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domingo, 18 de septiembre de 2022

La matanza de Izium y las Zetas barcelonesas

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

La incapacidad de Putin para controlar el discurso internacional hace depender su suerte de poder controlar los discursos interiores. Una guerra entre vecinos solo se puede saldar por un golpe en la retaguardia. Invadir es colocar al enemigo dentro, en la retaguardia. La invasión solo puede sostenerse en el exterminio y no están los tiempos para esto y menos una súper potencia que no solo no ha ascendido sino que se ha condenado ella misma al marginarse de la comunidad internacional. Putin solo logra aliados comprometidos allí donde hay dictadura, autoritarismo y control mediático. Lo dem.as es pleno rechazo en cada acción.

El descubrimiento en la ciudad de Izium de más de 400 cadáveres con signos de tortura es una muestra descarnada de lo que le supone de desgaste a Rusia el ocupar poblaciones. En más de una ocasión hemos calificado la guerra que Rusia ha montado como un absurdo, como algo cuyas opciones son todas negativas para Putin. Una vez movido el ejército ruso, no les queda otra opción que arrasar y masacrar porque quedan rodeados de ucranianos, es decir, quedas envuelto por tu propio enemigo. Las torturas  a los civiles son algo más que sadismo; son una consecuencia del absurdo del movimiento realizado.

Durante siglos, Rusia (no solo ella) impuso su imperio devastando lo conquistado, desplazando las poblaciones ocupadas hasta los confines de su imperio y reemplazando a los exiliados por campesinos rusos, que quedaban así constituidos como nuevas poblaciones rusas. Pero los tiempos no están para este tipo de operaciones mediante las que, por ejemplo, se convierte al prusiano Kant en filósofo ruso cambiando Könisberg por Kaliningrado, tal como hizo Rusia anexionándose el territorio en 1945. Hoy es una evidencia histórica y geográfica de una forma anticuada de proceder.

Pero Ucrania es un poco más grande que Könisberg y ya no están los tiempos para estas prácticas rusas para hacerse con enclaves estratégicos. Pese a ello, lo hizo con Crimea hace unos años y todavía padecemos las consecuencias de esta visión del ejercicio violento del poder.

Izium es la muestra más clara de que Putin no puede ganar esta guerra. Esas 440 tumbas encontradas hasta el momento son la muestra evidente de que los ucranianos ni se rinden ni se van a rendir. A Rusia solo le queda la opción de matarlos a todos, de torturarlos y mandarlos a la tumba, si quiere ganar esta guerra.

La motivación ucraniana está clara, defiende su tierra, su futuro. La rusa es una ficción nacida del Kremlin: van a liberar a dos provincias rusófonas (ya sabemos por qué) de "las garras del fascismo". Esto habría funcionado si la guerra hubiera terminado en un par de días y hubieran regresado sonrientes y entre aplausos, con el público agitando banderitas. Pero cuanto más tiempo pasa, menos creíble es y, por ello, más se resquebraja la mentira del Kremlin.

Por todo esto las voces de disenso se amplían por toda Rusia. Con este panorama, a Putin se le abren tres frentes: el ucraniano, el internacional y, finalmente, el ruso, el de la disidencia, el de los que no se creen nada y empiezan a pagar las consecuencias de las acciones de Putin. Por eso las sanciones han ido mayoritariamente hacia el entorno de Putin, a los que le apoya de forma decidida. Se trata de someterlos a la decisión difícil de elegir entre el patrón y el patrimonio, entre Putin y las fortunas que han acumulado a su sombra. La caída de disidentes por las ventanas, los muertos por envenenamiento, etc. son el resultado de la discrepancia. Esta ha ido descendiendo hacia capas más amplias que las de los oligarcas. Ya tenemos firmas de concejales rusos pidiendo su dimisión y la declaración de traidor, como hemos visto días pasados.

 

Cada población que se recupera por los ucranianos no es solo una victoria. Es también una acusación histórica contra Putin, la forma en la que pasará a la Historia. Su intento de volver al imperio se basa en el miedo y en la conquista en un mundo que se había globalizado y quería crearse sobre el comercio.

Rusia se ha cerrado sola las puertas del futuro. Los países occidentales han de medir muy bien los pasos y estar atentos a los movimientos internos del país. Toda la firmeza frente a Putin no debe dar a los rusos la sensación de que Putin les "defiende", sino que él es el obstáculo. Pero a la política errática de los Estados Unidos no le va a resultar fácil contenerse, pues está necesitada de "triunfos" tras los desastres causados en Afganistán y otros puntos en Oriente Medio, que han permitido regresiones apoyada, precisamente, por Rusia en varios casos.

Casi todo lo que nos llega permite contemplar que esto se le está escapando a Putin de las manos. Los sectores más radicales piden destruir Ucrania, arrasarla y hasta fusilar a los generales que fracasan en el frente, que no logran vencer a los ucranianos. Todo ello calienta a Rusia. Habrá un punto crítico en el que la situación de Putin pase a ser defensiva.

Por lo pronto, ninguno de sus objetivos se ha cumplido, tampoco sus justificaciones. Lo que ha hecho es acelerar la defensa de Europa en zonas que antes abogaban por distanciamiento o neutralidad. Ahora buscan el amparo de la OTAN y de la Unión Europea. No creo que esta fuera la previsión de Putin.

Las noticias de estos días no hablaban de pintadas prorrusas en zonas de Barcelona, de esas Zetas con las que se pintaban los tanques rusos y que parecían reproducirse en las victorias. Su aparición en diversos espacios de Barcelona es raro. Es cierto que algunos independentismos han hecho buenas migas con Putin, siempre atento a todo lo que desuna y debilite a Europa, pero tampoco hay que sobrepasar los límites del ridículo en exceso. No sé quiénes son los autores de dichas pintadas, pero no se hacen ningún favor ni podrán crear ningún tipo favorable de clima a lo que en estos momentos es pura barbarie en Europa. ¿Quizá los que añoran el rico turismo ruso? ¿Amigos imperiales? No es fácil ponerse en la mente de quien se dedique a ello.

Quizá sean rusos que, en la distancia, echan de menos el imperio, pero no se atreven a volver. Rusia les habría supuesto un elevado riesgo si el signo hubiera sido contrario. Es fácil ser prorruso lejos de Rusia, supongo que una multa de los Mossos por hacer pintadas; no lo es tanto ser anti Putin en Rusia o simplemente estar en contra de la invasión y la tortura, signos por los que su presidente pasará a la Historia. Ni su torso desnudo ni la caza de osos ni sus llaves de judo con adversarios benevolentes, etc., solo por sus crímenes. Quizá sus asistentes le acerquen en el desayuno las fotos de cómo en Barcelona se valoran las acciones rusas. Quizá levante un ceja y esboce algo parecido a una sonrisa. Que no se engañe.


lunes, 17 de mayo de 2021

Las macro fiestas y la decadencia

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)



Cuando un noticiero internacional como Euronews abre su boletín con los bombardeos de Gaza para titular poco después "Macrofiestas en España", pese a las noticias positivas de la victoria de Nadal en Roma y del Barça femenino en Europa, habría que pensar en sus efectos. Recogíamos los titulares hace unos días de la CNN, también reflejando el panorama de los botellones y demás actos festivos callejeros. Sí, España llama la atención fuera por este comportamiento que ya da titulares agresivos, como los agentes de Policía heridos por intentar disolver un botellón, una nueva aportación léxica al lenguaje universal junto con "fiesta", "siesta" y "guerrilla".


En RTVE.es se preguntan desde titulares "Del champán infantil al botellón: ¿por qué el alcohol es omnipresente en nuestra sociedad?" La respuesta es, por un lado, sencilla; por otro, compleja. Nos dicen que hay una cultura del alcohol, sí, que producimos, nos lo venden y lo bebemos. Pese a estar limitada su publicidad, hay muchas formas de hacerlo pues no hay celebración que no esté ligada al alcohol.

Hay en el reportaje de RTVE.es, firmado por Álvaro Caballero, un aspecto que creo que es determinante. Se nos dice a través de testimonios:

 

"Yo empecé a beber con 14 años, que era cuando se empezaba a trabajar. 'Ponle al chaval un vino con casera', decían, era lo más normal del mundo", recuerda Agustín, exalcohólico y abstemio desde hace 16 años. Ahora, a diferencia de lo que hacía él, ve que la gente joven "no sale a tomar algo, sale directamente a emborracharse, y cuanto más rápido mejor. En mi época eso no se hacía", señala.

Se trata de un cambio de tendencia que lleva años en marcha. España tenía antes una "cultura húmeda", como otros países del Mediterráneo, en la que se bebía poco -generalmente vino-, pero a diario. Ahora avanzamos hacia modelos como el de Reino Unido o los países nórdicos, donde se bebe poco entre semana y en los fines de semana se abusa del alcohol -sobre todo cerveza o destilados-.

Para Espelt, esto no es solo peor para la salud física, con un aumento de las intoxicaciones etílicas, sino que incrementa los problemas sociales: más accidentes de tráfico, más violencia, embarazos no deseados, enfermedades de transmisión sexual, etc.*

 


Creo que aquí está parte del núcleo del problema. Hace unos días citaba aquí algo que había escuchado: "— ¡No me llames después de las 12 que ya estoy pedo!" Creo que la frase concreta bien lo que se nos ha señalado. Del vino acompañando la comida a su presencia absoluta, concentrada en el fin de semana; de la casa al escenario social.

La historia no enseña que tras el alcoholismo hay mucho de soledad, el darse a la bebida como reflejo de una incapacidad comunicativa. Quizá lo que vemos nos engaña y tras toda esa fiesta hay escondida mucha soledad, vacío y problemas reales de comunicación.

Recuerdo que me alejé de mi grupo de amigos de adolescencia cuando empezaron a reunirse en lugares en los que solo se vendía cerveza. Pronto me resultó imposible seguir aquel ritmo de bebida y me acabé separando. Todo acababa en alcohol y el día que casi tuvimos un accidente de coche en plena Gran Vía decidí que era otro mi camino. Alguno murió de cirrosis pasados unos años. No había todavía botellón, pero los problemas se veían con claridad; el alcohol se iba convirtiendo en el centro de la vida de muchos. 

Pasado el tiempo, lo que tenemos está adquiriendo proporciones difíciles de controlar. El hecho de estar atrayendo participantes extranjeros al hilo de este tipo de atracción es todavía más preocupante porque mientras sea negocio seguirá.

En La Vanguardia nos hablan de las protestas de los vecinos de la Barceloneta, desbordados por las fiestas que se organizan a sus puertas:

 

“En realidad –prosigue el representante de la asociación de vecinos–, en lo que se refiere al incivismo, lamentablemente ya estamos peor que en el año 2019, y sin tener apenas turistas... La verdad es que la mayor parte de las personas que están llenando las playas estas noches son extranjeras que residen en Barcelona, y no sólo estudiantes, también gente más mayor. Nos cuesta mucho entender su comportamiento. Todo lo que pasa en las playas tiene también consecuencias en las calles del barrio. Últimamente no hacen únicamente lo que les da la gana, también se enfrentan a los vecinos del barrio que les recriminan sus conductas. Entonces tiran botellas a los balcones, llaman a los timbres, patean las puertas... Por ello creemos que unos trabajos comunitarios no les vendrían mal. Al fin y al cabo nos encontramos ante un problema de convivencia. Si es que, cuando la policía los echaba, algunos se ponían a gritar ¡volveremos! y cosas así ¿es que tenemos que llevar les a los sanitarios del hospital del Mar para que hablen con ellos? el Ayuntamiento tiene que tomar la iniciativa”.**

 


Se ha hablado mucho de la llegada a las juergas de Madrid desde diferentes puntos, especialmente de Francia. Barcelona también lo padece en ese efecto llamada producido por la necesidad de "reactivar la economía". Las "molestias" para los vecinos —que no son nuevas ni por la pandemia— son "riqueza para todo el mundo que se ha creado alrededor de la bebida y la forma social del botellón.

Ya lo vimos en años anteriores en los que se había generado en determinadas zonas costeras de Cataluña el llamado "turismo de exceso", gente que viene a hacer aquí lo que no le dejan en su país. El cliente siempre tiene razón; el turista es el cliente principal. Hay que subordinarse a sus gustos y especializar la economía de la zona para ellos. El listón es cada vez más bajo y el poder económico de algunos de estos sectores es grande, también el poder político, que ejercen a través de patronales y apoyos políticos en los ayuntamientos. Se trata de convencer a la gente que es un mal necesario y un bien para todos. 

Que el botellón se haya convertido en el problema que es deja al descubierto lo endeble de nuestra sociedad. Como se señalaba en RTVE.es, ha dejado de ser un problema de soledad pasando a uno de soledad compartida. Es el reflejo de una forma de decadencia —no hay que tenerle miedo a la palabra— algo que anida entre las raíces y acaba pudriendo la vida de las personas.



En muchas ocasiones he escrito aquí que hemos explotado a nuestra propia juventud, a la generación siguiente, a través de la falta de futuro, de los millones de parados y precarios, de los infravalorados, a los que se les manipula vendiéndoles la idea de los "mejor preparados" cuando se les acaba utilizando para tareas en que la preparación les sobra. Los mejor preparados, sí, son los que se van de España a encontrar un futuro que aquí no se les da, alejándose de una sociedad cada día más dura y, a la vez, pagada de sí misma. 

Son los efectos de las crisis económicas de la década del 2000 que se cebó en ellos. Víctimas del subempleo, de la precariedad, de la falta de vivienda por la especulación, etc. pero convertidos en motor malsano de una economía del ocio, de la fiesta, de la nocturnidad, etc. que les necesita y les desprecia. Los medios recogen hoy la generosa oferta de la patronal del ocio nocturno; quieren abrir para evitar que la gente esté en la calle por las noches. ¡Pero si los botellones ya estaban cuando no había coronavirus! La petición refleja bien lo que es la situación.



Lo malo es que esto no se cura con la edad. No es un problema de juventud, sino social. Las personas que han pasado por estos procesos quedan marcadas en su forma de ver la vida y, como ocurre a menudo con el maltrato, los que salen repiten lo que han tenido haciendo una sociedad cada vez más dura e implacable. Queremos que consuman lo que tenemos, pero no que se produzca otra cosa. Son el motor principal de nuestra economía húmeda.

En el artículo firmado por Álvaro Caballero se señala:

 

En estas edades es fundamental la presión de grupo, por lo que el principal consejo que dan desde el Centro Reina Sofía es fomentar "la asertividad, el juicio crítico, el poder valorar por ti mismo y decidir sin la presión de los demás, del qué dirán". Coincide Agustín, que cree que el inicio en la bebida en estas edades se debe "a la falta de madurez, que nos hace hacer lo que hace la manada".

Espelt muestra cómo la tecnología ha agudizado el problema. Ahora, mediante mensajes de Whatsapp, los chavales se dicen unos a los otros dónde están bebiendo y extienden la presión al campo virtual.*

 

Los consejos del Centro Reina Sofía suenan a broma, pues se hace todo lo contrario. ¿Queremos persona que digan que "no"? ¿Es una broma? ¡Son parte de nuestro sistema económico que se ajusta a la demanda y la crea! Hemos tenido campañas publicitarias diciendo"¡soy muy de bares!" o haciendo apología del alcohol a través de músicos y personajes populares, los que conectan con ellos.



Varias veces al año la Ciudad Universitaria se ve asaltada por miles de jóvenes, muchos de ellos menores, que vienen provistos de bolsas llenas de botellas de vino o de refrescos para hacer combinados. Inundan el campus ante la vigilancia cuidadosa de la Policía, cuyas instrucciones son evitar que deterioren la Plaza de Medicina, la que tiene la estatua que representa la transmisión del conocimiento. Los jóvenes son desviados a nuestra Facultad, inundando nuestro espacio verde, el que rodea la Facultad. Hemos tenido que cerrar con verjas todo el recinto para evitar convertirnos en el espacio consentido (y dirigido) del botellón que se concentra allí para evitar que se haga en otras zonas de Madrid.

Es el día de la depresión anímica, de cruzarte con miles de personas que corren ansiosas a encontrarse con otros a golpe, efectivamente, de teléfono, que se buscan y localizan para crear ese grupo dentro del macro grupo. Es el día de los que abren la trasera de sus coches, convertidos en puestos de venta del alcohol para hacer el negocio ese día con los que se quedaron cortos en la bebida. Es todo un sistema de abastecimiento perfectamente orquestado; un sistema de comunicaciones que funciona a golpe de tuit o de cualquier otra red social.

Los titulares de medio mundo hablan de las macro fiestas españolas. No han cesado en este tiempo; ha sido una economía en marcha, aunque redujera su funcionamiento a medio gas. Los políticos no se enfrentan a ella y la ignoran, pero saben que está ahí y que quien trate de reprimirla se enfrenta a la ira del grupo extenso.



Hay mucha hipocresía en esto. Lo malo es que estamos creando una imagen exterior que alejará a unos y atraerá a otros. Pero más allá de nuestra imagen, está nuestra realidad, esa forma decadente —estado interior— en la que estamos sumidos, del que no salimos. El que quiera hacerlo, tiene que vencer la llamada del grupo, dejar atrás muchas cosas, romper lazos.

Pensar que el problema de los botellones son los contagios no deja de ser una hipocresía. El problema es previo, social, cultural, anímico. Refleja algo más que esa "libertad" con la que se quiere enfocar por parte de algunos. En realidad, es lo contrario. Es más que las molestias que causan, no se trata de hacerlo un poco más lejos o en otro lugar. No es cuestión de los jóvenes, sino del sistema que hemos montado durante décadas, lo que supone, y la falta de resistencia a su normalización. Es una consecuencia de nuestra visión, de nuestras decisiones, de nuestra ceguera y del beneficio de muchos.

Como en España no se vive en ningún sitio. Eso dicen.

 



* Álvaro Caballero "Del champán infantil al botellón: ¿por qué el alcohol es omnipresente en nuestra sociedad?" RTVE.es 16/05/2021 https://www.rtve.es/noticias/20210516/champan-botellon-alcohol-omnipresente-sociedad/2089740.shtml

** Luis Benvenuty "La Barceloneta pide cerrar la playa tras un nuevo récord de desalojados" La Vanguardia 16/05/2021  https://www.lavanguardia.com/local/barcelona/20210516/7458763/barceloneta-pide-cerrar-playa-nuevo-record-desalojados.html

miércoles, 3 de marzo de 2021

El caos bien organizado

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)



Los datos sobre la violencia y los violentos en Barcelona trazan un sombrío panorama de la ciudad como un punto caliente sobre el que es fácil prender llamas cuando se tocan los resortes adecuados. Es llamativa la conjunción de factores y su aprovechamiento maestro para causar el mayor impacto posible, que es de lo que en última instancia se trata. Nada exige mejor organización que el caos. Y de eso es de lo que se trata.

Las noticias sobre las detenciones después de los sucesos más violentos explican algunas cosas, aunque seguimos en su superficie de lo que hay detrás de este caos "aparentemente espontáneo" que percibimos tras la detención de un "rapero" que actúa como punto de inicio y de provocación. Probablemente nadie ha disfrutado más de una detención buscada con insistencia como este individuo. Consiguió varios objetivos: 1) notoriedad; 2) generar violencia y 3) convertirse en líder, en director de la orquesta de la violencia.

Se produjo en el momento perfecto, el de la parálisis política por las negociaciones de un panorama político algo más que confuso. El hartazgo de la pandemia, convertida por la ultraderecha y la ultraizquierda en un atentado a la "libertad", llegando por vías "teológicas" distintas a las mismas conclusiones. Los extremismos trabajan siempre resaltando la insatisfacción.

Curiosamente, nadie se parece estructuralmente al rapero que Donald Trump, otro anarquista insumiso, con pretensiones de "víctima" del sistema y con la pretensión de lanzar a sus huestes contra aquellas injusticias que les acosan. Ambos han sabido "victimizarse" adecuadamente para generar la ira violenta que lleva a unos a quemar coches y asaltar comisarías y a otros al asalto del Capitolio.



Los dos episodios de violencia son perfectamente calculados y dirigidos. La seguridad afirma que han sido orquestados por "profesionales" del desorden. De nuevo, aparentes paradojas. Los ultras trumpistas han sido dirigidos por ex militares y miembros de las milicias paramilitares que abundan en los Estados Unidos. La mujer que murió en primera línea del asalto era una ex militar. El FBI ha rastreado el pasado de muchos de ellos; además se lanzaron advertencias a los militares en activo sobre la participación en los actos y, recuerden, hubo que revisar uno por uno a los miembros de la seguridad del acto de toma de posesión del presidente Biden. El proceso dejó fuera a unos cuantos miembros de distintos cuerpos tras la revisión. Igualmente, algunos de los guardias de la seguridad que mostraron su firme actitud heroica en el asalto fueron rápidamente reclutados por miembros de la nueva administración. Preferían estar seguro de quién les cubría las espaldas.

Las investigaciones en Barcelona han dado también algunos interesantes resultados sobre el quién, el cómo, pero no es tan sencillo el "por qué" final, aunque hay muchos parciales o intermedios.

El diario El País nos dice que el juez encargado del caso ha mandado a prisión provisional a los detenidos, con lo que siguen saliendo datos del quiénes que nos permiten ver el perfil con más claridad:

 

El magistrado del juzgado de instrucción 17 de Barcelona ha acordado la prisión provisional, comunicada y sin fianza para los ocho acusados –cinco chicos de nacionalidad italiana, una chica de la misma nacionalidad, una joven francesa y otra de nacionalidad española– tras tomarles declaración, acusándoles de delitos de homicidio en grado de tentativa, atentado a los agentes de la autoridad, desórdenes públicos, daños, manifestación o reunión ilícita y pertenencia a un grupo criminal. Los detenidos se negaron a responder las preguntas del fiscal y solo contestaron a sus propios letrados. 

Según los Mossos, los ocho detenidos actuaron de forma muy organizada durante la protesta y con un “grado de violencia muy elevado” dañando entidades bancarias, comercios, mobiliario urbano e incendiando la furgoneta de la Guardia Urbana con el agente en el interior. Este grupo fue en las últimas movilizaciones muy activo y organizado. En cada acto vandálico, una parte de los miembros realizaba acciones violentas mientras que el resto les protegía, daba cobertura y vía de salida para evitar su detención. Según los agentes, eran expertos y aprovechaban la gran cantidad de concentrados para promover la acción violenta y generar confusión a los policías.*

 


Sorprenden varias cosas en la información sobre la forma de percepción y, por ello, de transmisión a los lectores. El primero tiene que ver con las categorizaciones. ¿Hasta cuándo vamos se seguir llamando "chicos" y "chicas" a personas de 35 años, como la italiana que quemó la furgoneta con un agente de la Guardia Urbana dentro? Hay una tendencia mediática a presentar como "violencia juvenil" algo que tiene mucho de lo primero y poco de lo segundo. La categorización como algo generacional solo sirve para convencer a más adolescentes a que entre en el juego. Luego se manifiesta la sorpresa por el descenso en la edad de participación. Tiene un efecto llamada, pues lo que buscan los incitadores en convertirlo en marca generacional, como una especie de rito de paso que da salida a una exculpación juvenil global. Dudo que los detenidos estén pasando por ninguna crisis de crecimiento y posean acné ideológico. Pasado el tiempo, ocuparán otros puestos en la estructura organizativa de la violencia, traspasando su experiencia al grupo central y al reclutado.

En segundo lugar, ¿cuándo vamos a dejar de sorprendernos que estos grupos estén "muy organizados"? Más allá de lo descrito en el texto, ha sido frecuente que esta expresión se repita por parte de los profesionales policiales que han dado su opinión. Políticos y expertos han convertido el "alto grado de organización" en un tópico que es, además contradictorio. Lo que está organizado se puede vigilar y anticiparse. La organización es detectable, mientras que el caos espontáneo no suele serlo, aunque se puedan anticipar las consecuencias de posibles escenarios. Para eso deben existir las personas que analicen con la información disponible lo que puede ocurrir. No se trata de que estén "muy organizados", sino que están "mejor organizados" para conseguir sus objetivos que los que tienen que repelerlos y, a ser posible, impedirlo. Si se sabe que hay una organización detrás, hay que luchar por descabezarla, pues es ahí de donde parten las instrucciones. Aunque se haya detenido al grupo, el daño está hecho.



La siguiente acción es lógica: hay que separar a los "organizados" de los "espontáneos" dejando al descubierto sus intereses. Hay que desvelar la trama para que deje de atraer incautos.

La labor de los medios elevando a la gloria al rapero victimizado ha sido desastrosa. He asistido a debates vergonzosos en los medios tratando de convencerse unos a otros de que la cuestión era la "libertad de expresión". Es tan ridículo la simple comparación entre lo que significa expresarse y lo visto cada noche que se debería mejorar la educación política más allá de lo que se escucha en los medios, que aburridos por la pandemia, encuentran el focalizar en el suceso una nueva vía de llamar la atención. Esto es un mal endémico que es bien aprovechado por todo el que quiere atraer la atención. El propio rapero lo ha hecho desde el principio convirtiendo cada acción en actuación ante la "inocencia" mediática y la mala fe política.

Este último aspecto es preocupante —aunque no sorprendente— pues ha habido irresponsables —aunque intencionadas— intervenciones de personas con cargos políticos importantes intentando que esta violencia se interpretara como una "respuesta" a una situación de "injusticia" previa. Solo el caos gubernamental, tanto autonómico como central, debido a sus inestabilidades minoritarias, puede admitir que esto se diga... y se ha dicho. Han tenido que salir las víctimas sociales y económicas —de vecinos a comerciantes y empresarios—, inocentes de cualquier cargo, a decir ¡basta! Pero para el anti-sistema todos son culpables y cualquier excusa es buena para asaltar comercios, bancos o prender fuego a lo que se encuentra. El mundo es culpable y el orden debe ser destruido primero y convertido en "utopía" después. En medio, sufrimiento para todos.




Lo ocurrido es una muestra más de un fenómeno que se repite y no se ataja. La mayor parte de los detenidos son extranjeros, personas con antecedentes en sus países por lo mismo, según nos dice la prensa. Son especialistas en el desorden y la guerrilla urbana, de la que viven. Forman parte de una "internacional callejera" con confusos orígenes y oscuros medios de subsistencia.

Contra ellos ya no valen los tópicos ni el concederles más crédito o simpatías. Saben atraer y saben escapar; saben reclutar a través del desánimo y la frustración, que es su materia prima. Tienen sus centros de formación y sus redes. Cuando han hecho su "labor" en un lugar, van al siguiente. Contra ellos, hay que estar mejor organizados de lo que ellos lo están; hay que jugar con la información rápida para desmantelar sus construcciones retóricas y comunicativas. Para esto hace falta claridad, unidad y deshacerse condenando la ambigüedad ante algo que solo busca aparentemente la violencia, por más que sus objetivos son múltiples en diferentes niveles.

Pasado su tiempo en activo, alguien les agradecerá los servicios prestados convenientemente, y dejarán paso a los nuevos "jóvenes" reclutados.

 


* Alfonso L. Congostrina "Prisión para ocho anarquistas acusados de quemar una furgoneta de la Guardia Urbana" El País 3/03/2021 https://elpais.com/espana/catalunya/2021-03-03/prision-para-el-grupo-anarquista-que-quemo-la-furgoneta-de-la-guardia-urbana.html

sábado, 31 de octubre de 2020

El ladrón que gritaba "¡libertad!"

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)


Sabemos —y no siempre— cómo comienzan las cosas, pero difícilmente podemos adivinar cómo terminan, en dónde acaban. Empiezas protestando porque no te dejan tomarte tu cervecita a la hora que quieres, donde y con quien te apetece y acabas quemando contendores, lanzando piedras y aporreando coches de la Policía. Los incidentes de esta apertura del "puente de todos los Santos" está siendo movido y movilizado, a falta de salidas.

Toma la cuestión de la pandemia y los confinamientos, perimetrados o de cualquier otro tipo —semanales, diarios, festivos, sietemesinos— un cariz peligroso por muchas circunstancias, que se pueden definir como una forma de incertidumbre. Los incidentes graves en diversas ciudades de España —a imitación de algunas otras europeas y, peor, norteamericanas— parece confluir en las imágenes de destrucción y enfrentamiento, creando una versión inesperada e irónica de lo que algunos pretendían como "nueva normalidad", por la que están saliendo las viejas peleas políticas y conflictos callejeros. Mientras unos se pelean en los respectivos parlamentos y ruedas de prensa, la calle está siendo tomada por otro tipo de protestas, de los médicos enfadados con toda razón a los propietarios de la hostelería, del ocio nocturno y los violentos de la algarabía sin especificación horaria, aunque partidarios de la noche porque quedan los fuegos mas resultones.

Nos cuentan en La Vanguardia los enfrentamientos:

Sin aparente organización, a gritos y yendo de un lado a otro, un grupo heterogéneo de manifestantes entre los que resaltaban miembros de la extrema derecha, integrantes de los Boixos Nois, algunos trabajadores del sector de la noche que habían asistido a la manifestación y gente literalmente cabreada que cerveza en mano se sumó a lo que creían que era una fiesta sembraron el centro de caos.

Contenedores quemados, barricadas, piedras y adoquines volando, cualquier cosa se convirtió en proyectiles voladores contra unas fuerzas de seguridad desbordadas. Un responsable policial admitía que los informes previos sobre lo que podía suceder habían sido superados por los incidentes. No se calculó la presencia de grupos radicales de la extrema derecha que acabaron liderando los incidentes violentos.*

¡Mal cálculo a estas alturas de la película! No sé cómo analizan lo que puede ocurrir, pero desde luego deben incluir elementos que no se están introduciendo en los cálculos y previsiones.

Desde que empezó la batalla por la definición de los confinamientos, por su extensión y grado, por lo que sí y lo que no, por lo que según y cómo, etc. etc. era previsible que se canalizara el descontento hacia aquellos puntos de hartazgo con su sazonamiento radical, que está siempre a la que salta.

Desde que se escucha gritar "¡libertad, libertad!" en una manifestación que acaba de esta manera, hay que echarse a temblar porque ese "sin aparente organización" con el que comienza el párrafo del diario es sumamente engañoso. No estamos en tiempos de organización sino de "caos organizado", que es otra cosa. Se trata de arrastrar al que pasa, de concentraciones que van y vienen, de meterse entre los que protestan razonablemente y acabar en estallidos incontrolados, "adaptativos" a lo que hay y organizados como respuesta al orden de lo previsible que no se deja ver hasta que estalla. Y entonces es demasiado tarde. No hay "organización"; hay caos organizado, estallidos allí donde circunstancialmente se puede y a dónde se dirigen las fuerzas por las instrucciones de las redes. Es el método del viernes por la noche para encontrarse de fiesta en fiesta, pero en violento. Es el orden que aparece y desaparece para reaparecer más allá, donde no te lo esperas.

Han pecado de ingenuidad no previendo que se les colarían en manifestaciones previsiblemente más moderadas. ¿Ha llegado el momento "callejero", por llamarlo así? Está bien seleccionado pues se trata de medir la ira frustrada ante esa condena insufrible que es no poder salir por ahí un puente, cuando te las prometías muy felices.

Por su parte, el diario ABC señala la gravedad de lo ocurrido y explica:

El director de los Mossos d’Esquadra, Pere Ferrer, explicó que la policía trabaja con la tesis de que los grupos que protagonizaron los incidentes pertenecen a «la extrema derecha». En declaraciones a Rac1, Pere Ferrer explicó que se trata de grupos «con el perfil de extrema derecha» y en los próximos días analizarán lo ocurrido y a sus instigadores a partir de las identificaciones y del trabajo policial. Testigos presenciales aseguran que en los altercados también participaron personas vinculadas al ocio nocturno, uno de los sectores más golpeados por la crisis.**

Que yo sepa, no es imposible pertenecer al sector del "ocio nocturno" y ser de la "extrema derecha", pero allá cada uno con sus cálculos, aunque luego no les salgan las cuentas y se lleven sorpresas. Cuidado con la simplificación de las etiquetas porque la realidad suele ser más compleja.

Las imágenes nos muestran algo más que enfrentamientos; los medios resaltan y muestran el fenómeno de los saqueos, un modelo frecuente importando de las manifestaciones en ciudades norteamericanas. Las protestas se avivan por parte de los que están más interesados por lo que hay en tiendas y supermercados que por la ideología. Se suben a la tabla de la protesta y crean la violencia que les beneficia para cubrir sus objetivos en el caos creado. Una manifestación de este tipo es un fenómeno complejo, con múltiples capas, que estalla en un momento y en un punto preciso. No tiene que haber una gran organización, sino una adecuada copresencia de factores para que se produzca el revuelo que distrae. Son muchos los objetivos que se cubren, desde los políticos a hacerse con una bicicleta gratis tras el saqueo. Todos confluyen en un aquí y un ahora.

Lo ocurrido en Burgos es muy similar. ABC lo resume así:

Mientras tanto, en Burgos, más de un centenar de personas protagonizaron en la noche de este viernes también graves disturbios en el barrio de Gamonal, con violentos enfrentamientos con la Policía, lanzamiento de piedras y quema de contenedores. La concentración para protestar contra las medidas adoptadas por las autoridades para frenar el avance del Covid-19 acabó con enfrentamientos entre unos cuarenta manifestantes y agentes de la Unidad de Intervención (UIP) de la Policía Nacional.

La protesta no contaba con la autorización de la Subdelegación del Gobierno, y concentró a cerca de un millar de personas que, poco a poco, se fueron disolviendo, a excepción de unas decenas de radicales.

Los agentes realizaron varias cargas contra este grupo cuando quemaban contenedores y dañaban el mobiliario urbano. Durante la intervención de los agentes de la UIP, numerosos vecinos del barrio se asomaron a sus ventanas y balcones para aplaudir la actuación policial y rechazar la actitud de los manifestantes.** 

Los patrones son los mismos. Todos estos grupos se han formado en las mismas teorías y tienen los mismos entrenamientos, comparten una misma literatura instructiva, una misma visión caótica de la vida. Lo interesante es que el sentido del "caos" no es el mismo que habitualmente se le da de forma negativa. Para ellos el "caos" es positivo y es lo que hay que producir dando un empujoncito al frágil orden de lo cotidiano.


Si el resultado de esta pandemia va a ser el entrenamiento en la lucha callejera, hay que irse preparando y advertir a los verdaderos orígenes de las consecuencias que esto tiene para todos, incluida la imagen de España, esa que se dice querer proteger. Si a la etiqueta de "destino poco "seguro" le sumamos ahora la de "destino violento", como ya se hizo con campañas contra los turistas, por ejemplo, en Cataluña y Valencia en ocasiones anteriores, esto se pondrá peor.

La perspectiva del invierno es dura. Este tipo de acciones violentas no servirán de mucho. Los primeros que deben entenderlo son los sectores que consideran que para ellos resistir, los demás se deben arriesgar. Es así de claro. Se oye, de nuevo, hablar más de las terrazas y cafés que de problemas de más enjundia, como la enseñanza o la misma sanidad, que se manifiestan pidiendo ayudas y no desprotecciones. Los sanitarios se juegan la vida por los que se manifiestan para poder salir de noche; el sector educativo pidiendo ayudas para mejorar la enseñanza de nuestros hijos. Cualquier manifestación podría acaba mal, pero lo cierto es que solo algunas lo hacen. ¿Por qué unos sectores sí y otros no? Una pregunta interesante. ¿La responsabilidad? Claramente en quienes lo hace, pero con igual claridad de aquellos que las alientan como un conflicto de "libertades", un conflicto de competencias entre gobiernos, partidos e ideologías. No hay —o no debería haber tal— es vergonzoso que en el Parlamento español o en los autonómicos se escuche hablar, en el mismo plano que las broncas callejeras de "experimentos sociales", de "conspiraciones" y de un sinfín de estupideces que quieren reivindicarse más allá del despropósito.

Está claro que las medidas no van a modificarse por este tipo de violencia de la que se realimentan las protestas. Habrá que apuntar más arriba, sí, a los que calientan estas protestas que comienza pidiendo "libertad" y acaban robando bicicletas, quemando y agrediendo, una fea costumbre que se está normalizando, como la ocupación de casas, gracias a los teóricos de la justificación.  Los bonitos discursos sobre la libertad, parece que pierden mucho con la traducción a hechos callejeros. Lost in translation.

* "Noche de disturbios contra las restricciones en Barcelona" La Vanguardia 31/10/2020 https://www.lavanguardia.com/local/barcelona/20201031/4986805182/noche-disturbios-contra-restricciones-barcelona.html

** "Violentos disturbios en Barcelona y Burgos en protestas contra el estado de alarma" ABC 31/10/2020 https://www.abc.es/espana/abci-barcelona-y-burgos-llamas-protestas-contra-toque-queda-202010310030_noticia.html

domingo, 20 de septiembre de 2020

La tarima como púlpito negacionista

Joaquín Mª Aguirre (UCM)


En la Universidad Autónoma de Barcelona hay quien se ha subido al púlpito a sacar pecho negacionista aprovechando que el público estaba en el aula. La Vanguardia se refiere a él como "el profesor negacionista" y lleva varios días escandalizando al personal, quizá, mejor, provocando a aquellos que cree que deben escucharle. No sé que tienen las tarimas que para algunos son tronos imperiales, sillas de San Pedro, monte Sinaí desde el que descender con sus opiniones esculpidas en piedra, tablas de la Ley de obligado cumplimiento. La cuestión central no son sus disparatadas opiniones sino el hecho que tengan los demás que escucharlas desde una tarima destinada a causas mejores. Nos cuenta el diario: 

El docente, Antonio Galera, que imparte Didáctica de la Educación Física a los alumnos de 3.º de grado de Educación Primaria, afirmó que no estaba dispuesto a respetar “medidas absurdas impuestas por un experimento social masivo”, según un portavoz del Consejo de Estudiantes de la facultad.

Además, les pidió que si querían llevar mascarillas en clase debían firmar un documento de responsabilidad. “Yo no llevo mascarilla porque no voy a atentar contra mi salud”, respondió ante las quejas de los universitarios, y les indicó que si no querían morir, que no se las pusieran. Alegó también que “las multas que impone el Gobierno son ilegales, y la distancia social es solo para controlarnos con el 5G y saber dónde estamos en cada momento”.

Los estudiantes se quejaron de la actuación del docente y de su discurso negacionista sobre el coronavirus al decanato de la facultad de Educación que inmediatamente lo trasladó al rectorado.

La portavoz de los estudiantes manifestó que ya se advirtió al decanato en junio que este profesor estaba difundiendo propaganda negacionista. “Si hubieran mediado, esto no hubiera pasado”, lamentó, aunque celebró la celeridad actual.*


 ¡Todo un paquete de ideas negacionistas! Incluyen teorías de la conspiración, negación de los hechos y de la eficacia de las medidas de prevención, en fin, todo un personaje en cuyas palabras resuenan ecos ya escuchados en diversas fuentes. Nos dice el diario que este docente ya acumulaba quejas por sus ataques al lenguaje inclusivo y algunos otros temas que no deben estar en su programa de formación en Educación Física, que debe ser su fuerte. Pero la tarima anima a compartir genialidades y memeces con los que tienen que estar abajo, pueblo al que se pastorea.

En estos días en que los docentes damos vueltas y más vueltas a la cabeza intentando lidiar con las incertidumbres de esta situación, en que tratamos de encontrar métodos, técnicas que permitan reducir el riesgo del COVID-19 al mínimo a la vez que evitamos la pérdida de nuestros programas, buscando equilibrios entre la seguridad de todos y las obligaciones docentes, nos entristecen personajes como el que La Vanguardia nos describen.

No ponerse la mascarilla ante los alumnos es malo, pero incitarles a que se la quiten es algo peor, mucho más grave. No sé las dudas de las autoridades académicas en la apertura de las diligencias y no sé si son los únicos que deben intervenir, cuanto menos alejando a este predicador de conspiraciones. Esto —lo repetimos una y otra vez— no tiene nada que ver con la libertad de expresión o con cualquier otro tipo de libertad. La prueba más evidente es que quien ha atentado contra ellas ha sido el docente al exigirles la firma de documentos a los que llevaran la mascarilla, como cuenta el diario. Es él quien ha atacado a los que, por ser sus alumnos, debían tragarse toda su perorata negacionista.

Ser negacionista es una desgracia, pero intentar imponérselo a los demás con riesgo de sus vidas y en contra de los protocolos de su propia universidad es algo más que un incidente. Es una provocación que, al igual que hicieron los colegios de médicos con aquellos que empezaron a negar las evidencias mostrando una grave irresponsabilidad, debería cortarse con claridad.

Los negacionistas necesitan de esa vehemencia delirante con la que se lanzan a la calle. Aquí el caso es distinto, ya que no ha salido a la calle con una pancarta, sino que ha exigido a sus alumnos unos actos que van en contra de ellos mismos. Aquí no hay ni libertad de cátedra ni libertad de expresión; hay, por el contrario, un abuso de poder claro.

Cuanto más estrictas tengan que ser las medidas, más buscarán titulares mediáticos con las que esparcir las absurdas doctrinas del 5G y cualquier otra memez importada de los Estados Unidos de Trump, de donde no sale una idea buena desde hace tiempo. Hay muchas cosas buenas que se podrían imitar, pero no desde luego estas paranoias sin fundamento que han ido creciendo aprovechando la expansión que las redes sociales y las nuevas tecnologías permiten. Lo que antes era solo un chiflado repartiendo panfletos en una esquina ahora es un flujo de información que se expande por el mundo gracias a los "amigos" que les financian y reproducen para crear caos desde la desinformación.

Hay que tener cada vez más cuidado, estar más atentos, para evitar que siembre el desconcierto y el descontento. Se aprovechan de los errores de comunicación, de las contradicciones nacidas de esa manía de intentar prometer para tranquilizar, que acaba volviéndose contra ti cuando las profecías de calores que matan virus o de vacunas inmediatas no se cumplen.


Creo que ya tenemos bastantes tonterías circulantes, tan tóxicas como el coronavirus pues nos acaban llevando a sus puertas. Son tiempo de apelar a la responsabilidad de todos y cada uno, de hacernos sensatos para poder salir cuanto antes de esta dramática situación.

El mensaje es muy sencillo y las evidencias están ahí; pueden pasar por las UCI a comprobarlo. No son tiempos de pánico, sino de frialdad y seguridad, de toma de decisiones inteligentes para encontrar alternativas a lo que no puede ser. Deberíamos estar más preocupados en encontrar alternativas que nos permitan seguir adelante que perdernos en tonterías o en debates interminables sobre una casuística infinita, tal como estamos haciendo y nos hemos cansado de repetir.

España era, según todos decían un país donde "se vive muy bien". Parece que ese bien no iba más allá de las cervecitas y el ocio nocturno, de las celebraciones cada fin de semana o de las consulta sobre dónde hay fiestas. Eso se nos ha hundido y muchos se empeñan en mantenerlo con los efectos que vemos cada día. El sacrificio de muchos no vale si hay una parte que sigue sin entenderlo y no quiere renunciar a esta forma de vivir que está expandiendo el contagio cada día. Pienso que son los que más se juegan —familia, empleo, salud— los que deben ser los más responsables, pero no lo tengo tan claro. El ejemplo de La Vanguardia no muestra lo contrario: una persona que tiene responsabilidades que llama a la irresponsabilidad.


Ha fallado la política de "abrir rápido". Sin duda. Ha sido como contener la respiración y luego estallar expeliendo el aire. Muchos han salido del confinamiento como el toro sale del toril, acelerado y buscando bronca. En esto se han equivocado los que pensaban que la gente había aprendido algo sobre lo que ocurría. Se les ha lanzado a tratar de recuperar lo perdido y hemos perdido lo poco que nos quedaba, con la sombra de nuevos estados de alarma encubiertos porque no se puede ya mencionar la soga, porque se te echan encima los poderes económicos.

Llámenlo como quieran, pero está claro que somos cada uno de nosotros los que debemos de tener la responsabilidad de nuestra salud y de los que tenemos cerca. Las reglas no son difíciles, si se quieren seguir. Volver a la cifras anteriores a la inefable "nueva normalidad" no significa estar siempre encerrados, sino tener cuidado y valorar lo importante para seguir adelante, dejando lo superfluo para más adelante y darnos entonces nuestros cotidianos baños de trivialidad.

La Vanguardia recoge las quejas de los alumnos, algo esperanzador: 

Los estudiantes se quejaron de la actuación del docente y de su discurso negacionista sobre el coronavirus al decanato de la facultad de Educación que inmediatamente lo trasladó al rectorado.

La portavoz de los estudiantes manifestó que ya se advirtió al decanato en junio que este profesor estaba difundiendo propaganda negacionista. “Si hubieran mediado, esto no hubiera pasado”, lamentó, aunque celebró la celeridad actual.* 

Hay siempre miedo a tomar decisiones, pero si no lo haces se vuelven contra ti. Los rectorados tienen que tener un papel menos político y más eficaz. Corren el riesgo de encontrarse entre dos aguas, la indignada que les llega desde abajo por la falta de medios y la que les llega desde los políticos empeñados en prometer sin los cumplimientos inmediatos que la situación requiere. Sigue siendo increíble que no se hayan tratado estas situaciones de manera clara hasta finales de agosto, más allá de las medidas que cada Universidad planteó, básicas, ante la falta de definición política, solo centrada en no perder la "campaña turística de verano".

Lo que tenemos por delante en nuestras universidades requiere mucha inteligencia y ejemplaridad para poder recorrer lo que tenemos por delante. Ya son bastantes los problemas que tenemos para que se den casos como estas llamadas negacionistas al incumplimiento.

Hay muchos intereses detrás del negacionismo, de la economía a la desinformación pasando por los conflictos políticos. Estamos cayen en el mal de las sociedades modernas que regresan a la brujería y a los dogmas.  Son sociedades de rumor, de plazas y foros. No hay que dejarse arrastrar y cortar tajantemente lo que atente contra la salud de todos. La universidad no puede ser un púlpito del negacionismo porque iría contra sus propios principios. El negacionismo no es "pensamiento crítico", sino puro mito y dogma.


 * Carina Farreras "El profesor negacionista del coronavirus regresó el jueves a la UAB sin mascarilla" La Vanguardia 19/09/2020

https://www.lavanguardia.com/vida/20200919/483539443693/profesor-negacionista-uab-coronavirus-barcelona-mascarilla.html

lunes, 3 de agosto de 2020

Los muertos o una vieja pandemia llamada egoísmo

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El periodista del diario El País trata de atenuar con la mención al alcohol bebido la rotundidad de la frase que, irónicamente, ha sido usada como titular, "“Sinceramente, los muertos me dan igual”". La frase ha espantado a los propios compañeros de juerga en la noche de botellón playero. “Ley de vida. Sé que es duro lo que digo. Pero es lo que pienso”, dice terminando de arreglarlo. La explicación de sus compañeros va por otras vías, menos indiferentes, menos frías, las de los dependientes: “No pueden evitar que bebamos. Si no hiciéramos el botellón aquí lo haríamos en un salón pequeño. ¿Qué es más peligroso?”. Y añaden:  “Somos jóvenes, queremos socializar, tenemos ganas de pasarlo bien…” Sí, toda una filosofía de la vida.
A diferencia de los pueblos fatalistas que daban por supuesto la llegada de las calamidades, nuestras sociedades modernas lo ven desde la naturalidad del placer. Es la infancia prolongada, cargar con la infantilidad entendida como irresponsabilidad placentera ante un mundo que les irá cargando con responsabilidades, que se traducen en penas y penurias, en el cierre del placer sin responsabilidad y en las exigencias de lo cotidiano, que se transforma radicalmente. Fuera del paraíso, al dolor del mundo.

En un interesante documental (Once were Brothers. Robbie Robertson and The Band, Daniel Roher 2019) ) sobre el grupo musical The Band, que tuve ocasión de ver ayer, el que fuera líder del grupo Robbie Robertson, hacia desde nuestro tiempo el análisis de lo que había llevado a la disolución del grupo y el hundimiento y muerte de tres de sus cinco miembros. En sus orígenes se habían constituido en casi una familia en la que vivían felices en una cabaña estudio de grabación en mitad de la zona boscosa de Woodstock.
En un viaje a París, Robertson conoció a la que sería su esposa. Conforme crecía su relación, se volvía más responsable. Se casó y pasó a tener hijos; era el único que quedó componiendo porque era el único que mantenía la cabeza en su sitio. Sus compañeros se hundían en las drogas y el alcohol, quedando incapaces de componer. De los cinco miembros, solo quedan dos vivos. El resto truncaron sus vidas y se quedaron por el camino, improductivos, estériles para la música y cada vez más complicadas sus relaciones fuera del grupo. Es una historia que se repite en la época. La esposa de Robertson, se nos dice al final de documental, se especializó es Psicología de las Adicciones. Tuvo buen material.
La lectura del artículo en El País me ha traído el recuerdo del documental y la reflexión de Robbie Robertson sobre la incapacidad de madurar de sus compañeros y su efecto destructivo. Me ha causado una profunda tristeza, una sensación de frustración intensa. ¿Es un problema de madurez?, habría que preguntarse. Que no te importen los muertos o que antepongas tu bebida como una necesidad a la vida quizá lo sea. La madurez, como señalaba el cantante y líder de The Band, era una cuestión de prioridades, de saber qué es más importante en la vida, tener claro qué pones primero y qué dejas por el camino.
Filósofos, psicólogos y sociólogos, entre otros, nos advierten de este efecto perverso, de este complejo de Peter Pan masivo que nuestra sociedades modernas padecen y que se ven sometidas a estas pruebas de contención o quizá habría que llamar de continencia.


Nuestra sociedad consumista se basa en ofrecernos lo que deseamos, ofrecérnoslo sin límite. Si ese deseo implica adicción, del azúcar y el chocolate al sexo o la violencia, mejor. Se crean necesidades fijas que permite mantener el mercado. Te dejan elegir tu adicción.
Si el budismo predicaba la renuncia como base de rechazar el sufrimiento y casi todas las morales han predicado la contención, en nuestra sociedad de consumo, la renuncia es un acto subversivo que corta los lazos con el conjunto, que nos deja fuera. La claridad de la oposición "economía" vs "salud" ha llevado al extremo el problema.
Nuestra sociedad está sostenida sobre esa base de la demanda y del capricho, una forma incentivada de darte el lujo o la satisfacción de no renunciar a lo que te gusta bajo ninguna circunstancia. Es el anti budismo; solo la adicción aplaca el tedio de vivir.


Hoy, el mercado dedica millones a comprender los comportamientos, a buscar los resortes de la adicción para poder llegar a ti y que bajes tus defensas, si es que las tienes. No debe extrañarnos, los escándalos de las compañías tabaqueras incrementando la adicción o de los azúcares nos han dejado claro que la industria no se frena a menos que se formules estrictas formas de control. Lo imprescindible no necesita de mucha promoción; lo superfluo, en cambio, necesita de la argumentación, de la presión constante. La idea de la sociedad de consumo no es nueva, la tenemos desde los años 50; el despegue de la televisión como manera de influencia en los hogares se sumó a los otros medios, especialmente a la radio, de la que fue modelo. Una de sus primeras consecuencias es la segmentación de los mercados, especialmente en grupos de edad de consumidores.


La creación de estos grupos de edad-consumo se ha ido distorsionando conforme los efectos de la desigualdad creciente por efecto de las crisis económicas sucesivas fueron afectando al poder adquisitivo de los jóvenes, derivado en gran medida de sus propias familias.
La crisis del empleo juvenil, la precariedad de esos empleos y su baja remuneración, la conversión de la formación en negocio, la tecnificación rutinaria de la educación, su deshumanización, etc. ha llevado a una modificación y distanciamiento de las relaciones intergeneracionales. También a una incapacidad de ahondar, condenados a lo superfluo.  El COVID19  ha dejado al descubierto nuestras carencias sociales y psicológicas, nuestras crisis endémicas. Una generación ya ha crecido con el sentimiento de que la vida no es seguir tu vocación sino coger lo que te llega, las migajas que la generación anterior te deja caer, antes de que todo empeore. No le importas a nadie y nadie te debe importar a ti. El nuevo nihilismo. "No nos van a quitar la bebida también".


Lo más penoso de ese reportaje es la sensación derrotista que transmite y que hemos mencionado en escritos anteriores. Es un fatalismo que va desde "los muertos me dan igual" al "¿dónde quieren que bebamos?" Como bien señaló Robbie Robertson es el sentido de la realidad lo que te ata a la vida y lo que te permite fijar tus prioridades. Si no lo haces, todo es un deslizarse hacia el desastre social y personal.
Lo que decimos tiene mucho que ver con lo señalado por Paul Krugman y comentamos aquí en nuestro post anterior: la entronización del egoísmo, convertido así en principio rector de la vida y las relaciones sociales. Yo soy el "centro" y a eso le llamo "libertad". "Sinceramente, no me importan los muertos" podría ser su lema. Su traducción podría ser también "no les debes nada", aunque vivas de ellos, un sentimiento bastante extendido y que ayuda a calmar los remordimientos.
Leemos en el artículo de El País:


Alexandra entiende las sanciones porque “lo primordial es la salud”, pero también opina que no pueden dejarles “sin nada”. “Si nos cierran las discotecas, ¿dónde quieren que bebamos?”, se pregunta. Entre las decenas de corrillos que la noche del viernes se formaron a lo largo de los 1.100 metros del arenal, se escuchaba mucho francés, alemán e inglés. Frente a la discoteca Shoko, cerrada, un grupo de alemanes se montó su propia fiesta fumando canutos y pasándose las botellas de mano en mano. “¡Viva Barcelonavirus!”, gritaba uno, claramente ebrio.



Quizá combaten así su propio miedo, tanto al coronavirus como a la soledad, al vacío que supone cortar los lazos de la tribu, salirse del ritual que suple muchas otras cosas.

Las imágenes grabadas en una discoteca con el DJ subido a la barra escupiendo una bebida sobre los que estaban felices, a su bola, debajo, dice mucho de algo más que la irresponsabilidad. Tiene mucho de provocación, de desafío. Da igual que el DJ se haya arrepentido y pedido perdón. Es fácil echarle la culpa al alcohol, otro pilar de esta forma de vida. Sin beber, queda poca cosa.
La imagen de esos jóvenes que durante el confinamiento se ofrecían voluntarios para llevar comida a los ancianos ha quedado diluida en estas nuevas viejas imágenes, las que ha propiciado el verano de este nefasto 2020 y que pueden ser antesala de lo que nos espera.
Sinceramente, sí, deberían importarnos los muertos, los contagiados, los que están en las UCI..., pero también deberían importarnos a los que nos les importan los muertos, los que están contagiados por una vieja pandemia llamada egoísmo.


* Carlos Garfella Palmer "“Sinceramente, los muertos me dan igual”" El País 01/08/2020 https://elpais.com/espana/catalunya/2020-08-01/sinceramente-los-muertos-me-dan-igual.html