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jueves, 4 de noviembre de 2021

Mujeres invisibles

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)


La Vanguardia, a través de un artículo de Enrique Bolland, se hace eco hoy mismo de la situación de los grupos de mujeres que llegan a España para el trabajo de temporeras, para la recogida de la fresa especialmente, y de las trabajadoras del hogar, ambos grupos sometidos a explotación e invisibilidad.

El artículo de Bolland nos habla del encuentro que se está celebrado en Alicante, en Casa Mediterráneo, en el que estas mujeres y los grupos de apoyo denuncian esta situación en la que son engañadas sobre lo que se van a encontrar y el trato que van a recibir.

“Nos dijeron que tendríamos alojamiento gratis, un contrato de trabajo de seis meses y seis mil euros brutos; pero casi todo era mentira. Vivíamos quince chicas en dos habitaciones, con un baño. En Senegal no hace frío, no teníamos ropa adecuada. No hablábamos español. Solo teníamos interpretes los dos primeros días. Nos gritaban. La fresa era más importante que nosotros."

[...] Vienes con esperanza, y no encuentras lo que esperabas. ¿Por qué no te vas? No es tan fácil, a veces te arrepientes. Pero venir es más fácil que regresar".

 

Creo que estas palabras, dichas por Fatma, una de las mujeres que cuentan su experiencia, son bastante claras al respecto. Al comienzo de la pandemia se responsabilizó a los temporeros de ser los transmisores con sus idas y venidas, de un espacio de recogida a otro. La realidad es que las condiciones de vida, de hacinamiento y falta de higiene en la mayoría de los casos, así como la obligación de moverse, contrastaba con las medidas de prevención que se le pedían a la población. Pero, como bien señala Fatma, "la fresa era más importante que nosotros". Ellos tenían que moverse entre carencias. Algunos pidieron que se les aislara más para poder cumplir con su trabajo, que debía se hecho aunque se contagiaran entre ellos. Algo similar se pidió en una gran empresa cárnica de los Estados Unidos, con trabajadores inmigrantes: que se contagien entre ellos, que no salgan de la fábrica. El trabajo y el beneficio es lo primero.


Cada vez hablamos más de riqueza y menos de justicia, un valor a la baja y que tiene mucho que ver con la percepción del fenómeno de la inmigración. Hay grupos políticos y sociales que se empeñan en expandir la xenofobia y el racismo usando la excusa migratoria. En un país con un paro endémico, empleo precario y mal pagado, es fácil hacerlo, al responsabilizar al que viene de fuera de esa situación. Sin embargo, se les recluta con engaños porque son presa fácil para la explotación.

En el artículo toma la palabra una mujer marroquí, Rahma El Basraouri, señalando que la mayoría de estas mujeres vienen de su país y lo hacen cubiertas por un acuerdo entre ambos países. Sin embargo,

[...] El Basraouri denuncia que todas las mujeres que vienen cada año regresan con lo justo para sobrevivir y siguen viviendo en la extrema miseria. Las empresas exigen que las trabajadoras sean mujeres entre 18 y 40 años, que estén casadas, divorciadas o viudas y que tengan hijos menores de 14 años a su cargo.

"Este control sobre la vida privada de las mujeres es impensable en un estado de derecho que garantice la igualdad entre personas", lamenta El Basraouri. "Son requisitos discriminatorios que han sido aceptados por las autoridades. Y que no se aceptan más que para personas extranjeras". 

Y relata: "Cuando llegan, les quitan los pasaportes, viven en las fincas donde trabajan, en contenedores de obra con literas y un baño comunitario, en muchas ocasiones sin agua caliente. Entre seis y ocho mujeres por contenedor, alejadas de cualquier población, adonde solo pueden acudir una vez por semana".

La función de los requisitos es, evidentemente, evitar que nadie se quede. La existencia de lazos familiares, básicamente los hijos, son la garantía de que van a estar lo justo aquí. Y lo justo es el tiempo para la recolección.

Creo que no nos acordamos de la España emigrante, de los tiempos en que la gente se marchaba a países donde poder ganar lo que aquí no se ganaba, para volver. Habría que volver a ver "¡Vente a Alemania, Pepe!", una realidad olvidada bajo la máscara de la comedia. Habría que preguntar a los que se pagaban los estudios marchando a la vendimia en Francia, como conocí a algunos.


La injusticia tiene que ver mucho con la falta de memoria, tanto que se habla de ella. La justicia necesita del recuerdo para poder ponerse en el lugar del otro de forma real y no percibir a los que llegan sin recordar lo que provocaba el tener que marchar. Pero callamos y olvidamos, que son los requisitos para poder vivir explotando sin escrúpulos, solo con la vista del beneficio.

Estos días nos hablan del desprecio a los empleos tradicionales, de que no hay relevo  generacional. Son puestos que acaban cubiertos por la inmigración a la que no se trata, como denuncian estas mujeres, tal como se les promete.


25/07/2020

El caso que recordaré siempre de este periodo de la pandemia es el del abandono de una trabajado del campo, abandonado ante la puerta de un hospital en Murcia por sus jefes, debido a un golpe de calor. No se pudo hacer nada por aquel cuerpo que interesaba mientras servía y dejó de interesar, convirtiéndose en un "problema", cuando se derrumbó bajo el aplastante calor que padecimos todos, pero de cuya forma de combatirlo estaban excluidos. Trabaja o revienta. Otro inmigrante, el que le dejó en la puerta del centro de atención médica, era el "explotador oficial", su jefe directo, mientras que el dueño de las tierras se limitaba a contratar con él al grupo.

Retrocedemos. Las crisis sucesivas nos han endurecido y en vez de ser más solidarios, cerramos los ojos ante una realidad como la que denuncian estas mujeres, tanto las temporeras como las del servicio doméstico, de las que se ocupa la segunda parte del artículo citado: 

Si esto ocurre en un colectivo amparado por la legalidad, existe otro que, siendo aún más numeroso, permanece en una paradójica invisibilidad: las empleadas de hogar. Fatma Guisse lo explicó con claridad, "si hablamos de mujeres inmigrantes hay que hablar de las empleadas de hogar".

El 85% son inmigrantes, y más de 200.000 no tienen contrato, porque la mayoría están en situación administrativa irregular. "Y a veces estas obligada a aceptar lo que sea, porque tienes que enviar dinero a tu familia, tienes que pagar el alquiler. Incluso a veces prefieres trabajar como interna para camuflar tu situación irregular", explica Guisse.

Y todo eso te hace más invisible. "No te pagan bien, no te respetan, no puedes empadronarte, no puedes estudiar, si tienes formación no te sirve de nada porque tu preocupación es sobrevivir", añade.*

Los inmigrantes no votan. Los que les contratan abusan de ellos y los que están en el paro piensan que son ellos los que les quitan "sus" trabajos, aunque cuando están libres no los quieren, precisamente porque están bajo el estigma del esclavismo. Ayer mismo hablaban de los trabajos en la construcción, señalando que nadie los quiere, que se abastece de inmigración, como podemos apreciar pasando frente a una obra.

20/10/2021

Hace un par de días, un catedrático de Economía de una universidad en Cataluña hablaba de forma clara y directa sobre la crisis de los "microchips" para los automóviles. ¿No se pueden fabricar en España?, le preguntaban. "¡Claro que sí, hay cientos de empresas que podrían hacerlo!", pero fueron nuestros empresarios los que "deslocalizaron" el trabajo mandándolo allí donde se fabricaba más barato. Eso supuso la pérdida de puestos de trabajo porque, como decía un responsable de una gran compañía eléctrica estos días, "no se puede privar a los inversores de sus beneficios", aunque estos sean obtenidos con la destrucción de la industria, empresas y hogares, que se ven atacados por este beneficio protegido. "No es mi problema", responden.

"No es mi problema" es el lema de las sociedades contemporáneas. Se plantea en grupo o individualmente. Es el lema del egoísmo, de la insolidaridad, de la falta de respeto a los otros justificándolo con todo tipo de prejuicios y subterfugios. El "no es mi problema" justifica la explotación, el abuso de las personas, incluso su invisibilidad condenándolas al silencio. 

No quiero acordarme de ellas cada vez que me coma una fresa. Exploto a las personas y, como expresó Melania Trump, lo justificó diciendo que un niño inmigrante está mejor en una cárcel norteamericana que en su país, esos que su marido llamó "pozos de mierda", en ajustada metáfora a su sensibilidad poética.

Muchas veces son la pelota humana con la que juegan los países. Las mujeres marroquíes lo han sido en los conflictos últimos. Marruecos amenazó con no dejarlas regresar una veces, con no salir otras, sabedor de que con ello se creaba un problema para la recogida de la fresa y para el regreso después. Vienen, trabajan y se van; ni un minuto más. Ese es el pacto. No se merecen esto.


Sí, algunos justifican la explotación con ese "en su país están peor" o "si no les gusta, que se vayan, que ya vendrán otros", fórmulas que justifican todo. Sin embargo, el envilecimiento social que produce esta mentalidad es enorme. La injusticia no tiene límites, pronto se expande y te llega en forma diversas e inesperadas en su forma pero predecibles en su fondo. Crees que solo les afecta a ellas, pero te está destruyendo tanta inhumanidad.

La injusticia, la insolidaridad... son cánceres sociales. Es el demonio de la indiferencia que te acabará afectando por más que quieras pensar que todo es diferente, que nada es comparable. Estas mujeres han podido contar durante un par de días sus problemas en el mundo del "no es mi problema". Hay al menos alguien que les escucha antes que la oscuridad de lo cotidiano devore sus palabras.

 


* Enrique Bolland "Mujeres inmigrantes denuncian en Alicante el silencio ante la "esclavitud moderna" que sufren" La Vanguardia 4/11/2021 https://www.lavanguardia.com/local/valencia/20211104/7836721/mujeres-inmigrantes-denuncian-alicante-silencio-esclavitud-moderna-sufren.html


El Diario 2/08/2020

martes, 31 de marzo de 2020

El altruismo va ganando

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La situación mundial de esta pandemia global es también una prueba, un gigantesco test sobre liderazgo, también sobre ciudadanía responsable. Es un examen mundial de nuestra capacidad de resistencia, de valores sociales e individuales, que de ambos se necesita. "Saldremos mejores", se repite en afortunada frase. Lo es porque, en sí misma, ya manifiesta un deseo, una voluntad, una esperanza. Al fin y al cabo, todo está nosotros: la ciencia, la tecnología, los esfuerzos humanos, los sacrificios, las victorias, las derrotas... Caer y levantarse, sí, seguir, seguir.
Los ejemplos de confianza, de valor, de constancia y sacrificio de muchos se muestran todos los días a través de la visión mediática, pero también está en nuestro día a día, sin cámaras delante, solo para nuestros ojos, como en una película de espías.


Se ha pedido que se  paren las guerras. Aunque no se consiga, la petición está ahí. Su ignorancia nos muestra que el odio es humano, por encima de la supervivencia, que puede ser instintiva. Se ha pedido a los políticos que dejen de pelearse y coincidan en los puntos básicos; tampoco no hacen mucho caso. Pero también se ha pedido, un deseo de los ciudadanos en muchos países. Eso es lo importante.
Nos hemos pasado discutiendo si lo natural es el egoísmo o el altruismo. Podemos elegir los comportamientos que nos parezcan humanos o los que parezcan contrarios. Al fin y al cabo, la naturaleza no tiene idea ce cuál es su naturaleza. Nosotros sí nos preguntamos por ella. Tenemos la ocasión de demostrarnos cuál es, una u otra, con cuál nos sentimos más a gusto. A las 8 salimos a ventanas y terrazas a aplaudir a los que demuestran cada día que están ahí por nosotros. La práctica del agradecimiento se está extendiendo por todo el mundo y a las ocho, cada uno en su uso horario, escuchará los aplausos. Si alguien nos observara desde otro planeta, no acabaría de entender este extraño fenómeno acústico que hace que durante las 24 horas en algún lugar del planeta se escuchen aplausos durante unos minutos.


Bomberos, policías municipales y ambulancias pasan por delante de mis ventanas cada día. Dan una vuelta al pueblo para alentar a los vecinos y asegurar que vamos todos juntos a vencer a este coronavirus. Ellos nos alientan y nosotros los alentamos. Es la forma humana de enfrentarse a lo que no es fácil de vencer y que necesita de unión y energía positiva, descargar las emociones, la angustia, recargar vitalidad. Los gritos de "¡hasta mañana, hasta mañana!" son algo más que una despedida. Son también un deseo manifiesto de seguir viéndonos, de vencer miedos, algo de conjuro.
Personal médico, policías, bomberos, limpiadores, dependientes de supermercados y tiendas de alimentación, basureros, repartidores, carteros, transportistas... todos esos servicios básicos que necesitamos para sobrevivir... en un mundo que se ha parado. Veo el vídeo tomado desde el aire de la ciudad de Barcelona por los Mozos. Una ciudad de calles vacías, pero no una ciudad muerta. La vida está dentro, la vida reencontrada. También unas imágenes, hace unos días, de un Madrid nocturno solo recorrido por algunos autobuses, taxis y la bicicleta de un repartidor. La ciudad iluminada, con sus monumentos y edificios emblemáticos dispuestos a no perder su brillo aunque no haya ojos para mirarlos más que desde una ventana o terraza. Pero sus luces son como faros verdes que nos prometen que volveremos a estar allí.


Creo que va ganando el altruismo, al que le ha salido un rival que no es el egoísmo sino la estupidez, pues no se puede llamar de otra manera a lo que algunos hacen. La estupidez no se la lleva el viento, sino que queda registrada hasta el fin de los tiempos. Creo que hay muchos más ejemplos de valor y entrega, de afecto. Los de estupidez no son pocos, pero tienen la ventaja de que se consumen ellos mismos, se gastan por sí mismo. El altruismo nos trae la solidaridad y la emoción necesarias, también la inteligencia necesaria. De esto no salimos solos, sino bien acompañados por lo mejor que pongamos, liberados de lo que no merece la pena conservar ni atender.


Durante tiempo, un sector de la ciencia se empeñó en que  lo natural era el "egoísmo" y que el altruismo no era más que un disfraz. Vale, allá ellos. Hace tiempo que el altruismo ha ido ganando puntos y nos sentimos mejor cuando somos solidarios y nos enfrentamos en grupo, apoyándonos para objetivos nobles. Tenemos cada día muestras de este valor. Quizá haya egoístas, no voy a discutir sobre lo evidente, pero creo que  a muchos les ha interesado tener esa visión del ser humano y de la sociedad para sus propios fines. Hoy vemos otra cosa y quizá nuestra percepción de nosotros mismos y de las relaciones con los otros esté cambiando. ¡Ojalá fuera así! ¡Demasiadas teorías egoístas!
Sin poder abrazarnos,  nos sentimos más unidos. Acostumbrados a que en tiempos de "normalidad" se nos muestre siempre como noticia en los medios lo peor, en tiempos de peligro se nos muestra más lo mejor. El mundo se nos ha llenado de héroes ignorados, invisibles, que el COVD19 ha sacado a descubierto. Son los cimientos de nuestro sistema, los reales, lo que sustenta nuestras vidas a diario y que hoy se la juegan por nosotros.
Eso salimos ganando, una mejor percepción de nosotros mismos, descubrir que podemos ser mejores de lo habitual, que no solo hacemos por nosotros sino por los demás. El altruismo y la solidaridad, el apoyo mutuo van ganando. ¡Ánimo!







viernes, 8 de febrero de 2019

El demandante o la vida como queja

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La diferencia entre la Naturaleza y la Cultura es que en la segunda se buscan siempre responsables. El gran invento de la humanidad es precisamente la "responsabilidad", concepto que vertebra la Ciencia como "causalidad" y la sociedad a través de múltiples vías y escenarios.
La responsabilidad establece una conexión entre las personas, lo que no hace responsables unos de otros, pero también da sentido a los hechos, que son enmarcados dentro de escenario de valores que permiten una construcción de la interpretación. Gran parte de las preguntas que nos hacemos desde nuestros comienzos afectan a la responsabilidad. El existencialismo trató de situar al ser humano en el centro de la responsabilidad y de explicar la culpa como forma de sentido. Otros, en cambio, se lanzaban a un universo irresponsable en el que todo está permitido. La cuestión de la "muerte de Dios", como señalaron de Nietzsche a Dostoievski, dejaba la responsabilidad en nuestras manos. En novelas como La caída, de Camus, o en Caída libre, la novela del premio Nobel británico William Golding, se exploraba esa metáfora sobre la responsabilidad. En Albert Camus es una idea que transita desde El extranjero hasta Los justos, de la misma forma que transitó a lo largo del siglo.

Había empezado a inquietar con la caída del Antiguo Régimen. Nadie es menos responsable que el esclavo ya que no dispone de libertad. Es cuando se plantea la libertad cuando aparece la responsabilidad... y la culpa, la angustia, etc., los conceptos que la habitan como las termitas a los muebles.
El diario ABC cede sus páginas a una noticia pequeña, pero reveladora. Su titular es "El joven que va a demandar a sus padres por tenerle sin su consentimiento quiere le paguen por vivir". Estos días ha estado rondando por la prensa sin saber muy bien dónde colocar algo así en este mundo tan vigilado que ninguna tontería se escapa a nuestra atención.
La parte anecdótica de la historia es la del joven que demanda a sus padres por haberle tenido sin su consentimiento. Antes existía el cruel concepto de hijo "no deseado", describiendo la situación de aquellos que nacieron sin planificación. El concepto es fruto de su momento histórico, es decir, de aquel que momento en el que es posible planificar o no. Sin posibilidad de "control", no existe la idea de que el desear o no sea cuestión nuestra. Por lo tanto, tener un hijo cuando se puede "no tener" implica la responsabilidad.
Pero el joven de la noticia va por otro lado, que es la responsabilidad de los padres por haberlo traído a un mundo doloroso sin su consentimiento. No es además, algo único, sino que se encuadra dentro de algo más complejo:
Raphael Samuel, que se puso una barba y gafas de sol falsas, dijo en un vídeo de YouTube publicado el martes que va a demandar a sus padres porque fue concebido sin su consentimiento y, por lo tanto, sus padres deberían pagar por su vida.

«Quiero que todos en la India y en el mundo se den cuenta de que nacen sin su consentimiento. Quiero que comprendan que no les deben nada a sus padres», dijo. «Si nacemos sin nuestro consentimiento, deben mantenernos durante nuestra vida. Debemos ser pagados por nuestros padres por vivir».
«A los niños, me gustaría decir: no hagas nada por tus padres si no quieres. Si quieres, si realmente tienes ganas de hacerlo, hazlo», agregó.
Samuel es un seguidor del antinatalismo, una ideología cada vez más popular pero extravagante que cree que es moralmente incorrecto que las personas procreen y adopta un enfoque nihilista hacia la vida humana, diciendo que la humanidad solo trae sufrimiento.
A pesar de su intención de demandar, el hombre dice que sus padres no tienen malos sentimientos hacia él y que en realidad los quiere.*



Quizá "pagados" o "mantenidos" no sean los términos correctos y se aproxime más a la idea de "indemnizados", ya que se trata de una compensación por el dolor que provoca la existencia en el mundo.
La idea de que vivir es doloroso está contenida en la base de casi todas las culturas. La idea cristiana del "valle de lágrimas" forma parte de nuestro mundo cultural. También otras culturas interpretan que la vida es un sistema de purgas continuas en las que el sufrimiento de una vida es consecuencia de la mala vida llevada. Se busca pues una responsabilidad en nuestro dolor existencial. Es la idea del "pecado" que lleva al sufrimiento: "parirás con dolor" y "ganarás el pan con el sudor de tu frente" simbolizan que esta vida es dolorosa y esperamos una mejor al otro lado. La responsabilidad es nuestra ya que fuimos expulsados de la felicidad del paraíso y arrojados a la dureza del camino vital. El mecanismo explica la responsabilidad que tenemos y le asigna un sentido, la redención, la purga.
La dolorosa vida humana, el "dolor de existir" convirtió al siglo XIX en una reflexión coral sobre el suicidio, del que Camus dijo que era el único tema filosófico real. El suicidio es una forma de acabar con el dolor.
El joven demandante no se plantea el suicidio en la vida, sino la reivindicación revolucionaria de la indemnización. Es como un impuesto revolucionario por la falta de consentimiento para traer a la vida. Filosóficamente se puede llegar a ese planteamiento, entendiendo que la vida es en sí misma castigo, dolor. Lo que hay que preguntarse entonces es si ese planteamiento es fruto de su propia experiencia dolorosa o es el "dolor de existir", que cantó, por ejemplo, el gran poeta Giacomo Leopardi en sus poemas, también de corte nihilista.


¿Se queja de la vida o se queja de la vida que ha tenido? Parece que se ha llegado más por la vía intelectual que por la vía de la experiencia propia, es decir haber llevado una vida muy negativa en todo.  Sin embargo, él aclara que no tiene nada contra sus padres, que por el contrario, como se señala en el artículo, los quiere y no alberga malos sentimientos hacia ellos.
La otra parte de lo anecdótico es que los padres le advierten que los dos son abogados, por lo que consideran una temeridad el que les demande. Podríamos pensar que al juntar el ADN de dos abogados sale un hijo peleón en los tribunales, con una visión jurídica civil de la vida, que ve el mundo como demandas e indemnizaciones. ¡Quién sabe!
Pero también podemos pensar que estamos haciendo un mundo cada vez más complicado, más deshumanizado en el que cada día cuesta más vivir. Quizá la vida se nos está haciendo cada vez más cuesta arriba en muchos sentidos.
De pensar que venimos a sufrir al mundo, pasamos a la propaganda del placer como centro, ya sea a través del consumo, los viajes, el dinero, etc. Cada vez aumenta la distancia entre la imagen publicitaria y la realidad, algo que no dejo de decirme cuando veo esos fantásticos vídeos promocionales en los que se me muestran caras sonrientes y receptivas, mientras en los noticieros me muestran agresividad, pobreza e injusticia. Nuestra capacidad de autoengaño debe tener unos límites.
En su obra La tentación de la inocencia, el filósofo y novelsita francés Pascal Bruckner explicaba:

[...] Cuanto más acercan continentes y culturas los medios de comunicación, el comercio y los intercambios, más agobiante se vuelve la presión de todos sobre cada cual. El planeta se ha encogido tanto que ahora las distancias que nos separaban de nuestros semejantes se han vuelto insignificantes. La red se va tupiendo, suscitando un sentimiento de claustrofobia, casi de encarcelamiento. Explosiones demográficas, migraciones de masas, catástrofes ecológicas, se diría que los seres humanos no hacen más que caer unos encima de otros. ¿Y qué es acaso el fin del comunismo sino la irrupción en la escena internacional, de lo innombrable? ¡Las tribus humanas son legión y todas, liberadas del yugo totalitario, aspiran al reconocimiento, pero nadie consigue recordar su nombre! Surge entonces la súplica muda que cada cual, en un mundo en el que no cabe un alfiler, dirige al cielo: «Libéranos de los demás», que hay que entender como: «¡Libérame de mí mismo!»
Llamo inocencia a esa enfermedad del individualismo que consiste en tratar de escapar de las consecuencias de los propios actos, a ese intento de gozar de los beneficios de la libertad sin sufrir ninguno de sus inconvenientes. Se expande en dos direcciones, el infantilismo y la victimización, dos maneras de huir de la dificultad de ser, dos estrategias de la irresponsabilidad bienaventurada. En la primera, hay que comprender la inocencia como parodia de la despreocupación y de la ignorancia de los años de juventud; culmina en la figura del inmaduro perpetuo. En la segunda, es sinónimo de angelismo, significa la falta de culpabilidad, la incapacidad de cometer el mal y se encarna en la figura del mártir autoproclamado.**


Creo que la demanda del hijo a los padres por haberle traído al mundo tiene algo que ver con lo que señalaba Bruckner en su ensayo. Creo que vivimos en el mundo que construimos, un mundo que tiene tres patas: la realidad, lo que vemos en ella y los que nos quieren hacer ver. Si Platón explicaba que los habitantes de la caverna no veían nunca la realidad, nosotros vivimos entre las lujuriosas sombras que nos ofrecen y las incomodidades reales de la carne, materia sensible, y lo material de nuestra existencia. En La tentación de San Antonio, Flaubert acababa añorando la insensibilidad de la piedra como única forma de escapar al dolor de la existencia. La tentación del monaquismo, apartarse del mundo y del contacto humano, suele ocurrir después de periodos especialmente negativos de la historia, cuando el contacto con los otros produce dolor y solo el silencio y la soledad nos dejan paz. Pero vivimos en un mundo ruidoso y de presión sobre la atención, del que es muy difícil aislarse, pues todo nos empuja al contacto, empezando por las redes sociales y los medios. Pero este contacto acaba resultando frustrante, vacío, artificial, en la mayoría de los casos. No es verdadera participación sino una forma de mitigar angustia de la soledad compartida de las sociedades modernas. La insatisfacción es creciente y genera agresividad.
La demanda puede ser un acto simbólico en una India superpoblada, en un mundo cada vez más caótico. La demanda ¿es por el ser o por el existir? Seguramente, hijo de dos abogados, su vida haya sido mejor que la de muchos en la India, pero valorar la vida es algo distinto y son los países ricos los que tienen más suicidios.


Siendo los padres abogados, puede que presenten una demanda contra él por no haber cumplido las expectativas que ellos tenían cuando lo trajeron al mundo. Una familia peculiar en un mundo que no vemos en sus detalles porque lo vivimos escapando, sin detenernos a contemplar la combinación de ruinas y belleza que constituye el paisaje. Es de la proporción de ambas de lo que depende nuestra vida y nuestra percepción de ella, algo importante porque será lo que determine nuestra acción y responsabilidad.
Desgraciadamente, tiene razón Bruckner cuando señala la enfermedad del individualismo irresponsable nos convierte en inmaduros y victimistas. Creo que algunos, como el demandante, sufren las dos enfermedades. Solo cuando tratamos de mejorar lo que nos encontramos asumimos nuestra responsabilidad. Trasladarla a los padres, como ha hecho, es de alguna forma explicar que el mundo no es obra suya, sino de los mismos que le trajeron a él. Y eso es irresponsable e inmaduro. El grito de "¡libéranos de los demás!" efectivamente es  "¡libérame de mí". Ese sentimiento surge en un mundo egoísta y solitario. Por el contrario, carece de sentido en un mundo en el que nos sentimos útiles y responsable, en un mundo en el que nos percibimos como útiles para mejorarlo. Los demás no son el "infierno" sino el camino a la responsabilidad que nos vincula, la única vía de mejora. Pensar que estamos en el mundo solo para sufrir y que es mejor no estar no tiene mucho sentido. Es mejor pensar que estás en el mundo para tratar de mejorarlo, de aliviar el sufrimiento de los demás o nuestra soledad.


Cuando no vemos sentido a la vida, lo mejor es pensar que tenemos la capacidad de darlo a la de otros. No podemos vernos o pensarnos aislados. La filosofía del otro surgió precisamente como la imposibilidad de seguir pensándonos ni como entes abstractos ni como seres solitarios. Por eso es la capacidad de mejorar a los otros lo que da sentido a nuestra existencia. El San Manuel Bueno unamuniano pudo perder su fé, pero no perdió su humanidad, característica que nos une a todos. Precisamente porque sufrimos, tenemos la capacidad y responsabilidad del cuidado mutuo, del consuelo, de la solidaridad.
No sé si ganará la demanda a sus padres. Si lo hace, se presentarán miles . Muchos se liberarán así del dolor de la responsabilidad. Serán víctimas, el estado ideal del inmaduro.



* "El joven que va a demandar a sus padres por tenerle sin su consentimiento quiere le paguen por vivir" ABC 8/02/2019 https://www.abc.es/recreo/abci-joven-demandar-padres-tenerle-sin-consentimiento-quiere-paguen-vivir-201902081132_noticia.html 
** Pascual BRUCNER (2006) La tentación de la inocencia (1995). Trad. de Thomas Kauf. Anagrama.

sábado, 27 de febrero de 2016

La enfermedad métrica o ¿hacen falta unas 'ciencias de la individualidad'?

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Dicen que la virtud está en el medio, pero también que no hay que estar en medio como los jueves. El "medio", la "mitad", el "promedio"... la "normalidad", en suma, se ha convertido no tanto en un valor propio, como en una forma de medición de todo, una suerte de relativismo que —unas veces para bien y otras para mal— te define respecto a un hipotético centro. En unas ocasiones estar allí es bueno; en otras, un desastre. Pero, sea como sea, ese medio que define lo normal y, por ello, lo anormal —de una talla, de una actitud, de un gusto...— se ha convertido en una poderosa herramienta para la vida social. Está alcanzando un  peso importante en muchas decisiones y divisiones sociales porque crean unos espacios relativos a esa normalidad que puede extenderse a casi todos los ámbitos de la vida. Nuestras sociedades van buscando ese punto central, el medio, que define alrededor una serie de distancias y posiciones que incluyen valores y valoraciones. Por mucho que se definan matemáticamente, no por ello son aspectos objetivos ni neutrales ya que la decisión de construir dicho espacio es humana, demasiado humana. Siempre se hace por algo y para algo.

Había tenido una conversación online sobre el papel de la Humanidades en la educación de la persona y sobre esa idea de Martha Nussbaum que había recogido en algunos "Charcos" y fuimos derivando a las reacciones que se están dando dentro del sistema educativo norteamericano a planteamientos determinados por su conversión en lo que podríamos llamar una burocracia de mercado, en la que las personas cuentan poco y sí los procedimientos para medirlos. Hablamos de lo que algunos llaman la "burbuja educativa", producida por los endeudamientos de los jóvenes (y sus familias) para poder pagarse una educación que les permita ser "competitivos" dentro del sistema. Los efectos no están garantizados, ya que las instituciones educativas se han transformado en esas fábricas de educación con la vista puesta en lo que el sistema les pide y no en lo que las personas necesitan para tener un conocimiento del mundo y de sí mismos enriquecedor. Pero el término "enriquecedor" ha quedado reservado para todo lo relacionado con las cuentas bancarias. Las personas no existen; existe lo que el sistema necesita para seguir en marcha. Se van desplazando hacia el exterior todos aquellos que no se ajustan a las necesidades del sistema productivo, que lo más que ofrece (y le importa) son estímulos para la eficiencia.


Todo nuestro conocimiento científico, todo nuestro esfuerzo académico, se dirige hacia esas metas de gestión de los recursos humanos para optimizar los recursos sociales. La cuestión está en que esta "optimización" solo favorece a los grandes beneficiarios de la traducción económica del esfuerzo ajeno que convierte una pequeña parte en "estímulos" para que haya una dinámica que presione sobre las personas que asegure que nadie está satisfecho, palabra tabú en este sistema ya que implica, como en el Fausto de Goethe, detenerse y por ello la muerte del sistema.
En España ha entrado esta fiebre —verdadera enfermedad métrica— de forma explosiva, ya que de ella viven muchas personas e instituciones. Es además —y es importante— una forma de poder y de control del campo. Es un sistema que vigila y castiga, en la mejor tradición teórica foucaultiana. Mientras en Estados Unidos comienzan a señalar los estragos que esto causa, aquí lo consideramos un gran avance porque nos permite camuflar como "ciencia objetiva" lo que no son más valores y juicios numerizados. Es poder que se ejerce directa e indirectamente. Los márgenes definen si estás dentro o fuera y la penalización o el premio consiguiente. Si no quieres correr en esta carrera absurda, el sistema te sanciona igualmente. Es el poder de la normalización, esta vez en el sentido de las acciones. La "anormalidad" es pronto detectada y eliminada.


Como me dijo hace tiempo una profesora española que enseña en los Estados Unidos desde hace muchos años, España ha desarrollado lo peor de los dos mundos, lo peor del sistema americano y del europeo: un sistema que pretende ser competitivo con una burocracia infame. Competir no tiene como fin la mejora del sistema (que sería un criterio que habría que definir en valores) sino el control de los recursos (es decir, una forma combinada de reducción general y reparto selectivo). Con ello el sistema educativo se ha convertido en una jungla en la que escasea el alimento. Que sobreviva el que pueda. No es la mejor escuela educativa, desde luego. La moralidad es la misma que la existente en un avión caído sobre los Andes. Y estos son los valores que directa o indirectamente está extendiendo (reproduciendo) el sistema educativo.


Como siempre, nuestros burócratas educativos y tiburones de la excelencia —una combinación explosiva— se han hecho con el control de sistema que garantiza la ignorancia suficiente, definida por el recorte del gasto, y la excelencia rentable, definida por la inversión selectiva. Con ello hemos puesto la educación —y todo lo demás— en manos de un sistema productivo salvaje —copiando sus malas maneras— que no quiere formar personas sino personal y que este tenga el know-how suficiente para no pifiarla dentro de la cadena de trabajo.
Tras nuestra conversación trasatlántica, me fijé en la  reseña de un libro reciente, The End of Average, reseñado en The New York Times, por Abigail Zuger. El libro ha sido escrito por Todd Rose, un académico de la Facultad de Educación de la Universidad de Harvard, que incide en estas cuestiones. 

Todd Rose es además cofundador del Center for Individual Opportunity, cuya autodescripción señala: "At the Center for Individual Opportunity, we are committed to solving this problem. Leveraging powerful new insights from the science of the individual, we are working to change public mindset and transform our social institutions in ways that will nurture potential, expand talent, and ensure the promise of opportunity in modern society." Expresado de esta manera, parece que el lenguaje de la excelencia ya lo impregna todo.
Señala Zuger en la introducción de su reseña de la obra:

All of us want to be normal, yet none of us want to be average.
We march through life measuring ourselves on one scale after another, from developmental markers through standardized tests and employment evaluations, cardiac risk and bone density scores. Not to mention the ready-made clothes that never fit anyone quite right.
Does it have to be that way? Must the tyranny of the group rule us from cradle to grave? Absolutely not, says Todd Rose in a subversive and readable introduction to what has been called the new science of the individual.*


Que tengamos que llamar, tras unos miles de años de civilización, a un cuerpo de conocimientos "nuevas ciencias de lo individual" no deja de ser una paradoja, especialmente cuando la retórica del Sistema insiste tanto en el fracaso histórico del "colectivismo" y otros bonitos discursos. La batallas ideológicas, a estas alturas del siglo XXI, parece que solo han servido para decidir quién dirige la fábrica y cómo establecer el sueldo de los directivos, algo que suelen decidir los propios directivos. Hay una colectividad que surge de la ideología igualitaria y otra, la que padecemos hoy, que surge de la mentalidad fabril y de la eficiencia, es decir, de las cadenas de montaje, con su cronometría y análisis de los resultados.
Los que sospechan que el mundo está regido por las grandes corporaciones se quedan cortos. No es una cuestión de despachos en la sombra, sino de mentalidades extendidas por todas las capas del sistema social, de la sanidad a la educación.
La reflexión sobre la educación se hace imprescindible dado el nivel de despersonalización que está atacando al sistema educativo, controlado por una burocracia de hierro que ha creado un sistema de vigilancia y control, de puntuaciones, evaluaciones, etc. que lo está haciendo realmente asfixiante para todo aquel que no comparte estos principios de selección y formación.


Es una mecánica deshumanizada. Desgraciadamente se está imponiendo entre nosotros con efectos devastadores sobre la formación y el modelo de persona que se produce.
La petición de unas ciencias de la individualidad puede parecer una frivolidad y quizá esté impregnada de la misma filosofía "cientifista" que pretende evitar. Puede que ya no haya otra forma de relacionarse más que a través de una "disciplina" que nos divida en observadores y observados, en investigadores y objeto de estudio. Nadie se libra, pues el sistema genera observadores para los observadores, que también se ajustan a los mismos procedimientos. Si son eficaces para los otros, también lo serán para ellos.

De esta forma el sistema deja de tener sentido y simplemente se ajusta a las cifras establecidas. Es un sistema que tiende a desarrollar mecanismos contantes de medición para que esas cifras que representan a las personas sean más ajustadas a los fines que se busca cumplir, es decir, la eficiencia en cualquiera de los campos.
En el mundo educativo este planteamiento supone un verdadero cáncer que se va haciendo con el conjunto del sistema. La educación es el máximo sistema reproductivo social. Da forma a las personas. Si las élites ya no son críticas con el sistema sino su perfecta consagración, el sistema se condena a avanzar ciegamente, convencido de su propia eficacia. Y las élites del sistema hace mucho que ya no lo son sino su perfecta imagen especular. El propio sistema se encarga de eliminar a los críticos y hace ascender por sus escalinatas de la excelencia a los que mejor cumplen los requisitos. La única opción es tratar de ignorarlo, algo cada vez más difícil por la presión brutal, por la exigencia continua y la amenaza constante.
Señala en su reseña Abigail Zuger:

One suspects that humans have always informally compared themselves with one another. Dr. Rose lays the blame for our modern obsession directly at the feet of Adolphe Quetelet, a 19th-century Belgian mathematician. Quetelet was an early data cruncher, the first to apply statistical tools to large groups of people.
Among his accomplishments was devising the body mass index, a ratio of weight to height that we still use to decide if people are too big or small. For him, the average was the optimal; normal was the best thing any human could ever possibly be.
Not so for one of his intellectual heirs, Francis Galton of Britain, who agreed that averages were excellent tools for understanding individuals. Ultimately, though, he came to the conclusion that the average defined not the optimal but simply the mediocre, a mark to be measured only so that it could be surpassed.
These two incompatible concepts of the norm have endured, a permanent tension defining an era Dr. Rose calls “The Age of Average,” populated by “averagerians” (a term coined in 1864) who rely on group averages to understand individuals and predict individual performance.*


En ocasiones se busca en los márgenes; en ocasiones se hace en el centro. Pero el principio es el mismo: el reduccionismo de la persona para que entre en las variables aplicadas. La selección conforme a la posición
La ideología triunfante es finalmente la de la maquina ciega que sigue su programa indefinidamente, refinándose en cada vuelta de tuerca, detectando cada vez mejor quienes son los obstáculos en su camino y eliminándolos. Todo muy eficaz. Quizá más que ciencias de la individualidad (Foucault diría que se trata de constituir un saber que controle de nuevo), lo que habría que tratar de recuperar es el sentido mismo de la persona y de su valor como tal. Mientras la pensemos como algo al servicio de un fin extraño a sí mismo y fijado exteriormente, siempre se convertirá en objeto de manipulación.


Como personas, nos formamos en una relación con los otros. No somos islas, decía el poeta; somos un punto de equilibrio entre el yo y el nosotros. Si se limita el yo en sus posibilidades y el nosotros es jungla competitiva, la sociedad cae por el peso de su propio egoísmo. Las crisis que vivimos confirman que, sin ese equilibrio, vemos a los demás como peligros, obstáculos en nuestro camino. Llamarle "nuestro" es quizá una ironía, pues realmente somos empujados a él mediante distintos recursos, muchos de ellos muy sutiles, otros más burdos.
De todas las corrientes de pensamiento que han surgido de la Ilustración hasta hoy, hemos elegido como triunfadora, por su uso apabullante, la que proviene de las máquinas, haciendo que las personas se comporten como tales. 
Las propias instituciones educativas deberían plantarse estas cuestiones si es que queda en ellas la capacidad de hacerlo. De no ser así, el sistema expulsará aquello de donde pueda surgir su corrección haciendo imposible el cambio. Nos condenamos a tener cada vez menores márgenes para que esa "individualidad", convertida en materia de estudio alternativo, pueda sobrevivir a la maquinaria diseñada.
A unos no les importa; otros no se dan cuenta. Alguna voz discordante puede resonar en el camino, pero no es más que un pequeño ruido que es pronto reparado.




* "Review: In ‘The End of Average,’ Cheers for Individual Complexity" The New York Times 22/02/2016 http://www.nytimes.com/2016/02/23/science/book-review-the-end-of-average-todd-rose.html



miércoles, 8 de enero de 2014

Cultura, educación y utilidad o elogio del diletante

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Seguimos pensando que la "cultura" es algo que se compra en los supermercados. Los más avispados consideran que se debe vender en otros lugares más adecuados, pero pocos dudan que se deba vender. La cultura es algo sujeto al mercado, nos dicen y repiten. Los que atacaban las subvenciones siempre usaban el argumento de que el mercado no quería esos productos porque eran "malos"; que a cuatro pejigueras les apeteciera no significaba que fueran "buenos", solo significaba que les gustaba a ellos, unos sibaritas con el dinero de todos. Ese era el argumento, el mercado: lo "bueno" es lo que gusta a muchos; lo "aburrido" lo que gusta a unos pocos. "La cultura no tiene que ser aburrida", dicen. Y se aplica entonces —de la Filosofía a la Matemática pasando por la medicina—  la fórmula mágica, el entretenimiento.
Probablemente no haya término más complejo que el de "cultura", complejo hasta la desesperación pues se aplica al continente y al contenido. a lo estático y a lo dinámico, al hecho de transmitir y a lo transmitido, a lo popular y a lo minoritario. Repásese lo que quiere decir en múltiples expresiones cotidianas y veremos que es una palabra de una gran complejidad.

El corresponsal parisino del diario El País nos presenta la obra del profesor italiano Nuccio Ordine, autor del texto "La utilidad de lo inútil" que, nos dice, «ha preferido usar la palabra para embestir contra la ignorancia promovida desde las instituciones y advertir de sus efectos a la ciudadanía. Si dejamos que nos roben el legado de nuestros antepasados y que se mutile el conocimiento, avisa, no es que dejemos de ser personas cultivadas: es que las generaciones futuras dejarán de ser personas en sentido estricto.»* No sé si se deja de ser "persona", otra palabra compleja, pero sí creo que seremos de otra manera.
La alusión al "embestir" recoge el incidente producido hace unos días cuando Attilio Maggiulli, director de un pequeño teatro parisino la Ópera Italiana, decidió incrustar su coche contra la valla del Elíseo como señal de protesta contra la política cultural francesa. Quizá se sentía un poco Quijote arremetiendo contra los molinos. Como consecuencia, Maggiulli pasó por las dos instituciones afectadas por el caso: la comisaría y el psiquiátrico.


Hace unos días traíamos aquí la advertencia de Nietzsche: nuestra educación busca que seamos egoístas más inteligentes. Nietzsche no tenía buena opinión de los utilitaristas ni de los tenderos. Hoy dirigen el mundo. Su concepción era más aristocrática y no creo que tuviera muchas esperanzas de que la sociedad fuera a mejor en este sentido. Su unidad de medida era más el individuo que el grupo, que siempre implica resistencia igualitaria.

El periodista de El País nos resume las ideas de Nuccio Ordine:

La tesis central del libro puede ser resumida en la idea de que la literatura, la filosofía y otros saberes humanísticos y científicos no son inútiles, como cabría deducir de su progresivo destierro en los planes educativos y presupuestos ministeriales, sino imprescindibles. “El hecho de ser inmunes [dichos saberes] a toda aspiración al beneficio” constituye, según el autor, “una forma de resistencia a los egoísmos del presente, un antídoto contra la barbarie de lo útil, que ha llegado incluso a corromper nuestras relaciones sociales y nuestros afectos más íntimos”.
[...]
 “El utilitarismo ha invadido espacios en los que no debería haber penetrado nunca, como las instituciones educativas”, denuncia el profesor calabrés. Y advierte: “Cuando se recorta el presupuesto para las universidades, las escuelas, los teatros, las investigaciones arqueológicas, las bibliotecas… se está cercenando la excelencia de un país y eliminando cualquier posibilidad de formar a toda una generación”.*

Ordine introduce el "egoísmo del presente" como si este no hubiera existido en el pasado. Nietzsche explicaba que el ser humano había descubierto su egoísmo y —lo esencial— no le importaba. Me parece que es en esa indiferencia de actitud donde radica la clave.


Creo que Ordine parte de un error: las instituciones educativas siempre han sido "utilitaristas" en un sentido u otro, tanto en la vía laica como en la religiosa, en la laboral como en la intelectual, la educación es dar forma para una sociedad en mente. La educación, de los gremios a los príncipes, siempre se ha diseñado,  impartido y recibido para algo. No creo que haya existido una educación sin finalidad. Y solo asumiendo eso es posible corregirla o mejorarla. La cuestión económica —recortes o no— es de otro orden. No puede decirse que las universidades más ricas del planeta sean universidades sin sentido de la utilidad, muy al contrario. Piénsese simplemente en las más prestigiosas y caras universidades de los Estados Unidos o Europa, por ejemplo, y en su papel en la formación de las élites. Se ha enseñado lo que era útil para unos fines u otros, para la piedad o para los negocios. Ni los estudios clásicos se escaparon de esto.

Los únicos que podían permitirse una "educación inútil" eran los que tenían asegurado su sustento, que se dedicaban, como diletantes —palabra que habría que recuperar y librarla de sus connotaciones negativas—, al cultivo placentero de las artes o las ciencias. "Diletante" es una palabra que viene del italiano y tiene la misma raíz que "deleitarse". Es el que practica algún tipo de arte como "aficionado", no de forma profesional. Especialmente se relacionaba con la música, con tocar algún instrumento por el simple deleite de hacerlo, no para ganarse la vida, en cuyo caso se entraba en un  profesional que merecía otro tratamiento. Los matices peyorativos que se acumularon son precisamente frente a la busca de rentabilidad del profesional, que se esmera en sus interpretaciones para conseguir un mejor estatus mientras que el diletante lo hace para aumentar su deleite, su placer.
Algunos de los grandes escritores del siglo XVIII y principios del XIX no se consideraban —ni querían serlo— "profesionales", sino "diletantes", personas que disfrutaban escribiendo. No pretendían ganarse la vida con la escritura, como otros de sus contemporáneos, sino hacerla más llevadera, darle sentido con un deleite diferente a otros placeres mundanos. 
Hoy, salvo casos muy extraños, la cultura se ha profesionalizado e industrializado, dos procesos que entonces comenzaron a extenderse con la creación de públicos y mercados más extensos que los anteriores, muy reducidos. El factor esencial para ello fue la educación. Los movimientos pedagógicos extendieron el alcance de las escuelas creando públicos letrados más amplios que a su vez presentaron nuevas demandas de cultura. La novela, por ejemplo, se vio beneficiada por esta nueva demanda popular, en detrimento de una cultura más clásica que había despreciado el género. Así comenzaron los primeros bestsellers y las críticas de los autores "elitistas" —como Goethe— que creían que el mundo se estaba "americanizando", es decir, un pueblo nuevo, sin pasado ni herencia cultural, que pretendía guiarse por sus propias decisiones del momento, algo que les parecía absurdo desde una tradición que hacía a la Historia "maestra de la vida". Quizá la perspectiva que los elitistas atisbaron no iba tan desencaminada en el sentido del entierro de la tradición cultural en beneficio de un presente manejado por el aquí y el ahora del beneficio presente.


Hoy nuestras instituciones educativas, con el beneplácito de todos —docentes y autoridades—, se han convertido en gozosas entidades competitivas que ofrecen sin pudor listas de lo alto y lejos que llegan sus alumnos, del número de citas que acumulan sus profesores, subvenciones, premios, etc., como garantías de utilidad. Y los alumnos —o sus padres—  las escogen por eso. Deles algo que no sea "útil" y se darán de baja instantáneamente.

Hasta los "humanistas" luchan con uñas y dientes entre ellos; también los filósofos disputan por proyectos y subvenciones. Es el mundo que hemos hecho y al servicio del que se ha puesto el sistema educativo. Si no cambiamos nuestros objetivos sociales y personales, difícilmente se moverán las instituciones que creamos para lograrlos. En eso tenía mucha razón Nietzsche. Debería empezar a importarnos ser tan egoístas.
Decir que la educación debe quedar fuera de estos juegos de mercado es ingenuo si está en el seno mismo del mercado, actuando como puro mercado. Sin embargo es en ella, en la educación, donde queda la esperanza de que el cambio se pueda producir porque la educación es el motor de los cambios, donde se siembran las ilusiones y esperanzas de que se puede cambiar. La sembrar la esperanza de cambio ya es un cambio. Después ya es tarde.
El artículo se cierra con una reflexión sobre los fines:

La utilidad de lo inútil no es sólo un argumentario contra la deriva del utilitarismo o el “satánico comercio” (Baudelaire): es también un manual para superar lo que el autor del libro llama “el invierno de la conciencia” y para recordar, con Montaigne, que “es el gozar, no el poseer, lo que nos hace felices”.


"Poseer", "gozar", "felicidad"..., todas ellas palabras para meditar toda una vida y discernir qué sentido tienen para nosotros, que es lo que nos hará diferentes. Vivir es aprender a dar verdadero sentido a las palabras, más allá de los sentidos de la tribu. Es aprender que hay muchas maneras de ser feliz, de gozar o de poseer. Y eso se puede aprender al principio —desde y a través de la educación— o al final, desprendiéndose de ella.
No creo que la cultura sea "inútil". Lo que creo es que hay que redefinir la "utilidad". Es lo que va del "esteticismo" al reformismo ilustrado.


* "La cultura es inútil, afortunadamente" El País 8/01/2014 http://cultura.elpais.com/cultura/2014/01/07/actualidad/1389123019_008453.html