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sábado, 27 de julio de 2013

La parálisis (solos en medio de las soledades)

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Como nos temíamos, la estrategia del ultimátum se estrella contra su propia verificación. El ultimátum dado por el Ejército egipcio para la retirada de las calles a los islamistas ponía día y hora a lo que los islamistas necesitaban: la visibilidad del martirio. El silencio internacional ante la intervención militar era el verdadero enemigo de la Hermandad, que veía cómo sus desganados aliados no levantaban demasiado la voz condenando lo que ocurría con su presidente detenido y la "revolución secuestrada".
Estos días han sido intensos de charlas egipcias en los que me manifestaban el temor de que se derivara hacia una lucha abierta en las calles, llegar a un punto de no retorno. Los muertos en las calles cierran las opciones de diálogo y arrastran hacia otros escenarios en los que la obra representada será ahora una beckettiana metáfora de la incomunicación en la que la inmovilidad que caracteriza a los personajes del autor irlandés se escenificara como una pelea de fieros pitbulls


La parálisis beckettiana es aquí —siempre lo ha sido— mental, política, de voluntad. Inmovilidad, regreso a la casilla inicial una y otra vez. De nuevo, la vida política está polarizada en los dos rivales que solo se entienden en las sombras pero que siempre discuten en la luz. Egipto oscila entre el Beckett de Esperando a Godot y el Final de Partida: diálogos absurdos, parálisis, incomunicación.
Dice el personaje de Vladimiro, en Esperando a Godot:

—Estamos esperando. Nos aburrimos como ostras, qué duda cabe. Bueno. Se nos presenta una diversión, y ¿qué hacemos? La dejamos que se pudra. Venga; manos a la obra. (Avanza hacia Pozzo, se detiene.) Dentro de un momento todo habrá pasado. Estamos otra vez solos en medio de las soledades. (Piensa.)


Preocupado por lo que pudiera ocurrir anoche, esperaba inquieto la llegada de los amigos a casa para poder comprobar que estaban bien. Mientras manifestábamos nuestros temores de que todo se precipitara al haber puesto el Ejército fecha a la retirada de las calles, ya se estaban produciendo los enfrentamiento con un elevado número muertes en los puentes de El Cairo, además de los producidos en Alejandría.

Ayer era el día decisivo para el duelo que se tenía que celebrar. Lejos de buscar alguna salida negociada, los islamistas y el Ejército han iniciado un carrera suicida que no puede desembocar más que en un callejón sangriento en el que cada muerto sirva a las partes para armarse de razones y continuar en su estrategia de choque de trenes. Hay pasos adelante que no se rectifican fácilmente porque comprometen a los que los dan cerrando posibilidades.
La estrategias desarrolladas vacían de sentido el panorama "reformista" que el Ejercito había planteado a su intervención y le costará la bajada del tren de la gente que se pregunta si no se les han embarcado como políticos escudos humanos ante la opinión pública internacional.


El problema de Egipto no es la "democracia" o la "legitimidad", meros argumentos retóricos en manos de grupos a los que nunca les han importado realmente ninguna de las dos cosas. La verdadera cuestión es la intolerancia histórica y sistemática que los que han mantenido el poder han usado para evitar que la sociedad evolucionara hacia posturas de convivencia, que sin embargo están presentes en la mayoría de su población, que desea vivir en paz. Los deseos de construir un Egipto democrático, en convivencia, volcado hacia el progreso, se ven destruidos en cada momento de la historia en que se plantean, ya fuera en los momentos coloniales en los que no interesó a las potencias que Egipto fuese una sociedad que avanzara autónomamente o en la actualidad.

A Egipto le han traicionado sus propias riquezas, en especial el Canal de Suez, determinante de las actuaciones internacionales —especialmente Gran Bretaña y Francia— hasta su nacionalización y la posterior llamada "Guerra del Canal", de 1956. Ha dado igual a quién se apoyara, a dictadores militares o a islamistas, según tocara en cada momento. El problema se plantea cuando dos rivales por conseguir el favor externo entraban en liza. El papel de los Estados Unidos, relevando a los británicos como nueva potencia mundial, ha sido crucial en esto. Por eso se da la paradoja de que los Estados Unidos sostengan al Ejército económicamente y sean acusados a la vez de sostener al gobierno islamista de la Hermandad. Pero Egipto es un mundo paradójico. Nada es sencillo; todo es finalmente oscuro. Solo el deseo del pueblo de tener derecho a la oportunidad de desarrollarse en paz, de dar salida a los sueños incumplidos de progreso, de educación, de justicia social, de convivencia, que planean en sus reivindicaciones en cada momento de su historia. Eso es lo que ha intentado una nueva generación, la que trajo la Revolución de enero, la de los jóvenes, una revolución contra la incompetencia de sus antecesores, que se resisten.
Los periódicos de hoy nos traen la noticia —otra paradoja— de que el partido Nour, los salafistas, teóricamente más "radicales" que los "moderados" de la Hermandad Musulmana, se ofrecen como mediadores entre los cofrades y los militares. Los Nour han mostrado más sentido común y han buscado su propia operación de lavado buscando "lo posible", no tenían nada que perder y pueden ganar terreno a los Hermanos mostrándose como interlocutores más factibles, aunque sea circunstancial. Al menos, quedará constancia de que lo han intentado.


La Hermandad tiene un problema de selección natural, por expresarlo así, derivada de su propia psicología de grupo. Sus dirigentes han eliminado de sus filas a los moderados, que se fueron ante la cerrazón y autoritarismo interno. Se han filtrado a ellos mismos en cuanto a la radicalidad. Si fueran un partido "normal" habría una segunda fila dispuesta a abrir negociaciones para evitar el baño de sangre que se ha producido y que seguirá produciéndose si no se remedia, y lo que es peor, la imposibilidad de pararlo en el sentido menos cruento para la población. El recurso al "martirio" es un verdadero escándalo que no asegura más martirio futuro, creando una espiral de retroalimentación que justifique el aumento de la violencia. Con la violencia, las partes aumentan su poder y, sobre todo, queman naves ante la posibilidad de soluciones. Pero ¿qué es una "solución" en estos momentos en Egipto? ¿"Reponer" a Morsi en el Palacio Presidencial? ¿Con qué fuerza? ¿Asaltar los cuarteles? ¿Llenar las calles de tanques? ¿Llenarlas de muertos? ¿Hacer elcciones? ¿Otra Constitución? ¿Quién acepta las "soluciones"?

Lo escandaloso es el uso partidista de la población para ir hacia posiciones que no resolverán nada, que harán de nuevo vivir bajo el miedo y la represión. Terrorismo o represión no pueden ser las alternativas.
La Revolución del 25 de enero unía cruces y coranes; era solo una parte visible de la buena voluntad, del deseo de paz y armonía que pronto se vio que solo se aceptaba de forma retórica y estratégica por los agentes totalitarios que transitan la sociedad egipcia como ríos subterráneos. Hemos insistido sobre esta idea a menudo: el drama verdadero es la indefensión, la falta de fuerza, de los que quieren la democracia en Egipto frente a los que dicen quererla para después pisotearla. En Egipto los que son demócratas no tienen fuerza y los que tienen la fuerza no son demócratas. Un drama histórico de dimensiones, como todo lo egipcio, trágicamente monstruosas.

Godot no llega. Los seres absurdos discuten sobre su aislamiento en la soledad de la escena. Solos ante la mirada atónita de los que asisten al espectáculo, sin catarsis posible. Solos. Soledad del escenario; soledad del patio de butacas. Desesperación. Angustia. Un grito, un bostezo. La nada. Godot. Godot no llega.
La democracia, dejada que se pudra, habrá pasado de nuevo dejándolos solos en medio de su soledad.








martes, 10 de enero de 2012

Después de la comedia

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Suena el teléfono y cuando trato de localizar el inalámbrico por toda la casa, al pasar junto a la sala de estar escucho de fondo el siguiente diálogo que me llega de la televisión abandonada:

—¿Qué tal, Harold?
—Bien, señor. Tengo cuarenta años y le traigo una pizza.

Creo que es difícil llegar al fondo de algo con menos palabras. Las carcajadas enlatadas sirven de esperpéntico fondo al gag. Mi duda es si me encuentro ante una tragedia o ante una comedia, ante una fábula o ante un retrato naturalista. Las carcajadas me impiden pensar que estoy en las noticias. Todavía no se ha llegado a eso.
Escuchaba el otro día una antigua entrevista con el actor británico Sir Peter Ustinov en la que decía que una comedia es una tragedia que sale mal y, a la inversa, una comedia es una tragedia fallida. Además de actor, Ustinov —fallecido en 2004— fue dramaturgo, escritor, guionista, productor y director de cine, diplomático, entre otras cosas. Fue Rector de la Universidad de Dundee. Ganó un Oscar, un Grammy, el Globo de Oro y otros premios importantes por sus interpretaciones. Y una persona inteligente y con gran sentido del humor.

Peter Ustinov
Al estar reservadas a los nobles, las tragedias se ocupaban de las luchas por el poder, de cómo hacer llegar al trono hijos bastardos, o de cómo traicionar a tu hermano sin sentir remordimientos, todos ellos temas comunes en las casas reales antes de que emparentaran con la burguesía. Con la llegada de la guillotina, la burguesía logró hacerse un hueco en los escenarios —además de en las alcobas reales— y muchos se escandalizaron porque pretendían representar historias vulgares sobre matrimonios obligados, sirvientas acosadas, herencias, quiebras financieras y naufragios de barcos cargados de telas, todos ellos argumentos poco prometedores pero que, al llenarse el patio de butacas de burgueses deseosos de elevar sus preocupaciones cotidianas al rango de universales, pronto triunfaron.
La cosa fue degenerando y los hermanos Goncourt tuvieron que dar explicaciones por haber dedicado una novela no ya a reinas, princesas, duquesas o esposas de banqueros, sino a una simple criada, Germinia Lacerteux. La gente comprendió rápidamente dos cosas: que el personal de servicio, el que vivía en el piso de abajo, además de vida privada tenía vida interior, y que los trenes se habían hecho para que se arrojaran a sus vías las damas adúlteras que se sentían culpables, una forma de simbolizar que el progreso arrollaba todo a su paso.
Con Ibsen se discutió sobre la posibilidad de la existencia de una tragedia doméstica, la que transcurre entre el dormitorio y la salita de estar, que ya no tiene a los nobles por objeto, porque la nobleza iba quedando para las operetas vienesas. Balzac llamó al conjunto de sus novelas “comedia humana” en contraposición a la “divina comedia”, porque la sociedad ya no tenía nada de divino y sí mucho de vulgar comedia sobre el dinero y el sexo, llamado en ocasiones amor. Stendhal vio muy bien esa confusión de principios que diluía las separaciones entre la noble tragedia y la vulgar comedia cuando señaló que él no escribía para duquesas ni para criadas que se les parecen. Los nobles dejaron de ser interesantes para la literatura y el teatro y empezaron a serlo para las gacetillas y el papel cuché, negocio que fue a más con la proliferación de las peluquerías y otros negocios con sala de espera.
La observación de Peter Ustinov sobre tragedia y comedia es una condición moderna que afecta a la visión de los acontecimientos más que a su naturaleza. No lo dijo refiriéndose a una comedia sino hablando de su participación en la película Espartaco (Kubrick 1960), en la que intervino en el guión junto a Dalton Trumbo y por la que Ustinov recibió el Oscar al mejor actor secundario.


Espartaco es un ejemplo de la inversión de los valores de la tragedia, en el que la nobleza no es la de la cuna sino la de los principios. El héroe es un gladiador esclavo que tiene por único deseo la libertad, enfrentado a un mundo de una nobleza corrupta y sin apenas principios más allá de conseguir el poder y mantenerse en él. Mientras Espartaco nos parece noble, los demás nos parecen infames, viviendo en un mundo de traiciones permanentes en la política romana. 


Ustinov captó bien el componente tragicómico de la obra al darse cuenta que Espartaco se ve obligado a hacer lo que no quería hacer —todo lo que le parecía innoble—, pero que lo hace por otros motivos. Cuando no quiere luchar con su amigo Antonino, tiene que matarlo para evitar que este sea crucificado, larga tortura, como hacen con todos los prisioneros tras la batalla. Irónico es también que Espartaco conozca a su hijo recién nacido —y libre no por su acción, sino por la rivalidad entre los senadores romanos— desde lo alto de la cruz en la que es torturado en la salida de Roma, la primera de los millares de cruces de las que penden los rebeldes que hay repartidos por el camino.

Toda la historia está llena de estos engarces irónicos que son los que causan los acontecimientos. La ironía es una característica de la modernidad que dejó a un lado la voluntad de los dioses en lo que ocurre y lo sustituyó por esa fuerza extraña que surge de la vanidad de los deseos humanos y por los complejos caminos por los que se cumplen o frustran. Liberada de esa voluntad rectora, la tragedia se vuelve absurda e inescrutable, risible, como supieron entender Samuel Beckett, Jean Genet o Eugene Ionesco. Se vuelve circo permanente, trágicamente risible, da igual que sea de gladiadores o payasos. 
Se trata de cambiar el sentido y alcance de la risa. El que a una persona de cuarenta años que reparte pizzas de puerta en puerta se le pregunte qué tal le va, forma parte de esa doble naturaleza moderna de la tragedia y la comedia. Lejos de mostrarnos un intenso drama sobre los motivos y consecuencias de la crisis económica o sobre los sueños rotos, la comedia introduce su esencia trágica como un latigazo, con una réplica, en un abrir y cerrar de puerta, obligándonos a que surja la risa como paréntesis del llanto.


Samuel Beckett