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martes, 1 de enero de 2013

Los tres príncipes de Ceilán y las preguntas inversas

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Escribe el gran científico, padre de la Cibernética, Norbert Wiener:

Un viejo cuento, refiriéndose a las tres princesas de Ceilán, dice lo siguiente: «Cuando sus altezas viajaban, siempre hacían descubrimientos, por medio de la casualidad y la sagacidad, de cosas que no iban buscando». Este rasgo de las tres princesas es [...] un arma vital en el arsenal del científico. La ciencia es fundamentalmente el arte de llegar, por medio de preguntas y respuestas, a un mejor entendimiento con la naturaleza. En el ejercicio de este arte no hay motivo para limitarse a plantear preguntas y a resolver problemas previamente formulados.* (48)


Le interesaba a Wiener exponer el gran potencial de las "invenciones", su capacidad de ir más allá del planteamiento inicial. No basta con descubrir cosas; hay que descubrir después para qué sirven, que pueden ser muchas más de las que pensábamos. Él lo llama "preguntas inversas": ¿para qué sirve esto que he descubierto o he inventado? Puede que hayamos tenido en mente un objetivo, pero ese potencial de los inventos o de los principios encontrados no somos capaces de comprenderlo inicialmente. 

La "serendipia" es el arte de esa búsqueda de lo que no sabemos. "Serendip" era el nombre persa del reino de Ceilán, la actual Sri Lanka. El escritor inglés acuño el término "serendipia" (serendepity) al realizar su versión del cuento persa  Los tres príncipes de Serendip. Había sido publicado en Venecia, en 1557, con el nombre "Peregrinaggio di tre giovani figliuoli del re di Serendippo" y la historia se había recogido en distintos autores occidentales, incluido Voltaire. 
La libertad de los tres principes (o de las tres príncesas del texto citado de Wiener) de Ceilán es la de los "buscadores alegres", en un sentido casi nietzscheano. Hace falta esa "alegría" de la busca y aplicarla a los distintos apartados de este mundo de protocolos, deshumanizado, cibernético, de inputs y outputs. En estos tiempos de recetas estandarizadas y de incuestionadas teorías sin realidad, hacen falta personas imaginativas para inventar y encontrar nuevas soluciones más allá de lo canónico, que no funciona demasiado bien. Pero me temo que todos nuestros pasos son restrictivos y sancionadores de la invención y el descubrimiento, de la imaginación, a fin de cuentas.


Creo que hay demasiadas "recetas" en campos demasiado abiertos, como son los de las ciencias sociales, los que tratan de lo que nos rodea, del funcionamiento del mundo en el que nos movemos. A diferencia de otros campos en los que la materia o la vida de comportan de forma estable —los reinos de la regularidad—, lo humano es cambiante en casi todas sus capas. Estudiamos el mundo con retraso. La teoría que llevamos puesta puede no servir ya en el momento en el que la aplicamos. Y, desde luego, no lo hará indefinidamente.
Max Planck escribió en su autobiografía lo siguiente: "Una nueva verdad científica no triunfa por convencer a sus oponentes y hacerles ver la luz, sino porque los oponentes terminan muriéndose y una nueva generación crece familiarizada por ella"** (38). Puede que algunos piensen que Planck exageraba, pero hay muchos campos en los que se podrían poner buenos ejemplos de ello.

Norbert Wiener
Es claro que la política. la economía, el derecho, etc., necesitan imaginación "alegre" para enfrentarse a los nuevos retos que la aceleración de los cambios produce. El incremento de la velocidad histórica genera desajustes permanentes que vemos y padecemos cada día. No todas las herramientas o recetas son válidas de la misma forma en que lo eran hace décadas.
Con lo prolongación de las expectativas de vida, tenemos en sobre la faz de la tierra generaciones distintas con mentalidades y formas de ver el mundo diferentes, con formas de percibir los problemas muy diferentes. Las comunicaciones ponen en contacto cotidiano a culturas que vivían distantes, produciéndose malentendidos y confrontaciones. Sin embargo, los grandes problemas se siguen sin afrontar de manera nueva. Nadie se hace "preguntas inversas": ¿qué podemos hacer con todo lo que sabemos, a sabiendas de que todo lo que sabemos nos ha transformado ya?

La "innovación" que se nos propone es de andar por casa; lo es en el sentido schumpeteriano del término, como un motor diferencial económico, pero nadie se está cuestionando el motor en sí ni el tipo de combustible que se usa.

Horace Walpole
Parece obvio que nuestros problemas están ahí, se perciben sus efectos. La sociedad basada en el trabajo que surgió con la revolución industrial y urbana ha llegado a un punto en el que hacen falta imaginación, no adivinación. Hay que dar nombre a los problemas flotantes antes de que se pinchen y revienten.
Los modelos se agotan cuando caen en la rutina, forma evidente de su incapacidad de enfrentarse a los problemas que generan. La rutina presupone una estabilidad del mundo de la misma manera que el obsesivo compulsivo trata de que su mundo no se desmorone mediante un artificial orden impuesto. Pero el mundo es como es y avanza con nuestras acciones aunque no seamos conscientes de los efectos de todas ellas.
Puede que las tres princesas de Ceilán tengan que salir a recorrer de nuevo el mundo y, sin un plan preconcebido, "por medio de la casualidad y de la sagacidad", puedan encontrar soluciones a problemas viejos, sin solución hasta el momento, y tengan la capacidad de bautizar los "nuevos problemas", los que flotan frente a nosotros sin que nos decidamos a ponerles nombre, los que nuestras viejas ideas hacen invisibles. Con ellas, tendremos que preguntarnos "inversamente": ¿para qué sirve este mundo que hemos hecho?

* Norbert Wiener (1995): Inventar. Sobre la gestación y cultivo de las ideas. Barcelona, Tusquets.
** Cit. Alberto Tomás Pérez Izquierdo(2012): Max Planck. La teoría cuántica. La revolución de lo muy pequeño. Col. "Grandes ideas de la Ciencia", RBA, Barcelona.


Edición japonesa de Los tres príncipes de Serendip


sábado, 10 de noviembre de 2012

El espectáculo

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Escribía Norbert Wiener, una de las grandes personalidades científicas del siglo XX, en su obra "Inventar":

La tesis que mantengo en este libro es que la existencia continuada de una atmósfera en la que la ciencia fundamental puede desarrollarse hasta el punto de satisfacer nos solo nuestras esperanzas, sino también nuestras necesidades, depende de la fe de la comunidad en el valor del trabajo intelectual y de las instituciones dedicadas a fomentar la atmósfera en que puede desarrollarse ese trabajo sean de interés público.
Esto implica también lo que ya he dicho en relación con la vocación del científico, que él mismo debe ser un hombre entregado a su trabajo. El medio ambiente en el que pueda florecer esta vocación depende de instituciones que son esencialmente permanentes.*

Para Wiener, la Ciencia surge porque existe un ambiente social propicio, que valora el trabajo intelectual y lo fomenta. De igual forma, la vocación científica se produce porque existentes referentes externos estables que ansiamos emular con nuestro propio trabajo.
La degradación de la Ciencia en España se explica por el mismo proceso que Wiener explica para su florecimiento: la ausencia de un ambiente social favorable. Cada vez se dan menos las condiciones necesarias para que esa cultura científica se expanda. Esto va más allá de las inversiones.
Una observación: por "cultura científica" no me refiero solo al conocimiento científico, sino al reconocimiento de su papel esencial en el desarrollo de nuestras modernas sociedades.


La Ciencia se ha considerado desde dos perspectivas. La primera es la que surge de la Ilustración y que se contrapone al oscurantismo del desconocimiento. La Ilustración o "iluminismo" se refiere a la expansión social de las "luces" del conocimiento científico frente a las tendencias que lo niegan y buscan establecer la vida social sobre fundamentos que carecen de verdad alguna, basados en las tradiciones que perviven desde las épocas más antiguas. La Ciencia, en este sentido, se opone a la ignorancia, a que los prejuicios rijan nuestra vida social; es una forma de desmontar los mitos, las falsedades que se disfrazan de verdades y se imponen por la fuerza de la autoridad y no de la evidencia.

La segunda perspectiva de consideración de la Ciencia, una vez que se ha aceptado la primera y creado las condiciones para esté presente en nuestras sociedades, es su valor como motor del desarrollo gracias a la interrelación entre Ciencia y Tecnología. La Ciencia produce conocimientos que son traducidos a nuestra realidad inmediata por la Tecnología para que lleguen a nuestra vida cotidiana en forma de objetos. El ordenador en el que estoy escribiendo esto  y en que lo está leyendo son el resultado de la conversión de una serie de conocimientos científicos en objetos gracias los procesos tecnológicos de transformación. Cada aparato de los que disponemos es el resultado de decenas de principios que han sido obtenidos en el campo de la investigación científica y que han sido unidos en la producción de un objeto determinado.
Si el clima científico crea Ciencia porque favorece las vocaciones y permite un ambiente favorable a la investigación, el clima tecnológico es el industrial, el que busca tener cerca a sus científicos para poder "innovar" (como señalaba el economista Schumpeter) y mejorar los productos haciéndolos más competitivos. La economía moderna cuenta con la Innovación como el factor de desarrollo clave para conseguir las mejoras de las empresas y con ellas del sistema social en el que se encuentra. La ciencia sale de los laboratorios y se expande por la industria, por todo el tejido productivo en la sociedad.

Cuando nosotros abandonamos la investigación (investigan otros) y la producción (producen otros donde es más barato), solo nos queda la dependencia y el oscurantismo del consumo, un acto que no resulta ni del conocimiento ni de la tecnología, sino solo de la capacidad de pagarlo.
El buen ambiente científico produce una sociedad más culta; el buen ambiente tecnológico una sociedad industrializada y con la idea constante de renovación por la innovación. Por el contrario, una sociedad sin investigación científica y sin capacidad de producción tecnológica no es más que un mercadillo en el que se va a ver qué llega y a revender las cosas para tener algún beneficio del que vivir.


Esto no es de ahora, fruto de los recortes. Esto es un largo proceso de deterioro científico e industrial al pasar al frente de la dirección social personas que carecían de las miras suficientes como para ofrecer un desarrollo en ambos campos. El éxodo de nuestros científicos e ingenieros es la constatación, la evidencia palpable del abandono de una perspectiva distinta.

Es esta la clave de porqué España tardará más en salir de la crisis que el resto de los países. Su propio tamaño la lastra y la pérdida de tejido científico e industrial, con cada investigador e ingeniero que hace las maletas, hace que se alejen las posibilidades de emprender la senda correcta. España es un país grande que ha adoptado la mentalidad de uno pequeño.
Somos el ejemplo perfecto de lo que Guy Debord llamó la "sociedad del espectáculo". Nuestros héroes sociales no son los científicos, los tecnólogos o los grandes intelectuales, sino tan solo aquellos en cuya imagen o en cuyo nombre se puede vender algo, una idea, un partido, un coche:

Los personajes admirados, en quienes se personifica el sistema, son bien conocidos por no ser lo que son; se han convertido en grandes hombres a fuerza de descender por debajo del umbral de la más mínima vida intelectual, y ellos lo saben.
62
La falsa elección de la abundancia espectacular, elección que se concreta en la yuxtaposición de espectáculos concurrentes y solidarios, así como la yuxtaposición de papeles (primordialmente significados por —y a poyados en— objetos) que al mismo tiempo son exclusivos y están mutuamente implicados, se desarrolla en una lucha de cualidades fantasmales destinadas a presentar como apasionante la trivialidad de lo cuantitativo. Renacen de este modo las falsas oposiciones arcaicas, regionalismos o racismos, que se encargan de transfigurar en superioridad ontológica fantaseada la vulgaridad de las posiciones jerárquicas del consumo. Así se recompone la serie interminable de ridículos enfrentamientos que movilizan un interés sublúdico, desde las competiciones deportivas hasta las elecciones. (66)**

El mensaje de Debord es claro: en la sociedad del "espectáculo", lo que se presenta como diversidad no hace sino esconder una patética vulgaridad de fondo. Estamos creando (creándonos) una sociedad que esconde su terrible trivialidad bajo el vocerío y el insulto, prescindiendo del conocimiento y del trabajo, bajo una furiosa diversidad que busca la diferenciación de las "marcas" (marcas nacionales, marcas nacionalistas, marcas ideológicas...).


En una sociedad sin ideas, sin conocimiento, sin trabajo, progresivamente dirigida a vivir en y del espectáculo (metáfora de la vida social en su conjunto), las diferencias hechas para que otros puedan vivir de nosotros, las diferencias voceadas, esconden una patética falta de sentido y dirección. Decía Debord que todas las diferencias en la sociedad del espectáculo  solo sirven para esconder "la unidad de la miseria" (67).
Sin ciencia, avanza la demagogia y la ignorancia; sin trabajo, todo se transforma en ocio. Solo queda ya que todo se convierta en espectáculo, en un espectáculo grandioso y miserable.


* Norbert Wiener (1995): Inventar. Sobre la gestación y cultivo de las ideas. Tusquets, Barcelona.
** Guy Debord (2002 2ª): La sociedad del espectáculo. Pre-Textos, Valencia.