Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Hemos citado en varias ocasiones aquí las palabras de Donald Trump cuando, mucho antes de su presidencia, se le preguntó por el filme "Ciudadano Kane": "¿De qué te sirve el poder si no lo usas?" Se refería al divorcio del protagonista, Kane. De qué le servía todo su poder si no se libraba de su esposa, era la cuestión. Aquellas palabras ya anticipaban al Trump de la presidencia, al Trump que se siente "poderoso", es decir, sin que nadie le pueda impedir hacer lo que desea.
Hay
otras preguntas que nos hacemos con frecuencia: ¿cómo los Estados Unidos no
ponen coto a su deseo inagotable de sentirse poderoso? Haga una distinción
entre ser y sentirse poderoso. Trump, un narcisista patológico, necesita
sentirse. Si no, ¿de qué sirve el poder?
El
poder es lo contrario de la legalidad. La ley tiene su propio poder y obliga; el poder —tal como lo entiende
Trump— la ignora, permitiendo esa exclusividad que necesita y a la que considera
que tiene derecho. No hay "equilibrio de poderes" para Trump, su
deseo es ley. El orden, la norma, la ley, según Nietzsche, eran las formas de defenderse los débiles frente a los fuertes. Trump es el fuerte; los demás, los débiles.
Un último ejemplo nos lo ha dado publicando en su red la imagen de Venezuela en el mapa con los colores de la bandera norteamericana. Es un gesto significativo, una amenaza colonial que no puede ser normalizada, mucho menos ignora tanto por su valor simbólico como por su carácter de amenaza.
El
mundo sigue normalizando todo esto bajo la máscara de la
"extravagancia", pero es solo uno de sus ángulos. Cuba, Canadá,
Venezuela... están bajo la amenaza constante de los Estados Unidos de Trump. El
cambiar de denominación al "Golfo de México" como "Golfo de
América" unilateralmente y exigiendo el cambio en el territorio, tal como
Google aceptó, se entiende mejor si consideramos que "América" para
Trump no es el nombre del "continente" sino la forma expansiva e
imperial de llamar a los Estados Unidos. América son ellos y eso comprende la
voluntad de hacerse con el continente en su totalidad. No hay más que una
realidad, la "América prometida", la totalidad del continente, de Alaska
(ya comprada) a la Patagonia. La posibilidad de que este sueño/pesadilla se
haga realidad, nos insinúa, depende de su voluntad, el poder ya lo tiene.
La
pregunta ya no es solo hasta cuándo,
hasta dónde están los norteamericanos
dispuestos a permitir que se usen su nombre y votos en este sentido agresivo y
personalista, en seguir aceptando al Trump "enviado" a salvar el
mundo, a hacer "grande" a América. Son ellos los que han colocado al frente a este personaje enloquecido
con su propio poder, al que permitieron pasar de la especulación inmobiliaria,
los concursos de belleza, los concursos televisivos, los cameos
cinematográficos... a la amenaza al mundo desde la Casa Blanca, invadir, secuestrar,
amenazar con extinciones culturales y con anexiones de terceros países.
El
mundo ha comprendido quién es ese personaje en la casa blanca, es que decide
quién sale en los programas de humor, a quién hay que despedir, que se hace con
el control de medios de todo tipo, que insulta a los periodistas (especialmente
a las periodistas) cuando le preguntan algo que no le gusta.
La
globalización ha creado lazos que se vuelven contra nosotros en la medida en
que ha construido un sistema de dependencias. Las amenazas arancelarias son
constantes. No son las únicas, me da cierta vergüenza escuchar a las personas
de las zonas con bases militares norteamericanas anteponer los intereses
económicos, las pérdidas que supone para la zona que las tropas norteamericanas
se vayan de allí. Se ha reproducido la misma respuesta en las diferentes zonas
de Europa: los soldados son consumidores. Estamos felizmente invadidos,
ocupados. La retirada no es una cuestión defensiva, sino meramente económica.
Nos vendemos por muy poco. Se entienden fenómenos como el "colaboracionismo"
en la Guerra Mundial.
Los poderes económicos mundiales no entienden de estas cosas; les basta hacer beneficios. Los están haciendo con la crisis energética, de la que se benefician unos cuantos, mientras hunde o empobrece a otros muchos. No hay una guerra declarada, sino una amenaza constante, que es la respuesta trumpista a los conflictos que genera. Debemos ser conscientes de la situación constante en la que nos encontramos. Muchos países lo han entendido ya y tratan de hacer movimientos, sin demasiado ruido, que les libere de esta dependencia peligrosa, sometida al capricho y que Trump vende con "MAGA".
Veremos cómo deja esto a María Corina Machado, la líder opositora que quiso compartir su Premio Nobel de La Paz con Trump o la propia presidenta venezolana, tutelada por Trump. También cómo deja a algunos pro Trump, como el argentino Milei.
Hemos
señalado en varias ocasiones, y se confirma cada día, que el gran perjudicado a
largo plazo son los Estados Unidos, que aunque cambien la presidencia, habrán
dejado avisos sobre lo que son capaces de hacer a sus propios aliados y a los
países próximos. Quedarse con recursos —del petróleo a tierras raras—, imponer
políticas económicas, decidir quién puede vender a quien, declaración de
guerras, etc. son las vías que se han abierto y que no es posible normalizar ni política ni
mediáticamente.
La
salida es ser más fuertes, menos dependientes; crear nuevas bases de alianzas,
buscar socios fiables. Trump nos ha mostrado que los Estados Unidos dependen
demasiado de los cambios en su jefatura y que esta puede usar su poder para
someternos a todos.
Ya no se trata de "esperar a que cambie", sino de cambiar nosotros antes que sea demasiado tarde.
























