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jueves, 18 de mayo de 2023

Actos sencillos, futuro previsible

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Nos lo advierten en un breve reportaje en los informativos RTVE y en el correspondiente en RTVE.es: comprar un billete de avión online tiene sus trucos. Pero más que los nuestros son los de las compañías aéreas los que se acaban llevando el gato al agua.

En estos días que tanto se habla de las ventajas e inconvenientes de la "inteligencia artificial" salen a la luz cuestiones que se saben desde hace mucho, pero a las que nos enfrentamos ahora. Durante mucho tiempo se nos habla de las ventajas, pero mucho menos de la otra parte, aquella en la que la banca gana siempre. Nada nos convierte más en víctimas que creernos ganadores, más listos que los demás, una tendencia muy humana y que las empresas aprovechan bien.

Leemos en RTVE.es sobre la cuestión de la compra de billetes de avión (se supone que puede ocurrir lo mismo con otro tipo de compras online):

Comprar billetes de avión puede convertirse en una odisea cuando se intenta encontrar el mejor precio. Las aerolíneas establecen el coste de los vuelos mediante el uso de algoritmos que son capaces de detectar la hora, el día y qué tipo de dispositivo utilizan los potenciales clientes a la hora de realizar la búsqueda. Todo ello influye en el precio que aparece reflejado en pantalla.

"Cambias de página, buscas otra vez y 70 u 80 euros más", explica a TVE un usuario. Así, muchos aseguran que solo por buscar el mismo trayecto varias veces, aumenta su precio. Aquí entran en juego los algoritmos de las aerolíneas, que identifican el momento en el que el cliente está dispuesto a pagar más.

"Todo depende de la oferta y la demanda", explica a TVE Beatriz Oficialdegui, directora de marketing de Destinia, "y si en ese momento es cuando más se está buscando y reservando, pues sí puede afectar".*


La hora y el día no requiere mucho misterio. Somos nosotros los que nos ponemos en contacto. Pero la información sobre localización y, especialmente, la exploración de nuestro dispositivo suministra mucha información a partir de la cual es posible fijar un precio más elevado. Se trata de generar automatismos capaces de procesar todo aquello a lo que tienen acceso y establecer una respuesta, el precio que estiman que podemos pagar. Vamos buscando el mejor precio, pero en realidad obtenemos del peor de los mejores precios, es decir, la oferta más alta que somos capaces de aceptar. Lo importante es cómo se nos presenta esto. Y ahí entra en juego la promoción, que nos asegura mediante campañas que vamos a obtener lo mejor. Y lo creemos.

Sin duda: solo prosperan los mecanismos que favorecen a las empresas, que son quienes los desarrollan e implantan. La banca, como dijimos, gana siempre. Por mucho que nuestro ego se recree en la idea, ellos son más listos que nosotros.

Los análisis de la información de los teléfonos u ordenadores desde los que accedemos a los servicios son inestimables fuentes de información. Son instantáneamente procesadas y les permiten, con la mejor de las sonrisas ofrecernos algo que podernos ofrecer y que por una mayor necesidad estamos dispuestos a pagar. El ejemplo de la búsqueda repetida, almacenada en la memoria de nuestro teléfono u ordenador, es claro: si hemos realizado diferentes búsquedas refleja un interés claro.

El teléfono es el espejo del alma, podríamos decir. En él queda marcada toda la información que permite reconstruir el quiénes somos, lo que hacemos y lo que podríamos pagar por algo, que es lo que interesa. Todo se nos vende como beneficios, pero en realidad eso forma parte de la estrategia de captación. Hubo un tiempo en el que las cosas tenían un precio y este era igual para todos. Hoy eso nos parece aburrido y nos consideramos muy listos pensando que sacamos el mejor precio. Pero si se suma la totalidad de lo recaudado seguro que la empresa sale ganando. De otra forma no implantaría el sistema. Pero lo importante es lo que nosotros creemos. Los precios son altos para los otros; solo nosotros, los listos, le sacamos provecho. Eso nos hace sentir bien... y se aprovechan.

Lo que nos dice el reportaje de RTVE.es es que "ellos" tienen acceso a mucha información que les permite hacernos ofertas al alza. El teléfono y el ordenador, cualquier dispositivo, puede darles los datos necesarios para formalizar su oferta. Esto es posible por la exigencia de autorizarles a ciertas cosas para habilitar el servicio. Esto no es solo desde los teléfonos, sino desde cualquier dispositivo:

No obstante, desde el ordenador también hay que tener ciertos aspectos en cuenta. Es el caso de las cookies, pequeños ficheros que almacenan información y dan pistas a las aerolíneas para saber si hemos buscado varias veces la misma opción y si, por tanto, estamos muy interesados. "Cuando volvemos a buscar ese vuelo, la aerolínea sabe que ya teníamos intención de comprar ese billete y quizá el precio que veíamos antes ahora sea mayor", explica a TVE Manuel Moreno, director de Trecebits.com.*

 En la medida en que nuestra vida aumenta en las redes, la información que queda almacenada es mayor y, por ello, crece su valor. Esa información no solo se almacena en nuestros dispositivos, sino que puede ser vendida y revendida a terceros, a esos famosos "socios" que aparecen emparejados con los sitios que visitamos. Con el aumento de la capacidad de procesamiento y almacenamiento, esos famosos "algoritmos" son capaces de establecer cuál es la probabilidad de aceptación de un precio o de cualquier otra cosa que pueda ser respondida con esa información.

Hubo un tiempo en que no se sabía qué hacer con la información generada. Ocupaba mucho espacio y era "intratable". Hoy sucede lo contrario, se ha convertido en un valioso bien, en una descripción ajustada de quiénes somos, lo que hemos hecho y la proyección de lo que haremos en diversas circunstancias.

Lo cierto es que nuestras promesas de libertad infinita en la sociedad de la información se han transformado en el hecho de la vigilancia y la dependencia. No es fácil para los gobiernos un poder que ha quedado en manos de las empresas. Es un escenario que puede parecer trivial o menor en cuestiones como el precio de un billete, pero que tiene una trascendencia mayor cuando se aplica a ese conocimiento cada vez más incontrolado del negocio de nuestros datos, un bien que no se agota, vendido y revendido que da acceso a nuestro pasado, presente y estimación probable de nuestro futuro.

El pequeño reportaje se centra en un hecho que puede parecer trivial pero nuestras vidas son triviales, es decir, compuestas de muchos y pequeños hechos aparentemente sin importancia, pero somos su suma. Eso es nuestra vida transformada en datos. Y con ella se puede hacer muchas cosas. Hay datos sanitarios que afectan a nuestra empleabilidad, a los precios de las compañías de seguro; nuestros hábitos de alimentación, por ejemplo, dicen mucho sobre nosotros... todo lo que se registra es susceptible de formar parte del conjunto, una pincelada de las muchas que componen nuestro retrato. Acostumbrados a pensar en los destinos y lo transcendental, perdemos de vista la realidad sencilla y acumulable de nuestras vidas, la construida a golpe de dato significativo para terceros.

Preocupados por conseguir el mejor precio de un billete, no vemos la auténtica importancia de lo que revela de nosotros para nuestra relación futura.  Años de nuestra vida en redes pueden procesarse en milésimas de segundo en esta desigual competencia.

* "La odisea de comprar un billete de avión a buen precio: ¿cómo funcionan los algoritmos de las aerolíneas?" RTVE.es 17/05/2023 https://www.rtve.es/noticias/20230517/como-afectan-algoritmos-precios-billetes-vuelos/2446392.shtml

viernes, 18 de octubre de 2019

Esclavos del futuro

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Vivimos en un mundo próximo, cada vez más cercano. Esto quiere decir que los conflictos no están aislados, sino que todos mantienen algún grado de proximidad y conexión de más o menos intensidad. Los lazos comerciales, por ejemplo, generan entramados de enorme complejidad y crean efectos imprevisibles en tiempos de crisis.
Las estimaciones sobre lo que puede costar la salida del Brexit a Europa y a Reino Unido, por más que se hable de ello, es imprevisible. No se pueden calcular todos los efectos, solo centrarse en algún modelo manejable y obtener algún resultado orientativo. Pero nadie sabe los costes reales ni en qué términos deben ser medidos.
Otro ejemplo de enorme trascendencia es el de la política comercial proteccionista de Estados Unidos contra China, la Unión Europea, etc. Podemos ocultar los efectos tras expresiones como "guerra comercial entre USA y China",  pensando que es cosa de dos, pero lo cierto es que es una agresión económica en toda regla desde los Estados Unidos contra el mundo que se limita a defenderse como puede de la agresión arancelaria. Es todo el mundo el que se ve afectado tras un periodo de "globalización", es decir, de extensión de las conexiones entre economías nacionales que se encuentran alejadas.
Es de enorme ingenuidad pensar que uno puede desconectarse de este mundo que hemos creado. Sobre todo porque lo hemos creado "necesariamente". A veces hacemos solo lo que podemos hacer. Nuestra voluntad no es libre, un bonito concepto, pero cada vez más difícil de sostener en este plano internacional. Cualquier elección previa determina nuestras próximas jugadas posibles; igualmente las de los demás. Lo que podemos elegir no es mucho en ciertas ocasiones.


Las frustraciones provienen muchas veces de las expectativas infundadas, es decir, de creer que una determinada acción traerá irremediablemente aquello que queremos. Puede que nuestros cálculos sean erróneos y nuestras expectativas poco fundadas. Se produce entonces el desencanto, como ha ocurrido con algunos países que confiaban en que la entrada en Europa iba a ser la llegada automática del paraíso.
Los que apuestan por lanzarse al vacío, sabiendo que las expectativas son falsas, deberán responder. Lo humano es equivocarse, no engañar a la gente, que es algo distinto. Conseguir lo que queremos no quiere decir que los resultados sean positivos. Como en casi todo, nuestras elecciones son relativas y ocultan una parte de las consecuencias, lo imprevisible o lo que no queremos creer que ocurrirá. Es nuestra ceguera, en el mejor de los casos, la responsable.
Son tantos aspectos y variables, y tal la aceleración de los movimientos, que el escenario puede cambiar muy rápidamente y que hayamos perdido la ocasión de tomar una decisión. El momento se convierte también en decisivo, por lo que la anticipación y evaluación correcta pasan a ser las condiciones necesarias para obtener un buen resultado.
Por eso se desarrolla cada vez más tecnologías capaces de evaluar, desde los datos existentes, lo que pueda ser solución para el futuro. Los que son capaces de realizar estas estimaciones con éxito son buscados intensamente.
El efecto negativo de todo esto es que necesitamos estar tan seguros de las condiciones, que cerramos en exceso todo para evitar que se produzcan desvíos o alteraciones que impidan cumplirse que se produzca el resultado previsto. Desde ese momento, el plan debe ser seguido al milímetro a sabiendas de que cualquier cambio puede echar por tierra los planes.
Se produce la paradoja entonces de que para que se cumpla el futuro que deseamos nos esclavizamos más en el presente. Por eso el gran reto es la incorporación del azar y de la corrección.



lunes, 8 de abril de 2019

Del futuro o entre Diderot y Borges

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La relación entre lo conocido y lo desconocido y entre lo previsible y lo imprevisible definen nuestras vidas. Allí donde las demás especies sobre la faz de la tierra solo se preocupan del día a día, que no va más allá de alimentarse y salvar el pellejo, nosotros tenemos un don que se parece muchas veces a un castigo: el futuro.
Casi todas las culturas han tenido una relación ambigua con el futuro, lo que quiere decir que lo esperamos, pero también que lo tememos porque nos provoca inseguridad, angustia. Casi todas han desarrollado creencias tranquilizadoras, ya sea construyendo historias que nos traen algún tipo de sosiego o desarrollando técnicas con las que pretendemos adentrarnos en él y tratar de evitar sus obstáculos o consecuencias. Ya sea que nos prometan un buen futuro si seguimos las reglas adecuadas en el presente o si  alguien nos asegura que tiene las llaves de nuestra vida futura,  la preocupación no cesa.
La buena suerte, la mala suerte, el destino, el azar, etc. todo tiende a tratar de explicar lo que nos ocurre. Muchas veces, sin embargo, nos cuesta reconocer que es nuestra propia estupidez la que escribe los capítulos más notables y oscuros de nuestra biografía, individual o colectiva. Quizá sea esta característica de la dependencia de los demás, es decir, nuestra red de relaciones la que nos hace más sensibles a lo que ocurre a nuestro alrededor.
El escritor William Boyd es entrevistado por el diario El País con motivo de la publicación de su última novela, titulada El amor es ciego. En la entrevista se habla de esta forma de ver la relación entre los acontecimientos y el futuro:

P. La novela ocurre cuando acaba el siglo XIX y los personajes se preguntan qué pasara en el XX.

R. El gran cambio de siglo no pasa hasta 1914, cuando comenzó la I Guerra Mundial. Encendió la mecha un asesino en Sarajevo, fue un hecho azaroso, muy desafortunado. Si el archiduque no hubiera hecho ese viaje, si el conductor no se hubiera despistado, si el asesino se hubiera ido antes de la panadería… Este es un ejemplo para mí de lo azaroso que es el universo y eso es de alguna forma lo que le pasó al siglo XIX…

P. Y al siglo XX…

R. ¡Y al XXI! Fíjese en el Brexit. He aquí un ejemplo de la estupidez aleatoria con la que se maneja el destino. El terror que sentía David Cameron le llevó a ofrecer un referéndum que creía que ganaría fácilmente. Ese acto de estupidez complaciente desgarra ahora a este país. En el pasado lo hemos hecho. La I Guerra Mundial es un ejemplo. Llegó Hitler después, con su resentimiento por el tratado de París, creó el partido nazi, fue canciller por pura suerte, vino la II Guerra Mundial y hoy aún vivimos las consecuencias de ambas guerras.*



La consecuencia de los actos. ¿Somos malos calculadores de los efectos de nuestras acciones o simplemente es imposible saber su efecto? La calificación del Brexit como "acto de estupidez complaciente", algo que ocurre por la falta de cálculo sobre nuestras acciones se amplifica cuando a la estúpida decisión de David Cameron se superpone la decisión colectiva de aquellos que echaron en la urna su voto a favor. ¿Tampoco sabían ellos lo que ocurriría?
La estupidez de Cameron es poco disculpable. Sin embargo, en el caso global de las urnas puede decirse que la decisión tomada se hizo con bases en información engañosa, cuando no mentiras claras sobre lo que iba a ocurrir. El futuro llega rápido. Los británicos han tenido ocasión de darse cuenta de ello. No están todavía fuera y ya se han dado cuenta de lo que implica hablar de la Unión en términos de pasado, por un lado, y han empezado a ver desde la ventana isleña que el panorama que se aprecia no es el que ponía en el folleto, que la habitación con vistas no era tan cómoda ni soleada.
"Estupidez complaciente" es una expresión que define la concepción que Cameron tenía sobre el futuro. Él lo veía muy claro; tanto que se lanzó sin calcular el fondo de la piscina ni el nivel de agua.
El ejemplo del Brexit es claro, un punto que se puede señalar con pelos y señales en los libros de Historia. Habrá un antes y un después, un punto de giro bien definido, y un responsable. La señora May es un ejemplo de tozudez, con su visión del futuro, tratando de que este se ajuste a sus visiones. Sin embargo, ha conseguido... no convencer a nadie, algo que tampoco está al alcance de todo el mundo.


A Theresa May se le han ido ministros, diputados, votantes, socios... Como diría Nietzsche, tiene una visión y trata de meter en ella la realidad a martillazos. La señora May le está echando un pulso al futuro o a la percepción que tiene de él. Por el momento no ha logrado convencer a nadie que lo que ella ve sea el futuro, el bueno.
Hay dos o tres cosas que alguna gente ha aprendido sobre el futuro. La primera es que un pequeño accidente puede tener enormes consecuencias, para bien o para mal, solo que esto no lo sabemos. Sí sabemos que tiene consecuencias y lo llamamos "efecto mariposa", ya saben.

La segunda (tiene que ver mucho con la primera) es que todo está interconectado, aunque no sepamos exactamente cómo. Es como las jugadas del ajedrez, podemos prever la siguiente pero el nivel de dificultad va creciendo en cada jugada futura. La primera puede ser sencilla, pero las siguientes se van oscureciendo.  
La tercera es que no se trata de saber qué ocurrirá porque el futuro está abierto. Esto implica una forma de pensar distinta, no fatalista, sino probabilística. La razón es que, por el aumento de la complejidad de las interrelaciones, desconocemos el alcance preciso de nuestras acciones. El futuro no está escrito.
La cuarta es que es más fácil frustrar el futuro previsto por los demás que tratar de ajustar el propio. Esto es de suma importancia porque implica las acciones que se han de tomar. Farage y compañía, los antieuropeos, no tienen que plantear un futuro posible; basta, como hacen, con frustrar los planes de futuro de la Unión Europea. Es lo que hacen. Basta con crear el caos con pequeñas acciones que tendrán resultados imprevisibles, sí, pero impedirán que se cumplan los planes de los que lo calculan en un entorno estable.
La incertidumbre introducida por el Brexit no solo afecta al Reino Unido, a quien se la ha prometido un falso futuro seguro al "recuperar el control". Afecta a toda la Unión Europea, desestabilizándola. Mientras, se alientan fenómenos similares por el resto de la Unión. Son como los focos múltiples en los incendios.

La prensa de este fin de semana citaba a un funcionario de la UE diciendo que ya estaban hartos de tener que ocuparse del problema del Brexit, que ya era hora de volver a centrarse en los problemas europeos de nuevo. La estrategia del caos funciona.
Pensar en los futuros posibles requiere manejar mucha información. El crecimiento de la complejidad hace que en muchos aspectos esto se haga muy complicado y, desde luego, incierto.
No sé si el futuro está escrito en algún página, a lo Jacques el fatalista y su amo (Diderot), o si por el contrario se parece más a El libro de arena (Borges), de infinitas páginas, inabordable. Como humanos nos enfrentamos a situaciones borgianas que después mitificamos con nuestro gusto por el fatalismo. Todo se puede explicar una vez que ha ocurrido. Antes, nada.
¿Cómo encontrar un punto de equilibrio entre la previsión y la indeterminación causada por lo inabarcable? Esa es la miseria de la inteligencia; esa es la responsabilidad de la acción. ¿Cómo actuar inteligentemente sin constatar después que has cometido una estupidez?

Nuestro cerebro es una enorme maravilla, pero no está hecho para el cálculo con tanta información como el futuro necesita. Porque el futuro es una mezcla de nuestras interacciones —cada vez más y más complejas— y lo que llamamos azar, que puede que sea el resultado de lo que provocamos y nos resulta incomprensible.
Desde hace sesenta años, ante la constatación de que nuestros medios naturales eran incapaces de prever el futuro, comenzamos a desarrollar procedimientos para intentar anticiparnos o para llevar al futuro por las riendas. Todo ello es insuficiente —a veces incluso contraproducente— para conocer el futuro, cada día más escondido en la oscuridad compleja.
Como novelista, Boyd habla del destino. La metáfora del libro es poderosa y, como Diderot señaló, pensamos que vivimos en una página sin ser conscientes que el resto está escrito en el "gran rollo", como le gusta repetir a Jacques, el criado fatalista. Pero el destino es una solución demasiado fácil para un mundo más allá de las novelas. Que seamos capaces de decidir no significa ni que siempre acertemos ni que todo esté escrito. El arenoso libro borgeano está más cerca de una realidad acorde a nuestras posibilidades de anticipación, un futuro difuso y en constante construcción, desbordante, inabarcable, intratable.
Es como si tardáramos dos días en leer lo que nos ocurrirá mañana. ¿Es imposible prever? Cada vez es más y más difícil. Por eso hay que tener cuidado con aquellos que prefieren la vía, más sencilla, del que no se pueda producir. Puede que no veamos el futuro, pero sí se le pueden poner zancadillas. Paradojas de la vida.


* Entrevista a William Boyd “El Brexit es el ejemplo de la estupidez con la que se maneja el destino” El País 7/04/2019 https://elpais.com/cultura/2019/04/07/actualidad/1554639336_689207.html


viernes, 10 de febrero de 2012

Advertencia y previsión de las catástrofes

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Escribió Jean Baudrillard en Las estrategias fatales:

[…] es evidente que un Estado o un poder suficientemente sofisticado para prever los temblores de tierra y prevenir sus consecuencias constituiría un peligro para la comunidad y la especie mucho más fantástico que los propios seísmos. Los terremotati del Sur de Italia han criticado violentamente al Estado italiano por su incuria (los media han llegado antes que los auxilios, signo evidente de la jerarquía actual de las urgencias), han imputado con razón la catástrofe al orden político (en la medida en que éste aspira a la solicitud universal respecto a las poblaciones), pero jamás desearían un orden capaz de disuadir las catástrofes: el precio a pagar sería tal que, en el fondo, todo el mundo prefiere la catástrofe... (21)*

Si los afectados por el terremoto (los terremotati) habían criticado al Estado italiano, lo hicieron por su falta de previsión respecto a lo imprevisto, por paradójico que parezca. Hay dos clases de imprevistos y dos clases de aspiraciones: existe lo imprevisto absoluto y lo imprevisto relativo. Del primero no sabemos nada, por definición. Del segundo no sabemos cuándo o dónde, pero sí sabemos de su posibilidad. La aspiración de la Ciencia es tratar de desentrañar los arcanos de lo imprevisto, pero es la Política la que debe aspirar a prever sus consecuencias. Por eso, los afectados por el terremoto que asoló el sur de Italia en 1980, al que alude Baudrillard, y causó más de 2.700 muertos, se volvieron contra la inutilidad de los políticos y no contra los científicos. Y con razón.
Quizá sea imposible prever las catástrofes de la naturaleza con una anticipación suficiente; quizá, como señala Baudrillard sería una fuerza tan poderosa que no sería deseable por sus terribles implicaciones.
Creo que todos tenemos serías dudas sobre la naturaleza de la catástrofe económica que estamos padeciendo. Aquí las opiniones se dividen en dos grandes bloques: los que creen que entra en el ámbito de la “naturaleza”, es decir, que se produciría por mecanismos de la propia Economía —del mercado—, y los que creen que es el resultado de acciones humanas positivas o negativas. Me refiero en esta última consideración a que existen las teorías del error (es el resultado de unos errores continuados, imprevisiones, etc.) y las teorías conspiratorias, que son las que consideran que el mercado no está funcionando de manera anómala, sino que sencillamente unos se están beneficiando con ciertas manipulaciones y otros lo están pagando. Por supuesto, errores y conspiraciones son compatibles.



Las crisis económicas están precedidas de múltiples avisos. Puede decirse que la Economía —como todas las Ciencias Sociales— es un territorio plagado de teorías contradictorias, en las que unos anuncian bonanzas y otros desastres, según como interpreten el cuadro que tiene delante.
Los ciudadanos —distinguiendo entre error científico y error político—se vuelven contra los gobernantes que son incapaces de elegir las teorías adecuadas entre la maraña de ideas contradictorias aparentemente coherentes. Parece que todo está ya dicho. Lo importante es ser capaz de adivinar, de todas esas respuestas, cuál es la que se corresponde con la pregunta que el futuro nos depara.

Pese a los efectos desastrosos de la crisis, algunos —siguiendo el razonamiento de Baudrillard— pensarán que unas instituciones tan poderosas como para anticipar las crisis puedan ser muy peligrosas para todos, como se piensa, por ejemplo, de la energía nuclear. Conocimiento es poder.  Si lográramos alcanzar ese conocimiento absoluto —cómo funciona realmente el sistema económico—, sus riesgos serían probablemente más peligrosos que los del conocimiento nuclear, que ya tenemos, o el de los terremotos. Irónicamente, habría que crear entonces Tratados de No Proliferación del Conocimiento Económico mediante los cuales los Estados se comprometieran a no ahondar más en los secretos de los mercados.
A veces es tan peligroso saber, como creer que se sabe. Lo que nos lleva a un punto complicado. Por eso los esfuerzos deberían ser en crear una seguridad pareja al riego. Sin embargo tampoco aquí existe un acuerdo sobre el equilibrio entre seguridad y riesgo. Lo que aprendemos de todo esto —y nos lo dicen  algunos economistas como Keynes o Galbraith— es que cuando nos sentimos seguros, aumentamos los riesgos jugando con fuego, y cuando, por el contrario, percibimos un riesgo excesivo, aumentamos nuestras exigencias de seguridad.
La sensación más frustrante de esta crisis está en constatar las múltiples voces que decían satisfechas que era imposible una crisis. Frente a ellas, unos pocos las describían con pelos y señales. Es como el que tiene la casa llena de extintores y cuando se produce un incendio descubre con horror que no funciona ninguno, que el seguro tiene una cláusula que no había visto y no incluye incendios,  que el móvil se le ha quedado sin batería y no puede llamar a los bomberos. Si a esto le sumamos los casos en los que hasta que no te has quemado niegas que haya fuego, el desastre está consumado.
Quedará en el aire la duda de si el fuego fue intencionado o casual, pero todo lo demás sí es responsabilidad nuestra, especialmente de aquellos a los que elegimos para que revisen extintores y las cláusulas con letra pequeña del seguro.

* Jean Baudrillard ([1983] 2000 6ª): Las estrategias fatales. Anagrama, Barcelona.