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lunes, 20 de septiembre de 2021

La nada que nos consume

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)


Lo último ha sido sobre los jóvenes afectados por los suicidios. Pero habría que sumar muchas más piezas al mosaico para poder ver el conjunto. Nos contentamos con pensar que es un efecto más de la pandemia, que afecta a nuestras visiones del mundo y se vuelven así más negativas. Pero esto viene de largo.

Los datos que nos han ido dando en estas semanas dice: que tenemos elevadísimos porcentajes de repetidores entre los jóvenes; que somos el segundo país con mayor número de los llamados con sarcasmo "ninis" (ni estudian ni trabajan); que tenemos también una de las tasas de abandono escolar más altas... Podríamos seguir añadiendo indicadores y todos serían del mismo tenor.

Las imágenes que nos han servido este fin de semana muestra macrobotellones (25.000 personas en mi universidad) y unos miles en una universidad barcelonesa. Innumerables repartidos por el país. Nos preocupa, como dicen los medios, que no usen mascarillas ni mantengan la distancia de seguridad. Pero nadie se preocupa por lo que representa esto, por cuál es su significación social, qué tipo de respuesta implica y, sobre todo, que forma de ver la vida supone.


Desde hace mucho tenemos un serio problema y una seria distorsión aceptada de nuestro futuro. Hace mucho que nuestra industria principal es el ocio más que otros tipos de producción que quedan relegados del foco de atención. Aquí de lo único que se debate es del "ocio" en todas sus variantes, no del trabajo sino de lo que hay que hacer cuando no se trabaja. Realmente hay que tener muy poco que hacer para mantener este ritmo de ocio que nos caracteriza.

Comentamos aquí aquel suspiro inaugural de la señora madurita al poder sentarse en una terraza y tomarse su cafelito. Los españoles salían de las sombras de la pandemia a la oscuridad de la noche de juerga, un fin patriótico para mantener en orden la economía del ocio que es la principal del país. Más allá del turismo, que tiene que venir, está el residente laborioso que se curra su ocio para mantener la actividad, tanto la propia como la ajena.

Las consecuencias de esto son variadas. Quizá las principales sean la precariedad y el subempleo, los bajísimos sueldos. Estas traen otras en cadena, la permanencia en la casa familiar, el retraso de los matrimonios y de los nacimientos, el envejecimiento de la población, solo paliado por la llegada de inmigrantes que nos permiten cubrir lo que no cubrimos.



Me sorprende cómo los medios dedican tanto tiempo a todo eso que llaman "ocio", ya sea como conflicto o como negocio. Hay mucho menos tiempo dedicado a algo más ejemplar que los cotidianos informes sobre botellones de los lunes por toda la geografía española. Comenzaron hace más de una década, precisamente como respuesta a una crisis económica y al deseo del ocio nocturno o diurno de entonces de mantener a distancia a unos consumidores jóvenes sin recursos. Lo del ocio está muy bien si gastas, sin no es parasitismo. El botellón es el listón más bajo. Te coges la botella de casa, los hielos y ¡a vivir! Si vas con prisa, y no te ha dado tiempo a pasarte por el supermercado (los veo haciendo la compra de botellas en mi centro comercial los viernes y sábados), te puedes hacer con algo en los vendedores que deambulan por el gentío ofreciendo botellas. Son los nuevos emprendedores, la cutrez del emprendimiento, el inicio de una gran carrera. Otros ofrecen otras cosas. Es un buen mercado y siempre hay demanda.

A todo esto se ha incorporado un nuevo aliciente: la violencia. El hecho de que la Policía tenga que intervenir ante las quejas de los vecinos, que se concentren cada vez más personas y que esas personas se diviertan lanzando botellas, golpeando los coches patrullas, etc. es un fin de fiesta divertido que poder compartir con los amigos el lunes cuando te pregunten.



La necesidad de los toques de queda no ha sido comprendida o, peor, ha sido ignorada y llevada al ámbito de la diversión y en muchos al descaro. ¡Soy joven y no me voy a morir!, decía uno ayer al ser entrevistado. Son los nuevos héroes: salen, beben y pelean. ¡Qué más se puede pedir! El aumento de la violencia en las calles es otro indicador. Cada vez salen más rápido las navajas, que forman ya parte del equipo de salir.

Esto es divertido y hasta atrae Erasmus del extranjero. ¿Dónde se lo van a pasar mejor que aquí? Pero si nos preguntamos por el futuro de este país, envejecido y con este modelo, real y mediático, no hay para muchas alegrías.

Las universidades, los parques, las calles, las plazas... son escenarios para beber y desbeber, para gritar y perder el sentido de la realidad, de una realidad que no gusta, que no ofrece alternativas, en la que nos desentendemos de los demás, donde lo aceptamos todos. Solo ofrecemos alternativas de ocio al ocio, ofertas de competencia para reconducir el "gasto". No hay alternativa al margen de esto y de todo lo que implica socialmente.

Mañana llegaré temprano a la universidad; debo dar clases como si nada de esto hubiera ocurrido. Tienes que ignorar lo sucedido, fingir que no ha pasado nada y que la estatua ecuestre que simboliza el traspaso de conocimiento a la siguiente generación está allí por algo. No sé lo que me espera, pero la depresión ante el espectáculo es grande, una enorme tristeza, frustración, una dolorosa pregunta sobre el sentido de lo que haces y sobre cómo la propia sociedad fagocita a sus integrantes en este proceso de la macro trivialidad rentable, en esta caricatura trágica del "ocio".


lunes, 17 de mayo de 2021

Las macro fiestas y la decadencia

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)



Cuando un noticiero internacional como Euronews abre su boletín con los bombardeos de Gaza para titular poco después "Macrofiestas en España", pese a las noticias positivas de la victoria de Nadal en Roma y del Barça femenino en Europa, habría que pensar en sus efectos. Recogíamos los titulares hace unos días de la CNN, también reflejando el panorama de los botellones y demás actos festivos callejeros. Sí, España llama la atención fuera por este comportamiento que ya da titulares agresivos, como los agentes de Policía heridos por intentar disolver un botellón, una nueva aportación léxica al lenguaje universal junto con "fiesta", "siesta" y "guerrilla".


En RTVE.es se preguntan desde titulares "Del champán infantil al botellón: ¿por qué el alcohol es omnipresente en nuestra sociedad?" La respuesta es, por un lado, sencilla; por otro, compleja. Nos dicen que hay una cultura del alcohol, sí, que producimos, nos lo venden y lo bebemos. Pese a estar limitada su publicidad, hay muchas formas de hacerlo pues no hay celebración que no esté ligada al alcohol.

Hay en el reportaje de RTVE.es, firmado por Álvaro Caballero, un aspecto que creo que es determinante. Se nos dice a través de testimonios:

 

"Yo empecé a beber con 14 años, que era cuando se empezaba a trabajar. 'Ponle al chaval un vino con casera', decían, era lo más normal del mundo", recuerda Agustín, exalcohólico y abstemio desde hace 16 años. Ahora, a diferencia de lo que hacía él, ve que la gente joven "no sale a tomar algo, sale directamente a emborracharse, y cuanto más rápido mejor. En mi época eso no se hacía", señala.

Se trata de un cambio de tendencia que lleva años en marcha. España tenía antes una "cultura húmeda", como otros países del Mediterráneo, en la que se bebía poco -generalmente vino-, pero a diario. Ahora avanzamos hacia modelos como el de Reino Unido o los países nórdicos, donde se bebe poco entre semana y en los fines de semana se abusa del alcohol -sobre todo cerveza o destilados-.

Para Espelt, esto no es solo peor para la salud física, con un aumento de las intoxicaciones etílicas, sino que incrementa los problemas sociales: más accidentes de tráfico, más violencia, embarazos no deseados, enfermedades de transmisión sexual, etc.*

 


Creo que aquí está parte del núcleo del problema. Hace unos días citaba aquí algo que había escuchado: "— ¡No me llames después de las 12 que ya estoy pedo!" Creo que la frase concreta bien lo que se nos ha señalado. Del vino acompañando la comida a su presencia absoluta, concentrada en el fin de semana; de la casa al escenario social.

La historia no enseña que tras el alcoholismo hay mucho de soledad, el darse a la bebida como reflejo de una incapacidad comunicativa. Quizá lo que vemos nos engaña y tras toda esa fiesta hay escondida mucha soledad, vacío y problemas reales de comunicación.

Recuerdo que me alejé de mi grupo de amigos de adolescencia cuando empezaron a reunirse en lugares en los que solo se vendía cerveza. Pronto me resultó imposible seguir aquel ritmo de bebida y me acabé separando. Todo acababa en alcohol y el día que casi tuvimos un accidente de coche en plena Gran Vía decidí que era otro mi camino. Alguno murió de cirrosis pasados unos años. No había todavía botellón, pero los problemas se veían con claridad; el alcohol se iba convirtiendo en el centro de la vida de muchos. 

Pasado el tiempo, lo que tenemos está adquiriendo proporciones difíciles de controlar. El hecho de estar atrayendo participantes extranjeros al hilo de este tipo de atracción es todavía más preocupante porque mientras sea negocio seguirá.

En La Vanguardia nos hablan de las protestas de los vecinos de la Barceloneta, desbordados por las fiestas que se organizan a sus puertas:

 

“En realidad –prosigue el representante de la asociación de vecinos–, en lo que se refiere al incivismo, lamentablemente ya estamos peor que en el año 2019, y sin tener apenas turistas... La verdad es que la mayor parte de las personas que están llenando las playas estas noches son extranjeras que residen en Barcelona, y no sólo estudiantes, también gente más mayor. Nos cuesta mucho entender su comportamiento. Todo lo que pasa en las playas tiene también consecuencias en las calles del barrio. Últimamente no hacen únicamente lo que les da la gana, también se enfrentan a los vecinos del barrio que les recriminan sus conductas. Entonces tiran botellas a los balcones, llaman a los timbres, patean las puertas... Por ello creemos que unos trabajos comunitarios no les vendrían mal. Al fin y al cabo nos encontramos ante un problema de convivencia. Si es que, cuando la policía los echaba, algunos se ponían a gritar ¡volveremos! y cosas así ¿es que tenemos que llevar les a los sanitarios del hospital del Mar para que hablen con ellos? el Ayuntamiento tiene que tomar la iniciativa”.**

 


Se ha hablado mucho de la llegada a las juergas de Madrid desde diferentes puntos, especialmente de Francia. Barcelona también lo padece en ese efecto llamada producido por la necesidad de "reactivar la economía". Las "molestias" para los vecinos —que no son nuevas ni por la pandemia— son "riqueza para todo el mundo que se ha creado alrededor de la bebida y la forma social del botellón.

Ya lo vimos en años anteriores en los que se había generado en determinadas zonas costeras de Cataluña el llamado "turismo de exceso", gente que viene a hacer aquí lo que no le dejan en su país. El cliente siempre tiene razón; el turista es el cliente principal. Hay que subordinarse a sus gustos y especializar la economía de la zona para ellos. El listón es cada vez más bajo y el poder económico de algunos de estos sectores es grande, también el poder político, que ejercen a través de patronales y apoyos políticos en los ayuntamientos. Se trata de convencer a la gente que es un mal necesario y un bien para todos. 

Que el botellón se haya convertido en el problema que es deja al descubierto lo endeble de nuestra sociedad. Como se señalaba en RTVE.es, ha dejado de ser un problema de soledad pasando a uno de soledad compartida. Es el reflejo de una forma de decadencia —no hay que tenerle miedo a la palabra— algo que anida entre las raíces y acaba pudriendo la vida de las personas.



En muchas ocasiones he escrito aquí que hemos explotado a nuestra propia juventud, a la generación siguiente, a través de la falta de futuro, de los millones de parados y precarios, de los infravalorados, a los que se les manipula vendiéndoles la idea de los "mejor preparados" cuando se les acaba utilizando para tareas en que la preparación les sobra. Los mejor preparados, sí, son los que se van de España a encontrar un futuro que aquí no se les da, alejándose de una sociedad cada día más dura y, a la vez, pagada de sí misma. 

Son los efectos de las crisis económicas de la década del 2000 que se cebó en ellos. Víctimas del subempleo, de la precariedad, de la falta de vivienda por la especulación, etc. pero convertidos en motor malsano de una economía del ocio, de la fiesta, de la nocturnidad, etc. que les necesita y les desprecia. Los medios recogen hoy la generosa oferta de la patronal del ocio nocturno; quieren abrir para evitar que la gente esté en la calle por las noches. ¡Pero si los botellones ya estaban cuando no había coronavirus! La petición refleja bien lo que es la situación.



Lo malo es que esto no se cura con la edad. No es un problema de juventud, sino social. Las personas que han pasado por estos procesos quedan marcadas en su forma de ver la vida y, como ocurre a menudo con el maltrato, los que salen repiten lo que han tenido haciendo una sociedad cada vez más dura e implacable. Queremos que consuman lo que tenemos, pero no que se produzca otra cosa. Son el motor principal de nuestra economía húmeda.

En el artículo firmado por Álvaro Caballero se señala:

 

En estas edades es fundamental la presión de grupo, por lo que el principal consejo que dan desde el Centro Reina Sofía es fomentar "la asertividad, el juicio crítico, el poder valorar por ti mismo y decidir sin la presión de los demás, del qué dirán". Coincide Agustín, que cree que el inicio en la bebida en estas edades se debe "a la falta de madurez, que nos hace hacer lo que hace la manada".

Espelt muestra cómo la tecnología ha agudizado el problema. Ahora, mediante mensajes de Whatsapp, los chavales se dicen unos a los otros dónde están bebiendo y extienden la presión al campo virtual.*

 

Los consejos del Centro Reina Sofía suenan a broma, pues se hace todo lo contrario. ¿Queremos persona que digan que "no"? ¿Es una broma? ¡Son parte de nuestro sistema económico que se ajusta a la demanda y la crea! Hemos tenido campañas publicitarias diciendo"¡soy muy de bares!" o haciendo apología del alcohol a través de músicos y personajes populares, los que conectan con ellos.



Varias veces al año la Ciudad Universitaria se ve asaltada por miles de jóvenes, muchos de ellos menores, que vienen provistos de bolsas llenas de botellas de vino o de refrescos para hacer combinados. Inundan el campus ante la vigilancia cuidadosa de la Policía, cuyas instrucciones son evitar que deterioren la Plaza de Medicina, la que tiene la estatua que representa la transmisión del conocimiento. Los jóvenes son desviados a nuestra Facultad, inundando nuestro espacio verde, el que rodea la Facultad. Hemos tenido que cerrar con verjas todo el recinto para evitar convertirnos en el espacio consentido (y dirigido) del botellón que se concentra allí para evitar que se haga en otras zonas de Madrid.

Es el día de la depresión anímica, de cruzarte con miles de personas que corren ansiosas a encontrarse con otros a golpe, efectivamente, de teléfono, que se buscan y localizan para crear ese grupo dentro del macro grupo. Es el día de los que abren la trasera de sus coches, convertidos en puestos de venta del alcohol para hacer el negocio ese día con los que se quedaron cortos en la bebida. Es todo un sistema de abastecimiento perfectamente orquestado; un sistema de comunicaciones que funciona a golpe de tuit o de cualquier otra red social.

Los titulares de medio mundo hablan de las macro fiestas españolas. No han cesado en este tiempo; ha sido una economía en marcha, aunque redujera su funcionamiento a medio gas. Los políticos no se enfrentan a ella y la ignoran, pero saben que está ahí y que quien trate de reprimirla se enfrenta a la ira del grupo extenso.



Hay mucha hipocresía en esto. Lo malo es que estamos creando una imagen exterior que alejará a unos y atraerá a otros. Pero más allá de nuestra imagen, está nuestra realidad, esa forma decadente —estado interior— en la que estamos sumidos, del que no salimos. El que quiera hacerlo, tiene que vencer la llamada del grupo, dejar atrás muchas cosas, romper lazos.

Pensar que el problema de los botellones son los contagios no deja de ser una hipocresía. El problema es previo, social, cultural, anímico. Refleja algo más que esa "libertad" con la que se quiere enfocar por parte de algunos. En realidad, es lo contrario. Es más que las molestias que causan, no se trata de hacerlo un poco más lejos o en otro lugar. No es cuestión de los jóvenes, sino del sistema que hemos montado durante décadas, lo que supone, y la falta de resistencia a su normalización. Es una consecuencia de nuestra visión, de nuestras decisiones, de nuestra ceguera y del beneficio de muchos.

Como en España no se vive en ningún sitio. Eso dicen.

 



* Álvaro Caballero "Del champán infantil al botellón: ¿por qué el alcohol es omnipresente en nuestra sociedad?" RTVE.es 16/05/2021 https://www.rtve.es/noticias/20210516/champan-botellon-alcohol-omnipresente-sociedad/2089740.shtml

** Luis Benvenuty "La Barceloneta pide cerrar la playa tras un nuevo récord de desalojados" La Vanguardia 16/05/2021  https://www.lavanguardia.com/local/barcelona/20210516/7458763/barceloneta-pide-cerrar-playa-nuevo-record-desalojados.html