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martes, 18 de enero de 2022

El tenista, el alcalde y el coronavirus

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)


Como ya señalábamos el otro día, a Novak Djokovic le puede haber salido más caro de lo que pensaba el órdago australiano. Con su expulsión garantizada por tres años de Australia y la consiguiente imposibilidad de acceder al país en tres años, el tenista se ha complicado la vida más de lo que pensaba.

Puede que el alcalde de Madrid se haya complicado también al manifestar el "reclamo"* del jugador si viniera a jugar aquí; es algo que también le pasará factura, ya que aquí nadie desaprovecha nada para la lucha política, de las vacas a los tenistas. Lo que haga falta con tal de destrozar al contrario.



El caso del tenista es lo suficientemente complicado —y lo será más— como para subirlo a la agenda política española. Ya lo ha hecho con efectos imprevisibles el gobierno serbio que lo usará en una cruzada nacional contra... ¿el universo menos Madrid?

¿Cree el alcalde Martínez Almeida que invitar a Djokovic va a crear un flujo de turismo serbio hacia la capital española, que sea el único lugar —más allá de su propio país— donde se le permita jugar? Luego le ha pasado la pelota al "gobierno de la nación", lo que no deja de ser un intento más de enredar las cosas.

No son las únicas complicaciones. Me parece mal, por ejemplo, que en RTVE se añada en varias ocasiones la frase "allana el camino hacia el título" para mencionar después a citar a Rafael Nadal y al ruso Medvédev. Me parece simplemente una maldad, algo de muy baja estofa, porque quien se ha complicado la vida es el propio Djokovic. A veces el periodismo quiere ser sutil y solo es injusto. ¿Qué deben hacer, retirarse?

Ya se han anunciado varios torneos internacionales en lo que no podrá participar porque para entrar al país se exige estar vacunado. En España no, tal como sabemos y hemos visto a Djokovic disfrutar de Marbella antes de su fiasco australiano. Con una PCR negativa le vale, según parece. Por eso nuestro alcalde se ha permitido meterse en ese lío él solito.

Tiene mucha razón Rafael Nadal, que, además de jugar bien al tenis, es muy sensato. Djokovic es culpable, pero no es el único, ha dicho Nadal. A los que "culpable" les parezca "fuerte" habrá que recordarles que Djokovic ha mentido en un documento de ingreso en un país. No es más que una víctima de sí mismo. 

Pero ¿a quién se refiere Nadal? Está claro: al mundo deportivo empresarial que ve el tenis como un negocio y que ha intentado no "perder atractivo" a cualquier costa. Lo importante, como en otros casos, es el dinero y no la salud. Mucho menos el ejemplo, ya que el jugador serbio hace público su idea anti vacunación. Y esto no es precisamente lo deseable tal como están las cosas por el mundo. Después de esto, cada participación de Djokovic, el "jesucristo" de los anti vacunas, será entendida como un impulso claro para estos grupos que buscarán más visibilidad.

Pero la auténtica medida de lo afectará al serbio es el patrocinio y este ya ha dado los primeros pasos con una de las marcas importantes que le patrocinan, Lacoste, todo un símbolo en el mundo del tenis y la moda deportiva.

En Antena 3, bajo el titular "Lacoste pedirá explicaciones a Djokovic tras lo ocurrido en Australia", leemos: 

Su negativa a vacunarse puede acabar siendo el final de su carrera, siempre que no cambie de criterio, y la consecuencia es que algunos de sus patrocinadores pueden comenzar a pedir explicaciones a Nole. El primero en hacerlo, al menos de forma pública, ha sido Lacoste. La marca de ropa francesa pedirá cuentas al número 1 del mundo por la polémica que ha protagonizado en los últimos días en Australia, país de que ha sido deportado por no cumplir los requisitos de vacunación del país.

"En cuanto sea posible contactaremos con Novak Djokovic para revisar los acontecimientos que han marcado su presencia en Australia", indicó en un comunicado Lacoste, marca que el serbio luce en su pecho desde que en 2017 firmó un multimillonario contrato y abandonó la japonesa Uniclo.**

Lacoste sabe que la controversia no favorece sus ventas y que la imagen del serbio ha quedado dañada en diferentes aspectos, que sus intentos por colarse en Australia saltándose lo que se le pide al resto de los mortales que no son número 1 del tenis. No es ya la cuestión de la vacunación, sino también las distintas mentiras y falsedades en persona y formularios por parte de él y su séquito lo que acaban de dar forma a su imagen.

Es víctima además de los que le apoyan, que rozan el ridículo y a los que no pueden controlar. Un Djokovic "mesías" es un auténtico insulto a media humanidad y en especial a los fallecidos por millones y a sus muchos más millones de familiares. No, Djokovic no puede ser héroe más que de fanáticos, pero no del tenis, sino de la sinrazón, algo que se trata de combatir por todo el mundo.

Por más que el alcalde de Madrid, señor Martínez Almeida, busque un equilibrio entre el deseo y la norma, verá la de veces que se le recordarán sus palabras—"sería un gran reclamo"—, por más que le pase la pelota del "deber" a otros. Se ha metido él solo en la polémica y ya hay quienes lo utilizan contra él, como era previsible. Callarse es siempre una opción española de supervivencia.

Jugará allí donde las leyes se lo permitan —por eso los grandes torneos ha dejado claro la normativa de sus ciudades, como ha hecho Nueva York, o de sus gobiernos— y tendrá que pasar por el mismo calvario que en Australia si intenta forzar la situación ya con un precedente negativo importante. Pronto, los grandes trofeos intentarán evitar la patata caliente y la publicidad negativa que les supone invitar al serbio a sabiendas de que no está vacunado.

Localmente, los políticos serbios se ponen al lado de sus admiradores y se rasgan las vestiduras, pero cuidado con excederse en las críticas a los demás países, porque llevan las de perder. No sé si Serbia tiene algo más que Djokovic como activo, pero es lo que hay y no creo que pueda ir más allá del pataleo. 

Novak Djokovic quiere ser un privilegiado número 1 y no un ejemplar número 1. Cuando se habla de las virtudes del deporte, también se debería poder hablar de las virtudes de los deportistas. Algunos las tienen, otros no. Al final, algo en el camino marca la diferencia.

Nos queda la polémica nacional de fondo. Es el momento de jugar y ser jugado por unos y otros. Mejor no acabar de complicar algo que es muy sencillo: las normas se cumplen. El problema real para Djokovic no es el torneo de Madrid sino el contrato con sus patrocinadores, algo que se puede terminar si deja de ser "rentable" su imagen.

* "Almeida abre la puerta a Djokovic al Madrid Open y Sánchez responde: "Deberá cumplir las normas sanitarias"" RTVE.es/Agencias 17/01/2022 https://www.rtve.es/noticias/20220117/almeida-sanchez-djokovic-madrid-open-normas-sanitarias/2258642.shtml

** Guillermo Fernández "Lacoste pedirá explicaciones a Djokovic tras lo ocurrido en Australia" Antena 3 https://www.antena3.com/noticias/deportes/tenis/lacoste-pedira-explicaciones-djokovic-ocurrido-australia_2022011761e58f599890160001bc699b.html

jueves, 13 de enero de 2022

Maldad y estupidez

Joaquín Mª Aguirre (UCM)


Como si se tratara del juego de las tres en raya, la web de RTVE nos muestra alineadas en cuatro casillas tres rostros (la cuarta casilla es para las llamadas "macrogranjas"): el del Boris Johnson, el del príncipe Andrés y el de Novak Djokovic, tres personajes públicos que, por causas diferentes y salvando las distancias de cada caso, se nos ofrecen como parte del culebrón de la realidad. Son tres casos muy diferentes y, desde ya lo señalamos, de muy diversa gravedad, aunque la injusticia de la actualidad los agrupe y las audiencias los valoren a su manera a través de la atención que le dedican a cada caso.

Cada uno tiene sus consecuencias y su impacto, que son dos cosas distintas. Tal como aparecen alineados en la web, Boris Johnson está por celebrar una fiesta (otra) cuando no debía; el príncipe Andrés por los embrollos judiciales por una caso de abuso de menores del que no se acaba de librar por sus peligrosas amistades y conexiones; y finalmente el caso de las declaraciones falsas de Djokovic, que dejan al mundo y al gobierno australiano en la tesitura de decidir si es rematadamente inútil rellenando documentos o si les está tomando el pelo.

La alineación casual de estos tres personajes y sus causas tiene algo de epifánico, de revelación de la conjunción de maldad y estupidez que se da en muchos casos, variando las proporciones.

Indudablemente, el caso más grave es el de las acusaciones contra el príncipe británico al que la justicia norteamericana le ha dicho que no considera tapado el escándalo porque su amigo, el suicida Epstein, hubiera desembolsado medio millón de dólares para evitarse denuncias por parte de las menores que usaban como juguetes sexuales dentro de una escandalosa trama cuya trascendencia es fotográfica. La vanidad humana, —como decía el tenorio, "de qué sirve hacer conquistas si luego no se pueden contar"— hace que el príncipe se hiciera esa foto junto a su "conquista", que le servía en bandeja la trama del suicida Epstein y de la hace unos días condenada esposa británica, que era quien reclutaba a las adolescentes que debían de servir de diversión a los ricos y famosos amigos de los Epstein.

La foto del príncipe con su acusadora hoy pesa mucho. Pero, además, deja un reguero fotográfico de amistades que van de Donald Trump a Bill Clinton. Eso implica que el suicida señor Epstein y su condena esposa Ghislaine Maxwell, tenían unas buenas relaciones con el poder norteamericano y británico, al que se dedicaron a ofrecer lo que estos querían y sentían que debían tener. La mayor perversión del poder —del tipo que sea— es la sensación de estar por encima del bien y del mal o, precisando más, meterte todo lo profundo que desees en el mal. Epstein y Maxwell eran una pareja del filme de Polanski, la escoria de la aristocracia económica norteamericana y de aristocracia británica. Ejemplo de depravación y, muy especialmente, de corrupción extensiva a los nuevos amigos. Las tentaciones de formar parte de ese grupo depravado deben ser muchas, pues son el verdadero indicador del poder. Dinero se puede tener mucho, pero el valor de cruzar al otro lado de la frontera es otra cosa, algo más profundo e intenso para estos depravados a los que se les facilitan sus sueños pervertidos por una módica amistad con algún favor futuro o simplemente mostrar un posado.


El príncipe Andrés lo tiene complicado y se merece tenerlo así. El fallo en contra del acuerdo de Epstein no es más que una confirmación. El hecho de que él mismo buscara amparo en ese acuerdo es una confirmación de su culpabilidad en un nivel distinto del jurídico. Ha marcado su vida y la de la institución de la que forma parte con la ignominia. La Casa Real británica va a necesitar muchas exclusivas con posado para intentar recuperar lo que quedara de su buen nombre.


El caso de Boris Johnson está más cerca de la estupidez que de la maldad. Eso no quita importancia a lo que ha hecho, sino que simplemente lo califica: estúpido. Siempre pensé que el "despeinado" de Johnson era cuestión de estudiado estilo, pero empiezo a tener serias dudas.

A Johnson se le ocurrió en mitad del aislamiento por la pandemia organizar un guateque en los jardines de la residencia oficial al grito de "¡que traiga cada unos su botella!". Debía aburrirse, ¡el pobre!, y a su secretario personal se le ocurrió (es la versión oficial) organizar una fiesta en los jardines aprovechando el buen tiempo. A Johnson no le ha quedado más remedio que pedir públicamente disculpas mientras que la oposición pide, también públicamente, su dimisión y los diputados de su partido se lo están pensando.

Es también la cara privilegiada del poder. Si eres primer ministro, ¿por qué no hacer fiestas en casa mientras el país tiene prohibido salir a la calle o reunirse? El llanto en el parlamento del diputado que explicaba cómo su suegra falleció sin que nadie de la familia pudiera acompañarla le ha hecho más daño a Johnson que las campañas de la oposición.


La estancia de Johnson en el poder ha estado salpicada por escándalos de este tipo de sus ministros y allegados políticos que, a la sombra de su jefe, se saltaban los confinamientos para visitar a parientes y amigos. Pero el primer ministro se salvaba cesándolos o dimitiendo ellos. Ahora le toca a Johnson. Ha dicho, dentro de lo que es el celebrado humor británico, que él creía que se trataba de una "reunión de trabajo", que es el equivalente a que el príncipe Andrés hubiera dicho que creía que sus citas con adolescentes eran para celebrar cumpleaños.

El poder da una falsa sensación de seguridad en estos tiempos en que todo acaba saliendo antes o después. ¿Dimitirá Johnson? No parece probable, aunque se baraja que haya una revolución torie que le saque del poder del partido y del poder del gobierno. Habría cierta justicia poética en ello, teniendo en cuenta cómo sacó él del poder a su antecesora en el cargo, Theresa May. Ahora, Johnson corre el riesgo de defenestración por parte de sus rebeldes diputados, cuya paciencia es continuamente puesta a prueba por el díscolo premier, cuyas gracias juveniles ya están pasadas de tanto abuso. Atrás quedan las imágenes de Boris despeinándose antes de una entrevista y otras delicias de quinto Beatle que ya no hacen gracia alguna. Sus errores encadenados le pueden ser cobrados en este salto de las normas que el propio gobierno proponía al pueblo británico.


Finalmente, tenemos el todavía pendiente caso de Novak Djokovic, otro poderoso —el número uno del mundo— que cree que por serlo puede hacer lo que quiera. La falta de origen de Djokovic es clara: no quererse vacunar. Este deseo le ha llevado a cometer una serie de "errores" en cadena para poder jugar en Australia. Fotos, entrevistas, grabaciones del público, etc. testimonian que todo lo que puso en su documento de entra en Australia es falso. Pero el poderoso Djokovic tiene la excusa de los poderosos: la inutilidad de sus subalternos. A cada mentira en el documento, Djokovic contesta señalando un tonto en su equipo. Todos son errores de los que le rellenaron el documento, aunque el firmante sea él. Djokovic es doblemente culpable: por mentir en los papeles y por considerar tonta al resto de los mortales, excluyendo, claro está, a su parlanchina familia y a esos curiosos seguidores que hacen bailes folclóricos tomados de la mano frente a la residencia en la que lo han tenido retenido. Tras ser comparado con Jesucristo por sus sufrimientos, Djokovic se enfrenta al problema de que al mentiroso se le coge rápidamente, como asegura el popular dicho.


El caso Djokovic es claramente de predominio de la estupidez, aunque no está exento de maldad. Sabiendo que era positivo (las fechas son claras, aunque él las mezcle o responsabilice a otros), Djokovic realizó entrevistas sin mascarilla, lo que ha sido denunciado por la asociación de Periodistas Deportivos, según informaban las televisiones ayer. El tenista se fue paseando por diferentes lugares, se hizo fotos con grupos de niños y adolescentes, con los señalados periodistas. Una cosa es ser negacionista y antivacunas y otra no mantener la seguridad de los otros, que es donde reside su principal maldad.

Poderosos, cada uno a su manera, los tres personajes se han querido situar por encima de las normas y leyes, que no consideran que sea algo que les afecte dada su naturaleza sobrehumana. "Más dura será la caída", no advierten. La caída de Epstein fue la condena y el suicidio; la del príncipe Andrés ya es de condena social a la espera que la republicana ex colonia británica decida sobre su futuro, que es más bien oscuro; finalmente, Novak Djokovic se ha complicado la vida y puede ser deportado, pero ya ha quedado como soberbio, temerario y mentiroso, pese a sus entusiastas seguidores que lo ven como un mesías atacado por su "verdad" antivacunas. Curiosamente, el caso Djokovic, en la medida en que se le ha convertido en un "héroe" por parte de los negacionistas de las vacunas, es el que más daño —en términos de vidas humanas perdidas por no vacunarse— puede acabar haciendo. Las víctimas de los amigos del príncipe Andrés tienen nombre y apellidos; las del negacionismo se reparten por todas las UCI del mundo y una parte se deberán al los malos ejemplos.

Maldad y estupidez repartidas en diverso grado en los tres casos con un punto en común la creencia en que ser poderosos les exime de barreras y límites. Cada uno va a comprobar en sus huesos, de diferentes maneras, su propia humanidad


sábado, 8 de enero de 2022

Recontagios, no es casualidad

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)


Nos encontramos en una fase extraña de la pandemia. Preciso: no encontramos en una fase explicativa extraña de la pandemia. Lo digo porque las cosas que leo y escucho son las características de cuando no se tiene mucha explicación. No es de extrañar porque el ansia de saber, en este caso, queda enturbiado por lo poco que sabemos por estar montados sobre la misma ola que nos lleva. La gente quiere saber y se contesta lo que se puede.

Un ejemplo que leo en la web de Antena 3: 

Además del colapso de la atención primaria y de algunos hospitales, los sanitarios no dan abasto porque, además, muchas personas se están 're infectando', es decir, hay quien ya ha pasado el coronavirus hasta dos y tres veces, o incluso hasta en cuatro ocasiones. Aunque los médicos insisten esta última opción se produce en pocas ocasiones, algunos expertos creen que esto podría deberse a que el sistema inmune de la persona no es muy fuerte.

Así lo ha explicado el Catedrático de Genética Fernando González en una entrevista para Antena 3 Noticias: "Lo de las cuatro ocasiones es quizá una cuestión de mera probabilidad, es gente susceptible que no desarrolla una respuesta inmunitaria lo suficientemente fuerte o que ha pasado tiempo desde las sucesivas infecciones".*


Si a alguien le tocara la lotería cuatro veces, no diríamos que es una "cuestión de mera probabilidad", no digamos ya si alguien es atropellado cuatro veces en un año. Puede ocurrir, como está ocurriendo, pero que te infectes y "re infectes" cuatro veces en poco más de un año requiere algo más de explicación que la del sistema inmunitario débil. Entiendo que estás en tu casa y te llama un periodista y te pide, como experto, una respuesta a algo así. Lo sensato es no dar respuesta a algo así, donde la palabra inocente "quizá" puede ser usada por muchos como una excusa para no vacunarse o para lo que sea.

Sí, nos encontramos en un punto un poco raro. Estamos desbordados por los números y, a la vez, inundados por mensajes optimistas, algo que ya hemos comentado anteriormente. ¿Ha llegado el punto en el que estamos (por España especialmente) desbordados y solo queda seguir hacia adelante y esperar que no nos ocurra lo de los señores de las 4 veces?

Escucho con preocupación los mensajes optimistas del presidente del Gobierno. Entiendo que tiene una moral congénita y un espíritu a prueba de fracasos y de zancadillas. Para Sánchez, el botijo siempre está medio lleno o casi lleno. La necesidad política de mostrar triunfos a los ojos de la ciudadanía nos está haciendo tomar medidas optimistas en un entorno que, desde luego, no lo es. ¿Es saludable el optimismo cuando las cifras indican lo contrario? Mientras se lanzan mensajes de tranquilidad, lo cierto es que se toman medidas de supervivencia, como las reducciones de las cuarentenas o que solo se considere brote ¡cinco contagios en un aula! No hablemos ya de las bajas laborales o de las variaciones del "semáforo COVID", que ha servido de muy poco. ¿No estaremos cometiendo el insensato error de creer que por decir las cosas con una sonrisa a lo Darias el mundo va mejor? Hay políticos, creo, preocupados por la ciudadanía y me temo que hay otros preocupados por qué piensan de ellos los ciudadanos, dos puntos de vista muy diferentes.


La realidad es que las bajas por las exposiciones "necesarias" para cubrir las rebajas, los puentes, el ocio nocturno, las fiestas navideñas, etc. nos están dejando en cuadro. Algunos temen una debacle con el comienzo del curso en estas condiciones que podemos considerar "negacionistas de la realidad".

Las "soluciones" que algunos dan son de pura retórica: cambiemos el tono de los mensajes ya que la realidad es tozuda. Con unas increíbles cifras al alza de los contagios, con el aumento de la presión en la Sanidad, con los sanitarios al borde del llanto pidiendo ayuda, con bajas laborales en todo tipo de sectores —del transporte a los bomberos, de los sanitarios a los agentes de Policía—, etc. lo que se hace es reducir los tiempos de las bajas, con cuarentenas más reducidas, que acabarán siendo inexistentes. La situación es tan mala que hasta todos se han puesto de acuerdo.


Pero esta medidas de normalidad aparente no están sino acelerando los contagios. Volvamos entonces a la idea de las  reinfecciones. Todo esto es una forma encubierta de la vieja idea salvadora de la "inmunidad de rebaño", una idea que, por cierto, no ha funcionado en ningún lado. Este coronavirus es distinto porque las condiciones planetarias son distintas. La pandemia no es el virus, somos nosotros interactuando y transmitiéndonos el virus de unos a otros, con apariciones de nuevas variantes que hacen inefectivas defensas y vacunas. Pese a que no queramos verlo, es así.

La mal llamada "gripe española" de 1918 fue traída a Europa por el ejército norteamericano, que había estado concentrado en cuarteles, después fue hacinado en barcos y finalmente repartido por Europa. Hoy nosotros no necesitamos de guerras, nos basta con el turismo y los viajes comerciales, con los viajes de estudios y demás formas de movimiento a los que no renunciamos. Esa es la "normalidad" peligrosa.

Ante el desbordamiento de la atención, hemos trasladado a los ciudadanos la responsabilidad de la vigilancia. Esto implica un cierto tanto por ciento de errores e incumplimientos. Vamos a dejar de rastrear porque ya hay "muchos contactos" sociales y no podemos seguirlos. Lo que no debemos es transmitir un optimismo que mucha gente interpreta como capacidad de hacer lo que se quiera.

Aquí nadie renuncia a su parcela. Tenemos de a un Djokovic convertido en el nuevo mesías de los antivacunas o el dueño de una discoteca que considera que su negocio es de primera necesidad y que tiene derecho a vivir. "Vivir" es este caso no es "vivir" en un sentido biológico, sino el más hispánico "a vivir", que expresa una forma de hacerlo por encima de las necesarias prevenciones. "Tengo derecho a vivir", dicen unos; "a hacer mi vida", señalan otros. Todo esto está muy bien, claro, es "libertad", que dicen algunos. Pero debemos ser conscientes de que no es el camino.

El problema de este virus ha sido, desde el principio, la variedad de respuestas, que unos pasaban sin una tos y otros se morían en un par de semanas. Se nos enseñó que los jóvenes eran fuertes y que los niños no se contagiaban, que solo los viejos estaban expuestos... hasta que se vio que no era así. Ahora sabemos que los niños trasmiten a sus familias lo que cogen inocentemente en escuelas y guarderías. Ahora sabemos que hay niños y jóvenes muertos, que algunos que han pasado la enfermedad pueden tener secuelas que desconocemos para el resto de su vida o durante años. 

La decisión de los cinco contagios en un aula, por ejemplo, es una forma de tirar la toalla ante dos cuestiones sociales: qué pueden hacer los padres si se tienen que hacer cargo de los niños en casa durante una semana, añadiendo el problema de las propias bajas laborales de los padres; y, por otro, la incapacidad espacial y económica de mantener separaciones física en las aulas ante la imposibilidad de más espacio —recordemos que se han llegado a utilizar pasillos y gimnasios como espacios docentes— y de desdoblar grupos por falta de profesorado, ya sea por la incapacidad de contratarlo o por inexistencia por las propias bajas. A su vez, por seguir con el ejemplo, se les reduce la baja laboral a los profesores contagiados. Todo forma una tormenta perfecta que acaba cayendo sobre el sistema sanitario, al que están regresando los jubilados (personas de riesgo por la edad) muchas veces de forma voluntaria.

Todo está entretejido. Nuestros niveles de vacunación —un gran logro— sin embargo no nos protegen como deberían por motivos que habrá que explicar más allá del "quizá" y la "estadística". La Ciencia hace lo que puede con los recursos de que dispone ante una situación nueva desde muchas perspectivas. Las viejas recetas funcionan unas veces, pero otras está claro que no.

Una persona que se re infecta hasta cuatro veces no es un problema solo de su sistema inmunitario, sino que está convencida que si ya lo ha pasado no lo volverá a pasar. Esta es la perspectiva de muchos que descubren ahora que no han quedado liberados del coronavirus, como les habían dicho. Descubren también que pese a las vacunas se siguen contagiando, aunque sea más levemente. La idea de que con todos vacunados desaparece la enfermedad es, como estamos comprobando cada día, errónea y contraproducente. La gente baja la guardia y se vuelve a contagiar. Eso es lo que nos dicen los datos.

El político vende un final próximo, pero no es eso lo que nos dicen las cifras de contagio cada día. La gente comienza a aburrirse de escuchar hablar sobre los finales de fase y la próxima llegada de las curvas aplanadas. Pasamos de una variante sin nombre a tener medio mundo contagiado, como ha ocurrido con Ómicron, que se nos vende como "leve". Otros hablan de "gripalización", pero la velocidad y gravedad son muy distintas a ese virus. Muchos dicen que debemos aprender a vivir con el coronavirus, pero la realidad es que más bien pretendemos enseñar al coronavirus a vivir con nosotros, algo bastante más difícil.

La gravedad no ha dejado de existir nunca. Las vacunas ayudan, son importantes, pero no lo son todo. Las reinfecciones y variantes nos muestran que el panorama es muy diferente. Está mucho más en nuestras manos, en nuestro comportamiento, en nuestro rigor con las medidas de seguridad. Solo de esta manera, desoyendo los continuos cantos de sirena de que "todo es seguro", en cuyo caso resulta comprensible que se produzcan contagios, podremos ir dominando algo que es a largo plazo, una batalla diaria.

29 de abril 2021

Necesitamos discursos realistas y medidas responsables. Necesitamos afrontar esta pandemia como lo que es y no auto engañarnos más con las soluciones, que necesitan de todos y cada uno de nosotros. El episodio pendiente de resolución de Novak Djokovic, convertido en héroe y mártir de la "libertad", debería hacernos reflexionar sobre cómo estamos afrontando esto. Hay muchas medidas que podemos tomar en nuestra vida cotidiana, en nuestro marco laboral.

Negar los problemas no lleva nunca a su solución. Me temo que las cifras españolas seguirán subiendo porque no veo en las medidas que se toman algo que realmente permita frenar la pandemia. Las palabras que nos auguran una mejoría espontánea, por decirlo así, no tranquilizan demasiado. Las reducciones de las condiciones de cuarentena, aislamientos, medidas, van en un sentido opuesto al de la realidad. Actúan como si todo fuera a mejor cuando lo cierto es que van en sentido contrario. Seguiremos poniéndonos dosis de refuerzo una tras otra. No para el virus, pero para la entrada en los hospitales y UCI. Mientras no se entienda que no se trata solo de evitar el colapso sanitario, sino de bajar los contagios, y que esto no se consigue relajando medidas y convenciendo a la gente de que esto es "leve", seguiremos así.

A lo que vamos así no es a la inmunidad de grupo, sino al contagio y "re contagio" masivos y constantes. No hay casualidades, sino números y una lógica. Esto no se combate con optimismo, "caritas sonrientes", pulgares arriba o cualquier otra forma simplificada. Hace falta realismo y convencer a la gente de que está en sus manos no en soluciones milagrosas.

6 de abril 2021

* "La explicación a los casos de reinfección múltiple por Covid-19" Antena 3 Noticias 07/01/2022 https://www.antena3.com/noticias/salud/explicacion-casos-reinfeccion-multiple-covid19_2022010761d85304572a7d000129ba44.html



viernes, 7 de enero de 2022

Djokovic y sus problemas fronterizos

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)


El caso Novak Djokovic promete calentar el fin de semana hasta que las autoridades australianas lo pongan fuera de circulación, porque no tienen otra opción que no se vuelva contra ellos. Si van a ser criticados, mejor que lo hagan por cumplir la ley y no por dejar de hacerlo. Esto se lo estarán diciendo para darse ánimos en este embrollo.

La respuesta de la familia del jugador puede no extrañarnos, pues de algún sitio han tenido que salir las tonterías de Djokovic. Compararlo con Jesucristo y con Espartaco es algo más que un error, es una agresión voluntaria al sentido común y un insulto a cristianos del mundo y a libertadores de esclavos pasados por Hollywood. Más allá de la familia, los serbios se lo han tomado a pecho y como una cuestión nacional. Menos mal que Australia les pilla un poco lejos, porque ya han dado muestras de lo que hacen cuando les sale el orgullo nacionalista. Y los Djokovic están tratando de cubrir con patriotismo su insensata creencia antivacunas imponiéndosela a los demás.

Lo cierto es que el caso es un puro disparate en cualquier sentido que se mire. Pero tiene una cuestión importante: el efecto dominó. ¿Deben actuar de igual forma todos aquellos países en los que Djokovic pretenda entrar? Es decir ¿debe no dejarle entrar como a cualquier otro ciudadano sin raqueta?

Si Djokovic fuera consecuente, como bien ha señalado entre otros Rafael Nadal, debería dejar de jugar allí donde se le exigen las mismas medidas que a los demás. Pero el jugador se debe considerar especial, pero no es lo mismo ser un "jugador especial" que un "ciudadano especial" o un "turista especial". Lo especial de Novak Djokovic se acaba fuera de la pista de tenis. Más allá de esto es un señor más bien cortito, con mucho ego y exigente de privilegios. Según afirma el padre de Djokovic en los titulares de Antena 3: "Es el líder del mundo libre, de las naciones y de pobres y necesitados". No hay como el amor de la familia.

A las manifestaciones con banderas serbias, convertido Djokovic en héroe familiar y nacional, le sigue ahora su ascenso a mesías de los antivacunas mundiales, que han decidido aficionarse al tenis de golpe y porrazo. Nadie había hecho tanto por este deporte por todo el mundo.

La cuestión, como señalamos, no es lo que puede ocurrir en Australia, que creo que el gobierno de aquel país ha dejado medianamente claro, señalando que Djokovic no está prisionero de nadie y que una cosa es que no le dejen entrar y otra que no le dejen salir, para lo que tienen completamente abierta las puertas, según le han dicho. Pero Djokovic quiere jugar fuerte y le puede salir caro.

En primer lugar, pierde la ocasión de jugar un torneo en el que debería defender el título que ganó allí. Entre aquel título y este están las vacunas y millones de contagiados que no tienen la suerte de llevar la atención como Djokovic. No es lo mismo; nada es ya lo mismo.

En segundo lugar corre el riesgo de que esto le ocurra en aquellos países en los que ahora puede circular pero que a lo mejor en un par de días tiene que dejar de hacerlo por las restricciones.

En tercer lugar está el caso de la "exención" famosa. Son cosas que pueden valer hasta que salte la liebre. Cualquier amigo médico le puede hacer una exención, un certificado de algún tipo. Pero eso vale hasta que se cuestiona. Por prudencia, no se han explicado cuáles han sido las irregularidades cometidas en la presentación de los documentos, pero todo apunta a lo señalado. Ese "error" por parte de sus representantes, como lo llaman, es poco creíble y apunta más bien a que se ha revisado mejor que en otras ocasiones.

El camino australiano es el que están tomando muchos países en Europa, que pan a endurecer las condiciones de acceso y tránsito. Razón de más en este tipo de eventos multitudinarios, pese a ser en la mayoría de las ocasiones al aire libre, donde la gente debe llevar mascarillas ya en la mayor parte de los países y hay una red por medio entre los dos o cuatro jugadores.


Creo que es en este punto en el que los jugadores de todo el mundo han sido cautos y demasiado educados. Novak Djokovic es en estos momentos en número 1 de la clasificación de tenis mundial, pero eso no debería significar que puede hacer lo que quiera porque está poniendo en riesgo a más personas que él mismo. Lo que las autoridades tenísticas de cada país han estado haciendo es mirar para otro lado porque Novak Djokovic no ha querido ni quiere vacunarse como lo hacen la gran mayoría de los jugadores profesionales de todo el mundo.

Con el caso Djokovic, han salido a la luz algunos otros casos de deportistas, como en la NBA, en los Estados Unidos. Es igualmente repudiable, pues se trata de un deporte de equipo. Que puedan hacerlo no es más que el resultado del caos norteamericano. Hay jugadores, nos dicen, que no pueden jugar ciertos partidos porque no pueden hacerlo en las ciudades o estados que tienen que visitar en la liga. Ante del comienzo de la competición, a mediados de septiembre, ya saltó la polémica con cerca de 60 jugadores de la NBA que se declaraban contrarios a vacunarse. Leíamos entonces en La Vanguardia: 

Faltan tres semanas para que comience la temporada en la NBA. El próximo 19 de octubre arrancará la competición y puede que lo haga sin algunas de sus estrellas. Medio centenar de jugadores se niega a ser vacunado y, a pesar de que la Liga no consiguió que fuese obligatorio, la legislación en algunos estados impedirá que estos atletas puedan competir en sus estadios.

Actualmente, solo los entrenadores, árbitros y trabajadores de los clubs están obligados a vacunarse. La Liga intentó que los deportistas también lo estuviesen, pero se encontraron con la oposición frontal del sindicato de jugadores. Eso sí, todos los que no tengan la cartilla de vacunación completa, deberán cumplir un protocolo muy estricto con tests diarios los días de entrenamiento, viajes y partidos. Algo a lo que no deberán someterse los que ya han sido vacunados.

A pesar de que el 90% de jugadores estarían vacunados, ese 10% restante amenaza con complicar el inicio de curso, especialmente en el caso de las grandes estrellas de sus equipos, con Kyrie Irving a la cabeza. El base de los Brooklyn Nets ni siquiera pudo estar presente en el media day que ofreció su equipo en el Barclay Center con los reporteros. A diferencia de otras estrellas de los Nets como Kevin Durant o James Harden, Irving no pudo acceder al recinto por la legislación vigente en Nueva York. El mes pasado, el alcalde de la ciudad, Bill de Blasio, emitió una orden ejecutiva que obliga a los deportistas profesionales a acreditar que han recibido al menos una dosis de la vacuna para poder jugar en su club.* 


Estamos viendo en España (y por toda Europa) los estragos de la COVID-19 en los equipos deportivos en esta ola masiva. La Liga de Fútbol,  la de Baloncesto y de otros deportes se está viendo afectada por las continuas bajas producidas por los contagios. Suponemos que están vacunados, pero puede que la privacidad proteja a algunos que han podido contagiar a sus compañeros.

A Lionel Messi le dijeron que se quedara en su casa en Argentina hasta que pasara la cuarentena tras el contagio sufrido en las vacaciones. Ha regresado hace un par de días, pero todavía tiene que entrenar aislado.

¿De dónde viene entonces esa especie de narcisismo vacunal de Novak Djokovic? Creo que la respuesta está ya en la pregunta. Vamos a ver cómo evoluciona la pandemia y las restricciones por todo el mundo. Lo ocurrido en los Estados Unidos —que te dejen jugar en lugares republicanos, pero no puedas jugar en los demócratas por las medidas de seguridad— puede empezar a complicar internacionalmente ciertos deportes que no se van a poder permitir estas frivolidades. Lo estamos viendo en las ligas nacionales y comenzará a plantearse el problema en las fronteras. Puede que el derecho a la privacidad te permita no vacunarte, pero de la obligación de declarar o de presentar los documentos requeridos en cada frontera no te libra nadie, aunque seas el número 1 del mundo. El caso Djokovic es una alerta para muchos deportistas internacionales, pero pronto puede que haya que presentar el pasaporte COVID o similar para poder estar en una alineación o saltar a una pista si se endurecen las medias como parece que va a ocurrir.

El peligro mayor no es Djokovic sino su utilización como mártir de la causa de los antivacunas que están cada vez más presionados en sus países respectivos y se disponen a dar las batallas en todos los ámbitos. El deportivo les ofrece la publicidad perfecta para su "causa".

El jugador de la NBA, Kyrie Irving, encesta con frecuencia, da buenos pases y tiene buen corazón ayudando a causas sociales nobles, pero también cree que la Tierra no es redonda y piensa que con las vacunas los negros quedan conectados por una sociedad secreta a un "ordenador satánico". Allá él con sus problemas con la Tierra, pero en lo referido a ser antivacunas está haciendo daño a las personas que le crean, algunas de las cuales se contarán ya entre los muertos. Ser bueno en un deporte, como algunas otras cosas, no te convierte en inteligente, pero sí les da a los manipuladores la ocasión de utilizarte para fines de confusión y resistencia.

Dicen que no se puede obligar a nadie a vacunarse, pero ningún no vacunado puede obligar a los demás a jugar con él ni tiene derecho a pasar las fronteras incumpliendo las normas. Djokovic no es solo un antivacunas; es una persona que quiere ser un privilegiado, evitar lo que los demás deben hacer.

 


*  "Los antivacunas amenazan el inicio de la NBA" La Vanguardia 28/09/2021 https://www.lavanguardia.com/deportes/baloncesto/nba/20210928/7751903/antivacunas-amenazan-inicio-nba.html