Joaquín Mª Aguirre
El
mundo parece revuelto ante las protestas de cientos de miles de personas en las
calles. Las imágenes se parecen, cargas policiales, botes de humo, disparos, enfrentamientos
directos, destrozos de escaparates, incendios, saqueos... Sí, se parecen
independientemente de dónde sucedan. Pero la pregunta importante es si además
se parecen sus motivos, sus causas. ¿Son los mismos en todos los lugares?
Lo
cierto es que los gobiernos a los que se oponen son muy distintos, de la
ultraderecha italiana, a la izquierda española, pasando por una Francia
moderada y centrista. Esto ya nos dice algo. Sin embargo, los motivos si parecen
tener conexiones o similitudes: vivienda, educación, carestía de la vida...
parecen ser comunes. Hoy los llamaban "antisistema" en un madrugador telediario
mañanero. Unos de ultraderecha y otros de ultraizquierda, pero ambos caben en
la etiqueta de "anti sistemas", según parece.
Las
manifestaciones francesas de ayer se han saldado con más de mil detenidos y
numerosos heridos de ambos lados, los que se manifiestan y los que tratan de
impedirlo. Son batallas campales, con destrozos y rapiña como resultados.
Esta
mañana nos ofrecían un documental francés sobre James Dean. Le atribuían una
rebeldía que se identificaba con otra más amplia, generacional, de unos jóvenes
que se enfrentaban a la Policía en la que, señalaban, veían representados a sus
propios padres. La visión de las imágenes en las noticias me hizo preguntarme
si no estaremos ante una fractura generacional. Los manifestantes hoy son
esencialmente jóvenes, cada vez más jóvenes. En ellos buscan las ultraderechas
y ultraizquierda sus peones callejeros.
Educación,
vivienda... son límites generacionales, factores límites que los diferencian de
otros grupos de edad. ¿Habremos sustituido la tradicional "lucha de
clases" por la lucha generacional?
Los que saquean las tiendas se hacen con lo que no pueden tener ante la carestía de la vida, que ha agudizado las diferencias no solo sociales. Como gran bloque, es la edad la que determina la explotación, son los jóvenes —a los que se promete todo— los más sancionados por este sistema, que les quiere como gastadores pero los explota como trabajadores precarios y mal pagados.
¿Estamos
en el límite de lo aceptable? La denominación de "rebeldes sin causa"
con la que Hollywood trató de etiquetarles para reducir su potencial rebelde,
¿tiene hoy una causa?
Ser "anti sistema" en la sociedad actual tiene sus peculiaridades porque el "sistema" está por todas partes. Hay que ser mcluhaniano y aceptar que el "medio es el mensaje", que este peculiar sistema digital, global e instantáneo (sus tres principales macro características) han alterado nuestra forma de percibir el mundo y por lo tanto nuestra propia mente. El mundo no cambia solo; cambiamos con él.
Me temo que no estamos entendiendo demasiado los efectos del sistema. Tratamos de explicarlo desde factores que pueden ser más efectos que causas. Las denuncias contra las grandes plataformas que sostienen nuestro mundo digital no son cosa de ahora; sus efectos llevan ya un par de décadas al menos en las que se redirigió hacia los más jóvenes, incluso a los niños, una forma de interacción que afecta a las personas y llega hasta las más grandes instituciones de los estados. Esto tiene un efecto. Se trata de fomentar las demandas, pero a la vez el sistema pierde su sentido social y solo busca un beneficio, que es lo que nos indican los datos mundiales cuando señalan que se han ampliado las diferencias económicas entre unos y otros. Cada día hay más millonarios y más pobres; unos se hacen ricos gracias a otros que se hacen pobres. En un campo nuevo, las legislaciones han ido muy por detrás de las necesidades de regulación. Hoy es la IA la que culmina la cima de la transformación y nadie quiere que le priven de sus perspectivas de enriquecimiento rápidos.
Quizá
lo que vemos en las calles —las cargas, los saqueos, los incendios, las
detenciones...— son un indicador que somos incapaces de interpretar en su
auténtica dimensión simbólica.
Rodeamos
a las personas de imágenes de lujo mientras viven en casas que no pueden pagar
y de las que son desalojados sin piedad, arrojados a las calles: buscamos
ampliar las diferencias entre lugares educativos de pago y los recortes a la
educación pública; lo mismo ocurre con la sanidad donde fomentamos las cirugías
estéticas mientras hay gente que se muere esperando a que le toque su turno
para ser operados en los hospitales públicos saturados...
No, no
es un mundo ejemplar en casi ningún sentido. Que se proteste por esto en todos
los rincones del mundo nos indica hasta qué punto esto se ha hecho global. Los
habrá, de distintas ideologías, que aprovechen este sentimiento de rechazo del
sistema. No se trata de un razonamiento teórico, abstracto, sino de una
experiencia cotidiana, de una reacción negativa a los estímulos que nos rodean
a través de los medios o la vida diaria.
¿Podemos
estar ante una protesta puramente pragmática, ante un simple responder
"indignado", una respuesta sin necesidad de meditación, como el
movimiento de reacción ante el golpecito en la rodilla, ante un reflejo
automático? ¿Es saquear una tienda un acto político o un simple reflejo
automático ante el golpe diario? Eso es trabajo de sociólogos, de psicólogos
sociales, un momento reflexivo.
Me
interesa ver las caras de los que saquen, queman, etc. Vemos cosas realmente
curiosas, muchas veces caras placenteras, que no esperábamos ver. Quizá estemos
midiendo el mundo con una medida inadecuada y alejándonos de la comprensión y, mucho más, de la solución.
No sé
si el rebelde sabe la razón de su causa, pero está ahí, no convertida en
reflexión, sino en acción, en violencia. Los demás podemos ver la violencia,
pero no deberíamos ignorar la causa. Y la causa somos, de una forma u otra, nosotros, responsables del mundo que hacemos o dejamos de hacer.




































