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miércoles, 20 de agosto de 2025

La España de los reproches

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Mientras España arde los políticos buscan la forma de responsabilizar al otro en juegos sobre este país multinivel que hemos construido y que va de Europa al más pequeño pueblecito semiabandonado (o completamente abandonado) en cualquier zona del territorio. En este amplio espacio dividido y jerarquizado, España se debate entre echar balones fuera de unos y la exigencia de acciones reales, de sentido común o técnicas.

Los fuegos no salen de nuestras primeras planas, ya sea por superar tristes récords, por muertos y heridos o por el cabreo de los ciudadanos que ven destruido lo que les rodeaba, posesiones y una vida de recuerdos, que reviven la sordera ante sus avisos.

En RTVE.es nos dan un titular de la quinta entrega de la serie "España se quema", de Daniel Rivas desde Sanabria (Zamora), ""¡Se me quema la casa!": el grito de los frustrados vecinos del Parque Natural de Sanabria que "nadie cuida""*.

Hemos pasado de las autoridades a los técnicos y, especialmente, al pueblo que sufre estos incendios y que ya pide cabezas de los que no les atendieron, de los que no hicieron caso de las advertencias:

El cielo es naranja y flotan virutas de ceniza. El viento aparece, remueve el polvo del suelo y, sin dar más explicaciones, se ausenta. Él y el calor van a marcar la supervivencia de las poblaciones. Censi, la hija de Elena, califica el incendio de "predecible".

En su opinión, los ganaderos ya avisaban este domingo de la evolución de las llamas de un fuego cercano y sus consecuencias si se acercaba a los núcleos de población. "Conocen el monte mejor que nadie, pero ninguna autoridad les pregunta por su opinión". Cristian y su familia tienen caballos en la zona y, hace dos días, los bajó al río para rodearlos de agua e intentar salvarles. Desde entonces, ayuda a otros ganaderos a poner a resguardo a sus animales.

"Estamos muy enfadados", recoge Censi. Y explica que en su localidad hay tractores y, si alguien les hubiera coordinado, hubieran podido hacer cortafuegos: "Antes los incendios los apagábamos todos juntos, ahora no nos dejan".* 

Las quejas de este tipo se multiplican en todas partes: no se ha hecho caso a los que conocían la zona, a los que advertían de lo que podía ocurrir.

La conversión de los montes en zonas "controladas", donde "control" significa que nadie puede tocarlas y, a la vez, que quedan a expensas del abandono, una muy mala forma de entender la naturaleza y su protección.

La idea ahorrativa de una naturaleza que se cuida a sí misma y de la que hay que mantener alejados a los seres humanos, se encuentra con la terrible constatación que eso que algunos llaman "protección" no es más que "abandono". Una naturaleza sin control es una naturaleza abocada su destrucción a la más mínima incidencia o, como sucede ahora, a la "tormenta perfecta" de todas las coincidencias: olas de calor, vientos fortísimos, grandes cantidades de lluvia en las estaciones anteriores, etc. Un rayo, una chispa, un incendiario... hacen el resto.

Ese "antes los incendios los apagábamos todos juntos, ahora no nos dejan" con que se cierra los párrafos del texto citado está lleno de una queja muy común: que nadie escucha a los que viven allí, que ya sea por la lentitud burocrática, por el desconocimiento de muchos de los que ocupan desde la política responsabilidades en la prevención de catástrofes, por la mala gestión de recursos o por la contratación temporal mínima al periodo de incendios del personal-

La paradoja es que cuanto más se controla la naturaleza más graves son las consecuencias. Quizá deberíamos revisar los dos conceptos, el de "vigilancia" y el de "naturaleza" para ver dónde nos estamos equivocando porque es seguro que lo estamos haciendo a la vista de los resultados.

Hay que desechar un concepto naif y romántico de la "sabia naturaleza" pensando que quizá es precisamente el origen, que dejar a su aire el crecimiento es un error y que lo que llamamos "proteger" tiene un efecto contrario, el de la acumulación de elementos peligrosos de difícil control.

Quizá habría que revisar a la vez la idea de "vigilancia" y centrarnos en la "prevención", que es mucho más un concepto "activo" que exige más tiempo, todo el año, y no solo algo que se aplica en el periodo veraniego.

Como se hartan de repetir, "los incendios se previenen en invierno", que es cuando se desarrollan los problemas. Hay que empezar a pensar que cada árbol, cada bosque, cada zona protegida o no, es causa de incendio si no se controla cuando se puede.

Hoy, que aplicamos tecnologías de última generación a la mayor tontería, podemos aplicarla a la prevención de muchas maneras, comprendiendo su funcionamiento y midiendo los grados de peligro y probabilidad. Podemos saber qué debemos cortar o recortar ante la posibilidad que chispa o rayo hagan de las suyas.

En la España vaciada hay que vigilar lo que no queda tan vacío como se pensaba. Declarar "patrimonio" enormes zonas no significa dejarlas a su suerte, sino justamente lo contrario, una mayor responsabilidad.

Los destrozos están dejando una España calcinada en lo que es tomado de una forma fatalista: los incendios ocurren el verano. Pero los veranos, cuando los pueblos atraen a sus fiestas, tenemos esos otros invitados. El fatalismo viene de la falta de prevención, es decir, de inversión y buena gestión técnica de los recursos.

Me gustaría que se convocaran más congresos, grupos de investigación, ediciones científicas, para proponer soluciones, formas de estudio, análisis de las circunstancias, etc. Me gustaría que se escuchara a la gente que tiene experiencias de cómo se controlaban anteriormente estos desastres.

Me gustaría que los incendios fueran una emergencia que dejara de un lado laos reproches entre unos y otros, que fuera un factor de unión para evitar que este desastre, que afecta a los ciudadanos de cualquier  color político, no se volviera a producir. Sería una señal de responsabilidad que muchos desean ver. No es lo que estamos viendo. 

 

* Daniel Rivas  "¡Se me quema la casa!": el grito de los frustrados vecinos del Parque Natural de Sanabria que "nadie cuida" RTVE.es 19/08/2025 https://www.rtve.es/noticias/20250819/incendio-forestal-sanabria-frustracion-vecinos-nadie-cuida-arda/16700349.shtml

sábado, 21 de mayo de 2016

No es de Disney, pero sí es una película

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Fue hace muchos, muchos años. Un niño se metió dentro del recinto de los osos en un zoológico de los Estados Unidos con la intención de abrazarlo al igual que probablemente lo hacía con su peluche. Evidentemente nadie regala peluches de niños a los osos y el animal no entendió el gesto del niño, que falleció como consecuencia de aquel malentendido. Recuerdo haberlo leído de manos del ilustre semiólogo Umberto Eco, que era el más apropiado para explicar cómo nuestra civilización ha perdido la perspectiva de lo que es la amistad y el amor universales extendiéndola más allá de donde la saben apreciar.
La cuestión se plantea periódicamente cuando algunas personas confunden la visión de los animales que nos transmite los diferentes tipos de discursos que se ocupan de ellos, que se han ido ampliando. Con motivo del estreno de la nueva versión de El libro de la selva, repasamos la vieja versión de Zoltan Korda. En la nueva película de Disney, el único ser real es el niño que encarna magistralmente a Mowgli. Todos los animales son digitales, expresivos y parlanchines, es más, de un comunicativo que abruma.
En la vieja y estupenda versión de Korda, con Sabú, todos los animales son reales y no habla ninguno, con la excepción de la serpiente, que tiene licencia bíblica para hacerlo por aquello de la seducción. Todos los demás son animales a los que —incluso a los más amigables— no se le ocurriría a uno abrazar, achuchar o cantarles algo.


Si alineamos las tres versiones, nos muestran cierta evolución hacia la personalización completa. Una etapa realista, una etapa intermedia de bajo grado de iconicidad —diría un semiólogo— con el dibujo, que es menos realista, y finalmente el intento de crear animales realistas con personalidad y características humanas. En esta tercera versión, pues, se pretende llegar al realismo de la primera con la humanización de la segunda. Incluso es probable —es una especulación— que se renunciara a hacerla "musical", como la de dibujos, por ser incompatible con el realismo de los animales digitalizados. Con que todos los animales hablaran ya parecía demasiado.


Todo esto, de una forma u otra y ya avisaba Eco, está cambiando nuestra concepción de la "otredad" de la Naturaleza, algo que ha ido ocurriendo progresivamente en los tiempos. Las viejas fábulas hacían hablar a los animales, pero no por ello a la gente le daba por conversar con zorros, cuervos o leones, aunque lo hicieran entre ellos o con algún viajero ocasional, como nos cuentan Esopo, La Fontaine o Samaniego. Las fábulas no tenían, evidentemente, pretensión de realismo, todo lo más de realismo moral. El imposible malentendido lo evitaba el lenguaje con las expresiones colaterales: "astuto como un zorro", etc. que dejaba claro que se trataba de transmitir las enseñanzas a través de un universo conocido. No conozco ningún caso en el que ocurriera algo similar a lo del niño que se metió en el zoológico a abrazar el oso.
Pero los nuevos tiempos tecnológicos permiten ampliar el malentendido. The Washington Post nos trae un reportaje, con el título "People love watching nature on nest cams — until it gets grisly"*, en el que se nos cuentan las nuevas relaciones que los medios posibilitan con la naturaleza y nuestra reacción de observadores:

The osprey cam at the Woods Hole Oceanographic Institution is trained on a nest near the Massachusetts seaside, and the pair that call it home are now waiting for three eggs to hatch. But for the first spring in a decade, the camera is dark, and a note on the institute’s website offers only a two-sentence explanation.
“Regrettably, the cam will not be operating this season due to the increasingly aggressive actions of certain viewers the last two years,” it begins. 
That is a staid reference to cam fans whose emotions about the nest morphed into vitriol — and fighting words. When the osprey mother began neglecting and attacking her chicks in 2014, anxiety exploded among some viewers, as did demands that the institution intervene to save the baby birds. When the same thing happened in 2015, the public passions took a more personal turn.
“It is absolutely disgusting that you will not take those chicks away from that demented witch of a parent!!!!!” one viewer emailed to Jeffrey Brodeur, the communications specialist who ran the camera. Another wrote: “I realize this is nature, but once you put up a cam to view into their worlds it is no longer nature. You have a responsibility to help n save when in need.”*


La agresividad de la gente ante la no intervención en la naturaleza es extensible a muchas otras situaciones. La elección de dejar apagadas las cámaras ante el "espectáculo" natural es una forma de defensa ante estas complejas reacciones de angustia primero e irritación después causadas por las imágenes realistas.
Tenemos las personas que reaccionan con violencia ante el espectáculo de la crueldad y decimos que no entienden el funcionamiento de la naturaleza y esa idea de la "no intervención". Sin embargo, yo me mostraría quizá más preocupado por los que disfruten de esa amoralidad natural. Los primeros, al menos, tienen la capacidad de la compasión aunque sea hacia los animales. En ocasiones, esta también cae en una extraña indiferencia ante lo humano y una fascinación emocional con la naturaleza. El hombre es un lobo para el hombre y el lobo es un animal de compañía.
Mientras la naturaleza era agresión continuada, peligro constante, la marcábamos de una manera. Hoy tenemos acceso a parcelas a través de los medios que nos permiten la identificación. Podemos recorrer el mundo a lomos de una gaviota o vivir la vida cotidiana de las hormigas o conejos en sus respectivas casas. Puedo elegir entre el reality humano de las Kardashian o Gran Hermano o el reality natural de conejos, leones o águilas en sus nidos. La función de estos realities es la misma: recortar nuestra vida insulsa con otra más interesante a la que nos adscribimos emocionalmente.

La reacción del último párrafo es interesante y está en el centro del problema: una vez que pones una cámara, eres responsable. El principio tiene muchas consecuencias en este y otros campos. ¿Cuántas imágenes terribles se nos muestran para recaudar fondos? Se nos dice que podemos cambiar el destino de esas personas (o de ballenas, leones...) mediante nuestra acción. Pero después están estos otros casos: ¿para qué mirar si no se puede cambiar el destino? Cuando no sabíamos, podíamos vivir indiferentes, pero ¿ahora, qué estado es el correcto: la aceptación, la indiferencia?
Si el mundo se nos ha vuelto "aldea", como decía con acierto McLuhan, se comprueba en estas reacciones emocionales ante lo que antes era desconocido y ahora es "próximo mediatizado". Con esta idea quiero expresar que muchas veces ignoramos o no nos importa lo que tenemos a cien metros mientras que mantenemos unos vínculos emocionales intensos con los elementos más distantes gracias a los medios. El mundo se nos ha hecho pequeño no solo por los trenes y aviones, que nos permiten darle la vuelta cuando queramos, sino por la proximidad que los medios procuran. Esta proximidad es altamente emocional. Por decirlo directamente: nos resulta más intenso emocionalmente el contacto mediado que el directo. Lloramos  con más intensidad ante una pantalla que ante la realidad misma; la representación, el signo, es más intenso que la realidad misma.

Ese efecto lo consigue también el propio lenguaje y su retórica y era el oficio del poeta, emocionarnos al contar a través de la palabra. Hoy esa emoción se consigue mediante las comunicaciones mediadas y su capacidad de producir emociones. Empezamos a llorar en el siglo XVIII y no hemos parado desde entonces. La novela sentimental, burguesa o lacrimógena abrió la espita del llanto. Como decía Goethe en las primeras páginas del Werther, no neguemos nuestras lágrimas a los nuevos héroes.
Goethe fue responsable, en gran medida, de la sentimentalización de Naturaleza al establecer las intensas correspondencias emocionales entre el joven sufriente y el mundo rural que le rodeaba que se convertía en eco de su hijo predilecto. Con ellos, con los románticos, el mundo se veía a través del sentimiento, es decir, de las emociones ante montañas, valles, flores, árboles, etc. a los que dotaban de una fuerza especial y de un papel en la vida de quienes los contemplaban. Ya no había distancia en la mirada, solo intensidad emocional creciente, signo de la bondad de corazón.


Los medios nuevos nos sitúan en el centro de muchas cosas, de muchos espacios y situaciones que vivimos desde dentro, provocando sentimientos intensos y confusos, en muchas ocasiones:

The Woods Hole experience isn’t unusual, and it’s the reason most nest cam operators publish policies on when they’ll intervene. One Montana osprey cam reminds viewers that it “is not a Disney movie.” The Cornell Lab of Ornithology, which views its many cams as key tools to recruit new bird-lovers, occasionally puts a warning on the screen when things get gruesome, along with a little context, said Charles Eldermire, who manages the cams.
“It’s like watching ‘Game of Thrones.’ You know somebody is going to die, but you don’t know who or how or why. You know one possibility is someone’s not going to die,” Eldermire said.
But, he added: “For people that want us to intervene, all they’re focused on is, ‘We watched this egg get laid, we watched it hatch, and we didn’t come here to watch it die.’”


Primero: ¿qué es un "bird-lover"? ¿Un observador distante e indiferente? Su mirada no es "científica", sino lo contrario; el término no engaña "lover". Se le busca y estimula en su capacidad de amar y ese amor no es —como ninguno— racional sino emocional.
Segundo: es interesante que aunque se diga que no es una película de Disney (it “is not a Disney movie.”) no por ello se dejen de establecer las analogías con el medio audiovisual. Se nos pide que no se vea "a la Disney", sino "a la Game of Thrones". El problema, por lo que parece, es el género, un problema sobre cómo leer esas imágenes, un problema de recepción, por decirlo así. Los documentales, por ejemplo, tampoco respetan las distancias del género, sino que buscan el contacto emocional poniendo nombre a lobos, osos o jabalíes. Nadie quiere ser distante porque eso no gusta a un público que busca emocionarse, sentirse del lado bueno de la naturaleza. Puede que seamos los reyes de la naturaleza, pero nos gusta vernos como monarcas bondadosos que cuidamos de nuestros súbditos.

La cuestión se complica cuando ya hay una generación de narrativa a la carta, es decir, que puede interactuar con las ficciones dirigiéndolas en un sentido o en otro. Si se vota qué nombre ponerle al recién nacido del Zoo, ¿por qué no se puede votar si se salva el huevo o se le retira la custodia a mamá águila? Si se movilizó a la gente al grito épico de "salvemos a las ballenas", ¿por qué no se puede salvar un huevo, una cría, un animal herido...? No se puede pedir a la gente que sea "bird-lover" y luego presentarle el mundo de los "angry-birds".

El problema es que nunca se puede tener todo. La naturaleza no es espectáculo, pero nosotros la hemos convertido en uno. Sin un mediador que regule los sentimientos de quien contempla el espectáculo, el choque es brutal, irresistible. En una película se puede recurrir a múltiples formas de sublimación de la violencia, de la elipsis en adelante. ¿Pero cómo evitar el horror del directo y sin posibilidad de cortes y con un guión desconocido?
Está muy bien que los naturalistas tengan un código ético de no intervención en los asuntos de la naturaleza. Pero para los espectadores es inasumible. 
Hiperexcitados por el flujo sentimental de los discursos de todo tipo (ficciones, publicidad, política...) en los que se les pide que se impliquen, no pueden mantener la distancia ante unas imágenes que les traen un mundo que nunca ven de forma directa sino mediada. No pueden olvidar que esos mismos medios nos enseñan a mirar de una determinada manera, como lo hicieron pintores y poetas cuando tenía la exclusiva en la descripción sentimental del mundo. Puede que lo que nos muestran las cámara no sea una película de Disney, pero no deja de ser un discurso fílmico, otro tipo de película que el espectador consume desde su aprendizaje acumulado ante una pantalla, ante las páginas de periódicos o novelas. En mitad de la naturaleza no esperamos que llegue un salvador en los últimos segundos, pero ante una pantalla , mantenemos esa esperanza emocional, por absurdo que parezca. Esperamos que el débil derrote al fuerte, que el bien triunfe. Pero la naturaleza no sabe nada de la justicia poética ni de la moralidad ni ha leído La genealogía de la moral.
Se nos pide un amor indiferente y eso es imposible. El problema viene del concepto mismo: ¿qué significa "amar" la naturaleza? En sí mismo es absurdo porque es lo más antinatural. El comportamiento de la naturaleza es amoral y quererla es un riesgo. El niño que abrazó al oso no llegó a entenderlo nunca; los que asisten a las crueldades en directo no deberían verlo si las consideran "crueldades"; y los que ponen las cámaras lo saben, pero no por ello dejan de sacarle su fruto.


Hace unos días, la BBC reproducía, en su sección Earth, un vídeo con el título "Chimps filmed grieving for dead friend". Mostraba las respuestas de los chimpancés ante la muerte de un compañero. La imágenes eran muy "emotivas" tanto por lo que veíamos allí como por la melancólica música de piano que las acompañaba. Veíamos a los chimpances rodear al muerto y reaccionar ante él de distintas formas, incluso limpiándole los dientes. Cada pocos segundos, unos carteles redefinían nuestras emociones con el lenguaje mediador. Finalmente todos veíamos allí un espectáculo de dolor muy "humano", un funeral. Nos habíamos imaginado a aquellos chimpances en un funeral. Pero eso es una suposición nuestra. Quizá era porque no comprendían lo que ocurría y por eso seguían realizando acciones como limpiarle los dientes al muerto. Pero nosotros podíamos ver y sentir lo contrario, la limpieza de un cadáver, algún tipo de ritual.

No podemos dejar de sentir cuando vemos. Y cada vez vemos más cosas gracias a la posibilidad de acercarnos a lo que antes permanecía oculto o simplemente no nos interesaba. Hoy hay interesados para todo y todo nos emociona. Somos la civilización de la mediación empática, exprimidos como limones en el llanto, incitados a la indignación con las guindillas visuales, seducidos con la armonía del movimiento y la palabra de la serpiente digital que hipnotizó a Mowgli.



* "People love watching nature on nest cams — until it gets grisly" The Washington Post 19/05/2016 https://www.washingtonpost.com/news/animalia/wp/2016/05/19/when-nest-cams-get-gruesome-some-viewers-cant-take-it/

** "Chimps filmed grieving for dead friend" BBC-Earth 17(05/2016 http://www.bbc.com/earth/story/20160517-chimps-grieve-for-dead-friend


martes, 12 de enero de 2016

El error correcto

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Me ha resultado muy gratificante leer en The Washington Post el artículo titulado "Startling new finding: 600 million years ago, a biological mishap changed everything", firmado por la reportera Sarah Kaplan. Me ha gustado su comienzo, su forma de presentarnos lo que va a llegar:

If life is effectively an endless series of photocopies, as DNA is transcribed and passed on from one being to the next, then evolution is the high-stakes game of waiting for the copier to get it wrong.
Too wrong, and you’ll live burdened by a maladaptive mutation or genetic disorder. Worse, you might never live at all.
But if the flaw is wrong in exactly the right way, the incredible can happen: disease resistance, sharper eyesight, swifter feet, big brains, better beaks for Darwin’s finches.*

La idea del "error" o "fallo" correcto me parece algo más que una bonita figura retórica que se ajusta más a aquella versión que se sigue dando de la "supervivencia del más fuerte". La realidad es que ser el más fuerte no es garantía de nada porque existe un azaroso juego, incontrolable, en el que lo que te beneficia un día puede ser tu perdición al siguiente si cambian las circunstancias. Esta idea es muy poderosa y obliga a pensar en términos distintos a los habituales, ponderar más las ideas de flexibilidad que las de fuerza.


Pero el artículo nos habla del descubrimiento de cómo uno de esos errores correctos posibilitó el surgimiento de los organismos pluricelulares, el gran salto de las células aisladas a su agrupación beneficiosa.

[Ken] Prehoda and his colleagues began to look into what genes could be responsible for allowing the choanoflagellates to work together.
“We were expecting many genes to be involved, working together in certain ways, because [the jump to multi-cellularity] seems like a really difficult thing to do,” he said.
But it turned out that only one was needed: A single mutation that repurposed a certain type of protein. Instead of working as enzymes (proteins that facilitate reactions inside the cell) the proteins were now what’s known as an interaction domain. They could communicate with and bind to other proteins, a useful skill for cells that have decided to trade the rugged individualist life for the collaboration of a group. In the wild world of pre-complex life, this development was orders of magnitude better than Twitter for getting organisms organized. Every example of cells collaborating that has arisen since — from the trilobites of 500 million years ago to the dinosaurs, woolly mammoths and you — probably relied on it or some other similar mutation.
That protein domain is now present in all animal genomes and their close unicellular relatives, according to a University of Oregon release. It’s probably wiggling around in you right now, helping your various cells keep in touch.*


La sorpresa, como suele ocurrir en la Ciencia, es que las cosas son más sencillas de lo que esperamos. Lo que se esperaba muy complejo, resulta ser el efecto del cambio en un solo gen. Pero era el error correcto, el que siguió adelante.

“It was a shock,” co-author Ken Prehoda, a biochemist at the University of Oregon, told The Washington Post. “If you asked anyone on our team if they thought one mutation was going to be responsible for this, they would have said it doesn’t seem possible.”*


La sencillez siempre está presente como economía. Eso ya lo observó Darwin, que había leído a Malthus. La naturaleza evita el despilfarro; lo más sencillo es lo que cuesta menos. La complejidad va emergiendo desde la sencillez gracias a esta reunión que un solo gen modificado posibilita.
Entre tanto despilfarro de energía, en todos los sentidos de la palabra, nos siguen sorprendiendo las sencillas soluciones que la naturaleza encuentra para economizar sus recursos. Muchas de ellas se encuentran más en la cooperación que en la lucha; más en la agrupación que en el individuo. 
En su página curricular de la Universidad de Oregon, el profesor Kenneth Prehoda, coautor del trabajo señalado, resume así en qué consiste su campo de investigación:

Research in the Prehoda lab focuses on the biochemical processes that allow cells to respond to changes in their environment. Environmental cues, or “signals”, pass across a cell’s plasma membrane and initiate a molecular program that associates a signal with an appropriate response.


"Señales", "códigos", "programas", "respuestas"... es el mundo de la Información en sus bases más elementales. La vida implica configurarse ante el entorno para seguir viviendo, tanto en sus niveles más básicos, los celulares de los que se ocupa el profesor Pehoda, como en los emergentes, más complejos. Pasamos así de los errores correctos, un mecanismo ciego, al intento de anticiparnos a lo que puede ser nuestro escenario futuro, en el que la corrección es ya apuesta. Es pasar del desafío celular para responder a los cambios de su entorno a nuestras reuniones internacionales sobre el cambio climático.
En mitad del terrible choque que supone leer las noticias de la locura del mundo en que vivimos, de las noticias de guerras, conflictos, campañas, disputas, actos sociales, etc. que son el reflejo muchas de ellas de la incapacidad de encontrar soluciones, es gratificante encontrarse con noticias como está, que más allá de lo descubierto, confirma el principio de la sencillez natural. La naturaleza, en cambio, no tiene que buscar soluciones brillantes y definitivas; le basta con aprovechar los errores correctos.


* "Startling new finding: 600 million years ago, a biological mishap changed everything" The Washington Post 11/01/2016 https://www.washingtonpost.com/news/morning-mix/wp/2016/01/11/startling-new-discovery-600-million-years-ago-a-single-biological-mistake-changed-everything/?hpid=hp_hp-more-top-stories_mm-evolution-1250pm%3Ahomepage%2Fstory