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sábado, 6 de abril de 2024

Hay que ir a la raíz de la violencia en las escuelas

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)


El gusto por las etiquetas llevaba a coronar hace unos pocos días a Finlandia como el país más feliz del planeta (España sigue cayendo). Pero esto significa una cierta ironía cuando pocos es estos días se nos habla de un tiroteo en una escuela con un muerto y heridos. Las etiquetas y los recuentos hacen que nos sintamos mejor o peor en términos relativos, subes o bajas en la lista. Los gráficos que nos muestran la realidad en barritas de colores, en fragmentos en "tartas" estadísticas, etc. acaban produciendo una realidad a su medida creando una cierta distancia. Pero la realidad está ahí, con sus casos reales, acontecimientos en la vida de alguien o en su muerte.

El titular del artículo de Laura Gómez Díaz en RTVE.es señala "El insólito tiroteo en una escuela de Finlandia abre el debate sobre las armas y la salud mental de los niños". La primera parte del artículo nos lleva a la paradoja de la felicidad que se ve resquebrajada por acontecimientos como este. Las armas en Finlandia son abundantes por ser un país de gran afición a la caza con lo que el debate se traslada a la edad en que se puede acceder a ellas, desde los 15 años bajo la tutela de un adulto. Sin embargo, el problema de las armas se distancia del hecho, que es usarla contra otra persona, es decir, el deseo de matar, esa ira, ese rencor contra los otros. No hacen falta armas de fuego para matar, aunque lo facilita. Se puede matar con cuchillos de cocina o prendiéndole fuego al edificio con todos dentro.

El impacto ha sido mayor en Finlandia precisamente por lo poco frecuente del caso. Vivimos en un mundo global, intercomunicado, y lo que vemos en los medios nos llena de ideas sobre cómo descargar la ira. Pero eso es solo una parte. Nuestra cultura está en gran parte moldeada por lo que ocurre en los Estados Unidos, donde la violencia es real, en las calles, y contenido, en los medios. Allí se vive y se consume la violencia. Es el país de las armas en las calles y en los hogares, donde los tiroteos son solo noticia cuando se supera al número de víctimas anterior.

Los indicadores de todos los países están dando el crecimiento de la violencia infantil, que se acaba manifestando en su propio entorno en dos direcciones opuestas: la respuesta suicida, por un lado, y la respuesta agresiva, por otro. En las primeras acaba uno con el sufrimiento propio; en las segundas haces pagar su frustración a otros. A veces se cumplen las dos fórmulas en un solo acto: matas y te suicidas.

El cierre del artículo, tras barajar cifras y conflictos institucionales sobre las responsabilidades, se señala: 

La Policía de Finlandia ha confirmado que el motivo detrás del mortal tiroteo en la escuela en las afueras de Helsinki ha sido el acoso escolar, abriendo un debate sobre el ‘bullying’ y la salud mental en un país que fue reconocido como el más feliz del mundo por Naciones Unidas y que se considera que tiene uno de los mejores sistemas educativos del planeta.

“Este tipo de hechos tan traumáticos y de esta magnitud es un hecho terrible que hace que nos tengamos que plantear cuáles han sido las señales que no hemos sido capaces de ver”, afirma Marchal. “El primer ministro finlandés ya ha dicho que en Finlandia algunos jóvenes padecían algún tipo de situación mental complicada. Esto suele ser una de las primeras líneas que se suele tomar”, añade.

El primer ministro, Petteri Orpo, describió el tiroteo como algo profundamente perturbador y señaló que “está claro que demasiados jóvenes, hasta uno de cada tres, han experimentado dificultades con la salud mental en algún momento de sus vidas”. “Hay que intervenir en estos problemas antes”, subrayó.

“La clase política ha hablado de la necesidad de dar una respuesta a los problemas de salud mental en los colegios. En Estados Unidos tienes a gente diciendo que no es un problema con las armas de fuego, sino que el problema es de salud mental”, comenta Overton. “Un niño de 12 años que respondiera al acoso escolar en cualquier país, probablemente lo haría utilizando sus puños o sufriendo una crisis de salud mental. Sería muy raro que pusiera sus manos sobre una pistola en España u otro país de Europa”, recalca.* 

Nuestras escuelas fallan en cadena. Pero el problema puede llegar hasta allí desde las propias familias. Hay un círculo de transmisión entre los adultos y los más jóvenes que no acabamos de entender. Seguimos pensando en la infancia y adolescencia como una especie de tribus diferentes a los que son adultos. Lo que obvio pero ignorado, es que como dijo el poeta W. Wordsworth (hay que recordarlo cada cierto tiempo) "el niño es el padre del hombre". Lo que creas en la infancia es probable que estalle más adelante. El acosador en la escuela será acosador de adulto, abusará de todos aquellos que pueda hacerlo. Si maltrata, será maltratador. Pero esto entra en conflicto con una visión idealizada de la infancia y de lo que se deja atrás. Quizá no se deje tanto atrás y el "son cosas de niños" deba tener un sentido nuevo y menos optimista.

Estamos asistiendo a crímenes horrendos —los hemos etiquetado como "violencia vicaria", una obviedad— en los que padres matan a sus hijos. Esa patología necesita mucha más explicación de la que le damos. Hay que profundizar en sus raíces, aunque no nos guste lo que encontremos. Tenemos un marco general explicativo que no explica nada, solo lo etiqueta y mira si hay antecedentes de denuncias. Pero esto es apenas nada, más bien intentos exculpatorios.


Los centros escolares se están convirtiendo en el semillero de la violencia posterior, que puede estallar durante periodo escolar o más adelante. Pero las cifras y gráficos nos engañan sobre el origen. Necesitamos descripciones más precisas, más detalladas sobre el origen de la violencia y sus formas específicas.

Los casos que me cuentan algunas personas sobre lo que padecen sus hijos en los colegios y la descripción de algunas personalidades infantiles hace que cambien esos retratos bienintencionados. Los colegios se excusan en que no tienen psicólogos y los psicólogos en que tienen demasiados casos que atender. Finalmente estallarán los casos con sus consecuencias trágicas.

Habrá que ver si los deseos de las autoridades finlandesas de saber el origen y ponerle remedio van más allá de las buenas intenciones. El origen —esto parece claro— está en el aumento de las tensiones que derivan en problemas de salud mental y acaban en estas formas de violencia. Hay que ir a las raíces de los problemas a menos que entendamos que esta sociedad agresiva en la que vivimos no tiene remedio, que la violencia es el resultado "natural" de nuestra forma de vivir juntos, que la salud mental es cada vez más inestable y busca compensarse con este tipo de actos.

 

* Laura Gómez Díaz "El insólito tiroteo en una escuela de Finlandia abre el debate sobre las armas y la salud mental de los niños" RTVE.es 6/04/2024 https://www.rtve.es/noticias/20240406/tiroteo-escuela-finlandia-debate-armas-salud-mental-ninos/16046470.shtml

miércoles, 5 de enero de 2022

El mantra de la seguridad

 Joaquín Mª Aguirre /UCM)


Los argumentos sobre el regreso el lunes próximo a las escuelas oscilan entre el mantra "la escuela es segura" y la salud emocional de los niños. En medio se encuentran otras explicaciones pragmáticas, como la necesidad de ir a trabajar los padres. Por un lado están las opiniones de los epidemiólogos, que piensan en términos de espacios, interacciones y variables de vacunación; por el otro están los educadores que hablan de la socialización de los niños, que se quejan de que no se desarrollan bien si no ven la "expresiones" de la cara de sus maestros. Hay teorías para todos los gustos y opiniones en cada esquina, donde se pregunta al que pasa. Otra cuestión: el foco de los contagios ha pasado de los niños menores de 12 años, que ya se están vacunando, a la franja de 20 a 29 años, lo que también es interesante en cuanto comportamiento social y vírico, ya que ambos están ligados. Son nuestros movimientos e interacciones, junto con el mayor o menor cuidado, lo que determina el contagio.

Como escribíamos aquí ayer, la idea de la levedad encubre la de la necesidad. No deja de ser interesante que los políticos hayan salido todos unánimemente partidarios de la "presencialidad" y apoyando una serie de medidas con las que se arriesgan mucho y que veremos de forma rápida en las dos o tres semanas siguientes a través de las bajas de niños y de profesorado.


El mantra de la seguridad —"las aulas son seguras"— entra en la misma categoría mágica que otras, como "la cultura es segura". Es obvio que no es lo mismo "cultura", una categoría, que un "aula", que es un espacio definido para unas actividades específicas. Estos conciertos masivos de los que ha salido la gente contagiada eran "cultura" según sus organizadores, pero muy poco seguros por las condiciones en que se realizaron. Una sala de cine no es segura o insegura por ser "cultura"; todo dependerá de cómo se comporten en ella, las distancias de seguridad y la ventilación, las mascarillas, etc.

Hemos justificado la realización de todo tipo de eventos inseguros con el mantra de la "seguridad" de la Cultura, aplicando un tonto silogismo, en donde la seguridad de la cultura era lo que establecía mi seguridad y no al revés. Con el mantra de la seguridad, los cines y demás actividades culturales que requieran una sala han vuelto a saltarse los aforos en un intento de recuperar lo perdido en este tiempo pasado. Las condiciones son determinantes en los contagios, tanto como lo son las actitudes de las personas. Son las dos variables básicas y no los que se cuente o haga. No se contagia uno más en una clase de Lengua que en una de Historia, pero sí puede hacerlo en una de Gimnasia. Con buen criterio, eso nos han dicho, se suspenden las clases de gimnasia. Pronto saldrá alguien diciendo que la "Gimnasia es segura". Si preguntamos, todo es seguro, pero la realidad es otra, la de los datos de lo que llega a hospitales, a las UCI, desbordándolas ya ante las quejas sin contestación de los sanitarios. ¿Ocurrirá lo mismo con los docentes?

diario El País, 5/01/2022

En el diario ABC no tienen tan claro el optimismo de los políticos por el regreso a las aulas. Esa unanimidad solo significa que todos tienen el mismo problema, no que la solución sea buena. Leemos: 

Gobierno, comunidades, padres y docentes están de acuerdo en que el regreso a las clases presenciales es lo más adecuado pese al avance imparable de los contagios por la variante Ómicron. Sin embargo, discrepan en cómo se va a llevar a cabo esa vuelta al colegio tras las vacaciones navideñas. Desde Csif-Educación, el sindicato que representa a los docentes en la educación pública, aseguraron este martes a ABC «que basta con ver la evolución de la incidencia del virus en las últimas semanas para saber que habrá problemas».

Su responsable, Mario Gutiérrez, alertó que «los mensajes de tranquilidad» dirigidos este martes por los ministerios de Sanidad y Educación «a la opinión pública no dejan tranquilos a los profesores porque no se ha tomado ninguna medida extra para garantizar la seguridad de los alumnos y de los profesores». «Va a haber contagios entre los docentes sin lugar a dudas», comentó.

Gutiérrez recordó que «los mismos que se ponen medallas por el éxito con el que concluyó el curso anterior decidieron en septiembre de 2021 dejar de reducir los ratios en las aulas y de contratar profesores de refuerzo por el Covid». El representante de CSIF subrayó que si bien los docentes apuestan por lo presencial necesitan que los colegios sigan siendo espacios seguros.* 

Evidentemente la educación no es lo que tiene que ser "segura" sino las aulas, que es donde se desarrolla la actividad. Y eso requiere medidas específicas: distancia, ventilación y aumento de la vacunación. Pero eso es solo una parte.

Hemos fraccionado los espacios —culturales, deportivos, etc.— en función de las actividades. Nosotros vemos esas "diferencias", los virus no. Nos contagiamos en lugares donde no se dan las condiciones adecuadas y hay más probabilidades que las personas contagiadas lo transmitan.

En realidad, vivimos en un espacio difuso en donde el virus se puede coger fuera y llevarlo dentro y, viceversa, cogerlo dentro y llevarlo a nuestros otros espacios. Conozco varios casos de familias enteras que se han contagiado tras los primeros días de colegio en septiembre. Por eso es una barbaridad la propuesta de que no se aíslen los casos de contagios leves y sus contactos (aunque estén vacunados), ya que siguen teniendo el mismo poder transmisor, por lo que se irán contagiando todos con mayor o menor celeridad.


El espacio de transmisión no un elemento que se pueda medir en metros cuadrados como el espacio simple, sino en probabilidades de contagio, interviniendo todos los elementos copresentes.

Lo que se está transmitiendo ahora es una sensación de que estamos llegando al final, que solo causará imprudencia y frustración. Ignorar lo que perjudica en una forma de aumentar los perjuicios. Lo que tenemos ahora es una enorme explosión de casos y unas variantes en el horizonte.

Que el ámbito escolar plantea una problemática específica no se le escapa a nadie; que está combinada la salud con elementos como el transporte, disponibilidad de las familias, nivel educativo, etc. es una obviedad. Pero lo que no tiene sentido es ignorar los problemas bajo el mantra de la seguridad y el antecedente (poco claro) de que está seguridad ha existido por igual en todos los niveles y ámbitos. Tratar de la misma forma la educación infantil que la universitaria es un despropósito absoluto pues las condiciones son muy diferentes, los sujetos tienen muy diferentes niveles de autonomía y responsabilidad, al igual que hay enormes diferencias en los medios disponibles.

Cuando escucho repetir el mantra que la educación es segura no puedo dejar de pensar que es más un deseo que una realidad, una falta de ideas, en definitiva. Hacerlo en esta explosión de casos puede volverse contra quienes lo están afirmando con la seguridad del Fuenteovejuna

 

* Anna Cabeza/P. Abet/L. Daniele "«Basta ver la evolución del virus para saber que habrá problemas en los colegios»" ABC 5/01/2022 https://www.abc.es/sociedad/abci-basta-evolucion-virus-para-saber-habra-problemas-colegios-202201042036_noticia.html

sábado, 5 de septiembre de 2020

De niños y ancianos

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

No es fácil encontrar el punto entre la responsabilidad y el miedo, entre la seguridad posible y el miedo a lo probable. La información que se nos suministra cada día desde medios y ministerios, consejerías y expertos, etc. son muchas veces contradictorias, no tanto en los datos como en sus valoraciones. La interpretación de todos esos datos, junto a las opiniones de expertos y de personas que pasaban por allí (un vicio barato de nuestros programa informativos), con opiniones distintas, valoraciones diferentes y paranoias personales, acaban creando un clima que suele provocar angustias en quienes lo escuchan, optando muchos por el autoaislamiento informativo para evitar sumirse en unas tensiones muchas veces insoportables, un sufrimiento sobre lo que espera cuando llegue el momento inevitable de incorporarse al trabajo, escuela, acudir a un estadio deportivo, al cine, teatro, etc.

Sigue sorprendiéndome que, pensando en funerales, bodas, bautizos, cumpleaños, chiringuitos, hoteles, aviones, etc., nadie hablara de las escuelas ni de los clubes de alterne (y variaciones diversas) hasta pasado el 15 de agosto. Curiosamente, no fue hasta que se dio por cerrada la temporada turística que se cambió el tono y las preocupaciones por la vuelta a las escuelas saltaron a la primera página de los medios. No deja uno de sorprenderse.

Lo de los clubes de alternes nos ha servido para comprender que lo que está discretamente en la sombra, tiene también su sombra particular. La única mención que se había hecho de clubes de este tipo fue el caso de rebrotes en Corea del Sur, donde un cliente animoso visitó tres clubes en una noche y creo él solito un caso espectacular. No se planteó más. Había que rastrear a todo el mundo menos a la clientela de estos lugares. Como todo el mundo sabe, los clubes y prostíbulos son lugares donde se mantiene la distancia social y se evita el contacto, donde se practica una higiene y todos, clientes y profesionales suelen llevar mascarillas. Les fue bien hasta que saltó la liebre comparativa, es decir, hasta que los locales de ocio nocturno empezaron a quejarse del desigual trato, algo en lo que no les faltaba razón. Por supuesto, una vez se planteó el cierre, salieron muchos expertos opinando y preocupándose por la situación laboral de las/los profesionales del ramo. No se entiende muy bien (mejor no indagar), pero es lo que hay.

El caso de la escuela se sitúa en el silencio hasta que estalla con toda su intensidad. Es cierto que previamente había tenido una presencia importante, pero era más por el cierre de las escuelas y sus consecuencias (conciliación, psicológicas, ambiente en casa, molestias a los que teletrabajaban, desigualdad de las tareas con los niños, etc.). Pero eso afectaba al cierre, no a la cuestión actual, la apertura.

De nuevo intervienen los agentes implicados y los efectos colaterales. Esta vez la cuestión es la incorporación y sus condiciones, además de otro específico: la resistencia a la incorporación a las escuelas por parte de familias. Esto ha creado nuevos tópicos, como la sanción si no se escolarizan, las condiciones específicas de las aulas y comedores, de la situación de los maestros, la responsabilidad del profesorado en la gestión de los contagiados, la transmisión en la infancia, los métodos de enseñanza, la falta de previsión, etc.

En La Vanguardia, Salvador Enguix publica un artículo (etiquetado como "análisis") con el directo título "Espolear el pánico en las aulas valencianas", en cuyo inicio se señala:

No son pocos los líderes políticos, principalmente de la derecha, que, ante el inicio del próximo curso escolar, en el actual contexto de expansión del Covid-19, han iniciado una dura campaña de incitación al miedo que, inevitablemente, está generando un lógico pánico entre las familias; esta campaña forma parte de lo que los expertos están llamando “populismo epidemiológico”, un discurso que no apela a la razón y la ciencia, sino a las emociones, sobre todo las negativas. En ocasiones, realizando afirmaciones alejadas totalmente de los criterios científicos y abogando por fórmulas estables de educación online que, en la estructura actual del sistema educativo, no solo no podrá sustituir nunca a la educación presencial, sino que además solo está al alcance de una parte de la sociedad. Por ejemplo, los hay que, desde el (quiero pensar) absoluto desconocimiento, y de una cierta limitación reflexiva, son incapaces de valorar las graves consecuencias de la no presencialidad, para las niñas y niños, para sus padres, y para la calidad de la enseñanza. No lo olvidemos, nuestros hijos e hijas ya estuvieron confinados durante meses al final del pasado curso.

La pandemia nos ha estado llevando siempre la delantera. Todas las decisiones políticas que se han ido adoptando para acotar su expansión, previo asesoramiento de los expertos, no han impedido que a día de hoy el Covid-19 siga contagiando a decenas de miles de personas. La única medida contundente del confinamiento es en lógica la que menos se desea, puesto que además de tener un efecto demoledor sobre la economía genera enormes problemas sociales, afectivos, e incluso psicológicos en los ciudadanos. En este escenario, las administraciones, no siempre con acierto y dependiendo de cada autonomía, intentan conjugar un complejo equilibrio: evitar que el crecimiento del coronavirus se descontrole y, en paralelo, actuar de manera quirúrgica ante la aparición de brotes, en lugar de adoptar la parálisis general de la movilidad. Siempre apelando a la responsabilidad individual, que ha fallado de manera descomunal en muchos ambientes, como se ha visto este verano.*

 


Concuerdo con lo dicho por Enguix, que sitúa el problema, como se puede apreciar, en un punto entre los diferentes planos, del institucional al personal, de los conflictos de intereses entre salud y economía (salud forma parte también de la economía, no se olvide, y la economía de la salud), entre aciertos y errores, entre responsabilidad e irresponsabilidad (demasiada) y entre males mayores y menores (y conflictos de intereses relacionados con estas decisiones).

Es indudable que se han cometido muchos errores. Unos son previsibles ante el desconocimiento que produce lo nuevo; otros son errores interesados camuflados de decisiones inevitables. Había y hay intereses. Que la sociedad española en su conjunto anteponga la salud a otros factores no quiere decir que no existan, que no lo intenten y que no lo logren. Esto se ha complicado desde el momento en que se ha pasado la iniciativa y la decisión a las Comunidades Autónomas, donde las presiones de los sectores son más directas y eficaces. Lo de los clubes de alterne es un mensaje y no trivial precisamente. Lo ocurrido en el restaurante El Pirata de Formentera también lo es.

Se escucha mucho más a los que ponen pegas que a los que ofrecen soluciones o han resuelto su problema de forma adecuada a la necesidad de los tiempos. Hay sectores que incomprensiblemente siguen moribundos demandando ayudas desde hace años. Ahora aprovechan para pedir un poco más, en vez de haberse sometido a las necesarias reconversiones como tuvieron que hacer otros forzosamente. Pero algunos prefirieron exhibir sus yagas mendicantes extendiendo la mano. Todos tendremos algunos en mente.

El problema educativo es grave. Lo es porque no se ha abordado la necesaria adaptación de escuelas, universidades y el profesorado de ambas a los tiempos que ya comenzaron hace mucho tiempo. La política de modernizar poco, lo justo, porque es caro; lo suficiente como para la foto, es una práctica demasiado habitual. Tras una facha colorista se ocultan demasiadas incompetencias. La enseñanza no ha cambiado, incluso puede que haya empeorado por el abandono de mucho tiempo, de miserias que han hecho creer a muchos que con la supervivencia personal en un mundo de goteo de plazas era suficiente, sin fijarse en muchas otras carencias del conjunto.

Lo que se señala en el artículo va más allá. Lo que se llama "populismo epidemiológico" es una realidad. Cuando el autor apunta que "quiere pensar" que se debe al "desconocimiento" nos dice algo pero nos apunta en dirección contraria, hacia sospechas de que la ignorancia no sea realmente ignorancia sino un conjunto de intereses camuflados que inciden en las batallas de las escuelas, otras de las que no llegamos a cerrar porque en este país no hay guerra que se cierre definitivamente aunque pasen siglos, porque no hay herida que no sangre cuando conviene ni interés que se aparque. Lo hemos visto en otros sectores, ¿por qué no en la enseñanza, donde las batallas son constantes?

Es indudable que la enseñanza requiere de unas condiciones adecuadas, que la presencia en las aulas es mejor que la ausencia. También es lógico que las familias se preocupen por la seguridad de sus hijos. En la Universidad, el panorama es distinto, como hemos tenido ocasión de tratar hace unos días, lo que no quiere decir que no haya problemas (hay muchísimos), sino que son otros o con otras variantes.

Lo que sí llama la atención es que muchas veces sean casi los mismos los que ponen obstáculos a unas cosas y a otras, por ejemplo, no quieren llevar a los niños a las escuelas pero luego se manifiestan contra las mascarillas con los niños de la mano o sobre sus hombros. Hay gente para todo.

Es importante entender que las escuelas son tan seguras como las personas que están dentro, es decir, que se depende no solo de lo que hagan dentro, controlados por determinados protocolos, sino por lo que hagan fuera, antes y después. Esto afecta además no solo a los niños o a las familias, sino también al profesorado o demás miembros de los centros educativos.


El ejemplo paralelo lo tenemos con lo que ocurre en las residencias de mayores, lugares en principio con los residente vigilados y con baja movilidad. Pero allí entran y salen cada día, desde el personal hasta las visitas familiares. Si los ancianos estaban dentro, los contagios les llegan de fuera, es decir, de personal y de visitas. Por eso se han limitado estas últimas al ver de nuevo cómo aumentaba el número de casos y de fallecidos. Los parientes y personal son los transmisores. El hecho de que uno no se vigile y vigile a los demás lo acaban pagando otros.

Por eso no se puede desligar lo que va a pasar (inevitablemente) en los centros educativos de lo que ha ocurrido este verano, del aumento de los casos de forma abrumadora. No se puede pasar un verano disparado, sin precauciones y después frenar en seco al llegar el momento de la escuela.

Con el trabajo pasa algo similar. Lo ocurrido con el despido fulminante de la colaboradora de Mediaset es solo un caso sonado, pero a muchos los estarán esperando los lunes a las 9 para ver si el alegre fin de semana lo van a pagar los compañeros de trabajo.

Seguimos parcelando mentalmente los sectores, pero es un todo por el que transitamos, sin distinción de familia o espacios. Un visión de totalidades nos muestra que lo que pillamos en un momento y lugar lo arrastramos luego allí donde vamos y hasta que nos frenemos. Los test están dando una confianza absurda no porque no sean eficaces en la detección sino porque no garantiza que dos horas después no nos hayamos contagiado celebrando que estábamos bien. Pues ahora ya no lo estamos.


Conozco casos de familias que han tenido todas las prevenciones, pero cometieron el error de no vigilar a algún contacto próximo que hizo que todos cayeran bajo el coronavirus. Confías y...

Va empezar (si no lo ha hecho ya) una nueva forma de rastreo, la de las fotos en redes sociales para ver qué vida llevas. Es lo que ha mandado al paro a la colaboradora de Mediaset. Su estilo de vida, decían, era incompatible con la protección del entorno laboral seguro para sus demás compañeros y el funcionamiento de la propia empresa. Pronto vigilaremos a la persona con la que tenemos que vernos para saber si es más o menos "segura". Si antes ya se exploraban las redes sociales para saber a quién contratabas, ahora es más importante. ¿Serán recurribles estos despidos por lo que haces fuera de tu entorno laboral? Veremos. Eso de contar los lunes por la mañana lo bien que te lo has pasado el fin de semana puede pasar a la historia.

De nada sirve exigir una escuela "segura" si no aseguramos los demás entornos por los que nos movemos. Será duro de dejar de celebrar los cumpleaños de los compañeros de la clase, pero habrá que plantearse otras cosas antes. Pensemos en el ejemplo de los médicos del hospital que cayeron (ellos) por irse a celebrar, en plena pandemia, una despedida de soltero del jefe. ¿Médicos inconscientes? Un poco, al menos bajaron la guardia un momento y lo pagaron todos, el resto del hospital incluido. Y eso es lo que no se puede hacer, bajar la guardia. Todo lo que has invertido en seguridad se va por el desagüe en un instante de confianza, por no decir un "no" a tiempo, por un compromiso ineludible, por no parecer paranoico ante los conocidos, etc.

La tensión y angustia que provoca esta vigilancia constante nos va a pasar factura a todos. Hay que irse mentalizando y tratar de liberar la tensión con lo que sea, del yoga a un San Cristóbal.


Mandar a los niños a la escuela debe ser un ejercicio vigilante. Pero el énfasis no se puede poner hipócritamente en que la escuela es segura. Es seguro lo que hacemos seguro, empezando por nosotros mismos y asegurándonos de con quién nos relacionamos. No es lo que se ve en la calle la mayoría de las veces. No sé lo que ocurre tras las cuatro paredes, pero sí es lo mismo que en las fiestas privadas, los niños lo acabarán cogiendo por una vía u otra.

La Vanguardia da cuenta del caso de una residencia de mayores, también en Valencia, donde todos los ancianos están contagiados, al igual que el personal. Allí leemos:

 

Desde la patronal de residencias AERTE, a la que pertenece este centro, su presidente, José María Toro, ha indicado que la situación es “estable” y no presenta una evolución negativa, al tiempo que ha defendido que se han aplicado todos los protocolos. “Que un centro tenga casos, no quiere decir que se haya hecho algo mal”, ha indicado, ya que ha hecho hincapié en que “no se puede blindar” a un posible contagio.

Así, ha apuntado que se han aplicado los protocolos y el centro se encuentra bajo vigilancia activa de la Conselleria de Sanidad, y “con control absoluto”. Toro, que no ha concretado la cifra de residentes y afectados porque es información que maneja Sanidad, ha resaltado que todos los centros han pasado revisiones y presentado su plan de contingencia, validado por la administración sanitaria.

En esta línea, ha incidido en el hecho de que haya casos en un centro “no quiere decir que se haya hecho algo mal”, ya que hay empresas que tienen varias residencias, y puede haber contagios en algún centro y en otros no.

 


La insistencia en que tener todos los miembros de una residencia no quiere decir que se "haya hecho algo mal" tiene su punto de de descaro y demagogia. ¿Quiere decir que se ha hecho algo bien? No se contagian todos en una residencia si se ha hecho algo bien o las medidas no sirven para nada. La excusa que se siguen las indicaciones de sanidad. Lo que añade otro punto de desvergüenza al caso.

Que no pase lo mismo con las escuelas, que no lleguemos a tener escuelas enteras contagiadas ya sea porque lo hagamos bien o mal, pues parece que estamos en plena confusión moral. Esto no se garantiza con sumarse a protocolos, sino vigilándose cada uno. Con la sensatez de entender que, efectivamente, podemos ser contagiados, pero después está la responsabilidad. Uno se puede contagiar ayudando a levantarse a una persona que se ha caído o bailando un tango con un clavel en la boca. Nosotros elegimos por qué nos arriesgamos.

La escuela será "segura" cuando el concepto de "seguridad" de las personas involucradas en ese espacio sea razonablemente vigilante de la seguridad. La seguridad no la dan protocolos que no se cumplen (con uno solo es suficiente para arrastrar a los demás). Las normas son sencillas y lo que hay que evitar es casos como el de la residencia de mayores: todo lo hicieron "bien", pero todos están contagiados. Habrá que revisar su sentido común antes que nada.

 


  * Salvador Enguix "Espolear el pánico en las aulas valencianas" 3/09/2020 https://www.lavanguardia.com/local/valencia/20200903/483283411693/espolear-el-panico-en-las-aulas-salvador-enguix.html

** "La Generalitat Valenciana investigará a una residencia de mayores con todos los usuarios contagiados" La Vanguardia / EP 3/09/2020 https://www.lavanguardia.com/local/valencia/20200903/483283417652/residencia-mayores-lope-rueda-torrent-todos-contagiados-investigacion.html

domingo, 23 de agosto de 2020

La vuelta incierta

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Finalmente, apenas hay otra cosa: la vuelta a la escuela. La agenda mediática está ocupada con este imperativo, una vez terminado el tema del turismo o, si se prefiere, de su ausencia. Si revisamos los medios de hace tres semanas, el regreso a las aulas apenas aparece. Ahora no hay otra cosa. La historia de la España desde marzo es la historia de las lamentaciones. Uno tras otro, los temas aparecen cuando no ya no hay más remedio, repitiendo el mismo esquema. Ahora le toca la escuela... y a los prostíbulos, un extraño maridaje temático.
La sucesión de los temas no es trivial. Revela algo sobre nuestras prioridades y en nuestra forma de trabajar sucesiva. Cada tema arrastra a sus damnificados, responsables y expertos que rápidamente saturan el medio con sus discursos.
La sucesión es lo contrario de la previsión. El titular suele empezar por "preocupación" y termina con "indignación", como ocurre ahora con la educación y ha ocurrido antes con otros sectores, como la hostelería o el ocio nocturno. Empiezan preocupados y acaban indignados. Se empieza pidiendo ayudas y se termina pidiendo compensaciones.


Como en cualquier sector, unos y otros ponen sobre la mesa ventajas e inconvenientes, carencias y necesidades. En el caso educativo, las carencias se acumulan. Son el resultado de una falta de previsión notable. No se va a improvisar en unos días lo que hace falta, que es mantener las medidas generales de protección e invertir en lo que hace falta, medios, espacios y personal. Y eso es lo que no se ha dado.
De nuevo vuelven a clamar por unidad y por no afrontar cada uno la implantación de medidas. El fin de esto lo hemos vivido con el turismo, solo que aquí no hay ganancia ni patronal, sino padres, que aunque la raíz sea la misma, tienen un talante distinto porque lo que se juegan es muy diferente.
De nuevo, el conflicto se traslada de lo público a lo privado. Las escuelas públicas obedecen lo que les dicen... o se declaran en huelga. En la privada este es el único lujo que no se pueden permitir y ven en ello una forma de competencia. La seguridad para quien la financia. Un entorno más seguro, como el que se paga la seguridad en casa contratando un sistema antirrobo, es para quien invierte en ello. Otro motivo de enfrentamiento.


No hemos sido capaces de asegurar la seguridad de las residencias, otra vez con brotes, ingresos en UCI y muertes ¿y vamos a asegurar las escuelas? Los niños entran y salen cada día de la escuela. Lo único que se puede es tratar de asegurar algo en lo que muy pocos creen: la ausencia de contacto, el mantenimiento de las distancias. Lo más sencillo, dentro de lo que cabe, la higiene, con mucho lavado de manos.
Las residencias pueden ser cerradas con los ancianos confinados y prohibición de visitas, ¿pero las escuelas? ¿Las cerramos con los niños dentro? Parece poco probable. No sé cómo estarán, pero seguro que hay cola en los viejos internados, que se cierren a cal y canto, un entorno controlado al alcance de pocos. Es la auténtica burbuja si se cierra bien, ¡pero es tan difícil estar aislado! Recordemos los misteriosos contagios de tripulaciones que llevaban meses en alta mar.
Pero el problema será lo que ocurre en las casas. La seguridad que se pueda mantener fuera se rompe dentro. Un solo miembro de la familia puede contagiar dentro al resto. Ese concepto de "convivencia" que están usando para sentarse en una cafetería es más teórico que práctico porque nadie vive realmente de esa manera. Cada día nos relacionamos con gente distinta, más allá del entorno estable. Vuelvo al ejemplo de error cometido por Japón con el barco con contagiados al inicio de la pandemia: acabaron contagiándose unos a otros en uno de los casos de mayor estupidez estratégica vistos.


Parece que han pasado años, pero ha sido hace apenas unos meses. El efecto del COVID19 sobre la percepción del tiempo es grande. El pasado se hunde a enorme velocidad separándose de nosotros. Puede que sea el deseo que tenemos de perder de vista esta situación tan compleja. Pero no es bueno olvidar.
Nuestras autoridades tratan de tranquilizarnos diciendo que por muy mal que estén las cosas, "esto no es marzo", frase que debería quedar para los anales de la Historia. Refleja el punto al que se llegó... y al que se puede llegar. De nuevo, el criterio es el de la saturación de UCI y hospitales, del agotamiento del personal sanitario. Los contagios son muchos, creciendo cada día, y las muertes, nos aseguran, son menos porque baja la media de edad. Es un pobre consuelo, desde luego. Se trata finalmente de ir tirando hasta que llegue es anhelada vacuna (no fiarse de rusos ni chinos es la consigna), maná del cielo, tranquilidad de gobernantes y que asegure la llegada a una "novísima normalidad" y salir de esto.
Como sociedad debemos estar preparados para lo previsible, que es lo que ocurrirá con las escuelas al igual que ha ocurrido con otros sectores. No iba a ser algo distinto. 


Lo que hay que tener es protocolos claros y asequibles a los medios disponibles, que es lo que hay que incrementar. Desgraciadamente, con el tiempo que hay, el tipo de reformas del espacio necesarias no van a ir más allá de marcar algunas mesas como no utilizables allí donde sea posible. Tampoco da para mucho resolver las necesidades de personal, lo que llevará a otra disputa con los sindicatos en el momento que se presenten "voluntarios" de apoyo, como ya ha ocurrido con los "rastreadores voluntarios".
No se ha avanzado nada en los caminos que se debía haber recorrido. Es mejor la queja que el arrimar el hombro todos juntos. Nos siguen minando nuestros propios defectos, nuestros vicios irrenunciables, los que nos hace preferir la gresca al acuerdo. Son ya años de selección de dirigentes por su capacidad de morder al contrario antes que por su capacidad de acuerdo. Y esto se paga.


¡Lo que costó decretar un estado de alarma necesario, como se ve perfectamente hoy! ¡Y lo pronto que se vieron de nuevo las disputas cuando cada uno quería gestionar su "propio éxito local"! De nuevo, ante el desastre, salen las voces de la unidad necesaria. Nadie quiere excederse en medidas y ser señalado por el dedo comparativo acusador. De nuevo se pide Fuenteovejuna, todos a una, pero el espíritu tras la mano tendida es el mismo, el de la tregua mientras pasa el chaparrón. 
A estas alturas, se han desaprovechado las televisiones autonómicas para crear calanes educativos, seleccionar materiales adecuados de apoyo, producirlos si es necesario. Se ha preferido seguir con las infumables programaciones, concursos y turismo, vídeos de las redes, películas y videoclips. La televisión es un medio que llegar por todas las vías, barato. Los intentos de hacer programas para el curso anterior se saldaron con críticas brutales, porque aquí se defiende el barco propio, aunque esté ya en el fondo del océano.
Igualmente solo se han desarrollado programas educativos por algunas empresas que han visto, con razón, la necesidad de elaborar materiales complementarios. Tampoco materiales impresos, libros de textos aplicados a las materias que sirvan de apoyo específico. Todo va a esa esperada reunión de la "última semana de agosto", en una angustiosa cuenta atrás en la que comprendemos lo suicida del vuelo.


La maquinaria del estado es demasiado pesada, demasiado lenta y contradictoria para actuar con agilidad y consenso. Los titulares hablan de angustia, enfado, desesperación, incertidumbre, etc. respecto a la lo que llegará en unos días. No se podía esperar mucho más a la vista de lo ocurrido en esta etapa de la "desescalada", que no lo era tanto.
Lo prioritario era el turismo, contentar a las patronales de los sectores. No ha servido de mucho a la vista de los resultados. Ahora le toca al mucho más débil sector educativo que se las tendrá que ver con lo que llegue sin demasiadas esperanzas o ayudas.

Seguimos queriendo fraccionar la realidad para manejarla. No hay sector "seguro" si las medidas no se toman adecuadamente y, lo que es más importante, con fianza y buena voluntad, ayudando todos porque la enseñanza afecta a la totalidad de la sociedad. 
Nos falta la mentalidad de conjunto, seguimos con el sectarismo y la queja en vez de poniendo soluciones y esfuerzo conjunto encima de la mesa.
La enseñanza pública, como la sanidad pública, lleva décadas reduciéndose, cerrando colegios y con pocas plazas y mucho interino. 
Ahora pagamos esos recortes sectoriales Hoy nos damos cuenta de sus efectos con todo su dramatismo. El sector público ha ido perdiendo eficacia, recortado, mutilado. Residencias, hospitales, escuelas, universidades, transportes públicos... todo llevado al límite de la subsistencia y la buena voluntad. Tenían razón los sanitarios y ahora los maestros y profesores. No hace falta tanto aplauso, sino valorar estos sectores y a a quienes están en ellos en función de su enorme importancia social. Ahora tenemos el drama, ya llega septiembre, aquel mes tan lejano, el que sigue al verano sin turismo.
Los problemas del regreso a la escuela están por todas partes y muchos serán inevitables. Pero es la sensación de improvisación, de falta de coordinación lo que irrita e inquieta. Hay muchas decisiones pendientes de las indicaciones, de un poco de luz.
La educación se nos cae encima, como se nos cayó encima la sanidad. Ahora es el "cole"; en unas semanas será la "uni". Vuelta a empezar, cambio de titulares, nuevas polémicas... lo de siempre.


domingo, 5 de julio de 2020

Cosas de niños y el COVID19

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El COVID19 tiene sus misterios en el plano biológico y sus sorpresas en el social. Como acontecimiento sistémico y global, la pandemia ha cambiado todos nuestros hábitos directa o indirectamente. Al cambiar, se revelan nuestras carencias, nuestras debilidades, al igual que la capacidad de resistencia. Otra cuestión es la proporción entre defectos y virtudes, pero lo cierto es que debe ser tomada como una ocasión de escudriñar en aquello que nos parece normal escondido tras lo cotidiano. Como sabemos desde hace tiempo, el aislamiento ha mostrado cambios positivos en personas y sectores que se han dado cuenta del tipo de vida que llevaban de repente. Y no les ha gustado. El cambio de hábitos no siempre es malo.
La Vanguardia nos habla de algunas cuestiones inesperadas encontradas en los estudios al tratar de detectar cómo había afectado a los niños el parón. Recordemos que una de las puntas de lanza para ganar de nuevo la calle fueron los niños, en cuya defensa se iban rascando horas y franjas horarias al confinamiento.


El estudio comentado en el diario lleva por título ‘Seis semanas de confinamiento: Efectos psicológicos en una muestra de niños de infantil y primaria’, y ha sido presentado esta semana por las psicólogas especializadas en desarrollo infantil, Marta Giménez-Dasí y Laura Quintanilla. Lo que inicialmente era el seguimiento en dos escuelas de la Comunidad de Madrid sobre la cuestión del acoso escolar decidió dar un giro aprovechando el parón y no desperdiciar las observaciones recabando información en el confinamiento. Nos explican:


En pleno desarrollo del trabajo, llegó la pandemia del coronavirus, los colegios cerraron sus puertas abruptamente el 11 de marzo y el proyecto se paralizó. Pero lo que parecía un contratiempo se convirtió en una oportunidad para analizar la respuesta emocional de los niños al confinamiento. Durante las primeras semanas de la cuarentena, durante las que se instauraron las medidas de prevención más rigurosas, incluida la prohibición expresa de salir de casa, numerosos expertos alertaban de las consecuencias para la salud mental de los niños del encierro.
Sin embargo, estas observaciones no coincidían con la percepción de algunos padres sobre la reacción de sus hijos. “Al cabo de unas semanas, comentando la situación con compañeros psicólogos y otra gente del entorno, varios coincidíamos en apreciar que nuestros hijos estaban mucho mejor de lo que esperábamos. Se mostraban felices de estar en casa, relajados. Así que decidimos estudiarlo”, revela la psicóloga.*



Dos cosas interesantes. El primero es la capacidad de adaptación del estudio para acogerse a las nuevas circunstancias. No todo el mundo lo haría. En este caso, además, ha servido para dejar en evidencia la voz de los expertos que, reclamados una y otra vez por los medios, tienden a equivocarse en muchos casos, como ocurre aquí. Afortunadamente, para eso están los trabajos experimentales o de campo, para corregir la teoría o aclarar las expectativas.
Creo que los resultados de este trabajo dicen muchas cosas en diversos niveles, más allá de los puramente escolares, precisamente porque la escuela no es un sistema aislado, sino profundamente conectado con muchos otros aspectos de la vida social, familiar, laboral, etc.
¿Qué detectó el estudio?

(...) el equipo de trabajo seleccionó las variables más relevantes de la encuesta original y volvieron a preguntar a los niños y a sus padres cómo se encontraban. Los resultados fueron reveladores. En lo que respecta a los niveles de ansiedad, los niños y niñas de 6 años no mostraron cambios significativos, pero en el tramo de edad entre los 8 y 10 años se aprecia una disminución “significativa” de los niveles de estrés.
Las investigadoras incluyeron en esta segunda ola del estudio una pregunta abierta dirigida tanto a padres y madres como a los niños para evaluar cualitativamente el estado psicológico de los pequeños. Curiosamente, las respuestas de unos (los adultos) y otros (los niños) fueron muy distintas. Por un lado, el 38% de los padres observaban en sus hijos dificultades relacionadas con la regulación emocional (cambios de estados de ánimo, apatía, más quejas) y el 20% apreciaban modificaciones en las pautas de sueño o de alimentación. En general, el 64% de los padres de niños de Primaria y el 55% de los padres de niños de Infantil percibían que sus hijos estaban peor que antes de la cuarentena.
Por el contrario, la respuesta más frecuente de los niños fue que “estaban genial en casa” (31%) o que “estaban genial en casa, pero a veces se aburrían” (25%). Las emociones negativas fueron mencionadas con menos frecuencia: solo el 14% decía echar de menos a sus amigos, el 9% echaba de menos ir al colegio y el 5% admitía “estar nervioso”.*

¿Niños relajados y padres estresados? Una lectura con estos datos da la impresión que eran los padres los que proyectaban su estrés sobre los niños. Su propia ansiedad les hacía ver algo que los propios niños no confirmaban. Las diferencias de percepción de la parada de la "vida corriente" (interesante expresión que ya nos dice algo) entre niños y adultos tiene sentido. ¿Por qué iban a percibir lo mismo?


Lo que deja en evidencia el estudio es nuestra falsa percepción de la realidad familiar. No es casual que los psicólogos y sociólogos expliquen cada septiembre el aumento de la presentación de divorcios tras las vacaciones. "Los divorcios son para el final del verano" (Crónica Global 19/08/2026), "Septiembre, el mes de los divorcios: se piden un 30% más por culpa de las vacaciones" (20 minutos 14/09/2007), "Los divorcios son para septiembre (Finanzas), "Razones por las que los divorcios aumentan en septiembre" (ABC 25/09/2016), "¿Por qué hay más divorcios tras las vacaciones?" (Heraldo 12/07/2017)... son solo algunos de los titulares que cada año nos llegan en la temporada. Otro tema recurrente es el del llamado "síndrome de la vuelta al trabajo", que muchos psicólogos niegan, pero que a algunos afectará. Ambos casos apuntan en una misma dirección, la incomodidad de nuestras vidas en las que confluyen todos los conflictos, los laborales, los familiares y los emocionales. Solo tenemos una vida, sobre la que recae todo el peso, aunque nos parezcan escenarios distintos. Más allá del tópico, nadie deja fuera los problemas y tensiones, salen por donde salen. Los problemas de los adultos no son los problemas de los niños, pero son problemas porque las tensiones las crean hasta los problemas imaginarios.


Lo que el estudio muestra son esencialmente dos cosas, que la familia padece por el régimen de vida supeditado a la vida laboral y que el niño también padece ansiedad creada por la escuela, las presiones de las familias, el abuso de actividades, etc.
Las autoras del estudio acaban señalando:

Estas apreciaciones pueden resultar sorprendentes si se tienen en consideración las prospecciones realizadas por muchos expertos al inicio de la cuarentena. Pero lo cierto es que coinciden con la percepción de otros psicólogos que han seguido haciendo terapias antes, durante y después del confinamiento. “En la clínica hemos observado que a algunas familias les ha sentado bien esta experiencia”, revela Amalia Gordóvil, psicóloga familiar en el centro GRAT de Barcelona. “Algunos padres me comentan que el hecho de haber parado este ritmo frenético de vida le ha ayudado a conocer mejor la personalidad de sus hijos”, añade.

¿Tiene que haber un desastre de este calibre para que las familias se conozcan, para que haya un clima más relajado que evite el estado de estrés permanente en el que vivimos? Quizá sí. No es lo deseable, pero es como el terremoto que deja al descubierto valiosas ruinas. No deseamos los terremotos, pero si podemos obtener algún beneficio, mejor que mejor.
¿Ha sentado bien el parón del coronavirus? Parece que hay cierto temor a decirlo, sobre todo por el gran sufrimiento acumulado por víctimas mortales, enfermos y sus familias, por el desastre económico. Los niños no han tenido mucho reparo en decir que la situación ha mejorado para ellos, por algo son niños. Para los adultos, en cambio, ha sido un motivo más de preocupación; a las preocupaciones laborales se les añade la preocupación por la falta de práctica en la convivencia con sus propias familias, reducida al fin de semana y las vacaciones, en muchos casos.
Por eso no nos debe extrañar el comentario de Gordóvil sobre que "a algunas familias les ha sentado bien esta experiencia". Hemos escuchado en estos días muchas quejas de familias que decían estar estresadas por las condiciones laborales, el confinamiento y, además, tener a los niños en casa. Los niños, en cambio, parece que mayoritariamente han considerado esta experiencia como positiva.


Tengo una amiga con dos hijas menores de diez años. Cuando hablamos le pregunto qué tal llevan el confinamiento y todas las veces me ha contestado "¡sorprendentemente tranquilas!" Me imagino que no será así en todos los casos, pero muchos se han adaptado al parón mucho mejor que sus padres.
Con los resultados del estudio en las manos, señalando sus limitaciones por el tamaño de los datos manejados, el artículo de La Vanguardia se cierra con un aviso:
Para Giménez-Dasí, esta medida supone una llamada de atención al sistema educativo, que se percibe como uno de los factores que contribuye a la ansiedad de los niños. “Si lo niños tuvieran una motivación genuina al aprendizaje en la escuela esta medida no hubiese bajado tanto”, argumenta. A los niños más mayores entre los evaluados (entre 8 y 10 años) les ha costado mucho centrarse en las tareas escolares que les han mandado hacer en casa. Los niños más pequeños tampoco querían volver al colegio, ni tan solo para ver a sus amigos. Simplemente, se desconectaron del colegio.
“Esto es un problema que el sistema educativo en España arrastra desde hace mucho tiempo. Durante la cuarentena se ha demostrado su fragilidad”, aduce Giménez-Dasí. “Los niños de hoy en día no son conformistas. Son críticos y reivindicativos, y cada vez llevan peor lo que hacen en el cole porque no les motiva”, concluye.

Y este sistema educativo va de la guardería a los doctorados, lo recorre como una enfermedad de arriba abajo. Tenemos un enorme desafío por delante. Las expectativas de un curso normal (para antes o después) se ven cada vez más inciertas. El número de rebrotes crece y el verano no ha hecho más que empezar. Un miembro contagiado es una familia confinada, cuarentena para todos. Un aula con un contagio es cuarentena para todos, como está ocurriendo con empresas, bloques enteros y barrios.


Para la educación es un reto. Pero lo es también para las familias. Que los niños no echen demasiado de menos las escuelas no es buen síntoma, efectivamente.  Podemos preguntarnos por qué o no hacerlo y seguir pensando que son cosas de niños, que ya se les pasará.
Hemos construido una sociedad del placer y no de la felicidad, con lo que compensamos nuestras frustraciones sociales a golpe de ocio, entretenimiento y gasto. La escuela, desgraciadamente, se ha convertido en mucho ocasiones en la rampa de entrada a ese mundo. Que los niños  no sientan prisa en el regreso, que estén menos estresados de los previsto debería ser un aviso que no debemos perder de vista. No creo que lo hagamos. 
No se trabaja sobre las vocaciones (¿cuánto tiempo hace que no escuchamos esta palabra?) ¿Para qué hacerlo cuando las probabilidades de trabajar en lo que nos gusta y satisface han quedado reducidas a mínimos? Deberíamos idealizar menos la escuela y ser más críticos para mejorarla, preguntarnos qué es realmente educar. Pero no se hace. Nos importa la formación de futuros trabajadores y ya no lo escondemos. Nos importa su rendimiento y que sean sustituibles, y el sistema lo planifica y produce. No es de extrañar que el grado de descontento, irritabilidad, desapego, etc. sea creciente. Es lo que caracteriza a nuestras sociedades cada vez más centradas en el beneficio. Por eso hay tanta  tanta frustración en las aulas, del acoso al fracaso escolar. Evidentemente habrá que regresar a las aulas, pero se puede hacer de muchas maneras. Esperemos que también las familias en su conjunto haya aprendido algo de esta convivencia inesperada.
El valor del estudio está más allá de su muestra. Creo que poner sobre la mesa este tipo de problemas es valioso por sí mismo. Si ha salido de un trabajo de campo o de la observación crítica en el día a día de la escuela o cualquier otro nivel educativo, lo importante es no ignorarlo. La Pedagogía es un campo en el que es esencial el debate porque es donde se crea el molde de lo que seremos. Sobra tecnocracia y falta sensibilidad humanística.
La pandemia, como dijimos al principio, deja al descubierto muchas cosas. Unas nos gustan menos que otras, pero si las ignoramos, en la próxima oleada se multiplicarán los problemas.



* Juan Manuel García "¿Has notado a tus hijos menos estresados durante el confinamiento? Un estudio explica el porqué" La Vanguardia 04/07/2020 https://www.lavanguardia.com/vivo/psicologia/20200704/482061482884/confinamiento-redujo-ansiedad-infantil.html