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jueves, 5 de abril de 2012

La dignidad

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Estas son las palabras que ha dejado en su nota Dimitris Christoulas, el jubilado, de 77 años, que se suicido ayer de un disparo en la Plaza Syntagma, de Atenas, frente al Parlamento griego:

El Gobierno de Tsolakoglou ha aniquilado toda posibilidad de supervivencia para mí, que se basaba en una pensión muy digna que yo había pagado por mi cuenta sin ninguna ayuda del Estado durante 35 años. Y dado que mi avanzada edad no me permite reaccionar de otra forma (aunque si un compatriota griego cogiera un kalashnikov, yo le apoyaría) no veo otra solución que poner fin a mi vida de esta forma digna para no tener que terminar hurgando en los contenedores de basura para poder subsistir. Creo que los jóvenes sin futuro cogerán algún día las armas y colgarán boca abajo a los traidores de este país en la plaza Syntagma, como los italianos hicieron con Mussolini en 1945".*

Las palabras —terribles en su desnudez y frontalidad— reflejan una fractura real del sistema. Es un acto real —el suicidio— que se convierte en simbólico ante la imposibilidad de que un acto simbólico se convierta en real —la revolución—. Dimitris Christoulas ha dejado en herencia lo único que le habían dejado, su dignidad.


En Túnez, el suicido real de un joven desesperado, se convirtió en símbolo que trajo la revolución. En Grecia, es la muerte de un jubilado que, sin esperanza de vida digna, tiene como última visión la futura revolución de los “sin futuro”. El joven se suicida porque se le arrebató su única fuente para tener una vida digna para él y su familia, que dependían de él. El anciano se suicida porque se ve condenado, al final de su vida, a perder la dignidad con la que había vivido. No me quedan fuerzas ni ganas para más, viene a decir Dimitris Christoulas. Y no se suicida en su casa. Lo hace en la Plaza frente al Parlamento al que responsabiliza de su condena a la indignidad de la mera supervivencia.

La alternativa de vivir “hurgando en los cubos de basura”, en sus propias palabras, es una imagen tan poderosa como la de la revolución que imagina como forma de ser reivindicado en un futuro que él no vislumbra y del que no podrá, por su edad, participar. Morir se convierte en la otra cara digna de la moneda, un rechazo del destino social que padecerá ante la ausencia de otra opción viable.
No sé si somos conscientes de hasta dónde hemos llegado y del camino que nos queda por recorrer. No sé si habrá bastantes suicidas y suicidios como para que se reflexione sobre esto más allá de las meras cuentas, de la economía, de las luchas partidistas. 
Los argumentos que se esgrimen siempre utilizan elementos materiales para definir la sociedad: bienestar, calidad de vida, etc. Pero Dimitris Christoulas introduce el elemento ausente: la dignidad. Es una palabra en desuso porque lo que se enseña todos los días, de forma teórica y práctica, es que es la utilidad lo único que se debe tener en cuenta.
La dignidad es algo que afecta a las personas y a las instituciones y tiene que ver con la propia forma en que se perciben. Un salario puede ser alto o bajo, pero debe ser “digno” a los ojos del que lo recibe porque se justifica así su esfuerzo, energía, conocimiento y vida, es decir, que se lo merece quien lo recibe. Una persona es indigna de recibir algo cuando no se corresponde con su esfuerzo o mérito. La “indignación” surge cuando alguien recibe algo sin merecerlo o no recibimos lo que nos merecemos. Indignación causa un sueldo indigno, tanto por defecto como por exceso. Por eso causan indignación los sueldos millonarios, las primas a los que han hundido empresas y bancos; por eso lo hacen los sueldos miserables.


Por eso se ponderan tanto los méritos de los que más tienen, para que se pueda seguir justificando socialmente su codicia sin límite. Cuando vemos la creciente desigualdad, constatada en la mayor parte de los países, teorizada como nueva justicia retributiva, comprendemos que lo que crece con ella es la indignidad. Cuanto más crezca la distancia entre los méritos de las personas (estudios, trabajo, etc.) y lo que esas personas reciban, más indignación existirá. Cuanto más crezca la distancia entre lo que se da y lo que se recibe, igualmente, aumentará. Cuanto más reciban aquellos cuyos méritos son más que dudosos, que se aprovechan de privilegios y posición, para recibir más de lo que se merecen, más indignación aparecerá. Cuanto más se sigan bajando los sueldos y pensiones ya bajos, se siga precarizando lo precario, la gente se sentirá indignada porque no le dejan vivir con dignidad. 
Y entonces, puede que el sueño de Dimitris Christoulas ya no sea el de alguien sin fuerzas incapaz de hacerlo realidad.


* 'Pongo fin a mi vida para no tener que hurgar en la basura para subsistir'. El Mundo 5/04/2012 http://www.elmundo.es/elmundo/2012/04/05/internacional/1333605262.html


domingo, 16 de octubre de 2011

99% y global

Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Sí, había mucha gente ayer en Sol, mucha gente de todo tipo y condición. Las manifestaciones son siempre más emocionales que cerebrales, pero ¿no es la “indignación” una emoción? ¿No se busca el amparo de los otros para no sentirse solo con la rabia? Hay manifestaciones conmemorativas en las que es el calendario el que te saca a la calle y hay otras, como esta, que responden a los ecos de vuelta de los gritos primeros. Es una manifestación boomerang.
Creían que lo que se había globalizado era el capitalismo, pero también se han globalizado las emociones y se han sentado las bases de un movimiento doble. Tiene oleaje y mar de fondo; hay olas espumosas  y resaca que tira hacia el fondo. Las emociones se realimentan y lo que llega ahora es lo sembrado en el tiempo.
Las sacudidas más intensas de estos movimientos coinciden, entonces y ahora, con las convocatorias electorales. Antes fueron las autonómicas y municipales y ahora las generales. No es casual. Son los momentos en los que aumenta la presión política sobre el ciudadano. Y los ciudadanos en estos momentos se encuentran perplejos ante una situación mundial que nadie les explica realmente pero que todos padecen. Es como si la famosa mano invisible tuviera un palo también invisible que descargara sobre tu cabeza. No sabes de dónde viene, pero nadie te puede negar tus chichones. La política de negación de su propia incompetencia (la corrupción griega, la estúpida negación española de las crisis o en cualquier otro lugar con sus propias características) acaba por irritar a unos ciudadanos que ven su vida transformada, en la mayoría de los casos, sin haber hecho nada. Ven reducido o desintegrado aquello que construyeron durante su vida y siguen sin entender por qué. ¿No era todo tan seguro? ¿No se habían creado instituciones para que esto no ocurriera? Lo imposible, de nuevo.

Es esta incomprensión la que deja al descubierto a los responsables, por acción y por omisión, de esta situación. Las variaciones del dedo acusador son ya tantas que parece hecho para despistar más que para aclarar: Europa culpa a Grecia; Estados unidos culpa a Europa; China culpa a Estados Unidos. En realidad, todo es lo mismo, pero con importantes variantes. Es el sistema, que ha llegado a su límite. También esto lo repite la gente, aunque no se lleguen a poder pensar las implicaciones. La frase vale para una pequeña pancarta o para un tratado económico, filosófico y político. El sistema es todo; el sistema es nada, como dijo Jacques Derrida de la “deconstrucción”. La cuestión importante es si es posible transformar el sistema a la velocidad necesaria, es decir, venciendo su propia velocidad emocional, enfrentándose a los problemas reales y reduciendo las resistencias al cambio mismo. Son tres factores importantes que han de ser tenidos en cuenta porque de cada uno de ellos se derivan consecuencias importantes. De cómo se conjuguen estos tres elementos depende el futuro.
El 15-O es un avance, un salto cualitativo, en la escalada de algo que se ha ido fraguando en cada movimiento, aprendiendo de sí mismo, como el bebé que comienza a gatear, va cogiendo confianza y se acaba poniendo de pie. Cuando se ha levantado, sabes que no tardará mucho en caminar, que es cuestión de tiempo porque existe una fuerza, una determinación que le impulsa a ello.
De todas las ideas que escuchas y ves en pancartas o declaraciones de la gente, la idea que ha prendido realmente es la del “99 por ciento”. En esta idea sencilla se incluyen dos y por eso es tan potente: está la injusticia del uno por ciento restante y, junto a ella, la del ser muchos más. La primera hacer saltar el sentimiento de rabia, de indignación, ante la injusticia del reparto, de la gran, creciente, desvergonzada  y escandalosa desigualdad; es la que te convierte en “indignado”. La segunda es la que te permite unirte a los demás con los que compartes tu indignación tomando conciencia. Es la magia numérica la que expresa la división económica y emocional del mundo. Por supuesto, es una cifra simbólica. Ni allí está el 99%, ni el 99% piensa igual. Pero eso es lo de menos desde la perspectiva sentimental. Es lo que quiere decir y lo que dice.

Tanto la rabia como el sentirse unido con otros son sentimientos primarios. Por eso muchas personas —expertos, intelectuales— de todo el mundo han señalado que comparten el sentimiento, pero que hay que profundizar en las vías. El mundo no se construye con emociones, nos vienen a decir. Con emociones se asalta La Bastilla, pero no se construye el mundo.
Estamos asistiendo a una situación única en la Historia, a la convergencia real de un movimiento en todo el mundo y a su efecto llamada. Su efectividad se ha demostrado en el mundo árabe. El llamamiento ha cundido, aunque con diferentes resultados, como sabemos. Lo importante es que hace crecer la fe en el cambio y todos los grandes movimientos son cuestiones de fe.
Desde este momento, en casi todo el mundo, la política se ha segmentado en tres grandes grupos: los que quieren que el mundo cambie, los que querrán hacer creer que el mundo ha cambiado y seguir al frente, y los que no quieren que nada cambie. Dentro de cada uno de estos grupos caben todas las ideologías, algo que es importante entender, pero que es difícilmente pensable en términos actuales, no hemos evolucionado todavía suficientemente para comprender nuestros pasos futuros. Pensamos todavía demasiado en términos de presente, es decir, en términos de la misma política que se rechaza. Basta con escuchar lo que se grita o se comenta en el interior de las manifestaciones. Pero están para eso, para mostrar fuerza. Las ideas se plasman en los libros; en las manifestaciones los deseos y emociones, la fuerza del número.


Lo importante esta vez ha sido la demostración de coordinación y crecimiento mundial. Donde exista un problema en el mundo, ya saben cuáles son las formas, los gritos, los métodos que deben seguir para sumar su indignación particular y globalizarla, insertarla en el flujo común y aprovechar su fuerza. Las reivindicaciones duran más, las protestas son más efectivas. La "indignación" pasa a ser una franquicia que funciona. ¿Por qué no hacer aquí lo que se hace allí? ¿No son los mismos?

No es lo que se grita o propone. Es la demostración de unidad y sincronía lo que esta vez se ha mostrado. Y eso es lo que realmente preocupa a algunos. Muchos estarán pensando en que esto se les está poniendo un poco más complicado porque se han dado cuenta que ya han tocado techo y ellos, que son expertos en subidas y bajadas, saben que lo único que pueden tener dudas ya es sobre la velocidad, lenta o desplome.
Todo esto es todavía el boceto de la casa que nos gustaría hacer; ni siquiera el plano. Por eso es importante profundizar en los problemas, en la parte oscura que ha desencadenado esto para poder hacer las transformaciones necesarias y exigir los cambios. Para ello, también debemos cambiar nosotros, nuestras mentalidades, que es el origen de cualquier cambio real. “Construir un mundo mejor” debe ser algo más que una frase en una pancarta, camiseta o discurso. Si no, se corre el riesgo de convertirlo en ritual, que es un acto repetitivo con el que se reproduce simbólicamente lo perdido y cuyo sentido se disuelve con cada nueva repetición.










lunes, 20 de junio de 2011

Las piedras de David

Joaquín Mª Aguirre (UCM)

El movimiento de protesta ciudadana no decae. Por el contrario, va creciendo conforme va ganando confianza. El que no hubiera ningún tipo de incidentes ayer es también una muy buena noticia para casi todos. Significa, además del pacifismo que la mayoría quiere para sus protestas, una gran dosis de control y autoafirmación, y eso es bueno porque garantiza la continuidad. Una parte significativa de las pancartas hacía referencia a esa voluntad pacífica y a la exigencia de mantenerla.

Plaza de Neptuno ayer
La gran pregunta ahora es cómo van a gestionar los políticos de turno todo este movimiento. Porque hay dos problemas: el de la interlocución y el de la traducción. El primero consiste en cómo establecer diálogos con movimientos acéfalos y el segundo cómo traducir los gestos en aspectos concretos o, incluso, en principios generales.
Una de las pancartas que se han podido estos días ver decía “No nos vamos / acampamos en vuestras conciencias”. ¿Eso incluye a los políticos? Parte del problema al que hemos llegado en España con nuestros políticos es su crianza selectiva en esos viveros que son los partidos. ¿Están preparados para asimilar lo que tienen delante? ¿Entienden lo que se les está diciendo?
Independientemente del partido al que pertenezcan, todos tienen unos rasgos parecidos, pues se han ido formando en el mismo tipo de prácticas. Esto dificulta su capacidad de moverse en terrenos y formas de diálogo distintos a las que están acostumbrados. No les va a ser fácil, con esas maletas formativas, continuar su viaje. Tendrán que hacer un gran esfuerzo.
Por ahora han pasado por las fases de la negación y de la criminalización al procesar este fenómeno. La tercera fase tendrá que ser el reconocimiento y la cuarta el diálogo. A diferencia de las situaciones en las que se da la irrupción de un nuevo partido político, aquí está sucediendo algo muy distinto: la reclamación de la aparición de una nueva forma de conciencia.
Para los políticos, acostumbrados al pacto, sería mucho más sencilla la creación de un partido porque entonces ya se trata de sentarse en una mesa a negociar repartos de poder. Sin embargo, este no es el caso. Aquí no se les está pidiendo cuotas de poder. Se les está pidiendo que cambien. Y esto es nuevo. No se está pidiendo un diálogo con ellos —para eso habría que crear un partido político y no parece que sea el caso—, sino que el diálogo entre ellos se abra a las necesidades reales de los ciudadanos. Diálogo social, escucha a la ciudadanía, y traducción a acciones políticas que se basen en esa escucha social. Ser representante del pueblo es representar permanentemente al pueblo; por lo tanto escucha atenta y permanente. Los políticos deberían incluir entre sus obligaciones normales la preocupación constante por esa sensibilidad. No lo confundan con gobernar a golpe de encuesta, como se suele decir, que es otra cosa.

Manifestación en Sevilla 19-J

Creo que hay algunos signos de que algo está cuajando en las conciencias. Me parece un signo de ello la renuncia de tres magistrados del Tribunal Constitucional*, hartos de que las negociaciones de los partidos políticos estén condicionando su funcionamiento. Lo han hecho tres personas que fueron designadas por los dos partidos mayoritarios. Creo que es un signo de ese rechazo a la instrumentalización política, de que piensen más en sus intereses que en el funcionamiento institucional.
Me parece también un signo que los accionistas de un banco, aunque sean dos o tres y modestos, se hayan plantado en la Junta general y le hayan dicho al presidente todopoderoso que nos está bien lo que hacen arriesgándose a ser señalados con el dedo y al ridículo universal.
Y me parece un signo que Izquierda Unida de Extremadura haya decidido que si se equivoca lo hace a su propio riesgo, con lo que deciden mayoritariamente sus bases, y no con lo que deciden o pactan en la dirección de Madrid otros**. Prefieren hacer auténtica oposición a ser meros comparsas ideológicos, tras 28 años de gobierno ininterrumpido. Con esto se ha producido un quiebro en las formas de argumentar y decidir, primando la voluntad de las bases del partido.
En todos estos gestos hay una misma actitud, por muy diferentes que sean sus protagonistas y escenarios: dejar de lado la postura fácil del continuismo, del aplauso mecánico, y tomar la complicada senda de la discrepancia con los que tienen el control, ya sean partidos o banqueros. Hay un deseo de recuperar la decisión, aunque esto suponga equivocarse.
Espero que, poco a poco, vayan surgiendo signos de que algo está cambiando por el bien de todos. Por ahora son las piedras de David, pero alguna puede acertar y darte en mal sitio.

*  “El Presidente del Tribunal Constitucional rechaza la dimisión de los tres jueces”. El Mundo 14/06/2011 http://www.elmundo.es/elmundo/2011/06/13/espana/1307987745.html
** “IU obvia a su dirección y decide dejar que el PP gobierne en Extremadura” El País 19/06/2011 http://politica.elpais.com/politica/2011/06/19/actualidad/1308517771_388897.html



viernes, 17 de junio de 2011

Sobre la buena y la mala imagen

Joaquín Mª Aguirre (UCM)


Si uno no estuviera ya "indignado", no tardaría poco en indignarse escuchando algunas de las cosas que se dicen. La última barbaridad (cuando lea esto ya habrá algunas más) es que los incidentes de Barcelona dañan la "imagen de España" y que afecta a los “inversores” y a la calificación de la deuda española.
Esta barbaridad —dicha hace algunos minutos en una cadena de televisión— refleja el grado de estupidez al que estamos sometidos desde hace algún tiempo, la forma de entender la política, y la ceguera para tantas otras cosas.
Lo que daña la “imagen” de España no son estos incidentes —tampoco la benefician—. Lo que le daña realmente son cinco millones de parados y un gobierno incapaz de resolver problemas; lo que hace daño es el crecimiento improductivo e injustificado de las administraciones; también daña la ausencia de políticas que hayan impedido el endeudamiento excesivo e incluso lo han fomentado por un erróneo sentido del consumo; lo que perjudica su imagen es lo que ha ocurrido hace unos días con el Tribunal Constitucional, por ejemplo. En fin, todos esos elementos que han llevado a mucha gente a manifestar su disconformidad.
Desde hace tiempo se está utilizando un argumento perverso para la vida política española: la "imagen". Hay personas que conciben la política como el arte de aparentar que todo va bien vaya como vaya porque eso, dicen, tranquiliza a los mercados. Confieso que ya no sé qué es eso de los “mercados”, pero debe ser algo terrible y obsesivo porque están todo el día pensando en ello.

 
Creo que un país cuyas instituciones hacen lo que tienen que hacer y se ocupan de los problemas de los ciudadanos; un país en el que la sanidad, la justicia y la educación funcionan —y eso implica que tengas una cama en la que tenderte cuando estás enfermo y que no te corten lo que no deben; que no te mueras antes de que se vea tu caso en los tribunales y los delincuentes no se escapen; y que la gente sepa reconocer la calidad de un poema, explicar una ley de la naturaleza y que se le entienda al hablar—; en el que los trenes y aviones salgan a su hora y en su día; en el que  tengas un empleo que te permita vivir en una casa que puedas pagar; y en el que no te despiertas preocupado por el porvenir de tus hijos…, sí, creo que en un país en el que ocurren estas cosas los inversores, los mercados, los ángeles y arcángeles, los jubilados alemanes, los padres europeos que envían a sus hijos de Erasmus, los jóvenes inmigrantes que intentan encontrar un trabajo aquí, incluso las agencias de rating,…, y muchos más, pueden confiar. Un país así suele tener buena imagen.
El argumento de que no se deben hacer ciertas cosas porque generan “desconfianza” o mala “imagen” (eso que llaman indecentemente la “marca España”) no depende ni si quiera de ti, como acaba de demostrarse con el “caso de los pepinos” en Alemania. En este caso, nosotros nos hemos visto perjudicados económicamente, pero los que han salido perjudicados en su credibilidad o "imagen" han sido los alemanes que han demostrado perfectamente que: a) tienen políticos irresponsables; b) su coordinación institucional no funciona como debe; c) los chinos tienen unos laboratorios tan buenos o mejores que los suyos para secuenciar el ADN de una bacteria; d) aunque tengan buenos científicos, sus políticos no les hacen caso; e) los políticos alemanes son incapaces de reconocer una metedura de pata hasta que les llega a la cintura; y f) por tomar productos cultivados en tu propio país —¡a saber cómo los cultivan por ahí!— también puedes enfermar.
El argumento de la “imagen” para silenciar protestas y, lo que es peor, para responsabilizar de la caída de la deuda española es tan ruin que descalifica a quienes lo ponen encima de una mesa. Es el argumento de los banqueros y empresarios al Presidente del gobierno en su visita (de "imagen") a la Moncloa. La imagen de España la dañan los ineficaces, los metepatas, los políticos que hacen lo que no deben y no hacen lo que deben. Y sobre todo la "imagen de España" la dañan los que no tienen más argumento que la preocupación por la "imagen de España".
La preocupación por la “imagen” supone la aceptación de un mecanismo perverso en sí mismo con el que se quiere responsabilizar a los que no tienen más responsabilidad que la de sus propios disparates. Cada uno que aguante su vela.
Exijamos a los responsables que se dejen de cuidar tanto la “imagen” y que se ocupen de la realidad. Nos traerá más cuenta a todos.



jueves, 16 de junio de 2011

Siga pensando

Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Los incidentes de ayer en Barcelona deberían hacer pensar en la necesidad de dar forma o formas al movimiento de la indignación. Hay un movimiento de indignados y hay un movimiento de indignación. No son lo mismo necesariamente.
El término “movimiento” es equívoco en su metáfora dinámica unitaria. No es un único movimiento, no hay una dirección única, sino que es un estado de ánimo, que es lo que caracteriza la idea de “indignación”. Es una actitud ante algo —los problemas sin resolver, las malas soluciones, etc.— y se puede traducir en muchas acciones de respuesta. Las causas de la “indignación” son muchas y compartibles en diferentes cantidades y proporciones por muchos.
El problema se produce cuando se trata de dar el siguiente paso, el que va de la indignación a la acción. Es más fácil coincidir en lo que está mal que en lo que hay que hacer para resolverlo. Y es normal que esto ocurra. No debería ser un problema excesivo si se plantea de forma abierta y se piensa en qué es lo realmente importante: el despertar de las conciencias.
La indignación está abocada a transformarse en acciones múltiples y diversificadas, se diversificará por el tejido social. No hay mal en ello. Los que siguen pensando en un movimiento unitario verán pronto —si no lo están viendo ya— que esto es casi imposible, que es poner puertas al campo. Y lo que es peor: a desvirtuar su origen y su intención, transformada en un movimiento de protesta permanente sin nada que aportar más allá de esa protesta. Creo que la voluntad de diálogo permanente desde el principio, esas comisiones abiertas al debate de todos, son la muestra de que en el origen está el diálogo como herramienta original de la democracia. Sobre el diálogo es posible construir siempre.
Si el “movimiento” de la indignación, el de todos los que lo que ven no les gusta, logra transformarse en una forma de articular una España más creativa, capaz de salir de las recetas inoperantes y de las tendencias al desvarío, habrá cumplido su misión de bisagra entre dos momentos y formas de entender la vida política. Ha cumplido ya un objetivo impagable: ha reenviado la discusión de los problemas al lugar donde siempre deberían estar, entre los ciudadanos.


La indignación no puede convertirse en un rechazo irracional de la política sino en un código ético del comportamiento del político, de su compromiso real con la ciudadanía, por un lado; por otro lado, en la recuperación de la ciudadanía, también desde la ética, del compromiso con la transformación de su propia comunidad a través del ejercicio permanente de las ideas.
Si la política ya no puede seguir siendo la misma después de esto, será porque los ciudadanos comprendan que la política es un ejercicio permanente de control y compromiso. Sigo pensando que la clase política que tenemos es la que hemos contribuido a dejar crecer al no hacer ejercicio constante de crítica. A esto ha contribuido una mal entendida politización partidista de las instituciones y de los medios de comunicación, que no han cumplido suficientemente la labor de crítica y han preferido la mayoría de las veces un alineamiento político que tampoco les ha favorecido.
Estos acontecimientos serán buenos si comprendemos que debemos entender que las instituciones están ahí, que no son privilegio de una clase meritoria que se releva a sí misma sino el lugar en que los ciudadanos se expresan por el bien de todos; si los partidos entienden que tienen la obligación democrática de renovarse permanentemente y evitar que se formen castas ineficaces, endogámicas, de aplauso fácil y sonrisa perenne aunque caigan chuzos de punta. Y si los medios de comunicación recuperan su independencia crítica para corregir y denunciar los excesos y no se convierten en amplificadores de personas, grupos o partidos. Serán buenos si la patronal no van planteando las cosas como “sí o sí” y entienden que viven en un país con ciudadanos y no con empleados. Serán buenos si los sindicatos incorporan también personas con ganas de trabajar por el conjunto y recuperan algo de la confianza de los trabajadores en que son capaces de interesarse por ellos y no en buscar privilegios. Por último, serán buenos si las personas que estamos en la educación nos damos cuenta que formamos personas que serán futuros ciudadanos, no solo futuros empleados unidimensionales, obedientes y disciplinados. En resumen, las cosas funcionan mejor cuando cada uno cumple honestamente con lo suyo y busca el acuerdo con los demás.
Un país no es una empresa, ni un partido de fútbol, ni una audiencia televisiva. Es un escenario vivo en el que multitud de personas, variadas, diferentes, intentan alcanzar el máximo posible de acuerdos con un mínimo de discrepancias; el máximo de diálogo con el mínimo de discusión; un escenario en el que se piensa en lo mejor para los presentes sin perjudicar a los futuros. Un buen país es el que te hace ser cada día un poco menos egoísta.
Siga pensando en cómo conseguirlo.



lunes, 13 de junio de 2011

Piense


Joaquín Mª Aguirre (UCM)


Hay varias formas de abordar el movimiento de indignados en España, pero creo que lo mejor es que cada uno se pregunte si en algún momento en estos últimos años no ha sentido esa rabia e indignación ante situaciones o hechos, si no ha sentido cierta decepción ante el sistema que hemos creado y su funcionamiento. No hace falta que piense en grandes temas; busque en su vida cotidiana, en su entorno más inmediato.
Piense en cómo se ha sentido cuando ha visto el comportamiento de los políticos profesionales, piense en si no se ha sentido abochornado en ocasiones viéndoles discutir. Piense en si no se ha sentido decepcionado cuando le han hablado de las limitaciones de presupuesto de la escuela de sus hijos. Piense en si no ha sentido indignado cuando ha ido viendo cómo crecían las cifras del paro, mes tras mes, y los políticos le seguían diciendo que la situación mejoraría en el siguiente semestre. Piense en si no se ha sentido avergonzado cuando ha visto despilfarros para satisfacer el ego personal e institucional. Puede pensar también en si ha sentido en algún momento que lo que usted pensaba, sentía o deseaba tenía reflejo en personas o instituciones que se dicen sus representantes. Puede pensar en si, como trabajador, se ha sentido representado por los sindicatos existentes o si como pequeña empresa se ha sentido representado por el discurso de las grandes. Piense si en los últimos años no se ha sentido desesperanzado por el futuro de sus hijos; piense, con sinceridad, en si no ha creído en algún momento en que su futuro estaban fuera de España. Piense, si es usted maestro o profesor, en si no ha encontrado en algún momento su tarea absurda ante la falta de respuesta social por su trabajo educativo. Piense, si es alumno, en si no ha sentido que lo que hacía no le servía para nada. Piense en si ha sentido que importaba. Simplemente piense…
La indignación es un estado de ánimo por el que todos hemos pasado en algún momento. El problema ahora es que ese sentimiento se organiza y busca formas de dar salida a su rabia.
Porque todos hemos pasado por él, la indignación es un vínculo. Para muchos ese vínculo es el primero que sienten socialmente con otras personas. Es la primera vez que se sienten solidarios más allá de sus familias. La solidaridad que no encontraron en escuelas, empresas e instituciones, para los que eran números, la encuentran en la calle, sentados en el suelo durante horas. La indignación es una terapia necesaria. Pero, ¡cuidado!, no es un desahogo. Puede ser el inicio positivo de un estado de exigencia permanente en la vida política, un aviso de que en una democracia la gente debe contar y ser respetada, piense como piense. No se trata de que te den la razón, sino de que te escuchen. La vida política española es demasiado cerrada, demasiado familiares sus caras como para que la gente piense en que la política es algo que les atañe. Acabas pensando que ser político es una profesión. Y hay muchos que ya no tienen otra.


Pero una democracia —y España lo es— tiene que ser un espacio menos burocráticamente político, menos profesionalmente político. Lo que hemos perdido en estos años de democracia es el deseo de participar conjuntamente en la vida pública. Es, en gran medida, nuestra culpa. Hemos ido dejando los espacios a estos gestores políticos que, finalmente, se encierran en despachos y deciden quién te va a representar. Son maquinarias representativas.
España tiene que crear un tejido social más involucrado, más comprometido con su propio futuro. La política no es cosa de los políticos. La política y los políticos son cosa nuestra, de todos. Los países con mejores democracias son aquellos en los que los ciudadanos consideran que todo lo que ocurre es de su competencia, directa o indirecta. Nada les es ajeno y quieren tener opinión en lo que se gestiona con sus impuestos. 

Indignados em Jartum

En España los movimientos ciudadanos han sido siempre reabsorbidos por los partidos políticos que han impedido que proliferaran aquellos espacios que no han podido controlar. Los han temido siempre, no se fiaban de ellos. De esta forma siempre se producía el mismo fenómeno: la estructura de cualquier institución acaba reproduciendo el reparto de poder habitual. Este mimetismo partidista permanente ha impedido que exista una sociedad realmente rica e implicada, abierta a debates sobre las cuestiones reales. Las recetas y discursos habituales se repiten por todas partes. El flujo es siempre vertical, de arriba abajo. Los partidos no escuchan; los escuchamos.
Si el movimiento de indignación consigue sacudir las actitudes más allá de la rabia, organizar las voces escuchando a todos, recuperando el protagonismo ciudadano, nos habrá hecho un gran favor a todos. Si logra que se escuchen, más allá de las cacerolas, nuevas formas de enfrentarse a los problemas y desafíos en cada ámbito, todos saldremos ganando. No se trata tanto de llegar a conclusiones cerradas sino de animar a recuperar las ganas de encontrarlas. Foros, debates, libros, radio, conferencias..., lo que haga falta para que emerjan las voces. Pensar y dialogar.
No hay peores enemigos de las democracias que la inercia y el aburrimiento. La apatía es el primer paso hacia la pérdida progresiva de espacios de intercambio de ideas. El principio básico de la democracia es el compromiso de todos para intervenir en la vida pública aportando soluciones y trabajo. Sin ilusión, la democracia languidece. Muchos han afrontado estos días como una forma de recuperación de la ilusión. La ilusión debe durar para beneficio y estímulo de todos. La democracia es sencilla: participe, exprese y controle.
Piense.



martes, 7 de junio de 2011

El señor cabreado de la Castellana

Joaquín Mª Aguirre (UCM)


Fue el domingo y nos adelantó como una exhalación. Bajaba la calle Goya con la velocidad del rayo y el enojo del trueno resonando en su voz.
—… ¡Por mucho menos que esto Tejero ya habría dado un golpe de estado!
Fue todo lo que pudimos escuchar. El resto fue visual. Contemplamos, como si fuera una película de cine mudo, los movimientos de brazos, manos y hombros con los que aquel señor tan enfadado trataba de explicar a su acompañante los motivos de su estado de ánimo. El tiempo le acompañaba porque las nubes negras, negrísimas, se colocaban sobre nosotros. El acompañante trataba de separarse del señor enfadado, pero él seguía insistiendo. Poseído por esa extraña energía que le dan al español sus enfados, se dirigieron ambos, Castellana arriba, hacia la tormenta, que estalló pocos minutos después y nos hizo refugiarnos bajo una marquesina. Aquellos rayos y truenos, aquel chaparrón copioso, eran prolongación climática del ánimo del señor enfadado, como si de un Werther se tratara.
Recuerdo una entrevista televisiva a Manuel Summers hace muchos años. Decía Summers que él era un “español típico”, que siempre estaba cabreado. Y siempre que me encuentro a uno de esos españoles que hacen aspavientos, son apocalípticos y acabarían con los problemas con un buen sopapo, un golpe sobre la mesa o sobre el Estado, un señor de esos de “¡si a mí me dejaran…!”, me acuerdo del “español típico” de Summers.
Afortunadamente, los señores enfadados que reclaman soluciones drásticas y de sopapo han desaparecido y solo quedan algunos especímenes aislados. Pero son los restos paleolíticos de una forma de ser española maximalista e irritada que contrasta con el sentido del humor de los indignados que han salido a las calles y plazas.
Estoy seguro que muchos de los que han aguantado los chaparrones en las tiendas y bajo los toldos instalados en las plazas, tenían muchos más motivos que el señor enfadado de la Castellana para estar enfadados. También tenían más sentido de la responsabilidad porque, en vez de resolver todo a guantazo limpio, se han sentado durante horas a hacer ejercicio de conversación, de debate y asamblea. Habrán planteado ideas más o menos sensatas, más o menos utópicas, pero lo cierto es que al término salían con algo de esperanza. He visto alumnos agotados que se iban corriendo a la Puerta del Sol porque tenían tareas a las que se habían comprometido para la limpieza o cualquier otro trabajo. Iban con alegría e ilusión.
Aunque tenían muchos motivos para estar realmente “cabreados”, estaban  indignados. Lo que nos les ha faltado en ningún momento ha sido sentido del humor. En eso se nota también el cambio generacional. Para bien, claro.



Indignados: una portada en The New York Times


Joaquín Mª Aguirre (UCM)

El movimiento de los indignados acaba de conseguir un hito mediático: se ha hecho con la portada de The New York Times.* El periódico estadounidense le dedica un reportaje tratando de explicar a sus lectores las causas de por qué una generación acusada de apática se decide a tomar las calles y manifestar su descontento. Trata de explicarlo algunos compañeros sociólogos de la UCM. El reportaje se acompaña de un slide** de fotografías que habrá sorprendido a los norteamericanos: unas sentadas de gente aplaudiendo como los sordomudos, chica dando abrazos “gratis” para que triunfe el amor, bibliotecas improvisadas bajo los toldos, gente haciendo yoga en la mañana… ¿Es así como entienden los españoles la revolución?, se habrán preguntado perplejos los lectores del NYT. Pues sí, así de particular es esto.

Primera página de la edición digital del NYT con ima´genes de la Puerta del Sol
 
Igual de perplejos se muestran los visitantes cuando recorren España, se sientan tranquilamente en sus terrazas y no perciben el ambiente de desastre que sería razonable deducir desde las cifras oficiales de desempleo, precariedad, etc. No lo entienden y no se les puede culpar. Hay que sentarlos y darles dos o tres horas de explicaciones, remontarse a un par de décadas, sacar nombres, momentos, etc., que van construyendo poco a poco un paisaje extraño, un país de aparente riqueza, que apostó por llenarse de zonas peatonales de tiendas, que multiplicó sus fiestas patronales para que corriera la bebida y la comida, que tiene una bar por cada 129 habitantes (datos de 2007), que no hace más que celebrar éxitos deportivos en todo los sectores (tenis, fórmula 1, baloncesto, fútbol, ciclismo…), un país que se dedicó a salir a los mercados exteriores con empresas competitivas, un país que crecía más rápido que el resto… hasta hace tres días. En fin, la España que hemos hecho. ¿Dónde está el fallo?

Pues el fallo —su resultado— se encuentra acampado en las plazas españolas. El fallo ha sido hacer un país de cifras y no un país de personas. Desde hace mucho tiempo, los políticos españoles —de todos los partidos— han perdido el sentido de la realidad y el papel de la política. Han preferido lo bonito de los datos sobre el papel a la realidad carnal de cada día. Han preferido decir que “España iba bien” a preguntarse el coste social de ese bienestar a medio y largo plazo. 
La riqueza española es fallera, mucho volumen pero se volatiliza en minutos. Hemos construido un escenario poco sólido entre burbujas inmobiliarias y nuestro permanente sector turístico, cada vez más sensible a las circunstancias externas y a la competencia de otros países del entorno. Somos campeones en la hostelería pero eso significa que hay que llenar los restaurantes y volvemos a lo mismo: camareros y pinches. Con un creciente sector público, que se multiplica en todos los niveles de la administración*, y que sirve para maquillar más todavía las cifras de nuestro paro, a la cola en investigación en Europa (con un 1’3 frente al 1’9 del PIB de media europea), a la cola en educación (de los peores resultados de Pisa), España sigue adelante.
Todo esto lo ha pagado una generación sacrificada por la necedad política, por la ausencia de modelo, por los cantos de sirenas mercantilistas.  Finalmente nos lanzamos a un modelo facilón, acomodaticio, a construir un país a tono con nuestra mediocre clase política, incapaz de ofrecer algo poco más allá del exabrupto.
A los políticos españoles les ha faltado amplitud de miras, les ha faltado mirar la realidad que se iba acumulando a sus pies: una generación completa que no entraba en los planes o cálculos, un estorbo estadístico. Y ahora están acampados y guerreros en las puertas de Troya.
El misterio de la situación española es que no hay ningún misterio ni meiga. Tenemos lo que hemos elaborado meticulosamente durante decenios: un “país espectáculo” donde un gol en una final tapa cinco millones de parados. Al menos por unos días.

 

* "An Awakening that Keeps Them Up All Night" The New York Times 6/06/2011 http://www.nytimes.com/2011/06/07/world/europe/07spain.html?hp
** Slide fotográfico NYT:  http://www.nytimes.com/slideshow/2011/06/07/world/europe/20110607_SPAIN.html?ref=europe
*** "España ya alberga más empleados públicos que comerciantes y hosteleros" Expansión 2/06/2011 http://www.expansion.com/2011/06/02/economia/1306966363.html