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sábado, 3 de agosto de 2024

Las mentiras que nos unen (lecturas veraniegas 2)

 

— Kwame Anthony Appiah (2024) Las mentiras que nos unen. Repensar la identidad. Ed. Taurus, Barcelona, 322 pp. 

Hay muchos motivos para la lectura de este libro. Su actualidad es absoluta porque trata de nosotros. O quizá sería mejor decir de lo que llamamos “nosotros”, puesto que se trata de una construcción, quizá de la que todo parte. El título ya nos aclara la orientación.

Appiah (1954), llamado en ocasiones el "Sócrates posmoderno", es un acreditado filósofo y profesor dedicado al estudio de la construcción de la cultura y de las identidades. Hijo de una escritora y estudiosa del arte británica y de un padre diplomático y jurista de Ghana, ha tenido ocasiones para cuestionar la identidad. Se reedita esta obra —publicada en ingles en 2016— tras su primera salida española en 2019.

Lejos de un estilo académico, la obra es fácilmente asequible para un lector medio yendo de forma natural de la idea al ejemplo para facilitar la comprensión,

No es casual que las obras sobre las identidades se hayan multiplicado en las últimas décadas. Son estas las que se ha construido para navegar por un mundo moderno, más pequeño, acelerado, cambiante, intercomunicado.

La obra de Appiah es muy reveladora en muchos aspectos. Se centra en aquellos focos de identidad más fuertes: creencias, nacionalidad, clase, color (“raza”) y cultura. En gran medida, ese “nosotros” que construimos a nuestro alrededor se fundamenta en esas raíces señaladas, elementos diferenciales que nos permiten situarnos y situar a los otros respecto a determinados supuestos.

Appiah ilustra sus ideas de forma clara, recurriendo a los datos históricos permitiéndonos ver cómo se forman las identidades en el tiempo y en el espacio, las identidades que nos diferencian dentro y fuera del grupo, de las religiosas a las económicas, de las raciales a las religiosas. Nos muestra cómo esas identidades construidas conforme a unos principios intentan se convertidas en “esencias”, un mecanismo fundamental, pues convierte en “verdad” eterna lo que era construcción reciente, fijando raíces milenarias o atemporales.

El autor recurre a una combinación de elementos coloquiales, personales, históricos y teóricos para hacernos llegar las ideas básicas sobre las identidades:

Hay un viejo chiste sobre un náufrago judío que está en una isla desierta. Durante décadas, construye tres edificios. Cuando lo encuentran, sus rescatadores le preguntan qué son. “Esta es mi casa; esta es la sinagoga a la que voy; y esta -dice por último- es la sinagoga a la que no voy.” (68)

La "identidad", nos viene a decir a lo largo de la obra, supone tanto elementos positivos o afirmativos (qué "soy", cómo "me percibo"), como negativos (qué "no soy", cómo me "diferencio" de los otros). De esa mezcla sale el "nosotros" que se reivindica frente a los "otros" distintos a los que se define por oposición.

Las consecuencias personales, sociales e históricas de esto son muchas y a veces trágicas. La aparición de cada vez más elementos que se consideran distintivos atribuyéndoles una esencialidad construida crean situaciones que los populismos manejan de forma constante, como podemos ver en el aumento del racismo y la xenofobia, los conflictos de orden religioso y de clase. Todos ellos se hace en nombre de unas "verdades" que convierten en esencias lo propio y lo que aplicamos a los demás.

El apaleamiento de un mendigo, la construcción de un nacionalismo (Make America Great Again! MAGA) que pide disparar a los que se acercan a las fronteras, "construir un muro" o que pide "plomo" en las fronteras de España, la fabricación de las élites, etc. son fenómenos con los que nos encontramos cada día en las noticias y cuyas raíce podemos rastrear en la obra de Appiah.

La obra se detiene en el análisis de esos apartados señalados anteriormente y que son los fundamentos de lo que hoy se maneja de forma contundente para construir una "realidad" cuya consistencia se basa en el "poder" real de imponerse. La propia biografía del autor sirve para explicarnos situaciones y su formación, lo que le da autenticidad a muchas reflexiones.

La lectura del libro de Appiah durante la celebración de los Juegos Olímpicos de París ha sido una fuente de ejemplos sobre la idea de identidad, de la sexual (ej. el caso de la boxeadora argelina) a los discursos sobre la identidad nacional en un medallero repleto de nombres y rostros de origen diferente. Españoles de todos los colores contradicen los discursos de odio xenófobos. Lo mismo ocurre con otros muchos países, por ejemplo con las mujeres afganas, que han de optar entre ser "mujeres afganas" y no competir o competir y dejar de "ser afganas", desprovistas de su identidad por quienes la delimitan a la fuerza.

"Las mentiras que nos unen" es altamente recomendable para todos aquellos que son conscientes de cómo se articulan las identidades. El esencialismo es la falsificación de lo creado convirtiéndolo en eterno, sin principio ni final. Appiah nos muestra cómo lo "eterno" puede tener solo unas décadas o unos pocos cientos de años. Son mentiras que nos unen, ideas a las que nos unimos y que nos forman y deforman distinguiéndonos de los otros.

Joaquín Mª Aguirre (UCM)


viernes, 17 de noviembre de 2023

La batalla es por la cultura

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Los artículos de Laura Gómez Díaz en RTVE.es apuntan a la clave de las guerras y conflictos que vivimos: la cultura. Los diferentes artículos forman una serie, con al menos ya seis textos, bajo el título genérico de "La rusificación de la Ucrania ocupada". Si nos dejáramos cegar por las pasiones y la estupidez (a veces una combinación, otras por separado) veríamos lo que bajo ese concepto de "rusificación", es decir la transformación nacionalista de ucranianos a rusos, nos puede enseñar. De la misma forma, el conflicto palestino-israelí tiene un trasfondo nacionalístico, pero en sentido contrario; no se trata de una asimilación sino de una diferenciación, pues no se puede generar una entidad que agrupe bajo un mismo concepto. Estas diferencias se resuelven no con "un estado", como ocurre con Rusia respecto a Ucranias, sino en esa fórmula de los "dos estados" que establece que las distancias son insalvables.

Tenemos dos guerras simultáneas que nos permiten —ambas— comprender mejor el fenómeno del "nacionalismo", del "imperialismo" y sus consecuencias. Por si la Historia (magister vitae) no nos diera bastantes lecciones, parece que hay una cierta fatalidad que nos hace vivir una y otra vez los mismos errores, ya sean en nombre de las religiones, de las ideología y de los imperios convertidos en zanahorias frente a los pueblos que les hacen odiar y marchar hacia las guerras a morir en nombre de causas gloriosas, celebradas posteriormente con monumentos, cantos y cuadros que admiramos en museos.

En el último de los artículos de Laura Gómez Sánchez, el titulado "La cultura como arma de guerra en los territorios ocupados por Rusia: "Se destruye todo lo ucraniano"", el sexto de la serie, leemos: 

La lucha de Rusia contra Ucrania no está solo en el campo de batalla, también se centra en el ámbito de la cultura. La eliminación de la cultura ucraniana ha sido uno de los objetivos de Moscú desde la invasión de la península de Crimea en 2014, pero desde el inicio de la guerra en febrero de 2022, estos planes no han hecho más que acelerarse y se han convertido en ataques directos a instalaciones culturales, destrucción del patrimonio cultural ucraniano e incluso detenciones ilegales de artistas ucranianos en los territorios ocupados.

Putin ha afirmado en reiteradas ocasiones que Ucrania no es un país, sino una región de Rusia que no tiene cultura, historia ni identidad propia.

"Todo lo relacionado con Ucrania está siendo destruido"

Detrás de las líneas del frente de guerra, las fuerzas rusas están intentando garantizar que el territorio ocupado nunca pueda volver a integrarse en Ucrania. Los rusos siguen una estrategia de borrar cualquier rastro de Ucrania, aplastando su expresión cultural y deteniendo de forma ilegal a artistas y escritores ucranianos en las zonas ocupadas. 

La propia cultura ucraniana se ha convertido en un objetivo más de la guerra. A lo largo del conflicto, Rusia ha saqueado antiguos tesoros de los museos y ha vaciado las bibliotecas de libros ucranianos.* 

Tenemos el pobre concepto de que las guerras son luchas por el territorio. ¿Qué necesidad tiene Rusia, un país al que le tuvieron que comprar Alaska para que fuera "americana", al que frenó la poderosa cultura china (pero a la que intentó controlar como Unión Soviética formando a muchos de sus dirigentes), que se tragó media Europa aprovechando la II Guerra Mundial, creando estados títeres a los que invadía (Hungría, Checoslovaquia...) cada vez que intentaban recuperar su identidad y gobierno? ¿No tiene bastante "territorio"?

No se trata solo de conquistar, que es un acto de violencia física, de potencia militar; se trata de otra cosa. Lo han llamado "rusificación". Es un fenómeno de otro tipo, que afecta a la construcción de la identidad y a la generación de la Historia, es decir, un tipo de discurso que fija los "orígenes" y la trayectoria, que define el concepto de "pueblo" y canta sus "raíces". Para ello recurre a otros tipos de discursos.


Uno de esos discursos son los religiosos. Antes del nacionalismo, las disputas eran por el destino de las "almas" de los conquistados. Putin ha tenido un apoyo enorme en una de esas disputas que aparecen poco en la prensa porque no se acaban de entender. El papel de la Iglesia Ortodoxa rusa, con el patriarca de Moscú, ha sido esencial para Putin y sus objetivos. Ha sido su mejor aliado en un país en un país en el que la oposición —de Navalni a las Pussy Riot— enferman por compuestos radiactivos, caen por las ventanas de los edificios, desaparecen o son encerrados. El patriarca de Moscú ha convencido a los rusos de la santidad de su causa y de su líder, aquel que desea que las perdidas almas de los rebeldes ucranianos —homosexuales y corruptos, vendidos a Occidente— sean devueltas al buen camino. Es la misma iglesia rusa que apoyaba a los zares y se rebelaba contra la modernidad, la misma que apoyó la servidumbre de la gleba has la década de 1860 en Rusia. Los campesinos formaban parte de la tierra y eran propiedad de sus amos. La literatura rusa del XIX, con sus grandes novelas, da cuenta de las discusiones y razones puestas sobre la mesa. No en vano, el anarquismo sería la solución rusa antes de que el marxismo-leninismo se hiciera con el control de los rusos redefiniéndolos desde el zarismo anterior.

La destrucción de la cultura ucraniana es la destrucción de la diferencia, de todo aquello que haga comprender esa falta de sintonía. La cultura es diferencia. Los seres humanos somos iguales, pero nos empeñamos como grupos en crear una forma esencialista diferencial: ser "ruso", "ucraniano", "francés", "español", "catalán", "vasco"... o lo que toque. Las diferencias se van ampliando a factores como la religión y especialmente la lengua. No es casual que Hitler o Putin usen el argumento de la "lengua" como definidor de las diferencias. Por esos lo primero es borrar las lenguas y sustituirlas por otras que incorporan una herencia distinta.

El lenguaje y las artes son la memoria colectiva, la memoria compartida, lo que permite fijar las identidades. Por eso, la Rusia de Putin, sus ejércitos, destruye los símbolos de la alteridad que supone la idea de Ucrania para ellos. Por el mismo motivo, la resistencia ucraniana insiste en sus propios símbolos culturales; es su forma de resistencia. Esa estrategia de borrar lo ucraniano es esencial para Rusia; se trata de impedir la identificación, algo complicado pues la estrategia de supervivencia identitaria pose elementos difíciles de borrar (de los poemas a las canciones). Pueden destruirse monumentos y teatros, quemarse bibliotecas, pero la respuesta —como en el Fahrenheit 451, de Ray Bradbury— es la memorización para resistir. Aunque quemen lo material, el efecto suele ser la oralización de la identidad, su gestualización, etc. es decir, su traducción a sistemas inmateriales. Canciones y gestos, poemas y dichos pasan a ser el acerbo con el cual se sostiene la identidad que se quiere destruir. Los símbolos se actualizan de forma espontánea, se repiten en la intimidad del hogar, etc.

La batería de destrucción cultural tiene un activo importante en la educación. Lo que se enseñe allí debe borrar lo anterior, ignorarlo de forma absoluta. No es una "invasión"; es una "recuperación", se ha echado al "invasor" anterior, a los ucranianos. Se ha restituido el orden "natural", "histórico" y eso es lo que los niños deben aprender, debe repetirse hasta que se convierta en una verdad indudable, incontrovertida.

El discurso histórico y el educativo nacen de la mano en su faceta nacionalista. Nacen ambos para crear la identidad colectiva, convertir en "ciudadanos" de un país determinado, de un espacio que ha sido marcada, definido y culturizado, es decir, explicado desde la lengua, la historia y el mito formando una unidad.

Lo que Rusia hace en Ucrania se puede contrastar con la construcción de espacio e identidad en Israel donde el problema es de otro orden: dos identidades que avanzan hacia la diferenciación absoluta. La religión, el origen, el territorio, etc. son fuerzas identitarias que se combaten como discurso y como guerra que busca la reducción del otro, en lo espacial y en lo cultural. La fórmula de Israel ocupando cada vez más territorio, tal como Rusia hace en Ucrania no puede llegar a un equivalente a la "rusificación" porque aunque se reivindica el espacio no se integran las culturas, que pasan a ser antagónicas y a buscar los elementos diferenciales, religión, lengua, tradición. Israel no busca la integración, sino el desplazamiento del territorio. La "israelización", por decirlo así, no tiene equivalente en la "rusificación": es solo violencia y, como se ha señalado, una forma de "apartheid", es decir, de reducción física del territorio y de separación para evitar el contacto. Los muros que se levantan no son solo una forma de protección física, sino de diferenciación identitaria y de asignación territorial. La proximidad es un peligro; el contacto un pecado.

La conversión de las identidades culturales en "esencialistas" es un enorme peligro porque se convierten en "absolutas" y con ello incapaces de establecer algún tipo de convivencia que no se base en el control y la fuerza. Hay algo malsano en que las identidades fuertes se hagan a costa de la convivencia y la incompatibilidad. El nacionalismo necesita del odio para reforzarse y eso es malo en cualquier sentido que se establezca. Las culturas que luchan por ser diferentes se condenan a la violencia, al control del pensamiento, del movimiento y de la vida. Se vuelven estrechas en su afán de imponer un modo de vida y una forma de pensar.

Lo vemos en Rusia, lo vemos en Israel. Lo vemos mucho más cerca; lo vemos como una nueva forma de dividir lo que tantas guerras costó, la unión de Europa, otra construcción cultural, una identidad que debería hacernos vivir en paz, algo que tras ser el centro de dos Guerras Mundiales, de millones de muertes, deberíamos entender.

Es importante que Europa funcione porque es una demostración al mundo de que se puede construir convivencia, comunidad, allí donde solo había durante siglos guerras y destrucción.

No es casual que Rusia apoye nacionalismos por toda Europa, separatismos que saben que debilitarán la Unión. Es su estrategia desde hace mucho tiempo, acciones que van del Brexit a los nacionalismos independentistas, incluido alguno de los nuestros, como se hizo público en su momento. Hay que construir conjuntamente y no dejarnos seducir por discursos que nos debilitan y por los que damos la vida o, más bien, la perdemos.

Hay mucho de Rusia en las acciones de Israel, hay mucho de la experiencia histórica que vivieron allí en los "pogromos" y guetos. Que se esté haciendo algo así en Palestina no deja de ser una trágica ironía. Los nacionalismos de cualquier orden siembran el odio y las diferencias, las exclusiones y las eliminaciones.

Los artículos de Laura Gómez Díaz tienen el valor de mostrar los mecanismos mediante los cuales Rusia trata de deshacer la identidad ucraniana y reinterpretar la historia. No basta la invasión, es necesario arrasar para construir identidades nuevas mediante la repoblación. La educación es un factor esencial porque en una generación se habrá reescrito todo.

* Laura Gómez Díaz - La rusificación de la Ucrania ocupada (VI): "La cultura como arma de guerra en los territorios ocupados por Rusia: "Se destruye todo lo ucraniano""  RTVE.es 16/11/2023 https://www.rtve.es/noticias/20231116/guerra-contra-cultura-ucraniana-territorios-ocupados/2460432.shtml