Mostrando entradas con la etiqueta bipartidismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta bipartidismo. Mostrar todas las entradas

lunes, 25 de abril de 2022

La lección francesa

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Son muchas las interpretaciones que se están haciendo sobre lo ocurrido ayer en Francia. Hay un sentimiento de alivio en toda Europa por la victoria de Emmanuel Macron, un respiro por lo que cada vez se percibe como un desastre, la llegada de Marine Le Pen al Elíseo. Lo que no se ve realmente es algún tipo de medidas que sean capaces de frenar lo que parece cuestión de tiempo y así nos lo presentan.

Es evidente que existe un problema y que ese problema está debilitando el sistema democrático girándolo hacia fórmulas aislacionistas y autoritarias. ¿Qué ocurre para que sean millones los seducidos por la fuerza de la ultraderecha y otros muchos millones a lo que les resulta indiferente el conjunto y se abstienen, facilitando así el ascenso de los populismos? Hacen falta, además de explicaciones, acciones que paralicen esos avances den distintos países. Y las únicas acciones posibles vienen de la eficacia en la resolución de los problemas que la sociedad percibe que no son atendidos. No hay mayor foco de desánimo que ver eternizarse los problemas. Es entonces cuando crece el descontento y surgen los cantos de sirena populistas que arrastran con su retórica crítica al conjunto del sistema.

Cada vez parece más claro que el fenómeno es mundial, por lo que cada país padece su propia versión en función de su propia problemática o, si se prefiere, la forma específica en que la crisis se desarrolla.

Uno de los argumentos que más hemos escuchado en las elecciones francesas entre ambas vueltas es la crisis de los "partidos tradicionales". Sin duda es uno de los factores, lo que no está tan claro es si son el efecto o la causa. ¿Por qué llevamos asistiendo, país tras país, al hundimiento de los partidos y al ascenso, por ejemplo, de figuras "mediáticas salvadoras", que van de un televisivo Trump a un no menos televisivo Berlusconi, a cómicos como Beppe Grillo que encabezan movimientos como el "5 estrellas", o el propio Volodímir Zelensky, ahora al frente de Ucrania, otro actor que salta de la TV a la realidad?

La falta de credibilidad de los políticos profesionales lleva a que gran parte del discurso político se centre en su crítica fácil, lo que permite, como hizo Donald Trump, presentarse como "anti sistema", lo que no deja de ser una gigantesca ironía. Lo que hizo Donald Trump con el asalto al Capitolio el 6 de enero de 2021, para intentar acabar con la alternancia democrática en los Estados Unidos, la primera democracia en importancia, no es una anécdota, sino la confirmación de que, por unos medios u otros, es difícil sacar del poder a este tipo de planteamientos políticos una vez que llegan a él. Lo estamos viendo en los retrocesos democráticos de la Hungría de Orbán.

Sí, el crecimiento de estos grupos o movimientos, necesita de la destrucción del sistema, no de la competencia en el sistema. En la base de la democracia está la competencia para la convivencia resolviendo problemas para todos. Pero esto se ha convertido en otras cosas, como ha ocurrido en Francia: la lucha por la supervivencia o de destrucción del sistema. Marine Le Pen no propone una alternancia, sino dinamitar el sistema desde dentro, para comenzar, sacando a Francia del proyecto europeo común. Las propuestas de Le Pen no solo afectan a Francia. Las preguntas, entonces, se multiplican: ¿por qué 13 millones de franceses están contra la Unión Europea? Las explicaciones dadas al Brexit, la consolidación de la primera ruptura, no han sido muy convincentes, pero probablemente tengan que ver con esa forma de contemplar el poder y la creación de intereses. Si logras convencer a los británicos de que todos sus problemas se deben a Europa, estos se volverán lógicamente anti europeos. Y así ocurrió. Así está ocurriendo en muchos países en los que se repite el mismo mensaje antieuropeo. Mientras no se resuelvan los problemas, será fácil encontrar un tipo de mensaje que dirija la atención hacia aquello que se quiere destruir, a los obstáculos que impiden el acceso al poder. Hitler lo hizo y le funcionó.

El populismo no es un fenómeno único de Europa. Lo vemos triunfante en otros países como fórmula que lleva al poder, se instala en él y destruye el sistema desde dentro. Se basa en unas ideas simples que se convierten en líneas que todo el mundo entiende, porque uno de los factores esenciales es el fracaso del proyecto ilustrado educativo en beneficio del económico y de mercado.

Hay unas enormes diferencias educativas que se han ido produciendo al considerar la educación como una mera adaptación a los mercados y no una formación de las personas y de los ciudadanos, una doble dimensión que se ha perdido. Discusiones como las que tenemos en España sobre la "Filosofía" y otras humanidades no son triviales. Representan una visión del mundo y de las personas que solo son consideradas como productores y consumidores.

El proyecto populista es básico, apela a situaciones simples y comprensibles: la patria, lo nacional, los enemigos de la patria, el sentimentalismo, la historia gloriosa, los traidores, etc. Son conceptos básicos que plagan los discursos frente a una promesa, un futuro mejor, glorioso, para aquellos que forman parte del organismo nacional. La visión orgánica de los pueblos es esencial porque es la que permite establecer el doble movimiento de la identidad y de la distinción. Fue lo que dio paso al potente nacionalismo que surgió tras la caída del Antiguo Régimen. No es casual que los votantes de Trump o de Le Pen estén en zonas rurales, las zonas profundas de cada país, y en barrios marginales, frente a la modernidad de las ciudades, que tienden a ser más cosmopolitas.

Los partidos políticos tradicionales han entrado en una crisis con su profesionalización, dando lugar a líderes crecidos desde dentro y posteriormente promocionados mediáticamente. Hoy la política es comunicación y promoción, cultivo de imagen, anulación de los efectos del desgaste mediante campañas. Eso ha llevado a la promoción personal, del líder, convertido en mensaje. El líder lo cambia todo, como hemos visto con lo ocurrido en España con el nuevo líder del PP, Núñez Feijóo. El recién llegado (por más que lleve toda la vida en el partido) se presenta como una renovación.

El líder populista es carismático, pero se presenta como cabeza de un cuerpo comunitario, de un "movimiento", concepto que en España deberíamos entender muy bien en lo que se diferencia de un "partido". El movimiento es la negación del partido, por lo que el liderazgo se presenta de otra manera, incluso hereditario, como ocurre con los Le Pen. Pero lo hereditario, como cuestión de sangre, es más natural que lo electivo, que es cultural, una forma de evolución.

Hace unos años se empezó a hablar del "fin del bipartidismo", algo que casi todo el mundo consideró como "saludable" en la medida en que abría el horizonte y la oferta política. Hoy vemos las consecuencias: aparición de grupos radicales populistas a derecha e izquierda, la desaparición del centro político y los pactos que debilitan las posibilidades de gobierno. Los grandes beneficiados han sido los populistas, mientras los grandes partidos de base democrática siguen en el malsano deporte de destrozo mutuo en vez de las colaboraciones para construir mejor y no tener que estar haciendo y prometiendo deshacer.


La desaparición del centro es una tragedia política porque el desangrado de la frustración se acaba canalizando hacia dos puntos: la abstención y la radicalización. La primera es resultado del desinterés o de la incapacidad de encontrar un destino para el voto propio; la segunda del enfado por la incapacidad política de ofrecer soluciones a los graves problemas a los que las sociedades se enfrentan.

Que en España, en las reciente elecciones de Castilla y León, se haya llegado a partidos provinciales exitosos, debería analizarse como un fracaso de los partidos existentes, en los que los ciudadanos han dejado de confiar y en agrupamiento en "movimientos" destinados a atender sus propios problemas locales. Los grandes partidos han calculado mal pensando que el fraccionamiento les beneficiaría, como se ha demostrado en esas elecciones. Lo que han conseguido es que sea imposible gobernar en solitario y que la compañía no sea la más cómoda, algo que ocurre al PSOE en el gobierno y al PP en la Autonomía. Es probable que esta situación se repita en distintos lugares muy pronto. Vox ha aprendido de la estrategia de Podemos en el gobierno central: apuntarse los éxitos, culpar al socio mayoritario de los fracasos y asegurar que en el futuro, si se les vota, lo harán mejor.

Desgraciadamente, lo que estamos viendo en Francia no se ha acabado con la victoria de Macron. La propia Marine Le Pen ha visto su derrota como una victoria. Todo lo que sea crecer será tomado como un avance. Y lo es. Fieles a su retórica del destino nacional, lo suyo es el "inevitable triunfo de Francia". La simbología creada en elecciones anteriores de la Marine Le Pen como Juan de Arco volverá.

Europa no reacciona a los avances de los que quieren destruirla porque se ha convertido en un problema más que se acumula en la lista de los que hay que resolver. El germen de la destrucción de la Unión está dentro de la Unión. El mundo que estamos creando no es el adecuado para resistir estas tendencias y hace falta pensar soluciones porque la alternativa, está claro, es encontrarnos en una situación de entreguerras, por un lado, y de Guerra Fría por otro. La sintonía de Marine Le Pen con Putin, su deseo de restablecer la concordia con Rusia ignorando su deseo de seguir tragándose Europa nos permite entender que esto es cosa que nos afecta a todos. Esa Europa de la Naciones que propugnan los populistas no es más que una fantasía que reduciría el espacio europeo a un mosaico fragmentado donde se acumularían los problemas de convivencia. Es algo que tiene muchos animadores, como ocurrió con el Brexit.

Son muchas las críticas que se están haciendo a Alemania por su resistencia a frenar a Putin con un embargo. Los intereses económicos están detrás de esta situación. En el caso de Francia, los intereses populistas son más peligrosos porque Putin vende algo más que gas, petróleo y trigo. Vende, sobre todo, un modelo autoritario e imperial, el de la "grandeur" rusa, algo que sintoniza bien con Le Pen y demás nostálgicos de una forma obsoleta de pensar en los países.

Hace falta mucho análisis por parte de los propios partidos, un cambio y una forma de hacer política distinta para que los populismos dejen de crecer. Como dijimos al principio, no pueden seguir alimentándose de la idea de que son ellos quienes se preocupan por los ciudadanos ante la indiferencia egoísta y tecnocrática de los partidos políticos tradicionales. Unos y otros tienen que ver dónde está la debilidad y dónde la fortaleza del sistema democrático, dejándolo de convertir en jaula de grillos y pelea de gallos. Es de esto de lo que se alimentan sus enemigos. La política eficaz se alimenta, en cambio, de acuerdos que benefician a las grandes mayorías, de la atención a los problemas sociales y a destinar energía y conocimiento a solucionarlos. Se ocupa de la concordia y la calidad de vida para todos. Lo que hace daño es lo contrario, los escándalos de corrupción, los comisionistas que se benefician de la inoperancia de la burocracia, la incontinencia verbal de los políticos frente a la realidad de los hechos, etc. ¿Serán capaces los partidos actuales de comprender o, por el contrario, han llegado a un nivel de aislamiento de la realidad que les hace pensar solo en triunfos electorales y no en resolver problemas sociales?

La lección francesa es clara; lo que hagamos con ella es otra cosa. Macron ha ganado, pero está por ver si Marine Le Pen no lo ha hecho también.

lunes, 8 de noviembre de 2021

Navajazos políticos

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)


La política española se está haciendo más compleja cada día, una complejidad, además, que poco tiene que ver con la política en sí y más con prácticas de patio de vecindad, por no decir de patio de escuela. El problema es que esto engancha. Es la confluencia entre una serie de géneros y una confección final de culebrón.

Vayamos al principio. En el principio un mito, el del bipartidismo. Es falso. En España hubo un inicio de democracia con 500 partidos. Las primeras elecciones barrieron del panorama a todos los que tuvieron menos votos que militantes y empezaron a unirse. Los partidos de la izquierda y los independentistas, que habían surgido antes y durante el franquismo, sobrevivieron medianamente bien. Aquello que se llamó el Centro fue una concentración de personalidades y tendencias. Duró lo que duró.


En realidad, en España no ha existido nunca un bipartidismo gracias al mapa autonómico y ha sido frecuente que los grandes partidos tuvieran que gobernar con los nacionalistas, dentro y fuera de las Comunidades.

Lo del bipartidismo ha sido un invento favorecido sobre todo por los de la llamada "Nueva Política", que se prometían romper la hegemonía de los dos partidos que cubrían centro derecha —los populares— y el centro izquierda —los socialistas—. Ambos partidos habían pasado por diversas transiciones y fusiones a lo largo de la historia política tras el franquismo. La tendencia hacia la unidad llevó a acuerdos, a repartos y fusiones.


Cuando llegaron los "nuevos", lo hicieron desde los márgenes de los partidos —Vox, Podemos— y desde su interior, como relevos generacionales, Sánchez y Casado. Partidos nuevos y nuevas caras, todos iban a cambiar lo que había, que al parecer no gustaba a nadie.

Se deshicieron de los cadáveres políticos con noches de los cuchillos largos. Los periféricos se pelearon entre ellos, especialmente por la izquierda, discutiendo el liderazgo fuerte, cuando no autoritario de sus jefes. Un día eras fundador de un partido y otro estabas en la calle. Unos se fueron a casa y otros trataron de dar la batalla desde posiciones autonómicas, como Más Madrid. Todos estos líos y muchos otros más dieron lugar a eso que iba a ser una bendición, la "nueva política", y que ha generado desconcierto y frustración en muchos, porque ha acabado como la "vieja", pero mucho más sangrienta. Alguno ha traído nuevas maneras de insultar y poco más.

El último "invento" de esta política renovadora es el "cainismo", que llevaba mucho tiempo inventado, por lo que es un "revival" o una "operación nostalgia". Hartos de pelearse con sus enemigos exteriores, que les deben pillar lejos, han decidido pelearse entre amigos, familiares y allegados.

Por la izquierda, en el gobierno, las peleas que nunca existieron entre las vicepresidentas a cuenta de la reforma laboral se han resuelto, según algunos analistas, con vestidos rojos y blancos y luciendo sonrisas, lo que además de ser machista es un engañabobos. Hemos asistido a todo tipo de explicaciones pacifistas que no convencen a nadie, pero que les sirven para enfundar de momento sus cuchillos y a los periodistas para desenfundar sus plumas. Sangre y tinta corren en paralelo. Los medios próximos a los partidos se ceban en estos casos de los contrarios, mientras que otros ponderan el buen clima existente en los afines.


El último episodio —por el momento— lo estamos viviendo con el PP madrileño, que es la forma que algunos tienen de devolverles el "favor" por lo de las vicepresidentas. La "nueva política", como hemos podido ver, tiene más de culebrón que de otra cosa, de telenovela familiar en la que unos y otros se pelean y se dan pellizcos retorcidos en los brazos mientras esbozan sonrisas. Aquí se trata de demostrar que tú estás unido a los tuyos (aunque no sea acierto), mientras que los otros se llevan fatal.

Tenía razón McLuhan, "el medio es el mensaje". La "nueva política" se da en un escenario nada reflexivo, pasional y discutidor hasta el infinito. Las ideas escasean y las palabras son ladrillos y afilados cuchillos lanzados contra próximos y distantes. Debe producir subidones de adrenalina, como si estuvieran haciendo "puenting" todo el día. Se llevan a casa el puñal, del que no se separan ni para dormir.

La política —por llamarla algo— española muestra ese lado feo, poco elegante de la zancadilla, de la retirada a medias, forzada y de mala gana, del te espero en la calle. Malos hábitos, malas prácticas, muchos falsos abrazos y palabras grandilocuentes lanzadas al tendido. La política española —derechas e izquierdas— vive de estas escenificaciones y poco más. Escenificaciones de unidad o de rupturas, según toque. Es la tensa espera entre elecciones, ya sean nacionales o autonómicas, que todas hacen subir la adrenalina. Las buenas gentes se van a casa hartos; los que se quedan, ya saben qué les espera por delante: elegir capitán y prepararse para las batallas para conseguir el liderazgo, una apuesta fiel. Las primeras victorias son siempre en casa.

Me llama la atención el titular del diario El País tomando palabras de García Egea contra uno de esos diablillos en la sombra, Miguel Ángel Rodríguez: "García Egea a Rodríguez: “No tienes derecho a enfrentar a Casado y a Ayuso. No te lo permitiré”"*. Es toda un una declaración contra el fuego amigo. Parece que en la política española actual mueren más de tiros por la espalda que de frente.

 


* Elsa García de Blas y Juan José Mateo "García Egea a Rodríguez: “No tienes derecho a enfrentar a Casado y a Ayuso. No te lo permitiré” El País 7/11/2021 https://elpais.com/espana/2021-11-07/garcia-egea-a-rodriguez-no-tienes-derecho-a-enfrentar-a-casado-y-a-ayuso-no-te-lo-permitire.html

lunes, 18 de febrero de 2019

Marcando perfil

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La democracia española comenzó a lo grande, con más de quinientos partidos inscritos listos para disputarse los escaños parlamentarios. Afortunadamente, la naturaleza que es más "sabia" que los seres humanos, según el dicho, realizó un proceso drástico de recorte, dejando bastantes menos. Después la economía hizo el resto. Los bancos que les prestaban dinero a los que quedaron para la siguiente ocasión empezaron a reclamar y como solo recibías dinero por escaño obtenido, las deudas se comieron a las ideologías.
Finalmente quedaron los que lograron sobrevivir ya fuera por ser fuerzas "nacionales", lo que les daba para ir tirando, o por tener sus feudos en autonomías en donde tenían su fieles seguidores, lo que hacía que existiera eso que no se menciona nunca, el "grupo mixto", constatación fehaciente de que en España no había bipartidismo, como los que querían entrar oficialmente en el sistema querían hacer creer. Pero se vive de ilusiones, es decir, entre ilusos e ilusionistas y cada uno cree como le apetece. Luego llega la cruda realidad.
Y la realidad que tenemos ahora es que por un lado tenemos mucho donde escoger por ambos lados del espectro —la parte bonita y generosa de la competencia—, pero por otro tenemos una lucha encarnizada por marcar el perfil ante el electorado —la parte feroz de la competencia—.
A diferencia de lo que dicen los teóricos del mercado político, este exceso de oferta conlleva la radicalización. Allí donde el mercado responde con la bajada de precios que favorece a los consumidores, en el campo político la respuesta es la demagogia y la radicalización, forma y fondo del fenómeno creciente.
El diario El País lanza el siguiente titular "PP, Cs y Vox buscan marcar perfil propio para disputarse el voto de derechas" y explica en su entradilla "Casado agita un posible pacto de Rivera con el PSOE, mientras Rivera acusa a los populares de entregarse en el pasado al nacionalismo".


Ya desde esa sencilla explicación entendemos es marcar diferencias no desde las ideas sino desde la adivinación del futuro (Casado especulando que hará Rivera) o desde la reinterpretación del pasado (Rivera acusando a Casado de haberse "entregado" al nacionalismo).
La lógica electoral dice que tu enemigo no es el más distante, sino el más próximo porque existen barreras, líneas rojas, que los votantes no están dispuestos a cruzar ideológicamente. Ya sea por motivos ideológicos, histórico-personales o de otra naturaleza, los votantes se mueven en un arco determinado y tienden a no sobrepasarlo, por lo que los más próximos son los que compiten por los mismos votantes.
Eso lleva a la paradoja que los que más se atacan para conseguir los votos serán los que estén obligados a sumar sus escaños para realizar los pactos de gobierno a lo que estas elecciones nos llevarán de forma previsible. Primero, a muerte; después pelillos a la mar.
Por la izquierda ocurre lo mismo. La aparición de Podemos entre el PSOE e Izquierda Unida ha tenido momentos similares. La formación, hoy en plena crisis, de Pablo Iglesias entró a codazo limpio reclamando acabar también con el falso bipartidismo, que es la cantinela a la que todos se apuntan.
Los efectos de todo esto es el espectáculo que percibimos que oscila entre el gallinero y el foso de los leones, según toque el día. La política española se ha empobrecido en ideas mientras que han aumentado el ruido, por un lado, y el narcisismo político. Esto ha supuesto una pérdida de la finalidad real de la política, el mejor gobierno para todos, y lo ha llevado a una lucha descarnada por el poder.


Se sigue sin resolver el problema que nos ha llevado hasta aquí, precisamente creado no por la sociedad española, sino por los propios partidos: la corrupción política. Lo que ha estado alimentando la lucha política han sido las constantes acusaciones de unos contra otros, más que problemas políticos. En eso se ha centrado el discurso y eso es lo que le costó el gobierno al Partido Popular. La caída de Pedro Sánchez es, por su parte, el efecto de esa caída previa —hace unos cuantos meses advertíamos "quien a hierro mata, a hierro muere"— en la que se ve el poder distorsionante de las minorías en las grandes decisiones.
El que hayan sido los nacionalistas que le ayudaron a quitar de en medio a Rajoy ya anticipaba el poder de los nacionalistas y augura lo que puede ocurrir en los próximos comicios. Cuanto mayor sea el fraccionamiento de la política española, más poder tendrán los nacionalistas. Siempre ha ocurrido así: su fortaleza ha sido la debilidad de los gobiernos sin mayorías. Es ahí donde, década tras década, han conseguido ir creándose su nicho estable, retroalimentado por el clientelismo.
La paradoja es que cuanto más se divida la política española, más poder tendrán los nacionalistas, por lo que se irá formando, como ocurre con Vox, un mayor radicalismo ultraderechista, alimentado por las políticas de entrega o apaciguamiento, que son las que nos han llevado a esta situación de inestabilidad previsible.
Para evitar que sea la ultraderecha la que se lleve los votos del espectro que llega hasta el centro derecha, los partidos se tienen que escorar hacia ellos, deprimiendo al votante moderado y liberal, que se siente cada vez menos identificado con esta amplia oferta envenenada.
Todo esto trae una cansina y agotadora política de desgaste en la que cada uno hace el análisis interpretativo de los otros. Todos se dedican a explicarnos concienzudamente lo que el futuro nos depara si votamos a los otros. Así podemos elegir el apocalipsis que más nos convenga.
No sé si hay un número ideal de partidos. No sé si hay alguna fórmula matemática que exprese sin decimales lo que es mejor para un país. Pero lo que sí tengo claro es que esta forma de hacer política buscando derribar gobiernos es un deporte nocivo que lleva ya dos víctimas. Una vez que se abre la veda, es difícil controlar el número de piezas que se han de cobrar.


La agresividad de la política ha aumentado hasta convertirse en una suerte de normalidad que asusta. Eso lleva a la división ciudadana que no debería ser el objetivo. La política no es la lucha por el poder, sino el arte de hacer que los ciudadanos vivan mejor y en la mayor armonía posible para beneficio de todos. Pero los tiros no van por ahí, sino por un espacio en campaña permanente, bronco, barriobajero y demagógico. Muchos lo disfrutan y hasta puede que dé sentido a sus vidas, como el fútbol cada semana. Pero el daño que se hace a las instituciones, a la democracia misma, convertida en campo de batalla y no  de búsqueda de soluciones integradoras, es enorme, provocando el hartazgo de muchos. Eso es lo que más conviene a los partidos más radicales, que suelen tener fiel clientela.
Los problemas de España y de Europa merecen algo más que este espectáculo diario, por más que muchos se diviertan con él. Pero la influencia conjunta de la mercadotecnia y la comunicación política dicen que hay que marcar perfil y gritar mucho. Son obedientes alumnos de las peores escuelas.

Jorge Arévalo /El Mundo  6/01/2019

* "PP, Cs y Vox buscan marcar perfil propio para disputarse el voto de derechas" El País 17/02/2019 https://elpais.com/politica/2019/02/17/actualidad/1550430800_541620.html

sábado, 5 de enero de 2019

Tiene razón Valls

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Lo ha tenido que decir Manuel Valls. Hace unas semanas, tras las elecciones andaluzas ya hablamos de esto aquí: no se puede pactar con los idearios que niegan los principios propios. Hace mucho tiempo, cuando empezó la moda de querer enterrar el "bipartidismo" se advirtió que significaba la condena futura a tener que realizar pactos endiablados, nunca mejor dicho, para gobernar. Dijimos ya entonces que en España no ha habido bipartidismo, que eso era una engañifa para poder entrar generando un discurso de la diversidad que no encubría más que los deseos de poder de unos y la ineptitud de otros. El papel endemoniado lo habían jugado siempre que no había mayoría absoluta los partidos nacionalistas, que sacaban tajada y los pies del plato en la misma jugada. Los nacionalistas catalanes se aprovechaban de la violencia en el País Vasco y cuando el País Vasco vio el fin de ETA pasaron ellos al descontrol, lo permitió hacer de "poli bueno" al PNV.
Estos son juegos que venían de lejos, de viejas alianzas en el exilio y pactos circunstanciales, que se empiezan a convertir en peligrosos cuando hay una idea secesionista clara. Desgraciadamente, la política española es más de la noria que de la autopista. Es una lástima que cada generación tengamos que estar discutiendo lo mismo con nuevas voces, que seamos incapaces de dar por válido el presente para construir un futuro mejor para todos. Pero no, no es el caso.


La aparición de Vox, el partido del que no se puede hablar pero del que todos hablan, no es un hecho aislado, sino la conjunción de factores externos que han encontrado los huecos internos. Sencillamente: la aparición de la extrema derecha en España es el resultado de la ineptitud política de nuestros dirigentes en todo el espectro. La política es un sistema. La misma ineptitud que permitió un hueco por la izquierda lo ha permitido ahora por la derecha, con la transversalidad del nacionalismo secesionista como aderezo de todos y excusa directa de Vox.
Lo ha tenido que decir Manuel Valls, el menos entrampado de los políticos; Valls, el político vocacional. Lo recoge el diario El País:

“Con el nacionalpopulismo no se puede pactar”. Así se expresó este viernes Manuel Valls, el ex primer ministro francés y candidato a la alcaldía de Barcelona por una plataforma que incluye a Ciudadanos. En plena negociación para formar Gobierno en Andalucía, Valls subrayó a EL PAÍS la necesidad de rechazar el apoyo del partido de extrema derecha. Se desmarca así de Ciudadanos, que pretende gobernar con el PP en esa comunidad autónoma gracias a Vox. Y propone como alternativa un gran pacto de Estado entre PSOE, PP y Ciudadanos para marginar a los populismos.
Para Manuel Valls, “la respuesta al desafío que plantea la extrema derecha es la cooperación” entre socialistas, conservadores y liberales, según plantea en un artículo publicado este sábado en este diario. Este gran acuerdo entre las fuerzas constitucionalistas —a imagen y semejanza de los Pactos de La Moncloa firmados en 1977 por el Gobierno, los principales partidos y los agentes sociales— tendría ahora en Andalucía su primera posibilidad de reeditarse. Pero Valls aspira a ampliar ese pacto en todo el Estado.*



El ejemplo está bien puesto, pero se le escapa a Valls el drama español: mientras en el pasado todos querían ir hacia el centro político, pues la sociedad española apostaba por la moderación dando una lección y marcando el camino a los políticos, en el presente la situación ha variado y el camino es otro. El éxito de los populismos y radicalismos en todo el mundo —desde que a principio de la década se implantara la forma de la protesta, la "indignación", el "no nos representan", etc. con su origen y refuerzo en la crisis económica (centrada en los bancos como crisis financiera)— ha hecho que hoy los moderados o centrismos amplios (vamos a decirlo así para entender que hay "centro derecha", "centro izquierda" y "centro centro") sean vistos como una debilidad, como indefinición.
No está mal percibido porque la clase política fracasó ante la económica en la crisis que muchos han sabido reinterpretar para llevar el agua a su molino. Los que habían quedado en los márgenes —como la extrema derecha española, por ejemplo, o la extrema izquierda, que se desmantelo igualmente— han sabido hacer su reentrada. Se desencadena entonces el furor pactista con la intención de unos de meter una pata y de otros de no perder el equilibrio.


Si no se atiende la idea de Valls del cinturón sanitario, de la cuarentena política a Vox, la política se va a enturbiar hasta límites insospechados. Vox, como otros populismos de extrema derecha, ha centrado de forma básica su discurso en la inmigración y en el secesionismo catalanista, levantando así dos banderas emocionales a los que la clase política actual no sabe dar respuesta clara. Cuanto más se entrampen en ello, más seguridad tendrá Vox. Lo peor es que las salidas solo se ven en el radicalismo que es lo fácil. Ante el enfado de grandes capas de la sociedad, cualquier partido radical tiene unas cuotas aseguradas, parcelas que fagocitará de los descontentos con las políticas generales de los grandes partidos.
La enseñanza de Vox es que no hace falta ser "grande", sino ser "influyente" y uno lo es en la medida en que los demás lo necesitan. Pero es el momento, como señala Valls, de decidir porqué se lucha: por el poder o por la sociedad. Es necesario acabar con estos pragmatismos de salón de una generación de políticos que solo saben de aritmética. Lo dijimos el otro día "la política es algo más que aritmética".
El discurso de Vox es algo más que retrógrado. Un partido que pide la retirada de las que llama "leyes ideológicas" contra la violencia de género no merece respeto. Al menos el respeto que implica cualquier tipo de acuerdo pacto o convivencia circunstancial.
Si se produce algún tipo de alianza, pacto o apoyo, los que se beneficien se convertirán automáticamente en "inhabitables", es decir, no se podrá pensar en ellos como un espacio propio.


Lo expresado por Valls es de sentido común. Y algo más: Europa se está llenando de dinamiteros con el aplauso de varios amigos exteriores. Cada vez más, no tienen pudor en señalar que se trata de deshacer Europa desde dentro. Hemos tenido (o tendremos) un Brexit. Será muy fácil echarle la culpa a la "burocracia europea" de lo que ocurra en adelante. Ya lo hacen varios gobiernos de la Europa del Este o Italia. Pero el hecho de dedicarse al obstruccionismo o, peor, a utilizar los foros europeos para hacer antieuropeísmo ya está anunciado por los jugadores. Las próximas elecciones europeas serán decisivas porque los únicos que van a ir a muerte, como una piña, son los populistas. En su momento lo hizo Podemos; ahora lo hará Vox.
El radical va siempre a votar. Será esencial que los partidos traten de llevar a la gente a las urnas como una motivación real de construir y no solo con lo muy facilón del miedo y, tan importante como eso, que tengan claras las prioridades. La política española se ha hecho acomodaticia pues su labor principal es denigrar al contrario, Eso ha atraído a advenedizos sin ideas y a maestros del insulto y la provocación. Con ninguna de esas "virtudes" se construye un país, se le ofrecen ideales de mejoras o se le hace sentirse orgulloso de lo que hace por el conjunto. Por eso los huecos que dejan los ineptos los ocupan los aprovechados.
Los partidos tienen una ocasión de oro para demostrar que anteponen los intereses del país para hacer frente a los dos grandes desafíos cruzados que se le proponen.


* "Valls se desmarca de Ciudadanos y propone un pacto con PSOE y PP para aislar a Vox" El País 5/01/2019 https://elpais.com/politica/2019/01/04/actualidad/1546634113_503713.html

lunes, 17 de diciembre de 2018

La democracia es algo más que aritmética

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La fragmentación de la política española no es nueva. Aquí se han empeñado todos en hablar de bipartidismo, pero obvian con ello el papel de los partidos autonómicos o nacionalistas, algo que es imperdonable pues supone distorsionar todo el desarrollo seguido por la vida política española desde los años setenta, es decir, desde los comienzos mismos de la democracia. Nunca ha habido "dos partidos", que es lo que quiere decir "bipartidismo" si el diccionario no miente.
La derecha española tuvo un proceso de unificación en las primeras elecciones en el que se fundieron partidos casi personales con un "centro" creado ex profeso para liderar la transición. El centro y la derecha se unieron dando lugar a lo que era el Partido Popular, resultado de varias fusiones por etapas y finalmente de la absorción del centro, la UCD, que se resistió como CDS para finalmente repartirse entre la derecha y la izquierda socialdemócrata. La izquierda española también tuvo su propio proceso de unificación. Algunos no recordarán los distintos partidos socialistas que se reunieron alrededor del PSOE y la unión de los que dejaron por la izquierda, que asumió el imaginativo nombre de Izquierda Unida.
Todo lo demás han sido jugadas de marketing electoral y combinaciones con los partidos locales de las autonomías, ya fueran nacionalistas o "peculiaridades" consentidas como el Partido de los socialistas catalanes. Era Cataluña precisamente el lugar más prolijo en alianzas y siglas electorales con las que se han pretendido camuflar los asaltos al poder de los mismos durante décadas y que ha llegado a la cacofonía resultante actualmente.


El deterioro de las imágenes de ambos partidos mayoritarios en Cataluña ha llevado a que sea una fuerza emergente como Ciudadanos la que lograra la victoria pírrica en las elecciones en una sociedad polarizada y con deseo de castigo a los que les complican la vida de una forma realmente penosa.
Nada hay más sufrido que votar en España, pues hacerlo se ha convertido en un acto contra el historial del votante, que ve degradadas las propuestas que se le presentan en un mar bronco. No escuchan más que insultos entre unos y otros; a unos porque son rivales y a otros porque son competidores por el mismo voto.
Lo ocurrido en Andalucía hace unos días debería haber hecho reflexionar a más de uno, pero nuestra clase política está a otras cosas. Más que análisis, hace reinterpretaciones de los hechos para tratar de amortiguar sus caídas, profundizar en las ajenas y poco más.
El diario ABC nos da los resultados de una encuesta que le han realizado y nos cuenta:

Si hoy se celebrasen elecciones generales, el Partido Popular, Ciudadanos y Vox sumarían una holgada mayoría absoluta, según el último barómetro de GAD3 que mañana se publica en ABC.
Los datos que arroja la encuesta ofrecen distintos paralelismos con el reciente resultado de las elecciones andaluzas del 2 de diciembre, que puede propiciar por primera vez en 36 años la formación de una Junta sin el Partido socialista.
El resultado de la encuesta de intención de voto a nivel nacional ofrece un giro a la derecha en el arco parlamentario y el fortalecimiento de los partidos constitucionalistas, así como la confirmación de que Vox irrumpe con fuerza en la política nacional.
Pese a que el PSOE continúa perdiendo apoyos, seguiría siendo la fuerza política más votada en caso de que los españoles fuesen convocados a las urnas.*


Vox representa una prueba de fuego para la democracia española. No hay que dejarse seducir por las músicas patrióticas de la "unidad de España" sino escuchar con mesura el paquete completo con el que se parapetan.
Vox es la versión a la española de la fuerte moda de los populismos. Como es característico de estos movimientos que vemos en todo el mundo, es una combinación de elementos nacionalistas emocionales, religioso-tradicionalistas y un odio claro hacia lo que representa la modernidad, especialmente en lo que se refiere a las políticas de género.
La preocupación que todos los españoles sentimos por la situación catalana es aprovechada por Vox para introducir su programa real, el que es menos cacareado pero que está ahí contra las llamadas "leyes ideológicas", entendiendo ellos por "ideología" el rechazo de las políticas de diversidad de identidad sexual y especialmente de igualdad de género. Aquí, el modelo norteamericano de Trump, de Bolsonaro en Brasil y el francés de LePen se ven con claridad en las fusiones de la retórica nacionalista y la religiosa tradicionalista de fondo.


La democracia el algo más que las matemáticas para alcanzar el poder. El diario ABC se limita a realizar operaciones de suma y hacer cálculos de lo que podría. Como nos enseñaron de niños, no se pueden sumar peras y manzanas, por decirlo llanamente.
Lo que se haga en Andalucía se va a medir con lo que se haga en la generales. Los partidos de derechas e izquierdas se dedican a hacer matemática, jugando con números y no con valores y compatibilidades. No todo lo que se puede sumar se debe sumar.
La calidad de la democracia es esencial para cualquier sociedad y la tentación de votar con formaciones cuya creencia en el sistema democrático es muy pobre se acaba pagando, como hemos visto en los Estados Unidos.
España se había librado hasta el momento de la extrema derecha y de partidos con principios dudosos. Más que librarse, sencillamente los había rechazado. Existían, pero la misma sociedad los convirtió en marginales. Ahora regresan al impulso de las circunstancias y sobre todo por el mal hacer de las nuevas generaciones de políticos en poder y oposición. Se les llenó a todos la boca al hablar de renovación, pero lo cierto es que se han cometido los mismos o peores errores que la generación anterior cometió precisamente por ser incapaz de aunar esfuerzos para enfrentarse a los males —corrupción y separatismos— de una forma honesta y clara. Prefirieron jugar las bazas que les llegaban traídas por las circunstancias del momento sin tener en cuenta que se estaban jugando propio sistema, pues la pérdida de la confianza es la peor de las actitudes que se pueden tener.


La extrema derecha no se debería contemplar en el cálculo electoral y debería existir el acuerdo para evitar convertirla en pieza clave. Hay fórmulas para hacerlo que envíen un mensaje claro de las prioridades. Se ha visto lo que le ha ocurrido al propio Partido Socialista por jugar con su izquierda. Más que los efectos electorales, lo que comprobamos es el deterioro.
Si se quiere que España siga su camino de futuro, debe haber un acuerdo entre las fuerzas políticas para estabilizar la sociedad y no para salir cada día con elementos desestabilizadores con los que camuflar la inoperancia. La mala imagen de partidos y líderes es clara. La crisis se agrava con la pérdida del tejido intelectual, la conversión en espectáculo del mundo de las ideas, cada día más necesarias. Lo que la política atrae hasta el momento a sus filas es muy deficiente. No hay filtro y asistimos al penoso espectáculo de la sinvergonzonería campando a sus anchas. Unos detrás de otros van de juzgado en juzgado para sonrojo y escándalo de todos.
Lo que la ultraderecha atrae ahora no es bueno para nadie. La sociedad española ha avanzado en estas décadas mucho y es una pena enorme que nos encontremos de nuevo discutiendo cosas que deberían estar ya superadas solo porque la clase política tiene que encubrir su falta de eficacia.
La democracia es más que aritmética precisamente porque se centra en valores y en la capacidad de acordar avanzando hacia puntos de convergencia. Pero hay límites a las sumas. Lo que se ha escuchado hasta el momento de Vox no es nada bueno. Miremos lo que ha ocurrido en los Estados Unidos, la profunda división en que se encuentran y la caída de los valores democráticos en favor de otros populistas.  Cualquier alianza con Vox supone adentrarse en caminos peligrosos para el futuro. Es algo más que el "giro a la derecha" del que habla ABC.
Siempre se piensa en que todo se puede controlar, que de ahí no pasarán. Pero cuidado con la confianza. El mundo se está poblando de cadáveres políticos confiados. Hay que reaccionar desde los partidos y abandonar este desprestigio recíproco del que viven y que arrastra a las instituciones. Hay que recuperar la política, el diálogo y el sentido común, la voluntad de convivencia. Mientras no se haga, seguirán apareciendo grupos con propuestas populistas.


* "PP, Cs y VOX obtendrían mayoría absoluta si hoy se celebrasen elecciones generales" ABC 16/12/2018 https://www.abc.es/espana/abci-pp-y-obtendrian-mayoria-absoluta-si-celebrasen-elecciones-generales-201812162017_noticia.html

jueves, 19 de abril de 2018

Inventarse la oposición


Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El régimen egipcio sigue empeñado, según nos cuentan en Mada Masr, es crear su propia oposición para hacer un parlamento con dos partidos. No deja de ser sorprendente la idea toda vez que el movimiento no surge de una división del voto sino de un reparto de los escaños una vez realizada la votación. Es decir, sus señorías saldrán de un planificado partido mayoritario que apoyará al presidente y de una planificada oposición que será la que ejerza de "poli tonto". No llegará a lo de "poli malo", porque aquí, maldad la justa.
No contentos con tener un ridículo candidato opositor al presidente, el señor Moussa Mustafá Moussa, frente al que todos esbozaban una sonrisa recordando cómo media hora antes de lanzarse a la carrera presidencial era un ferviente apoyo de al-Sisi, el sistema se empeña en parecer democrático dividiéndose en dos.
El final del artículo en Mada Masr nos sintetiza el proyecto:

“The state needs to fill the political vacuum around the president, who has been relying on his popular support for the past four years, through a new party,” Eissa previously told Mada Masr. The discussions internal to the coalition have included establishing a second party and the creation of a framework like the United States’ two-party system. “[They would be] the two strongest parties in Egypt, or if one party is formed, there would be support given to another party that the public sees as an opposition group, such as the Free Egyptians Party or the Wafd Party,” Eissa added.
State institutions have been involved in the discussions around the formation of the party since they began, coalition sources previously told Mada Masr. This inclusion has taken the form of helping to establish a clear vision for the party, one of the coalition leaders stated.
The coalition leader tells Mada Masr the office of the presidency has pushed to establish a party ahead of local elections planned for next year and announced after Egypt’s March presidential election, which it hopes will secure majority representation.*


Una vez más se confunde el efecto con la causa. Un sistema no es democrático porque haya dos partidos; lo es porque la gente es libre de votar o de formar aquellos partidos que representen sus ideas. La confusión es reveladora porque muestra el mismo razonamiento seguido en las elecciones presidenciales. No han sido democráticas porque se pusiera a Moussa como alternativa. Por el contrario, han sido evaluadas como una farsa por toda la prensa internacional y los observadores.
La comparación con el sistema estadounidense es ridícula porque los norteamericanos pueden votar a muchos más partidos; otra cosa es que haya unos partidos mayoritarios que acaban dominando las cámaras con sus representantes electos. Pero a nadie se le ocurriría limitar el voto a dos partidos. Son los votos de los ciudadanos los que dan la fuerza a los partidos y no al contrario.
Se corre el riesgo de nuevo de que lo que se perciba sea una farsa partidista en la que ya estén repartidos los papeles: los que apoyan al presidente y los que dicen que son la oposición por decir algo. Su papel sería el mismo que el de Moussa.
Lo que Egipto quiere es llegar a una especie de comedia del arte política en la que estén repartidos ya los papeles, con claridad notable para todos. Son como dos payasos, el torpe augusto  y el clown de cara blanca, formando pareja política y en cuyo diálogo uno se burlará del otro eternamente.
El problema egipcio es, una vez más, la parte oculta, aquello que no se puede manifestar y que sin embargo está ahí, dispuesto a salir en cualquier momento. Si Egipto quiere creer que su "problema" son unos cientos de terroristas que campan a sus anchas por el Sinaí u otras regiones y que puede acabar con ellos a base de expediciones militares, puede creerlo. Pero todos saben que el problema es otro, más profundo, el que hizo que allí nacieran las bases ideológicas del terrorismo fundamentalista islámico en los años 20. Hoy eso está latente y aflora en ocasiones con violencia hacia el estado o los vecinos de un pueblo cualquiera, contra iglesias coptas o mezquitas sufís.
Fabricar una oposición después que la oposición democrática se negó a participar en las elecciones presidenciales es mucho anticiparse. Esta forma de fabricarla parece tener un fin claro: anular a la verdadera oposición creando una pseudo oposición. Esta servirá para las fotos mientras que la oposición democrática será progresivamente eliminada acusada de cualquier cosa contra la imagen de Egipto, el orden, el estado, etc.



 * "Alliance to Support Egypt source: We will change Constitution and Parliament law by October to establish new party" Mada Masr 18/04/2018 https://www.madamasr.com/en/2018/04/18/feature/politics/alliance-to-support-egypt-source-we-will-change-constitution-and-parliament-law-by-october-to-establish-new-party/

miércoles, 3 de diciembre de 2014

Más sobre el bipartidismo

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La alegría con la que se habla en este país de "bipartidismo" resulta sorprendente. Si se analizara la expresión cada vez que algunos la utilizan y se verificará su campo semántico, se podría comprobar que no todos quieren decir lo mismo. Unos hablan del sistema y otros le ponen nombre y apellidos, según lo que le interese al que habla de su muerte, vida o resurrección. Es un tema constante y no es circunstancial que se hable de él. Basta con darse un paseo documental para darse cuenta de los torrentes de tinta y colores que ha generado en poco tiempo.
Decía el lingüista, crítico y filósofo ruso Mijaíl Bajtin que la palabra puede considerarse en tres dimensiones superpuestas: la neutra, la ajena y la propia. La primera tiene un sentido que sería el teórico: la segunda refleja el sentido con que los otros usan y ha usado históricamente, y el tercero el que uno le quiere dar cuando la usa. Son tres sentidos que juegan y que abren la palabra a sus usos sociales y personales.
La palabra "bipartidismo" tiene esa dimensión de diccionario, neutra; pero tiene también el sentido que se le esté dando socialmente y aquel que yo trato de darle. No significa lo mismo "bipartidismo" en boca de Mariano Rajoy que en la de Cayo Lara; no significa lo mismo en la de Pedro Sánchez que en la de Pablo Iglesias. Cuando algunos salen hablando de la "muerte del bipartidismo" quieren decir otra cosa también, de la misma forma que los que dicen que "el bipartidismo está vivo" se refieren a otra.


El diario El Mundo recogía ayer las opiniones al respecto de grandes empresarios españoles a los que se les había preguntado. Su titular era este: «Alierta: 'El bipartidismo ha funcionado en España, está clarísimo'», para inmediatamente señalar «El presidente de Telefónica se pronuncia a favor de que PP y PSOE sigan en el poder». Para el señor Alierta, "bipartidismo" no significa "dos partidos" (los que sean), sino "PP y PSOE". Cuando el señor Cayo Lara afirma que el "bipartidismo ha muerto" y se congratula por ello, seguramente hablaría bien del bipartidismo si esos dos partidos fueran, por ejemplo, el Partido Popular e Izquierda Unida. El señor Lara se mostraría encantado de que el "bipartidismo" fuera una sólida realidad.
Acabamos de escuchar la disolución del gobierno de Israel, compuesto por una coalición de cinco partidos, desde centristas a ultraderechistas, en lo que Netanyahu ha calificado de un "golpe de estado" por parte de sus socios. A nadie le gusta tener que discutir con cuatro socias, además de tener que discutir con la oposición. Acabamos de escuchar también que Ucrania acaba de nacionalizar por vía urgente a tres extranjeros para poder nombrarlos ministros en su nuevo gabinete. Poroshenko ha buscado fuera lo que no tenía dentro. La oposición, los que dejó Yanukovich en su marcha, se ha quejado.

Un partido puede tener la mayoría absoluta, en cuyo caso le da igual tener enfrente a uno o cincuenta partidos. Sus decisiones no se ven afectadas por el número de grupos que representen su oposición. Podrá aburrirse más o menos, pero no le afecta en su acción de gobierno.
El bipartidismo es tener dos partidos fuertes que se alternan en el poder. Eso no significa que haya solo dos partidos. En España nuestro bipartidismo no ha sido tal en muchas ocasiones, teniendo que tener apoyos en las legislaturas en las que no tenía fuerza suficiente como para tener gobiernos en solitario. Eso ha ocurrido siempre que no ha habido mayorías absolutas. Y es frecuente en algunas comunidades autónomas.
Es interesante la ceguera con la que se suele tratar el verdadero reparto de poder en España. Al hablar de "bipartidismo" se excluye que las relaciones gobierno-oposición se han trasladado en muchas ocasiones a otro eje de la política española: el enfrentamiento entre estado y autonomías. Tenemos constantes y preocupantes muestras de ello.
Cuando el señor Alierta identifica el "bipartidismo" con el PP y el PSOE se está refiriendo a que ambos han canalizado la moderación social en un número de votantes suficientes como para primero garantizar la gobernabilidad y después la alternancia dentro de un marco constitucional respetado por ambos partidos. Esos dos partidos que tenían carácter nacional han sido históricamente, PP y PSOE.
Nos olvidamos, por ejemplo, cuando hablamos de "bipartidismo" que el PP es el resultado de una serie de múltiples fusiones de partidos desde que se constituyera aquella originaria "Alianza Popular" compuesta por los "siete magníficos", que luego hubo una "Coalición Popular" y finalmente un Partido Popular. Nos olvidamos que lo que representa el PSOE son al menos dos partidos PSOE-PSC, como nos recuerdan los hechos desgraciadamente; puede darse la circunstancia, que algunos han solicitado, de que llegaran a ser rivales y competir en Cataluña. Nos olvidamos, aunque de nuevo nos lo recuerdan los acontecimientos de cada día, que el gobierno catalán de CiU está compuesto por otros dos partidos, que es lo que quiere decir la "i" de en medio. Nos olvidamos también de Izquierda Unida está "unida" por algo.


Algunos no piden tanto "bipartidismo" sino desalojar del poder a uno de los dos y ocupar el poder. Como nunca nacen partidos por la derecha, que ha tenido un proceso de fusión mucho más eficaz que la izquierda, que también lo ha tenido pero de otro orden, el problema del "bipartidismo" (que no es tal) se refiere al nuevo reparto del voto de la izquierda. Por eso las polémicas se están dando con el PSOE e Izquierda Unida de forma mayoritaria. El fenómeno desestabilizador es, evidentemente, el acontecido con la aparición de ese "no-partido" llamado "Podemos", cuya ambigüedad semántica y habilidades retóricas le permiten perseguir a un electorado que se siente defraudado por los partidos políticos.
El bipartidismo no está en crisis, ya que es una situación deseable para la estabilidad de gobierno que puede ser compensada, en su defecto, con terceros para alcanzar el equilibrio y la mayoría. Una atomización a la israelí o a la italiana, como se decía antes, no es deseable y sería de tontos desearla. Pero siempre hay tontos oportunistas. El opción no es bipartidismo sí o no; la opción es estabilidad sí o no. Y eso es lo que los electorados tienden a buscar. Nadie busca la inestabilidad o si se hace —que lo hacen— es de una gran irresponsabilidad. La obligación de los partidos, si no pierden el rumbo en el fragor de las batallas, es garantizar la estabilidad del sistema a sus ciudadanos. Cuando lo que se quiere es cambiar el sistema, estamos hablando ya de otra cosa.


Junto a la opinión de César Alierta y su forma histórica de entender el "bipartidismo" ligado a los dos partidos que ahora lo representan porque ha representado esa estabilidad en sus alternancias, se recogen en El Mundo las opiniones de otros dos grandes empresario (o empresario de grandes empresas) a los que se les preguntó en el mismo foro:

Alierta no ha pedido una gran coalición, pero sí que entiendan la renovación que pide la sociedad y alcancen "pactos". Entre ellos, sobre educación. El presidente de Repsol, Antonio Brufau, también ha defendido el bipartidismo, "Se asegura más la estabilidad con el bipartidismo que con una multiplicidad de partidos", ha manifestado. En consecuencia, ha reclamado pactos entre PP y PSOE. "Les pido generosidad para entender la posición del otro e intentar aproximarse. El pacto no es malo para nadie".
Por su parte, el tercer participante, el presidente de Bankia, José Ignacio Goirigolzarri, se ha ratificado en pedir estabilidad política como publicó EL MUNDO el pasado lunes, pero no ha querido pronunciarse sobre el bipartidismo:"Yo más que de bipartidismo hablaría de una serie de principios en los que hay que estar de acuerdo todos".*


Las dos intervenciones desplazan el foco a las cuestiones reales, que no son las del "bipartidismo" sino la estabilidad y además suponen un énfasis en una crítica a las actuaciones de los partidos.
Me refiero a que lo que hay implícito en las reflexiones de los tres interrogados es que no se trata de cambiar el sistema que ha funcionado sino de cambiar las actitudes algo que en cambio, ninguno de los dos partidos quieren cambiar y está beneficiando a los que se presentan como "enterradores del sistema" aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid.
Son los errores constantes en la forma de comportarse desde poder y oposición los que están siendo utilizados por los desalojadores para subir y ocupar posiciones cuando la tendencia de la sociedad era a la estabilidad y a reducir las diferencias para que las alternancias no sean traumáticas. Esa es la evolución deseable en las sociedades modernas y democráticas. Un país es democrático y moderno cuando los gobiernos alternantes resuelven los problemas de todos. Eso garantiza la estabilidad y lleva a establecer acuerdos que aseguran que lo que se construye no es destruido en cada relevo. Por eso la insistencia de todos ellos en la importancia de los "pactos".


Llevamos una temporada en la que los desalojadores y enterradores políticos intentan convencer a una mayoría desmemoriada que "pactar" es un acto delictivo y de encubrimiento. Lograr buenos pactos, pactos satisfactorios para todos, es el arte de la política real. La insistencia en enterrar la transición o mostrarla como una especie de engaño a la sociedad sí que es un gran engaño histórico que puede ser contestada con los datos en la mano.
Es la larga crisis económica y su desgaste social, que se ha vivido bajo PSOE y PP lo que está siendo aprovechado para la erosión de ese bipartidismo. A la larga crisis hay que añadir el gran pecado de ambos que es no haber sabido atajar la corrupción entres sus filas (algo extensible a los demás partidos que no forman parte de la alternancia central pero que han estado en el poder en las Autonomías, como es el caso de IU y de CiU, por ejemplo).
Cuando se les piden "acuerdos", "pactos" o como se quiera llamar, lo que solicita es que sean capaces de salir de sí mismos para comprender que la sociedad requiere una estabilidad que es el superar de forma no traumática las alternancias de poder. Eso quiere decir que los gobiernos que ayudan a reducir diferencias sociales están trabajando en una buena línea (los intereses ciudadanos son menos divergentes) mientras que los que los acrecientan están provocando desacuerdos y, por ello, menos estabilidad (los intereses son más divergentes).
Hay que cambiar la forma de hacer política, gobierno y oposición. Son los ineptos, demagogos y vociferantes los que ocupan posiciones y se desplaza a los negociadores, las personas capaces de ofrecer visiones integradoras y con perspectivas de futuro, capaces de ofrecer soluciones que redunden en el beneficio de todos. Sin embargo nuestra selección natural ha favorecido a los depredadores y carroñeros. Escuchamos más graznidos de cuervos y risas de hienas que otros cantos más melodiosos e instructivos.


Entre la "gran coalición" que algunos asustadísimos ven como futuro, que otros niegan porque les estropean los planes y dan alas a sus enemigos desalojadores, y la atomización política, como desastre de un país que tiene ya bastantes problemas para coordinar una política central con las malas maneras de hacer oposición desde los gobiernos autonómicos, existen muchas posibilidades de encontrar soluciones para el único objetivo posible y real: la mejora social mediante la gestión adecuada que garantice la estabilidad.
Tenemos pésimos estrategas políticos; están tan metidos en sus espectaculares batallas que olvidan que lo deseable no son las tormentas sino las calmas. La política no es un acto bélico, sino pacífico y pacifista. Por eso los acuerdos son esenciales: crean el clima apropiado de confianza y estimulan el desarrollo de todos. La incertidumbre no es buena en ningún orden. Es de sentido común que Alierta pida un pacto en educación; pero se prefiere convertirla en otro campo de batalla. Los resultados educativos están ahí.


Den muestras de buena voluntad, de que trabajan para todos, incluidos los que no les votan; no satanicen a los que no piensan como ustedes. No se rían cuando hable el contrario, escúchenle; puede que diga algo interesante. Si no les escuchan nunca, lo único que se logra es que no se molesten en preparar discursos reales, solo soflamas para la galería, que les será más productivo. La política en un país moderno, con una sociedad civil responsable y participativa, es constructiva, no una forma de erosión constante que acaba afectando a todos y al sistema mismo.
La erosión, en cambio, es la ocupación habitual de aquellos que no tienen acceso al poder porque la sociedad no les da mucho más, que tratan de recoger los restos de las batallas como chatarreros aprovechados. Se pueden permitir el apocalipsis y la demagogia, como de hecho hacen.
La crisis económica prolongada pasa factura social y se deberían buscar soluciones amplias, de gran respaldo. La corrupción no es un mal del bipartidismo; es un mal. La sociedad, como señalan los empresarios preguntados, busca estabilidad. Los manipuladores resaltarán que las pérfidas empresas están interesadas en mantener el sistema. Es una tontería. Como cualquier persona con dos dedos de frente, prefieren la estabilidad del marco a la aventura rumbo a lo desconocido; prefieren llegar a un acuerdo antes que llegar a las manos, y prefieren prevenir a curar. Es de sentido común.
Ahora lo importante es que los partidos políticos lo tengan.



* "Alierta: 'El bipartidismo ha funcionado en España, está clarísimo'" El Mundo 2/12/2014 http://www.elmundo.es/economia/2014/12/02/547e12ba268e3eea308b4577.html