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martes, 16 de febrero de 2021

Carta de la familia a su oveja negra

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)



Ayer comentábamos los efectos de la tiranía popular, de la vigilancia sobre la discrepancia en la sociedad egipcia. Al autoritarismo gubernamental se le sumaba una forma más invasiva de vigilancia y sanción, el peso de las familias, de los conocidos o de cualquier otra instancia que se considera responsable de "corregirte", de sacarte del mal camino primero y de señalarte con el dedo después, en el caso que no haya enmienda y rectificación pública en muchas ocasiones.

Hoy estos mecanismos de intimidación social se ven reforzados con la sobre exposición mediática, que abre nuevos canales de presión debidos a su omnipresencia en la vida social. Esta exposición constante es usada como un mecanismo de persecución intensiva, de señalamiento en todo momento creando un estigma de aquellos que intentan de forma imposible la vida autónoma.



Estas pocas décadas de vida en los escenarios cibernéticos nos lo han demostrado con creces. Nadie está a salvo. Si pretendes aislarte, será tu familia —algún miembro— quien introduzca esa exposición hasta llegar al centro, el sujeto discordante.

Es precisamente esta discordancia la que ha quedado reflejada en la situación de los parlamentarios norteamericanos, senadores y diputados, en los jueces, en los gobiernos de los estados, etc. Los que se han atrevido a manifestarse contra Donald Trump, ya sea rechazando sus propuestas y amenazas o pidiendo su impeachment, se ven ahora señalados por el dedo autoritario que les declara "traidores" siguiendo las instrucciones del propio Trump que los definió así o como "débiles", convirtiendo en héroes a los asaltantes al Capitolio, episodio que ha quedado definido como "terrorismo doméstico", desde el otro punto de vista.

Anteriormente nos fueron llegando informaciones sobre legisladores insultados en sus recorridos por los aeropuertos o en cualquier espacio público. La gente, sencillamente, los increpaba, les lanzaba insultos.

Pero aquellos eran desconocidos. La CNN nos habla ya de estas situaciones en el seno de las familias:

 

Eleven members of Republican Rep. Adam Kinzinger's family sent him a vitriolic letter accusing him of being a member of the "devil's army" in light of his criticism of then-President Donald Trump after the January 6 insurrection, The New York Times reported Monday.

"Oh my, what a disappointment you are to us and to God!" they wrote to the Illinois Republican, according to a copy of the letter obtained by the paper, rebuking his "horrible, rude accusations of President Trump."

"It is now most embarrassing to us that we are related to you," they continued in the letter, which was dated January 8, after Kinzinger called for the 25th Amendment to be used to remove Trump from office. "You have embarrassed the Kinzinger family name!"

Kinzinger was one of 10 Republicans who later joined all House Democrats in voting to impeach Trump last month for "incitement of insurrection" in light of his role in encouraging the riot at the US Capitol.

The Illinois Republican told CNN's David Axelrod during an episode of "The Axe Files" podcast released last month that he is willing to lose his seat over his vote to impeach Trump.

"I did it knowing full well it could very well be terminal to my career," Kinzinger said of his vote at the time. "But I also knew that I couldn't live with myself having, you know, try to just protect it and just felt like the one time I was called to do a really tough duty, I didn't do it."*



La situación no es muy diferente a la que veíamos ayer por parte del integrismo islamista. Lo primero que me vino a la mente fueron los versos de la vieja y siempre actual canción de Bob Dylan "With God in our Side". Una descripción poética del uso de Dios para reafirmar la verdad de nuestras posiciones, justificar la violencia y satanizar al otro: "...With guns in their hands/ And God on their side..."

Es el mismo sentido de la frase de reprobación de la carta enviada: "Oh my, what a disappointment you are to us and to God!" Con Dios de su lado, todos los demás están en el lado del diablo, alejados de Dios... y de ellos.



El viejo sentido orwelliano del poder, el simple "porque puedo hacerlo, porque no necesita justificación", se nos muestra en otra dimensión del integrismo: "porque Dios lo quiere". Frente a la falta de explicación de las dictaduras burocráticas, a su sentido kafkiano (¿qué otra cosa es El Castillo que la "no-acusación", solo el castigo?), la dictadura social necesita, por el contrario, de la segregación justificada en ese "nosotros y Dios", reafirmando la distancia. Se reafirma así la comunidad con entidad castigadora, pero siempre en el nombre de lo que refuerza, la creencia.

Hace tiempo que algunos analistas dan cuenta de las encuestas en las que se muestra la radicalización religiosa en los Estados Unidos, el avance de los grupos integristas, que han logrado dar un giro a sus congregaciones convirtiéndolas en unidades electorales. Hace pocos días veíamos aquí la violencia dirigida contra la vicepresidenta Kamala Harris por parte de importantes pastores baptistas calificándola como una "Jezabel", un nombre con muchas connotaciones religiosas y racistas, lanzando el aviso sobre que una enfermedad o fallecimiento de Joe Biden pondría en el poder a una "mujer depravada", una hija del diablo. Los analistas avisaban de la incitación a la violencia que esto suponía repetido en los sermones dominicales de los baptistas por el Sur de los Estados Unidos.



Hay un punto que está uniendo las formas autoritarias de los países avanzados y los más atrasados: es el fanatismo religioso, importante arma para la unificación comunal, justificación de la observación de la ortodoxia en el grupo y la estigmatización de los que están fuera por sus propias acciones o porque nunca han pertenecido a la congregación política.

No hay mucha diferencia táctica entre los islamistas excluyentes y  los baptistas excluyentes. Sus argumentos "divinos" son los mismos: "Dios está de su lado". McLuhan habló de la tribalización recobrada gracias a la nueva oralidad de los medios electrónicos. El púlpito era el medio de comunicación principal en el mundo anterior a la imprenta. Hoy los púlpitos son electrónicos y tenemos a telepredicadores de todos los colores, webs de carácter integrista como los que mencionábamos ayer para ejercer presión sobre las familias e intensificar el control sobre las niñas ensenándolas "modestia" virtuosa a mayor gloria de Dios y, sobre todo, de sus familias, que son admiradas como buenas creyentes en la pasarela de la exhibición de la virtud pública. El fariseísmo triunfa en el mundo gracias a las miradas múltiples que las redes producen. Hay que ser mejor que el resto en esa no oficial competición por la admiración de los nuevos virtuosos mediáticos. La virtud mediática es farisaica y exacerba los rasgos perceptibles y transmisibles por el propio canal usado. Actitudes, apariencias, etc. deben ser mostradas y transmitidas.

Lo contrario tiene sus riesgos, como podemos apreciar. Votar contra Trump ¿es pecaminoso, una perversión? ¿Cómo es posible convertir a un crápula millonario, mentiroso, vanidoso, ególatra, lleno de escándalos sexuales y denunciado por acosador, presentador de concursos de belleza... en un enviado divino? Pero ahí lo tenemos, convertido es una especie de santo mártir ante los ojos asombrados del mundo que no acaba de entender el proceso.



Todas estas comunidades y sus dirigentes han llegado a un pragmatismo ciego. No perciben aquello que les resulta negativo y se centran tan solo en aquello que refuerza sus propios mensajes. Trump les da una fachada —recordemos su foro famosa con la Biblia en la mano— y, por infantil que nos parezca, funciona. No es tanto por el propio Trump que por los líderes de las comunidades que lo utilizan para reforzar su control intermedio. Los líderes, como veíamos en otro día con los ataques a Kamala Harris, se refuerzan precisamente comprometiendo la voluntad de sus fieles en la unidad de lucha, dándoles la excusa para mantener su racismo "honorable", su americanidad "heroica". Sí, Dios debe estar de su lado. Dios quiere, como decía Dylan en su canción, que tengan armas, que conquisten el mundo y que maten a todos los que están en el otro lado, el diabólico. Amén.



La familia de Adam Kizinger ha dejado fuera a su oveja negra.  La carta comienza con un frío "Adam", sin un "querido" o un "apreciado". Votar contra Trump les ha creado un conflicto marcándolos ante los ojos de la comunidad, tal como veíamos ayer con las niñas egipcias que no se tapaban con un pañuelo el cabello o las que lo llevaban demasiado corto o demasiado largo o... lo que sea. Son límites, fronteras entre los mundos iluminados y los oscuros.

Kizinger ha hecho lo que le ha dictado su conciencia, algo que no se permite allí donde se busca una conciencia colectiva, alienada. No le importa su carrera política, que da por perdida. Le importa la honestidad, dice, tener que vivir con ello todo su vida. En las antípodas, el senador Mitch McConnell que tras votar "not guilty" sale diciendo que Trump es el responsable de todo. ¿Qué salvó McConnell con su incongruencia? No está claro porque necesitaríamos saber cuáles son "realmente" sus valores y no los que exhibe públicamente. 

Es posible que el resultado de la votación hubiera sido muy distinto si el voto fuera secreto, pero no es el caso. No tiene mucho sentido especular con ello. Son las reglas de un juego que busca precisamente vivir ante la comunidad con las decisiones que se han tomado. La visibilidad de los votos refuerza la disciplina porque el riego por la exposición es muy grande, como están comprobando los disidentes por conciencia. La individualidad se paga.

Kizinger tendrá que vivir con la carga de su honestidad y los otros con su hipocresía. Pero se puede vivir muy bien siendo hipócrita; es rentable, te quieren y te sonríen. Se vive tranquilo dando a la gente lo que espera de ti.

 


* Caroline Kelly "New York Times: House Republican shunned by family members over Trump criticism" CNN 16/02/2021 https://edition.cnn.com/2021/02/15/politics/kinzinger-impeachment-family-letter/index.html

sábado, 21 de septiembre de 2013

Las miradas

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Nada nos condiciona más que el sabernos observados. Hay personalidades —las histriónicas— que viven en un escenario en el que necesitan ser admirados o compadecidos. A estos, la mirada ajena les da vida pues sin ella no son más que marionetas inertes; su vida solo adquiere sentido bajo la mirada de los otros, mirada que reclaman incesantemente con todo tipo de argucias. Sin embargo, eso es lo que define su naturaleza enfermiza, la necesidad patológica de ser mirados.
En el otro extremo está el que necesita mirar, la personalidad del voyeur, que se alimenta a través de los ojos, desde la distancia discreta que le mantiene seguro. El voyeur necesita mirar y sueña con la invisibilidad como gran don que le permitiría satisfacer sus deseos de introducirse en la intimidad de los otros sin ser descubierto. Hay voyerismo pactado, en el que mira y el que es mirado acuerdan sus puestos, públicamente o en la intimidad. La esencia es la mirada que explora impunemente la intimidad desde la seguridad escondida.
Hay una tercera forma mucho más destructiva de la mirada porque su alcance es social y que comparte rasgos con las anteriores. Es la observación social, la vigilancia. En este caso, amparándose en la ley o en la costumbre, la mirada se convierte en vigilante social, en garantía de que nadie va a contravenir las reglas impuestas sobre la comunidad.


Esa mirada vigilante posee rasgos de las dos anteriores, de histrionismo y voyerismo. Se vincula con el histrionismo porque la autoridad que la persona ejerce sobre las otras se traduce en signos que todos han de observar en ambos sentido: observar como "cumplir" y observar como atención dedicada a quien la ejerce. En ellos se concentra la autoridad misma, que es acción y especialmente representación. Por eso se busca la sanción pública, la ejemplaridad,  a la que se suma, en ocasiones, el placer que le produce a quien la ejecuta el saberse contemplado en el ejercicio de la autoridad. No se busca la corrección discreta, sino que el castigo o la denuncia se llenan de teatralidad, que es la base de esta forma de histrionismo.
Con la vigilancia se satisface también el deseo voyerista de observación, puesto que el vigilante se siente obligado por una causa noble que le sirve de excusa para dedicarse a la labor de inspección y control de los demás. Su mirada sobre los otros se justifica por ese deseo de proteger a la comunidad. El vigilante quiere observar y ser observado obteniendo su satisfacción doble en el acto de vigilancia, una forma de ejercer el poder entendido como control social, como una licencia para entrar en la vida y comportamiento de los demás.


El avance de las políticas y prácticas islamistas, allí donde han logrado el poder tras las revoluciones árabes, ha provocado conflictos que han sido más dañinos que los causados por las penurias económicas. Desde Occidente, en donde la mayoría de los países han logrado liberarse de esas formas de observación y control social, no valoramos suficientemente algo que no es consustancial de las religiones sino de las formas en que introducimos en ellas nuestras propias patologías y deseos de poder, convirtiéndolas en instrumentos al servicio de nuestros deseos oscuros.
El revuelo causado por las palabras del papa Francisco, dichas con toda naturalidad en un avión, "Quién soy yo para juzgar?", contrastan con la obsesión juzgadora de muchos de sus feligreses a lo largo de la Historia, y es ampliable a la totalidad de las religiones reveladas, que marcan un camino determinado, en contraste con las filosofías orientales que, por el contrario, impulsan al ser humano a buscar uno propio, un tao acorde con las necesidades del propio sujeto. Mientras unas se basan en el cumplimiento de la ley dada, las otras se basan en la búsqueda del individuo de su propia ley interna capaz de armonizar con la del propio mundo.
En una de mis conversaciones sobre lo divino y lo humano con mis alumnos chinos, una de ellas me dijo: "Profe, ustedes creen que ser humano es malo, mientras que nosotros creemos que es bueno". Los alumnos vienen al mundo para que los profesores aprendamos algo. Se encierra ahí, en esas palabras, gran parte del problema y de la justificación de la vigilancia, que van de la familia o la escuela a las complejidades de los Estados convertidos en garantes de la ortodoxia.


Aunque hayamos separado las leyes divinas de las humanas —allí donde se ha podido— en su origen son las mismas: las normas dadas para evitar que se produzcan las caídas que la naturaleza negativa o pecadora del ser humano hacen inevitables.
Gran parte de la lucha que vemos tras las revoluciones de la Primavera árabe y que han llevado a la salida de los islamistas del gobierno en Egipto —y de las revueltas que llevaban el mismo camino en Túnez— tienen que ver con esto, con esa unidad y precedencia de la Ley divina frente a las leyes humanas. El debate sobre la Sharia en Egipto o Túnez no es otro que éste.
En un reportaje de la BBC —que comentamos este verano—se hacía un extraordinario relato de cómo una población entera quedaba en manos de un quiosquero salafista que se había convertido en la autoridad central de toda la vida del pueblo. Por él pasaba desde la mujer que no se comportaba "como debía", el que vendía drogas, el que bebía cerveza, etc. Toda la vida quedaba expuesta a su control. Cuando le preguntaban sobre sus relaciones con las autoridades locales y si él se identificaba como "salafista" decía algo importante: "No importa quién manda; lo importante es la Ley". La "ley", por supuesto, era su propia interpretación del alcance de los principios coránicos, fuera de los cuales se extiende un mundo caótico sin salvación, un mundo asocial puesto que la ley se identifica con la sociedad misma que queda regulada. La Ley regula la vida social y la sociedad se define por el cumplimiento de la Ley.

En estos últimos años he tenido ocasión de ver los dramas callados de personas que viven bajo la vigilancia constante de los guardianes de la Ley. Junto a las discusiones de los legisladores en los parlamentos tunecinos o egipcios, se encuentra una sociedad en la que esos debates se convierten en la agresión de la sanción, de señalamiento con el dedo por parte de los trasgresores, a los que se les niega la posibilidad de salir de una ley en la que no creen, interpretan de otra forma o no consideran que nadie esté en condiciones de exigir a los demás pues forma parte de sus propias creencias.
Los guardianes son papeles sociales que ejercen aquellos que velan en la base de la sociedad porque nadie se disgregue o se distancie del núcleo de la ley porque ese sería el principio de su disolución. El gran debate en estas sociedades se da en encontrar la distancia justa entre lo que es la creencia, mediante la que las personas siguen sus propias inclinaciones y deseos en su camino, y su conversión en regla general de cumplimiento obligado mediante diferentes mecanismos, de la sanción legal al rechazo social.
Los dramas que he visto son los que se producen en una sociedades en las que conviven en un mismo espacio y tiempo, un mismo cronotopo, mentalidades de épocas distintas, con visiones distintas sobre el funcionamiento del mundo. Si el debate fuera exclusivamente legal, sería sencillo. Pero la historia de estos países ha demostrado que las vías deben ser otras si lo que se quiere es garantizar la convivencia y la preservación de la autonomía e individualidad de la persona frente a una concepción conjunta, la visión de la sociedad como un agregado regido por formas de pensar que han de ser reproducidas mediante todos los mecanismos disponibles.


La evolución de las culturas hacia formas más abiertas, favorecida por un aumento de los conocimientos sobre el mundo y de la mejor comprensión de los mecanismos sociales, se ve frenada por las resistencias de aquellos que entienden que se debilita su poder. La nuevas formas de conocimiento intercultural y los avances de nuestros mecanismos de explicación desde la Sociología, la Antropología o las diversas ciencias sociales han hecho que ya no sea tan fácil el control. Por eso los vigilantes necesitan la ignorancia disfrazada de educación, en sentido amplio, para mantener esos mecanismos. "Convertís la ignorancia en religión y la religión en ignorancia", dice el filósofo Averroes, el protagonista de la película del gran director egipcio Yusef Chahine, Al Massir (El destino).
Hoy son muchos los que se enfrentan a sus propios condicionamientos, resultado de la tradición en la que se encuentran inmersos, y a la presión social para mantenerla. En un mismo país, en una casa, en una misma mente, en ocasiones, conviven visiones dramáticamente distintas, escindidas entre un deseo de felicidad que se ve frustrado y el cumplimiento de una vida frustrada por las imposiciones en las que no se cree. El resultado son personas infelices y órdenes represivos, autoritarios e hipócritas.
La mirada vigilante se convierte en algo esencial para el mantenimiento de ese orden que se derrumba y que se resiste a perder el poder de hacerse ver en su rol central de control de todo lo que gira obligatoriamente a su alrededor. No hay más orden que el suyo ni más autoridad posible.
Pequeños gestos cotidianos se convierte en abismos gigantescos a cuyo borde llegan personas que, venciendo sus miedos, intentan saltar al otro lado en el que les espera una liberación que anhelan. Muchos se dan la vuelta porque el temor a ser señalados como distintos, como prófugos de la comunidad, les aterroriza y acaban viviendo su propia hipocresía defensiva. Otros saltan al otro lado, pero no encuentran la felicidad soñada sino que se han de enfrentar al sentimiento de culpa que se les ha inculcado a lo largo de su vida. Finalmente están los que consiguen dar ese paso que, cuando se giran, les hace exclamar: "¡Solo era esto!". Descubren entonces que no hay peor barrera que el miedo y comprenden que esas mirada soberbias que les dirigían, que esos dedos que les apuntaban, no tienen sobre ellos más poder que el que se les concede.


Por eso el ejemplo de las personas que dan esos pasos es importante; muestran a otros el camino para liberarse de esa sanción de la mirada que no admite cambio o divergencia. Los llamamos pioneros cuando antes los hemos llamado anteriormente locos, herejes o delincuentes.

Los seres humanos vivimos en un precario equilibrio entre nuestros deseos individuales, nuestra forma de aspiración a la felicidad, y las imposiciones de reglas externas que nos condicionan el comportamiento. Cuando la divergencia es muy grande, se vive un infierno terrenal, un infierno convertido en tribunal de jueces ostentosos e histriónicos, felices por perseguirnos implacablemente con las normas que les fortalecen cada vez que las aplican.