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lunes, 16 de enero de 2023

El retroceso democrático

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

En el reportaje realizado por RTVE.es, titulado "Más de dos tercios de la población mundial vive en democracias en retroceso", se nos habla de un concepto preocupante, del que hemos dado cuenta aquí en diversas ocasiones, el de "democracia en retroceso". Desgraciadamente, los hechos se precipitan e interconectan dando un mapa de conjunto poco alentador y creando situaciones cada vez más complicadas en el interior de cada país.

Más de dos tercios de la población mundial vive en democracias en retroceso, según el último informe del Instituto Internacional para la Democracia, que apunta a las restricciones de las libertades civiles y la desconfianza ante elecciones legítimas como algunas de las razones. Los expertos señalan el asalto a las instituciones en Brasil o al Capitolio en Estados Unidos como dos ejemplos de cómo, en algunos casos, son los propios líderes electos quienes tratan de dinamitar las instituciones desde dentro. El informe también indica que la mitad de los regímenes autoritarios ha aumentado la represión.*

 

La idea de "democracia en retroceso" es bastante explícita y sería bueno establecer hasta cuándo ese "retroceso" no crea incompatibilidad con el propio concepto de "democracia", es decir, ¿lo siguen siendo?, ¿hasta cuándo lo son?

La historia de la democracia moderna está llena de ejemplo de este tipo de procesos de retrocesos en los que el deterioro se produce en ámbitos diferentes dentro del sistema. Lo que ocurre en España con los conflictos del ejecutivo y el poder judicial,  por ejemplo, entra dentro del proceso de chirrido democrático, señal de que no todo funciona como debe. Los asaltos a los poderes en Estados Unidos y Brasil, dos ejemplos claros, dejan en evidencia que algo está cambiando. Ahora hay que ver en qué parte del sistema y por qué se produce.

Los políticos tienden a considerar la democracia como algo que les atañe. Sin embargo, la democracia es algo que afecta a la totalidad del sistema, al conjunto.

Muchas veces las debilidades del sistema comienzan por otros lados, aunque confluyan en ciertos puntos. Tenemos ejemplos todos los días, como la corrupción detectada en miembros del Parlamento Europeo, comprados directamente por países como Qatar y Marruecos para favorecer sus intereses y seguir manteniendo su poder interno.

Uno de los elementos claves es la transparencia. La democracia necesita de la circulación libre y adecuada de la información. Esto supone que el deterioro se extiende cuando esta no existe o cuando, como comprobamos cada día, se alcanzan picos de desinformación a través de las falsas noticias y también, aunque se diga menos, del silencio.

Un ejemplo de "silencio" nos lo trae RTVE.es cuando nos habla de cómo la petrolera norteamericana Exxon ocultó los efectos nocivos de los combustibles:

Las proyecciones sobre el cambio climático realizadas por los científicos de la petrolera estadounidense ExxonMobil entre 1977 y 2003 fueron precisas y hábiles a la hora de predecir el calentamiento global posterior, a pesar de que la compañía negó y restó credibilidad en público a la influencia de los combustibles fósiles al calentamiento del planeta, según muestra un nuevo estudio de la Universidad de Harvard publicado en la revista 'Science'.

Concretamente, según señalan los investigadores, del 63 al 83% de las proyecciones climáticas realizadas por los científicos de la propia compañía fueron precisos para predecir el calentamiento que se produjo en los años venideros y tuvieron un acierto similar al de los modelos independientes. 

Este informe de Harvard demuestra que la empresa estadounidense no solo sabía "algo" sobre el calentamiento global hace décadas, sino que sabían tanto o más que los científicos gubernamentales. 

Pero mientras organizaciones ecologistas y algunos gobiernos trabajaban para comunicar lo que sabían, ExxonMobil trabajó para negarlo intentando mitificar el enfriamiento global y denigrando los modelos climáticos.** 

¿Forma parte esto del deterioro democrático? Por supuesto. La transparencia sobre lo que afecta a todos, como el deterioro del clima, es un síntoma democrático. En la madrugada, un programa documental sobre por qué vivimos más, nos revela que las empresas del plomo en Estados Unidos atacaron desprestigiando a los investigadores que habían establecido la influencia del metal en la salud. Su empleo, por ejemplo, en pinturas de las cunas cuyos barrotes pintados los bebés se llevaban a la boca por su sabor adelantó el final de sus vidas. El reportaje habla del escándalo de las diferencias entre las expectativas de vida entre blancos y población negra, algo que ha vuelto a salir durante la pandemia del COVID-19, es decir, que se mantienen.

La creencia en que la democracia es una forma de votación y no una forma de vida, personal y social, justifica los desmanes en el ámbito económico. La desigualdad ha ido creciendo, algo que indudablemente supone una concentración del poder. La democracia solo lo es cuando la igualdad es real y no supone privilegios. Los datos que se reparten entre diferentes países, incluido el nuestro, es el crecimiento de los beneficios empresariales frente al deterioro de los trabajadores, que pierden poder adquisitivo. La democracia implica redistribución social y no una instauración del egoísmo como valor central, es decir, la ausencia de responsabilidad respecto al resto de la sociedad. La democracia moderna no es la no intervención dejando a los ciudadanos a su suerte en una nueva forma de jungla donde siempre ganará el que tenga más poder, sea más fuerte. Ese poder, por supuesto, como vemos incluye la capacidad de comprar, sobornar, etc. a los poderes que deben defendernos a todos.

Los medios nos dicen que, en diferentes países (incluido el nuestro, con cifra muy similar), el 1 por ciento de la población posee el 25 por ciento de la riqueza y que esto sigue creciendo. La desigualdad genera injusticias, por un lado, y privilegios, por otro. Las sociedades que no se preocupan de corregirlas acaban teniendo problemas de corrupción, más delincuencia y violencia. No, la democracia no puede considerase una forma de individualismo que se desmarque del conjunto. Solidaridad es una palabra importante, como lo es el sentido de la justicia.

En la información de RTVE.es los entrevistados manifiestan el papel de las redes sociales en esta pérdida de democracia, en su retroceso. Cualquier tipo de manipulación tiene efectos negativos en el conjunto democrático. La información —transparencia y verdad— es un medio de actuación. Los monopolios informativos son malos, pero la horizontalidad está produciendo también su propio efecto perverso: ha convertido la sociedad en su conjunto y ciudadano a ciudadano —un doble movimiento— en escenario de una guerra en la que la información es el arma. Si la democracia es capacidad de decidir, la decisión con falsas informaciones, bulos, etc. está viciada. Tomar decisiones con información falsa es ser manipulado.

Una parte importante de ese retroceso se debe a la manipulación informativa que justifica acciones a los ojos del mal informado. Hoy ya existen datos sobre el retroceso en determinados campos del conocimiento por distintas formas de "negacionismo", campos que van de la violencia de género al efecto de las vacunas. Tras estas desinformaciones negacionistas hay grupos que quieren cambiar la mentalidad social y sus respuestas en beneficio propio. La democracia no significa que todo vale, pero los negacionistas pueden extender sus falsedades con notables efectos negativos. Es también una forma de deterioro.

El deterioro democrático está siendo avisado en el interior de la Unión Europea, en países en los que se está estrangulando la división de poderes y se trata de someter aquellos que puedan mantener el equilibrio institucional.

El ser humano se equivoca, comete errores. La democracia es una forma participativa que se basa en el diálogo para, sumando el máximo de voluntades, obtener los resultados mejores para el conjunto. La importancia de las diferencias es esencial porque son garantías de esa multiplicidad de puntos de vista. A lo que estamos asistiendo, por el contrario, es a una fundamentación mesiánica —como en el caso de Estados Unidos, Brasil y algunos otros— de la política con una intensificación de las diferencias en contra de una diversidad constructiva, colaborativa. Esto favorece una radicalización social que en nada ayuda y que, por contra, ciega ante los problemas que se crean, fomentando el partidismo acrítico.

Dar por hecha la democracia, tenerla por una situación acabada es un enorme error que la pone en cuestión. Y esto se traslada a nuestras vidas como parte de una transformación autoritaria que hace aumentar la intransigencia, la violencia y el egoísmo. Los procesos de deterioro son evidentes como pérdida de salud democrática, esto vale para el amento de la violencia callejera o en los hogares. Cada vez se produce más violencia, más estallidos.

La democracia no es solo un sistema político; es el espacio en el que vivimos, con sus reglas de convivencia. No es el mundo de políticos y partidos; no es una profesión. Es el mundo de todos y cada uno de nosotros, algo de lo que somos responsables. Desentenderse, verlo como algo ajeno, es suicida. Lo vemos cada vez más. Convertirlo en un campo de batalla, en lugar de destruir y no de construir, lo es igualmente.

Es una peligrosa simplificación pensar que la democracia es solo un espacio de votos, que este puede decidir cualquier cosa por impresentable que sea, que es cosa de los políticos, que se puede decir cualquier cosa de forma irresponsable. La historia está llena de ejemplos que nos muestran los catastróficos resultados de estas formas de ver el sistema democrático. Las preocupaciones surgen ahora cuando vemos que incluso los países con mayor tradición democrática —como los Estados Unidos— llegan a extremos impensables en su deterioro, con el beneplácito de una parte importante de su población. Tras el golpismo de los bolsonaristas se ha encontrado grupos de importantes empresas del país, más cómodas con un régimen que les favorezca. Tras la corrupción del Parlamento Europeo se encuentran terceros países que no son precisamente democráticos. Son formas de retroceso porque parece claro que el autoritarismo está en expansión y tiene sus seguidores e impulsores. La creación de conflictos, el dejar que estos se enquisten, es una forma tradicional de hacer ver que las instituciones no funcionan y que el autoritarismo es la solución. Forman el caldo de cultivo para el retroceso y el final, si nadie lo impide, de las democracias.

 

* "Más de dos tercios de la población mundial vive en democracias en retroceso" RTVE.es / Telediario Fin de Semana 15/01/2023 https://www.rtve.es/play/videos/telediario-fin-de-semana/mas-dos-tercios-poblacion-mundial-vive-democracias-retroceso/6776474/

** "La petrolera Exxon ocultó durante décadas el calentamiento climático pese a que sus informes lo confirmaban desde 1977" RTVE.es 12/01/2023 https://www.rtve.es/noticias/20230112/exxon-oculto-documentos-durante-decadas-informes-calentamiento-global/2415491.shtml

lunes, 9 de enero de 2023

El mimetismo golpista brasileño

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Si ayer hablábamos de la influencia de Donald Trump y de su presencia constante en los medios, que no pueden evitar volver a él ante la provocación constante, hoy hay que dirigir la mirada hacia Brasil, donde Jair Bolsonaro, la mala copia brasileña de Trump, adquiere protagonismo ante el asalto de sus seguidores al Congreso.

Al cumplirse los dos años del asalto al Capitolio para impedir la toma de posesión de Joe Biden, ganador de las elecciones, vemos cómo el guion se repite en Brasil. Los medios lo dan a última hora de la tarde del domingo (cuando me he puesto a escribir esto) como "últimas noticias".

Hace unos días, se nos decía que Bolsonaro partía hacia Estados Unidos para no tener que asistir a la toma de posesión de Lula da Silva. Hoy entendemos que ese viaje era algo más que un cambio de aires. Se trataba, claramente, de mandar una señal por un lado a los seguidores —que Bolsonaro no acepta la presidencia— y de alejarse lo suficiente como para no verse comprometido, algo ridículo si no manda la orden de que se detengan y salgan del Congreso.


En RTVE.es nos informan de los acontecimientos:

Centenares de seguidores del expresidente brasileño Jair Bolsonaro han invadido este domingo la sede del Congreso Nacional en una manifestación que pide una intervención militar para derrocar al presidente Luiz Inácio Lula da Silva.

El grupo, que defiende tesis golpistas, superó una barrera policial y subió la rampa que da acceso al techo de los edificios de la Cámara de los Diputados y del Senado, informa Efe. La policía brasileña ha utilizado gases lacrimógenos para tratar de repeler a la multitud, ha señalado un fotógrafo de la AFP. 

El área alrededor del Congreso había sido acordonada por las autoridades, pero los bolsonaristas, que se niegan a aceptar la elección de Lula como presidente, lograron romper los cordones de seguridad y varias decenas de ellos lograron subir la rampa de este edificio de arquitectura moderna para ocupar la azotea.

Los extremistas, en su mayoría con camisetas amarillas y verdes y banderas de Brasil, también atacaron algunos vehículos de la Policía Legislativa, que brinda seguridad al Congreso. Además, destruyeron barreras de protección y armados con palos se enfrentaron a los agentes que intentaron contener, sin éxito, la entrada de los manifestantes.

Lula, que asumió la Presidencia de Brasil el pasado día 1, se encuentra este fin de semana de viaje en la ciudad de Araraquara, en Sao Paulo.* 

Si echamos una mirada al continente americano, norte, centro y sur, podemos ver que se ha convertido en un escenario de alta conflictividad, con gobiernos cuestionados y presidentes que se dan autogolpes a los que suceden otros golpes. Hay mucha conflictividad en las calles, manifestaciones con diversos grados de violencia y elevado descontento.

Pero el guion brasileño se parece demasiado al norteamericano con Trump. La misma negativa a asumir el resultado electoral que vimos en Trump la estamos viendo ahora en Jair Bolsonaro y sus seguidores. Esto se venía temiendo desde hacía tiempo, desde que los sondeos daban victorioso a Lula de Silva y los seguidores de Bolsonaro manifestaban su inquietud y su negativa a considerar la derrota como posible.


El patrón mesiánico se repite: "ellos" no pueden perder las elecciones. Si esto ocurre, se trata de un fraude, un engaño. En Bolsonaro y Trump encontramos esa respuesta negativa ante la derrota. Si la democracia supone alternancia, para estos dos ex presidentes, el poder se les ha arrebatado de las manos con malas artes y, peor, contra el deseo divino, que está de su parte. El mismo autoritarismo que vemos en Putin buscando el respaldo de la iglesia ortodoxa y del patriarca de Moscú, la encontramos en el Trump que se hacía fotografiar con la Biblia y era apoyado —incomprensiblemente con su historial— por los grupos radicales de fundamentalistas cristianos norteamericanos, los mismos que le apoyaban en sus tesis anti vacunas señalando "Dios es nuestra vacuna". 

Bolsonaro ha sido todavía más explícito en su manejo de la religión y sus asaltantes seguidores han rezado con él en sus campañas. Los oponentes son perversos ateos que quieren destruir "lo más sagrado", lo que ellos encarnan. La retórica se ha ido extendiendo por distintos países y la religión convierte en cruzada la política, con los peligros que esto conlleva.

En información urgente de RTVE.es se nos dice que los presidentes de Hispanoamérica han reaccionado apoyando a Lula da Silva ante lo que consideran un intento de golpe de estado. Lo es, sin duda. Esperemos que el intento sea rechazado por las instituciones y por el pueblo que no se deje arrastrar. La presión internacional es importante para que se vea pronto el rechazo, el aislamiento ante el intento de golpe.

Habrá que ver en qué queda este intento... y las vidas que cuesta.

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6:30 h.
Las noticias de la mañana muestran imágenes de la dimensión de las ocupaciones y del esfuerzo policial para evitar lo que se buscaba: una intervención militar, un golpe de estado que desalojara a Lula da Silva del gobierno. El bolsonarismo se confirma como una política autoritaria y antidemocrática, como ya lo fue en su mandato. Con Bolsonaro en Florida llamando a la paz, pero calificando de "patriotas" a los golpistas se repite de nuevo el modelo trumpista: los que no aceptan las reglas democráticas son "patriotas". De nuevo se han vuelto a ver personas con las biblias en la mano. Es el modelo del norte, del asalto al capitolio, pero también el modelo "ruso" de apoyo de la religión a la intervención armada y, especialmente, la plena identificación con el fundamentalismo islámico. Todo se acaba justificando fuera de las leyes de la tierra, como voluntad "divina".
Hace falta un examen profundo de la deriva política y de la unión con la religión, sea esta cual sea.  Convertirse en intérpretes de la voluntad divina es el primer paso hacia la destrucción de la democracia, que ha podido sobrevivir gracias a la separación de Iglesia y Estado. Los fundamentalistas son de diverso signo y una misma voluntad: la de imponerse, la de fijar un modelo. Parece mentira que con los ejemplos de Irán y Afganistán, la consumación del estado teocrático, los países democráticos se estén radicalizando y acaben en situaciones violentas. El mal ejemplo norteamericano con el uso del fundamentalismo se está extendiendo, como ya sabemos desde hace tiempo en Europa, donde colocaron sus peones. Ahora en Brasil se vuelven a alzar biblias contra votos.

* "Cientos de seguidores de Bolsonaro invaden el Congreso de Brasil y se enfrentan con la policía" RTVE.es 8/01/2023 https://www.rtve.es/noticias/20230108/seguidores-bolsonaro-invaden-explanada-del-congreso-brasileno-manifestacion-contra-lula/2414676.shtml

 


martes, 1 de noviembre de 2022

Mirando al cielo o las fracturas populistas

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Es raro que no nos hablen de fracturas, de países divididos por la política. La división parece ser la seña de identidad política de este siglo. Es una consecuencia lógica cuando la política no se basa en lo posible, sino en lo irrenunciable.

Las imágenes de Brasil que las televisiones nos han mostrado en pantalla partida, ponían a un lado a los celebrantes de la victoria de Lula, mientras que las imágenes que se nos mostraban en el otro era de personas rezando, mirando al cielo, esperando señales, mensajes o rayos fulminantes que volvieran al país a los designios divinos.

De repente, por todo el mundo ha aumentado la fe. Ya sea la religión que sea, vemos rezos, cirios y miradas al cielo. Han aumentado los rezos, sí, y también las armas. Nos dicen que en Brasil con Bolsonaro se ha pasado de 300.000 armas a un millón. A Dios rogando y con el mazo dando.

El patriarca de Moscú bendice la invasión de Ucrania para liberarla de los gais, dice, y proteger a las familias rusas y que tengan hijos como Dios manda, sin que nadie se los tuerza. Putin se lo agradece sosteniendo su cirio con mirada devota o lo que sea. No creo que nada de lo que haga Putin con un cirio en las manos, pero le funciona.

Los populismos se camuflan tras la religión, que pasa a convertir a los votantes en un ejército de Dios. No queda rastro de "amor" o de cualquier otro signo acorde con la religión. Esta se transforma en cosa de espadas flamígeras y justicieras y la gente comienza a mirar al cielo con la mirada cada vez más perdida, más aislada del mundo, un signo evidente de que estás en algún tipo de comunicación con el otro lado.

El otro lado está muy activo, ya que te ilumina constantemente sobre cómo debes ver a tus oponentes y el futuro apocalíptico que Dios no te perdonará nunca si pierdes. Si ganas tú es, por supuesto, cosa divina; si lo hacen los oponentes, pasa a ser cosa del diablo.

Las miradas de los brasileños hacia el cielo, las manos juntas unos y los brazos en cruz de otros son lamento, queja, petición de explicaciones que no llegan, porque Dios castiga con el silencio. ¡Pero cuántos interpretan el silencio!

Las estrategias del populismo pasan por el uso de la religión. Van a lo más básico e inexplicable: la fuerza de la sangre (raza), del territorio (las raíces) y las creencias (la religión). Con las tres es fácil hacer ese mejunje ideológico en el que ganar es cumplir la voluntad de Dios y de la Historia.

Hay muchas personas contagiadas del virus de la irracionalidad, de la negación del pensamiento más allá de sus propios límites. Se suman a las causas populistas que reivindican el poder de la fuerza y la fuerza del poder, que es lo que da autenticidad a las causas. La historia la escribe el que gana, nos dicen; los populistas, además, cuando ganan reescriben las leyes, los delitos, todo lo que pueden para evitar que se pierda el poder.

Nada resulta más insultante a una inteligencia mediana que esa hipocresía de Bolsonaro en trance escuchando atento a Dios. Nada más insultante a cualquier inteligencia que Donald Trump sosteniendo la Biblia.

La religión es una parte esencial de este populismo que se nos muestra como xenófobo, racista, intransigente, violento... mientras mira al cielo pidiendo más ayuda, una luz que ciegue a todos y les deje a su merced.

Sí, el populismo se basa en lo irrenunciable. ¿Cómo negociar sobre la patria, sobre la familia, sobre Dios, sobre la Historia..., que te apropias dejando fuera a todos los demás? Todo es irrenunciable; cambiarlo es traición.

Las miradas al cielo de los votantes de Bolsonaro dan mucho que pensar. Nos enseñan sobre lo que ocurre en el norte del continente, en diferentes países de Europa, que se aleja de ser multicultural, una alianza de viejos enemigos que han resuelto sus problemas históricos, y en la que se empiezan a reabrir grietas populistas, esa Europa de la naciones, que usa uno de los términos más manoseados creados para las primeras fórmulas del populismo. Las guerras de religión dejaron paso a las guerras nacionales y la gente lo vio normal, marchó a luchar por las tierras que las autoridades les decían eran suyas. Hoy lo vemos en Ucrania, donde territorio, lengua y deidad actúan con los tanques Z, los drones iranís y los milicianos chechenos y otros llegados de diferentes partes.

El populismo abre fracturas difíciles de resolver. Biden dijo al llegar que quería devolver la unidad; no lo ha conseguido. Lula lo acaba de decir en Brasil, pero es poco probable que lo consiga. Como sucede con Putin y con otros dictadores, se convierten en la voz privilegiada de Dios, el pueblo y la Historia. El pueblo, feliz por ver finalmente la luz y el buen camino, les sigue aplaudiendo, rezando... y matando en ocasiones.

Las políticas de lo irrenunciable son lo opuesto a la democracia. Buscan la fractura para conseguir un estado permanente. Les educan en la inevitabilidad del unilateralismo. Los demás no cuentan, solo esos impulsos llegados de las raíces, auténticos, reales. Lo que se opone debe ser eliminado, apartado del camino de la Historia. Es una política de seguimiento de emociones, cada vez más intensan, como veíamos en los seguidores de Bolsonaro, una especie de trance ante el líder y de shock en la derrota.


domingo, 2 de octubre de 2022

Bolsonaro y Dios

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Cada vez son más los candidatos que llevan a Dios en su agenda electoral. No se les cae de la boca y, por supuesto, actúan siempre en su nombre, con un programa escrito al dictado-revelación. Creo que, desde el origen del mundo, no ha tenido tanto trabajo. Hemos vuelto a época de cruzadas, tanto en dictaduras (Putin llevando un cirio en las manos) como en la democracias. Hoy le toca a Jair Bolsonaro, apóstol brasileño, que ya ha dicho que solo abandonará la presidencia si Dios lo quiere, algo que le emparenta con su sosias del norte, Donald Trump.

En la información abundante de RTVE.es sobre las elecciones brasileñas, cuya primera vuelta se celebra hoy, se nos dice esto Jair Bolsonaro:

El actual presidente es un nostálgico de la dictadura militar que se vende a sí mismo como un ferviente católico defensor de la familia. Durante su mandato, entre otros asuntos, ha facilitado e incentivado la tenencia de armas en el país, tomando como ejemplo el modelo estadounidense, y ha sido duramente criticado por su gestión de la pandemia, acusado de haber mostrado escasa empatía hacia las víctimas con su actitud negacionista.* 

Se nos explica, además, que Bolsonaro ha planteado las elecciones como "una lucha entre el bien y el mal". Por supuesto —¿alguien lo duda?—, el "bien" es él. Es todo lo que él dice representar.

Atrás queda la "gripecita" para referirse a la COVID y unos cuantos —muchos— miles de brasileños muertos. Todo es bienvenido porque todo viene de Dios. Esperemos que cuando Lula gane, como señalan las encuestas, también lo acepte como una decisión divina y se vaya a hacer ejercicios espirituales a ver si en alguna revelación le explican por qué ha perdido.

Jair Bolsonaro es un caso. Hay muchos otros de estos nuevos apóstoles políticos y la religión se entremezcla más en los discursos políticos, algo preocupante porque uno de los elementos básicos de la democracia es evitar lo que supone un mal uso de la religión, el dogmatismo.

Las religiones no son democráticas en sí. Lo son las formas que puedan tener para organizarse o de convivir con otros que no creen o creen otra cosa. Por eso las ideas de "tolerancia", de "convivencia" son esenciales por lo que implican de respeto a los demás. La política se puede inspirar en principios religiosos, pero no puede imponer a otros su visión de la vida. Hay mucho humanitarismo en casi todas las religiones, pero lo que acaba de forma problemática es su carácter impositivo utilizado para el enfrentamiento.

Y esto explota cuando se convierte en una oposición bien-mal. Cada vez es más frecuente que las distinciones básicas se barnicen con elementos religiosos para así potenciar su efecto emocional sobre la gente.

Que un personaje como Putin pueda fotografiarse recibiendo las bendiciones del Patriarca de Moscú nos muestra la doble utilización, el mutuo provecho, de la política utilizando la religión y de la religión usando la política. Es otro retroceso porque fue precisamente esa separación la que permitió muchos avances en muchos campos y una enorme pacificación evitando las llamadas "guerras de religión" durante siglos. Los fines de la Ilustración eran llevar el conocimiento a aquellos que eran atrapados en su ignorancia, limitado su acceso a cualquier cosa que no fuera un refuerzo del control sobre sus mentes y cuerpos.

Jair Bolsonaro es un retroceso político e histórico. Pero habrá que preguntarse por qué este tipo de fenómenos vuelve a producirse y la religión empieza a ser un problema político de nuevo.

Lo que ha aumentado en muchos países es el nivel de credulidad política, un concepto que los especialistas deberían empezar a valorar. Esto implicaría conocer hasta dónde es posible llegar a creerse un discurso político. Este ya no consiste en decir qué se va a hacer en el futuro, sino en ventear los desastres que se producirán si el otro gana o las causas de su victoria. Unos son el plan divino; los otros, diabólicos opositores a sus planes.

Bolsonaro ya ha explicado que solo Dios dispone de su estancia en el gobierno, sea esto lo que sea que quiere decir. Poco más o menos es lo ocurrido en Estados Unidos el 6 de enero con el asalto al Capitolio, donde un "puñado de patriotas" se lanzó a "recuperar para el pueblo" lo que al pueblo le había sido robado. Esto no es ficción, sino una triste realidad en una democracia consolidada en la que cada vez más se habla de una posible confrontación.

El radicalismo acaba arrastrando hacia posiciones cada vez más dogmáticas, más crédulas, según señalamos antes. Los candidatos se erigen en portavoces de Dios, de la Historia, de la Raza, etc., de cualquier principio que sea visceral, para lo que necesitan unas audiencias fanatizadas, deseosas de recibir estos mensajes de confirmación, que les aseguren que están en el lado correcto, el que tiene todas las bendiciones. Para eso, el fomento de la ignorancia es fundamental. No hacen falta electores que piensen, sino emotivos seguidores enganchados al culebrón político, seres simples en los que las frustraciones diarias se convierten en risas y llantos, en gritos y cantos, seres deseosos de sentir y no de pensar, deseosos de creer que Dios los mira y se comunica con personajes como Bolsonaro, Trump o Putin para transmitirles su divina voluntad

* Marta Rey "Bolsonaro vs. Lula: las claves de las elecciones más polarizadas y violentas en Brasil" RTVE.es 2/10/2022 https://www.rtve.es/noticias/20221002/claves-elecciones-brasil/2404404.shtml

sábado, 4 de diciembre de 2021

Idiota hasta la muerte

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)


La pandemia, como los grandes hechos traumáticos, no lleva al límite, nos dejan al descubierto. Cada día salen historias de abnegación, de sacrificio, de valentía y de estupidez llevadas a extremos impensables. Sale lo mejor y lo peor.

La historia de Johan Biacsics, que nos cuentan sucintamente en Antena 3, es de las últimas señaladas, una puerta abierta a la estupidez en su forma más directa y sin necesidad de demasiadas explicaciones, pero es una muestra ejemplar de lo que hay que combatir o, incluso, de lo que es imposible redimir, la estupidez más allá de los límites. 

Imagínese intentar convencer a alguien que cree que la Ley de la Gravedad es solo una engañifa para evitar que la gente disfrute del vuelo y las compañías aéreas son las responsables de una gran mentira mundial para seguir beneficiándose. Imagínese cualquier otra estupidez "coherente" en sus propios términos y que solo se puede comprobar saltando de un edificio. 


En un mundo exhibicionista, llenos de pantallas y deseos de salir en ellas, Biacsics tuvo —gracias al Covid— una importante participación, hasta llegar a convertirse en cara y voz de los antivacunas austríacos.

Algo así se puede pensar en la historia de este irremediablemente tonto austríaco. El misterio, una vez más, no es la estupidez, sino cómo se crean los mecanismos de ajuste para hacerla coherente en casos como este: 

Johann Biacsics ha fallecido tras contraer hace unas semanas el Covid-19. Se negó a recibir el tratamiento y decidió utilizar lavativas de dióxido de cloro o lejía.

Este tratamiento comenzó a usarse después de que el exmandatario de Estados Unidos, Donald Trump, lo sugiriera durante una comparecencia pública.

Biacsics fue hospitalizado a principios del mes de noviembre en Viena debido a problemas respiratorios que sufría. Para ver si era por coronavirus, se le realizó una prueba covid y dio positivo. Sin embargo, se negó a recibir tratamiento.

Solicitó el alta voluntaria

Pidió el alta voluntaria y se fue a su casa, cerca de una localidad de Viena, Austria. Tiempo después su estado empeoró, pero la familia se negó a hospitalizarlo. Días después moriría.

Semanas antes de su muerte encabezó una manifestación antivacunas en Viena. Afirmaban tener "información confidencial" que le indicaba que el 67% de los pacientes en la UCI estaban vacunados.

La familia ha comenzado una campaña en redes sociales donde indican que "oficialmente entrará en las estadísticas de las víctimas Covid, pero nosotros sabemos la verdad". Acusan a los médicos de haberlo asesinado.

Los seguidores han llenado su muro de Facebook con mensajes donde denuncian que Johann Biacsics habría sido envenenado. Su hijo ha iniciado una campaña para recaudar fondos y denunciar a los medios de comunicación que hayan publicado "noticias falsas" relacionadas con su familia.*


Si la estupidez no es un misterio por su frecuencia, este caso —como muchos otros— nos hace preguntarnos sobre ese modo de construcción de lo que hoy llaman "realidad alternativa", "teorías de la conspiración" y un largo etcétera de locuras que se mantienen por encima de los hechos comprobables y el sentido común. 

Johann Biacsics manifiesta una tendencia doble: rechaza lo que los demás creen y rechaza los hechos (en los que los demás creen). Podría ser definido como un "incrédulo congénito", pero entonces ¿por qué cree las tonterías que otros creen? ¿Se puede ser "incrédulo" de lo mayoritario y "crédulo" de lo minoritario? Afortunadamente, lo que Biacsics creía son pocos los que lo aceptan. Pero ha servido para confirmar a los que piensan igual que él que estaba en lo cierto. Biacsics es para ellos una "víctima", pero no del "Covid" sino del "sistema": son los médicos los que le han asesinado. ¿Para qué? Para evitar que la verdad se extienda y permitir que el mundo siga creyendo "mentiras". Debe además haber algo genético en ello porque la familia continúa su legado tonto.

Johann Biacsics creía que los que morían no eran los que no estaban vacunados, sino, al contrario, que los muertos lo eran por las vacunas, pero que nos mentían. ¿De dónde sacó esta y otras ideas? La mención a Donald Trump no es casual. En él sí confiaba y por eso se sometió al ridículo y peligroso tratamiento a base de lavativas de cloro y lejía, como se indica en la cuestión.


Trump cogió el Covid. No falleció, como sabemos, pero también sabemos que los tratamientos que se le pusieron no fueron lavativas. Una cosa es hablar y otra jugarse la vida. Su gesto orgulloso y despectivo quitándose la mascarilla cuando regresó de la casa blanca era un mensaje interesado, pero equívoco. Algunos sospecharon que los tratamientos le habían afectado al cerebro, algo que es difícil discernir por las pocas diferencias con su estado anterior. Pero claramente se convirtió en una referencia para Biacsics. Es decir, el austríaco eligió al expresidente norteamericano como guía para sus acciones e interpretación del mundo con sus "alt" y sus "fake news".

La muerte no se ha convertido en evidencia de que lo hizo mal, sino en la confirmación conspirativa contra él para evitar que su "verdad" salga a la luz y consiga más adeptos. Ahora su familia denuncia y recauda dinero para llevar a juicio a los que digan que murió de Covid y no envenenado por los médicos.

Creo que no investigamos como deberíamos este tipo de mentalidades y situaciones. No creo que se deban despachar con un simple movimiento de cabeza o un "se lo buscó" o cualquier otro tipo de actitud de este tipo. No basta con decir "antivacunas" o "negacionista". Estos personajes forman parte de entramados más amplios con orígenes diversos que sería interesante comprender.


Nos conformamos con esta parte marginal de la sociedad, pero hoy "marginal" no significa "aislada". Siempre me acuerdo de aquella idea en una de las novelas de Kurt Vonnegut, "todo país puede tener 40.000 locos, el problema es si se ponen en contacto".  Hoy hay un "efecto red", una energía que surge de las interacciones. Los locos sí se reúnen de forma activa y ascienden.

En los últimos años, las investigaciones en Estados Unidos nos hablan del crecimiento de las ideas estrambóticas, de las que van contra lógica y evidencia. Esto es un peligro, especialmente si se fomenta desde la política. Trump logró convencer a más de la mitad de los Estados Unidos que todo inmigrante era un narco, un violador, un peligro para la comunidad. No necesitó mucho para hacerlo porque muchos estaban deseando que se lo "confirmaran".

Cada vez es más difícil explicar las cosas con lógica y más fácil haciéndolo con falsas teorías pues mentiras y rumores se pueden expandir por todo el planeta en unos pocos minutos. Hemos perdido la capacidad de distinguir lo real y lo falso.

Hoy mismo, en RTVE tenemos la noticia de la apertura de investigaciones por la Corte Suprema brasileña contra el presidente Jair Bolsonaro por vincular la vacuna del Covid con el SIDA. Las informaciones falsas, como en el caso de Trump o Bolsonaro, ya no llegan de los márgenes o periferia; llegan del mismo centro, del poder mismo.

Estamos cambiando mucho y ampliado nuestro escenario sobre lo interpretable a demasiadas zonas. Podemos considerar la historia del austriaco como una historia de un grupo de personas sin dos dedos de frente, pero que seguían también las ideas de un señor, Donald Trump, que tenía acceso al "botón rojo". Sabemos la preocupación que causó en las altas instancias de defensa norteamericanas el comportamiento de Donald Trump, todavía en la presidencia.

La historia de Johann Biacsics, al que se califica como "líder de los antivacunas" austríacos,  un país en el que uno de cada tres no está vacunado, no es una simple anécdota. Sale de un fondo oscuro que debemos explorar y tratar de corregir. Puede nuestras herramientas comunicativas sean ya muy poderosas y amplifiquen las locuras haciendo que tengan un efecto social mayor. 

No sabemos realmente cuántos han muerto siguiendo a Trump, a Bolsonaro o a este austríaco. 


 

* "Muere Johann Biacsics, el líder antivacunas en Austria que usó lavativas de lejía contra el Covid-19" Antena3 03/12/2021 https://www.antena3.com/noticias/mundo/muere-johann-biacsics-lider-antivacunas-austria-que-uso-lavativas-lejia-covid19_2021120361aa0766ccdfac000141d537.html

** "Violencia machista: la tecnología da voz a cinco asesinadas" RTVE.es https://www.rtve.es/play/videos/telediario-2/video-violencia-machista-israel/6232896/

miércoles, 23 de junio de 2021

El desafío del populismo

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)



Gran parte del atractivo del populismo es convencer a sus seguidores de que los cambios siempre son a peor, que todo deterioro viene de cambiar. Por eso la base es conservadora, tradicionalista, etc. Eso puede llegar a ser muy contagioso, especialmente en un mundo en el que se aceleran los cambios y que tiene sus crisis. Sin embargo, el populismo interpreta los cambios como un desafío a leyes naturales o divinas, según interese. Esto es válido para los populistas antivacunas, que confiarán en la naturaleza o en la divinidad ("Jesucristo es mi vacuna", decía un populista norteamericano) o para el gobierno húngaro que recibe críticas de medio mundo por sus leyes homofóbicas.

El populismo es una respuesta política al cambio del mundo, a la desarticulación de grandes principios en pequeñas unidades de corte más pragmático y local. Pero es también una respuesta psicológica al cambio, al hecho de vivir muchos años y padecer cada vez más cambios en la vida.



Dicen que nos cuesta más cambiar con la edad. Es cierto en muchos casos. Pero sobre todo la presión se produce por una inversión del cambio. Ya no hay que esperar a la madurez para vez que el mundo cambia; esta sensación de cambio se empieza a producir mucho antes, casi desde el momento en que uno empieza a amoldarse a una forma de vida tras la adolescencia. Esto quiere decir que no entra en una edad donde las cosas cambian, sino que es el mundo el que te obliga a cambiar. Esto lleva a relativizar conceptos como "madurez" y lo que implica ya que te traslada de forma permanente a una época de cambios, a una interminable adolescencia, algo que explicaría muchos casos de inmadurez al no poder adaptarnos a algo, ya que ese "algo" cambia de continuo.

Frente a esto, el populismo crea un discurso sobre la maldad del cambio que puede ser muy convincente en cuanto que las crisis se comienzan a producir y la gente ve que la realidad es escurridiza, que no es refugio. El discurso populista tiene entonces una explicación; el mal viene del cambio y nos espera en el futuro. Solo en una serie de principios que presenta como inamovibles, eternos, grandes palabras, es posible vencer al futuro. El no-cambio o la reversión de lo hecho son sus estrategias básicas y los pilares de su discurso.



Si pensamos, por ejemplo, que fueron los grupos más adultos los que se dejaron seducir por el populismo de la idea del Brexit lo podemos explicar un poco mejor. El Brexit cobra fuerza como una especie de vuelta al pasado, algo imposible, pero mentalmente deseable y que se ofrece como posible. Pero una cosa es lo que podemos hacer y otra lo que deseamos hacer. Los discursos populistas sobre el Brexit colmaban el deseo de regreso a una situación idealizada y se anunciaban como salvación del presente. Como hemos podido ver, lo que ha traído el Brexit no es el pasado, sino un presente diferente, probablemente más conflictivo, con la advertencia de la separación de Escocia de Reino Unido, conflictos en la frontera con Irlanda, problemas de exportación, etc.

El populismo avanza hoy en el mundo gracias a la espiral de conflictos, a las inseguridades que producen los cambios y a unos discursos emocionales y primarios que incentivan el miedo presentándose como soluciones. Los cientos de miles de muertos —más de un millón— que se acumulan entre Estados Unidos y Brasil son víctimas del COVID19, pero sobre todo del discurso populista y negacionista de sus presidentes, Trump y Bolsonaro. Todavía ayer veíamos a Jai Bolsonaro insultar a la prensa por preguntarle por la mascarilla en un país que acaba de superar los 600.000 fallecidos.



El discurso populista está en contacto continuo con la realidad para poder reinterpretarla e insertarla en su comunicación. Nadie es más activo en este sentido que los grupos de corte populista. Lo hemos visto en los propios grupos en Estados Unidos, un constante refuerzo en redes sociales y en medios, tejiendo un cuidadoso discurso cuya finalidad es impactar en las mentes, reestructurarlas para que entiendan el mundo y sus problemas de forma próxima. 

Los grupos populistas saben del valor de la "propagación", pues es la palabra la que precede a la acción. Y la palabra es adscrita a los puntos de vista más fundamentalistas para asegurarse que el universo mental se cierra en aquellos a los que se ha llegado y han aceptado premisas y razonamientos básicos a partir de los que derivar las nuevas interpretaciones de los acontecimientos que se vayan produciendo y las crisis que vayan llegando. Para que eso funcione se necesita una base firme y general, un discurso de partida cerrado, sólido, que asiente los posteriores, los ajustados a las circunstancias. De afirmaciones grandilocuentes e irrebatibles se pasa a las aplicaciones de detalle que son dadas como explicaciones incontestables. Si creo en Dios, el virus no me enfermará. ¡Pero qué poco se airean las muertes de los negacionistas! Si es necesario, se recurrirá a la explicación conspiratoria.



El populismo necesita además de un claro frentismo, de una definición negativa del "otro", al que convierte en contrario de sí mismo. Un ejemplo lo hemos citado recientemente cuando se acuña el término "supremacismo feminista", como se está haciendo en España. En el discurso populista es el feminismo el que causa los problemas familiares y no el que los explica en su caso.

Un ejemplo claro del populismo lo encontramos en el deleznable discurso del párroco canario que ha responsabilizado a la madre de las niñas asesinadas por su padre. No solo es falso en los datos, y nauseabundamente machista sino una muestra de cómo el populismo se fundamenta en una suerte de "ley" o "principio" divino que le sirve para condenar a la mujer como responsable. Ella es la culpable por "adúltera" dice el infame párroco, que hasta las autoridades eclesiales han tenido que llamar al orden. El caso muestra a la perfección cómo este tipo de discursos aprovechan las circunstancias para "explicar" y "fortalecer" su propio discurso sobre el que se difunde su visión retrógrada del mundo.



Lo que está ocurriendo en Hungría es otro ejemplo de ese mismo populismo, esta vez sobre la homofobia. Hungría está creando un serio problema dentro de Europa, no solo por la gravedad de los discursos, sino por lo que supone —como en el caso de Trump y Bolsonaro— de referencia para otros lugares en los que se desarrollan discursos similares. Es una forma de minar la unidad Europea creando grandes diferencias que acaban creando la incompatibilidad de los modelos democráticos abiertos con los populistas cerrados. No es casual que se pregunten en la BBC sobre los parecidos de Hungría con la Rusia de Putin.



El populismo acaba desplazando la convivencia y la diversidad. Su idealización de un pasado que explica todo, que se aferra contra el cambio pone en peligro los cambios provocando su propio cambio que se presenta como rectificación de una "modernidad", madre de todo los problemas existentes. Como hemos señalado, esta estrategia funciona en aquellos a los que se convence de que el cambio es en sí mismo un problema. Con esto se sustrae la capacidad de decisión y, sobre todo, se plantean —como en USA y en Brasil— problemas derivados de la propia parálisis. En el fondo, Trump y Bolsonaro no han tomado medidas, solo un cómodo (y trágico) no hacer.

El mundo cambia. Lo que hay que hacer es no negarlo y, por el contrario, tratar de que ese cambio se ajustado a lo que necesitamos porque los problemas forman parte unos de la propia vida y otros de nuestra ceguera.