho, “más lógico”. El error se evidencia sobre todo cuando los datos demuestran que no todas mujeres tienen la parte izquierda del cerebro más desarrollada, y que además, algunos hombres también tienen esa zona de mayor tamaño».**



Las diferencias reales se soslayan en beneficio de las diferencias teóricas, que son el resultado de la configuración de cada cultura. Cada persona ha ido "haciendo" modelando en gran medida su cerebro en función de lo que ha recibido desde su infancia. En esa carga van los roles de género, cómo debe reaccionar ante lo que tiene delante, ante las situaciones que vive, etc.
Podría resultarnos sorprendente, pero hay demasiados ejemplos de cómo, desde antiguo, la división (occidental) entre masculino y femenino se ha centrado en la concepción masculino-racionalista frente a la descripción sentimental-irracionalista de la mujer. En esas investigaciones se encuentra lo que se quiere reafirmar socialmente: al varón como sujeto racional  frente a la condición sentimental femenina, que conlleva una falta de control, falta de objetividad, inestabilidad, etc. Todos estos elementos se concretan en un momento dado estableciendo una separación canónica de los sexos que ahora, a través de la "neurotrash" encuentra su justificación, tal como unos años antes la encontró en la "Sociobiología" para los roles de género.
En otras culturas, el género se basa en otros factores que establecen la "inferioridad" o las "limitaciones" del género femenino, definido como "incompleto". Pueden ser explicaciones religiosas, filosóficas o científicas, como hemos visto por parte de la "neurotrash".


La idea de Rippon —vía neurociencias— es que el género se hace culturalmente y que las diferencias cerebrales no justifican el "esencialismo" de un cerebro masculino frente a un cerebro femenino, dadas las diferencias existentes entre todo tipo de sujetos, masculinos y femeninos, incluso en tamaño.
El 5 de marzo pasado, el diario The Guardian declaró de The Gendered Brain como libro del día en Ciencias y Naturaleza. En la reseña realizada por Rachel Cooke se recogían las principales tesis del libro y se señalaba:

Our determination to look for differences between male and female brains may be traced to the 18th century: another way of proving that female biology was essentially deficient and fragile. In the 19th century, doctors and scientists developed a mania for measuring and weighing brains, tasks they performed by various means, including the pouring of bird seed into empty skulls (the amount required to fill it was then weighed). When this approach proved inconclusive, declarations of inferiority gave way to an insistence that the differences between men and women were “complementary”; that women, though they might not be suited to education or politics, had “compensating gifts” in the form of intuition.
What is fascinating is that even after the development of new brain‑imaging technologies at the end of the 20th century – technologies that, in essence, reveal how similar the brains of men and women are – the idea of the “male” and “female” brain has persisted both in science and the media.**



Las dos observaciones de Cooke son pertinentes y motivo de reflexión profunda. En la primera podemos apreciar el interés de estudio del periodo de las "Luces", es decir, un periodo con énfasis en la razón, que sirvió para convertirla en elemento distintivo asignando a la mujer un papel inferior del que se derivaron consecuencias. El siglo XVIII es el siglo de las clasificaciones naturales, comenzando por botánica y fauna. De ahí se deriva un nuevo árbol clasificatorio de la naturaleza en el que se insertó el prejuicio de género, creando limitaciones que se daban por hechas y cuyas consecuencias no eran más que una creación de unos géneros en los que la desigualdad se achacaba a la naturaleza misma o a la obra divina. Ya fuera porque Dios lo quería o porque la Naturaleza es sabia, lo cierto es que todas las vías llevaban a la infravaloración de la mujer, ser sujeto al hombre. A partir de ahí se va construyendo (o reafirmando), esta vez confirmado por las legiones de médicos, científicos, etc.  que dan sentido a sus prejuicios machistas.
De ahí que la pregunta sobre el papel y uso actuales de las Neurociencias sea un elemento esencial. Usar lo que sabemos para confirmar lo que creemos puede ser una trampa que haga que, bajo la apariencia de Ciencia y progreso, se está reafirmando los más retrógrados prejuicios.


Hemos mencionado antes el campo de la Sociobiología y cómo ha sido utilizado para trasladar esquemas de la naturaleza para, en un viaje de ida y vuelta, reforzar estereotipos y prejuicios. Somos introducidos rápidamente en un mundo "sexuado" en donde se da forma a nuestros plásticos cerebros que acaban mostrando lo que se les introduce.
Hoy volvemos a vivir una era retrógrada porque la resistencia —pese a todo— se encuentra en muchos puntos. No se trata de la igualdad de derechos sino de otra cuestión: la profunda marca que nuestra educación (en un sentido amplio) deja en nosotros. Vivimos dentro de burbujas culturales y nos vemos coartados en muchos comportamientos por las restricciones que nos dan en cada cultura sobre lo que se puede hacer, decir o pensar, incluso comer. Hemos sexuado la vida y la conducimos por carriles estrechos.
La profesora Martínez Pulido resalta las consecuencias de lo advertido por Rippon:

En un excelente artículo, publicado en 2016 en la revista The Psycologist, Rippon escribe que los avances conseguidos gracias a los escáneres cerebrales «deberían permitir una mayor comprensión de la verdadera naturaleza de los vínculos entre el cerebro y el comportamiento, y contribuir a disipar muchos mitos. Sin embargo, la difusión pública de los hallazgos conseguidos con tales técnicas no siempre es rigurosa». La prensa populista muestra representaciones a veces recargadas o engañosas, a las que la científica incluye dentro de «la abundante neurobasura existente». Una visión que sería «capaz de afirmar que “las diferencias entre los géneros son tan profundas que los hombres y las mujeres casi podrían pertenecer a especies distintas”».
A lo ya expuesto, Gina Rippon suma las peligrosas implicaciones políticas que tiene el exacerbar esas diferencias. En su entrevista con Julia Llewellyn, explicita: «La neurobasura puede usarse como “ingeniería sexual” para reforzar los papeles y el estatus de las mujeres y de los hombres. Eres lo que tu cerebro es capaz de hacer, y si tu cerebro no puede hacer cosas complicadas como dirigir un país, diseñar un puente, iniciar una guerra, no debes intentarlo y, además, la sociedad debe impedírtelo». Irritada ante argumentos tan precarios, la neurocientífica denuncia: «Retrocedemos directamente a la época victoriana, cuando se afirmaba que las chicas no pueden recibir una educación superior porque interferiría sobre su capacidad reproductora».
En The Psycologist, Rippon insiste en que los medios populistas difunden ampliamente aquellos resultados de investigación que enfatizan alegatos biológicos deterministas, anticuados y caducos. De esta manera, consiguen alimentar la noción de que la brecha de género surge de factores cerebrales fijos que, por tanto, no podemos cambiar.**

La interacción de los científicos con los prejuicios es la misma que la de cualquier otra persona dentro del sistema cultural. Una visión ingenua no definiría como "neutral" y "objetivo" su trabajo. Sin embargo no es así. El conocimiento logra avanzar cuando es capaz de desprenderse de la carga que supone el propio conocimiento. Es la base crítica necesaria.


Usar los nuevos conocimientos para consolidar los roles sociales tradicionales es un juego arriesgado en un mundo en el que muchas mujeres padecen esta estrechez de los estereotipos creados; un mundo en el que muchas mueren intentando ser de otra forma, demostrar lo que pueden hacer, etc. 
Nada está suelto en la cultura, todo está tejido sobre finos o gruesos hilos, según el caso. La desigualdad, los estereotipos, las limitaciones, etc. son difíciles de vencer porque son el hilo del collar cultural. De esta diferencia surgen todas las demás diferencias que se van extendiendo. Pero el núcleo es la diferencia sexual.
Además de vencer desde la Ciencia la resistencia de la Naturaleza para ser comprendida, hay que vencer también la resistencia al cambio cultural. Es más difícil de remover un estereotipo y un prejuicio que una montaña entera. Por eso es importante y necesario que se difundan los cambios y evitar los retrocesos o el inmovilismo. Por eso hay que cuidar los mensajes que se hacen llegar. Si no se hace así, estaremos condenados a repetir los errores que condicionan la vida de las personas, provocando sufrimiento y cercenando sus posibilidades de ser lo que pueden llegar a ser, que es la aventura de la vida.


* "Does your brain have a gender?" BBC 21/08/2019 https://www.bbc.com/reel/video/p07l2bx3/does-your-brain-have-a-gender-
** Carolina Martínez Pulido "La extraordinaria plasticidad del cerebro humano: el enfoque de Gina Rippon" Mujeres con Ciencia 5/06/2018 https://mujeresconciencia.com/2018/06/05/la-extraordinaria-plasticidad-del-cerebro-humano-el-enfoque-de-gina-rippon/
*** Rachel Cooke "The Gendered Brain by Gina Rippon review – demolition of a sexist myth" The Guardian 5/03/2019 https://www.theguardian.com/books/2019/mar/05/the-gendered-brain-gina-rippon-review

jueves, 15 de agosto de 2019

Cuerpos, mentes e Inteligencia Artificial

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Durante siglos se ha debatido en la Filosofía el llamado "problema mente-cuerpo". Se trataba de dar respuestas a lo que nosotros percibíamos (la palabra es importante) como una dualidad a través de la conciencia, por un lado, y la experiencia material del cuerpo. "Cuerpo" y "alma", como entidades diferentes dan lugar a una cultural dualista que les asigna destinos distintos. El cuerpo lo percibimos y decidimos su destino; el "alma", en cambio, como entidad obvia por la experiencia propia (no por la ajena) queda libre para imaginar origen y destino. Es sorprendente la cantidad de combinaciones culturales que se pueden hacer con solo esta pareja dual. La historia de las diferentes culturas asigna en cada una de ellas un valor al cuerpo y otro al alma. ¿Existen las almas antes del cuerpo? ¿Pasan de un cuerpo a otro? ¿Olvidan las vidas anteriores? ¿Hay almas gemelas que se encuentran y desencuentran? ¿Son inmortales? El destino del cuerpo es evidente, pero se le da un sentido diferente, tanto en la vida como en la muerte. No significa lo mismo un cuerpo en Grecia, que un cuerpo en el Tíbet; no es lo mismo el panteón funerario, la pira en la que arde, que el "entierro celestial" tibetano, en el que los monjes descuartizan el cadáver para devolverlo a la Naturaleza entregándoselo a los buitres.
Cuerpo y alma —experiencias inmediatas con la materialidad del cuerpo, la conciencia de habitarlo— dan lugar a esa especulación inicial alrededor de la cual se organiza la cultura.
La conversión del "alma" en "actividad cerebral" lo liga al cuerpo. La mente es algo que emerge de la actividad cerebral, por lo que las relaciones mente-cuerpo ya no son una forma dual, dos elementos separados. La mente surge del cuerpo a través del fenómeno de la "consciencia", algo que apenas estamos empezando a comprender. Las neurociencias y las ciencias cognitivas han dado un enorme salto abordando la cuestión de una forma diferente.


El problema "mente-cuerpo" ha quedado redefinido como "cuerpo-cuerpo" estableciendo que la consciencia tiene un origen corporal, que es una propiedad de la materia de cierta complejidad. La mente es un espejo de la naturaleza en la que se desarrolla un grado mayor  menor de autoconsciencia. Somos sensibles al entorno, como todo lo vivo, pero es específico de lo humano (y de otras pocas especies) ser conscientes de nosotros mismos. A partir de ahí, se eleva el colosal edificio de la cultura, en el que damos forma a nuestras mentes interactuando no solo con el entorno sino a través de la sociabilidad, un construir conjunto. El lenguaje es el acelerador de los procesos, tanto de los que permiten la reflexión interna (la conciencia) como la interacción con los otros (la comunicación, la memoria colectiva, el juego social, etc.)
Desde esta perspectiva, gracias a las Neurociencias, es posible abordar la cuestión mente-cuerpo como una cuestión interna. Los grandes avances en cirugía, "reconectando" el "cableado" han permitido, por ejemplo, restablecer las conexiones perdidas entre diferentes partes del cuerpo. Es un problema de "comunicación", de transmisión de información entre dos puntos, el cerebro y el resto de las partes del cuerpo. No se percibe ya como dos mundos separados, sino algo que forma una totalidad. Eso es lo que hemos aprendido de científicos como Antonio Damasio ("El error de Descartes", "Y el cerebro creó al hombre", "Sentir lo que sucede"...). La separación del cuerpo y la mente desaparece a través de las emociones, fundamento de nuestro desarrollo y estar en el mundo. Sentir es el principio, es la vida. La complejidad del sentir nos define e impulsa hacia una consciencia también más compleja, más rica. Las emociones son esenciales en nuestra vida —en el principio está el sentir—, no son un obstáculo, como pretendía el "hombre racional" clásico. Conocer es conocer emocionalmente. 


Al redefinirse el problema mente-cuerpo como una cuestión de transmisión de información, se ha desarrollado toda una mecánica informativa que permite abordar desde una perspectiva diferente lo que había sido la forma tradicional, que concebía el cuerpo como un títere y la mente como un titiritero (a veces en manos del titiritero mayor, la divinidad). La metáfora ahora es otra. Nuestro cuerpo es un complejo sistema de información en constante interacción con el entorno. Esa información sirve para mejorar las condiciones y actuaciones del sistema. Muchos de estos procesos son automáticos, es decir, sin que sean conscientes, sin que intervenga la consciencia. Otros son llevados a cabo con la intervención del control consciente, si bien siempre en contacto con el cuerpo del que no se puede prescindir, aunque se nos muestre invisible en las decisiones. El debate sobre la libertad de la consciencia, si es real o solo una apariencia y que somos manejados por nuestros deseos profundos, es una cuestión abierta. No es una novedad, ya que el problema del "libre albedrío" se enfocaba anteriormente desde la perspectiva coherente con el planteamiento del "alma", es decir, desde la teología. ¿Fue Judas libre o un instrumento divino?, se preguntaban filósofos y teólogos (términos equivalentes durante muchos siglos).
Los nuevos retos plantean nuevas preguntas y las preguntas nuevos desafíos. Una vez que hemos comprendido en forma satisfactoria una serie de problemas relacionados con esa interacción, se abren nuevas. En su sección "Future", la BBC se pregunta: "Will we ever control the world with our minds?". Estamos de lleno en otro espacio de reflexión nuevo, derivado del problema "mente-cuerpo", que hoy podemos redefinir como "problema mente-máquina".


Gracias a las Neurociencias, a la Cibernética, a la Teoría de la Información, a la Sistémica, estamos uniendo nuestro cuerpo a las máquinas. No hay día en que no tengamos noticias de los implantes que nos permiten conectar el cuerpo a máquinas. Muchas personas tienen hoy prótesis que les permiten hacer llegar las órdenes de sus cerebros a los miembros artificiales, a sillas de ruedas y diversos tipos de dispositivos. Gracias a la comprensión de los flujos de información que recorren nuestro cuerpo hemos podido crear conexiones con máquinas convirtiendo el problema en una cuestión de conexión de dos partes, la biológica y la artificial. Se trata de conseguir que el flujo vaya de un lugar a otro. Hacia el miembro como acción u orden y del miembro hacia el cerebro como respuesta sensible. No nos basta con actuar, queremos sentirnos en contacto con el mundo. Hoy, por ejemplo se desarrollan pieles artificiales sensibles a la presión o al calor. Nanotubos llevan las "sensaciones" del tacto al cerebro.
Pero los nuevos objetivos tienen que ser más ambiciosos. Hasta el momento se ha tratado de conectar piezas al cuerpo para que se conviertan en prolongación de este. Ahora se va más allá, al ideal de la conexión directa de la mente a la/s máquina/s sin elementos de mediación:

The goal of the Next-Generation Nonsurgical Neurotechnology (N3) programme launched earlier this year is to remove the need for electrodes, cables and brain surgery.
Al Emondi, who manages the programme, has given scientists from six of the USA’s leading research institutes the task of developing a piece of hardware capable of reading your thoughts from the outside of your head and small enough to be embedded into a baseball cap or headrest. In an approach that has been compared to telepathy – or the creation of “a true brain-computer interface”, according to Emondi – the device has to be bi-directional, able to transmit information back to the brain in a form that the brain will understand.
Emondi has given the scientists only four years to take the new technology from the laboratory to the point it can be tested on humans. Even Elon Musk’s plan for an Upgrade-style brain–computer interface, Neuralink, still requires risky surgery to embed the chip in the brain, even if it does replace cables with a form of wireless communication. 
“The ability to really change the world doesn't happen often in a career,” says Emondi. “If we can build a neural interface that’s not invasive, we will have opened up the door to a whole new ecosystem that doesn’t exist right now.”*



A los problemas tecnológicos se suman los éticos, con enormes desafíos. La investigación que puede plantear problemas éticos se suele comenzar por algún tipo de beneficio sobre la salud, una "buena obra", que es la forma en que es más fácilmente aceptable por la sociedad, pero pronto vemos que la investigación se incorpora a otro tipo de campos, de la industria a los usos militares. El temor a las protestas o recelos camufla mucha investigación en estos campos como "humanitaria" para resultar posteriormente aplicada a otros fines. Las grandes compañías y estados saben cómo vender lo beneficioso de sus investigaciones, luego no vemos muchos beneficiados en determinados campos. Muchas lo son, pero hay que tener cuidado con el control del conocimiento. Tiene efectos sobre la sociedad misma, sobre todos. No es lo mismo controlar un miembro artificial que controlar otro tipo de dispositivos exteriores, no pertenecientes al propio cuerpo. Igualmente, tampoco lo es dar algún tipo de ventaja a las personas por encima de lo que ya tienen, una especie de dopaje cibernético.
El artículo de la BBC se cierra con advertencias:

The development of powerful brain-computer interfaces may even help humans survive the hypothetical technological singularity, when artificial intelligence surpasses human intelligence and is able to self-replicate itself. Humans could use technology to upgrade themselves to compete with these new rivals, or even merge with an AI, something Elon Musk has made explicit in his sales pitch for Neuralink.
“Our artificial intelligence systems are getting better and better,” says [Michael] Wolmetz. “And there is a question of at what point humans become the weakest link in the systems that we use. In order to be able to keep up with the pace of innovation in artificial intelligence and machine learning, we may very well need to directly interface with these systems.”*

Un futuro de máquinas que sean mejores que nosotros en determinados aspectos  no tiene nada de extraño. La función de las máquinas, desde la más sencilla, es ir más allá de lo que nosotros podemos hacer. Pero las máquinas inteligentes, un futuro que comenzó hace ya setenta años implican unos desafíos nuevos. Hasta ahora siempre hemos sido nosotros los que decidíamos que hacían las máquinas. Ahora estamos trabajando en sentido contrario, dándoles una autonomía que no sabemos cómo puede resultar. Es, sin duda, peligroso y, en un sentido irresponsable. El concepto de responsabilidad es esencial en la construcción de nuestras culturas. Es una palabra que esconde muchos niveles que tienen que ver con nuestra responsabilidad sobre lo que hacemos.


Cada vez somos más conscientes de nuestras decisiones erróneas en muchos campos. Descubrimos que hemos hecho algo mal o descubrimos cosas que antes no vimos. Esto debería enseñarnos a ser más cuidadosos, sobre todo cuando las decisiones que tomamos afectan globalmente y con intensidad notable, a veces ,sin vuelta atrás. El efecto de los cambios introducidos ligados a la revolución industrial están siendo comprobados ahora, puede que demasiado tarde. El crecimiento sin cesar puede ser bueno para la economía, lo que no significa que lo sea para el planeta y, hoy por hoy, es lo que tenemos.
La pregunta sobre si no estaremos siendo el eslabón más débil en la cadena es pertinente. La aceleración competitiva hace que muchas decisiones se tomen antes de ver los efectos o evaluándolos defectuosamente. La pregunta no es solo "¿podemos hacerlo?", sino "¿qué consecuencias puede tener, cómo nos va a afectar?"    
Estamos, en efecto, en el umbral de una nueva civilización que puede que, debido a la velocidad acelerada del tiempo, sea la más efímera. Casi todas se basaban en la idea de los ciclos, que era lo que daba seguridad, el eterno retorno. Nuesta cultura el lineal y basada en el cambio constante, en la no repetición. No puede ser sostenible mucho tiempo. Aprendamos.



* Mark Piesing "Will we ever control the world with our minds?" BBC 15/08/2019 http://www.bbc.com/future/story/20190814-will-we-ever-control-the-world-with-our-minds





miércoles, 6 de agosto de 2014

La fórmula

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Me sorprende, una vez más, un titular veraniego de la BBC: "La ecuación matemática que predice la felicidad"*. Uno sabe del alto poder de las matemáticas para describir el funcionamiento del mundo, pero no sabemos nunca hasta dónde se puede llegar. El comienzo de la noticia es este:

Según los investigadores de una universidad británica, su trabajo muestra que la felicidad no sólo depende de la satisfacción sino de las expectativas: no se trata sólo de los logros, el gozo aumenta si nos va mejor de lo que esperábamos.
Para su estudio, el equipo de la Universidad del Colegio de Londres hizo varias pruebas con un grupo de 26 personas, a las que además les realizó resonancias magnéticas cerebrales.
Luego, los científicos pusieron a prueba su ecuación para predecir felicidad con 18.000 personas que respondieron a una encuesta a través de una aplicación para teléfonos inteligentes llamada The Great Brain Experiment (el gran experimento del cerebro).
"Podemos tomar en cuenta decisiones pasadas y resultados y predecir exactamente qué tan feliz una persona dirá que se siente en cualquier momento", dijo Robb Rutledge, autor principal del estudio que publica la revista especializada PNAS.*


La potencia conjunta de las matemáticas, la resonancia magnética, las encuestas y los teléfonos móviles es grande. Hay un matiz interesante en la noticia que no debe pasarse por alto. Es el "qué tan feliz dirá una persona que se siente". "Decir" y "sentir" son dos aspectos que introducen la relatividad del asunto. Una de los pasos necesarios para poder afirmar algo de algo es definirlo, en este caso, la "felicidad". Si se pregunta a las personas qué es para ellos la "felicidad", todos acabarán teniendo respuestas más o menos distintas, pues es algo personal y circunstancial, determinado por experiencias, idealizaciones y creencias. La felicidad es un concepto de realidades distintas porque describe un estado de ánimo o una aspiración a él conforme al modelo de cada uno. Es una palabra baúl, en la que cabe de todo. No hace feliz lo mismo a un masoquista que a un amante de los buenos vinos, pongamos por caso. Por eso lo que ha ce la fórmula no es entrar en estas cosas sino saber nuestro estado en una escala que vamos definiendo con nuestras informaciones. 


Decir que la felicidad proviene no solo de la satisfacción sino de las expectativas no es decir demasiado. La inversa es la frustración, que es la insatisfacción por incumplimiento de las expectativas. La idea de que su cerebro tiene reacciones específicas cuando es usted feliz (logra más de lo que esperaba) o cuando es desgraciado (consigue menos) o cualquier otro estado intermedio que definamos tiene su lógica, pero no ayuda a saber más que es la "felicidad", sino por dónde cae en el mapa cerebral, es decir, localizar los indicadores de cuándo usted se siente satisfecho por los motivos que sea. 
La BBC nos adentra en el sistema seguido:

"El cerebro está tratando de averiguar qué deberías estar haciendo para obtener satisfacciones, así que todas las decisiones, expectativas y resultados son información que utiliza para asegurarse de que tomes buenas decisiones en el futuro. Todas las expectativas y satisfacciones recientes se combinan para determinar tu actual estado de felicidad", explicó Rutledge a la BBC.
Pensemos, por ejemplo, en un buen restaurante: tener bajas expectativas puede hacer que la experiencia sea mejor si la comida es superior a lo que se esperaba.
Pero tener expectativas positivas puede también aumentar la sensación de felicidad antes incluso de comer, porque uno anticipa el evento.*

El modelo desarrollado trata de combinar lo que he pasado, lo que espero y lo que me encuentro finalmente. ¿Soy más feliz en el restaurante porque la comida es mejor de lo que esperaba; porque, por ejemplo, se han equivocado en la cuenta y me ha salido más barato o porque paga un amigo? Creo que le hemos perdido un poco el respeto a las palabras. No sé si a todo esto se le puede llamar "felicidad" o simplemente "satisfacción".
Que podamos evaluar el estado de nuestro cerebro ante ciertas cosas y después predecir con ello cómo se encontrará nuestro cerebro en una ocasión similar o por encima o por debajo de esa situación no es un gran descubrimiento. Solo es reducir la "felicidad" a algo manejable y luego aplicarle el lenguaje de las matemáticas. Es esa "combinación" de expectativas y satisfacciones recientes de la que nos hablan. Le dirán, por ejemplo, que usted es feliz porque la película que esperaba que fuera una porquería no es tan mala como esperaba. Como anteriormente usted marcó en la encuesta que cuando eso ocurre se siente mejor que cuando es un bodrio, se espera que sea feliz en la próxima. Su cerebro, un ávido coleccionista de experiencias placenteras, liberará sustancias que le harán sentirse "feliz".
La vieja idea de no desear nada para no sufrir se nos ha convertido en nuestra actual cultura consumista y hedonista en buscar la maximización entre lo que esperamos y lo que nos dan, es decir, una felicidad de mercado, de oferta y demanda.


Usted pensará que se invierte dinero en estas cosas porque hay gente que sufre porque usted no sea feliz. Es como creer que la industria farmacéutica odia las enfermedades. No se equivoque, aunque el pensar que la gente es buena por naturaleza le traiga más felicidad. La noticia nos aclarara algo al respecto:

"El estudio también sugiere que la sensación inmediata de felicidad depende de la distancia entre lo que puedes conseguir y lo que esperas", le dijo Oswald a la BBC.
"También encaja con una gran cantidad de trabajo estadístico de los economistas que muestra que felicidad y satisfacción laboral está influenciada por el salario relativo de una persona".
"Si quieres saber qué tan feliz soy, no me preguntes por mi salario. Pregúntame cómo se compara mi salario al de otros profesores o al mío propio en el pasado", explicó Oswald.
"Es la diferencia, positiva o negativa, la que realmente importa. Somos criaturas de comparaciones y somos por lo tanto prisioneros de expectativas implícitas".*

De lo que se trata en última instancia no es de mejorar su felicidad, sino de saber qué considera aceptable y satisfactorio, hasta dónde hay que subirle el sueldo o bajar los precios. Ya hemos reducido la idea de "felicidad" a la de "sensación inmediata de felicidad", una bonita expresión que ajusta más las cosas a lo que se pretende. Lo de cómo se debe usted sentir respecto a su sueldo, tampoco es demasiado tranquilizador. Es la satisfacción relativa del "no me puedo quejar". Y es especialmente egoísta o falto de solidaridad. Pensar que para ser feliz debo mirar cuánto lo son los otros es ignorar que también puedo sentirme infeliz porque los otros lo sean. Pero no sé si la fórmula da para tanto.
Lo que pueda ser "felicidad y satisfacción laboral" para los economistas es algo muy diferente a lo que puedan ser para los demás. Los codiciosos especuladores siempre querrán más y vivirán —justo castigo— infelices, aunque no lo parezcan en sus yates y mansiones. En cambio —ironías de la vida— nosotros somos infelices porque los envidiamos por aquello de que somos "criaturas de comparaciones", aunque nos advirtieran que son odiosas.

Al ser consultado, Tom Stafford, otro científico cognitivo de la Universidad de Sheffield, en Reino Unido, comentó que es asombroso que la ecuación pueda predecir la felicidad con tal precisión, "especialmente teniendo en cuenta lo impredecibles que son los humanos".
"La importancia de este estudio está en la forma en que combina la actividad cerebral, el recuento computacional de satisfacción y la información a gran escala obtenida por crowdsourcing sobre cómo se siente la gente", añadió Stafford.
Sin embargo, el experto advirtió que no está claro que la ecuación pueda ofrecer respuestas las grandes preguntas sobre la felicidad en la vida real, como por ejemplo qué pareja elegir.*

Pero, ¿a quién le importan las grandes preguntas? Las grandes preguntas, por ser "grandes" y ser "preguntas", implican precisamente que no tienen solución fácil (o no tienen ninguna) y eso genera infelicidad. Hoy la gente no quiere grandes preguntas, sino grandes respuestas, que provocan mucha más felicidad. Asertividad ante todo.
Encuentro en una publicación del sector la idea de "marketing de la felicidad":

Si nunca habías escuchado hablar sobre el marketing de la felicidad, debes saber que es una estrategia que se usa hace mucho tiempo, y se basa en una serie de estudios realizados a grupos de personas y sus sensaciones ante determinados productos o servicios.
¿Qué es el marketing de la felicidad? Toda persona busca ser feliz, es lo que necesita para vivir plenamente. Por ello, los marketeros y cualquier persona que tenga un negocio o empresa deben encontrar la forma de “producir felicidad” a través de sus productos o servicios.**


Menos mal que alguien habla claro.
La palabra "felicidad" merece cierto respeto, tanto individual como colectivamente. Es algo más que esa gente dando saltos en el campo con un puñado de globos (¿por qué tanto globo?). Quizá su fácil inclusión en los folletos publicitarios la haya deteriorado un poco hasta reducirla al tamaño de caber en una fórmula, un titular periodístico o de un libro de autoayuda. El paso de la filosofía al marketing no es siempre fácil.
Al final le dirán que la mejor manera de ser "feliz" es que rebaje sus expectativas, que es lo que le dicen cuando le van contratar, en su caso. Así, por poco que tenga, siempre estará contento. Y otros estarán peor. Compare.



* "La ecuación matemática que predice la felicidad" BBC Mundo 5/08/2014 http://www.bbc.co.uk/mundo/noticias/2014/08/140805_ciencia_ecuacion_predice_felicidad_np.shtml
** "El marketing de la felicidad" Plus Empresarial 28/04/2014 http://plusempresarial.com/Marketing-detail/el-marketing-de-la-felicidad/







miércoles, 4 de junio de 2014

El cerebro aislado

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La pagina de la BBC nos trae un interesante reportaje, titulado "Cómo el aislamiento extremo distorsiona la mente", en el que se nos muestran a través de casos y declaraciones de expertos en ciencias cognitivas y sociales, los efectos de quedar aislados del entorno de dos maneras, social y sensorialmente. Ambas formas tiene consecuencias distintas y nos muestran cómo funciona nuestra mente y la necesidad de estar estimulados. La introducción del artículo se cierra con una pregunta: "¿Por qué la mente se derrumba espectacularmente cuando estamos realmente solos?".
Nuestro cerebro procesa permanentemente la información que le llega desde el exterior (también la del interior) creando una imagen del mundo a la que se enfrenta la conciencia. Cuando le cortamos el suministro de datos sensoriales mediante el aislamiento, el cerebro comienza a buscar desesperadamente "diferencias", como diría Bateson, con las que crear lo exterior. Si no las encuentra y se enfrenta a la monotonía, a la falta de diferencias, el cerebro comienza a producir su propia "realidad" alternativa y alterada. El mundo ya no viene del exterior, como estímulo, sino que se crea desde dentro; se fabrica.


La BBC nos cuenta cómo durante la Guerra de Corea se sospechaba de la aplicación a los prisioneros de las técnicas de "lavado de cerebro" —un ejemplo de película sobre este tema lo tenemos en El mensajero del miedo (The manchurian candidate 1961), el thriller político de John Frankenheimer— y trataron de demostrarlo mediante experimentos. Nos cuenta en el reportaje lo que ocurrió:

Los investigadores pagaron a voluntarios –principalmente estudiantes– para que pasaran días o incluso semanas aislados en cubículos a prueba de ruidos y privados de cualquier contacto humano significativo. Su objetivo era reducir la estimulación sensorial al mínimo y ver el comportamiento de los individuos cuando no sucedía absolutamente nada. Se redujo al mínimo lo que ellos podían sentir, ver, oír y tocar.
Apenas pasadas unas horas, los estudiantes se volvieron increíblemente impacientes. Necesitaban estimulación. Comenzaron a hablar, cantar o recitar poesía para romper con la monotonía. Muchos se volvieron ansiosos o altamente sensibles. Su desempeño mental también se vio afectado a la hora de realizar pruebas de aritmética o de asociación de palabras.
Los efectos más alarmantes fueron las alucinaciones. Comenzaban con puntos de luz, líneas o formas y eventualmente se convertían en extrañas escenas, como ardillas marchando con sacos sobre sus hombros. Ellos no tenían control sobre sus visiones: uno de los hombres sólo veía perros; otro, bebés.
Algunos también experimentaron alucinaciones sonoras, por ejemplo, una caja musical o un coro. Otros imaginaban que los tocaban y uno de los hombres sintió que una bala le impactó en el brazo.
Cuando salieron del experimento, les resultó difícil librarse de este sentido alterado de la realidad, estaban convencidos de que el cuarto se movía o de que los objetos cambiaban constantemente de forma y tamaño.
Los investigadores esperaban poder observar a los sujetos durante varias semanas, pero la prueba fue acortada porque se los veía muy angustiados como para continuar. Muy pocos duraron más de dos días y ninguno llegó a la semana. Hebb escribió luego en la revista American Psychologist que los resultados eran "muy perturbadores".*


Los efectos del aislamiento total son demoledores y sus efectos difíciles de contrarrestar porque quien los padece padecerá secuelas toda su vida. El terror que debe producir saber que los peligros proceden no solo del mundo exterior sino del fondo de nuestro cerebro, que no hay refugio para ello, debe ser altamente perturbador. ¿Cómo defenderse de lo que surge de dentro? Se revela entonces el carácter defensivo, destinado a la supervivencia, de nuestros mecanismos más elementales, básicos: la recreación perceptiva del entorno. Nuestra tradicional visión naif de la realidad salta hecha pedazos dando al cerebro el protagonismo. Lo exterior está mediado por lo interior, que lo procesa y da forma.
El reportaje de la BBC lo explica así:

¿Por qué el cerebro se comporta así al estar privado de los sentidos? Los psicólogos cognitivos creen que la parte del cerebro encargada de las tareas continuas, como la percepción sensorial, está acostumbrada a tratar con una gran cantidad de información, visual, auditiva y demás datos del entorno.
Cuando esta información escasea, el psicólogo clínico Ian Robbins dice que "los diferentes sistemas nerviosos que alimentan al procesador central del cerebro siguen disparándose, pero lo hacen sin sentido. Entonces, luego de un tiempo, el cerebro empieza a darles sentido, a buscarles un patrón". Así es como crea imágenes enteras a partir de imágenes parciales.*


Otro tipo de efectos son los que se producen con el aislamiento social. Evidentemente, el aislamiento sensorial es absoluto e implica el cese de las relaciones sociales. El aislamiento de la vida social tiene también efectos perturbadores pero en niveles distintos. Aquellos que han quedado aislados o voluntariamente han desconectado las comunicaciones padecen otro tipo de efectos.
Somos animales sociales y además conscientes de serlo, que es el añadido de nuestra conciencia. Diría que somos reflexivamente sociales. Hay muchas especies sociales, pero solo nosotros escribimos "El contrato social" o "Leviatán" para explicarnos; solo nosotros escribimos "constituciones" para regular nuestra convivencia. Solo nosotros ideamos mitos y leyendas para escucharlos juntos e identificarnos como público.
A los estímulos sensoriales, la vida social añade otros de orden diferente, los estímulos sociales cuyo sentido se aprende mediante la codificación, mediante las reglas del comportamiento y la asignación de valores compartidos. Aislados nos quedamos sin ese marco común que da sentido al mundo social en el que vivimos.


El reportaje nos da cuenta de algo que vamos entendiendo cada vez más, el papel de las emociones, tanto en el plano individual como en el social:

Los biólogos creen que las emociones humanas evolucionaron porque ayudaron a la cooperación entre nuestros primeros ancestros, los cuales se beneficiaban de vivir en grupos.
Su función principal es social. Si no hay un intermediario que nos ayude a saber si nuestros sentimientos de miedo, ira, ansiedad y tristeza son apropiados, en poco tiempo las emociones distorsionan la identidad, alteran la percepción o nos vuelven profundamente irracionales.*

La función de las emociones es comprendida cada vez mejor. Salimos de una época "racionalista" que relegaba las emociones. Hoy comprendemos el gran papel que juegan como "marcadores" de la experiencia, la función que juegan en el recuerdo. Investigadores de todo el mundo investigan cómo manipular las emociones, vía más eficaz que otras para llevarnos a tomar decisiones o  adherirnos a ideas. El aumento de la intensidad emocional como podemos ver en la política en manos de los populismos va tomando cuerpo. El ejemplo de una Marine Le Pen jugando con las emociones a través de los símbolos de la identidad francesa no muestra por qué vivimos en época en la que los discursos racionales se sustituyen por los emocionales. Estamos de nuevo, como en el XVIII, ante una "sentimentalización" de la vida. A aquellas obras "lacrimógenas" —que la burguesía demandaba entonces como muestra de la bondad de su corazón al derramar lágrimas en la lectura o en el teatro— le siguen hoy discursos emocionales que se construyen sobre las indagaciones en nuestro sistema emocional.
Aislarnos de ese sistema compartido de emociones, dejar de emocionarnos con otros también es perturbador. Disfrutamos, en cambio, de las emociones compartidas. Basta con ir a un estadio de fútbol o ver la diferencia entre ver por televisión un partido en solitario o con otras personas. La situación varía de forma drástica.


El aislamiento sensorial es demoledor y se pierden los parámetros que el cerebro ajusta para permitir que nos movamos por nuestra realidad. La ausencia de estímulo dispersa nuestra sensación de unidad, elaborada por el cerebro al procesar las informaciones que le llegan de los sentidos y conjugarlas con las de la memoria. El aislamiento social nos separa del grupo y debilita los lazos emocionales específicos que hemos creado como sistema de valoración.
La experiencia de privación sensorial es poco frecuente; no lo es tanto la social, en la que la marginación o el encierro pueden transformar nuestro sistema de valoración del mundo. Esa experiencia la tenemos en sectas, bandas o cárceles y, evidentemente, en los encuentros interculturales en los que vemos diferencias emocionales.
En este sentido, nada más enriquecedor que el papel del arte como mediador. El arte es, en cualquiera de sus variables, el mayor encapsulador de emociones. Una obra de arte —una novela, un cuadro, una película, una sinfonía— son lo contrario al aislamiento: contienen las emociones de otros y del grupo. Acercarse al arte de otras culturas suele ser un esfuerzo, pero también una buena puerta de entrada emocional a la cultura del otro. La experiencia estética es ante todo emocional; lo que pueda decirnos viene envuelto en ese sistema compartido que busca nuestra reacción. Por eso el arte es también riqueza sensorial, lo contrario del "tanque de aislamiento". La cocina es también una buena puerta sensorial: gusto, olor y color. Cuando pruebo por primera vez algún alimento que alguien me trae de fuera, estoy atento a esa experiencia nueva que va a suscitar en mí. Mi memoria busca sabores parecidos para asociarlos. Pero los hay nuevos que se quedan en nosotros esperando ser clasificados.


El aislamiento extremo, en efecto, distorsiona la mente, como señala el título del artículo. Pero en un sentido más amplio, cualquier tipo de aislamiento —individual y socil— tiene sus efectos, desde el generacional al político. La sensación de separación del flujo de la vida y la historia crea sus alternativas distorsionadas en mayor o menor medida. Una realidad más rica, estimulante, nos abre al mundo ampliando nuestras experiencias y, con ellas, a nosotros mismos. A veces vivimos en burbujas en las que, sin percibirlo, estamos aislados del resto. La realidad que nos fabricamos en ellas puede ser terriblemente pobre por más satisfactoria que nos parezca. Como las alucinaciones, nos pueden parecer muy reales y gratificantes.
En estos tiempos de sobreexcitación informativa, de bombardeo sensorial, nada nos puede parecer más contrario y terrible que un "tanque de aislamiento", no sentir nada y que nuestro cerebro comience a liberar sus fantasmas hasta llenar un mundo vacío.


* "Cómo el aislamiento extremo distorsiona la mente" BBC Mundo 2/06/2014 http://www.bbc.co.uk/mundo/noticias/2014/06/140516_vert_fut_salud_aislamiento_efecto_mente_gtg.shtml