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viernes, 19 de julio de 2013

Dos portadas

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La revista Rolling Stone ha despertado la indignación de muchas personas al dedicarle su portada a Dzhokhar Tsarnaev, el terroristas superviviente del ataque a la Maratón de Boston. La portada es un espacio especial en una revista y muchos han pensado que no era el lugar adecuado para que una beatífica imagen del terrorista se luciera. Les parece a muchos que es una ofensa a las personas que fallecieron, a los heridos y a sus familiares, en general, a la misma ciudad de Boston.
No discute nadie que se difunda información, cuantos reportajes o artículos se quieran dedicar a analizar, describir o interpretar el suceso. Todos los hicieron y no supuso ningún problema. Pero las portadas son otra cosa: un espacio relevante, en muchas ocasiones honorífico, desde el que se saluda al mundo, visible en todos los kioscos, en  los espacios públicos.
La autoridades de la ciudad de Boston han sido muy claras, según recoge la BBC:

Boston Mayor Thomas Menino said on Wednesday the Rolling Stone was "ill-conceived, at best, and reaffirms a terrible message that destruction gains fame for killers and their 'causes'".
Boston City Council President Stephen Murphy said the cover was "disgusting".
"Rolling Stone has marketed Tsarnaev as a hero, a misunderstood teen, a product of two incompatible cultures," he said in a statement.*


El "efecto portada" es grande y peligroso. Supone ceder el protagonismo. Desde la portada, se reinterpreta el contenido del artículo. Sí juzgamos los libros por la portada, a pesar de lo que señale el dicho popular. Y la revista Rolling Stone ha sido juzgada por su decisión de la portada y, desde ahí, en una condena en cadena. ¿Injusto? Puede que sí, pero no estamos hablando aquí de "justicia", sino de componentes emocionales. La gente no tiene la "obligación" de ser "justa". Simplemente se manifiesta en su rotundidad emocional, todavía sacudida por el impacto de las muertes, heridas y amputaciones.
Las declaraciones de condena se suceden. Y se recogen de comercios, supermercados, farmacias, etc. —todos los lugares en los que la prensa se exhibe y vende en los Estados Unidos— que no quieren tener en sus estantes y mostradores la portada con un Dzhokhar Tsarnaev, que algunos ya han señalado que les recuerda una antigua portada dedicada a un icono pop, Jim Morrison", el carismático cantante de The Doors: "Some likened the picture of the suspect, which he posted online himself, to an old Rolling Stone cover featuring Jim Morrison, lead singer of The Doors."*


Acabo de visitar la página de la revista en Facebook y le han colocado una contraportada con la imagen de Sean Collier, el agente de policía que murió en Boston y que fue objeto de múltiples homenajes. La fotografía nos muestra el rostro del policía, sin más detalles, bajo el logotipo clásico de Rolling Stone. Pronto ha sido reenviada miles de veces. Es la forma de decirle a Rolling Stone que las portadas se deben dedicar a otras personas.
Nick Bryant, el corresponsal de la BBC en Nueva York, en su análisis de la noticia, señala:

Had this picture appeared on the front cover of a news magazine, like Time or Newsweek, there would not have been a social media backlash. Indeed, the same portrait featured prominently on the front page of the New York Times in May without controversy. Rolling Stone is different because it's done so much over the decades to shape American popular and celebrity culture.*

Rolling Stone es una revista que durante décadas ha mantenido una tradición icónica con sus portadas, dedicadas a miembros relevantes de la música, el cine o la cultura. Hoy ha pagado esa tradición de "celebridades" en sus portadas. No era el lugar para Dzhokhar Tsarnaev, al que no quieren recordar sino olvidar. Sin embargo, no es la primera vez que la revista le dedica su portada a un asesino: lo hizo en su número 61, en 1970, con la portada dedicada a Charles Manson. Su título fue "A Special Report: Charles Manson. The incredible story of the most dangerous man alive". Aunque hoy la revista ha utilizado la palabra "monster" en la portada, parece no haber sido suficiente. La mirada inquietante de Manson no es la del "delicado" adolescente Tsarnaev.


La revista Boston, cuando se produjeron los atentados, realizó una hermosa portada dedicada a la ciudad en pleno, mostrando la unión con las víctimas y de todos los ciudadanos. Mostraba un gran corazón realizado con zapatillas usadas de deporte. En el centro, una frase sin ningún tipo de estridencia tipográfica: "We will finished the race. The stories behind these shoes begin on page 70". Es difícil decir más con menos. La tentación de las fotos truculentas está siempre presente, pero unos ceden a ella y otros no. La revista Time, por ejemplo, ilustró su portada con la fotografía de un niño asustado, con sangre en la cabeza, en manos de un agente de polícía. También una decisión discutible.

Quizá ha sido un error estratégico llevar a la portada de la revista la fotografía de un terrorista. La comunicación no es nunca fría y analítica y menos cuando se conjugan en ella la muerte y el terror, el dolor y el rechazo. No tiene sentido plantearse la cuestión desde la información, sino desde la emoción. El efecto llamativo que buscaban producir con la portada —usando la misma foto con la que el terrorista se mostraba en la red— se ha vuelto contra la publicación. Puede que las razones en contra que se esgriman sean excesivas, radicales, insultantes, pasionales, etc.; ninguna justifica el error de cálculo. El mejor o peor periodismo que hayan realizado con su reportaje se verá oscurecido por la portada, de la que seguro que ya se han arrepentido, aunque tengan que defenderla a capa y espada. La relevancia de una información se puede explicar, incluso justificar; pero una portada es siempre una elección.
Ellos tenían el derecho a hacerlo, sin duda. También el de "equivocarse". El error comunicativo es distinto del informativo. Puede que su material sea valioso, pero no es eso lo que la gente les discute, sino la forma y la oportunidad. Comunicar es siempre algo entre dos.

* "Rolling Stone defends Boston bomb suspect cover" BBC http://www.bbc.co.uk/news/world-us-canada-23351317







domingo, 5 de mayo de 2013

Cuerpos

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
En la magnífica película que recoge la vida de Temple Grandin, la mujer autista que consiguió llegar a catedrática de veterinaria en los Estados Unidos, cambiando la visión que se tenía del autismo y de sus posibilidades de romper las barreras que supone, hay varios momentos en los que se enfrenta a la muerte. Tocando los cuerpos inertes de los animales sacrificados, pregunta angustiada: «¿Dónde están? Antes estaban aquí y ya no están.» Los cuerpos quedan vacíos, sin vida, inánimes. Sea lo que sea, el cuerpo muerto ya no es el cuerpo vivo.
Recogen los medios los problemas que encuentra el propietario de la funeraria que se ha hecho cargo de los restos de Tamerlan Tsarnaev, el autor del atentado de Boston, ante la negativa de los cementerios de la zona para que sea enterrado allí:

Peter Stefan, propietario de la funeraria, afirma que recurrirá a la ayuda del Gobierno si no logra encontrar pronto un lugar de descanso para Tsarnaev. «Todo el mundo merece un entierro, no importa de quién se trate», dijo Stefan en una entrevista telefónica el pasado viernes. Stefan asegura que ha sido objeto de duras críticas por su decisión de aceptar el cuerpo de Tsarnaev, y que está preparado para las protestas frente a su negocio, la funeraria Graham, Putnam y Mahoney.*


Stefan defiende algo más que su negocio. Defiende el derecho a ser enterrado. El no permitir el enterramiento no es una medida de lo que haya hecho, sino de lo que nosotros somos capaces de hacer. No afecta al criminal, sino a nosotros mismos, a nuestra propia humanidad. Él no va a ser peor: nosotros, sí. La respuesta al terrorismo no es la intransigencia.
Denegar el enterramiento es una forma de castigo que escapa del castigo de la Ley. Ya no es Justicia. Solo las sociedades más crueles han negado el derecho a ser enterrado. Solo los criminales más desalmados —muertos sin alma— niegan el derecho al enterramiento. La portada de La Razón de hoy nos muestra una imagen de la madre de Marta del Castillo, la mujer que lucha junto a su familia para poder recuperar el cuerpo de su hija asesinada por desalmados que suman al crimen en sí la tortura que añaden a la familia negándose a señalar dónde está el cadáver. "El mejor regalo sería el cadáver de mi hija", titula el diario en su portada, extraña frase en el Día de la Madre, pero que todos comprendemos. Todo el mundo entiende el dolor de la familia, un dolor que la sociedad ha hecho suyo compartiéndolo. Todos acompañarán a los restos de Marta del Castillo, todos se alegrarán por su familia, porque esa tortura infame haya acabado.


No será eso lo que ocurra en el entierro de los restos del que fue autor de un cruel atentado. Pero debe ser enterrado; sin honores, en soledad, pero enterrado. Los ciudadanos que rechazan el entierro de Tamerlan Tsarnaev se deshumanizan e incumplen un pacto ancestral de los vivos con los muertos, con los que ya no están, como decía Temple Grandin. El derecho a ser enterrado no es un derecho individual, sino colectivo, es de todos porque ya no hay individualidad, solo la materialidad del cadáver, volvemos a ser barro, tierra. El entierro no es un acto espiritual, sino profundamente terrenal: polvo al polvo. La espiritualidad está en nosotros, los vivos. Desear el mal más allá de la muerte es irracional y nos pervierte; es venganza.
El propietario de la funeraria ha orientado de forma clara su defensa del enterramiento:

Stefan quiere cambiar la mentalidad de los responsables de los cementerios con los que ha hablado, y que no ha identificado. El dueño de la funeraria que guarda el cadáver de Tamerlan Tsarnaev se compara con los médicos que lo trataron antes de su fallecimiento y los abogados que defenderán a su hermano menor, Dzhokhar. Stefan espera encontrar pronto un lugar para el enterramiento. «Esta situación se ha alargado demasiado en el tiempo», afirma.*


No es fácil reprimir la ira y el dolor, pero nuestro sentido de lo justo debe estar por encima de muchas cosas, de los deseos más oscuros. El enterramiento no afecta a los muertos, sino a los vivos, a sus familias, que son quienes los han de enterrar. Katherine Russell, la esposa americana de Tamerlan Tsarnaev, se ha negado a reclamar los restos del que fuera su esposo; no hay mayor ruptura o distanciamiento. Lo ha hecho la familia, que ahora busca un pedazo de tierra en el que enterrar los restos.
A la familia de Marta del Castillo se le niega cruelmente el derecho a enterrar los restos de su hija; a la familia Tsarnaev se le niega la tierra en donde enterrar los de su hijo. Marta fue una víctima inocente; Tsarnaev un asesino. Sus vidas son incomparables y las diferencias están claras en cómo los recordamos. Las diferencias entre ambas vidas son claras y están en los que acompañan a las familias. Hoy "todos somos Marta" y nadie es Tamerlan Tsarnaev.
Pero la tierra nos ha de acoger a todos.


* "El cuerpo de Tamerlan Tsarnaev no tiene cementerio donde ser enterrado" ABC 04/05/2013 http://www.abc.es/internacional/20130504/abci-tamerlan-tsarnaev-cementerios-201305041652.html
** portada La Razón 5/05/2013




jueves, 25 de abril de 2013

Preguntas sobre el odio

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Los investigadores y los medios de comunicación con ellos de devanan los sesos intentando explicarse por qué los dos jóvenes chechenos, los autores del atentando de Boston, actuaron como actuaron, por qué devolvieron con odio un historial de ayudas sociales, becas, oportunidades ofrecidas, etc. Casi nunca se aclara demasiado. Las explicaciones, finalmente, no suelen ser más que una cadena de tópicos que constituyen nuestra intento de ponernos en la mente de alguien que no comprendemos.
Intentar encontrar explicaciones al odio no suele ser sencillo porque su función precisamente es la de deformar la percepción, cambiar los valores que nos hacen filtrar las situaciones, a los demás y a nosotros mismos. Buscamos los motivos que llevan al odio y, sin embargo, suele ser el odio el que engendra la motivación amplificándola y dándole coherencia para justificar el acto. No nos encontramos ante situaciones racionales, sino justo ante lo contrario. Pedimos racionalidad donde no hay sino una combinación anómala de motivos distorsionados por la lectura de la propia situación, una conjunción de motivos externos que se utilizan para ajustar los internos.


El diario El Mundo recoge esta necesidad de comprensión que todos albergamos, la que nos hace preguntarnos sobre los motivos y causas:

La investigación se centra ahora en encontrar pistas sobre la radicalización de los hermanos y qué contactos tuvieron en Boston y en Daguestán y Chechenia, donde Tamerlan pasó más de seis meses el año pasado.

Un tío asegura que su sobrino se convirtió en fanático por culpa de un amigo armenio que "le lavó el cerebro". "Quiero subrayar lo del origen armenio... Empezó ahí", dijo a la prensa el parlanchín Ruslan Tsarni.
Watertown, la pequeña ciudad a 14 kilómetros de Boston donde se dirigieron los hermanos en su fuga, tiene la tercera comunidad armenia más grande del país. La ciudad alberga el mayor museo sobre la historia armenia de Norteamérica.*



La extraña combinación entre chechenos —que dicen que solo son enemigos de los rusos—, de musulmanes —que los hermanos dicen defender—, ahora de armenios —que tienen como foco de su odio a los turcos— y de causas personales por determinar configuran un laberinto motivacional que el propio sujeto no tiene porqué comprender. No siempre los motivos se pueden explicar de forma clara. Lo que está "claro" en la mente, puede dejar de estarlo cuando se trata de convertir en palabras, cuando se intenta que otro lo comprenda.

Los interrogadores aseguran que el estadounidense de origen checheno explicó que asesinó a un niño de 8 años y a dos veinteañeras e hirió a casi 300 personas para defender el Islam. Dzhojar dijo que su religión está permanentemente "amenazada" y los yihadistas tienen que "luchar" para contraatacar. El chico citó las guerras de Afganistán e Irak, según varias fuentes de la investigación.
La obsesión con la invasión de Estados Unidos de estos dos países concuerda con la conversación que tuvo Dzhojar al día siguiente del atentado, en su Universidad de Dartmouth, a una hora y media de Boston. Zach Bettencourt, de 20 años, se encontró por la noche con su compañero en el gimnasio e hizo una referencia al atentado, que era lo más comentado en el campus. Dzhojar no se alteró y, según el estudiante, dijo: "Estas cosas pasan en otros países, en Irak o en Afganistán. Tragedias como ésta pasan todo el tiempo. Y es triste".*



¿Qué es triste? ¿Que ocurran? Hablaba de ello como si fuera un testigo, no el causante, como si se hubiera enterado por la prensa. ¿Cinismo hipócrita, disimulo? La dislocación de la mente, su capacidad de pensar desde esquinas opuestas, de tener el odio para matar y apenarse por las muertes que se causan es una de esas cosas que no llegamos a entender o que consideramos falsas. Los detalles que vayan saliendo a la luz, incluidos los que aporte con su testimonio, irán componiendo un retrato irregular de motivaciones y frustraciones, de distorsiones en el tiempo, de auto justificaciones.
The New York Times, como otros medios, busca igualmente qué hace "distinto" a alguien por los pequeños detalles de su vida virtual, a través de sus perfiles en las redes sociales:

The younger brother, Dzhokhar, in particular, seemed utterly immersed in American pop culture, and concerned with the sorts of things that preoccupy many young men — girls (“miss u.s.a. is so sexy”) and good times (“I am the best beer pong player in Cambridge. I am the #truth”). In fact, much of his Twitter feed is distinctive only in its ordinariness — ordinariness that stands in such startling contrast to the horror of what happened last week in Boston.
There are lots of references to musicians like Chris Brown, Jay-Z and Michael Jackson; television shows like “Breaking Bad” and “Game of Thrones,” and movies like “Spider-Man” and “Finding Nemo.” He prattles away about Nutella and Frosted Flakes, complains about typos and losing his remote. “Pop-up adds are the worst, on par with mosquitoes,” he tweets on June 17, 2012.**

¿Cuál es el salto que hay que dar para pasar de "Buscando a Nemo" a poner una bomba que destruya vidas, de llenar una olla de clavos y bolas de rodamientos? Quizá, en su mente, no haya tanta y el mundo sea para él mar abierto lleno de peligros, una agresión constante. 


La relación entre los hermanos añade un componente más en la construcción del odio, multiplica la dificultad de su comprensión. A las preguntas de la radicalización de Tamerlan, se unen las de la transmisión a Dzhokhar, personalidad distinta formada en la relación con el hermano. La prensa se pregunta igualmente por el proceso de "lavado de cerebro" de la esposa norteamericana del hermano mayor, la que mantenía con su trabajo a la familia. Son extrañas historias sobre fascinación, sobre seducción, que esconden debilidades y extrañas atracciones.
El testimonio de la víctima que les pudo identificar —Jeff Bauman, el hombre que perdió ambas piernas en la explosión y que pidió dar una descripción a la policía— dijo que uno de ellos le miró fijamente a los ojos antes de depositar la mochila con la bomba a sus pies. Es en esa mirada, en su intensidad, es donde radica el secreto oscuro del odio. Lo que pasó por su mente en esos instantes, rodeado de personas que disfrutaban del momento, que reían junto a sus familias, solo lo sabe él.

* "Dzhojar dice que atacó el maratón de Boston por las guerras de Irak y Afganistán" El Mundo 23/04/2013 http://www.elmundo.es/america/2013/04/23/estados_unidos/1366744371.html
** "Unraveling Boston Suspects’ Online Lives, Link by Link" The New York Times 23/04/2013 http://www.nytimes.com/2013/04/24/us/unraveling-brothers-online-lives-link-by-link.html?ref=bostonmarathon








miércoles, 24 de abril de 2013

Errores básicos

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Las últimas horas nos han dejado al descubierto varios casos en los que las máquinas han jugado un papel peculiar. El primero lo hemos conocido a través del economista Paul Krugman, premio Nobel y activo y combatiente columnista de The New York Times, cuyos artículos son reproducidos entre nosotros por el diario El País. En su artículo de hace un par de días Krugman se preguntaba:

¿fue un error de codificación de Excel lo que destruyó las economías del mundo occidental? Esta es la historia hasta la fecha: a principios de 2010, dos economistas de Harvard, Carmen Reinhart y Kenneth Rogoff, divulgaron un artículo, Growth in a time of debt (Crecimiento en una época de endeudamiento), que pretendía identificar un umbral crítico, un punto de inflexión, para la deuda pública. Una vez que la deuda supera el 90% del producto interior bruto, afirmaban, el crecimiento económico cae en picado.*

El artículo, señala Krugman, tuvo una gran influencia y fue tomado por cierto como apoyo de las políticas de austeridad. Cuestionado por otros, cuando se trató  reproducir los cálculos, a nadie le cuadraban. Los autores dejaron que fueran revisados y finalmente se descubrió el origen de la divergencia:

En primer lugar, habían omitido algunos datos; en segundo lugar, emplearon unos procedimientos estadísticos poco habituales y muy cuestionables; y finalmente, sí, cometieron un error de codificación de Excel. Si corregimos estos errores y rarezas, obtenemos lo que otros investigadores han descubierto: cierta correlación entre la deuda elevada y el crecimiento lento, sin nada que indique cuál de ellos causa qué, pero sin rastro alguno de ese umbral del 90%.*

Con todo ello se pueden construir varias fábulas modernas, de diverso signo, que afecten a máquinas, hojas de cálculo, economistas de prestigio o a políticos que les hacen caso. En ninguno de los niveles señalados se podría hacer a las máquinas o al programa Excel responsable de lo que es la ineptitud en los cálculos o en la forma de introducir los datos. Pero el etiquetado de la historia por el propio Krugman "La depresión del Excel" hará que algunos piensen que la culpa la tiene la hoja de cálculo. Una razón más para utilizar "Linux", pensarán algunos. Pero los fallos aquí no estaban en los programas ni en los programadores, sino en los que introdujeron los datos.


El segundo de los casos producido en estos días es el de los hermanos Tsarnaev, según los indicios hasta el momento, los autores de los atentados de Boston. De nuevo aquí las máquinas entran en juego en el desarrollo de los acontecimientos:

El senador de los Estados Unidos, Lindsey Graham, aseguró esta mañana que si el FBI desconocía que el hermano de Dzhokhar, Tamerlan Tsarnaev, viajó a Rusia, fue por un error muy básico: no habían escrito correctamente su nombre.
Así lo explica el senador republicano en la Cadena Fox: «Por eso nunca apareció en el sistema que se marchara a Rusia».
Graham, que también es miembro del Comité de las Fuerzas Armadas, aseguró que no sabía con seguridad si este error al deletrear su nombre a la aerolínea Aeroflot fue intencionado, pero cuando sus fuentes transmitieron la información al FBI no hubo constancia de este viaje.
[...] No se ha especificado cual fue la errata concreta pero es posible que se tratara de una variante de su apellido que utiliza el tío de Tamerlan, que vive en Maryland y se hace llamar «Tsarni» y no «Tsarnaev».**

Tienen razón el senador Graham al calificar de "básico" el error, pues lo es por estar en la "base" de los procesos posteriores. Los "errores de base" afectan a lo que se construye sobre ellos distorsionando los resultados finales. Son como una avalancha de nieve.
En ambos casos son errores —con sus diferencias entre uno y otro— que se producen en los niveles primarios, en la entrada de datos. El error no lo producen las máquinas sino nuestro contacto con ellas.

En el primer caso, un error en el cálculo es dado por bueno y aceptado como principio verdadero" aplicable en muchas otras situaciones. El error se transmitió a los que han tomado decisiones con el artículo en mente, aceptándolo como una política económica. El error se transmite a través de un sistema configurado por todos aquellos que lo dan por bueno. De la hoja Excel al artículo, del artículo a los que lo leen, de los que lo leen a los que lo aceptan, y de los que lo aceptan a los que lo aplican. Todos ellos, con sus ramificaciones, constituyen la cadena de transmisión del error. Hicieron ver una falsa realidad, un falso comportamiento de la economía. Los que querían creerlo, lo creyeron y lo utilizaron como argumento justificativo de sus acciones.

Por el contrario, el segundo error produjo la invisibilidad de lo real. La visita a Rusia del hermano mayor desapareció del sistema de vigilancia por un error en la introducción de los datos. Ninguna de las alarmas saltaron por alguna letra cambiada. Tampoco la máquina tiene la culpa esta vez, sino los datos erróneos suministrados al sistema. Por muy buenos que sean los sistemas, siempre que dependan de nuestras acciones, estarán sujetos a error.
Puede que algunos tengan dudas sobre la intencionalidad de los errores y piensen que los economistas falsearon los datos para obtener los resultados que quería —no sería la primera vez— o que Tamerlan Tsarnaev cambió alguna letra del impreso de salida para burlar el sistema de alarmas de la vigilancia de sospechosos de terrorismo. Pero del que no hay ninguna duda sobre su intención perversa es del incidente que se produjo ayer con un simple "tuit". La introducción de una noticia falsa —el ataque a la Casa Blanca y las heridas del presidente Obama— en el sistema a través de la cuenta de la Associated Press (AP) produjo un reacción  en cadena en Wall Street causando un desplome del mercado. Unos segundos de credibilidad son suficientes.

Puede que exista un nivel en la cantidad de información que podemos manejar y controlar con eficacia, una cantidad que, una vez superada, nos introduce en situaciones en las que es difícil detectar los errores antes de que estos sean desastrosos. Algunos se aprovechan y se esconden en la maraña informativa volviéndose invisibles —del terrorista a los evasores fiscales—; otros, en cambio, aprovechan la instantaneidad del sistema y su extensión global para provocar pánicos, sacudidas y desplomes.
En la Sociedad de la Información todo es "información" en el sistema, la verdad, el rumor y la mentira. Antes de distinguirlos, ya han causado estragos.


* Paul Krugman "La depresión del Excel" El País 21/04/2013 http://economia.elpais.com/economia/2013/04/19/actualidad/1366398440_370422.html
** "Dzhohar, a un amigo: 'Estos ataques son tan fáciles de hacer'" ABC 23/04/2013 http://www.abc.es/internacional/20130423/abci-sabia-tsarnaev-regreso-rusia-201304230956.html
*** "El tuit falso que hundió Wall Street" El Mundo 23/04/2013http://www.elmundo.es/elmundo/2013/04/23/economia/1366739034.html