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lunes, 30 de agosto de 2021

La lógica de la vecindad

Joaquín Mª Aguirre (UCM)




La BBC publicó hace unos días un artículo de interés firmado por Jonathan Head con el titular "Kamala Harris joins diplomatic charm offensive in South East Asia". En el artículo se nos da cuenta del viaje de la vicepresidenta de los Estados Unidos  por el sudeste asiático y de los problemas que tiene el gobierno norteamericano para recuperar algo de credibilidad después de gigantesco error en Afganistán, algo que no va a ser fácil enmendar.

La cuestión del "prestigio" —ayer tratábamos aquí de cómo los medios norteamericanos están ya evaluando el "legado presidencial" de Biden como negativo marcado por sus errores— es una cuestión que no se remonta a Afganistán. ¿Son tan ingenuos los norteamericanos como para considerar que con Biden era "borrón y cuenta nueva" respecto a lo realizado por Donald Trump en este tiempo? El problema se podría retrotraer más allá, a la pérdida de "prestigio" provocada por las decisiones erróneas de Barack Obama respecto a Oriente Medio tras la Primavera Árabe. Sí, las sonrisas de Biden con su "US is back!" no dejan de ser una ingenuidad pasmosa, solo concebible en términos de los Estados Unidos y su visión de sí mismos. A esto podemos incluir —lo hemos analizado en otras ocasiones— el desprestigio acumulado con la negativa de Trump y los republicanos a aceptar la derrota electoral, con ese punto culminante que es el asalto al Capitolio el 6 de enero, una imagen que curiosamente —con tantas analogías como se han visto estos días con Vietnam, el 11-S, etc.— no ha suscitado comparaciones con las de los talibanes armados patrullando por la ciudad y sentados en el palacio presidencial que tomaron, incluido el gimnasio.

La ingenuidad de Biden es muy norteamericana y parte de una imagen idealizada sin darse cuenta que esa imagen hace mucho que ha cambiado entre sus interlocutores, aliados y demás. Lo hemos tratado aquí en varias ocasiones porque se sigue repitiendo el mismo problema, que tiene desastrosas consecuencias para los propios Estados Unidos y para el resto del mundo. El problema de ser el más poderoso es que nadie, como al rey desnudo, le dice la verdad o lo que piensan. Solo le quedan sus propios errores para darse cuenta, pero ni siquiera así es fácil.



El artículo de la BBC tiene que ver con esto. Kamala Harris va a tratar de conseguir convencer a aliados a los que está perdiendo porque les pide que vean el mundo desde su perspectiva, algo que no es fácil. Ya le ha pasado a Harris en sus viajes al sur de la frontera y le vuelve a pasar ahora en Asía. En el artículo de Jonathan Head, tras diversos problemas de relaciones, se señala:

 

President Biden is also pushing for changes to the way global supply chains are structured, to wean US companies off dependence on small numbers of specialised suppliers, many in China.

These issues will have much more appeal in South East Asia than the Trump administration's focus on projecting US military power in the South China Sea, and on escalating trade disputes with China. None of the countries in this region wants to be asked to choose between the US and China.

But that means enthusiasm even for these digital and supply chain initiatives will be limited if they are perceived as an attempt to confront China.

And the US will have to accept the reality that Asia-Pacific countries are already increasingly locked into tight trade relationships with China through the Regional Comprehensive Economic Partnership, signed in November last year.*

 


La pregunta ahora es ¿lo entenderán? Desde que los asesores de Trump pusieron a China en el eje de su política exterior tratando de arrinconarla incluso militarmente, tanto por la presencia como por el establecimiento de alianzas con países que tuvieran conflictos en sus fronteras con China (caso de la India, por ejemplo), especulando sobre posibles ataques a Taiwán o a Japón para incrementar el miedo y aumentar la presencia militar, el apoyo a conflictos internos (como el caso de Hong-Kong), etc., la obsesión norteamericana, expresada primero por Trump en su máximo cinismo y por Biden en su versión sincera no ha sido otra que evitar que China les desplazara del primer puesto mundial según diversos indicadores, especialmente los económicos. 

Biden lo expresó con total claridad: evitaría por todos los medios que esto, el adelantamiento de China ocurriera. El pistoletazo fueron las amenazas ante el dominio del 5G por parte de Huawei y el adelantamiento en investigación en IA en China. La época de Trump fue de feroces trabas y amenazas a todo aquel que tuviera relaciones comerciales con China y hasta se penalizó a las empresas norteamericanas que producían fuera, especialmente en China y México, para abaratar. Se puede rastrear el conflicto con la muy norteamericana Harley Davidson, que se fabricaba fuera. Trump estaba dispuesto a usar la fuerza de los aranceles para lograr que el mundo dejara de comprar a China o simplemente evitar que entrara en Estados Unidos cualquier producto que se fabricara allí, incluido nuestro aceite de oliva, que pagó el pato por la iniciativa de los franceses de fabricar por su cuenta material militar y no comprarlo.


Por ahora, Biden no se muestra tan directo como Trump (las sutilezas no son lo suyo), pero si igual de obsesionado con la cuestión China, de forma que ganó las elecciones distanciándose de Trump para avanzar por la legislatura dirigiéndose hacia Trump, transformándose con sus modos de actuar. En Afganistán ha materializado lo que Trump diseñó teóricamente y no tuvo tiempo de realizar. Por algo, lo medios norteamericanos observan cómo los republicanos esconden su trayectoria afgana última, su forma de plantear una paz que no es más que una derrota mal asimilada. Pero lo que Trump podía vender con su retórica cínica era que la derrota era una victoria; Biden, en cambio, no da para tanto cinismo.

Lo señalado en la BBC es correcto. Ya lo hemos visto antes: los países asiáticos no quieren un conflicto con China, entre otras cosas porque la propia China está ya produciendo en determinado países de alrededor porque le resulta más barato. China ya tiene sus chinas. Los único interesados son los que ya mantienen conflictos abiertos que buscan el respaldo de otras fuerzas para sus pretensiones. Pero ese juego es terriblemente peligroso porque los harán más osados haciendo peligrar la paz o el equilibrio siempre precario existente.


2015


De hecho, el conflicto con Huawei se había materializado inicialmente ante la preocupación norteamericana de que China lograra establecer una zona segura de comercio con sus vecinos, como se menciona en el último párrafo citado en el texto de la BBC.

Lo que consiguió realmente Trump es algo que estaba cantado: desarrollar una mayor identidad nacionalista en China, que ha sido capitalizada por el PCCh y especialmente con su presidente, que ha conseguido reforzar su figura. Mientras en Estados Unidos se preocupan por el "legado" de Biden pocos meses después de llegar a la Casa Blanca, el de Xi Jinping ve consolidado el suyo, que pasará a formar parte del sistema educativo chino, según se exponía en la BBC en español hace unos días:

El "Pensamiento de Xi Jinping" tiene 14 principios que enfatizan los ideales comunistas y también:

·       Llama a una "reforma completa y profunda" y "nuevas ideas en desarrollo"

·       Promete "una vida armoniosa entre el hombre y la naturaleza"

·       Enfatiza "la autoridad absoluta del partido sobre el ejército popular"

·       Enfatiza la importancia de "'un país, dos sistemas' y la reunificación con la patria"

Sin embargo, las nuevas directrices tendrán un despliegue mucho más extenso.

"Las escuelas primarias se centrarán en cultivar el amor por el país, el Partido Comunista de China y el socialismo. En las escuelas intermedias, la atención se centrará en una combinación de experiencia perceptiva y estudio del conocimiento, para ayudar a los estudiantes a formar opiniones y juicios políticos básicos", informó el medio de comunicación estatal Global Times.

"En la universidad, habrá más énfasis en el establecimiento del pensamiento teórico", agregó.

El ministerio también está trabajando en incluir temas como el liderazgo del partido y la educación de defensa nacional en el plan de estudios, le dijo al Global Times Tian Huisheng, un funcionario del Ministerio de Educación.

En el pasado, líderes chinos han creado sus propias ideologías políticas que se han incorporado a la Constitución o al pensamiento del partido.

Pero ninguno, además del fundador del partido Mao Zedong, ha descrito su ideología como "pensamiento", que está en la cima de la jerarquía, y solo Mao y Deng Xiaoping han tenido sus nombres asociados a sus ideologías.**

 


Ante esta perspectiva de consolidación y mayor control alrededor de la figura presidencial, es difícil que los estados de la zona deseen enfrentarse a la dicotomía de una nación a la que ven en ascenso y pegados a sus fronteras, un socio económico fuerte y fiable, o de un país cuyos bandazos e intereses propios son constantes según el gobernante. La sinceridad de Biden sobre el objetivo principal, evitar que China les supere, una vez más se vuelve contra ellos porque es la mentalidad del que ya se ha visto superado. Mientras China mira hacia atrás y ve cómo la pobreza fue superada y se encuentran con un país nuevo en gran medida, superando las desigualdades, pese a que muchas zonas sigan esperando sus oportunidades históricas.

Los Estados Unidos han sido, mediante reacción, los principales responsables de este desarrollo nacionalista y personalista que no se había alcanzado, como se señala, desde las figuras de Mao y Deng. Tener un enemigo exterior, máxime si es poderos, desarrolla el sentido comunitario y nacionalista.

La lógica del dominio y la supremacía internacionales ha dejado de funcionar debido a la propia dinámica norteamericana. Hemos hablado mucho de la cuestión del "liderazgo" y de cómo éste no se consigue por los medios empleados. No se puede decir que se defienden los valores democráticos y los derechos humanos para después abrazar a todos los dictadores amigos, empezando por Arabia Saudí. Es solo un ejemplo, pero lo cierto es que los errores de la política norteamericana —construir unas relaciones en las que fueran siempre la cabeza dominante— se vuelven contra ellos. Los destrozos los recogen, muy baratos, países como Rusia (Oriente Medio) o la misma China, que se acercan a aquellos que han dejado los estadounidenses en estado calamitoso.



Los Estados Unidos desarrollaron el fenómeno de la globalización pensando que impondrían su fuerza. El resultado es muy distinto y ya no les gusta, por lo que la globalización se ha transformado en un retroceso a lo doméstico y a convertir el mundo en compradores bajo amenaza propia o sanciones. Con Trump se vio esto con claridad y con Biden no ha cambiado demasiado esta forma de acción porque son los intereses de las industrias, de las digitales a las de armas o cualquier otro campo.

Es interesante que el análisis inicial del problema de cerco a China venga de Reino Unido. La política británica forma parte importante de lo que ocurre en Asia en muchos sentidos. Desgajada de la Unión Europea con el apoyo expreso de la Casa Blanca de Trump, ven con más claridad lo que es una realidad, una política que se basa en un modelo británico de acción de larga data: sembrar la desunión y crear conflictos para alentarla. Los países asiáticos no están dispuestos a enfrentarse con China porque saben que no les favorecerá y será más cercana a la vecindad productiva, aunque después pueda pasarles factura. Saben, en cambio, que lo que los Estados Unidos les piden es, siguiendo su fórmula, una consecuencia de los "intereses norteamericanos". No hay otra.

No puede haber mejor objetivo que restaurar un clima de confianza y de solución de conflictos de forma dialogada. China se ha desarrollado por un esfuerzo enorme y la creación de un clima que favorecía la producción y el comercio internacionales. Hay muchas cosas que arreglar en su forma de comercio e internamente, pero eso no importó cuando Occidente se favorecía por la producción en el exterior.  China tiene en marcha con Europa la iniciativa de la "nueva ruta de la seda", "Una franja y una ruta", la vía del ferrocarril y la marítima por el Canal de Suez. Son muchas cosas, muchos proyectos y muchos intereses legítimos que se irían al traste. Algunos lo quieren, desde luego. Pero siempre se está a tiempo de renegociar las condiciones, algo a lo que hay que dar nuevo valor conforme a los cambios.

Ahora la situación es otra, pero el objetivo de la paz y la armonía internacional debe ser irrenunciable porque es el único que asegura la estabilidad ante lo que viene, una enorme crisis energética y un cambio climático que nos va a sacudir a todos antes de lo pensado. De otra forma, viviremos en una creciente incertidumbre que añadirá mayores riesgos a la situación. No nos hemos enfrentado todavía a este tipo de situación global con elementos que no controlamos, como las pandemias y los efectos desastrosos del cambio climático. Cuantas más cosas están bien atadas, menor será el desastre por llegar.

 


* Jonathan Head "Kamala Harris joins diplomatic charm offensive in South East Asia" BBC 24/08/2021 https://www.bbc.com/news/world-asia-58277226

* "Qué es el "pensamiento de Xi Jinping" que se enseñará de ahora en adelante en las escuelas de China" BBC 25/08/2021 https://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-58329829

jueves, 18 de febrero de 2021

El muro o pensar otro futuro

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)



La entrevista que  La Vanguardia publica con Naomi Klein, autora de unas obras críticas sobre la vida contemporánea, algo podríamos llamar "nuestro tiempo", señalando su puntos débiles y sus contradicciones, aporta una serie de puntos que creo de interés. La función de autores como Klein es abrir debates, hacernos conscientes de nuestras situaciones, enfrentarnos a nuestros miedos y evitar que se barra debajo de la alfombra lo que deberíamos eliminar. El título de la entrevista es ya un aviso: "Nuestra normalidad ya era una crisis".

Coincidimos plenamente con la idea expresada. El COVID-19, si ha servido para algo ha sido para mostrarnos las enormes carencias de un presente que ahora se "romantiza" como deseo, se vuelve idílico, como una situación a la que es necesario volver para recuperar eso que definimos erróneamente como "normalidad". Es el mayor peligro perceptivo sobre nuestra situación, ya que nos impulsa ciegamente, de forma obsesiva, acrítica, hacia lo existente en vez de aprovecharlo para erradicar los problemas. Pero los "problemas" son la base de las fortunas de muchos, de su fuerza y seguridad, algo que hace que no les parezca deseable el cambio.

Responde Naomi Klein en la entrevista del diario:

 

Nuestra normalidad era ya una crisis. Por qué querríamos volver a eso. Da ánimos escuchar a Joe Biden hablar de no volver a la normalidad y usar esta crisis como un catalizador para transformar, da ánimos que hable de que no sólo hay una crisis de salud pública, sino también climática, de desigualdad económica y de injusticia racial. El trabajo que hemos hecho en las pasadas décadas formulando cómo podría ser la economía del futuro era cómo resolver múltiples problemas a la vez. Reconocer que estamos en crisis superpuestas: debemos reducir las emisiones, luchar contra el racismo sistémico y cerrar la brecha de la desigualdad todo a la vez. ¿Por qué volver a la crisis de antes de la crisis?*



La "normalidad", efectivamente, era la crisis. Simplemente, estamos peor. Pero esa idealización de un pasado "menos malo" no puede ser nuestra referencia. Para Klein, las tres "crisis superpuestas" se añaden en una extraña matemática a la sanitaria que ha pasado al centro de nuestra visión. Sanidad, cambio climático, desigualdad económica e injusticia racial son las piezas vistas desde la perspectiva norteamericana, que es la que Klein adopta, pero podríamos descomponer cada una de ellas —especialmente— las dos primeras por un lado y las dos últimas por otro, siendo además la sanitaria una que nos permite acoger las otras tres.

Son muchos los informes que han ligado la emergencia del COVID-19 con factores medioambientales, a la vez que su expansión está inevitablemente vinculada a la globalización, siendo finalmente distribuida en función de las desigualdades sociales, basadas en muchas sociedades en los efectos del racismo, como se ha señalado principalmente en los Estados Unidos y en Reino Unido.

La costumbre de trabajar de forma separada (analítica) los problemas es hoy insostenible y debemos ir hacia enfoques desde la idea de complejidad, desde la interacción de elementos que provocan reacciones y efectos dentro del sistema. Todo está ligado, entrelazado y por más que nuestros enfoque especializados nos digan lo contrario, lo único que producen son visiones parciales, de "inteligencia ciega", por usar un término de Edgar Morin. Nuestra forma de separar las cosas para entenderlas hace que finalmente entendamos menos.



Aquí hemos hablado constantemente del efecto perturbador que tiene el enorme peso del sector turístico y de la hostelería y de la necesidad de desarrollar, aprovechando la constatación de sus terribles estragos sociales y económicos, nuevas vías que reduzcan nuestra debilidad ampliando sectores que puedan aumentar nuestra resistencia ante los vaivenes de estas crisis sucesivas.

De nuevo, los expertos de diversos cambios nos advierten de continuo sobre la debilidad española, insertada dentro de un marco europeo y otro global. Sin embargo, solo escuchamos lo que queremos oír: los cantos plañideros, repetidos una y otra vez, que piden el regreso a esa llamada "normalidad"  que, en efecto, ya era un modelo limitado.

Es preocupante que el deseo y la angustia nos impidan buscar soluciones más adecuadas para enfrentarnos a la próximas crisis, que sería lo que realmente habría que prevenir. Tenemos que concebir el futuro como resistencia, es decir, prevenir, anticiparse a los escenarios probables. Una de las frases que más he escuchado es que "vamos por detrás del virus", una forma de expresar nuestra nula capacidad de previsión y lo limitado de nuestra visión. Esperamos para realizar nuestro movimientos frente a la necesaria anticipación.



La historia de la pandemia podría definirse como la confirmación de que todo lo que no podría ocurrir, ocurrió. Esto es válido para España, pero en mayor grado todavía para países como Estados Unidos, Reino Unido, México, Brasil, Suecia y otros en los que nunca iba a pasar lo que luego pasó.

El COVID-19 es una seria ocasión para reflexionar sobre el futuro, establecerlo con los mecanismos de defensa necesarios para que nos tengamos que ir detrás de los acontecimientos sino evitando su ocurrencia. Desgraciadamente la toma de decisiones hoy para el mañana se realizan con el ayer en mente, contraviniendo el principio básico de que el futuro no es el presente y volver a él no es lo más acertado, especialmente porque es imposible.

El empeño español en el turismo como motor obvia el principio de que el turista es alguien que viene de fuera, que necesitamos que vengan millones de personas para que nosotros nos pongamos en marcha. Las crisis económicas reducen las posibilidades turísticas, degradando el propio turismo, como han experimentado muchos lugares españoles que han tenido que acomodarse al llamado "turismo de exceso", de baja calidad, poco gasto y creación de conflictos. Lo tuvimos ocasión de comprobar con el "corredor seguro" establecido con Alemania el verano pasado en Baleares. Lo estamos viendo en Madrid, convertido en plataforma de desahogo de turistas franceses que se aburren en su país al tener que acatar las restricciones. Lo denunciaba el diario ABC hace unas pocas semanas.



Todos los negocios montados sobre el supuesto de la visitas de millones de personas quieren creer que eso va a volver a ser así... y es poco probable. La hostelería, además, es responsable en gran medida de mucha precariedad en el empleo. Es un sector que crea empleo, pero que despide y contrata estacionalmente, de bajos ingresos y proclive a la economía sumergida, en España se calcula que un 25%, cifra enorme. Muchas personas son despedidas en septiembre, después de la temporada veraniega, y no vuelven a ser contratada hasta el periodo navideño y así sucesivamente. Los sueldos bajos, además, crean una enorme debilidad y un mayor riesgo en los préstamos bancarios, como ya se padeció con la crisis financiera, debida en gran medida a la imposibilidad de devolver los préstamos dados para que se accediera a la vivienda, convertida en un pago de por vida. Los bajísimos sueldos —han ido cayendo año tras año— se deben a este carácter estacional y al hecho de la existencia de millones de parados, especialmente jóvenes, que hace que se tengan que aceptar sueldos cada vez más bajos. El hecho de que tengamos un bar por cada 175 habitantes impide que los beneficios puedan ser suficientes, pero es el único negocio que se puede mantener medianamente. No es otra la obsesión con los bares y terrazas. Los estamos sacralizando cuando son un problema previo. España se ha ido convirtiendo, entre turismo y hostelería, en una "economía del ocio" que cada día menos se pueden permitir, por lo que va dejando sectores en crisis (no encuentran quien se lo pueda permitir) y necesita de la llegada de "gastadores" del exterior.

No hemos encontrado "compitiendo" con el Norte de África, que se vio convulsionado, desde 2011, por la continua violencia que cortó el desarrollo turístico que, siguiendo el "modelo español" se pretendía que fuera el motor que permitiera el salto de una economía agraria y muy débil a otra más desarrollada. Tenían lo básico: sol y dictaduras. Pero la aparición del terrorismo y las sublevaciones acabaron con el modelo. Las imágenes de ametrallamiento de turistas en las playas tunecinas, la guerra civil en libia, los ataques terroristas y la represión en Egipto, etc. no son los mejores datos para el desarrollo turístico. Egipto acaba de construir un enorme muro rodeando su principal zona turística del Mar Rojo. En Euronews nos lo explicaban así:

 

A 36 kilometre concrete and wire wall has been constructed around the popular Sharm el-Sheikh resort in Egypt. Authorities are hoping the new security measures will tempt tourists back to the resort following a fall in visitor numbers in the last 15 years.

In July 2005, bombings by terrorist group Abdullah Azzam Brigades killed 88 people at the resort. Protests in Cairo in 2011 (coined the Egyptian Revolution) caused upheaval across Egypt, including economic inflation which, according to officials, is steadier now. Then, as with countries around the world, the coronavirus pandemic has further set back Egypt’s tourism industry.

Why has Egypt built a wall?

Tourism industry chiefs are hoping the wall will restore confidence in this corner of the Sinai Peninsula as a safe holiday resort.

Now, anyone entering the city by road needs to pass through the wall. This can be done via one of four gates dotted along the length of the wall, which is also equipped with cameras and scanners.

Local governors have told the press that anyone arriving in the city can only do so after being searched.**

 


No sé si somos capaces de ver el problema de obstinarse en un modelo sujeto a conflictos. En vez de buscar nuevas salidas, el gobierno egipcio se ha dedicado a multiplicar las excavaciones porque los hallazgos siempre tienen repercusiones internacionales, a invitar famosos para que se fotografíen en las pirámides y a crear muros, como el señalado, alrededor de lugares turísticos. Egipto pensó que tener buenas relaciones con Putin le iba a llevar turistas rusos, pero el atentado contra un avión de pasajeros supuso el corte absoluto del turismo ruso, algo agravado por la negativa del gobierno a aceptar que se trataba de una atentado, pese a que los terroristas publicaron las fotos con el artefacto explosivo que hizo estallar al avión en pleno vuelo.

Nuestros "corredores seguros" son el equivalente a esos muros kilométricos para intentar tranquilizar a los que se puede "intranquilizar" con una bomba en un aeropuerto o con un contagio masivo de turistas en un crucero en Luxor, como ocurrió en los inicios. Todo Egipto "era seguro", pero no lo era. Sus cifras siguen siendo poco creíbles, pero el factor social y el evitar el estigma de la incineración hacen que sean poco aireadas.

¿Se ha agotado el modelo turístico? Probablemente sí, al menos debería redimensionarse. Pero en esta mezcla, un paquete del ocio, hay muchos factores que estarán marcados por esta pandemia que no se acabará este año y que puede conectar con otros. Lo más probable es que los países exportadores de turismo prefieran crear fórmulas para que ese dinero se quede en la economía propia reactivándola y no se gaste fuera.

Que no se estén planteando alternativas de desarrollo es muy preocupante puesto que implica, de nuevo, añorar situaciones que puede que no se repitan y ser incapaces de salir de las crisis. Hacen falta menos llanto y más ideas, más iniciativas que sean valoradas y apoyadas. España es el país del auto empleo y la micro empresa. Nadie ha hecho nada por arreglar esta situación de atomización y, por ello, debilidad y dependencia. Es algo que ya hace muchos años llamé el modelo económico de la "casa del primer cerdito", que como recordarán, sale volando a las primeras de cambio, con un sencillo soplido del lobo de las circunstancias. Hoy sigue siendo así o peor, porque el tiempo erosiona y, sobre todo, porque lo mejor que produce esta país lleva muchos años haciendo las maletas y marchándose en busca de oportunidades mejores, de reconocimiento, de sueldos decentes y de contratos que duren más de tres meses.



Hay que pensar en el conjunto, en las interacciones, en introducir nuevos elementos que permitan sinergias, nuevas oportunidades de desarrollo y alcance a más. No se puede seguir parcelando, dividiendo y tomando como prioridades unos sectores sobre otros, en competencia por recibir ayudas, subvenciones, préstamos, que es lo único que se escucha.

Es duro escuchar como si fuera un destino que nuestras próximas generaciones están condenadas a vivir peor que sus padres. Es una idea que se repite con una vergonzosa aceptación de lo "inevitable". En realidad, lo que encubre es nuestra comodidad, la protección del favorecido frente al que se queda sin oportunidades porque estas no se crean.

Este fatalismo, este derrotismo es inaceptable. Somos responsables todos que, en estos tiempos difíciles —más allá de la pandemia, que se ha limitado a abrir la caja de los truenos—, surjan iniciativas, que sean potenciadas por los poderes públicos, que se mueven entre la burocracia improductiva, el reparto de la miseria y la demagogia.

"Reimaginar", "reinventar", etc. son las palabras de moda por el mundo, pero que aquí no se vinculan con el futuro. Miramos hacia atrás demasiado.

Hay que reequilibrar nuestra economía, hay que acoger el enorme potencial que tenemos, estimular la creatividad y sincronizar esfuerzos para que no se produzcan los éxodos que dejan una España vacía y otra sentada en una terraza esperando interminablemente a que lleguen las oportunidades que no se vislumbran en el horizonte. Hay que renovar educación, sanidad, industrializar, introducir la tecnología y aumentar la digitalización de muchos sectores, reorganizar la agricultura, dotar de infraestructuras a zonas olvidadas, crear inmediatas alternativas a los cierres de sectores... ¡Tantas cosas!

Hace falta pensamiento de conjunto, pero es difícil en un modelo social y político fragmentado, de supuesta competición entre nosotros mismos a falta de poder competir con otros.

Es el momento de pensar en otra cosa y de otra manera. Podemos elegir entre construir un muro alrededor que se acabe convirtiendo en nuestra propia limitación o, por el contrario, derribar barreras construidas durante años que nos han impedido crecer y nos hacen más débiles, camino de una sociedad inevitablemente peor, como vamos viendo y todos nos advierten. Necesitamos visión de futuro y compromiso.



* Justo Barranco "Naomi Klein: “Nuestra normalidad ya era una crisis”" La vanguardia 18/02/2021 https://www.lavanguardia.com/cultura/20210218/6251148/naomi-klein-pandemia-emergencia-climatica-joe-biden-donald-trump-silicon-valley.html

** "Egypt builds 36km wall around tourist resort of Sharm el-Sheikh" Euronews 9/02/2021 https://www.euronews.com/travel/2021/02/09/egypt-builds-36km-wall-around-tourist-resort-of-sharm-el-sheikh

martes, 30 de junio de 2020

El futuro es lo que está más allá del verano

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El mayor invento humano es el futuro. La pandemia del COVID-19, como cualquier crisis profunda (si es que ha habido alguna así antes), nos obliga a replantearnos el futuro de forma intensa, inesperada y urgente. En estos momentos, decir que "no sabemos qué va a pasar mañana" es algo literal, con un día de mañana apuntado en nuestras agendas con varios signos de interrogación. Una simple cita ha dejado de ser "simple" y requiere de una elaborada formulación, incluso de un cierto protocolo, además de la incertidumbre por cómo será la situación.
Nuestro mundo se ha dividido en dos grandes bloques "este verano" y "después del verano". Existe en este país de turismo la tendencia a pensar en términos de "temporada". Temporadas altas, temporadas bajas. Hasta el momento le cedemos el espacio informativo a las voces preocupadas del sector turístico, el aeronáutico, la automoción, la hostelería, etc. Son los de temporada veraniega: mucho movimiento, mucho viaje, mucho consumo, mucho ocio.
Desde el principio hubo la idea, luego la esperanza, de que esto del coronavirus se acabaría en unas pocas semanas, después en unos pocos meses, después "antes del verano". El "verano" es una frontera psicológica, económica y vital en nuestro país.


En estos días, vemos la impaciencia de las personas del sector, las que esperan que cada fin de semana antes de julio se les llenen terrazas, discotecas, chiringuitos, playas, piscinas y todo ese paquete de espacios y acciones que se supone que deben tener lugar entre mediados de junio y mediados de septiembre. Después se cuenta en términos de "puentes" y "vacaciones". Todos ellos manifiestan su preocupación por el inmediato presente y, cómo no, por el futuro.
No veo mucha reflexión sobre los alarmantes datos internacionales que apuntan a España como el país más afectado por esta crisis. No sé si es que nos tienen manía, como dicen los niños, o si es que realmente nuestra economía es una gigantesca ficción morena de soles.
Del "¡como en España no se vive en ningún sitio!" hemos pasado al más atenuado, con sordina y goteo al "¡en España no se puede vivir!". Estamos descubriendo que el modelo que tanto nos gustaba, pese a producir un empleo de bajísima calidad, precario y estacional, de no resolver las cifras enormes del paro español respecto a Europa, no es de futuro. O, si se prefiere, que no es un buen futuro. Bonito, sí; bueno, no.


Nos damos cuenta ahora, además, que hemos ido recortando en cuestiones que ahora nos vendrían muy bien, como la ciencia, la sanidad o la educación. Y lo pagamos todo a la vez de forma implacable. Este escrito no es contra el turismo, lo que sería absurdo, sino contra el profundo desequilibrio que nos ha creado.
Hablamos mucho del futuro, pero de forma engañosa. Seguimos preocupados por la temporada y no por cómo deberíamos aprovechar para rediseñarnos. Otros países lo hicieron hace tiempo, apostando por un futuro digno de ese nombre y no por el modelo más pobre de todos, el que nos convierte en el chiringuito de los hacendosos países del norte, que nunca han tenido demasiado interés en tener un sur competitivo. Ellos "trabajan", según su propia percepción, y nosotros somos su lugar de esparcimiento;  nuestro trabajo es que estén entretenidos y regresen contentos, bailados y morenos.


Hay otra España más allá del turismo. Pero, según nos muestran los medios audiovisuales, lo único que parece importante es llenar terrazas, bares, restaurantes, hoteles y playas. Es deprimente ver esta centralidad en nuestra vida, esa falta de modelos de referencia para el futuro, que se debe pensar en términos nuevos.
Pero carecemos de ilusionantes y tenemos demasiados ilusionistas. Se echa de menos una clase política con menos mal ejemplo, más educada e ilustrada, comprometida con la educación como motor,  que esta sirva de algo, que se traduzca en un bien para el país. Su ejemplo, en cambio, es nefasto, de una pobreza de alma que espanta, de una enorme falta de miras.
Se echa de menos una clase intelectual realmente comprometida con el país y su futuro, que le diga las verdades, se enfrente a sus vicios y proponga sueños colectivos, que nos levante el ánimo y el ego. Pero nuestras universidades e instituciones se han empeñado en cortar la comunicación con la sociedad. Hoy solo se valora en la universidad la comunicación entre pares; lo demás se penaliza. Hace falta más luz sobre la Cultura, sobre el conocimiento, sobre la Ciencia.


Carecemos, salvo excepciones honrosas, de programas de cultura, de literatura, de teatro, de historia. La cultura ha desaparecido en medio de la zafiedad mediática más irritante. Los debates de altura han sido sustituidos por las grescas políticas en todos los niveles. Las industrial culturales son cada vez más industrial y menos culturales. Vender, no educar, formar. Pero la educación es infravalorada en un país que cree no necesitarla para lo que hace. Así nos va.
El empobrecimiento cultural es preocupante desde hace muchos años, pero ¿para qué hacer pensar a la gente, no ya en el "futuro", sino simplemente "pensar"? Es en las crisis cuando se deben dar respuestas. Nosotros solo respondemos con algún eslogan desarrollado por los nuevos comunicadores, inventores de frases ingeniosas o discursos aceptables.
El futuro más allá del verano es un gran agujero. No sabemos qué va a ocurrir con muchos sectores, uno esencial, la enseñanza. No sabemos cómo nos van a dejar de expuestos y debilitados los excesos consentidos del verano, que ya se contabilizan con rebrotes y que vivirá una prueba de fuego. Hemos pasado de contagiarnos en los funerales a contagiarnos en los cumpleaños y barbacoas. Las buenas causas cambian cuando ya todo es esencial.
Pero habrá que pensar en el futuro. Es lo que hay después del verano.


domingo, 21 de junio de 2020

No hay macacos

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Parece que todos estamos llenos de deseos de que el mundo cambie..., menos lo nuestro. ¡Cambia, pero déjame a mí tranquilo! es el nuevo eslogan digno de camisetas, el espacio más relevante y personal de expresión, la auto pancarta, el muro pectoral de las lamentaciones.
Todo el mundo tiene una enorme prisa en cambiar para hacer lo mismo o quedarse como estaba —sí, como en el viejo chiste—, lo que algunos califican con eso del "giro de 360 grados", que parece más que el de 180, pero que viene a dejarnos en el mismo sitio.
Hemos conseguido vender el pasado inmediato como brillante futuro. Es un futuro cuya aspiración es fundirse con lo anterior como si aquí no hubiera pasado nada. La desescalada triunfal con pequeñas estridencias de molestos rebrotes debe hacernos sentir orgullosos de lo bien que todo se ha llevado, del comportamiento ejemplar del pueblo español, incluso por parte de los que no se sienten españoles. Todos, todos estamos orgullosos de nuestro comportamiento heroico ante el maldito coronavirus.
Sin embargo, lamento decir que no me convence esta llamada de la selva veraniega, que muestra la necesidad de vivir de una España de chiringuito y tentempié, de chupinazo y butifarra. De hecho, no es que no me convenza, es que me causa una profunda tristeza e incomodidad ver nuestra realidad real.
Después de tantos años ya en Europa, de tantos telediarios, de tantos festivales de Eurovisión y canciones del verano..., después de tantas cosas, nuestros sueños se han hecho vulgares y nuestras acciones simples.


La pandemia ha servido para mostrar que tenemos una España dependiente en casi todo, que nos sigue salvando la gloriosa agricultura, pero que hemos renunciado a la industria y a la ciencia. La primera porque es pequeña y la grande no es nuestra, que basta un chasquido de dedos en Japón para que se produzca un terremoto fabril en España. Y la Ciencia, ¡qué triste!, que seguimos con el "¡que inventen ellos!", que hemos ido recortando a nuestros fantásticos y frustrados investigadores que se tienen que conformar con presupuestos cada vez más cortos, con recortes constantes, como la pandemia ha servido para poner en evidencia.
Leo en El País las dificultades para conseguir una vacuna española contra el COVID-19:

España ha iniciado una carrera contrarreloj para tener una vacuna propia contra la covid, en previsión de que las primeras vacunas de otros países no funcionen o haya problemas de abastecimiento. Ya hay 10 proyectos de investigación en marcha y cinco de estos equipos pretenden empezar los ensayos en humanos antes de que acabe 2020, según el recuento de EL PAÍS tras hablar con todos ellos. Los obstáculos a los que se enfrentan son enormes. En España no hay macacos en laboratorios de alta seguridad para poder ensayar los prototipos y la demanda mundial dificulta encontrar animales fuera. Y en España tampoco hay grandes fábricas de vacunas humanas, aunque el Gobierno negocia con las empresas veterinarias para que reorienten su producción.*



Debo reconocer que lo de la falta de macacos me ha dejado un poco helado, desorientados. Sin macacos para probar, sin fábricas para producirla... al menos, las fábricas veterinarias nos pueden sacar de un apuro. ¡Total, animales somos todos!
¡Son tantos los agujeros en nuestra triste realidad! El modelo turísticos, llevamos años diciéndolo, es muy débil si no se equilibra con algo más consistente. Somos una sociedad desequilibrada, creada alrededor del ladrillo y la toalla playera, lo que nos hace terriblemente dependientes y, sobre todo, nos condena a tener ese paro endémico y a la precariedad y estacionalidad del empleo que producimos, de bajísima calidad, como se denuncia una y otra vez. Pero sirve de muy poco, casi de nada, porque la forma que se le dio al empleo, llenando la empresas de becarios, despidiendo antes de los tres años, con temporeros para el campo.
Tenemos un montón de gente muy preparada y llenos de buenas ideas que, sin embargo, no son atendidas ni financiadas, con un parque empresarial atomizado —uno de nuestros grandes males—, incapaz de arrastrar la economía hacia una consolidación del empelo y un mejor reparto de la riqueza.


Hace unos años se empezó a usar críticamente el término "mileurista". Hoy mucha gente vendería el alma por esos mil euros fijos, estables, ante tanta pobreza institucionalizada, ante tanta eterna precariedad.
Hemos visto el problema de que no había quien recogiera las cosechas que tocaban en estos meses. Vivimos con temporeros importados, de la misma manera que hace más de cincuenta años, los españoles iban a Francia a la vendimia. Los países acogen la mano de obra más barata y desprecian la propia. Sí, es el mercado, pero con una falta de sentido de comunidad que es imposible sin algún tipo de planteamiento conjunto. Y la división de la sociedad es constante como para poder compartir objetivos. La creciente desigualdad hace que los más favorecidos dejen de sentir que tienen algo en común y, por supuesto, lo desfavorecidos por el sistema no se sienten nada identificados con él. Solo nos queda la pachanga y el folclore, el fútbol y demás deportes que se han convertido en canalizadores y, a la vez, en nuevo negocio del espectáculo.
Las carencias del modelo ladrillo-turismo-ocio son bastante acusadas. En el fondo, es lo que quieren nuestros vecinos del norte. Les gusta ser ellos los industriosos, los que inventan, los serios. Nosotros somos buenos para atenderles, para suspirar por sus visitas, sin las cuales nos encontramos con el agua al cuello. Algo falla en que después de décadas, después de soñar entrar en Europa y dejar atrás la "España de la pandereta" estemos de nuevo en la pandereta y el bronceador.
Tenemos demasiados lastres económicos, políticos y mentales. No se ha apoyado a nuestra industria, prefiriendo atraer a otros, que nos han colonizado gracias a las facilidades concedidas, que —como vemos— no han creado más lazo que el de la rentabilidad en un mundo de fondos cada vez más anónimos.


Aceptamos las noticias de que nuestros hijos vivirán peor que nosotros con una tranquilidad pasmosa, sorprendentemente pasmosa. La falta de cohesión social en una España fragmentada por los intereses de unos pocos no deja espacio para una utópica España para todos, con oportunidades.
Ahora nos dicen que tenemos potencial investigador, que hay diez proyectos de vacunas en marcha, pero que no hay macacos ni fábricas capaces de producirlas. Tampoco hemos sido capaces de producir mascarillas o trajes de protección. Es más fácil ser intermediario en importaciones que asumir el reto de la producción. Para importar siempre hay hueco, siempre se encuentra capital porque es rápido y se puede engañar a la administración, como nos ha ocurrido en algunas de nuestras compras.


Hace mucho tiempo escribí que había que dar gracias por los buenos empresarios, que son los que permiten el desarrollo de las regiones, los que reparten beneficios entre sus trabajadores, tratando de crear una buena imagen de sus productos, los que buscan mercados exteriores y los que amplían sus plantillas, los que finalmente, reinvierte en sus proyectos y no se esconden en paraísos fiscales. Esa clase empresarial es buena para cualquier país. Pero para eso hay que salir del egoísta  "homo economicus" tradicional e ir a algo más solidarios, con otros valores, que piense en los demás no como piezas a las que explotar o engañar. Alguien que sienta vínculos con su comunidad y tenga sentido del legado recibido y del que pueda dejar. Y no es fácil cuando se enseña el egoísmo, el beneficio propio y el desprecio a los otros.
Seguimos necesitados de una clase empresarial más activa y comprometida, con imaginación para entrar en nuevos campos de futuro. Muchos países lo están haciendo. Se especializan en áreas de desarrollo tecnológicas, con futuro; en industrias sostenibles y con ganas de comerse el mundo. El turismo no puede ser el mismo futuro una y otra vez, por más que lo endulcemos con la gastronomía y seamos buenos en ello. Es demasiado crítico y es el modelo que están implantando otros países como vía barata al desarrollo. Pero tiene un límite.
Ahora resulta que no hay macacos. Buena suerte para los macacos, mala suerte para nosotros y para nuestras posibles vacunas. Creo que la vacuna que necesitamos, más allá del COVID-19, es una contra la falta de solidaridad, contra la falta de imaginación productiva y la carencia de estímulos hacia el futuro, más allá del beneficio propio. Hay que empezar a medir el desarrollo en otras unidades. Hemos vuelto a los 50. La sociedad española no es la misma y pide más que ser a los ojos de fuera el país del sol, la playa y la fiesta.



* Manuel Ansede y Artur Galocha  "El sueño de la vacuna española contra la covid El País 21/06/2020 https://elpais.com/ciencia/2020-06-20/el-sueno-de-la-vacuna-espanola-contra-la-covid.html

sábado, 27 de julio de 2019

La mala inteligencia

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Desde hace algún tiempo los medios de comunicación se dedican a publicar artículos sobre la Inteligencia Artificial y, especialmente, sobre sus consecuencias. Hemos trasladado nuestra idead dual de la naturaleza humana (cuerpo y mente, el fantasma en la máquina) a las máquinas, que antes eran solo "cuerpo", y que desde la aparición de los ordenadores y su separación entre "hardware" y "software", es decir, entre la parte "material" y la parte "lógica", han producido una imagen de "alteridad" a lo humano.
Si el siglo XIX era un siglo naturalista, con la idea de la "bestia humana" y que dentro de todo inteligente Dr. Jeckyll habitaba un perverso e incivilizado Sr, Hyde, el siglo XX y el XXI has cambiado el modelo del espejo deforme al que enfrentarnos. La lucha "humano-animal" se resolvió aceptando nuestra parte animal e integrando la inteligencia como una evolución de la naturaleza. El ser humano ya no era algo enfrentado a la naturaleza, sino que era parte integral de ella, una evolución natural que llevaba hasta lo que somos. El encuentro de cada vez más "parientes" que se quedaron por el camino nos ha permitido hasta tener un entrañable sentido de la evolución, como el que tiene un tío en América. Ya hablamos con naturalidad de "parientes", de grados de parentesco, donde antes veíamos algo muy distinto.
Todo ello es importante porque nos ha permitido desarrollar (aunque sea de forma inconsciente en muchos) un sentido ecológico o de responsabilidad respecto a la naturaleza, entendida como hábitat humano compartido con los demás.
Pero la evolución de las propias máquinas hacia lo inteligente han creado varias fantasías que, como sabemos, acaban siendo realidades. El castigo de la inteligencia es recordar los sueños  y hacerlos realidad. Presionados probablemente por las angustias naturales de la extinción, producto de nuestro conocimiento evolutivo de otras especies (desparecen, por una causa u otra), empezamos a desarrollar ideas que nos llevan hacia delante, proyectivamente, hacia un futuro que imaginamos en el que de una forma y otra nos trasformamos o desparecemos. Conocedores que el esencialismo, universal y estático, no es más que un engaño de nuestro pensamiento, al comprender que estamos en continuo cambio solo podemos preguntarnos sobre qué y cómo seremos.

De fenómenos como este surgen fenómenos como el Poshumanismo, en el que algunos ven un futuro de superación de lo humano, de su debilidad inherente a lo vivo, y su fusión/sustitución con las máquinas, un mundo de prótesis y recambios mejorados en el que cada vez va quedando menos de la "pieza original", que se repara y ajusta con los nuevos recambios en el mercado.
Otros se lanzan a la especulación biotecnológica en la que el conocimiento de la genética y la bioingeniería nos hacen cuerpos resistentes al envejecimiento y a las enfermedades.
Otros ven nuestro futuro en las estrellas, lejos de este planeta, que habría cubierto solo nuestra infancia y adolescencia, del que saldríamos como los jóvenes que buscan su nueva casa, alejada de la residencia familiar. Se dedican a buscar posibles hogares para la especie humana, lugares a los que se pueda llegar, pese a las distancias y la pulverización del concepto de tiempo al enfrentar nuestra vida efímera a los grandes espacios del cosmos en los que distancia y tiempo se mide en años-luz. En estos días de celebración de la llegada del hombre a la Luna, comprendemos lo mucho que cuestan los pequeños pasos.
Soñamos, sí.
Pero conforme aquello que soñamos se hace realidad, nuestras especulaciones se hacen más humanas, afectan más a lo cotidiano; ya nos son sueños para el futuro, sino realidades que afectan a nuestra vida cotidiana. Entonces nos damos cuenta que todos esos bonitos sueños tienen su lado peligroso porque acaban usándose para lo mismo. Las promesas de vida eterna solo afectan a algunos, los beneficios para la "humanidad" solo están disponibles para unos pocos privilegiados, o aquello que nos iba a salvar se transforma en tecnología para destruir y dominar.
El diario El País nos trae en su sección de Ciencia Retina, un reportaje y un vídeo complementario titulado "Replicar la inteligencia humana: un sueño que ya cambia todo lo que conocemos", firmado por Zigor Aldama y Olivia L. Bueno (vídeo).
Estos son los dos primeros párrafos del artículo en los que se plantea la idea central:

La inteligencia artificial (IA) disparará la productividad, hará el mundo más eficiente y seguro, alargará la esperanza de vida, servirá para predecir el futuro, prevenir catástrofes e incluso para combatir el cambio climático. Las empresas que desarrollan esta nueva era basada en algoritmos y big data la presentan como el santo grial y pasan de puntillas por los evidentes peligros que también acarrea. Porque, según diferentes estudios y analistas, entre el 14% y el 40% de los puestos de trabajo actuales corre el riesgo de desaparecer debido al efecto combinado de estos sistemas y la robótica.
“El ser humano se verá obligado a formarse continuamente para no quedar obsoleto”, avanza Robin Li, consejero delegado de Baidu. Pero existe un escenario en el que ni siquiera esa formación continua sería suficiente para garantizar los puestos de trabajo: el de la singularidad tecnológica. Aunque todavía es un concepto más apropiado para historias de ciencia ficción, esta hipótesis dibuja un futuro en el que los avances tecnológicos desembocan en una superinteligencia que supera con creces la del ser humano. Y no faltan científicos que la consideran una posibilidad menos remota de lo que muchos otros quieren creer.*


 Todo texto se sustenta, de forma explícita o implícita en unos supuestos, que son los que le dan la coherencia. Lo que se describe se sustenta, como una pirámide invertida, en un punto que es el de partida, por más que se nos ofrezca a mitad de camino. A veces los supuestos no tienen porqué estar ni en el texto en sí, sino formar parte del entorno dialógico del momento. Son esas afirmaciones que no se cuestionan, que se dan por hechas y trasladan de forma sibilina la cuestión central a otro punto, lejos de las preguntas claras que podrían hacer desmoronarse el edificio lógico.
En el texto se parte de un principio no expresado que es el de la inevitabilidad del futuro. Es uno de los efectos retóricos más usados, sustraer la pregunta clave por otra que no afecte a la cuestión central. Te hacen "preguntas" para que no te hagas "la" pregunta.
El tono apocalíptico sobre el futuro se mantiene desde la primera línea y te va trasladando de un peligro a otro. Finalmente te tienes que rendir ante tanta evidencia dada por expertos sobre el desastre. Hablar de los "peores escenarios" es llevarnos de un lugar a otro para evitar hacer la gran pregunta: ¿por qué? ¿Por qué es ese "un futuro inevitable" y esas sus "consecuencias"? o ¿por qué, si es tan malo, lo desarrollamos?

La idea de una "singularidad tecnológica" tiene sus tintes apocalípoticos, pues expresa una especie de Big Bang de un nuevo universo tecnológico. Pero una singularidad es también un "agujero negro". Definir el futuro como un "agujero negro de la tecnología", que nos tragara, es una bonita forma de expresarlo.
¿Por qué invertir las preguntas y plantear que lo que está en juego no es el "futuro" del trabajo sino el "beneficio"? Casi todas las luchas que tenemos abiertas resuelven situación de equilibrio inestable por otras de desaparición de esta circunstancia. El equilibrio inestable entre trabajo y capital, creados por las necesidades mutuas, se resuelve en este caso por la desaparición del "otro necesario". Puedo tener una fábrica automatizada y no necesitar trabajadores, por ejemplo.
Hay más casos: la vida de pareja supone también una situación de conflicto inestable que se sexos se pueden modificar cuando la tecnología me permite la procreación sin la necesidad de un cónyuge del otro sexo. La mujer puede ser inseminada y el hombre puede "alquilar" un vientre. Incluso se puede prescindir del humano y tener una relación emocional y sexualidad con las máquinas, como planteaba la película "Her" (emocional) o las que plantean robots sexuales destinados a compensar la pérdida o rechazo del otro.

Pero estos futuros que se nos ofrecen son ilusiones que nos evitan enfrentarnos a las verdaderas causas de los problemas, como puedan ser la codicia o el egoísmo. Creamos las necesidades y extremamos los conflictos para tener que evitar enfrentarnos a la verdadera raíz.
¿Por qué no se plantea que el futuro del empleo no está en las máquinas sino en las humanísimas manos de los que quieren ser más ricos? El único dato que se nos da en todos los campos es el crecimiento abismal de las desigualdades. No estamos haciendo una sociedad mejor, sino una sociedad en la que algunos viven mejor, mucho mejor que otros. La verdadera pregunta que se nos sustrae es esa.
Para no contestarla creamos unos escenarios falsos que nos distraigan o, mucho mejor, unos villanos que es a quien se responsabiliza para dirigir ira y frustración contra ellos. Me ha sorprendido mucho que a toda esta primera fase apocalíptica del artículo le siga otra responsabilizando a China —para El País o para quienes lo sustentan, una verdadera obsesión— de la desgracia futura. China es la cabeza de turco perfecta.
Nos explican:

¿Podría el futuro superar a la ficción? Sobre todo en China, el país que se ha propuesto liderar el desarrollo de la inteligencia artificial: ya es el que más invierte en el sector, el que más instituciones públicas tiene investigando y el que más patentes registra: un 57% del total, frente al 13% de EE UU y el 7% de la Unión Europea, según el informe de 2018 Artificial Intelligence, a European Perspective, de la Comisión Europea. Y cuenta con 17 de las 20 instituciones de investigación más relevantes en el ámbito de la IA, de acuerdo con un estudio de la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual. “Aunque me gustaría que EE UU ganase la carrera de la IA, si tuviese que apostar lo haría por China”, afirma Thomas H. Davenport, autor de La ventaja de la IA. “China tiene muchas ventajas: un Gobierno determinado, una fuente inagotable de dinero, un creciente número de científicos inteligentes y una enorme población que adora lo digital”, argumenta.
También es el país con menos barreras éticas y legales. Eso permite que los científicos se adentren en terrenos que otros países consideran pantanosos. “Siempre hemos pensado que la inteligencia humana era imposible copiarla y ahora sabemos que algún día podremos comprenderla lo suficientemente bien como para replicarla. Eso supone que no es irremplazable”, asegura Wu Shuang, científico jefe de Yitu, una de las empresas de IA más punteras de China y doctor en Física por la University of Southern California. “Todavía estamos en la fase de dotar a las máquinas de capacidad de percepción y lejos de pasar a las de razonamiento y toma de decisiones. Pero estoy convencido de que las máquinas terminarán adquiriendo sentido común y de que serán capaces de tomar decisiones cotidianas mejor que los humanos”, apostilla Wu, especializado en aprendizaje automático y redes neuronales profundas.*

La capacidad de China de ser el malo de la película es infinita. Parece que toda la paz del universo depende de que China esté a la zaga en todo. La seguridad, en cambio, viene de que el país que lanzó la bomba atómica, que creó el sistema defensivo apodado popularmente como "guerra de las galaxias", que está creando puntos de fricción por todo el planeta, vaya por delante en la carrera de la Inteligencia Artificial.


Desde que se ha convertido a China en algo peor que en un "enemigo", en un "competidor", parece que todo lo malo viene de allí. China, convertida en la fábrica del mundo, gracias a la codicia de las empresas occidentales, es culpable de tratar de saltar al segundo escalón tras la industria como la conocemos. El peligro pues, no es la Inteligencia Artificial, sino que China adelante a los Estados Unidos y Europa. Nuestra geopolítica de cómic permite contar la historia como una película de James Bond.
Ni 5G ni inteligencia artificial, ni Huawei, etc. Una inteligencia china parece un destino peor que el de Terminator. ¡"Barreras éticas y legales"! ¡Bendita hipocresía!
Tras los dos párrafos anteriores se nos dice:

Wu se rasca la cabeza después de 50 minutos de entrevista y reconoce que no tiene tan claro que el ser humano vaya a salir bien parado de la nueva etapa en la que se adentra.*

Y cuando un chino se rasca la cabeza...
En vez de temer al futuro inevitable, deberíamos aplicar esa ética de la que presumimos en ver dónde está el problema. Primero era la automatización que quitaría puestos de trabajo. Primera falacia: no es la automatización lo que elimina puestos de trabajo; es nuestra codicia que antepone el beneficio y deslocaliza cuando le interesa y amortiza después. China no tiene nada que ver con esto, sino una forma de economía irresponsable que es la que abre las enormes diferencias sociales, está destruyendo el planeta acabando de forma irresponsable los recursos y antepone el beneficio a cualquier otro principio ético o responsabilidad. La globalización económica es la gran forma de penetración del mundo occidental en el que está en desarrollo para poder evitar los elementos negativos del desarrollo que se hace más brutal al desplazarlo a países en los que las bajas condiciones de vida obligan a aceptar lo que se les ofrece. No se acepta en cambio, la tercera pata de la globalización, la movilidad de las personas, como vemos cada día.  Creamos tensiones por la degradación de la vida, por la violencia en países próximos o lejanos, pero no queremos que la miseria o violencia que creamos o permitimos, llegue hasta nosotros. El mundo debe estar dividido en dos partes mientras que los capitales y empresas colonizan los países más débiles. La llegada de Trump al poder ha permitido comprender sin subterfugios, en toda su crudeza, la violencia que se ejerce sobre el mundo.


¿Por qué no invertimos en una educación más responsable, más ética (en vez de dudar de la de los demás? Si el problema es la pérdida del trabajo es sencillamente porque creamos empresas que no lo requieren, no por ninguna "ley" histórica. Eso es una falacia. Suprimimos el trabajo porque unos quieren ser más ricos de lo que son y han perdido algo que estaba en la base de la economía clásica desde su principio, su sentido social. Lean a Adam Smith, por favor, en vez de inventárselo. No hay mucha reinversión del beneficio, sino la inversión en la especulación no productiva. Eso se vio durante la crisis anterior; se separaron los tipos de bancos para evitar los mismos errores, pero ya estamos en las mismas. Cuando nos dice que esta generación vivirá (ya lo hace) peor que la de sus padres, ganando menos y teniendo que pagar más por menos cosas, no debemos pensar en "leyes" sino en "voluntades". El futuro lo hacemos cada día.

Otra cosa es que nos avergüence reconocerlo o hacernos responsables.
Invirtamos en ética, es decir, compromiso, sentido de la comunidad; estemos orgullosos de lo que hacemos y no simplemente de nuestra riqueza de cuyo origen nos tendremos que avergonzar. Dejemos de etiquetar a los demás como el origen del mal para evitar que se descubra la porquería que circula por nuestras cañerías sociales.
Creo que nunca ha habido una etapa en la que se aceptara de forma tan natural la explotación, que se teorice y que se pongan los intelectos al servicio de causas antisociales, de la manipulación de la opinión pública y que se permitiera la exhibición de la codicia como un gran valor social y personal.
Pero la segunda fase es la más divertida. La idea de una Inteligencia Artificial que no nos necesite, ese agujero negro que se nos trague a todos, que cree un mundo implacable en el que nosotros, pobres humanos éticos, descubramos que John Connor solo era un mito y nos encontremos al borde de la extinción.
Volvamos al planteamiento anterior. Todo lo que haya será creado para nosotros. Esa forma de IA a la que le sobramos nosotros será también invención, diseño de nuestro propio e imperfecto cerebro animal.
De nuevo, subterfugios por todas partes. Esa máquina no desarrollará su propia ética, sino la que le pongan sus amos blancos. Recordemos el caso, tratado aquí, del algoritmo machista de Amazon, desarrollado para la selección de personal. Es algo más que una anécdota; es el recordatorio que todo lo que hagamos los humanos no será más que una prolongación de nosotros mismos. La máquina somos nosotros mismos haciendo lo que no nos atrevemos a hacer para quedar medianamente bien. Nosotros somos la mejor máquina de crear excusas, de convencer a otros de que no somos responsables de lo que hacemos. Llevamos unos cuantos miles de años creando civilizaciones con "normas sagradas", "formas naturales", etc. que no hacen sino ocultar nuestra "voluntad de poder", por usar el término de Nietzsche.


Desde que han saltado las alarman sobre la automzatización de los puestos de trabajo, con la consiguiente pérdida, las empresas del sector organizan foros y seminarios, publican artículos, intentando tranquilizar a la gente, asegurándoles que no va con ellos. Pero va con todos, porque en el proceso sin freno del desarrollo, la ventaja que tienes un día la tienes que mejorar al siguiente porque si no te pasan por encima. Es una rueda ciega que va más allá de Schumpeter.
Decía el otro día una científica en una entrevista que "no nos debíamos preocupar tanto por la caída de un asteroide que nos destruyera como por lo que hacemos destruyendo el medio ambiente". Tiene toda la razón, es muy bonito preocuparse por la caída de asteroides mientras destruimos el planeta con nuestras acciones irresponsables. Es un ejemplo de lo que señalamos anteriormente como maniobras de despiste, de evitar que nos fijemos en la raíz de los problemas. No es fácil negociar el futuro cuando lo que haces es negociar tu jubilación, forma cotidiana de llamar futuro. Nuestra esperanza humanas ya no son cambiar el futuro, sino que nos quede algo. ¡Un pobre consuelo! Como decía el filósofo Gianni Vattimo hace unos días en el mismo medio, "espero que todo esto no salte antes de que me vaya!" Eso es pesimismo.


El problema de la automatización deja de ser la automatización y toda la atención se concentra en el problema de que sea China quien lo desarrolle primero. Nadie se preocupaba por su teléfono Huawei hasta que empezaron a vender más que las marcas norteamericanas. Desde entonces, todo son peligros.
La automatización llegará y se creará una sociedad al borde de la explosión por los desequilibrios creados. Se avanzará entonces en la inteligencia de control social, en la videovigilancia, como ya se hace. En vez de invertir en elementos que controlen las tensiones de los conflictos, nos volcaremos en el control de las quejas. Para ello hay que crear suficiente mitos que lo expliquen y justifiquen porque unos se ahogan en los mares y otros disfrutan del jacuzzi, que justifiquen por unos los cruzan en pateras y otros en yates y crucero de lujo. Esto, dirán algunos, es así. No hace falta explicarlo.
En Japón y China se está desarrollando una corriente social —alguna vez hemos hablado de ella— que busca anular los principios de la competencia constante, de la comparación y lucha de unos por otros, como se nos enseña cada día, y trata de buscar la felicidad dentro de la propia persona. Cuanto menos deseas, menos sufres, nos enseña el budismo; cuanto menos tienes, menos pierdes. Aprender a ser feliz así es un buen planteamiento ético y respetuoso con la vida, la propia, la ajena y la del mundo en el que vivimos.
Nos lo advierten todos los días, pero nuestra inteligencia humana se ciega con facilidad. La codicia y la esperanza en que gracias a nuestros beneficios, a nuestra riqueza, vamos a poder eludir las consecuencias las acabaremos pagando. ya lo estamos haciendo. 
Podemos echarle la culpa a la IA, pero eso es solo una forma de escondernos.


* Zigor Aldama y Olivia L. Bueno "Replicar la inteligencia humana: un sueño que ya cambia todo lo que conocemos" El País / Retina 26/07/2019 https://retina.elpais.com/retina/2019/07/25/tendencias/1564047718_874415.html?autoplay=1#boton_articulo-comentarios