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domingo, 24 de enero de 2016

Jaque

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Solo hay un tema verdaderamente importante para las próximas décadas: el dogmatismo. Su avance tiene como consecuencia las sociedades intransigentes y el estado actual de violencia que vivimos en distintos grados y órdenes por todo el mundo. El dogmatismo se adapta blindando cada vez más nociones, extendiendo su intransigencia cada vez a más campos en los que deja de ser posible cuestionarse nada. El dogmatismo es la extinción de la duda, la anulación del pensamiento que se mide con el mundo para comprobar su eficacia; es la ceguera convertida en videncia y la videncia convertida en ceguera.
El muftí de Arabia Saudí acaba de prohibir el ajedrez; le parece peligroso y nada islámico. La noticia está en muchos medios internacionales y supone un ejemplo más del avance del dogma. A la prohibición o regulación de la música, el teatro, el baile, el cine, la literatura, la vestimenta, el sexo, la comida, la bebida... se suma ahora el ajedrez. El universo se desmoronará si el dogma no lo regula.  El británico The Guardian lo cuenta así:

Saudi Arabia’s grand mufti has ruled that chess is forbidden in Islam, saying it encourages gambling and is a waste of time.
Sheikh Abdulaziz al-Sheikh was answering a question on a television show in which he issues fatwas in response to viewers’ queries on everyday religious matters.
He said chess was “included under gambling” and was “a waste of time and money and a cause for hatred and enmity between players”.
Sheikh justified the ruling by referring to the verse in the Qur’an banning “intoxicants, gambling, idolatry and divination”. It is not clear when the fatwa was delivered.*


El mundo que van dibujando a base de prohibiciones es cada vez más reducido. El principio del dogmatismo es que nunca es suficiente. El dogma, como discurso autoritario, necesita expandirse en todas direcciones, reforzarse en su absurdo y en su control de lo individual, en donde ve la divergencia. El gran peligro es siempre el pensamiento individual, que en realidad es el único existente. Lo demás es el pensamiento de un individuo impuesto a los demás y la ausencia de pensamiento. Pero el dogma se disfraza de pensamiento colectivo cuando en realidad es pensamiento colectivista. El gran enemigo es el pensamiento individual en donde anida la duda como motor de cambios. El dogma, en cambio, es el estatismo paralizante. Solo se modifica como búsqueda de aplicaciones de la idea. Lo hecho por el Muftí saudí es ejemplar: ha rebuscado en el dogma para expandirlo hasta el ajedrez. Su función es expandirse para controlar. ¡Que no quede un rincón sin dogmatismo!


El pensamiento dogmático necesita de la fuerza de la verdad asentada en las instituciones que crea para administrarla. El Muftí es una de ellas. Su autoridad es la autoridad que sirve como experto en lo que los demás pueden y no pueden hacer, sentir o pensar. Es un regulador.
The Guardian nos muestra cómo el ajedrez ya había sido blanco de condenas por parte de los chiitas iraníes:

Grand Ayatollah Ali al-Sistani, Iraq’s supreme Shia religious authority, has previously issued rulings forbidding chess.
After the 1979 Islamic revolution, playing chess was banned in public in Iran and declared haram, or forbidden, by senior clerics because it was associated with gambling. But in 1988, Iran’s then supreme leader, Ayatollah Ruhollah Khomeini, lifted the ban and said it was permissible as long as it was not a means of gambling. Iran now has an active confederation for playing chess and sends players to international games.*


Los sauditas tienen su propia visión del juego, en este caso frente a los iraníes, que permiten —tras las discusiones pertinentes— jugar al ajedrez. Al muftí saudí le ha salido esa prohibición de su privilegiada y estudiosa cabeza y no es cuestión de darle vueltas. Lo ha hecho precisamente para que se sepa que es él quien decide. Lo mismo que el gran muftí egipcio ha dicho estos días que celebrar mañana el aniversario de la revolución del 25 de enero va contra el islam. Para eso se han pasado la vida estudiando y no para que se dude de su juicio. ¡Pues vale!
The Guardian señala:

Moves to suppress chess are likely to have come as a surprise to the seventh-century Muslims who conquered Persia and adopted the game before exporting it to Europe.
Muslim scholars tend to place chess, a skill-based game, in a different category from games of chance, such as dice, but frown upon it if it distracts a person from performing the five daily prayers. Placing bets under any circumstances is forbidden.*


Pero ya da igual. El mundo en sí mismo es distracción: hay que estar en él como si no se estuviera, la mirada fija en un punto mientras el pensamiento se remonta a no se sabe dónde.
Los muftíes llevan algún tiempo ejercitando sus poderes, que son los de interpretar, delimitar y prohibir lo que se estime conveniente. Es la maneta de estar en plena forma y hacer ver la necesidad de la institución escolar sin la cual los fieles quedan si orientación, a su suerte, algo que no se debe permitir. Así la doctrina y la casuística, el debate erudito continúa hasta el fin de la Historia, es decir, hasta que Dios llegue a certificar aciertos y errores.
Como bien señala el artículo de The Guardian, da igual que exista una tradición del ajedrez importada desde la India por los musulmanes que llegaron hasta ella y que nos lo trajeron a Europa. Da igual que "jaque" y "jeque" ("sheick", "Shah") vengan de donde vienen. El dogma no necesita de la Historia, que solo es la acumulación de errores en su devenir. El objetivo final de todo dogma es abolir la Historia, es decir, el cambio, actuando como contrapeso corrector.


A lo que estamos existiendo es a un  exceso de protagonismo de los administradores del dogma. Cuando sienten que pierden fuerza y que a la gente le da por tomar iniciativas, se abren las puertas del control para hacer ver que se está allí, que siguen diciendo lo que hay que hacer. Y se está allí para que no tengas la tentación de pensar en lo que no debes o dejes de hacerlo en lo que debes, dos peligros de los que hay que precaverse.
El mundo se nos está llenando de dogmas y de dogmáticos. Cada vez hay más cosas que quedan fuera de la discusión o el diálogo y entran en el de la obediencia ciega. Del nacionalismo a la religión, de los dogmas de mercado a la política. A un dogma se opone otro dogma y su competencia es siempre por tus ideas o sentimientos. Al final, nos dejarán elegir entre dos dogmas. ¡Jaque a la inteligencia!
Estamos retrocediendo cada día más. Aprendemos mecánicamente y no somos capaces de transformar lo que aprendemos dándole un sentido e integrándolo en nuestra vida. En el fondo, a nadie le interesa que pensemos por nuestra cuenta, que una idea surja al margen de lo que está estipulado. Aprendemos para trabajar, no para vivir; aprendemos para obedecer.




* "Chess forbidden in Islam, rules Saudi mufti, but issue not black and white" The Guardian 21/01/2016 http://www.theguardian.com/world/2016/jan/21/chess-forbidden-in-islam-rules-saudi-arabia-grand-mufti




viernes, 20 de abril de 2012

El dogma y las cegueras

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
En las Cartas desde la montaña, Jean-Jacques Rousseau escribió:

En todos los Estados del mundo la policía vigila celosamente a quienes instruyen, a quienes enseñan, a quienes divulgan dogmas; solo a personas autorizadas consiente el desempeño de tales funciones. Ni siquiera es posible predicar la doctrina admitida a quien no es reconocido predicador. Ciego, el pueblo es fácil de seducir; un hombre que predica sobre los dogmas atrae a numerosas personas, y puede con facilidad soliviantarlas. El menor intento en tal sentido es siempre considerado como un atentado punible, precisamente a causa de las consecuencias que pueden de ello derivar.
No es ése el caso del autor de un libro; aun si enseña, no atrae personas, no solivianta, no fuerza a nadie a prestarle atención, a leerlo; no va en vuestra búsqueda, y viene solo cuando vos mismo andáis en la suya; os deja reflexionar sobre lo que os ha dicho, no entra en disputa con vos, no se enciende, no se obstina, no disipa vuestras dudas, no resuelve vuestras objeciones, no os persigue; si queréis dejarlo, él os deja; y lo más importante de todo: no habla al pueblo.* (139)

La obra fue escrita tras la condena, en 1762, de otros dos importantes textos del autor, el Contrato social y el Emilio. El pasaje es notable por lo que hoy llamaríamos la distinción entre la “oralidad” y la “escritura”. El poder de movilización de predicador, del que se basa en la palabra dicha para captar la atención del pueblo se confronta con la impotencia del autor libresco que está limitado en sus posibilidades de captación de adeptos por la limitada alfabetización. Rousseau señala precisamente como el punto más importante que el libro “no habla al pueblo”; que es el que le preocupa al del Poder. La “ceguera” del pueblo, nos dice, le hace ser presa fácil para todos aquellos que quieran manipularlo.

El libro, en cambio, realiza unas operaciones distintas: no persigue a nadie, sino que es el lector quien debe buscarlo y abrirlo; y puede, además, abandonarlo en cualquier momento de la lectura. Ese “no hablar al pueblo” nos muestra el libro como un objeto cuyo público es reducido y distinto al del predicador oral, que se dirige a las multitudes. Es solo un pequeño número de personas las que son capaces de leer y entender frente a los auditorios irreflexivos, que deben recibir las ideas como dogmas.
Los libros, concluye, no deben ser vistos como un peligro ni condenados. Rousseau afirma que sus obras no están escritas para el pueblo y dice haberlo dejado claro en sus prefacios; que, en el caso de Emilio, no se trata de una guía educativa para padres y madres, sino de “un esbozo” ofrecido al “examen de los sabios” (140). Son ideas especulativas, formas de “debate”. Enfrenta Rousseau las ideas de seducción y reflexión, que serán importantes en el desarrollo posterior de las teorías sobre la relación entre oralidad y escritura como procesos diferentes y las formas psíquicas y sociales resultantes.

Los teóricos que han trabajado en las diferencias entre oralidad y escritura anunciaron la llegada de una “segunda oralidad” u “oralidad electrónica”, la derivada de los medios electrónicos de comunicación. Nuestro mundo es de nuevo oral, es aldea, en los términos de McLuhan, proximidad y emocionalidad reforzada por las redes sociales que han superpuesto una nueva piel al planeta. La posibilidad de que esa nueva piel, además de ser sensible, sea inteligente depende en gran medida de la propia autonomía de los que la integren.
Las redes pueden ser un espacio dogmático o un espacio reflexivo, al igual que los libros pueden ser banales o transcendentes. Lo importante de la reflexión de Rousseau es la relación que mantiene con las intenciones de poder que tenderá a reducir a dogma o a emocionalidad cualquier proceso para mantener el control.  Las palabras de Rousseau en el fragmento —“Ciego, el pueblo es fácil de seducir; un hombre que predica sobre los dogmas atrae a numerosas personas, y puede con facilidad soliviantarlas”— siguen siendo ciertas en cualquier contexto.
Si no se evita, bajo las apariencias más diversas, siempre vuelven los dogmas. El dogma es hoy, en última estancia y en cualquier terreno, la creencia en que las cosas no pueden ser de otra manera. Para muchos, la ceguera es el estado deseable. Y cómodo.
Hay que volver a las “luces”. No a una república de sabios, sino a una república sabia.

* Jean-Jacques Rousseau (1989): Cartas desde la montaña. Ed. Universidad de Sevilla, Sevilla. [1762]