Joaquín Mª Aguirre
Al
final queda al descubierto nuestra política. No es la política del voto, sino
la del pico parlamentario. Manda quien tiene el voto que falta. No deja de ser
una ironía que quien mande en España, al menos en su parlamento, sea el
exiliado e independentista Puigdemont. ¡Curioso! Es indicador, claro, de que
algo falla en el sistema, que trae más cuenta el chantaje de los poquitos votos
que hacen falta, que la posibilidad de una política general, de miras amplias.
Hemos visto suplicando, cediendo al gobierno débil frente a unos pocos votos necesarios. Deberíamos reflexionar sobre este problema porque nos afecta a todos. Nos lo presentan como una forma generosa y compartida de gobernar, pero esto se vuelve contra el sistema cuando los intereses tras los partidos son el mero poder (en el mejor de los casos) o el encubrimiento de minorías pudientes, como ocurre en caso de la especulación con la vivienda.
Este
sistema ha generado unas peligrosas tendencias o líneas de actuación conforme a
intereses particulares frente a los comunes. Los que desean ser beneficiados se
camuflan tras las disputas de los partidos, sabedores de que hay más ambiciosos
que comprometidos. De esta manera se han producido importantes conflictos entre
lo público y lo privado, como en los casos de la sanidad o de la educación,
ahora la vivienda. Se han producido los casos de corrupción que nos han
mostrado oscuras motivaciones en los políticos, tanto individualmente como en
sus aparatos de partido.
Esto
está llevando a una serie de complicados problemas sociales que son vistos como
"oportunidades" de negocio. No se arreglan, solo se crean alternativas
de negocio que recojan el descontento o la imposibilidad. Se trata de ofrecer
alternativas de gasto ajustándose a los bolsillos.
La transformación de España en un chiringuito turístico hace imprescindible la proliferación de ciertos tipos de negocios que se ajusten a la oferta y la demanda. Los más débiles son desplazados con "normalidad", desahuciados de sus viviendas ya sea comprando bloques enteros o haciéndoles la vida imposible si son propietarios. El entorno se transforma y empieza a haber barrios enteros afectados por los nuevos precios, del café a las tiendas, que buscan un nuevo tipo de compradores adinerados. No hay hueco para ellos. Desaparece el comercio de proximidad de los barrios y pasan a ser lugares de paso para turistas.
Hemos conocido casos en los que personas vuelan de Palma a Valencia cada día porque les resulta más barato que tener una vivienda en la turística isla. Alquileres de temporada, por días, etc. son incompatibles con los residentes fijos, que acaban abandonando sus residencias por unas vías u otras.
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| El Diario |
Pero todo esto tiene un coste social... y político. La coronación de Puigdemont como rey de la España débil debería ser una señal de aviso sobre cómo se gobierna en España. Ahora quedan en claro los movimientos en favor de los independentistas en el parlamento y en el BOE. Todo para ser finalmente traicionados por el prófugo que nos ha dirigido y controlado desde un rincón de Europa. Quien manda realmente y solo cuando le es rentable, es el que puede tumbarte una ley en el Parlamento débil.
Con una
derecha rendida a los fondos y arrendadores, estigmatizando a los que no tienen
casa, ni empleo estable, a los que se les ofrece una educación degradada
separando a los ricos del resto; y con una izquierda dividida y efectista, que
busca la calle como cartel propagandístico... al ciudadano le dejan muchas
dudas, no ya sobre los partidos, sino sobre el sistema, lo que es más
peligroso. A la creciente ultraderecha (los verdaderos anti sistema) le basta con señalar con el dedo a los supuestos responsables
del deterioro, especialmente a la inmigración, con lo que logra hacer más
débiles a sus rivales por los votos.
Todo el
sistema hace agua porque no es fácil, aunque haya elecciones adelantadas saber
dónde están mejor los votos, pues la ineptitud y los intereses velados se
reparten por todo el espectro político. Es más que probable una gran
abstención, pues realmente no sabes dónde acabará tu voto. Pero abstener es
hacer crecer a los minoritarios, que usan su posición para el independentismo,
los fondos buitres, la transformación imparable de España en un estado
inhumano, interesado económicamente, donde los más débiles solo sufre
vejaciones y desprecios de todo tipo, frente a los cada vez más enriquecidos
fondos y propietarios.
El
idealismo se radicaliza y sale a la calle. Muchos intentan hacerse con esta
indignación y canalizarla hacia sus manos. Actuarán de forma anunciada o
sorprendente, porque todo vale en este juego. Eso nos han hecho creer y
pretenden que aplaudamos su astucia.
Hemos dejado de tener sentido de la justicia y solo vale ya el interés. Hemos dejado de preocuparnos por los demás y ha triunfado el "no es mi problema". Aplaudimos al listo y al listillo y silenciamos al inteligente, que se acaba por aburrir por tanta advertencia.
Ahora nos ofrecen la alternativa de nuevas elecciones, pero ¿realmente servirá para algo con lo que hay sobre la mesa y los poderosos intereses detrás? ¿Qué podemos realmente cambiar?

































