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domingo, 25 de mayo de 2025

La gestión de lo posible

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

El artículo en 5 días de Manme Guerra lleva por título "Asumir que las divas también pierden o cómo digerir un fracaso"*, lo que es muy bonito cuando ya ha pasado la tormenta, al menos en parte.

Lo ocurrido este año con el Festival de Eurovisión ha sido tirando a raro y la prueba es que sus efectos  todavía colean. El texto hace referencia a que no hay que vender la piel del oso antes de cazarlo, por usar un dicho popular. La entradilla del texto ya nos advierte de lo malo que es eso: "Los expertos señalan que es importante ajustar las expectativas y defienden ver los reveses como una forma de aprender. Alertan del peligro tras el mensaje “si quieres, puedes”* ¿Los expertos en qué? ¿No serán los que han hecho de la creación de expectativas su arte previo a la segunda fase, la gestión del desengaño?

En una sociedad mediática, la gestión de expectativas, la generación ilusiones, va en una fase previa a la gestión de desengaños. Teniendo en cuenta que todos "pueden ganar", pero que solo uno lo hará, el paso final es ajustar las expectativas creadas a los resultados finalmente obtenidos. La pregunta que se nos hace es cómo pasar de un estado a otro sin que se produzca una enorme frustración. Es decir, como señala el título, "cómo digerir un fracaso". No en vano, el texto viene con una etiqueta: "psicología".

Esta cuestión no es baladí; de hecho formaba parte del aprendizaje de la vida y a que esta no era vista como un camino de éxitos, sino más bien al contrario, como un "camino de lágrimas", con alguna que otra alegría esporádica


Cómo hemos pasado a normalizar el éxito tiene mucho que ver con los remedios que nos venden a diario, remedios capaces de cambiar nuestra vida en segundos, al menos en la teoría.

Hay que reconocer que este año en Eurovisión la distancia entre lo esperado y lo obtenido ha sido mucha. De esa esperada victoria al puesto "24", antepenúltimo, se ha generado no solo "frustración", sino irritación.

Las "explicaciones" del fracaso van de teorías conspiratorias a la mala elección de la canción, como señala una lituana (así, sin más) en 20minutos

Se insiste también mucho en los apoyos necesarios para poder superar la situación y en la entereza de la cantante.

No se insiste demasiado, en cambio, en la corriente ganadora creada para obtener lo que se buscaba realmente, el entusiasmo del público, que este se sintiera necesario y diera  prácticamente por hecho el triunfo de la cantante española. ¿Se le pasó a alguien por la cabeza que pudiera no ser así? Estas cosas se resuelven y olvidan hacia la mitad de la tabla clasificatoria, pero el antepenúltimo puesto no depara muchos enjuagues. Es una bofetada contra la dura realidad.

Las teorías conspiratorias permiten un mayor margen, aunque no vayan más allá. La dirección del Festival no va a admitir nunca lo extraño que haya podido ocurrir y permite así ajustar el resultado y reducir la frustración. La imaginación funciona.

Sin embargo, deberíamos aprender algo: a no crear falsas expectativas. Es difícil porque es probable que el "mal resultado" haya generado aspectos positivos, como reacción de las audiencias. En el fondo, es de lo que se trata, de atraer la atención.

El año que viene, Melody será invocada; se recordarán las injusticias cometidas hoy y se planteará una revancha justiciera. Esta vez, ¡Europa, te vas a enterar! Estaremos de nuevo subidos al carro de las expectativas, pero ¿habremos aprendido a gestionar los fracasos?

* Manme Guerra "Asumir que las divas también pierden o cómo digerir un fracaso" 5días 25/05/2025 https://cincodias.elpais.com/fortunas/2025-05-25/asumir-que-las-divas-tambien-pierden-o-como-digerir-un-fracaso.html

lunes, 31 de enero de 2022

Las otras guerras de Eurovisión

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

En un día dominado por la insólita unanimidad creada por el genio de Rafael Nadal, contrasta lo ocurrido con el resultado del "fest" dedicado a la selección del representante español para el festival de Eurovisión, algo que ha hecho manifestarse este año a intelectuales y políticos como un intento de mostrar su trascendencia. Lo conseguido es, una vez más, un conflicto a la española en la que todos discuten los resultados y consideran sus temas preferidos como manifiestos al mundo reivindicando algún tipo de causa, no dudo que justas en cada caso. Manifiesto desde aquí mi absoluto desconocimiento y desinterés por los saraos montados y sus entresijos selectivos en donde, según parece, se trataba de que todo el mundo participara y se sintiera soberano con su voto para que finalmente decidieran "los de siempre", según señalan algunos. Esto, como era previsible, causa un descontento y frustración que ha tardado segundos en manifestarse.

Tengo la primera noticia viendo a la ganadora, que es entrevistada por RTVE, la organizadora oficial del concurso de selección. Manifiesta su alegría y satisfacción, pero también: "ha pedido que cese el acoso por redes por parte de quienes no están satisfechos por el resultado. "Tened cuidado con lo que decís porque está en juego la salud mental y emocional de las personas", ha suplicado la artista, quien también ha señalado que está recibiendo "muchísimo amor"."*

Hay algo que se me antoja incomprensible en todos estos procesos, como es la falta de equilibrio a la hora de valorar las cosas, la incapacidad de ver lo que realmente tenemos ante nosotros, como en este caso, un proceso para elegir a los representantes en un concurso sin más trascendencia.

Parece haber una conexión entre la intensidad que se trata de crear para que cualquier evento trivial se convierta en trascendental buscando la implicación de la gente. Esa misma implicación se transforma en frustración y posteriormente en agresividad, como señalaba la propia cantante Chanel. Ese choque en la recepción de "muchísimo amor" por parte de unos y de manifestaciones agresivas, de odio, a través de las redes sociales, convertidas en un espacio emocional incontrolable.

Picado por la curiosidad, leo algunas noticias en los medios para tratar de entender qué ha llevado a esto. En Antena 3 Noticias leo:

Las críticas no tardaron en llegar. "Señoritos del jurado no sabéis la oportunidad que acabamos de perder por vuestra culpa", criticó en Twitter la atleta gallega Ana Peleteiro. "El jurado del Benidorm Fest es como el Consejo General del Poder Judicial", indicaba el portavoz de Unidas-Podemos, Pablo Echenique.

Desde el ámbito de la cultura son numerosas las críticas, como la del escritor Manuel Rivas: "El voto popular fue para "Terra" de Tanxugueiras. Manipulación e vergoña". "Vaya desconexión con la gente", lamentaba el cantante gallego Iván Ferreiro.

El guionista y escritor Javier Giner escribía: "Qué pereza enviar la misma actuación que vemos 800 veces en Eurovisión cada año. Y esto no va contra Chanel, que es una artistaza y se lo ha currado como nadie. Va contra un jurado de supuestos expertos que no saben valorar lo diferente y lo especial".**

Habrá quien valore todo esto como un "exitazo", dado el principio "que hable, aunque sea mal", pero como ha señalado la cantante, esto es un juego peligroso con la salud mental y puede que con la no mental.

Esta búsqueda de la polémica a todo trance es siempre peligrosa en este mundo de nervios a flor de piel, agresividad creciente y necesidad de desahogar frustraciones de otras fuentes en aquello que nos lo permite,

El ramillete de quejas que nos muestra la cadena de televisión es bastante significativo. Horas antes de la final, se preguntaba a los políticos de diversas tendencias sobre cuáles eran sus favoritos. Lo que se trataba de mostrar como un indicador del interés, se convierte poco después en un motivo más de enfrentamiento. Preguntar a los políticos por sus favoritos es un error estratégico o un éxito, según se mire.

Puede que algunos piensen que esto se disipará como el humo pasado unos días. Puede que sea así, pero no por ello deja de ser un ejercicio peligroso porque mantiene en todo lo que se nos plantea un principio de enfrentamiento.


Los concursos siempre tuvieron un jurado, más justo o menos justo. Convertirnos a todos en jurados se inauguró en su momento no por voluntad democrática sino por implicar a las audiencias cuando empezaron las cadenas a competir entre ellas. Pocos concursos han dejado en manos del público la elección final de forma absoluta; siempre ha habido un jurado cuyo peso controlaba el resultado final. Los mecanismos son viejos, van desde el cobro de las llamadas, cuando se ha elegido la opción telefónica, a la promoción por redes. En esta última, la motivación se basa siempre en lo mismo, la búsqueda del conflicto polarizado, un arma de doble filo, pues la propia intensidad que genera se vuelca sobre la frustración de quienes pierden, que se hace mucho más fuerte y personal.

Hoy nada se detiene en seco gracias a las redes sociales, una cámara de resonancia en donde se manipulan las emociones durante más tiempo del deseado. Los que piensen que se trata solo de "música" se equivocan pues todo necesita de un segundo componente, el que cree el conflicto y permita la adhesión a un principio o causa extra musical. De esta forma, los conflictos atraen y comprometen; ganar o perder afecta también a la causa, que no es trivial.

En ABC se nos explica:

Todas las quinielas daban por ganadora del Benidorm Fest a Rigoberta Bandini, pero ni su teta ni su himno feminista lograron desbancar a la hispanocubana. El icono ‘indie’ aunó más que nadie el favor de los expertos y el público, pero ni por esas pudo escalar más allá del segundo puesto. Más hiriente fue lo de las Tanxugueiras, que enarbolaron el apoyo popular al ritmo de las panderetas y su «non hay fronteiras». Ganaron el voto demoscópico (25%), esa ‘rara avis’ que sale de una encuesta a 350 personas que, según Alaska, «son representativas», y también el televoto (25%). Pero al grupo de expertos no le gustó la propuesta del trío gallego, si cabe la más medida, multicultural y, como reivindicaron durante la noche del sábado, «inclusiva», ya que integra todas las lenguas oficiales del país.

Hubo muchas decisiones, pero bastó una polémica para levantar a medio país. Cantantes como Iván Ferreiro, periodistas de la casa como Paloma del Río y hasta políticos cuestionaron el sistema de votación, el talón de Aquiles de la Corporación en este invento. RTVE, que sacó pecho por los buenos datos de audiencia, terminó saliendo ayer al paso de las críticas con un comunicado.***

Los datos de la audiencia no nos dicen los conflictos que se han generado. Es como decir que la "toma de la Bastilla" fue un éxito de convocatoria. Juntar a la gente frente a un televisor está bien; el problema es lo que se produce después. Es parte de lo que la lingüista Deborah Tannen llamó la "cultura del conflicto", la necesidad de arrastrar hacia él para generar esos efectos que sean medibles y expresados en términos de datos comparables. Los "buenos datos de audiencia", como señala ABC, son generadores posteriormente de enfrentamientos.

En El País, los titulares se ocupan de diversos temas con un despliegue insólito en este tipo de eventos:  "Chanel: “He soñado que me tiraban un tomate, pero estoy fuerte ante el odio en redes”" —sobre la violencia desatada contra la ganadora—, "El festival se convierte en un asunto político" —la implicación de los diversos políticos—, "Tanxugueiras: “Al llegar a la final, ganamos. Todas las lenguas ganaron”" —la cuestión de las lenguas nacionales— y "El encuentro volverá a la ciudad alicantina en 2023" —sobre la ocupación hotelera en la ciudad durante el festival—, todo un repertorio que constituye el mapa temático del concurso y el origen de sus conflictos.

Mientras sean los conflictos los que intensifiquen las propuestas llamando "a las barricadas", este tipo de fenómenos solo dejaran satisfechos a los que los provocan, más interesados en el número que en otra cosa. Este fenómeno es cada vez más usado, aplicado a cada escenario, del deporte a la canción, de la política a los conflictos entre los medios. Este último aspecto no es irrelevante y contribuye a la lucha entre unos y otros por las propias audiencias. RTVE ha prometido un nuevo programa con los participantes, una forma de intentar calmar a los seguidores,  de aprovechar el conflicto o, quién sabe, de las dos cosas a la vez.

Al final, estas guerras previas ejercen su violencia sobre las personas. Esperemos que a la ganadora se le deje de acosar y deje de soñar que le lanzan tomates, que no tenga que arrepentirse. Como dijimos hace unos días sobre lo que ocurre en Ucrania, hay muchas guerras dentro de las guerras. Como bien ha querido decir la ganadora sobre la salud mental, tened cuidado que las víctimas son siempre civiles. No hay ya placeres sencillos. 


* "Chanel pide frenar el acoso en redes tras su victoria" RTVE- A la carta 30/01/2022 https://www.rtve.es/play/videos/telediario-fin-de-semana/benidorm-fest-chanel-pide-frenar-acoso-redes-tras-su-victoria/6334846/

** "Polémica por la elección de Chanel como representante en Eurovisión 2022" Antena 3 30/01/2022 https://www.antena3.com/noticias/cultura/polemica-eleccion-chanel-como-representante-eurovision-2022_2022013061f687ad6f20300001385d7d.html

*** Lucía M. Cabanelas "La resurrección del Benidorm Fest, un éxito con el público en contra" ABC 31/01/2022 https://www.abc.es/play/television/eurovision/abci-benidorm-fest-quejas-tongo-202201310114_noticia.html

lunes, 6 de enero de 2014

El concurso, la cocina y el café

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Cualquier acción tiene su lado pedagógico: hacemos lo que hacemos y, de un modo u otro, es una propuesta de cómo hacerlo. Por eso me resulta curioso ver el éxito de algunos concursos televisivos en los que al contenido específico —el objetivo del concurso— se suman las malas maneras y ciertos procedimientos que lejos de rechazarse se incorporan a nuestra memoria como si fueran "legítimos". Esto es especialmente grave —en mi solitaria opinión— en los casos en los que se simulan entornos de trabajo, como ocurre con MasterChef, por ejemplo, en la edición americana, que alguna cadena nos repone en estos.
Debo confesar que me resulta difícil aguantar tantas malas maneras, tantas formas autoritarias, tantas palabras tapadas educadamente con pitidos, en suma, tanto desprecio hacia las personas. No llego a entender que desde las televisiones el concepto de "realidad" conlleve jefes déspotas y empleados humillados constantemente. Puede que muchos lo sean, pero no debería presentarse como propuesta porque no es el objetivo del concurso, suponemos. No es lo mismo decir el suflé está malo que "¡el piiiiii suflé es la mayor piiiiiiiiii que he probado en toda mi piiiiiiiiiiiii vida, pedazo de piiiiiiii!".


En los viejos concursos televisivos, el presentador solía ser cómplice de los concursantes pues se convertía en una figura mediadora entre el público y los que luchaban por conseguir sus objetivos. El presentador quería, pero no podía ayudar a los concursantes a conseguir sus objetivos. Los concursantes solían tener al público con ellos y se jugaba con esa empatía.

Pero todo cambió cuando se le pidió al público que votara para despedir a los concursantes —el público se pasó del sindicato con los concursante a la patronal— que le resultaban poco simpáticos y cuando los presentadores se convirtieron en jueces implacables y despectivos, dioses engreídos de los Olimpos catódicos. Al principio, se colocaba a un malo profesional, a un borde, entre los jueces —por aquello de polis buenos, poli malo— del programa. Luego se descubrió que era mejor convertirlos a todos en The dirty dozen, en los Doce del patíbulo, reclutados entre criminales y psicópatas, aunque en casa fueran buenas personas, algo que no dudamos. Mejor para las audiencias, claro. La gente dejó de empatizar con los concursantes y empezó a hacerlo con jueces a lo Spillane (I, the Jury), jurado, fiscal y verdugo en una tacada. Cuanto más borde fuera el jurado, más segura era su popularidad, traducida en éxitos de ventas.
Al público, no se sabe muy bien porqué, le iba la marcha, le gustaba eso de votar para echar gente a la calle y valoraba positivamente a los jurados en su fuero interno —nunca se vota para echar a los jueces— cuanto más sádicos y deslenguados fueran.


Lo malo de todo esto es el modelo implícito de relaciones generales que establece y, más precisamente, cuando se reproducen ambientes laborales, como ocurre en el caso de esa cocina campo de juego que nos muestran en Masterchef y que varía en otros concursos sin que lo haga el tipo de relaciones que tienden a ser parecidas. Se argumentará que todo es espectáculo, sí, pero también la tragedia tenía fines didácticos. Es la lluvia fina  la que cala más como mensaje.
La brutalidad —otros lo llamarán sinceridad, pero la sinceridad no requiere ser tapada con pitidos— de estos jefes se justifica en que quieren sacar lo mejor de sus concursantes y luego todo concluye con unas sonrisas y abrazos con los que se borran los malos momentos, las angustias y descalificaciones que han vivido en manos de aquellos maestros de la vieja escuela, de los de "la letra con sangre entra", borrada de las aulas escolares pero vigente en los escenarios laborales y en las aulas televisivas que lo reproducen.


Mis reparos —que hagan lo que quieran— se centran en que no siempre el arte imita a la vida, sino que con mucha más frecuencia, la vida tiende a imitar al arte. Los que vean el desprecio verbal con el que son tratadas las personas en esos programas pensarán que es el modelo para sacar lo mejor de las personas y, sintiéndose estrellas de su propio show, se dedicarán a practicarlo con los que tengan bajo contrato o con aspiraciones futuras a estampar su firma en algo. Dada la precariedad cada vez mayor de los contratos, la tentación de ser jurado de Masterchef o similares e ir por las oficinas o talleres dando gritos y poniendo firme a la gente con malos modos, me parece un peligro.
No sé si los concursantes de estos concursos laborales tienen derecho a sindicarse o a salir un día en pantalla detrás de una pancarta pidiendo la dimisión de algún jurado. Tampoco sé si serviría de mucho. Lo peor es que lo aguantan gustosos por su premio, lo cual me parece una enseñanza más perversa incluso.
En este mundo de libre mercado, libre contratación, libre audiencia de programas, etc., en el que todo es libre, la libertad de ser esclavo por un buen premio debe estar al alcance de cualquiera. No sé si a ellos les parece normal por los entornos laborales en los que viven habitualmente, si donde trabajan la gente se relaciona realmente así.


Como contrapartida, el diario El Mundo nos resume los resultados de un estudio realizado en la Universidad de Copenhague en donde se ponderan las ventajas de la pausa del café en los entornos laborales. Nos dicen que sirven para socializar. Los entornos laborales son cada vez más estresantes entre la presión de tus jefes y la competitividad furiosa de tus colegas y la pausa sirve de desahogo más que de descanso.
La doctora realizadora de la investigación concluye que "no puede verse como un gasto de productividad, sino que puede tener un importante valor emocional y social para las organizaciones"*, según nos cuenta el periódico. Esto quiere decir que el hecho de que se aparten un rato de sus condiciones habituales —en lo físico y lo psíquico— repercute en beneficio de la misma empresa que les presiona y por eso lo permite. ¡Es tremendo que tenga que justificarse el descanso también como un beneficio para la empresa, que gana tanto cuando trabajas como cuando descansas! ¡Ni eso queda a la reivindicación laboral, que se suele limitar ya a negociar los despidos!
El artículo termina con una nota enternecedora en la que se nos dice:

Y si usted tiene suerte, tal vez le ocurra como a Janet Yellen, la nueva presidenta de la Reserva Federal estadounidense, que conoció a su marido (George Akerlof) en la cafetería de la Fed, cuando ambos trabajaban allí como economistas en 1977.*

Nos alegramos mucho por Janet Yellen y el premio Nobel de Economía, Akerlof. Supongo que, dadas las circunstancias y como reconocimiento del hecho, sus respectivos jefes serían los padrinos de boda. Quizá hasta sus empresas les cobren una comisión por haber favorecido el encuentro. Todo llegará.
Lo importante no es el café, sino el estado en el que llegas a él: estresado, con necesidad de desahogarte con alguien antes de cometer una tontería. En el fondo, ese café parece cumplir las funciones del carnaval señaladas por Bajtin: que sea una breve pausa liberadora en medio de un orden despótico.
  

* "Las ventajas de la pausa para el café" El Mundo 6/01/2014 http://www.elmundo.es/salud/2014/01/06/52c6cca122601dc46c8b4575.html







miércoles, 27 de noviembre de 2013

El talento y el entusiasmo

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
No desperdicies nunca las lecciones que te da la vida con generosidad. El jurado del concurso Arabs got talent, que se emite desde Beirut, compuesto por conocidos músicos e intérpretes del mundo árabe, como la libanesa Najwa Karam, y con ellos millones de personas espectadores, han tenido ocasión de aprender varias interesantes lecciones, que son de provecho para todos.
El 28 de septiembre se presentó ante el jurado y el público del concurso una joven rubia, norteamericana. Salió armada con un oud, el laúd tradicional árabe y se dirigió hacia el micrófono situado en el centro del escenario dispuesta a intervenir. Uno de los miembros de jurado se le habló en árabe. «Sorry?», respondió ella. No hablaba árabe, lo que hizo que los miembros del jurado comenzaran a esbozar sonrisas y a gastar bromas abiertamente. Le preguntan en inglés y ella contesta: se llama Jennifer Grout y tiene veintitrés años. Y, evidentemente, no habla una palabra de árabe. Los tres hombres del jurado, con sorna, comienzan a reírse abiertamente de ella, divertidos por la situación. ¿No habla árabe? Preguntan entre ellos cómo se pueden dirigir a la muchacha, en francés para preguntarle cómo se llama. Solo Najwa Karam mantiene cierta solidaridad de género, podríamos decir, y evita burlarse de ella. Finalmente, le hacen gestos exagerados para que ocupe su asiento y actúe. El público se ríe siguiéndoles la gracia. La muchacha, para un mayor riesgo de ridículo, ha elegido una canción de Umm Kalthoum, la cantante mítica de todo el mundo árabe, la más querida.


La muchacha, sin perder la sonrisa, se dirige a su asiento y se pone en posición para tocar. Las primeras notas de la canción, salidas de las cuerdas del oud, resuenan por el estudio. La sonrisa sigue en los labios del jurado. No lo hace mal, vaya. La música va creciendo en intensidad y el silencio se va haciendo más denso en el estudio. Jennifer arranca a cantar. La muchacha norteamericana, que no habla árabe, está cantando a la perfección, con una bellísima voz, con plenitud de sentimiento, viviéndola y haciéndola vivir a todos, la canción con la que Umm Kalthoum ha educado el gusto y el oído de millones de árabes. Jennifer Grout la está sintiendo plenamente, sale de su corazón a la vez que de su boca.


El tiempo concedido entre bromas se prolonga sin que nadie se atreva a cortarlo. Hubiera sido imperdonable. Si hay algo que emociona a los árabes es la música, si hay algo que les conmueve hasta el delirio emocional es la poesía convertida en canción, por eso Umm Kalthoum, Fairouz o Halim Hafez son ídolos que han trascendido las generaciones y siguen conmoviendo a los que les escuchan, levantando pasiones. Son los grandes.
Público y jurado se rinden a la muchacha que les ha asombrado, a su arte increíble. Las palabras de Najwa Karam a la concursante son claras y sentidas:

“You don’t speak a word of Arabic, yet you sing better than some Arab singers! ” exclaimed Najwa Karam, a famous Lebanese singer and judge of the panel, after her 28 September performance. “We have for so long imitated the West, and this the first time that a person who has no link whatsoever to the Arab world, an American girl who does not speak Arabic, sings Arabic songs!”*


Najwa le ha dirigido esas palabras en árabe. Jennifer mira confusa hacia los lados del escenario. No entiende. Los asistentes, desde los laterales, le sonríen y le levantan los pulgares en señal de que todo ha ido bien, que lo que le están diciendo son halagos.
Las sonrisas irónicas se han borrado y solo queda el asombro y el agradecimiento por lo que han podido escuchar. Karam no es la única conmovida:

Another judge, Ali Jaber, journalist and director of the channel MBC, the channel that broadcasts “Arabs Got Talent,” was also wowed by Grout’s performance. “You've just done an excellent performance… You have a very beautiful voice and you transmit strong emotions... I predict a promising future for you, ” he said.*

No creo que eso le preocupe mucho a ella: ¿será la cantante norteamericana de música árabe con más éxito en USA? ¿O será, al contrario, una cantante norteamericana de éxito entre los cantantes árabes? Ella es una anomalía, una rareza, y debe saberlo ya porque se lo habrán repetido miles de veces. Pero, ¿no es el arte una anomalía? Si buscara el éxito, habría elegido otro camino menos complicado. Ella está allí por otra cosa.
Yo no hablo, explica; yo canto. Es una gran diferencia, una distinción que hubiera encantado a algunos teóricos románticos —al sentimental Rousseau mismo—, que hubiera separado el discurso emocional del racional, la palabra del sonido. Jennifer no habla, hace música. Y la siente y la hace sentir transmitiendo esas "strong emotions", como le ha dicho Alí Jaber tras su actuación.
En la siguiente ronda, celebrada el 9 de noviembre, Jennifer Grout da otra sorpresa. Esta vez prescinde del oud y se enfunda en un aparatoso traje azul que simula un pájaro y se atreve con "Ya Toyour", de otra cantante mítica, la siria Asmahan, una pieza que contiene complicados arabescos vocales belcantistas, como si fuera una especie de "Reina de la Noche" en La Flauta Mágica, de Mozart. ¿Un suicidio interpretativo después de haber sobrevivido a la primera interpretación?

 

Esta vez no hay burlas, sino respeto y curiosidad. Nadie le gasta bromas y la joven interpreta su canción brillantemente, subida en una especie de pedestal y rodeada por un cuerpo de baile. Parece como si hubiera estado allí toda la vida, como si nunca hubiera dejado de cantarla, como si hubiera sido el pájaro inspirador y ahora recuperara su canto.
El público se rinde. El jurado es ya es otro. Algunos tienen lágrimas contenidas en sus ojos mientras escuchan aquella difícil canción cantada impecablemente por aquella rubia concursante, una inverosímil norteamericana que hay que escuchar para creer que es ella la que canta. Otros no pueden evitar cantar con ella, mover los labios siguiendo sus palabras. Son unas palabras que ellos sienten profundamente, que ella les hace sentir con toda intensidad, pero que escapan a su propia comprensión. Ella se lo toma a risa cuando le preguntan cómo es posible que no comprenda las palabras pero sea capaz de sentirlas: “I only understand because I look up the translation online or I have one of my Arab friends do a translation for me.”*


Jennifer se enfrenta a la final en el mes de diciembre. ¿Podrá ganar el Arabs Got Talent? No es esa la cuestión, aunque para muchos sea lo principal, preocupados porque una rubia norteamericana, una bostoniana, pueda ganar un concurso de música en los países árabe. Quizá algunos prefieran que lo haga una rapera egipcia velada que también ha llegado a la final, como señalan irónicamente. Jennifer ha ganado muchas cosas ya y ha demostrado que el talento es algo más que cantar bien. Su talento es de otro tipo, más valioso y profundo. Ha conseguido emocionar y algo más: cambiar a los demás, hacer que se olviden de muchas cosas que desaparecieron a los pocos segundos de empezar a salir notas de su oud y su garganta.

Nos ha enseñado muchas cosas, aunque no todos queramos aprenderlas. De todas las lecciones que nos da me quedo con la del valor, algo que hay que tener para presentarse a un concurso en un mundo muy diferente al tuyo, pero que ella ha hecho suyo a través de la música. Jennifer ha sido valiente. Me quedo también con la de la confianza, algo que nadie ha conseguido arrebatarle, por más que lo intentaran, hasta que se rindieron a la inocencia de la que hace gala en todo momento. También es muy valiosa la de que es posible vencer los prejuicios, tanto los que ella pudo tener como los que fueron perdiendo los que se burlaban de ella. Esa lección nos da esperanzas a todos; nos hace ver que es posible ser norteamericana y ser aplaudida con sinceridad en otra parte del mundo, con una cultura muy diferente, que el público y el jurado decidieron no ser ni sordos ni dogmáticos, dos peligros reales. Najwa Karam se lo dijo de otra forma: nuestros cantantes imitan la forma occidental, pero es la primera vez que vemos a una norteamericana cantar como una árabe. Y, finalmente, me quedo con la más importante lección de todas, con la posibilidad del amor como motor de la vida.
Jennifer Grout ha contado que:
[...] she first started playing the oud three years ago. “I heard Arabic music on the internet and I just absolutely fell in love with it,” she told MBC.
 Since then, Grout says she’s been listening to Arabic music and practicing all the time. “It's just what my heart told me to do,” she said.*

En este mundo prosaico que hacemos entre todos, de los ministros para abajo, en los que se habla tanto de la "cultura del esfuerzo" confundiendo las cosas, Jennifer Grout ha demostrado que ese esfuerzo titánico que ella ha realizado nace de un impulso amoroso, de ese flechazo que sintió cuando escuchó por primera vez la música árabe. No nace de estudios de mercado, oportunidades, emprendimientos y demás fruslerías sin vocación. Podía haber cambiado de canal y haber torcido el gesto —¡música árabe, que horror!—, pero como ella dice, "siguió lo que su corazón le dijo".
En el Ión platónico, el que se considera como primero de sus "diálogos", se plantea el misterio de cómo el intérprete puede hacer sentir a otros lo que nace de las palabras del poeta —un ser, por cierto, poco sabio, que solo domina el juego con las palabras y no el mundo que describen— y transmitir sentimientos que no son suyos. ¿Cómo puedo emocionarme y hacer emocionarse a otros declamando un poema? Algo divino hay, nos dice Platón, en lo que el poeta siente primero, que pasará a través del poema al intérprete y de este al público que finalmente sentirá intensamente el resultado de esa cadena emocional. El "alma anegada de entusiasmo" es la expresión que Sócrates utiliza para describir el estado de Ión, el mejor rapsoda de Grecia, cuando logra conmover, entusiasmar a quienes le escuchan sin ser realmente sabio en nada. Jennifer Grout tiene alma anegada de entusiasmo y con mucho espacio para acogerlo.

No sé si finalmente Jennifer Grout ganará el concurso Arabs Got Talent, pero ella ha ganado otra cosa mucho más importante. Como quiso mostrar Platón, el arte de conmover no implica sabiduría —que en cualquier caso nunca está de más—, sino la adecuada pasión que pueda llevar al delirio, arrebatar a los demás. Eso es amor y cuando se siente une a todos, porque borra todas las diferencias, anula todas las distancias. Jennifer Grout ama. Aunque Jennifer Grout ganara el concurso, la afirmación de que los "árabes tienen talento", seguiría siendo cierta: el talento y el entusiamos que pusieron en la música que enamoró a Jennifer.


* "American girl could win ‘Arabs Got Talent’" Al-Masry Al-Youm 26/11/2013 http://www.egyptindependent.com/news/american-girl-could-win-%E2%80%98arabs-got-talent