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domingo, 11 de febrero de 2024

El inútil era él o ¡viva el cine!

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

En la víspera de la fiesta de la entrega de los premios Goya, un político se ha permitido hablar de inutilidad. A muchos les parecerá un despropósito, una ligereza y sobre todo una demostración de incultura galopante, que es la que caracteriza a esta viejo-nueva ultraderecha populista que considera que el gasto en cine o en otras artes es un despilfarro económico.

El señor JLG —creo que es un gasto energético, un desperdicio escribir su nombre completo—, colado en los mandos autonómicos por eso que llaman aritmética electoral y que se gana su sueldo con sus frecuentes exabruptos que considera propios del que se gana la vida ante cámaras y micrófonos, se ha permitido calificar de desperdicio eso que considera "tirar el dinero", las subvenciones al cine español. Lo ha hecho en un año, además, especialmente bueno para el cine hecho en nuestro país, pero el problema es claramente otro: a JLG no le gusta el cine porque no le gusta lo que dice el cine.

Pedro Almodóvar contestando al señor JLG

Dotado de una sensibilidad capaz de medir terremotos, a JLG el cine le parece un despilfarro. La gente va al cine y escucha y ve cosas que a él no le gustan. El centro de su teoría es que no le interesa a nadie y que el dinero gastado es tirar el dinero de los contribuyentes. Pero se equivoca, claro. Es él el que no va al cine.

Hay cierta obsesión de la ultraderecha española en el monolitismo y en apropiarse del gusto general. Desde su ideología plana, el cine es inútil, lo que les lleva a situarse en una mentalidad casi decimonónica, pre cinematográfica. Quizá si él escribiera los guiones, los dirigiera y los interpretara... sería más aceptable, pero no parece que estén por ofrecerle ningún papel o le acepten guiones. No, a JLG solo queda su propio canal de YouTube y desde allí decirnos su versión del "¿Saben aquell que diu...?" Pero creo que ni por esas.

En un momento crítico de la cultura en todo el mundo, en el que se está produciendo un borrado de memoria cultural (en el sentido más amplio del término), el cine es una herramienta para mostrar y educar, dos facetas, complementarias y necesarias. Pero al señor citado solo le va el adoctrinamiento, que es una forma de negar la educación, de reescribir parcialmente la historia y las ideas acomodándolas a su parcial forma de ver la vida. Al señor citado le sobra la diversidad; él es el centro del universo y decide sobre lo divino (con conocimiento propio) y lo humano (por lo que le han contado en el partido).


El cine es más necesario que nunca y no solo que se siga produciendo, sino usarlo como herramienta de viaje espacial y temporal. Para bien y para mal, el cine es testimonio, tanto explícitamente como implícitamente. Quizá por eso se ha convertido en un testigo incómodo, en algo que nos muestra los excesos y las carencias de cada tiempo. Ya sea en los detalles de las grandes películas como en la mentalidad e intereses de las malas, el cine enseña, de él aprendemos. Y no solo cine... Aprendemos de la vida, de la personal y de la colectiva. Quizá sea eso lo que le molesta, que no le dedicamos suficiente atención a sus mensajes y nos distraemos.

Atacar al cine español, aunque no nos guste o nos guste más o menos, es absurdo o peor: es "político" en el peor sentido de la palabra. El mensaje que ha lanzado tiene ya décadas y no ha servido de mucho. ¿Por qué la ultraderecha populista sigue insistiendo en ese mensaje? Pues quizá no tenga otro, se le agotaron los mensajes no le quedan más. Quizá los analistas contratados les han dicho que los votantes no han pasado de "Raza" y del "Marcelino", del "landismo" (con perdón para Landa) y del "destape" (hoy estamos en el "#seacabó").


Este señor ha tenido la fatalidad de la ocurrencia desfasada, pero también la del momento más inoportuno: varias de las películas que han estado en los Goya han recibido premios internacionales y están como candidatas a varios de los premios Oscar, lo cual ya es bastante. En diversos festivales se han premiado algunos de estos trabajos previamente. Ha sido, como señalamos, un año de películas especialmente premiadas, en lo que deseamos sea una salida del cine español hacia el mundo y hacia el mismo interior que hoy lo niega de forma absurda, posturosa e irresponsable. Hace falta esta nueva generación de directores y especialmente de directoras. El problema no es que haya películas malas; el problema es que no las haya buenas. Y este año las hay.


Si hay alguien que no puede hablar en este país de estar subvencionado es un político. No hay actividad más subvencionada que esa. No nos tire de la lengua.

Si hace unos días hablábamos aquí de la censura de libros en la bibliotecas y de cómo Vox lo ha hecho en los lugares que controla o le dejan controlar, el intento de hacer lo mismo con el cine está a la vista. Habrá que estar vigilantes no sea que a algunos se les ocurra pactar, por un puñado de votos, para empezar a retirar las ayudas al cine.

El lobo enseña la patita. Pues ¡viva el cine!

PD: mi voto virtual para la protagonista de 20.000 clases de abejasSofía Otero, que por tener 10 años no ha podido ser votada. Deseamos que se mantenga en estado de gracia hasta poder ser premiada y ofrecernos días inolvidables ante una pantalla.

lunes, 20 de febrero de 2012

Los premios Goya y los niños

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Claudia Vega, en Eva
Ayer fue la gala de los Goya y debo confesar que no la vi. No me ha quitado el sueño, pero en ocasiones me lo ha dado. Me alegro por las dos películas, la de Urbizu y la Kike Maillo, que han intentando apartarse del más de lo mismo que ha caracterizado el cine español desde hace unas décadas y que ha significado su ruina especializada. Me refiero con este término al abandono general y al consumo nacional-progresista de muchos títulos infumables porque había que defender el cine español.
El arte —aunque sea industrial, como el cine— debe defenderse por sí mismo y lo que ha aquejado a nuestro cine ha sido precisamente un mal entendido sentido de la industria, del público y, si me apuran, del arte mismo. Las películas de Urbizu y Maillo (y algún caso más) han reconciliado a un sector del público con un cine al que también tiene  derecho sin que se falte a su inteligencia o sentido del gusto, como ha ocurrido con muchos de los éxitos celebrados de taquilla, los únicos que para muchos cuentan. Es lo que a mediados de los setenta intentó la industria con la llamada "tercera vía", un cine equidistante del intelectualismo de algunos y la chabacanería de otros. No funcionó mucho tiempo y el público se fue alejando de las salas para volver una o dos veces al año con títulos taquilleros, con los que se consideraba salvada la temporada. El arte quedaba para otros y la pérdida de espectadores fue en aumento a ritmo acelerado.

Cría cuervos (Carlos Saura)
Confieso también, y algo ha tenido que ver, que me irritó la prohibición por parte de la Academia de que pudieran optar a los premios los actores menores de dieciséis años, algo profundamente injusto y sectario generacional porque hay algunas interpretaciones infantiles superiores que deberían ser reconocidas en su mérito, como lo han sido anteriormente. Sin embargo, amparándose en criterios increíblemente absurdos, que pretenden ser proteccionistas y no son ni paternalistas, sino claramente comerciales, se privó del reconocimiento a los actores infantiles. No puedo dejar de pensar en películas como El espíritu de la colmena, Cría cuervos, El Bola o El laberinto del fauno, por citar solo algunas de antes y ahora. Este año había meritorias interpretaciones infantiles que han quedado fuera por decreto.

El espíritu de la colmena (Víctor Erice)

Las palabras del director de la academia, González Macho, en junio pasado, para justificar el corte de edad fueron las siguientes:

Se ha hecho algo que es esencial, que es proteger al menor. Cuando un niño gana un Goya le puede afectar profundamente en su desarrollo posterior. *

El Bola (Achero Mañas)
Según esto, por ejemplo, tampoco se deberían dar más allá de los sesenta y cinco por riesgo de infarto, hipertensión, embolias, etc., al sufrir emociones fuertes que pudieran llevarlos al hospital o más lejos. Quizá deberían ponerle en la placa, como en la cajetilla de tabaco, un aviso  que diga: "el Goya puede perjudicar seriamente su salud o su futuro".
A lo mejor también afecta a un niño que no le nominen para un Goya si ha hecho una maravillosa interpretación; puede sacar la profunda sensación de lo injusto que es el mundo. En el fondo, no es más que trasladar el ninguneo al que el resto de los jóvenes se ven expuestos en sus condiciones laborales en España, el “actor becario”, el “minijob”, al mundo del cine. Un ninguneo disfrazado de protección infantil que no es más que la protección de la industria y sus promociones. Niños fuera, que en las butacas con las palomitas están más guapos. Quizá deberían preocuparse por la generalmente incorrecta calificación de las películas en lo referente a la edad, si quieren proteger a la infancia.
Enrique González Macho siguió explicando:

…un adolescente ya tiene una capacidad de juicio y son mucho menos manipulables. Además, cuando recogen la estatuilla ya están rondando los 17 años y la mayoría de edad.*

Ivana Baquero con su Goya (2006)
No acabo de entender muy bien lo de “manipulables”, pero el señor González Macho sabrá por qué lo dice. A lo mejor se les puede reconocer el mérito en el momento y, como con las herencias, que los recojan cuando tengan la edad.  Te lo dan con diez y lo recoges con dieciséis. Absurdo, históricamente absurdo.
La triste realidad es que los niños plantean muchos más problemas para estar presentes en promociones y saraos, los ambientes en los que se cuece el cine. Hay que estar pendientes de ellos, claro, moderar el lenguaje, no salen por la noche…, ya se sabe. Un engorro.
Nuestra Academia cinematográfica cometió así una gran injusticia, aprobada por unanimidad de su junta directiva, al dejar fuera la posibilidad de premiar una actuación que merezca la pena premiar al margen de la edad.
El cine americano habría dejado de premiar, por centrarnos solo en los Oscar, a Patty Duke (El milagro de Ana Sullivan), Tatum O’Neal (Luna de papel), Jodie Foster (Taxi Driver), o Anna Paquin (El piano), entre otras interpretaciones realizadas por menores.
En los años que van de 1934 a 1960 —y de forma intermitente— la Academia de Hollywood otorgó el Premio juvenil, para premiar las interpretaciones más destacadas del año de los actores menores. Entre su nómina, se encuentran los nombres ilustres de Shirley Temple, Judy Garland, Mickey Rooney, Dianna Durbin, Margaret O’Brian y Hayley Mills, la última en recibirlo en esta modalidad especial por su interpretación en Polyanna.

Juan José Ballesta con su Goya (2001)
Entre las nominaciones más recientes al Oscar, por ejemplo la de Abigail Breslin, con diez años, por Little Miss Sunshine (2006), o la de Saoirse Ronan, con trece, por Expiación (2007), dos extraordinarias actrices. El semillero de actores en el mundo anglosajón es solo una muestra de cómo cuidan ellos, sin paternalismos absurdos, a sus actores. A nadie se le pasaría por la cabeza pensar que un premio es nocivo. No creo que estos actores y actrices infantiles, nominado o ganadores, hayan quedan especialmente traumatizados por ello. Solo tengo dudas sobre el caso de Linda Blair, pero teniendo en cuenta que la película era El exorcista, no es fácil saber si lo traumático fue el papel o la nominación. Por cierto, no ganó el Oscar, pero sí un Globo de Oro.

Andoni Hernández en Maktub

La decisión de la industria cinematográfica de excluir de las nominaciones a los menores de 16 años es profundamente injusta. Lo que no se puede hacer es dejar fuera el mérito en unos premios que se supone que es lo que valoran. Bajo la apariencia de proteger a la infancia, la han dejado desprotegida.
Desde aquí mi voto simbólico por Claudia Vega, la niña protagonista de Eva, o por los niños que intervienen en Maktub, con interpretaciones muy meritorias, como la de Andoni Hernández. Continuarían así una larga lista de actores infantiles que —para desesperación de los adultos— les arrebataban, en limpia lid, los premios de las manos con demasiada frecuencia.

*”Los menores de dieciséis años no podrán optar a un Goya” El País 21/06/2011 http://cultura.elpais.com/cultura/2011/06/21/actualidad/1308607204_850215.html