Mostrando entradas con la etiqueta Paris. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Paris. Mostrar todas las entradas

sábado, 14 de noviembre de 2015

París, de nuevo

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Los atentados ocurridos ayer en París son una muestra de que la guerra contra el Estado Islámico no es una guerra en un país o contra un país. No es la guerra de Siria o en Siria. Es un desafío al mundo desde una idea perversa que se materializa en aquellos lugares en los que puede hacer daño. Frente a esta idea dañina, están los valores de la convivencia y las libertades individuales que son las que niegan con cada acto terrorista.
Cada mente terrorista es un territorio ocupado, colonizado, un terreno militarizado desde el que puede partir un ataque en cada momento hacia el mundo que tiene a su alrededor, un mundo que entiende como intrínsecamente malo y que es necesario destruir.
En la medida en que se recorte su presencia local, se manifestará globalmente, actuando allí donde se encuentre en las cabezas de los que entienden que la muerte es el sacrificio que se les pide para alcanzar sus objetivos dobles: objetivos personales, las promesas en las que creen, y estratégicos, lo que quieran destruir. Matar a otros es el final de su camino en un proceso de transformación personal que suponen les reportará algún beneficio en otra vida, y lograrán crear su reino en la tierra. Paradise now!


Los atentados del avión de pasajeros ruso en Egipto, los de Beirut hace un par de días y los de ayer en París son formas de manifestar esa voluntad de muerte propia y ajena. Se han producido en un tiempo corto generando dolor y muerte.
No es fácil controlar el yihadismo quintacolumnista. Están ahí, esperando, simplemente. Es una realidad con la que hay que convivir y estar alerta. También es una realidad que hay que impedir que se desarrolle por diversos medios. Los remedios militares y policiales son los que se aplican cuando gran parte del mal está ya hecho, diseminado.
Como todo lo que se crea en la mente, hay que combatirlo también con ideas. La lucha es aquí desigual porque las ideas de muerte que albergan tienen una época de siembra y otra de recogida. La de siembra siempre parece poco importante, pero es la decisiva. Sin semilla no hay cosecha. Estamos aprendiendo de dónde se siembran para descubrir muchas veces que hemos juntado a los diseminadores del fanatismo con sus receptores en cárceles en donde se ha producido la radicalización.
Seguimos sin saber cómo abordar el problema en su raíz. Sin ello, solo queda el atrincheramiento, que es uno de los objetivos del terrorismo yihadista. Como en todo fenómeno complejo, los beneficiados por estos actos dementes son de diversa naturaleza, unos directos y otros indirectos. De nuevo nos llegarán condolencias de países cómplices por omisión o por acción directa, países que amparan el fundamentalismo pensando que lo podrán controlar si no se oponen a él.


El fenómeno del yihadismo no es equiparable a otras formas de terrorismo locales anteriores, ligadas a espacios o hechos concretos. Es un fenómeno global y gradual, irisado. Mientras que en Occidente la idea de nación o estado es relevante en nuestras categorizaciones de la realidad, el primer paso en la transformación yihadista es la deslocalización: el trascender la idea nacionalista o de pueblo, por contra de como ocurrió durante los procesos de descolonización.
Este terrorismo no está ligado a un espacio nacional sino a una idea. De hecho ese espacio no existe todavía: es el califato, forma posible, terrenal, de la aspiración a una totalidad futura. La novedad del Estado Islámico es precisamente su definición de "estado", en contra de las anteriores formas de lucha como "frentes de liberación". No se trata tanto de recuperar o liberar como de construir. No es un espacio lo que se reivindica, sino la posibilidad de vivir de una manera en un espacio que comienza en las zonas más débiles, Irak y Siria, por los conflictos.
Ha llamado la atención la propaganda doble, la del terror —con todo tipo de ejecuciones— y otra de la felicidad con imágenes paradisíacas en las que se muestra un mundo posible para el que lucha por él. Los que se suman a este reclutamiento de la idea lo hacen desde posturas ya existentes, de corte salafista, pero a las que se les ofrece una oportunidad de encarnación de la idea en una realidad tangible, un Estado.
Lo más extraño es que, desde el punto de vista político, ese Estado Islámico no se podrá realizar físicamente, traducir a "normalidad", más que provisionalmente allí donde ocupen el territorio y hasta que se retiren de él.


Como siempre ocurre con las estrategias terroristas, hacer daño tiene una doble función, llevar la muerte lo más cerca posible de los enemigos y hacer que la presión de la opinión pública sobre los gobiernos aumente. Cada golpe de terror es una forma de propaganda que se celebra como una gran victoria, como una posibilidad de vencer al diablo, de que Dios está de tu lado.
La monstruosidad intrínseca del Estado Islámico, su barbarie allí donde ha llegado en su ocupación, es de tal calibre que nadie en su sano juicio entenderá que pueda dejarse crecer en ningún espacio, por remoto que pueda estar o por ciegos que nos interese vivir. Tal barbarie es intolerable ante cualquier conciencia, incluidas la gran mayoría de las musulmanas que las rechazan de plano.
La cuestión es cómo contrarrestar esa ideologización fanática del islamismo allí y aquí. El hecho de que nos formulemos un problema no significa que podamos resolverlo. Pero es importante entender la naturaleza del problema para tratar de evitar incurrir en errores que lo agraven. Y en eso Occidente tiene mucho que aprender.


Lo primero que tiene que entender es que las viejas estrategias sobre amigos y enemigos han cambiado históricamente y que puede estar amparando a los que no combaten la radicalización, sino que la usan para sus propios fines.
En segundo lugar, se debería cambiar radicalmente la comunicación, que es contraproducente en muchos casos y es reconducida por los yihadistas como confirmación de sus mensajes. Esto no es sencillo pero sí muy necesario porque las comunicaciones son globales y los islamistas son maestros en el arte de la relectura sesgada. Cada mensaje es filtrado y convertido en un agravio al conjunto de la sociedad musulmana. Los medios tienen sus voces especializadas en esta tarea de intoxicación, que es permanente. Las nuevas tecnologías han creado el predicador global que unifica vía satélite o internet los mensajes llegando más allá de sus fronteras. Esto lleva décadas funcionando y tiene bien localizados sus canales. Son la principal fuente de adoctrinamiento, captación y estructuración.
El escenario global ha dado fuerza a lo que antes estaba aislado y localizado. Hoy, como muchos señalan, es una mezcla de barbarie y tecnología, que sabe usar al inculto y al ingeniero, al fanático al que se utiliza como carne de cañón vendiéndole lo grandioso del martirio, y al fino y refinado estratega que se mantiene en la sombra diseñando el caos.


En tercer lugar, es importante identificar realmente a los que buscan la modernización del mundo árabe frente a los fanáticos, no para convertirlos en la vanguardia de Occidente, sino para que puedan ser los líderes de sus pueblos y los saquen de esa mezcla de incultura, frustración y desigualdad que es lo que está sirviendo de caldo de cultivo para este proceso.
Los mecanismos de propaganda de Oriente medio siguen interpretando esto como una conspiración occidental: es Occidente el que hace estrellarse los aviones contra la torres gemelas o quien mata a sus ciudadanos en las calles para echar la culpa al mundo árabe-islámico. Esto, que nos parece ridículo e infame, es considerado una verdad incuestionable por millones de personas que siguen viviendo en una burbuja conspiratoria de la Historia. El único y verdadero obstáculo son unos gobernantes, respaldados por Occidente muchas veces, que los mantienen en el atraso manipulable, en el abandono.
La única forma de que se reduzca (es difícil que desaparezca) todo esto es la verdadera reforma social y religiosa a través de una educación que saque de la ignorancia y permita entrar en la convivencia. Por eso se frenan las reformas y se controla la educación, a las que la elites acceden si dificultad pero vedada a todos los demás, en manos de predicadores de barrio.
No es casual que esta barbarie surja con esta fuerza después de los intentos de la "Primavera árabe" de dar salida a movimientos democráticos, básicamente de los jóvenes, que plantearon sus reivindicaciones en términos de libertades y progreso y no de fanatismo y reacción. Esta es la "otra primavera árabe", su antimateria. Los deseos de democratización han acelerado las fuerzas de la reacción con más intensidad para frenarla, porque han identificado en la democracia, querida durante décadas, el germen de la desobediencia que los líderes —políticos, militares o religiosos— pretenden alejar. Cuando les interesa se vuelven "religiosos" en su intento de controlar a las poblaciones.


Los atentados de París son un aviso más para las grandes potencias para que esto se tome en serio y se dejen de estrategias separadas y rivalidades en la zona. De no hacerlo, el monstruo seguirá engordando con las debilidades ajenas, con las dudas y los miedos. Los muertos del Sinaí, de Beirut, de Paris..., por citar solo las últimas víctimas, son un recordatorio de que los yihadistas no tienen mucho que perder, pero nosotros sí. Perdemos libertades y seguridad, también solidaridad pues el miedo tiende a cerrar puertas. Es hacer un favor al yihadismo cerrar nuestras puertas, dejar de ayudar. Pero habrá que hacerlo de otra manera.
Hay que aceptar de una vez dónde está el progreso que nos salve a todos, a ellos y a nosotros, de esta barbarie. Hay que encontrar soluciones reales.
Nuestra solidaridad con París, con Francia y con las familias de los fallecidos. Los aficionados franceses que han salido cantando La Marsellesa, han sacado fuerza de unos ideales republicanos que esa canción representa, unos ideales que llegaron a muchos lugares del mundo, pero que en otros son simple música. Es con el fanatismo con lo que hay que acabar en su origen, como idea y como práctica, llenando de valores de libertad, igualdad y fraternidad universales. Valores reales que frenen el dogma y su imposición, que se va asentando como una marea negra matando todo lo que cubre.
Y hoy el fanatismo crece donde se prohíbe el pensamiento diverso, donde avanza la censura y la represión, etc. No hacen falta más cárceles —es allí donde ha nacido el fanatismo—, sino más bibliotecas, más arte, más becas, más diálogo, más prensa libre y crítica... más futuro, en resumen. Hace falta que surja gente capaz de ser escuchada más allá de los clérigos, por más que los haya sensatos; hacen falta intelectuales valientes que publiquen en sus países y no tengan que hacerlo en otros idiomas, fuera de sus fronteras... Hace falta ver el futuro y caminar firmes hacia él.
Mi solidaridad y condolencia a todos.



lunes, 12 de enero de 2015

París, un lápiz

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Son muchos los motivos para estar esta tarde en París, con París, junto a París: por las víctimas, por los derechos, por la libertad de expresión, contra el terrorismo, por la convivencia... De algunos de ellos se tendrá una visión más emocional; de otros, más racional. Por las víctimas se siente indignación y dolor. Se sienten ambas por los periodistas, por los policías muertos, por los rehenes. Unos fueron víctimas buscadas, con nombre y apellidos, los periodistas: otros pasaron simplemente por delante de su punto de mira; a otros fueron a buscarlos a un supermercado de comida judía, les daba igual quién estuviera allí. Mezclaron todos los odios que eran capaces de albergar.
Su vida no daba para más. Carecían de cualquier ambición o ilusión. Han podido sembrar la muerte porque ellos ya estaban muertos.
En estos días se ensaya la modalidad informativo literaria del "retrato del terrorista adolescente". Se intenta explicar lo que lleva a este odio autodestructivo que solo se satisface destruyendo a los demás. No sirve de mucho. Las experiencias por las que hayan podido pasar son terriblemente vulgares. Casi todos han pasado por ellas y no se han visto abocados a matar a nadie. Hay mucha gente a la que no le gustan las burlas de las religiones, pero no les lleva a asesinar. No se sienten ángeles vengadores a los que recibirán gozosamente en ningún paraíso preguntándoles morbosamente por cuántos muertos dejaron en este mundo. Simplemente las ignoran. Matar es matar, lo hagas en nombre de quien lo hagas.
No matarás.


Pero hoy Paris no era solo Paris. Ha crecido, se ha extendido a muchas otras localidades de Francia y de Europa, se ha manifestado en plazas de Nueva York, Los Angeles o en Madrid; también se han manifestado los periodistas en El Cairo o en Estambul, lugares donde tampoco es fácil hacerlo.
Paris ha crecido y ha madurado dando un ejemplo de fortaleza y serenidad en su respuesta. Le Figaro habla en estos momentos, final de la tarde, de cerca de cuatro millones en las calles de toda Francia, de gente manifestándose por las libertades de Francia, por sus libertades, las de todos.


Solo quedó fuera de Paris Marine Le Pen. La jugada que intentó, le salió mal. No hay que darse tanta prisa en pedir la pena de muerte. A Francia se le pueden pedir sacrificios, pero no renuncias. Traer de nuevo la pena de muerte es hacer retroceder a la república. Eso lo saben muchos franceses. Marine Le Pen puede haber cometido el error que la descabalgará del carro de la Historia en Francia. En 20 minutos nos trasladan la información de EFE:

El fundador y presidente de honor del ultraderechista Frente Nacional (FN), Jean-Marie Le Pen, se desmarcó este sábado del mensaje de homenaje a las víctimas del atentado contra el semanario francés Charlie Hebdo y aseguró: "Yo no soy Charlie". El fundador de ese partido de extrema derecha vinculó a la inmigración los recientes atentados de Francia.
Le Pen hizo esta afirmación en una intervención grabada en vídeo y colgada en su página web, pese a "lamentar" la muerte de 12 personas en el ataque este miércoles en París contra Charlie Hebdo.
Le Pen hizo esta afirmación en una intervención grabada en vídeo y colgada en su página web, pese a "lamentar" la muerte de 12 personas en el ataque este miércoles en París contra Charlie Hebdo. "No voy a pelear por defender el espíritu de 'Charlie', que es anarco-troskista", indicó el padre de la actual presidenta del FN, Marine Le Pen, quien criticó que su formación no haya sido invitada a la gran manifestación en contra del terrorismo organizada para mañana en París.*


Se muestra que el viejo Jean-Marie Le Pen sigue en plena forma. No tuvo bastante con desear el ébola para acabar con la inmigración ilegal, necesitaba mostrar que sus odios no son solo contra los extranjeros, sino contra los franceses con los que no está de acuerdo. Se demuestra además que no entiende nada. ¿Cree LePen que los que han dicho "jesuisCharlie" son anarco-trotskistas? Pero eso no le preocupa. Teme —eso sí—que alguien pudiera pensar que sea trotskista el aguerrido paracaidista del pasado, el que dijera que la invasión nazi fue relativamente suave o que fue Pétain un estadista aceptable. No debe tener ese miedo, monsieur LePen; usted es inconfundible. Y cristalino.
No son unas caricaturas específicas lo que se defendía hoy, sino el derecho a que no te maten por ello, el derecho a defenderte ante un tribunal si alguien se considera injuriado, incluso. Se llama civilización. Se rechazaba el totalitarismo, el fanatismo y el fascismo religioso que obliga, por ejemplo, a envolverse en explosivos a una niña de 10 años. Sí, somos Charlie, Ahmed, el policía, los judíos asesinados y esa niña a la que han usado de bomba a miles de kilómetros los mismos fanáticos enloquecidos. Dice incorrectamente el titular de El Periódico "Una niña de 10 años mata a una veintena de personas en un atentado suicida en Nigeria". ¿Y quién mató antes a la niña que había en ella? Son los mismos que han secuestrado a cientos de niñas para usarlas como esclavas, casarlas con sus valientes guerreros o cargarlas de explosivos para que revienten en un mercado nigeriano o de Kabul. Ella debería ser contada entre las víctimas, no entre los asesinos. No eran trotskistas, sino personas civilizadas que usaban un lápiz como signo de su rebeldía, como herramienta de su lucha. Un lápiz.


Hoy es el día de la afirmación y la solidaridad. Por eso Francia se ha afirmado y muchos han querido estar allí, formando parte de una manifestación —algunos con mal pedigrí—, algo que no se había visto nunca. Muchas presencias eran obligadas en la medida en que Europa es cuestión de todos y nada nos debe ser ajeno Esto es algo que ha pasado en Francia, sí, pero nos ha pasado a todos. Si sirve para que los europeos nos sintamos más unidos y firmes, no habrá sido en balde.
Ha dicho François Hollande que París era hoy la capital del mundo. Sí, una capital de la que cualquiera podía ser ciudadano con solo levantar un lápiz, con solo reivindicar la libertad, la igualdad y la fraternidad, que no es algo exclusivo de Francia, de Europa o de Occidente, sino de todo el que crea en ello. Los derechos humanos son patrias comunes, grandes, para todos, de todos.



* "Los Le Pen abanderan el "yo no soy Charlie" y piden no acudir a la manifestación este domingo" 20 minutos 10/01/2015 http://www.20minutos.es/noticia/2343997/0/partido-le-pen/yo-no-soy-charlie/manifestacion/




Periodistas en El Cairo en solidaridad por la libertad de expresión y contra el terrorismo (1)
Periodistas en El Cairo (2)


martes, 19 de noviembre de 2013

El bastón y la escopeta

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
De las imágenes del loco parisino de la escopeta, el que tiene en vilo a todos por si le vuelve a dar otro ataque, lo que me ha dejado sorprendido es la parsimonia del señor de la escalera en la cadena BMFTV, el señor mayor que con su bastón asciende con dificultad por la escalera apoyándose en el pasamanos. Las imágenes que nos han ofrecido las cadenas españolas de televisión —al menos las que yo he visto— se centran como es lógico en seguir al agresor. Me llama la atención que uno se pueda cruzar con un hombre armado como si fuera un repartidor de telepizza y seguir, sin inmutarse, un lento e interminable ascenso por la escalera, la huida más lenta de la historia. Me choca también la actitud del agresor, que tiene que esquivarlo en su ascenso como fuera una fregona olvidada en la limpieza de los peldaños.
Entro en las páginas virtuales del diario Le Figaro y veo la secuencia de las cámaras de seguridad que ellos ofrecen y me hace ganar esos segundos que me permiten ampliar la secuencia y tratar de comprender tan peculiar comportamiento. Un hombre abandona el mostrador de BFMTV y se dispone a iniciar el ascenso del tramo de escalera que le separa de la salida. Lleva un bastón en su mano; es mayor. Antes de lanzarse hacia la escalera, se detiene a un par de metros de ella y recompone su abrigo. La distancia a la que lo hace nos indica que será un ascenso penoso para él, que necesita cierta mentalización para subir aquellos escalones. Es el tiempo que aprovecha para colocar su abrigo adecuadamente, coger aire y fuerzas.


Es entonces, mientras está contemplando aquel obstáculo sin piedad arquitectónica para alguien de su edad, en su estado físico, cuando se abre la puerta de la calle y entra el hombre con la escopeta en la mano. Tras ver varias veces las imágenes, se puede percibir una cierta vacilación en las piernas, un ligero temblor, una vacilación en el hombre del bastón, su rigidez momentánea por la tensión del cuerpo. Frente a él, un hombre inequívocamente armado con una escopeta va a iniciar el descenso por la misma escalera que usará para salir a la calle.
No sé si uno puede ponerse en la mente de alguien en esa situación. ¿Qué hacer, retroceder, darse la vuelta? ¿Quizá gritar? ¿Buscar refugio? ¿Quedarse parado, arrojarse al suelo? Lo único que sabe es que ha entrado un hombre —muy decidido, dicen la informaciones— armado con una escopeta, que se dirige de frente hacia él, que es el primero que se encontrará.


Y el cerebro de este hombre, milagrosamente, decide que terminará de abotonarse su abrigo y mantendrá su idea inicial ascendiendo dificultosamente por la escalera como si no pasara nada. Durante una fracción de segundo, los dos están situados como si de un duelo en un western se tratara y la escalera fuera la calle principal de un pueblo. Durante esa fracción de segundo, el hombre del bastón y el de la escopeta se tienen forzosamente que mirar el uno al otro, verse de frente. Hasta que deciden no verse, que no existen el uno para el otro. El hombre del bastón se vuelve avestruz.
Es un contrato visual. Cada uno en dirección al otro, se cruzan ignorándose. Sin embargo, como la mujer de Lot, la curiosidad traiciona al hombre del bastón quien, con la mano en barandilla, abordando el ascenso del primer escalón, gira durante un segundo su cabeza para mirar qué ocurre. Sabe que el hombre de la escopeta tiene que regresar por el mismo camino y que no llegara, con su pobre velocidad, a la calle antes que él.
Después de perpetrar su acción amenazante con el arma, el agresor (¿cómo llamarle: el "tipo", como hace El País, el "lobo solitario", como lo hace El Mundo?) se gira y comienza su huida. El hombre del bastón se encuentra todavía iniciando el ascenso del segundo escalón, subiendo dificultosamente. El hombre de la escopeta tiene que esquivarlo para evitar chocar con él. Después se encamina rápidamente hacia la salida a la calle. El contrato visual sigue funcionando. El extraño episodio ha terminado.


Son dos tiempos distintos, una secuencia de mundos paralelos. La velocidad frenética de la acción de uno y la lentitud del otro confluyendo en un mismo espacio. Son como Aquiles y la tortuga sin malos trucos filosóficos. La tortuga, en este caso, se salva de ser pisoteada por el veloz Aquiles precisamente por su increíble lentitud. En esta carrera, lo importante es no participar. Se trataba de mostrar que la lucha del hombre del bastón estaba con los peldaños de la escalera, lo demás no importaba. Estrategia de supervivencia. ¿Crisis, qué crisis?
Lo que quedó en amenazas y sustos el viernes en BFMTV, se concretó en el disparo contra el fotógrafo de Libération, esta vez sí, el primero que encontró en su camino, ayer lunes. Se encuentra grave. Se despidió el viernes diciendo "¡la próxima vez no fallaré!" y así ha sido. 
El viernes fue el ensayo general con público; ayer, su debut criminal.