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viernes, 6 de diciembre de 2019

Por qué necesitamos caras jóvenes

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La llegada a Madrid de Greta Thunberg para participar en la marcha de denuncia de los efectos humanos sobre el cambio climático y la inoperancia de los gobiernos con sus medidas se ha convertido en un acontecimiento social, político y mediático. No sé si es el orden correcto en que se deberían disponer esas palabras, es decir, si es lo mediático lo que lleva a lo social y este a lo político. Quizá —es lo que creo— las dos direcciones interactúan de forma reversible en un movimiento pendular que va en ambas direcciones. Dicho de otra forma: nada de lo que pueda ocurrir política o socialmente tiene sentido si no pasa por los medios. Esa es fundamentalmente la función de los medios, "mediar", como su propio nombre indica.
El diario El País dedica un artículo a comentar las burlas que se le dedican a la joven sueca en su valiente papel de cabeza de los movimientos activistas contra el cambio climático. El artículo lo firma Patricia R. Blanco y lleva por título expresivo "La ‘jajaganda’ o cómo desinformar con el insulto: el ‘caso Greta Thunberg’". Se pasa revista en él a los diferentes mensajes insultantes dirigidos contra ella desde contendientes tan ilustres como Donald Trump (un experto mundial en el insulto) hasta un diputado de Vox (aprendiz emprendedor en el arte insulto a falta de otras).


Entre estos ataques hay un hecho comunicativo: la necesidad de contar con caras jóvenes para encabezar los movimientos. El caso de Greta Thunberg es paralelo al de Malala Yousafzai, la premio Nobel, que ha encabezado los movimientos en pro de la educación de las niñas en el ámbito del mundo islámico y más allá. Los mensajes de Malala y, sobre todo, su valentía ante el desafío de los talibanes y su intento de asesinarla en un autocar camino de la escuela la convirtieron en una líder real más que en un rostro marcado por los disparos que colocar en los carteles de protesta.

Es indudable que en un mundo súper saturado de informaciones y con la caída de los líderes tradicionales, que resultan ser poco fiable, el uso de personas sin pasado, por decirlo así, surgidas de la sociedad y no de grupos, partidos, etc. ofrece más garantías para la adhesión que los que llevan un historial político que puede ser combatido.
Tenemos medio planeta sublevado contra sus propios líderes, que pronto empiezan a fallar no solucionando los problemas reales de la gente, convertidos en portavoces ocultos de grupos económicos, industriales, etc. que convierten en riesgo y decepción el apoyo que se les pueda dar.
Como contrapartida, dos de los movimientos sociales más poderosos (por la educación femenina y contra el cambio climático) aparecen liderados por dos adolescentes tras las que la gente se sitúa respaldándolas. En el caso de Greta Thunberg, el movimiento ha conseguido algo muy importante de forma clara, que los jóvenes se sientan grupo ante un problema que les afecta. Es más, ha conseguido que sienta que es "su problema", el que afecta al futuro, que será lo que les quede.
Contra este discurso no hay mucho que hacer y solo queda, como se dice en El País, la burla, la broma, el insulto personalizado que es la falta de argumentos. Esto desvela, además, las posiciones de los que insultan: machismo, falta de recursos, odio absurdo, etc. que dejan en evidencia a sus detractores.


En el caso de Malala Yousafzai, de su lado estaba la ética y la modernidad; en el caso de Greta Thunberg, el apoyo se amplía hacia la propia Ciencia y también en crisis de la modernidad en su vertiente industrial, ya que lo que se cuestiona es precisamente los estragos de un modelo de desarrollo que hoy —el que quiera verlo— sabemos que nos lleva a un mundo caótico y autodestructivo que se lleva por delante al resto del planeta, incapaz de recuperarse de nuestras acciones.
La energía de estas jóvenes es a prueba de insultos. En ellas converge mediáticamente la atención sobre problemas de los que los políticos, empeñados en el "presentismo", dicen ocuparse pero que posponen indefinidamente.
Los políticos de la mayor parte de los países actúan en función del mantenimiento del poder en las siguientes elecciones, por lo que dan salida a los problemas de hoy, creando muchas veces los problemas de un mañana en el que no saben si estarán. Esta mentalidad que no es "política" en el sentido profundo del término, sino simplemente electoralista, es la que no tienen Thunberg y Yousafzai, que no buscan el poder, sino actuar sobre ellos proponiendo ideas que recogen y poniéndose al frente de las exigencias de que se cumplan.


La falta de sentido político real de la mayoría de los dirigentes hace que se esté realizando en la calle lo que se debería realizar en otros foros. El problema es que muchas veces esos foros solo son distracciones mediáticas cuyas propuestas no se cumplen por falta de voluntad, de intereses enfrentados, etc.
Como ejemplos de política práctica y real, las dos jóvenes encarnan lo que se echa de menos en los políticos: energía, compromiso, autenticidad, sencillez. Todo esto conlleva una erosión del propio sistema, en el que la gente deja de confiar. Eso no es bueno. Pero son los propios políticos (especialmente los jóvenes) los que deben darse cuenta de ello. Simbólicamente, que sean los jóvenes quienes salgan a la calle y reivindiquen soluciones significa que han pasado por encima de la generación que debería hacerlo. Eso tiene muchas implicaciones visibles o invisibles, presentes y futuras.



* "La ‘jajaganda’ o cómo desinformar con el insulto: el ‘caso Greta Thunberg’" El País 6/12/2019 https://elpais.com/elpais/2019/12/05/hechos/1575556118_082383.html




lunes, 13 de abril de 2015

Malala en el espacio

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La noticia solo la he encontrado entre nuestra prensa en ABC, RTVE y Telecinco, a través de Europa Press. Mientras todos destacan en portada la candidatura de Hillary Clinton a las primarias demócratas a la presidencia de los Estados Unidos, la noticia de que han puesto el nombre de Malala a un asteroide cuyo nombre hasta el momento era un impersonal "316201", ha tenido un eco más modesto:

«Les informo con gran placer que he bautizado el asteroide 316201 con el nombre de Malala», ha comunicado la conocida astrónoma Amy Mainzer a través de una entrada del blog de la Fundación Malala, malala.org. «Nos enteramos de la impresionante historia de Malala y pensamos que si alguien se merecía que le pusieran su nombre a un asteroide, esa era ella», ha apuntado.
[...] Mainzer explica que, como descubridora de este cuerpo astronómico, tiene derecho a ponerle nombre conforme a la normativa de la Unión Astronómica Internacional. «Es un gran honor ponerle el nombre de Malala», ha apostillado.
Se trata de un asteroide que orbita alrededor del Sol entre Marte y Júpiter y que tarda 5,5 años en dar una vuelta completa. Tiene unos 4 kilómetros de diámetro y su superficie es muy oscura, explica la propia Mainzer.*


Es una alegría que el nombre de Malala esté ahora en ese asteroide, que Amy Mainzer haya pensado en ella y no haya caído en la tentación de poner cualquier otro, como su personaje de serie favorito o algo similar (me da que es seguidora de Juego de tronos). También es importante que lo considere un honor porque así se reconoce el papel impulsor que Malala puede tener en muchos ámbitos al ser un recordatorio de una situación y de que es posible vencerla. Más allá de la persona, Malala es un símbolo, un icono que ayuda a vencer el miedo allí donde hay mucho, donde ir a una escuela o abrir un libro es un riesgo para tu vida.


Ayer se cumplía, en mitad del olvido informativo, el primer aniversario del horrendo secuestro de las 200 niñas en Nigeria, a manos de esa facción de la barbarie que se llama Boko Haram. Estos bárbaros en su territorio representan el mismo odio a la educación que movía las armas talibanes contra Malala Yousafzai. Aquellas niñas son mártires de la educación como lo es Malala y todas las niñas que en ella se representan. La grandeza de Malala es precisamente que es la cara tras la que se encuentran millones de niñas de todo el mundo a las que una parte de su sociedad prohíbe que puedan tener un futuro al margen del que se les ha escrito por el hecho de nacer mujeres.


La ignorancia es la sumisión, la dependencia. Por eso extienden e imponen esa idea de que la educación es mala. Y lo es, desde luego, para los que ven peligrar sus privilegios milenarios, la obediencia que exigen. La matanza hace unos días de casi 150 universitarios es una demostración más de este crimen contra la inteligencia y el futuro. Todas estas fuerzas retrógradas no están dispuestas a que el mundo cambie, a que se escuchen otras voces que no sean las de sus órdenes y prédicas. No quieren otro mundo.

«Mi sueño era convertirme en científica (...). Mi consejo para las niñas es que la ciencia y la ingeniería son para todos», ha destacado Mainzer. «Necesitamos mucho del potencial intelectual de todas las personas inteligentes para resolver los problemas más difíciles de la Humanidad y no podemos prescindir de la mitad de la población», ha argumentado.*


La astrónoma Amy Mainzer es, como Malala, un ejemplo para otras muchas niñas del mundo. Ella pudo cumplir su sueño. Es subdirectora científica del proyecto espacial Wide-Field Infrared Explorer y ya hay un asteroide, el 234750, que lleva su nombre, Amymainzer. Y Mainzer admira a Malala. Malala y otros millones de niñas de todo el mundo deben admirar a las Amy Mainzer del mundo y soñar que sus nombres podrían acabar en un asteroide, recorriendo el espacio, a millones de kilómetros de la Tierra, y no como acabarán muchas de ellas, esclavizadas, atadas a su pueblo y familia, sin más vida que la de ser un utensilio doméstico.
En su tuit del 11 de marzo, Amy Mainzer escribe: «Quick q: If you work in science, technology, engineering, or math, how old were you when you knew that's what you wanted to do?» Buena pregunta, pero depende de dónde hayas nacido. Si lo has hecho en Kenia o en Nigeria o en Pakistán, o en Afganistán o... en tantos lugares en los que ser una niña implica no tener acceso a ese tipo de sueños, que pueden ser cortados de raíz por la rabia de alguien que se cree con el derecho de decidir su futuro.


Las niñas perdidas, a las que muchos dan por muertas, no tendrán la ocasión de plantarse la pregunta que Mainzer hace. Debería haber doscientos asteroides con sus nombres para recordar a los bárbaros que, como les dijo Malala, pueden esclavizar su cuerpo, pero no su alma, que será siempre libre y soñadora.

El asteroide con el nombre de Malala nos recuerda todas sus causas, las que hace suyas, como la de las niñas robadas en Nigeria. Nosotros de nuevo las recordamos aquí, que sus familias no sientan nunca que están solas, olvidadas de unos y de otros. Hoy, el día en que nuestros periódicos se volcaron en la candidatura de Hillary Clinton, estamos de nuevo junto a Malala, con las niñas nigerianas y le agradecemos a Amy Mainzer haber llevado al espacio todo lo que muchos olvidan cada día.
El sueño de Malala Yousafzai sería poder escribir en el futuro un tuit preguntando a las niñas de su país, de todo el mundo, cuándo decidieron dedicarse a la ciencia o las artes o a cualquier actividad en la que pudieran ser libres. No sé si lo veremos nosotros, pero ese día llegará.
Mientras unos se preguntan si Hillary Clinton llegará a la Casa Blanca, otras se preguntan si podrán llegar vivas hasta la escuela. Así de variado y extremo, de contradictorio y mal repartido, es el mundo.



* "La NASA bautiza un asteroide con el nombre de Malala" ABC 12/04/2015 http://www.abc.es/sociedad/20150413/abci-malala-nombre-asteoride-nasa-201504121921.html




lunes, 14 de julio de 2014

No olvides o mejor destino a las lágrimas

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Tiene razón Malala. El mundo se está olvidando de esas chicas cobardemente secuestradas en Nigeria por esos fantoches criminales. Ha tenido que ir ella a Nigeria para que el asunto vuelva a saltar al primer plano:

"Me gustaría recalcar [la importancia] de este tema para que los líderes mundiales mantengan su palabra y devuelvan a casa a las chicas", ha declarado Malala al The Sunday Times. "Estuvieron en el centro de atención durante unos días y luego todo el mundo dejó de hablar sobre ellas. Pienso muy a menudo en ellas; como yo, solo quieren ir al colegio y cada vez que leo la palabra Nigeria, incluso durante un partido de fútbol, me acuerdo de ellas".*

El mundo funciona a base de campañas que se van diluyendo en el tiempo. Gran explosión inicial que se aleja de nosotros, como una especie de Big Bang cuyo universo mediático creado se fuera encogiendo tras el primer estruendo. La caldera del mundo necesita de madera atractiva para seguir en funcionamiento. Eso lo saben los famosos que ceden su imagen y donan su presencia para las causas que consideran más justas.

Malala ha ido a algo más que a prestar su imagen a la causa. Ha ido a echarles la bronca y con razón. Ella no deja de pensar esas niñas, ¿y los demás? La referencia al fútbol es una ironía para hacer ver cómo nos manejamos con lo insustancial y olvidamos las cosas realmente importantes. Hemos elevado a las cimas del sufrimiento el que eliminen una selección nacional, a perder una final, no llegar a cuartos, etc., mientras que se olvida ese sufrimiento desgarrador de las familias que tienen a sus hijas en manos de fanáticos deleznables. Preocupados por el tobillo del crack, nos olvidamos de dolores más intensos y trascendentes.
Si los antiguos temían al olvido y buscaban las gestas para ser recordados en los cantos, hoy en una sociedad mediática, puro canto pachanguero, los problemas son la estridencia de la trivialidad y el agotamiento decadente de la capacidad de respuesta. Languidecemos ante los televisores como Nerón ante el espectáculo de Roma ardiendo. Poco más.
Los crímenes contra las mujeres siguen creciendo y en su propio crecimiento subyace el abotargamiento mediático que solo quiere lo único y estridente, que ama la novedad que nos saque del sopor. Ayer se produjo uno de esos acontecimientos vergonzosos, un crimen más que se disfraza con los ropajes de lo cotidiano. Sucedió en Bagdad:

Si se pregunta qué pasó, responden con naturalidad que tuvo que ver con la prostitución. Pero no en la zona de comercios del barrio de Zayuna. Apuntan a la parte que llaman "los pisos", un enjambre de bloques de viviendas grisáceos, hoy teñido por la tormenta de arena que cubre Bagdad. Anoche, hombres armados asaltaron varios de esos edificios y acabaron a tiros con la vida de al menos 25 personas, la mayoría mujeres. Otras fuentes citadas por la agencia Reuters elevan esa cifra hasta 33. No es la primera vez que pasa.**


Hay algo de ofensivo, de insultante en esa naturalidad del crimen. Todos lo ven con las lógicas de la frecuencia o de la causalidad, incluso la del espacio. ¿Por qué tanto escándalo por unas prostitutas? ¿A quién le importan? En el fondo, el crimen no hace sino traer mala fama al barrio y eso perjudica:

“Es un barrio seguro”, dice el responsable de una inmobiliaria. Cambia el gesto, eso sí, cuando se habla de la matanza de la pasada noche, muy cerca de ahí. “Irak es un país islámico”, explica con vehemencia, “y la prostitución es infracción durante el Ramadán”. Pero los autores no fueron fuerzas de seguridad. “No, son grupos armados sin identificar”.**

La extraña lógica del que solo le importa lo que vende tiene su amparo y justificación religiosa. No va a ir contra su clientela. El barrio es seguro para la personas. Las prostitutas son otra cosa. ¿A quién se le ocurre ejercer la prostitución en Ramadán?, se pregunta. El "pero" resaltando que los autores no han sido fuerzas de seguridad tranquilizará a los ciudadanos que cumplen con su ayuno sin meterse con nadie. Si sigues las pautas, no hay problema.


Los que han disparado a las prostitutas no son diferentes a los que acribillan las escuelas, como ocurrió en Pakistán con Malala, o que secuestran a sus estudiantes, como en Nigeria, o las cuelgan tras violarlas en grupo en la India. No hay diferencia. Ninguna. La distancia geográfica no puede ocultar la proximidad, el parentesco mental y social del acto. Todos son crímenes hijos de la misma radicalidad, de la misma negación, de la misma intransigencia. Y el miedo crece ante ellos. No te salgas del camino y vivirás tranquilo. Y el camino está escrito.
La información de El País sobre el asesinato de las prostitutas —del que se dice que se desconoce el "motivo" en la entradilla— se cierra dejando caer el telón de la normalidad, casi estacional:

Se desconoce por el momento quién está detrás de esta matanza, pero no es un caso aislado. El año pasado, dos ataques similares costaron la vida a al menos 15 personas. El islam prohíbe la prostitución. La mujer iraquí, integrada en muchos ámbitos de la sociedad, no cuenta sin embargo con el respaldo pleno de la justicia. Irak es todavía uno de esos países en los que los crímenes de honor campan a sus anchas. Y para muestra la sentencia que impone el artículo 409 del código penal al hombre que mata a su mujer si la encuentra en la cama con otro: tres años de prisión como máximo.
“Casos como el de anoche pasan cada dos o tres meses”, apunta el vendedor de una tienda de telefonía, situada en la principal calle comercial de Zayuna. “Tiene que ver con prostitución y grupos armados religiosos están detrás de ello”, apostilla un cliente. Las milicias chiíes han resurgido en las calles de Bagdad desde que los yihadistas del Estado Islámico (EI) atravesaron la frontera de Siria y el gran ayatolá Alí al Sistani llamó a combatirles. En la barrio de Zayuna, las brigadas que más presencia tienen son las de Asaib Ahl al Haq.**


La mezcla de temas hace diluirse el centro de la cuestión: las mujeres muertas. La ambigüedad se da desde el titular mismo: "Un grupo armado mata a una treintena de personas en Bagdad". ¿Cabe mayor abstracción del hecho? No se identifica al "grupo" y se soslaya el hecho de que son mujeres. La rutina hace el resto: esto pasa cada dos o tres meses, es decir, aunque no sea Ramadán, la gran excusa teológica. Hay mucha gente que pasa el Ramadán sin matar a nadie. Convertir en normalidad cultural lo que es terrorismo integrista es peligroso. Al final, son sus costumbres. Hay poco que hacer. Tenderos y vendedores de pisos confirman que no hay nada que temer. El barrio es tranquilo, compre un piso aquí. Es una inversión. Simplemente, siga las reglas.

Más escandaloso si cabe es la forma en que se ha etiquetado la noticia: " Conflicto Suníes y Chiíes - Bagdad - Irak - Islam - Guerra civil - Oriente próximo - Asia - Guerra - Conflictos - Religión". El crimen contra las mujeres se pierde en genéricos conflictos y localizaciones espaciales, pero ninguno nos permiten saber qué ocurrió allí. La primera recomendación informativa en casos de violencia contra las mujeres es identificarla como tal. Si el titular nos hablaba de "30 personas muertas", las etiquetas de la noticia no permiten identificar ningún hecho, es más, no aparecen otras posibles como "feminicidio", "integrismo", "terrorismo integrista", etc. Se ha reducido a un conflicto teológico entre sectas o, peor todavía, a una "guerra civil". Cabe señalar que este mal no es exclusivo de un diario. Con la BBC ocurre algo similar. Se reserva la información de que son mujeres, alejándola del titular.

A las jóvenes como Malala o a las niñas de Nigeria no las agreden por el calendario. Las agreden porque las odian. Es sencillo: las odian porque no las controlan y acabarán escapando de su autoridad retrógrada, de su visión oscura y despótica de la vida. Las odian porque manchan sus linajes y honor; las odian porque llegan a saber cosas que ellos, ignorantes vocacionales, no saben. Las odian porque llevan la impureza que les abruma, porque les hacen caer en la tentación; las odian porque son propiedades que otros miran y desean. Simplemente, las odian. Así son los puros.
Es una lástima que la matanza de prostitutas en Bagdad no merezca más atención (no hablamos ya de condena) que unos ambiguos titulares escondidos entre grandes dramas nacionales por haber perdido un partido de fútbol. Hay que buscar mejor destino a las lágrimas. Muchas muertes no son noticia, pero llenan los cementerios.



* "Malala visita a las familias de las chicas secuestradas" El Mundo 13/07/2014 http://www.elmundo.es/internacional/2014/07/13/53c28b25268e3e33328b4585.html
** "Un grupo armado mata a una treintena de personas en Bagdad" El País 13/07/2014 http://internacional.elpais.com/internacional/2014/07/13/actualidad/1405261441_510071.html






viernes, 22 de noviembre de 2013

Sobre las malas costumbres o el desayuno indigesto

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Hay veces en las que uno lamenta que el tiempo no sea reversible, hacer que la flecha del tiempo vuelva al arco del que salió. Es la sensación de haber escuchado algo que nunca debió escucharse pero que se escuchó. Son cosas que llamamos los peligros del directo, improvisación, etc., pero que hay que tener cuidado dónde y cuándo se dice; no es lo mismo desafinar en la ducha que en la Scala, ante unos miles de aficionados que sufren viendo cómo se pisotea su aria favorita.
Ha ocurrido durante uno de los desayunos de Radiotelevisión Española. Hay días en los que los "desayunantes" deberían tener más cuidado con lo que dicen. El momento no podía ser más desafortunado ni menos adecuado, pues se trataba de comentar algo tan sencillo, tan elemental, tan sin complicaciones, tan festivo, tan fácil de estar todos de acuerdo, como era la entrega del Premio Sajárov a Malala Yousazfai. Algo tan sencillo, insisto, como alegrarse porque la Lotería haya caído en Vinaroz, pongamos por caso, o en cualquier otro sitio, y no al señor Fabra por enésima vez. Era una buena noticia.


Después de escuchar a Malala, con el Paramento europeo puesto en pie, diciendo que lo que ella pide no son juguetes, videoconsolas u otras cosas de ese estilo para los niños, que solo pide "un libro y un lápiz", frase de sencillez casi evangélica, había que dar la nota de alguna forma. Y le tocó el trombón a don Casimiro García Abadillo, periodista habitualmente bien informado, soltar la genialidad. Es cierto que el comentario se enfocó mal desde la primera interviniente, que cometió el grave error de presentar a Malala como un triunfo de Occidente, algo que encantará a los que la disparan, para criticar el integrismo religioso. Pakistán no está en guerra con Occidente; es un conflictivo aliado de los Estados Unidos. Pakistán no es Irak ni Afganistán. Los talibanes sí son iguales en cualquier lado y ejercen la violencia porque se creen con derecho divino a ejercerla.


El señor García Abadillo comenzó su intervención diciendo que él era bastante escéptico sobre lo que se puede conseguir en esos países con una guerra. Tras citar la información de que Estados Unidos había decido seguir en Afganistán hasta 2024, diez años más, sacó sus conclusiones de esto: "Occidente está intentando, por medio de la guerra, llevar unas reformas a los países musulmanes cuya mayoría no quiere esas reformas, desgraciadamente." Cuando fue interrumpido —con buena intención pero muy pobremente, todo hay que decirlo— por sus contertulias, García Abadillo señaló compungido que él no tenía la fórmula, que le encantaría tenerla, pero que "la guerra no es la solución". "No creo que en Afganistán, o en Irak, o en Pakistán, de donde es Malala, haya una mayoría de gente que haya cambiado de opinión respecto a sus costumbres después de doce o trece años de guerra. No lo creo. ¿Vosotras creéis, de verdad, que ha cambiado la forma de pensar en esos países?"*, preguntó para redondear lo dicho.

Las cursivas son nuestras, no por el énfasis en ninguna de sus palabras —más bien lo dijo con cierto abandono, como el que tira la toalla, aburrido—, sino por las cosas que contenían esas palabras dichas así, en ese momento en el que a quien se estaba premiando no era a quien hacía la guerra —el comentario parecería dar por buena la tesis talibán, que sostiene que Malala es una agente occidental encubierta—, sino a quien recibía los tiros.
No voy a cometer la tontería de pensar que el señor García Abadillo lo hizo con mala intención. Fue un ejemplo de cómo algo mal enfocado desde el principio, desde la primera intervención, se va torciendo hasta volverse contra la noticia que lo genera.
Matar niñas por ir a la escuela es una costumbre. Costumbre es secuestrar cooperantes y trocear a algunos. Costumbre es también lapidar mujeres o que los padres y hermanos puedan matar a la mujeres en nombre del honor familiar. Costumbre es no permitir vacunaciones por si te envenenan, porque las ONG son agentes occidentales que quieren quitarles influencia en las zonas ganando prestigio al demostrar que es mejor una vacuna que ponerse en las manos de dios. Costumbre es celebrar matrimonios con niñas de ocho o diez años. Costumbre nuestra, en fin, fue gritar también "¡vivan las cadenas!" y así nos va.


No es lo mismo Afganistán que Irak y Pakistán, con situaciones muy diferentes. Afganistán es una reliquia del pasado en la que las "costumbres" las marcan a sangre y fuego los talibanes, los estudiantes de teología. Recordará el desayunante aquello de que una mentira repetida muchas veces acaba siendo una verdad; pues con las costumbres sucede lo mismo: una barbaridad repetida muchas veces se convierte en costumbre, pero en costumbre opresora, como ocurrió en aquellos países a los que volvieron radicalizados los más radicales, disfrazados precisamente de tradición.
Malala no tienen nada que ver con la guerra de Occidente, sino con el intento de sacar a su pueblo de la ignorancia. No debe confundirse costumbre e ignorancia, aunque muchas veces las costumbres sean ignorantes pues vienen de tiempos en los que menos se sabía. La costumbre es antinatural si supone un freno al desarrollo, si solo se puede mantener mediante la violencia irracional. Para los intereses de muchos, la mejor costumbre es no pensar para que nada cambie.


Hay otro error también grave: confundir a Occidente con la guerra. Eso que lo hagan los talibanes está bien, pero que lo haga él no. No todo lo que sale de Occidente —que son también muchas cosas— es la guerra. También salen muchas cosas que apreciamos todos. Esa idea de que "Occidente" echa sus migajas a pueblos desagradecidos que las rechazan es nefasta no solo por falsa sino por el daño que hace a los que la aprovechan para sus fines. Hay muchos intercambios valiosos más allá de los tópicos. Hay intereses aislacionistas, suicidas, que apuntan a que con cerrar las fronteras es suficiente. No solo salen bombas de Occidente; salen médicos y maestros. Los talibanes no quieren ni a unos ni a otros.

Muchos de los males que se padecen en los países islámicos es haber confundido interesadamente tradición con inmovilismo. En eso coincidieron precisamente con el colonialismo explotador, que se llevaba sin apenas transformar dejándolos en el atraso. Y es ese uso de la costumbre ascendida a ley inmutable lo que hace sufrir a muchos cada día. Han cerrado la posibilidad de encontrar nuevos caminos porque lo que niegan es la existencia misma de caminos. La primera víctima es siempre el reformista.
Malala lucha por el derecho a ir a la escuela cada día, para ella y para todos los niños y niñas de su país y de todo el mundo. No hace manifestaciones para que les invada nadie. Son los que sienten que la educación va a reducir su poder de control social los que se ven amenazados.
Otro gran error es pensar que la idea de democracia es privativa de Occidente e ignorar que en esos países hay muchos musulmanes —como Malala, que lo es— que quieren destinos mejores para sus pueblos y que creen que pueden encontrarlos si logran sacudirse la idea de que todo está dicho y que es enemigo el que no lo cree así.
Los talibanes son una abominación, como lo es Al-Qaeda y similares, dentro de su propia cultura; una facción violenta que reclama, como todos los fascistas visionarios, la exclusividad y la ortodoxia. Es muy peligroso considerar a los más violentos como los defensores de las costumbres.


Malala Yousazfai no ha renegado del mundo al que pertenece y ella no es "Occidente" ni está en guerra más que con la ignorancia que condena a la mitad de la población a no saber, a la incultura por la imposición de una minoría ruidosa y brutal. Si había un momento inoportuno para hacer ese comentario era el momento de la entrega del Premio Sajárov a la Libertad de Conciencia, un premio a la defensa de los Derechos Humanos, no de los derechos de Occidente, como reconocimiento de su valor.
Malala —y con ella muchos millones de personas en todo el mundo— también tienen derecho a elegir sus "costumbres" y a cambiar para salir de la ignorancia y la pobreza, que es lo único que ha conseguido ese radicalismo de las costumbres, un mundo para el que conceptualmente no existe la idea de "progreso". A lo mejor "Occidente" tiene la mala costumbre de hacer guerras donde no debe, algo que no le niego al desayunante en absoluto; pero algunos "occidentales" no deberían tener la costumbre de encogerse de hombros ante crímenes horrendos llamándolos "costumbres" y diciendo que la "mayoría no quiere reformas". La mayoría en Pakistán eligió a Benazir Bhutto y fue asesinada por los mismos o similares que intentaron matar a Malala. La mentalidad es la misma. Malala recibió el Premio de la Paz en su país, de manos de las autoridades pakistaníes, no de Barack Obama. Celebraron algo que esa mayoría del pueblo quería: que las niñas se educaran frente a la intolerancia de los fanáticos que controlan zonas del país.
Pakistán necesita a Malala. Y no solo Pakistán. La necesitamos todos: es la cara del futuro posible para su país y muchos otros, la esperanza de un diálogo transformador dentro y fuera.


Malala no son las bombas; es la educación, el arma más peligrosa y a la que más temen, encarnada en una mujer. Es el cambio, precisamente, desde dentro y por eso tienen miedo de una niña que les desafía. No es cuestión de costumbres, no. Un libro y un bolígrafo —lo que pide Malala para los niños— no son malas costumbres. Son el futuro que no se permite, prohibido.
Que Occidente, como dice el contertulio, haga mal muchas cosas no significa que se deba abandonar o ignorar a las personas que quieren cambios en sus propios países, salir del atraso esclavizador. Ni aislacionismo ni fatalismo; cooperación y honestidad. No nos confundamos ni confundamos a los demás.
Espero que en Pakistán no vean Los desayunos, al menos ayer.



* Los desayunos de RTVE 21/11/2013 http://www.rtve.es/alacarta/videos/los-desayunos-de-tve/






martes, 1 de octubre de 2013

Una historia que contar

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
En unos días el Parlamento Europeo tendrá que decidir dónde va el Premio Sajárov, si a las manos de la joven pakistaní Malala Yousafzai o al filtrador norteamericano Edward Snowden. Malala parece tener más amplios apoyos en la valoración de sus méritos; los de Snowden, en cambio —según la noticia de Reuters—, se concentran en los Verdes y en la Izquierda Unitaria Europea. No es fácil juzgar dos cosas tan distintas. Hay otros candidatos con muchos méritos, desde luego, pero los bielorrusos no pueden "competir" con estas dos superestrellas cuyas causas y acciones han tenido repercusión mundial.
Vaya por delante mi admiración —ya manifestada en otros momentos— por Malala y su valor. Recaiga en quien recaiga el Premio a la Libertad de Conciencia lo hará en buenas manos.
Snowden es un personaje oscuro, como buen espía. Malala es, en cambio, una comunicadora nata, un líder con futuro; posee un dominio inusual del arte de la palabra, asentado en una pasmosa seguridad en sí misma. Quizá sea la seguridad de quien ha sobrevivido a un atentado, puede que sea el aplomo de quien ha mirado a la muerte de frente.


Malala ha conseguido grabar su nombre en el corazón de muchas personas; incluso Madonna se lo tatuó en la espalda, una de las vallas publicitarias más selectas del planeta.
Malala fue valiosa antes de su martirio, cuando se enfrentó a los talibanes desafiando sus prohibiciones. Lo fue en el momento de su ataque y ha continuado siéndolo tras el atentado. Si Snowden es la denuncia, Malala es la causa. La causa de Malala era anterior a su disparo. El atentado no fue más que la constatación de la importancia de sus razones y la eficacia de su ejemplo. Malala era un peligro para los talibanes, un desafío a su poder infame. Los disparos le dieron notoriedad, sí, pero fue la notoriedad de Malala la que provocó los disparos.


Si el Premio Sajárov a la Libertad de Conciencia busca —como todos los premios de este tipo— la ejemplaridad, Malala es el ejemplo total. No dudo de la conciencia de Snowden ni del valor de su acto, pero Malala ha conseguido esa universalidad del signo aceptado por todos. Podemos reconocer el valor de lo hecho por Snowden, pero nos identificamos con la niña que es tiroteada por defender el derecho a la educación de las mujeres a cualquier edad y en cualquier lugar del mundo.
Edward Snowden se ve en la situación actual acogido por unos y perseguido por otros, compartiendo el papel doble de héroe y traidor. Mientras la niña es esencial para el futuro de muchas otras en todo el mundo, el analista de la CIA sigue embrollado en un asunto rocambolesco, con terminales de aeropuerto, asilos políticos, jugarretas de Putin y frustraciones de Maduro y Correa rivalizando por el asilo mediático. Snowden tiene en contra la instrumentalización de su acción por algunos, su aprovechamiento.


Probablemente Snowden nos ha hecho un gran favor a todos. Sus filtraciones de datos sobre la forma de actuar de los Estados Unidos en el espionaje masivo y en el más selecto tienen grandes consecuencias en la escena internacional. Julian Assange criticó a la presidenta de Brasil por la ingratitud de haber negado el asilo político a Snowden después de que este hubiera dejado al descubierto el espionaje al que la mandataria estaba sometida. La negativa de Rousseff a ir a Estados Unidos hasta que le sean dadas explicaciones por este hecho se debe a las revelaciones del ex analista de la CIA.

Ambos han actuado desde sus conciencias. No sé si la vocación inicial de Snowden era el espionaje por patriotismo y tuvo su camino de Damasco al revelársele que lo que hacía no era un acto patriótico sino una vulneración de los derechos humanos de media humanidad. Sí sé, en cambio, que el compromiso inicial de Malala ha sido hacer llegar el derecho a la educación a todas la niñas que se ven obstaculizadas para ejercerlo. No creo que Snowden sea un traidor, pero sí que era un espía; con conciencia, pero espía; pudo acceder a lo que reveló precisamente porque lo era. Snowden descubrió que no tenía estómago para ser espía.
Quizá la grandeza de Snowden sea la del sacrificio de su vida futura, condenado a permanecer escondido, a ser vilipendiado oficialmente por su país que le considera un traidor que puso en peligro eso que se suele llamar a "seguridad nacional" y que es un flagrante abuso de la de los demás, condenados a la sospecha.
Cada vez que Malala recoge uno de los numerosos premios que le han sido concedidos, su presencia es un acto de reivindicación positiva de los Derechos de la niñas del mundo, menospreciados por la barbarie retrógrada que las condena a la oscuridad como vía a la sumisión. Cuantas más Malala haya, mejor.


El mundo, en cambio, sabe que no se puede permitir demasiados Snowden por la propia naturaleza hipócrita de las relaciones internacionales. Lo que el analista reveló no es el escándalo del espionaje en sí mismo, sino el escándalo más fino a los amigos y aliados, darnos a conocer que tras los apretones de manos y los abrazos cordiales, tras las visitas de cortesía, todos somos potenciales enemigos.
Todo premio concedido esconde una gran injusticia para alguien. Pero en este caso creo que si es Malala la agraciada, saldremos ganando "futuro". Esa niña, que acapara premios y honores internacionales, hace más con su sonrisa y sus palabras firmes reclamando libros y lápices como armas que muchos otros con grandes discursos.


En la misma noticia en que se nos hablaba del tatuaje de Madonna, Angelina Jolie, en su calidad de Enviada Especial del Comité de Naciones Unidas para los Refugiados, señaló que "todos somos Malala":

[...] la polifacética Jolie declaró que se sintió obligada a contar la historia de la joven paquistaní a sus hijos. “Tomemos esto como una lección de que la educación es un derecho humanos básico”, dijo. “Un derecho que no debe de ser negado a las hijas de Pakistán”.*

Sí, quizá la clave está ahí, en esa historia que obligadamente debemos contar. Esa es la esencia de la ejemplaridad, la necesidad que todos sentimos de contarlo. El segundo de los objetivos de la Fundación Malala es precisamente "Amplifying Voices of Educational Advocates to tell the stories of those who are fighting for their right to education". Es el poder de la historias que deben ser contadas, el valor del ejemplo.
"Todos somos Malala", como bien señaló Jolie, solo algunos pueden (o quieren) ser Snowden.




* "Madonna se desnuda por Malala" El País 17/10/2012  http://elpais.com/elpais/2012/10/17/gente/1350485914_567056.html