Joaquín Mª Aguirre
Estas
elecciones se presentan apocalípticas según los partidos. El mensaje es
sencillo: si no se les elige a ellos, llegará el fin del mundo, al menos del
conocido. La campaña se ha iniciado desde el momento mismo en que se anunciaron
las elecciones, ayer mismo a primera hora. Mientras todavía especulábamos sobre
si se adelantarían las elecciones, ya estaban dando el mitin.
A unos
le ha pillado el anuncio mejor colocados, a otros con la casa empantanada. Pero
las líneas ya están claras, las estrategias generales definidas.
a) Si no gobernamos nosotros llegará el
desastre.
b) Todo lo malo viene de etapas anteriores,
con los otros al frente.
c) Lo que no se ha hecho, lo que no se hizo,
fue porque el otro lo impidió, puro sabotaje.
Con
estas sencillas líneas, cada uno en su versión, pero manteniendo el guion
básico, comienzan lo que algunos llaman la "pre campaña". Esto es
relativamente cierto pues en la política española actual todo es campaña, solo
varían las formas o las maneras de presentarse.
Desde el momento en el que los comunicólogos, pragmáticos ellos,
sustituyeron a los ideólogos, marcaron un único punto en su programa electoral:
ganar. Todos los caminos llevan a la "Roma española", a La Moncloa y
sus aledaños.
Esto ha
generado un tipo especial de político muy diferente al modelo anterior, que se
basaba en otro tipo de experiencias y principios. El nuevo político es
circunstancial y desmemoriado, es decir, puede decir lo contrario de lo que
dijo si las circunstancias así lo aconsejan. De esta forma le ha recordado (¡Ay
las grabaciones!) a Sánchez sus palabras, firmes y convincentes, de que no
aceptaría la puerta trasera de la Diputación Permanente para aprobar nada,
mientras que ahora todos sospechan que es lo que hará para lo que presente para
el "problema" de la vivienda.
No sé
si es bueno que hayan coincidido (o provocado) las elecciones con las marchas y
acampadas por un problema que es algo más que político, pero muy aprovechable
para las disputas. La tranquilidad
y el tiento que este problema requiere no casa bien con la desmesura y
distorsiones de una campaña electoral que ya se anuncia como a cara de perro,
bronca y sin límite por lo que todos se juegan.
Las
tres líneas señaladas anteriormente ya están funcionando. La línea del final
apocalíptico si gana el otro funciona en la gran polarización que se ha
construido. Es una táctica eficaz que tiene sus efectos, el primero de ellos,
es la conversión de la otra parte en un enemigo irreconocible y deshumanizado.
Los estamos viendo como resultado en otros países (no es casual) donde son
llevados a extremos de guerra civil. Estamos asistiendo en Hispanoamérica al
encumbramiento electoral de hijos de gobernantes condenados por corrupción,
intento de golpes de estado (Fujimori, ahora Bolsonaro), lo que nos lleva a la
idea de que el votante se atrinchera alrededor de figuras poco democráticas,
que es una forma de justificarlos. Si bien las condiciones son distintas, nada
impide pensar que se puede llegar a justificar muchas cosas a sabiendas de que
serán "perdonadas" con el voto de los seguidores, que lo aceptarán
todo. No hay que ver las cosas como distantes, sino como probabilidades de que
las acabemos aceptando. Si el otro supone la destrucción, votar es un acto
defensivo, de defensa propia. Y si el voto no funciona, quedan otros recursos,
cualquier cosa para evitar el apocalipsis.
Este
miedo es el que utilizan para asegurarse el voto, por un lado, y las acciones consiguientes
para evitarlo, por otro. Haga lo que haga, siempre será en defensa del
ciudadano, del país, de las instituciones, de los principios democráticos.
El
peculiar sistema español, con su tripe dimensión, de lo local a lo estatal,
pasando por lo autonómico, ha tejido un laberinto de competencias y un activo
juego de reproches. El responsable es siempre el otro, por acción u omisión. El
político español siempre tiene alguien que hizo o no hizo. Esto también ha
producido un personaje de excusa fácil y poco preocupado por el ciudadano,
confiándolo todo a los comunicólogos que le explicarán la forma más eficaz de
tratar la excusa o la queja. Recomiendo que vean la película Digger, recién
estrenada, para comprender bien esta forma de trabajo. La distinción entre
hechos (lo que ocurre) y relato (la forma de contarlo) es lo primero que
aprende el político actual, inmerso en un universo mediático y de redes.
Con una
mano se construye el discurso; con la otra se destruye, distorsiona, manipula
el discurso ajeno. Trump es un buen ejemplo de esta forma de batalla que
convierte el día a día en campaña permanente, un modelo al que se nos arrastra
o que seguimos gustosamente, como prefieran.
El
hecho es que han lanzado la señal de salida con el anuncio electoral, que es
una forma de marcar fechas e intensificar el tono, de tirar de hemerotecas, de
debates en los que no se escucha, de explicar lo que el otro ha querido decir,
pero no ha dicho.
Las
acampadas por los problemas de la vivienda han servido para despertar
conflictos callejeros, provocaciones que se traducen en violencia porque hay
que ajustar hechos y palabras. Esperemos que esta precampaña y esta campaña no supongan
un exceso de violencia. El efecto acumulativo de las tensiones no se ha podido
comprobar todavía, pero puede que lo experimentemos pronto con estallidos
incontrolados. La presión mediática, ya sea por las redes o por los medios
tradicionales, es grande y acumulativa, puede estallar en cualquier momento si
se ven demasiado en el aire los resultados.
Aumentar
la presión tiene sus riesgos; responsabilizar a los otros de todo, también. Hay
que crear fanáticos que acepten sin fisuras los mensajes. Eso también es
peligroso.
Lo cierto es que cada vez es más difícil votar, ya sea por falta de confianza, hartazgo o descontento con las formas. Democracia es algo más que votar; es convivencia y sana discrepancia, debate más que discusión. No es lo que vemos con la polarización buscada. Hay que mirar los hechos y dejarnos seducir menos por las palabras. España tiene problemas; lo malo sería que se empiece a pensar que los políticos son parte de él o, peor, causa.





























