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sábado, 17 de agosto de 2024

4.0 La nueva revolución industrial, de Patrizio Bianchi (Lecturas veraniegas 3)

 

—Bianchi, Patricio (2020) 4.0 La nueva revolución industrial, Alianza, Madrid, 160 pp.

Libro interesante, muy sugerente en ideas y problemas. En sus 144 páginas de texto, más otras 20 de anexo de términos y agradecimientos, Patrizio Bianchi, profesor y ex ministro de Educación italiano, ejerce esa doble (quizá triple) condición o mirada. El libro salió publicado en Bolonia en 2018 y su traducción española a cargo de Francisco J. Rodríguez Mesa en 2020.

La obra se divide en dos partes claras: la parte histórica en la que Bianchi establece un recorrido sobre las tres primeras revoluciones industriales para llevarnos a las puertas de la cuarta, la 4.0 que nos promete el título.

La primera parte es evidentemente didáctica y descriptiva, clasificatoria. Se trata de establecer las diferencias, los cambios producidos por los avances tecnológicos, del vapor a la electricidad hasta llegar a este mundo en de la 4ª en el que la digitalización ha hecho de los datos un bien con los peligros de los monopolios mundiales, controlados por las grandes compañías.

Los análisis de Bianchi son interesantes y toda esta primera parte clasificatoria da paso a una breve pero incisiva segunda parte en la que se describe primero el espacio económico y política en el que nos encontramos hoy y, con más detalle, interesantes reflexiones sobre los caminos que se abren y las puertas que se nos cierran al añadirse el factor de la globalización.

Lo interesante comienza cuando Bianchi comienza a enumerar y a describir los problemas sociales que se plantean a gobiernos y ciudadanía, a las instituciones (¿cuál es el ámbito en el que una política deja de ser eficaz en un mundo global, un mundo controlado por las grandes compañías supranacionales?).

Hemos hablado anteriormente sobre la doble o triple condición de Patrizio Bianchi, la de profesor y político. La tercera surge de su vinculación con las políticas educativas, que son el puente necesario para llegar de forma eficaz al futuro. En efecto, no se puede acceder a un futuro satisfactorio sin una adecuada planificación sobre lo que la sociedad va a necesitar en las nuevas situaciones globales. Bianchi, por ejemplo, cuestiona las posibilidades de algunas decisiones políticas nacionales dentro de una política que solo puede ser "europea" para ser eficaz.

Con todo, el mayor interés, porque suele ser evitado, es el de los efectos sobre una sociedad en la que se pierden derechos y perspectivas sobre cómo tratar a la ciudadanía en unos entornos democráticos.

En estos días las declaraciones de Donald Trump y el multimillonario Elon Musk, propietario de una de esas grandes compañías del mundo de los datos, hacía juntos un desprecio hacia los derechos de los trabajadores y las acciones sindicales. Lo que da sentido a las lecturas de Bianchi.

Quiero citar este párrafo especialmente significativo a lo que está suponiendo para los trabajadores la llegada de esta revolución 4.0. Nos dice que el empleo se está dividiendo por un lado en aquellos especialistas que se aclimatan a los cambios, pero que son cada vez menos por la progresiva automatización, para después señalar:

Al mismo tiempo, está creciendo un bloque de empleos con escaso valor añadido y con condiciones contractuales completamente precarias, ligado al desarrollo de actividades repetitivas y estacionales en la medida en que están sujetas a la temporalidad o no son predecibles. Por consiguiente, esta área no exige de inversiones para la automatización y tampoco para una gestión de los recursos humanos que persiga valorizar las competencias, que están totalmente desprotegidas de cualquier tipo de tutela sindical. En Italia, en los sectores de la logística, de la gran distribución o de la industria cárnica, por ejemplo, se denuncian frecuentemente la precariedad y la reducción tanto de los sueldos como de la protección sindical. Esto lleva a un escenario en el que, en las grandes empresas de comercio electrónico, conviven puestos de trabajo protegidos y valorizados (los directivos y los que implican un alto valor añadido) con otros en los que las condiciones son absolutamente precarias y que carecen de protección de cualquier tipo (los que conllevan actividades de escaso valor añadido).

El riesgo de una sociedad dividida en bloques aislados amenaza con fuerza esta nueva industrialización e impone una mayor atención a las modalidades de organización sociales y, en última instancia, a la democracia misma. Así pues, cabe destacar el peligro de que estos dos grupos sociales dejen de reconocerse en los valores de solidaridad e igualdad que han fundado y vertebrado la Europa que surgió de la Segunda Guerra Mundial (122) 

Donde leemos "Italia", podemos leer "España" y hablar del crecimiento de la precariedad y estacionalidad del creciente sector turístico. Hoy mismo la prensa plantea el crecimiento de la contratación en julio sin contarnos que la mayor parte irán a la calle en septiembre. Igualmente generamos grandes sueldos en sectores minoritarios pero influyentes, mientras que creamos todos estos empleos basura. Las perspectivas de futuros exigen, como advierte Patrizio Bianchi, contemplar una sociedad que exige el consumo pero no da los medios para consumir, que deslocaliza y abandona.

La obra de Bianchi es breve pero intensa. Trata de abrirnos las puertas, como decimos, a los problemas que apenas se tratan por temor a "ofender" a esos personajes como Trump o Musk y otros más discretos que atesoran sus fortunas porque se fijan sus propios sueldos y establecen la pobreza de los demás.

Un libro recomendable por muchos motivos.

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

miércoles, 3 de julio de 2024

Ideas (lecturas veraniegas 1)

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Una de las ideas que más atención tuvo en el siglo XIX fue la de "decadencia". A los nuevos imperios les preocupaba por qué habían desaparecido los antiguos. Les resultaba preocupante que grandes civilizaciones, con enorme riqueza de ideas y poder, hubieran desaparecido al ir encontrándose los restos de estas. ¿Qué podía haber ocurrido? Y sobre todo: ¿podía volver a ocurrir? El siglo XIX y parte del XX son los siglos del estudio de la decadencia precisamente porque son definidas por el "progreso", otro concepto esencial y complementario. El progreso implicaba mirar hacia delante, orientarse hacia el futuro con una fuerza nueva, romper con la poderosa idea que fijaba los modelos en el pasado, como espejo de grandeza, como modelo clasicista.

Es precisamente la revolución industrial la que abre un nuevo sentido del progreso, algo medible, palpable, algo que se puede organizar, medir y dirigir en un sentido determinado, frente a los modelos anteriores basados en cuestiones más etéreas y difusas.

En introducción de su obra "Ideas. Historia intelectual de la Humanidad" (Ideas. A History from Fire To Freud 2005, ed. Crítica 2008), Peter Watson escribe:

Ésta es quizá la lección más importante que podemos extraer de una historia de las ideas: que la vida intelectual —acaso la dimensión más importante, satisfactoria y característica de la existencia humana— es una cosa frágil, que puede perderse o destruirse con facilidad.*

Que después de la lectura de miles de páginas, cientos de libros en muy diversas lenguas, la redacción de un libro que sintetice parte de lo visto en lo que considera esencial, de años de trabajo, etc. la idea esencial que el autor quiere transmitir al lector sea esta, la fragilidad de la vida intelectual, es algo más que una paradoja.

El repaso por las diferentes culturas que se consideraron la culminación de los tiempos y la constatación de que desaparecieron y que solo a través de un ejercicio de rescate, de recuperación histórica para poder recordarla como algo lejano, algo que fue, quizá no sean más que nuestras propias raíces olvidadas o un simple ejercicio retórico de elegante selección de paternidad.

Es cierto que mucha de esa información histórica se encuentra almacenada, que crece conforme pasa el tiempo y aumentan la documentación disponible, que las nuevas sociedades se han organizado "profesionalizando" el "recuerdo" a través de la academia, pero ¿reduce esto el peligro real que señala Watson o, simplemente, crea una sensación de falsa seguridad?

Cada vez constato por mí mismo —y las quejas de mis compañeros docentes van en el mismo sentido— la perversión por olvido de lo que supone el pasado, de la historia que no sería sino una sistematización, una organización y sentido del pasado. Cada vez que nos encontramos con una disciplina que necesita cierto conocimiento histórico, el edificio personal tiende a desmoronarse por falta de conocimiento, incapacidad de visiones de conjunto, interacciones, etc. Simplemente vivimos. No hay una articulación del conocimiento porque este no se acumula, de ahí esa obsesión con el aquí y ahora tecnológico, que se divide en dos grandes grupos "lo obsoleto" y "lo todavía útil". El presente es solo "lo último", que se lleva a casi todos los extremos de la vida. Lo demás es inútil, innecesario, prescindible.

La idea de que el presente se sustenta en lo pasado se desvanece en un presente inmediato que no es necesario recordar o almacenar precisamente para dejar sitio. Los dispositivos de almacenamiento de información —el libro, por ejemplo— ya no tienen sentido si no se pueden actualizar, convirtiendo a la "nube" en el alter ego de la nueva memoria y al teléfono móvil en nuestro sexto sentido (mal contado), en la llave de acceso.

En 2005, cuando terminó de escribir "Ideas. Historia intelectual de la Humanidad", Peter Watson no era plenamente consciente (¿o sí?) del cambio tan brutal que se estaba produciendo delante de él. Hoy estamos en una segunda generación que ya apenas lee. Hemos pasado de pasado libresco al presente de la "nube". Es ahí donde se están configurando las nuevas "ideas" o algo extraño que ya no puede ser llamado así más que por falta de términos adecuados.


El título inglés nos habla de dos F —del Fuego a Freud— para definir la trayectoria intelectual. Hoy se nos habla de la "memoria de 7 segundos", en la que todo se entremezcla y es tragado por una línea que avanza separando el presente del oscuro pasado en el que entremezcla todo. "¿Cómo puedo explicar "Casablanca" si no saben qué es el "régimen de Vichy"?", se preguntaba un amigo docente. La Historia se convierte en enemigo amenazante cuyos obstáculos hay que evitar como sea. No accedes a los libros, solo buscas resúmenes que te permitan salir del paso. Nuestros objetivos educativos se ajustan a los sociales. Ahora con la "inteligencia artificial" se reducen funciones; ¡que "piensen" las máquinas, que lo hacen muy bien!

No, la idea de "decadencia" es esencial para pensarnos y no pensar en otros. Pero parece que estamos tan pagados de nosotros mismos que somos incapaces de pensarnos críticamente (¿qué es eso, para qué?).

Parece que Watson acertó. Todas las divisiones y explicaciones de la humanidad están hechas desde un momento de la propia humanidad. Somos objetivos manipulables cuando se intenta convencernos de nuestra propia facilidad manipuladora. Sin "historia", sin "crítica", somos lo que otros definen y creemos que nuestros problemas son los que molestan a otros.

Vivimos en una sociedad auto satisfecha porque solo cuenta con el presente que no es otra cosa que "lo que hay", aislado como está de sus raíces (¿cómo he llegado hasta aquí?) y de sus metas (otro día más). Si este presente se vuelve problemático, como de hecho ocurre, hay que sacudir el presente hasta que salga alguna solución o camino posible.

En esta situación, con el peso creciente de la reescritura para ajustarla a nuestros deseos, ¿para qué pensar? Mejor solo vivir el presente. Es una nueva forma de decadencia sin sentido de la misma por incapacidad de conceptualizarla. No es de extrañar que en 2014, Peter Watson publicara una obra titulada "La edad de la nada" dando cuenta de la evolución desde el siglo XIX hasta el momento de la escritura.

El libro de Watson nos da la oportunidad de pensar en cómo los otros han valorado muchas ideas y cosas que hemos ido dejando por el camino. No es un libro para leerse de un tirón (¡son casi 1,500 páginas!), pero sí tomárselo como una especie de enciclopedia especializada en las ideas, un meritorio orden de lo caótico de la vida y la Historia. 

 

* Watson, Peter (2008) Ideas. Historia intelectual de la Humanidad; ed. Crítica, Barcelona.

miércoles, 8 de enero de 2020

Gatos colocados

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Es asombroso cómo la vida recicla lo infumable. El desastre universal ocurrido con la película Cats nos ofrece un buen ejemplo de que los que fracasa en un sentido puede encontrar rápidamente su nicho en otro espacio.
Cats ha sido el fracaso más extraño de los últimos tiempos. Era un musical consolidado, poseedor de varios récords en cuanto a tiempo en los escenarios, tanto en los Estados Unidos como en Reino Unido; con orígenes "nobles" que partían de unos poemas infantiles de T.S. Eliot, un compositor premiado... Todo esto y mucho más parece que no ha servido de nada ante el público y la crítica, que ha hablado de "cat'strophe" en el mejor de los casos y de cosas más fuertes fuera de juegos de palabras.
No vamos a entrar aquí en por qué la obra ha sido un desastre de estas proporciones. No, ya lo hemos tratado de explicar en otro lugar.


Pero, cuando todavía no se han extinguido los maullidos del fracaso, me encuentro en The Washington Post el artículo —firmado por Maura Judkis, reportera de "cultura, comida y artes"— titulado "People are seeing ‘Cats’ while high out of their minds. These are their stories". Como se anticipa en el título, lo que es insufrible en condiciones normales, parece que se convierte en una experiencia inolvidable (en varios sentidos) cuando el espectador se encuentra "colocado" en la forma adecuada. Cómo será el artículo que la autora tiene que especificar claramente la postura oficial del medio para que no se entienda que es una apología del uso de "sustancias":

To be clear, The Washington Post does not endorse illicit drug use. And for most people, “Cats” is unnerving enough sober. It tells the story of a group of singing, dancing alley cats who compete for the chance to go to the Heaviside Layer, a metaphor for death and rebirth into the next of their nine lives. Critics have described the movie adaptation — which features a parade of superstars (Judi Dench, Ian McKellen, Taylor Swift, Jennifer Hudson, James Corden and others) rendered as uncanny human-cat hybrids — as a feverish drug dream, a bad trip. It is expected to lose as much as $100 million, according to Variety.
But those reviews have been a siren call for people who believe they know how to salvage an irretrievably weird movie, at least for themselves: by doing drugs first.*



Lo sorprendente del caso es que a muchos les funciona. Lo que era metáfora ("un mal viaje") se convierte en literal ("Viaje con nosotros a mil y un lugar"). Las experiencias que los lectores colocados han enviado a la pregunta del Post hace ver que el fenómeno ha sido rápido e intenso. Mucha gente ha ido, en efecto, después de tomar determinadas drogas (en el artículo se especifican), no a ver la película sino a experimentarla, en un cierto sentido.
Cats que iba para musical culto se convierte en musical de culto al advertir la autora del artículo que se puede producir el mismo fenómeno que marcó a "The Rocky Horror Music Picture Show", la obra del neozelandés Richard Obrien, llevada al cine en 1975 (¡ay los 70!) por Jim Sharman.  
La película se ha convertido en objeto de culto creando sus propias comunidades, donde lo que se ve en pantalla queda empequeñecido por lo que ocurre en el patio de butacas: la gente se disfraza e interpreta los números musicales en plena proyección. La película ha trascendido lo cinematográfico y se ha convertido en un fenómeno de la cultura pop que sigue funcionando como una forma alternativa.


Parece que Cats, que no ha funcionado como película, pueda tener (como los gatos) otra vida para este tipo de experiencias. En estos tiempos de experiencias compartidas a través de las redes sociales, la difusión de las experiencias de Cats será compartidas de forma casi instantánea.
Se señala en el artículo:

Hundreds of people told The Post their stories about seeing “Cats” while high — some on marijuana, others on psilocybin mushrooms, LSD and other mind-altering substances.
Here are their reviews:
“The most incredible cinematic experience of my life.”
“The most terrifying experience of my life. I swear to God my soul escaped me.”
“Cried both times. Planning on going two more times.”
“Vomited four times but ultimately understood the film on a deep level.”
“Had a panic attack in the middle of it . . . right after Taylor Swift sang ‘Macavity.’ ”
“When Judi Dench turned and looked me directly in the eyes to let me know that a cat is not a dog, I was terrified.”
It was unclear, on balance, whether getting high made “Cats” better, or much, much worse. Certainly, it seemed to raise the emotional stakes. One person reported bursting into tears before the film even started, during a trailer for “Trolls World Tour.”*

El artículo da espacio a más experiencias. Muchas de ellas han sido terroríficas, pero debe ser un terror placentero porque muchos se dicen dispuestos a volver a vivir la experiencia. No quiero ni pensar cuando salga a la calle la versión en DVD y BD y cada uno la pueda tener en su casa para su disfrute personal.
El fenómeno es interesante pues implica una forma de "apropiación" y "reciclaje" del texto que hubiera hecho las delicias del semiólogo de la cultura, Yuri Lotman. La película no es solo una transformación del texto teatral sino un cambio en la lectura y en la función del texto. Los que van colocados a verla, no va a ver la película, sino su película.


De todas las experiencias contadas en el artículo, me quedo con una que me resulta especialmente interesante y divertida:

“I had a realization partway through that I am the only person in the world who understands ‘Cats,’ ” says Kate, 31, a medical researcher in Chicago, who soon found herself plotting a “Cats”-based doctoral thesis while still in the theater: She would examine the class dialectic of 1930s London (when T.S. Eliot wrote the poems that inspired “Cats”), the late ’80s heyday of Webber and police brutality in 2019.
“It doesn’t sound as groundbreaking now,” Kate says, “but please remember I was very stoned.”*

¡Impresionante experiencia! que nos muestra cómo siempre somos nosotros mismos. Como en los sueños, por muy extraños que parezcan, siempre somos nosotros. Su mente de investigadora, por más incoherente que nos parezca durante la proyección, es la misma que en condiciones normales. Las diferencias son del razonamiento, pero sigue buscando sus temas de investigación.
Veremos qué destino se le asigna a este musical en la cultura popular en estos tiempos complejos y paradójicos.



* Maura Judkis "People are seeing ‘Cats’ while high out of their minds. These are their stories." The Washington Post 6/01/2020 https://www.washingtonpost.com/lifestyle/style/people-are-seeing-cats-while-high-out-of-their-minds-these-are-their-stories/2020/01/05/d0ebfb3a-2beb-11ea-bcb3-ac6482c4a92f_story.html