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sábado, 1 de julio de 2023

Violencia francesa

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

La violencia que se está viviendo en Francia a raíz de la muerte del joven Nahel a manos de un policía busca algún tipo de explicación. Podríamos entenderlo de una forma mecánica, como efecto-causa, pero eso se nos queda a todos un poco corto. Para algunos que se hacen la pregunta, la violencia no es una respuesta a una situación, sino que está esperando la ocasión. Habría, en este sentido, una violencia acumulada que estallaría cuando se dieran las circunstancias adecuadas.

Es frecuente que, en casi todas partes del mundo, a las protestas por cualquier hecho o situación le siga una respuesta violenta. Es raro, de hecho, que cierto tipo de manifestaciones acaben de forma pacífica. Francia lleva cierto tiempo en que esto ocurre mostrándose unas peculiares relaciones entre el poder, la opinión pública y lo que llamaremos la calle.

Hay muchas formas de interpretar esta situación que no es trivial. Francia tiene su propia historia de protestas, su propia especificidad. Es el lugar marcado por sucesivas revoluciones, desde la grande de 1789 —referencia para bien y para mal de otras— hasta las Comunas o Mayo del 68.

En RTVE.es nos hacen el siguiente resumen de lo que piensa el presidente Macron de lo que está ocurriendo: 

En una reunión de emergencia del gobierno para tratar los disturbios que asolan Francia desde hace tres días consecutivos, el presidente Emmanuel Macron ha culpado a las redes sociales y a los videojuegos como parcialmente responsables de estos disturbios. Macron expresó que las redes sociales como Snapchat o TikTok tuvieron un “papel considerable” en fomentar los actos violentos.
También añadió que a veces, da la sensación de que los jóvenes creen estar “viviendo en las calles de los videojuegos que los han intoxicado”.

Ha anunciado que en las próximas horas se tomarán varias medidas, entre ellas, eliminar el contenido sensible de las redes y organizar una colaboración entre el gobierno y las plataformas con el objetivo de crear una “respuesta eficaz”.

Desde la muerte del joven de 17 años a manos de la policía este martes, el país galo vive una oleada de disturbios que este jueves se ha saldado, según el Ministerio del Interior, con 875 personas detenidas y 249 policías y gendarmes heridos. Interior también ha confirmado que los manifestantes atacaron 492 edificios públicos, en gran medida pasto de las llamas al igual que 2.000 vehículos incendiados.


No digo que no haya gente que no viva la vida como un video juego, de la misma manera que Don Quijote la vivía como una novela y otros lo han hecho con películas. No sé si le ha llegado el turno a los videojuegos y a las plataformas. Por más que pueda haberlos (creo que sí hay personas que viven su propio videojuego), lo cierto es que la respuesta de Macron se nos queda muy corta para analizar un fenómeno mucho más amplio y que no tiene porqué ser idéntico en todos los casos. Que veamos a la gente hacer lo mismo no significa necesariamente que todos lo hagan por lo mismo.

La respuesta más sencilla es que lo hacen "indignados" por algo que ha ocurrido. Creo que no le hemos dado las suficientes vueltas al concepto de "indignación" o que, quizá, le hemos dado demasiadas.

Creo que no se deben confundir las causas con los vehículos (las redes), si bien el medio es parte del mensaje. ¿Hay una violencia inherente a "Snapchat" o a "TikTok" como quiere creer Macron? Creo que las redes en sí no son las causantes de la violencia. Lo que añora Macron es un tiempo en el que el poder controlaba o vigilaba la opinión. La comunicación horizontal, la no jerárquica, es prácticamente imposible de controlar en un país democrático y controlado por el mundo empresarial de la comunicación sin contenidos, es decir, el de la distribución, el de las redes, el mundo que vive de la circulación de información más que de su contenido.

Si Emmanuel Macron cree que censurando las redes va a controlar la violencia, creo que se equivoca. Lo que Macron hace es simplemente desviar la atención del problema real: ¿por qué un agente de Policía mata a un joven? El problema no es solo de Francia, claro. Lo tenemos cada poco tiempo en los Estados Unidos y ningún país está libre de él.

Quizá el problema no esté solo en esas redes sociales o los videojuegos. Si todos los que participan en la violencia fuera a causa de los videojuegos tendríamos un gravísimo problema. Por eso no creo que sirva de mucho lo que propone, más allá de las dificultades de hacerlo cumplir.

Quizá el problema está precisamente en esa ignorancia de una violencia que existe en la sociedad, con diversos grados y causas, y que va creciendo hasta que estalla en cuanto que encuentra la excusa adecuada. Violencia es, sin duda, el asesinato del joven Nahel; violencia es, sin duda, la respuesta.

La lucha está ahora en la interpretación. Macron le echa la culpa a los videojuegos y a las redes sociales. No creo que llegue muy lejos por ese camino. Las medidas que tome en esa dirección resultarán absolutamente improductivas.

Algunas ciudades francesas, ante los conflictos callejeros, han prohibido el uso del transporte público a partir de ciertas horas. Alguno quedaría satisfecho echándole la culpa a los autobuses.

Me ha llamado la atención de las imágenes que nos suministran, las de un joven encapuchado sobre un coche blanco. Salta y lo patea con una singular forma de rabia. No se enfrenta a la Policía, como hacen los compañeros que están alrededor. Simplemente tiene una lucha con el vehículo que está debajo de él, sobre el que desahoga ¿su rabia, sed de venganza, inconformismo, impotencia? Es un deseo rabioso de destruir que se manifiesta en esos instantes sobre ese coche.

Quizá estamos acumulando demasiadas tensiones, demasiada rabia, demasiada indignación en un sistema demasiado frágil e inconsistente, completamente volcado sobre la imagen y no sobre las cosas que valen como reales.

La violencia es humana; responde a causas que unas veces nos sirven de explicación, de justificación y otras las vemos irracionales. Es un indicador de algo, ya sea en lo personal o en lo social. Hay otras muchas formas de violencia que nos rodean más allá de la causada en esas noches tras un asesinato. No vivimos en una sociedad en paz. 

Quedarse en el caso de Nahel es no pasar de las consecuencias y tomarlas como el origen de todo. Creo que es un doloroso episodio de una larga serie de formas violentas. No se trata de dar la "razón" a nadie porque la violencia es irracional, es deseo reprimido que estalla.

El titular de RTVE.es "Llamamiento a todos los padres". Macron se equivoca. No va a solucionar nada con esas medidas y menos intentado fijar el problema en esas raíces, con ese tono. Si hay algo peor que una medida ineficaz es una interpretación errónea de las causas. No tiene, además, la edad para ser de Gaulle, aunque sí las ganas de serlo.

Nuestra sociedad está interiorizando la violencia que la rodea. Esa violencia es amplia, de lo económico a lo ético. Los estallidos de violencia son respuestas a esa violencia que llamamos normalizada, un continuo acumular de flecos. La violencia es un sistema de traducción que va reconvirtiendo los discursos o hechos iniciales a cada circunstancia. Hay que leerla por encima del contexto; hay que leer su fondo. 

* "Llamamiento a todos los padres" RTVE.es Play 30/06/2023  https://www.rtve.es/play/videos/modo-digital/francia-macron-cupla-redes-sociales-videojuegos-violencia/6925688/ 

domingo, 1 de noviembre de 2020

Las armas y las elecciones norteamericanas

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)


Creo que nadie recuerda un clima como el de estas elecciones en los Estados Unidos. Es un sentimiento general que serán distintas, como lo ha sido el propio mandato de Trump, marcado por una personalidad que tampoco se recuerda. Trump ha sido el político anti político, el presidente anti sistema. Ha convencido a sus seguidores de ser un "self made man", cuando vivió de los millones familiares; ser un exitoso hombre de negocios, cuando las cifras salidas de los impuestos que ocultaba dicen otra cosa; les ha convencido de ser un defensor de la familia, cuando ha tenido que silenciar a amantes y prostitutas a base de acuerdos extra judiciales. Y ha conseguido algo mucho más complicado: levantar sospechas sobre la propia democracia norteamericana, que será puesta en duda si el destino no se cumple con su "reelección", el único resultado que aceptará.

La idea de una transición "amable" no creo que la haya pensado nadie, teniendo en cuenta su carácter. Pero tampoco se podía imaginar nadie que se pudiera llegar al extremo de violencia y miedo que hay ahora en las calles de los Estados Unidos por temor a lo que pueda ocurrir si pierde las elecciones o, incluso, si las gana.

Desde hace días, los medios norteamericanos dan noticia de una situación histórica. Nos muestran a la gente acumulando provisiones y a los comercios protegiéndose por los disturbios que pudiera haber le siguen las inquietantes noticias sobre las ventas de armas. Hace unos días, la prensa norteamericana hablaba del aumento de las ventas entre minorías, una reacción al aumento espectacular de armas entre la población blanca. Afroamericanos y latinos, muy por detrás en la posesión de armas, habían empezado a protegerse ante el crecimiento de lo que pueden ser continuación electoral de los disturbios raciales anteriores.

En La Vanguardia de hoy nos dan algunos datos:

Votos y balas, una combinación que asusta en Estados Unidos.

Armados hasta los dientes. Los estadounidenses llegan a la cita electoral del próximo martes con un récord histórico en la adquisición de armas desde el pasado marzo –efecto coronavirus–, que se ha incrementado conforme se acerca el 3 de noviembre.

Según datos de la industria, en estos siete meses se han vendido 19 millones de armas. Esto supone un incremento del 91% respecto al mismo periodo del 2019.

El miedo a la intimidación ante las urnas y posibles disturbios posteriores, en buena parte alentados por la insistencia del presidente Donald Trump en sembrar dudas sobre el sistema en caso de que pierda, está más de actualidad que nunca en estos comicios.

Algo inimaginable en anteriores citas: en cualquier conversación emerge el temor a que se produzca un conflicto a la vista de la profunda división que el gobierno Trump ha provocado.*

¿Hasta dónde llega el retroceso al que Donald Trump ha llevado la democracia y, más allá, la convivencia en los Estados Unidos durante su mandato? Es una pregunta que se podrá responder dentro de unos días.

Trump ha sembrado dudas sobre el funcionamiento de la democracia y las instituciones sobre las que se sustenta. Su teoría es elemental y clara para sus seguidores: si le ganan es porque han hecho trampas. Asusta la simpleza del razonamiento y, todavía más, que esta pueda ser seguido por millones de personas que pueden darlo por cierto. La amenaza de una minoría que lo acepte es un peligro en un país ya encendido por los conflictos previos.

De nuevo, la responsabilidad republicana es decisiva. Tienen que decidir si Trump ha sido un error o si deben continuar el error hasta el peligroso final. Hasta el momento, las autoridades  del partido ha respaldado a Trump. Son muchos los intereses y estos acabarán saliendo un día. Si, como muchos temen, la noche electoral se convierte en escenario de conflictos graves, el partido republicano se verá arrastrado hacia el desastre por el propio Trump que demostrará, entre otras cosas, que no les necesita. Los distintos movimientos entre los republicanos para alejarse de Trump  pueden ser por principios, pero también por el miedo a que no se salve nadie de la quema, que lo que quede del partido sea tomado por la ultraderecha supremacista, por los visionarios del cinturón bíblico y por los grupos de racistas.

Las especulaciones muestran ya un grado de degradación institucional, un clima de enfrentamiento como no se había visto en las elecciones norteamericanas. El indicador de las ventas de armas, de los comercios protegidos contra saqueos y lo que pueda ocurrir es ya terrible. Pero es el resultado de un Donald Trump que se planteó la presidencia como una especie de conquista eterna.


Trump no ha sido un político, sino un desmantelador de las instituciones y principios de la democracia. Este desprecio de las formas, que son mucho en la democracia, ha sido su marca, la muestra de que se percibe a sí mismo como un "conquistador" final.

Podemos ver a Trump precisamente como la culminación de la decadencia norteamericana, arrastrada por la incapacidad de asimilar sus propios principios y, sobre todo, su propio mito fundacional. Con Trump, los Estados Unidos han cerrado el ciclo mítico de la "tierra de la libertad", del "nuevo mundo", de la "tierra de promisión", de la "Nueva Jerusalén". Trump ha sacado a la luz todas las miserias y engaños respecto a un país creado para acoger; ha creado muros, ha separado familias, ha insultado a los países más débiles llamándolos "pozos de mierda", mostrando unas maneras impropias de no solo de un dirigente, sino que ha arrastrado a parte del país con ellas, despreciando al resto del mundo.

Con Trump, Estados Unidos se ha vuelto proteccionistas, imperialista, violento verbal y agresivo militarmente, ha maltratado a sus socios, ha abrazado dictadores, se ha salido de las instituciones internacionales que tratan de garantizar la gobernabilidad del mundo. Con Trump, los Estados Unidos exigen obediencia. La fuerza se exhibe como principal razón y solo ha quedado un principio: "America First!". Trump no quiere un mundo mejor, sino un mundo más americano, más controlado por los Estados Unidos. Quiere que se note y los demás noten que es la superpotencia que manda.

El problema es que el mundo ya no es así y un segundo mandato sería insufrible para el resto del mundo, abocado a desastres exteriores y a enfrentamientos internos. Basta con ver quiénes son los apoyos de Trump en el plano internacional, sus admirados declarados, para comprender la magnitud del desastre: de las dictaduras árabes, bien armadas por Trump, a los negacionistas del cambio climático, arrasadores de bosques, como Bolsonaro, o todos aquellos que buscan romper la unidad de Europa, que son amparados con sus visitas a la Casa Blanca, de un Nigel Farage a los autoritarios de los países europeos que desligándose de la democracia. Trump sigue la línea de la desunión, de sembrar discordias, debilitando a los enemigos para que su poder se multiplique.

Pero todo este juego de destrucción hace dos cosas: del mundo un lugar peor y más inseguro, por un lado, y echa por tierra la imagen de los Estados Unidos. Ninguna de las dos cosas le importan a Trump. Si Trump sigue, la economía de los Estados Unidos será agresiva, amenazante, basada en las sanciones, deshaciendo cualquier tipo de acuerdo para buscar la sumisión a una industria que necesitará exportar para sostenerse una vez cerrado el camino hacia China. El objetivo de Trump es sancionar a todos los que mantengan lazos con China, a la que ve como rival y el mal de su economía, pese a que la globalización fue una jugada norteamericana para expandirse por el mundo, como los fue la "Sociedad de la Información". El desarrollo de ambos fenómenos han mostrado al mundo que cuando pierde el control, como ha ocurrido con el avance superior de China en Inteligencia Artificial y el 5G, se rompe la baraja.

Las presiones sobre Europa solo van a conseguir expandir un conflicto de imposiciones y sanciones, de aranceles para dividir, como ha ocurrido con la respuesta de los agricultores franceses, a los que se les ha hecho pagar la factura por los apoyos estatales a la tecnología de Airbus.

La venta de armas en Estados Unidos, la protección de los locales, la acumulación de alimentos, etc. por lo que pueda ocurrir, ya sea por las palabras exaltadas de Trump o, como hace siempre, insinuando lo que se puede hacer si pierde, muestran un mal camino de los Estados Unidos. Wallmart retira sus armas de la venta por temor a ser un objetivo de asalto, un lugar donde acudan a por las armas en caso de conflictos.

Esta agresividad, que ya no se puede llamar "latente" porque es un hecho y ha tenido su demostración anteriormente, en especial en esta larga campaña electoral. Es un aspecto más de la agresividad que Trump tiene, crea y transmite en todos sus actos, palabras y decisiones políticas.

Se ha vendido su "éxito económico", pero se evita señalar los métodos y, especialmente, que el mundo se está preparando para afrontar esas políticas norteamericanas agresivas, como no podría ser de otro modo. El problema que tenemos en Europa es el ascenso de los trumpistas, del populismo racista y vendido a una visión del mundo agresiva, como podemos ver en países como España, Francia o Alemania, más los Polonia y Hungría ya marcados anteriormente. Son cuñas del trumpismo y de los intereses que le sobrevivirán.

No hay que ser ingenuos. Habrá trumpismo más allá de Trump. Y lo habrá porque el "trumpismo" es previo a Trump; este fue el elegido para poner la cara a un movimiento. Sus argumentos y, sobre todo, sus fobias han calado con un electorado que conjunta élites en la sombra con movimientos de calle. Comparte una visión agresiva del mundo y una idea de que el poder debe sentirse, lo que encarna un viejo principio de Trump sobre el dinero y el poder, ¿de qué sirve si no se usa? Por edad, si Trump pierde no será el siguiente candidato, pero habrá alguno en la recámara. La siembra está hecha.

Toda la prensa norteamericana y la internacional se ha hecho eco de este detalle significativo, la venta de armas disparada, la acumulación de alimentos y la protección del comercio. No es el mejor ambiente para ir a las urnas. Refleja un estado de cosas y, especialmente, el deterioro de la convivencia.

El mundo mira cada vez más preocupado hacia los Estados Unidos.


Financial Times

 * Francesc Peirón "La venta récord de armas alienta el miedo a incidentes tras las elecciones" La Vanguardia 1/11/2020 https://www.lavanguardia.com/internacional/20201101/49121764492/venta-armas-estados-unidos-incidentes-elecciones.html

domingo, 26 de julio de 2020

El autoritarismo de Trump o los terroristas son los otros

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Donald Trump está batiendo todos los estándares de lo que debería ser un presidente. Hace algunas semanas advertíamos del peligro de su necesidad de dar la vuelta a los resultado de las encuestas que lo muestran en picado con su desastrosa gestión de la pandemia, el deus ex machina que no estaba escrito en su guión presidencial. Temíamos que en su busca de algún factor que le llevara a primera líneas, se viera afectado, especialmente en el terreno exterior el precario orden que ha ido dejando como herencia al que le suceda en la casa Blanca y, de paso, al resto del mundo. Aunque Trump salga de Washington, su herencia no será fácil de llevar, ya que son muchos los problemas que nos dejará.
Parece que Trump ya ha elegido cómo tratar de recuperar el terreno perdido en su electorado. Las dos estrategias se perfilan como las que tendrán como función mostrarlo como el presidente indispensable que Estados Unidos y el mundo necesitan.
En la parte exterior, juega a lo seguro: recrudecimiento de los ataques a China. Sus principales bazas son la responsabilidad por la pandemia, intentando mostrarse como un líder mundial capaz de encabezar un potente movimiento internacional anti China. Pero para ello solo ha logrado, hasta el momento, reclutar a los que ya estaban en sus huestes, Australia (que se enfrenta a duras sanciones de China, de quien depende en muchos aspectos por sus exportaciones), Reino Unido (a regañadientes con el tema del 5G y más "motivada" con la cuestión de Hong-Kong). Sin embargo, son ya muchas las voces de analistas que critican las últimas maniobras de Trump contra China como maniobras electoralistas, jugadas de cara a la galería, como ha ocurrido con las detenciones de científicos chinos en Estados Unidos o el cierre del consulado de Houston. No puede ser de otra forma porque hasta el momento, los Estados Unidos solo han lanzado acusaciones sin poner una prueba encima de la mesa en  ninguno de los casos que Trump ha abierto contra China. 

La Vanguardia
El caso más claro son las acusaciones contra Huawei, basadas en la posibilidad de que la empresa entregara información al gobierno chino. No hay más que especulación que le sirve para frenar a los competidores mundiales, que ya son reales, en el campo tecnológico, un aspecto que deja en evidencia al declive norteamericano o, si se prefiere, el ascenso de China. Trump ha tenido en esta línea poca contestación porque nadie se atreve a salir a decir claramente que no ha habido pruebas de ningún aspecto utilizado. Pero la culpabilidad tecnológica de China cuadra bien a una mentalidad nacional que en vez de aceptar que ha sido adelantada en muchos sectores punteros, establece que los avances del contrario se basan en el robo intelectual, algo que no explica por qué esta tecnología tan potente norteamericana no sale a la luz. Más bien, lo que ha hecho Trump es dar una excusa política para deshacerse de los rivales tecnológicos e imponer por la fuerza a los demás (caso de Reino Unido) que se siga dependiendo de los estados Unidos, algo que no había supuesto un choque directo cuando creíamos en la palabra "aliados" que Trump, con su mentalidad comercial y autoritaria ha transformado en "clientes cautivos", algo que hemos tenido ocasión de analizar aquí en múltiples ocasiones en estos años de su mandato. Puede que no haya sido el primer presidente que lo ha hecho, pero sí el primero que alardea de ello y no se molesta en convertirlo en exigencia.
Hay estrategia de presión, de amenaza en nombre de ese concepto mágico que todo lo autoriza, llamado "intereses norteamericanos". Estos van desde prohibir comprar a un país, eliminar una marca extranjera, amenazas de aranceles, etc. Todo se considera justificado por los intereses norteamericanos, incluidos sus empresas o ciertos particulares. 
Cuando se llega a ese límite, nada es discutible, todo está justificado, del chantaje a la fuerza bruta de la intervención. Te sirve para bombardear, eliminar mediante comandos a los que has fijado como tu "objetivo", imponerte aranceles como forma de chantaje o cualquier otra medida que el norteamericano trumpista aplaude como forma de revancha, convencido que el mundo es ingrato y necesita una lección. El maestro corrector, claro, es Donald Trump.



Pero es el interior, el otro aspecto, en donde Trump se está volcando con más fuerza y jugando las bazas más peligrosas. El presidente ha mantenido múltiples conflictos con estados o ciudades, no le ha importado nada entrar en insultantes debates con gobernadores o con alcaldes. Pero esta vez puede que haya calculado muy mal su jugada para intentar reforzarse ante las bases republicanas. Me refiero al uso de fuerzas federales para intervenir directamente en las manifestaciones antirracistas que se producen en muchas ciudades norteamericanas, casualmente demócratas.
La CNN ha publicado un artículo firmado por Angela Dewan con el titular "Trump is calling protesters who disagree with him terrorists. That puts him in the company of the world's autocrats". El artículo tiene tres partes definidas, comenzando por la descripción de las actuaciones de fuerzas que llega a calificar como "paramilitares", una segunda parte donde trata de esclarecer el sentido del término "terroristas" aplicados a los manifestantes y finalmente una comparación con figuras autoritarias del ámbito internacional que ha hecho algo similar, del egipcio Abdel Fattah al-Sisi al turco Erdogan, pasando por otros dirigentes autoritarios a los que Trump pondera, imita o inspira.

Heavily armed, unidentifiable security agents dressed in camouflage have been snatching anti-racism protesters off the streets of Portland, Oregon, and bundling them into unmarked cars, with no clear justification. They're scenes you might expect to see in authoritarian countries, not in America.
It turns out that among the hodge-podge of paramilitary-style officers wearing no name badges were many from the Department of Homeland Security, established after 9/11 primarily to deal with terrorism. More specifically, the officers were from the department's Customs and Border Protection agency, which is supposed "to safeguard America's borders" from dangerous people and materials. 
US President Donald Trump has repeatedly branded anti-racism protesters in the country as "terrorists," and his promise to "surge" his paramilitary-style units from Portland to other Democrat-run cities in coming weeks shows he is willing to employ the repressive tactics used by autocrats to vilify those who challenge them.*



Es este último aspecto el que preocupa desde muchos medios e instituciones. Desde el 11/S Estados Unidos abrió la fábrica del etiquetado del "terrorismo", incluyendo en las listas a quien le parezca bien. Diversos autócratas han imitado el modelo y bajo la etiqueta "guerra al terror" se mete a países enteros, a estados, a organizaciones, a personas, etc. muchas veces con el fin de acallar las meras críticas. Aquí lo hemos podido ver con frecuencia en el caso egipcio.
La idea de "guerra al terror" deja las manos libre frente a la "declaración de guerra" tradicional y sus implicaciones. Puedes bombardear una casa en un tercer país diciendo que allí se encontraban potenciales enemigos o que se estaba preparando un atentado contra tus intereses, etc. No hace falta traer muchos casos, porque son algunos recientes. Estados Unidos lo ha hecho contra sus enemigos exteriores. Los dictadores lo han hecho contra sus enemigos o críticos interiores, sirviéndoles para limpiar sus calles e instituciones de críticos u opositores. Es lo que le permitió a Erdogan desmantelar instituciones, de los jueces al ejército pasando por las universidades, abogados, etc. Basta con llamarlos "terroristas" para que el mundo se calle o, al menos, los gobiernos aliados que encuentran una excusa para evitar condenar, como ocurre con los casos citados de Turquía o Egipto. El hecho de tener casos de terrorismo real sirve para fabricar este terrorismo imaginario que sirve para hacer limpieza de opositores. Los jóvenes activistas egipcios de la Primavera Árabe languidecen en las duras cárceles egipcias o desaparecen etiquetados como "terroristas". Trump llamó a esto un "gran trabajo".


Pero en Estados Unidos no se ha pasado del "terrorismo doméstico" para tipos que realizan atentados tipo "Unabomber" (Theodore Kaczynski), con sus cartas bombas y otros de los que no hay duda. Pero el término "terrorista" ha ido tomando un carácter cada vez más amplio en boca de Trump, que se ha ido aplicando a los que discrepan o se le oponen abiertamente.
Trump está llamando terroristas a sus opositores y eso le ha servido para justificar el uso de medios paramilitares federales contra los manifestantes. No ha tenido bastante con el empleo de sus teorías de la conspiración y ahora necesita de terroristas en las calles para hacer su exhibición de fuerza y orden, el segundo factor para ganar ante la mirada de sus decepcionados seguidores.
Trump no ha tenido bastante con simpatizar con los "supremacistas blancos" y otras organizaciones, a la luz o en la sombra, sino que ha rizado el rizo al etiquetar a los que protestan como terroristas.
Escribe Angela Dewan en la CNN:

Definitions have been a major problem since 2001, Conor Gearty, a professor in human rights law at the London School of Economics, told CNN.
"What you had was the UN saying 'Get out there and do counter-terrorism and we'll let you decide what terror is.' And that was just a gift horse for authoritarian regimes," he said. 
While the picture in the US may not be as grim as in places like China, Turkey and Egypt, the events in Portland, as well as an earlier crackdown on protesters outside the White House recently, are just the latest signs that Trump is looking to those countries for inspiration, said Gearty, who describes Trump as an "aspirant authoritarian."
That should give Americans cause for concern, he said.
"What Americans should also be worried about is the apparent support for this from the rank and file, and the absence of any very senior voices opposing this," he said.
Not only does the country's security apparatus lack vocal opponents of the repression seen in Portland, some of its most senior members are suddenly taking an active part, even though they are supposed to be independent of domestic politics.
On Monday, acting Homeland Security Deputy Secretary Ken Cuccinelli retweeted videos and images of Portland, describing the situation there as "terrorism."
The nation's top military official, Gen. Mark Milley, apologized after criticism over his appearance with Trump in a photo op outside a church near the White House. Police used rubber bullets and pepper spray projectiles to clear protesters only moments earlier to clear a path for the President.*



En efecto, la preocupación por los hechos no debe distraer de las reacciones que ha provocado. El autoritarismo latente se está mostrando a través de estos comportamiento silenciosos o cooperantes con este uso de la fuerza exterior llevado por el presidente hasta Portland. Los que lo apoyan magnifican las protestas para justificar su intervención que, a su vez, crea protestas más violentas en una espiral que solo beneficia a Trump, dando a entender que hace falta mano dura y que las ciudades de electorado demócrata necesitan de esa mano dura por estar llenas de "terroristas". Es la estrategia de la dureza interior para tratar ganar votantes, recuperándolos dado que los 4 millones de contagiados y los más de 140.000 muertos pesan en la campaña.


Definir el terrorismo no es sencillo, efectivamente. Pero para Trump, jugador habitual con las palabras y sus excesos, eso no es problema. Construye inmediatamente un relato que justifica cualquier cosas, ¿por qué no el terrorismo tras las protestas anti raciales? ¿No equiparó en el pasado a los manifestantes anti racistas con los racistas? ¿Qué le impide hacerlo? Esa es precisamente la pregunta que se hacía en la CNN a los expertos, ¿cómo no hay nadie que pueda frenar una acción de este tipo en la Casa Blanca?
El pasado día 24, la CNN informaba en sus titulares "Judge in Portland bars federal officers from arresting or using force against journalists and legal observers" y explicaba:

A judge in Portland, Oregon, barred federal law enforcement officers from arresting or using physical force against journalists and legal observers mixed in with the crowds at nightly protests near a complex of government buildings there if they're not suspected of committing crimes.
Federal Judge Michael H. Simon issued the temporary restraining order Thursday evening ahead of another night of expected protests in the city's downtown. Videos taken by news crews there have captured harrowing moments -- like when the city's mayor was overcome by tear gas deployed to disperse a crowd on Wednesday -- and the American Civil Liberties Union had filed suit against the Department of Homeland Security and the US Marshals Service, which command the officers, detailing several examples of identified journalists allegedly being abused by the authorities.
The order, which Simon opened with a series of quotes about the importance of the free press, also says journalists can ignore dispersal orders issued by authorities.
The order could present federal law enforcement with new challenges as it continues to carry out its mission of protecting federal property. For the past two months, rioters have regularly torn down fencing and attempted to break into the Mark O. Hatfield Courthouse -- where Simon's chambers are located -- in a confrontation that has been seized on by President Donald Trump and spun into a political hot-button issue featured in his reelection messaging.**


La orden no frena a las fuerzas actuantes, pero impide que sean eliminados los testigos de la prensa, algo importante en el clima de impunidad creado al no ir identificados los agentes que intervienen en la represión, una medida que habla por sí sola sobre lo que se está haciendo en Portland.
El hecho de que la prensa esté allí, además de un elemento histórico y testimonial, es también un freno al exceso. Las imágenes puede que sirvan a los partidarios de Trump como solaz, pero también sirven para mostrar cómo el autoritarismo se ha ido extremando, dentro y fuera del país.
Las imágenes del alcalde de Portland gaseado y afirmando que no ha habido ninguna provocación son lo suficientemente claras e impactantes como para que no quede en la oscuridad lo que ocurre.


Trump es una personalidad autoritaria, narcisista y marrullera. El poder le da una energía que puede salir por cualquier sitio, ya que el mundo es para él un tablero de juego, un juego al que siempre tiene que ganar aunque haya que derribar la mesa. Por eso, estos meses finales ante las elecciones son muy peligrosos para todos. Puede desencadenar cualquier crisis, como ya ha hecho, y elevarla a niveles insospechados,  y dejar herencias políticas envenenadas. Ya ha dejado suficiente veneno en los Estados Unidos creando una división terrible, como no se había visto. Igualmente, lo ha hecho en la medida que ha podido fragmentando los acuerdos internacionales y los consensos sobre múltiples aspectos.


Trump ha iniciado una deriva muy peligrosa, tanto por los actos en sí —que se van extendiendo a otras ciudades— como por la aprobación que pueda tener desde las instituciones, los políticos republicanos que se ven compromeetidos ante los hechos, y el electorado. Una vez más, Trump pervierte el sistema envileciéndolo, llevándolo al límite. Él es el "orden", los demás son "terroristas". 



* Angela Dewan "Trump is calling protesters who disagree with him terrorists. That puts him in the company of the world's autocrats" CNN 26/07/2020 https://edition.cnn.com/2020/07/25/politics/us-protests-trump-terrorists-intl/index.html
** David Shortell "Judge in Portland bars federal officers from arresting or using force against journalists and legal observers" CNN 24/07/2020 https://edition.cnn.com/2020/07/23/politics/portland-ruling-federal-officers-stop-arrests/index.html?iid=ob_lockedrail_topeditorial

miércoles, 28 de marzo de 2012

Principios, bonitos discursos y malas acciones

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Ha llegado el momento de hacer balance de los disturbios que asolaron zonas de Gran Bretaña en el pasado verano, ¿los recuerdan? Pillaje, violencia, cargas… Todo ello desatado tras la muerte por un disparo en el pecho de Mark Doggan, de 29 años, a manos de la Policía cuando iba a ser detenido. Las consecuencias desastrosas en muchos barrios de distintas ciudades británicas desató la polémica en la sociedad sobre las causas reales de tanta violencia. Ahora se presentan los resultados de la comisión de expertos que estudiaron la situación.
Hay que decir que no es fácil establecer causas, conexiones entre actos, de este tipo porque las motivaciones pueden ser muchas y distintas. El diario El mundo lo centra en sus titulares en el “fracaso escolar”: «El fracaso escolar fue una de las causas de los disturbios en Reino Unido este verano»*. Sin embargo, uno de los elementos más traumáticos para la sociedad fue descubrir entonces que muchos de los que habían participado en aquellos incidentes no tenían nada de fracasados o marginados escolares o sociales. Somos demasiado simples a lo hora de establecer conexiones porque la mayoría de ellas están predeterminadas por los tópicos. Y la realidad no es demasiado fácil de catalogar con este tipo de ideas repetidas que unas veces funcionan y muchas otras no.


En el artículo se habla del “medio millón de familias olvidadas”, de la ineficacia del gobierno para atender estos casos y de la necesidad de que cada uno tenga su lugar y finalidad en la sociedad. Esto implica una concepción  de la sociedad como un lugar ordenado que se desordena cuando no se mantienen las fuerzas de cohesión. No es tan sencillo, desde luego, porque supone que los mensajes sociales positivos mantienen el “orden”, mientras que su ausencia o los contrarios son los negativos. En su informe, los investigadores han señalado:

Los expertos apuntaron a las dificultades que encuentran los padres para educar a sus hijos, al "materialismo" imperante entre los jóvenes y a la falta de confianza en la policía como otras de las razones que explican los actos de vandalismo sucedidos el pasado verano.
El informe, para el que se entrevistó por teléfono a 1.200 personas que residen en las áreas más afectadas por los disturbios, señala que el deseo de poseer objetos "de marca" fue una de las principales motivaciones de los jóvenes que participaron en los altercados.*

No entenderemos los fenómenos si se sigue practicando la “alienización” de los jóvenes o de sectores de la sociedad. La edad es un criterio muy engañoso de división social y, sin embargo, cada vez recurrimos más a él. Probablemente esto se deba a que se nos han contagiado en demasía los criterios mercantiles de segmentación de mercados. La edad es un criterio básico para muchas divisiones sociales, algo que tiende a considerarlas como líneas estándar, como fronteras, cuando en realidad no funciona así.
Miramos a los jóvenes como si fueran otros (aliens), distintos cuando no son más que el reflejo del mundo que los adultos hacen para “ellos”. Hay un nosotros y un ellos, pero “ellos” son el estadio previo al “nosotros”. ¿Por qué esta distancia esencial cuando solo es temporal?
Cuando los expertos hablan del “materialismo” imperante entre los jóvenes, ¿a qué se refieren? Cuando los padres encuestados hablan del furor por conseguir con los saqueos las marcas conocidas, ¿están expresando ese “materialismo”? ¿Cuál es su origen?
Los que hayan visto la película musical West Side Story, recordarán el número “Gee, Officer Krupke”, en el que los jóvenes se ríen de las explicaciones habituales de los adultos sobre su comportamiento y se burlan del oficial de policía que les reprende y vigila permanentemente. Me imagino que seguirá siendo así.


El “fracaso escolar” no explica los acontecimientos ni las motivaciones que llevaron a ellos. Sirve para que se destine, en el mejor de los casos, dinero a paliar ciertas situaciones. Pero no es la solución porque el problema es mucho más amplio y tiene que ver con la sociedad que construimos y con los lazos que establecemos entre nosotros por encima de los discursos oficiales con los que nos gusta describirnos.
Lo primero es aceptar que esas personas no son otras cuando tienen cinco o seis años más. Pueden que cambien de hábitos, pero quizá no de principios porque son esos mismos principios los que se les están exigiendo después. Puede que educar, en el sentido que le estamos dando socialmente, no sea más que canalizar el deseo. Puede que haya una gran discordancia entre los discursos explícitos del sistema y los implícitos, entre lo que se dice y lo que realmente se hace.

La mayoría de los establecimientos que sufrieron actos de vandalismo durante la semana de los disturbios vendían prendas de ropa, zapatillas deportivas, teléfonos móviles y ordenadores.
"No es culpa de ninguna marca en particular, pero los niños y los jóvenes deben estar protegidos del 'marketing' excesivo", considera el informe, que subraya que los comercios locales deberían involucrarse en los problemas sociales de su zona y ayudar a atajar el problema del paro juvenil creando puestos de trabajo para los vecinos.

¿Es solo la educación lo que se interpone entre una persona y sus zapatillas favoritas? ¿Es la educación el freno del deseo y el fracaso escolar (educativo) el que lo demuestra negativamente? La idea del “marketing excesivo” oculta también la falta de principios de una sociedad que presiona a sus miembros desde su infancia. ¿Por qué no pensamos en términos de continuidad y lógica y suponemos que esas personas tratarán de llevar sus deseos como adultos por el mismo camino? Lo que empieza en con el deseo de unas zapatillas no tiene porque curarse con la edad, ¿o sí? ¿Por qué pensamos que los jóvenes son distintos de los adultos?
El profesor de Ciencia Política Hugh Heclo ha escrito:

Las mentiras, pensar en el corto plazo, el autobombo, el menosprecio del deber, la indiferencia hacia los fines más generales: todos estos son síntomas de un síndrome común que actúa socavando la confianza social y los valores institucionales. De nuestra memoria se desvanecen nombres de personas y de organizaciones concretas que son reemplazados al día siguiente por nuevas informaciones sobre escándalos y nuevos ejemplos de necia cortedad de miras. Tal vez no se reduzca todo a una carencia de pensamiento en clave institucional, pero un hilo común une buena parte de los ejemplos de conducta disfuncional que observamos en una tras otra de las esferas de la vida contemporánea. Ese hilo conductor es el de la desatención y la falta de respeto que muestran esas personas por los valores a largo plazo de la iniciativa o empresa de la que forman parte.
Esta forma de enfocar la vida es incluso exaltada como digna de loa y emulación. La cultura popular de hoy en día dedica amplísimas dosis de atención y dinero al poder estelar del éxito personal efímero. El mensaje es «Sé una celebridad o, de lo contrario, confórmate con quedarte marginado como cualquier otro obrero esclavizado». Igualmente, vivimos sometidos al asedio de una cultura de consumo que fomenta el interés por nuestra propia persona individual a corto plazo. Esta persona aparece caracterizada como un ser enclaustrado en una situación de necesidad continua, capaz de afirmarse solo mediante la adquisición de una serie siempre creciente de bienes materiales y simbólicos. Según el comentario de un crítico cultural [Jean Bethke-Elshtain], estamos ante «un yo estremecido y sentimental que se incomoda con mucha rapidez, porque tiene que sentirse bien consigo mismo en todo momento. Ni este yo ni ningún otro elabora buenos argumentos: son ellos mismos los que se validan los unos a los otros».

Ni Heclo ni Bethke-Elshtain está hablando de jóvenes. Lo están haciendo de la sociedad en su conjunto en la que se detecta ese estado centrado en el ego frente a lo institucional. Las instituciones funcionan porque funcionan las personas que las llevan. Se detecta una desconfianza institucional que se basa en el comportamiento de las personas a su frente, de ahí la importancia de la ejemplaridad además de la eficacia. Todos los días vemos las dimisiones por corrupción de ministros y presidentes de diversos países; procesamientos de empresarios o personas al frente de instituciones públicas o privadas. La gravedad de las causas puede diferir, pero el sentimiento es el mismo: el uso personal de la institución y la indiferencia ante los demás. Por eso el desprestigio institucional se paga con el mayor crecimiento de los defectos del conjunto. Las instituciones no cumplen su función ejemplar, sino que la debilitan enseñando que no se puede confiar en ellas. La desconfianza de los jóvenes ante la Policía, señalada en el informe, se deriva de las actuaciones de la propia Policía. Y así se puede seguir institución tras institución.

El materialismo de los jóvenes no es diferente del materialismo de los adultos (los que han sido jóvenes no hace mucho). La “alienización” juvenil es un error perceptivo. Son los discursos oficiales los que se oponen a las descarnadas y descaradas respuestas que se obtienen cuando los expertos preguntan a los jóvenes sobre la motivación de sus acciones. Tendrán tiempo de aprender respuestas mucho más tranquilizadoras para el resto de la comunidad más adelante. Mientras pensemos que es un problema de la juventud y no un problema de la sociedad en su conjunto —de sus principios y fines— no se avanzará. A lo mejor tampoco interesa y todo esto no son más que efectos colaterales del egoísmo como motor social.

* “El fracaso escolar fue una de las causas de los disturbios en Reino Unido este verano”. El Mundo 28/03/2012 http://www.elmundo.es/elmundo/2012/03/28/internacional/1332891428.html

**  Hugh Heclo (2010): Pensar institucionalmente. Paidós, Barcelona, pp. 20-21.



lunes, 15 de agosto de 2011

Las moscas molestan


Joaquín Mª Aguirre (UCM)
A veces el simplismo es demasiado simple. El Reino Unido se encuentra escandalizado, sí, pero no por los hechos violentos, sino porque han descubierto que entre las caras criminales que aparecen en las pantallas gigantes, hay muchos chicos bien, hijos de buenas familias. Esto les ha roto los esquemas. Primero vieron que no todos eran de “origen extranjero” y que había un amplio repertorio de colores de piel bajo las capuchas y pasamontañas. Después han descubierto que tampoco pertenecen a un solo sector social al que arrinconar en un barrio. Preocupante.
Cameron se ha despachado hoy con un incendiario discurso con decorado ad hoc incluido. Ha venido a decir, literalmente, que los colegios son los responsables de sus fracasos y que deben rendir cuentas por lo que ocurre. Además de tener indignada a la Policía, Cameron ha conseguido tener indignado a todo el sector educativo con sus declaraciones. Que la mano derecha que recorta no sepa qué hace tu mano izquierda.
Cameron es un dirigente peculiar, un Primer Ministro que pasaba por allí. Es como una de esas personas que cuando se produce un choque entre dos coches llega a poner orden y pide explicaciones a todos. Creo que desconecta demasiado en sus vacaciones, como le vino a recordar elegantemente la Policía: “Era Usted el que estaba de vacaciones, no nosotros”. Dentro de su mente gerencial, que necesita contemplar todo en términos de anotaciones contables de entrada y salida, de efectos y causas, de pedradas y tiritas, David Cameron está demostrando ser un político con demasiado plástico en sus carnes, con poca experiencia de la vida y conocimiento del mundo que le rodea. Cero en Psicología. Perro le da igual, porque él es un hombre de acción.

Cameron durante su intervención exigiendo responsabilidades a las escuelas

Cameron ha dicho que van a hacer nuevos colegios en las zonas que más lo necesite, pero lo ha dicho como si en vez de levantar un colegio se fuera a crear un centro de comandos de la marina de Su Majestad británica. Para él todo lo que no sea un problema laboral es un problema criminal, a veces se confunde. Lo que sirve para deshacer el posible equívoco es si están empleados o en el paro.

Los educados chicos se vuelven salvajes
La perplejidad de Cameron ante los niños bien interviniendo en los saqueos no es más que el reflejo tópico de su comprensión social: los pobres roban, los ricos compran; Los pobres forman bandas, los ricos forman empresas; los pobres tienen malas ideas, los ricos buenas iniciativas. Con semejante visión maniquea, no se puede hacer mucho más.
Hemos hecho un sistema social absolutamente hipócrita en el que hemos buscado bonitos nombres a malos instintos, nombres técnicos a tradicionales vicios sociales. Cuando se pierden las referencias de los valores básicos y se erige en valor fundamental el egoísmo, llamado de diferentes formas para convertirlo en el motor de la sociedad, no tiene nada de particular que —dejando atrás esos prejuicios tontos que te atenazan y reforzado con que los demás te importan un bledo porque no son más que competidores en tu loable deseo de vivir mejor— te busques la vida, como se dice habitualmente.
El espectáculo británico es una mezcla explosiva de condiciones en donde los problemas sociales son una parte. Hay un problema de fondo que es mayor porque muchos no lo consideran problema: el convertirnos permanentemente en el centro del universo y hacer de nuestros deseos el objetivo irresponsable de nuestra vida. Si nuestros genes son “egoístas” como señalaba Richard Dawkins, las estructuras que derivan de ellas también lo son y solo se contrarrestan por la voluntad social y su capacidad de hacer que la gente interiorice lo mejor que la cultura nos puede ofrecer.

Parece mentira que en un país en el que es obligatoria la lectura de El señor de las moscas, de William Golding, no hayan comprendido todavía que la cultura, entendida como lo que el ser humano ha construido para salir conjuntamente de la maraña de la naturaleza, es un bien débil que debe ser protegido porque ante la menor presencia del espíritu o gen que anida en el fondo de nuestros sentimientos egoístas, se viene abajo. La cultura requiere de la observación fina de sus resquebrajamientos porque puede que la grieta sea demasiado profunda en cuanto nos descuidemos. Desde luego, algo más que hacer discursos en mangas de camisa delante de un grafiti.
Aprendemos egoísmo e irresponsabilidad por todos los poros de nuestra piel, todos los días, a través de nuestros más distinguidos Madoff  y timadores de cuello blanco [ver entrada Llamando a los criminales por su nombre], de las demostraciones permanentes de insolidaridad, de la elevación a los altares sociales de personajillos impresentables inventados con el único fin de excitar todos los átomos de estupidez y egoísmo que haya en nosotros. Hace mucho tiempo que concedemos más espacio a lo negativo que a lo positivo. ¿De qué nos extrañamos, pues? Cameron debería responsabilizar a esa otra escuela, la permanente de la vida, hacer más ejercicio de virtudes y menos ejercicio de autoridad porque el mensaje que está mandando tampoco es ejemplar. Preocupado por su pérdida de popularidad, alguna solución encontrará. Seguro.
Si no, las moscas —las de Golding, las de Sartre o las otras—, le darán el verano.

El señor de las moscas. el ídolo podrido con cabeza de cerdo