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miércoles, 18 de junio de 2014

Crimen en la Ciudad de los Poetas

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La querencia francesa por la filosofía hacía preguntarse en el mes de abril al diario Le Monde "Y a-t-il une « question rom »?"* y no simplemente "¿hay una 'cuestión francesa'?", que sería más apropiado. 
Pasados un par de meses y en plena euforia postelectoral de la ultraderecha racista y xenófoba de la familia Le Pen, el secuestro, tortura y linchamiento de un joven gitano, acusado de un robo, por un grupo de encapuchados que le dejaron abandonado en estado comatoso en el carrito de supermercado en la Ciudad de los Poetas, barrio situado en Pierrefitte-sur-Seine (en Seine-Saint-Denis), plantea esta "cuestión gitana" realmente como una "cuestión francesa". Abandonemos la especulación y vayamos a los datos inmediatos de la conciencia: ¿está el futuro europeo en la capucha, en los encapuchados? Lo que hay que debatir no es cómo "tratar a los gitanos" sino "cómo nos debemos comportar los europeos", en este caso, "franceses". Como europeos, todo lo que hacemos afecta a Europa; y como europeos también, todo lo que se hace en el resto de Europa nos afecta igualmente.
Preguntarse por una "cuestión gitana" es un ejercicio de cinismo notable, de intentar justificar, llevando al extremo de la segregación a un pueblo para encubrir el racismo propio bajo la culpabilidad innata del otro. Es sencillamente un ejemplo de reduccionismo político. ¿Hay también una "cuestión judía", como pensaba Hitler? Demasiado eufemismo.


La perspectiva de una Francia siniestra en un Europa siniestra es sobrecogedora. Francia siempre ha marcado tendencia. El comportamiento xenófobo se quitó su máscara inicialmente en la cuna de la Filosofía y el pensamiento racional que nos enorgullece, en la Grecia de la crisis económica. Allí comenzaron, con la crisis, la justificación política de los asaltos a inmigrantes, culpables ontológicos del "no ser", que es la base del racismo, el odio y la exclusión. Los gimnastas griegos de Amanecer Dorado comenzaron la celebración dionisiaca de la política con apaleamientos y demás formas de violencia que llevaron al encarcelamiento de algunos de sus líderes. Encontraron en la cárcel su ágora ideal.


Y ahora Francia. Ya no son los periféricos, sino los motoresFrance Info nos resume así el acontecimiento siguiendo las palabras de la Fiscalía:

Selon la procureure, Sylvie Moisson, il y a bien eu un cambriolage Cité des Poètes, à Pierrefitte-sur-Seine, le vendredi 13 juin, vers 20h-20h15. L’auteur du vol dans un appartement est alors mis en fuite par un très jeune témoin. Il en fait une description, pouvant correspondre à "un jeune qui est aussitôt pourchassé, enlevé, séquestré, battu et laissé pour mort, non loin du lieu de son enlèvement".
Il n’est pas précisé auprès de qui ce témoin, que l’on suppose un enfant, a fait cette description. 
Entre l’enlèvement de l’adolescent prénommé Darius et sa découverte, il y a eu une demande de rançon explique sylvie Moisson, uen demande qui a été effectuée auprès de sa famille, de 20h30 à 21h47. Si l’horaire est aussi précis, c'est que le propre téléphone portable de la victime a été utilisé par ses ravisseurs pour communiquer avec sa famille.
Selon la procureure, ce drame est "un acte de barbarie, un lynchage par un groupuscule d’individus". Le mobile est à chercher dans la vengeance privée, des représailles fondées sur "la rumeur", à propos de l’auteur. Les faits, dit-elle relève "du lynchage, de l’acte de barbarie."**


Los partidos políticos franceses han comenzado su ronda de lamentaciones. Las condenas, como país filosófico, se dividen al buscar el origen del acto. Como siempre, la cadena causal se ramifica en función del principio general del que se pretende que el crimen sea ejemplo. Nos dicen en Le Monde que "le FN et le PCF de Seine-Saint-Denis dénoncent le climat « délétère » qui s'est créé en France. Pour des raisons différentes."* Sí, sin duda el clima está envenenado, aunque las explicaciones sean diferentes.
Mientras que el Partido Comunista Francés lo ve como una manifestación de la xenofobia destapada tras las últimas elecciones europeas, el Frente Nacional de los Le Pen lo ven como una consecuencia lógica (¡oh, la lógica!) de la laxitud judicial y la violencia que se permite en las calles de la insegura Francia. Ya lo decían los viejo carteles de Le Pen, "La seguridad el primero de los derechos". Hoy y siempre se insistirá en ello:

De l'autre côté de l'échiquier politique, le député européen du FN Louis Alliot a expliqué l'usage de la force par les citoyens à cause du laxisme judiciaire. « Vous ne pouvez que condamner l'acte, ce n'est pas le problème. En même temps, vous apprenez qu'à Stains, quelqu'un a été tué par arme à feu. Qu'à Dunkerque, quelqu'un s'est fait poignarder dans la rue, etc. On vit dans une société de violence. Il est évident que le laxisme judiciaire, que la mauvaise politique répressive en France y est pour beaucoup. Les citoyens ont l'impression aujourd'hui de ne pas être défendus. Eh bien – et je le dis, c'est malheureux pour la démocratie et un danger pour la République – ils se défendent eux-mêmes », a développé le vice-président du Front national sur RMC.***


Terrible mezcla la de esta racionalidad exterminadora combinada con un nacionalismo de la sangre que siempre será inapelable juez sesgado y verdugo gozoso: el extranjero es el mal, los jueces laxos son el mal. Solo en la mano del que ama a Francia reside la verdadera justicia. Ya lo dijo Rousseau, quien sigue a su corazón no se engaña. Y el corazón tiene pasaporte y canta La Marsellesa con brío y emoción. Preocupante esta Francia sentimental.

El diputado Louis Alliot tendrá ocasión de repetir estas ideas desde su asiento del Parlamento europeo al que ha llegado gracias a los votos de los franceses amantes de su patria atacada y malgastada por los parásitos que vienen de fuera. Alliot se encudra entre los "moderados" del frente y su discurso asume el pasado colonial de Francia, por lo que considera que puede haber antiguos franceses, siempre y cuando se comporten como deben y sean minoritarios. Por eso su discurso es indirecto, al echar sobre los jueces la responsabilidad de la violencia, que implícitamente se asigna al extranjero aprovechando la corriente general.
Le Monde incluye también otras declaraciones:

Interrogé par Le Monde, le porte parole du collectif Romeurope, Laurent El-Ghozi, souhaite que cette affaire soit traitée comme les autres et non pas différemment puisque la victime est Rom : « Le communiqué de presse de l'Elysée participe de cette sur-stigmatisation. C'est en quelque sorte une discrimination positive, mais elle contribue à cette sur-stigmatisation. L'essentiel n'est pas que l'agressé soit Rom. Il ne faut pas traiter les choses différemment parce que c'est un Rom. S'il avait été Malien ou Breton, ça aurait été pareil. Il faut traiter ces affaires comme on traite l'ensemble des problèmes liés aux bidonvilles. »***


Es indudable, aunque le pese a Laurent El-Ghozi, que no se trata de un caso que pueda ser tratado como cualquier otro caso porque solo se le ha aplicado a un gitano. Y se ha hecho mediante la fórmula del linchamiento, que tampoco es una forma de violencia como otra cualquiera, sino como una pretendida forma de "justicia". También es indudable que se utilizará en los discursos de los políticos porque tiene un componente político. Tratar de asignarle un valor neutral no tiene sentido. No hay neutralidad posible; es un acto impregnado de valores, como lo era el linchamiento de un esclavo fugado en Alabama a manos de los encapuchados del Ku-Klux-Klan. El día en que cualquier ciudadano francés tenga el derecho a ser linchado por sus vecinos, entonces podrá reivindicarse la normalidad de la acción. Hasta entonces no podrá considerarse normal que te arranquen de tu casa delante de tu familia unos encapuchados, te torturen y te dejen abandonado en un carrito en estado crítico. La petición de una cantidad de dinero a la familia revela la verdadera catadura patriótica de los justicieros encapuchados.


La pregunta por el "ser de Europa" no debe excluir todas estas cuestiones, estas tensiones entre elementos que están en su raíz y afloran. Europa, como cada país, es un poder ser. El racismo es también Europa, pero una Europa de la que sería mejor prevenirse. ¿Es esta la versión de lo europeo que queremos ser? Europa ni está hecha ni se hace sola. Es y será siempre un esfuerzo constante que exigirá de nuestra voluntad manifiesta y activa.

El linchamiento del joven gitano rumano no es solo un crimen violento en una Francia violenta, como señalaba el vicepresidente frentista. Es un crimen racista en una Francia que ha votado en el paquete antieuropeísta del FN nacionalismo y xenofobia, aunque sea como voto de protesta contra otros partidos de los que se encuentra desengañada. Pero en política los votos no van con explicación ni matices. Votas al que votas y asumes el cien por cien de lo que dice, lo que ha hecho antes y todo lo que hará después en tu nombre e invocando tu deseo. Es así. Si Marine Le Pen hablaba en nombre de una Francia mítica, ahora lo hace desde la Francia de hoy, en su nombre, en el de sus votantes. Les guste o no. El Frente Nacional presume ya de ser el primer partido de Francia. Lo es.
A diferencia de otros crímenes violentos producidos en Francia en ese día en que se linchó al joven gitano, este fue cometido presumiblemente por personas que se consideran buenos franceses, ciudadanos que realizan el sacrificio honroso de corregir lo que anda mal en su amado país. Son los que se llaman a sí mismos "patriotas", como se llaman en Grecia, en Holanda, Finlandia, Reino Unido, España..., como se llamaron los nazis, también ciudadanos ejemplares. Ningún país está excluido del racismo, la xenofobia o cualquier otra forma de rechazo o discriminación. Francia está en el punto de mira, pero no cometamos el error de pensar que estamos libres de responsabilidad y sobre todo pensar que somos inmunes. El pecado de Francia es haber convertido al Frente Nacional en el partido mayoritario, no el de haber inventado el racismo, hijo de padre de diversos colores.


El virus de la xenofobia se agarra fácilmente si se relaja el mensaje. Son necesarias actitudes claras, mensajes directos para evitar encontrarse con el problema de frente, como Francia, Gracia u Holanda, que dan voces amplias a partidos xenófobos. El caso del joven gitano se puede agrupar con los insultos constantes recibidos por la ministra Taubira por el color de su piel o los insultos antisemitas que han proliferado en el último año. Todo forma parte del mismo estado anímico, del mismo clima social. Por eso hacen falta gestos claros y una parte de la sociedad francesa lleva tiempo advirtiéndolo, pero el racismo crece y la xenofobia se alimentan de energías variadas.
La Policía investiga. Nadie ha sido detenido todavía. La Ciudad de los Poetas sigue su vida. Malos tiempos para la lírica.



* "Y a-t-il une « question rom » ?" Le Monde 9/04/2014 http://www.lemonde.fr/culture/article/2014/04/09/y-a-t-il-une-question-rom_4398574_3246.html
** "Lynchage d’un jeune Rom : "Un acte de barbarie"" France Info 17/06/2014 http://www.franceinfo.fr/actu/faits-divers/article/lynchage-d-un-jeune-rom-un-acte-de-barbarie-504619
*** "Lynchage d'un jeune Rom : appel à cesser la « stigmatisation »" Le Monde 17/06/2014 http://www.lemonde.fr/societe/article/2014/06/17/le-monde-politique-et-associatif-indigne-par-le-lynchage-du-jeune-rom_4440064_3224.html









lunes, 26 de mayo de 2014

Postelectoral europeo

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El ejercicio interpretativo que supone cualquier análisis postelectoral se multiplica en un caso tan complejo como el de la Unión Europea. ¿Es posible realizar un análisis de conjunto de una realidad tan variada como la que tenemos enfrente? Me imagino que hay aspectos globales y aspectos parciales, Lo que está por ver si los resultados —que son los que son— obedecen todos a las mismas causas y contextos. Indudablemente, Europa se percibe en cada caso desde la realidad nacional. Es un voto "europeo" y no lo es simultáneamente, por decirlo así.
Pero aún así, existen circunstancias que sí afectan a todos los europeos. El hecho del cantado avance de la ultraderecha, racista, xenófoba y antieuropea, afecta a Francia porque allí se ha votado y a Europa porque allí es donde van a ir los votos. Marine Le Pen ha ganado en Francia, pero Francia ha perdido en Europa. Y ha perdido porque han fracasado sus representantes ortodoxos, dejando el desencanto en manos de un partido impresentable que se limita a recoger algo más que el descontento. La crisis francesa es sobre todo francesa, más que europea. Eso no quiere decir que no haya sacudido los cimientos de la República; sino al contrario. No sé si los franceses han votado contra Europa, contra Hollande o contra los dos.


La política europea no es de derechas o izquierdas; es primero europea o antieuropea. Lo que se debate no es tanto quién gobierna en Europa, sino si Europa debe existir o no. En este sentido, España ha confirmado con su participación y votos que desea que Europa exista, primero, y quién y cómo debe gobernarla, después. Lo primero es esencial; lo segundo, condicionado a lo primero. ¿Por qué estamos a estas alturas de la película debatiendo todavía estas cosas?, se preguntarán algunos con razón. Hay muchos motivos, probablemente. Quizá la respuesta sea que mientras las elecciones europeas solo sean europeas nominalmente, no podrá haber demasiados cambios. De hecho, los que más se han preocupado por Europa son los antieuropeos.
Si miramos el caso de España, PP y PSOE estaban enzarzados en su combate bipartidista; Izquierda Plural en erosionar al PSOE; otros en erosionar a Izquierda plural; los nacionalistas en establecer un hueco que les sirviera para ser interpretado en clave soberanista a falta de referéndum, y los demás tratando de encontrar algún hueco apostando por la fragmentación del sistema político. Los partidos pequeños saben que en Europa tienen poco que hacer y ponen toda la carne en el asador nacional, tratando de sacar ventaja por donde pueden. Los augures habían pronosticado la pérdida de votos de los grandes, que se ha producido —cinco millones de votos—, sí, pero está por ver si se produciría en la misma medida en elecciones nacionales.


Pero todo esto es accesorio ante la idea de Europa y de los peligros en que se ve envuelta. Que el UKIP y el Frente Nacional hayan sido las fuerzas más votadas para Europa en Reino Unido y Francia, más algún otro país en el que han logrado los secesionistas de la Unión, es una muy mala noticia. Hasta Valls se ha puesto más serio de lo habitual.
Los resultados de Francia son malos para los partidos franceses, para la propia república y para Europa en su conjunto. Lo mismo ocurre con los de Reino Unido. Ambos suponen dos piezas esenciales de la construcción europea y el avance no del euroescepticismo sino del antieuropeísmo solo significa el fracaso no de Europa, sino de sus propios partidos y su capacidad de gestionar y liderar el continente.
No es casual la derrota de lo europeo en Francia. Es la constatación del fracaso de un modelo, el de la pareja Alemania-Francia, escenificada por el dúo Merkel-Sarkozy primero y cuyo fracaso dio lugar a unas segundas nupcias más problemáticas, las nefastas de Hollande, un caso que habría que analizar con más detalle y profundidad. ¿Por qué ese hundimiento tan personalizado en su figura? Parece que Hollande, que llegó al poder para hacer lo que Sarkozy no había podido hacer con Alemania, simbolizara el fracaso de Francia, un fracaso doble, de la derecha (Sarkozy) y la izquierda (Hollande) a los ojos del pueblo francés. Es este fracaso, que algunos vivirán como humillación, si así se lo presentan, lo que ha hecho lanzarse a los brazos de la Marine Le Pen-Juana de Arco, que aboga por salirse de ese fábrica de frustraciones europea en la que se les ha convencido de que es Alemania quien manda por encima de los deseos de Francia, incluso en su propia tierra. El resto no es más que canalizar correctamente esa frustración para convencer a la gente que es Europa quien evita que Francia despegue.


En Francia se cumple plenamente ese principio de que la movilización europea ha sido antieuropeísta. El 25% de los que han ido a votar lo han hecho contra Europa. En otros lugares se han movilizado por el separatismo integracionista (salgo de un sitio y entro en otro), también antes que por Europa en sí.
Tampoco es casual que el antieuropeísmo hay triunfado en Reino Unido, en donde David Cameron y otros antes que él llevan realizando el juego del sí y del no durante décadas, con una moneda que les sigue permitiendo jugar a dos barajas financieramente. Han recogido lo que han sembrado durante años de forma interesada en cada negociación. Hoy dejan de controlar el proceso, que es lo que realmente les preocupa y puede que sea demasiado tarde porque ni los franceses de Le Pen ni los británicos de Farage van solo contra Europa. Sus planes son más amplios y aspiran al poder. ¿Por qué no, si tienen los votos? La petición de Le Pen de disolver la asamblea nacional y convocar legislativas no es una broma, sino la consecuencia lógica del proceso. Se trata de aprovechar el momento más bajo de los demás, de la derecha descabezada y de la izquierda descerebrada, con su momento de mayor poder en las urnas. Han roto su techo; a la gente no le ha temblado la mano por votar al fascismo que pide el Ebola para acabar con los problemas migratorios. El abuelo Le Pen ya sueña con ver corretear a sus nietos rubios por los jardines del Elíseo. De nada han servido los golpes de efecto de Valls, ni su gesto serio en el gobierno, ni sus sonrisas en el cuché. Francia recoge lo que siembra. No son los únicos.


No creo que sea posible un análisis conjunto de una Europa que carece precisamente de unidad y de motivación. Se pueden analizar, eso sí, sus consecuencias y sacar alguna enseñanza provechosa. Las elecciones europeas para ser europeas deben avanzar en la idea del conjunto y no plantearse como plebiscitos de destrucción. Es más fácil hacer demagogia contra Europa que construir discursos coherentes para hacerla avanzar, pero la pregunta es ¿hacia dónde? Mientras la polémica europea sea rentable políticamente, Europa estará en juego. Será utilizada como cabeza de turco en la pugna diaria de cada país. Buscarán en sus ataques los votos de los descontentos, de los insatisfechos y de los nostálgicos para los que cualquier tiempo pasado fue mejor. Si Europa sigue adelante, no puede ser jugándose su ser en cada elección. Puede hacerlo, sí, pero será un devenir agónico acumulando debilidad, cada vez más inestable.
El contraste, en cambio, con lo ocurrido en Ucrania es muy grande. Ucrania eligió votar por Europa el mismo día que Europa votaba a favor o en contra de sí misma. No necesitará realizar segunda vuelta porque se ha decantado claramente, con más del 57% de los votos, por un candidato integrador, europeísta y demócrata. Por contra de lo que ocurre en Europa, Petro Poroshenko ha dicho que el voto es para la normalización de Ucrania evitando su destrucción por despedazamiento. Su objetivo es restablecer el orden y la seguridad desarmando a los grupos violentos, establecer un diálogo directo con Rusia y las regiones, y que firmar los convenios para la integración en Europa. El pueblo ucraniano no ha dado más del 3% a la ultraderecha que le sirvió a Putin para calentar al este del país ante el temor de la invasión fascista. Aquí los únicos fascistas que se han visto han sido uno señores enmascarados rompiendo urnas para que no se pudiera votar en las zonas que patrullan. Ucrania tiene un gran reto, un reto verdadero, de vida o muerte. Por eso ha tratado de ser sensata. 


Lo primero que ha dicho Poroshenko ha sido que quiere que Ucrania absorba la democracia de Europa para acabar con la corrupción y modernizar su país. Es irónico que el país con mayor europeísmo, sin formar parte de la Unión, sea un país humillado por Rusia, roto por los intereses militaristas del Kremlin cuando manifestó su firme voluntad de acercarse a esta Europa quejumbrosa y centrífuga.
O quizá no lo sea tanto. Quizá no sea casual que el país del ultranacionalismo xenófobo triunfante sea el que ya amenazó, con Sarkozy, con eliminar el "espacio Schengen" cerrando sus fronteras. La Francia que primero votó derechas, después izquierdas y ahora ultraderecha ha votado a quienes le han prometido "doblegar" a Europa: a Sarkozy, a Hollande y ahora a Le Pen. Quizá todo tiene su lógica y no hay nada sorprendente más que nuestra sorpresa.
Desde el punto de vista nuestro, el español, todo ha quedado relativamente relativizado. Los grandes han perdido, pero han ganado; los pequeños han subido, pero han perdido; los independentistas son pocos, pero han adelantado a los que no lo son en sus circunscripciones. Y así sucesivamente. ¿A quién le importa Europa y no el propio pellejo?


Hay casi coincidencia en los titulares de los dos diarios que habitualmente coinciden poco, El País y El Mundo: trastazo del bipartidismo. Esto es más duro para la oposició, que ni gana ni aprovecha el desgaste. Este es un país raro en el que la oposición desgasta más que el poder. Quedar por delante tapa muchas heridas y da mucho juego. Pero la pérdida de cinco millones de votos es mucho para un sistema que hasta el momento no ha dado respuestas a las cuestiones como muchos esperaban. Los votantes se manifiestan aburridos del discurso de los grandes, de sus disputas, de su falta de autocrítica ante las demandas ciudadanas. Deben ser conscientes de que los demás crecen porque ellos pierden, que tiran su capital político no en el ejercicio de la política sino por practicar la antipolítica. Ellos solos dan argumentos a sus opositores que les crecen como setas.

Que España haya estado por encima de la media europea es una buena noticia, especialmente porque Europa ha podido más que el desafecto que nos provocan los políticos. Ya era una buena noticia que salvo algún "ambiguo" que juega a dos barajas o con doble lenguaje, todo el mundo apostara por Europa, aunque fuera para demostrar cosas distintas. Pero esto no es suficiente, sino probablemente el signo de cambios más amplios. Hemos dirigido nuestras iras no contra Europa, sino contra los que consideramos, justamente o no, responsables del desaguisado. En Francia, en cambio, han dirigido sus iras contra los dos, contra los partidos mayoritarios y contra Europa en un solo voto. Dos por uno.
Europa no puede ni debe ser desestabilizada minando su unidad, reducida de nuevo a un puzzle de fronteras y monedas para beneficio de aquellos que saben que en su unión está su fuerza.

Europa tiene dos problemas: los que no creen en ella y los que la dan por hecho.







miércoles, 26 de marzo de 2014

Marine Le Pen, la mujer que amaba las naciones (o hay amores que matan)

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El diario El Mundo nos trae una entrevista con una radiante Marine Le Pen tras las elecciones en la que ha obtenido unos resultados "esperanzadores" para su segunda vuelta. Sus declaraciones resultan interesantes en varias direcciones.
Le Pen, que es todo sonrisas, solo se enfada cuando se compara al Frente Nacional con partidos como Amanecer Dorado, en Grecia, y otros de corte similar. Su respuesta:

Estoy harta de eso. ¡Es insultante! No tenemos nada que ver con esa gente ni con su ideología neonazi. Somos un partido esencialmente antieuropeísta y antiglobalización. El debate ya no está entre la izquierda y la derecha sino entre quienes defienden la nación como estructura ciudadana, económica y social, y aquellos que piensan que es un concepto antiguo y superado, y hay que avanzar hacia un gobierno europeo o mundial. Yo me quedo con los que creen en la nación, ya sean de derechas o de izquierdas.*

Es difícil encontrar una retórica tan medida como la Marine Le Pen. Con sutileza se aleja de donde no le interesa ser incluida y se inserta en aquellos espacios del descontento en los que se presenta como una entidad casi angélica. Sin embargo esa ilusión se desmorona en el momento en el que se le piden sus soluciones. El Mundo resalta en su titular el eje de su discurso cuando Le Pen responde a la cuestión de la inmigración. Cuando se le pregunta por las peticiones de España de que Europa asuma su compromiso con la "frontera sur" y coopere, Le Pen responde:

Eso no servirá. Mientras que Europa mantenga una política atractiva para los inmigrantes, nadie les parará. Hay que poner en marcha una política disuasoria, lanzar una señal muy clara que diga que ya no tenemos nada que ofrecerles. No escolarizaremos a sus hijos, no les daremos ayudas sociales, ni alojamiento... Lo de Melilla se soluciona quitando la Sanidad a los inmigrantes. Si no lo hacemos así, seguirán viniendo por miles a probar suerte en el Estrecho.*

Quizá su siguiente propuesta, si no funciona lo de dejarlos en el limbo social para que se mueran por las calles los que enfermen o de frío cuando llegue el invierno —ya los recogerán los barrenderos por la mañana—, sea bombardear las pateras. Su política, por encima de ideologías, es sencillamente "inhumana" y, en efecto, antieuropea. Marine Le Pen esta harta de que la "clasifiquen", pero sus propuestas son fácilmente clasificables, según sus palabras. Otra cosa es que no le guste escucharlo y se enfade, como cuando demandaron a Madonna por ponerle una cruz gamada en la frente a una foto suya durante un concierto de la cantante en 2012. Molesto, sí, pero son riesgos del oficio cuando se afirman ciertas cosas.

Marine Le Pen no ama las "naciones"; ama un tipo de "nación". El debate no está —como a ella le interesa plantear— entre el "amor a la patria" y el burocratismo supranacional. Eso es pura demagogia. La verdadera cuestión, que a ella no le interesa, es que su modelo de "amor a la patria" es incompatible con un modelo de patria decente y humanitaria. Lo que predica Le Pen no es patriotismo sino el egoísmo, que es el amor de uno mismo prescindiendo de los otros. Y da igual que ese "yo" sea "Marine Le Pen" o "Francia" porque en su mente son la misma cosas. El truco del nacionalismo es precisamente ese, la apropiación de la nación que se piensa en términos exclusivos. Las "naciones", invento reciente —aunque le fastidie a Artur Más—, son una forma de gestión emocional del espacio en la que se identifican los intereses de unos con los del resto. De la Revolución Francesa salen dos concepto en lucha el de "nación" y el de "ciudadanía", el primero va por la vía emocional, sentimental y romántica, se centra en símbolos, poemas, árboles o santuarios; el segundo, por el contrario, es más abstracto y se centra en los derechos, que no se consideran propiedad de nadie sino que aspiran a la universalidad. El nacionalismo es belicista e imperialista si se lo propone —Rusia acaba de dar un buen ejemplo—, ve a los demás como fuerzas opuestas y siempre está temeroso de perder una "identidad" que es la base de su fuerza. Por el contrario, la idea de "ciudadanía" se centra en los derechos —Declaración universal— que trata de ampliar más allá de sus fronteras creando unidades superiores no ligadas meramente a la "tierra" o a la "lengua" —las dos ideas centrales del nacionalismo burgués romántico—.

Rusia, el país más grande del mundo, se acaba de anexionar Crimea, unos cuantos kilómetros cuadrados, con la excusa de que todos aquellos que hablen ruso están bajo su protección. La lengua ha sido definitiva. Después ha declarado "tierra santa" —¡curioso!— la península de Crimea. Los demás países que se llenaron de rusos durante la dominación soviética están temblando ante la posibilidad de que Rusia apunte hacia ellos su "santidad" lingüística. La BBC explica el silencio de algunos países bajo la "influencia" de Rusia: "En general, las exrepúblicas soviéticas de Asia Central, temerosas de sufrir su propio "momento ucraniano" tendieron más a sembrar sutiles dudas respecto a la decisión [de] Moscú que a celebrarla."**
Todos los que tengan población rusófona estarán pensando lo mismo. Rusia es un caso interesante de conversión del imperialismo "internacionalista" al imperialismo "nacionalista", que también lo fue anteriormente. Primero llevaba la revolución como Unión Soviética, cantando "La Internacional" y ahora lleva de nuevo, con el zarismo actual, el nacionalismo a golpe de soldados, folclore y cantos.
Los movimientos nacionalistas como el Frente Nacional, como bien señala Le Pen, son "antieuropeístas" y "antiglobalización". Le llama la atención, en su segunda referencia a España, que no se haya producido una modificación "nacionalista" del panorama político español:

—¿Han tenido contactos ya con algún partido español?
—No. Y es algo que me sorprende. España es un país muy apegado a su libertad, que no ha osado aún crear una fuerza que critique la Unión Europea y esa política de austeridad que le han impuesto. Pero las cosas pueden cambiar muy deprisa, dada la situación. Ya se ha visto en Italia. Está surgiendo un movimiento que dice "hasta aquí hemos llegado" y que podría encontrar un eco en el pueblo español.


Puede esperar sentada Marine Le Pen, pues el mapa político español tiene sus peculiaridades. Los grandes partidos son europeístas, como lo es una mayoría de la población por más que se despotrique, lo que no significa que se esté de acuerdo con las medidas que se toman siempre. No se van a poner en contacto, por ahora, con ella. Los partidos "nacionalistas", por otro lado, lo tienen complicado para dirigirse a ella por varios motivos. El primero es el desprestigio internacional, el estigma que supondría, que no les interesa y menos cuando quieren ser "aceptados" por Europa. Los nacionalistas vascos, catalanes y gallegos, en segundo lugar, tienen desde hace mucho su poder municipal y autonómico sin necesidad de tener que reivindicar nada; sencillamente están dentro de la Constitución por ese lado. 

El "nacionalismo" del Frente Nacional es de la "totalidad" de Francia, mientras que nuestros nacionalismos son "regionales" y se definen contra la "nación española" negándola o contra su pertenencia a ella. Existe el agravante de reivindicar los nacionalismos vascos y catalanes —se menciona poco, pero está en las reivindicaciones de unos y otros— partes del sur de Francia, ya se llamen "Euskadi norte", "países catalanes" o de cualquier otra forma. 
Mientras los nacionalismos como el de Le Pen se definen frente a entidades nuevas, como "Europa", los nacionalismos regionales se definen contra su propia unidad superior (España, Italia...) y piden ser aceptados por la siguiente (Europa) en igualdad de condiciones. Y Europa ha sido clara en su respuesta. Los problemas europeos vienen directamente de los "nacionalismos estatales" e indirectamente, por los motivos contrarios, de los "nacionalismos regionales", los que aspiran a ser nuevos estados y aspiran, por tanto, a sumarse a todos los elementos supranacionales como forma de reconocimiento explícito. Cada uno es un problema distinto para la idea de Europa y un reto para su futuro.
Por más que se muestre sonriente, el ideario de Marine Le Pen no es para sonreír. Aunque trate de desmarcarse de los musculosos intelectuales de Amanecer Dorado, no hay muchas diferencias. Los griegos prefieren apalear por su cuenta por los recortes europeos, mientras que Marine Le Pen prefiere que lo haga la Policía porque ella es una "señorita", todo un detalle por su parte:

En cuanto a la seguridad, no hay más que ver las estadísticas para darse cuenta de que hace falta una acción más firme de las fuerzas de orden y la Justicia, coordinada con las autoridades locales porque la Policía Municipal debe de servir para algo más que poner multas...*


Pese a lo que pone en el cartel de su padre, Marine Le Pen, ha creado junto con el holandés Wilders —otro amante de las naciones— la "Alianza Europea por la Libertad".  Si se suman todas sus opiniones, el resultado es claro. Su estrategia no es hablar de su ideología sino de los problemas de la gente ofreciéndose como solución. Le Pen, por ejemplo, se ha centrado como objetivo en los pequeños comercios, cuyos problemas son fáciles de presentar como llegados de "Europa" o de la "globalización".

Respecto al pequeño comercio, resulta asombroso constatar cómo el PS o la UMP han consentido ambos por igual las prácticas de competencia desleal de las grandes superficies, desde su instalación en el centro de las ciudades hasta sus horarios de apertura dominical... El pequeño comercio merece ser defendido, no sólo por el aspecto económico sino por su componente social.*

Su estrategia es siempre la misma, ligar los problemas con sus "soluciones". Sin embargo, todo esto no son más que acciones estratégicas para lograr vencer las resistencias que sus otras intenciones conllevan. Las declaraciones de su compañero de viaje, el xenófobo holandés Wilders, muestran que el deseo de pasar a la acción más allá de las sonrisas beatíficas, cuando se tiene más poder —como ha ocurrido en Grecia o Italia—, se manifiesta pronto y violentamente.


La apropiación nacionalista por parte de partidos como el Frente Nacional francés es síntoma de varias cosas. En primer lugar, crecen con el descontento; es un motivo para mejorar las cosas y no darles razones o motivos. Segundo: crecen con la desinformación; la unidades como "Europa" necesitan alcanzar una nitidez que no tienen. No me refiero solo a la información de las instituciones europeas, sino de la "cultura europea". Si Rusia ha invadido Crimea en nombre de la lengua rusa, dando un nuevo sentido a la afirmación de Wittgenstein sobre los límites del lenguaje, Europa es una conjunto de países con lenguas distintas, por lo que es más difícil construir una "identidad cultural" partiendo de las culturas nacionales. Sin embargo, eso no es imposible si se pone énfasis en los elementos con los que es posible identificarnos que son muchos. Se han potenciado siempre los elementos nacionales en detrimento de una cultura más cosmopolita. La Historia moderna surgió para servir de sostén teórico y académico a las naciones recién creadas que necesitaban compartir un discurso, una narrativa propia que les diferenciara de aquellos de los que querían distinguirse. Eso lo seguimos viendo hoy.

La mayor aportación de Europa —de Francia, si se prefiere, aunque fastide a Le Pen— es la idea de los derechos universales, que es la contraria al nacionalismo que solo cree en sus propios derechos locales. Que Marine Le Pen considere que se debe tratar a la inmigración como si fueran el virus de la gripe es un síntoma claro de que "su" Francia no es la de todos, solo la suya, por más que se envuelva en banderas y cante La Marsellesa en la ducha todas las mañanas. 
El éxito relativo de estos planteamientos no es más que el resultado de problemas sin resolver que aprovechan, por un lado, y la indefinición de la identidad europea, que los políticos comenten el error de dejar en el aire, por el otro. Es difícil construir "Europa" sin una "identidad europea". El error político tiene su origen en un nadar y guardar la ropa en el tema europeo. 
A los partidos les interesa presentarse como "mediadores" con Europa más que como parte de una "Europa" plena. Es un error pensar que son los políticos quienes tienen que crear o definir la identidad de los europeos. Somos nosotros los que debemos crearla cada día marcando nuestras acciones con el espíritu de lo que consideremos que es Europa, como idea e ideal. Europa no "es"; se hace con nuestras palabras, con nuestros movimientos y reconocimientos, de la misma manera el "antieuropeísmo" se hace con los de Le Pen, Wilders, los de Amanecer Dorado o la Liga Norte.


En el fondo, uno es "europeo" porque puede meter en su vida a Proust, Kafka, Joyce, Cervantes, Rabelais, Shakespeare, Dante, Chopin, Mozart, Beethoven, Descartes, Kant, Camus, Unamuno, Pavese, Svevo, García Lorca, Pessoa, Nietzsche, Picasso, Renoir, Dickens, Ibsen, Mann, etc. no como elementos extraños o exóticos, sino con la naturalidad que dan las raíces culturales comunes por encima de las diferencias nacionalistas. Todos son diferentes, pero es sus diferencias o a través de ellas, nos hemos formado culturalmente los europeos. Europa no es una esencia; es una tensión. Las naciones se enfrentan en los campos de batalla pero se unen con las horas de lectura, en las salas de los museos o en las de conciertos. Hay momentos de la Historia en que se pone el foco en la diferencia, en otros son las causas y obras comunes lo que debe se debe llevar a primer término. El que por encima de siglos de guerras exista una cultura que podamos considerar propia es un síntoma no de esencialismo europeo, sino de voluntad constructivista, de cosmopolitismo previo al nacionalismo decimonónico, que nos sigue contando la Historia desde su punto de vista. El propio Renan lo señaló: lo más importante para una nación es la voluntad de serlo. 


Mientras Le Pen juega con la carga emocional y los sentimientos de la idea de "nación", a nuestros políticos solo se les ocurren las "ventajas del mercado", algo que supone un problema cuando el mercado no funciona como debiera por las crisis propias o ajenas.
Pero "Europa" no es el "mercado", con sus alzas y bajas, sino mucho más; algo que está todavía por definir rastreando en nuestra historia y, sobre todo, en nuestro deseo de futuro. Europa existe porque usted se siente europeo, no al revés. Se puede ser europeo de muchas formas, como se puede ser francés de forma muy diferente a como le gustaría a Marine Le Pen. Ella es francesa a su manera; los demás a la suya.  Ella canta La marsellesa, pero también la cantó Jean Renoir con ideales muy distintos a través del cine, por ejemplo.
Tampoco es bueno —porque lo aprovecharán— definir Europa como "antinacionalista", como "anti Le Pen"; se deben buscar argumentos mejores que caer en el mismo truco movilizador sentimental, el "frentista". En la Francia abstencionista se pide el voto para "frenar a Le Pen". Y ella está muy contenta porque la convierte en la gran rival, en la que se enfrenta al sistema, una nueva Juan de Arco, que es el papel que le va al pelo y bajo cuyo monumento da discursos encendidos prometiendo salvación y santidad, pureza y firmeza. 
Es con la abstención, con el desinterés por Europa, como Europa se muere. Europa es, sobre todo, tarea por hacer, historia por recorrer con otros ojos.



* "'Lo de Melilla se soluciona quitándoles la sanidad, la escolarización y las ayudas sociales'" El Mundo 25/03/2014 http://www.elmundo.es/internacional/2014/03/25/5331f11d268e3e7b688b457d.html?a=6b9efc0f2cd25afda1f25286b11f9a60&t=1395819112

** "¿Con qué aliados cuenta Rusia?" BBC Mundo 26/03/2014 http://www.bbc.co.uk/mundo/noticias/2014/03/140325_ucrania_rusia_crimea_aliados_nc.shtml