Joaquín Mª Aguirre
Se
podía haber usado otro término para el titular, como "señala", "indica",
"proclama", etc. pero se ha utilizado "defiende" para
referirse al discurso del Rey de España en la apertura oficial del curso
universitario.
Que
haya que "defender" la universidad y su papel es un indicador más de
una crisis socio-cultural donde no se busca el crecimiento de la persona —una
perspectiva humanística—, sino un utilitarismo que solo percibe la educación
como formación práctica para el empleo, que reduce las aspiraciones de la
persona al sueldo y su validez en función de la oferta y la demanda.
La oferta es muy pobre. De vez en cuando desde los medios se nos dice que se quedan ofertas sin cubrir, incluso hace unos días se especulaba sobre la "falta de compromiso laboral" de esta nueva generación. No se entra en el análisis el por qué, claro. Cuando busco qué se entiende por compromiso laboral me dicen los teóricos de este campo: "Un empleado comprometido es aquel que está satisfecho con sus condiciones de trabajo y que encuentra sentido a sus tareas. Por lo tanto, está naturalmente más inclinado a permanecer fiel a la empresa e incluso a recomendarla." ¿Están de broma?
Aquí
hemos tratado en diversas ocasiones la idea de "sobre educación",
aplicada a los que estudian "más de la cuenta", es decir, se empeñan
en seguir formándose con la ilusión de tener mejores empleos, aunque se muevan
en una misma franja, durante años. Para estos, se considera que se han educado
en balde, una pérdida de dinero y tiempo. No se contempla lo que pueda ser una
vocación (eso se reserva a los "emprendedores") o el mero deseo de
saber.
En este contexto —tras el demoledor Informe PISA— tiene lógica que se use el término "defensa" para referirse a la universidad tras el discurso real de este año:
El rey Felipe VI ha defendido este jueves la importancia de la universidad en estos tiempos, como un espacio donde aprender a "convivir con la discrepancia" y "a ejercer una ciudadanía libre y responsable". Lo ha dicho durante la inauguración oficial del comienzo del curso en las universidades españolas este jueves en la Universidad Politécnica de Cartagena (UPCT).
"Las preguntas de nuestro tiempo son de una complejidad tal que necesitan ingenieros y filósofos, científicos y juristas. Necesitan, en definitiva, universidad: un espacio donde se amplíen las fronteras del saber y donde se aprenda a convivir con la discrepancia y a ejercer una ciudadanía libre y responsable. Porque la universidad no solo forma profesionales. Forma ciudadanos", ha afirmado en su discurso.*
La proclama de las necesidades sociales, propia del acto, debería asumirse por la propia universidad, algo que no tengo realmente claro. Las fórmulas como la "ampliación del saber" tienen sentido si el "saber" le importa a alguien más allá de los que viven de ello. Y esa es la cuestión: a quién le importa si se desechan las motivaciones personales y sociales, si el mundo se ha vuelto de mera supervivencia.
Son muchos los problemas que acucian a la universidades en todo los ámbitos. Pero es a ella mismo la que se tiene que convencer de su propio papel, sentido que se ha perdido y queda reducido a la retórica habitual o a las buenas intenciones.
Lo que el discurso real pide es que aprendamos a debatir y menos a discutir o pelearnos, como ocurre en nuestros hemiciclos y foros públicos. Frente a la polarización partidista, el debate mesurado, ajustado a razón y con el ánimo de avanzar todos. Sí, está muy bien, pero la universidad española acumula una serie de efectos perversos, absorbidos de la sociedad que nos rodea, algo que lo infecta todo.
La amenaza el burocratismo más abyecto y una serie de juegos internos que hacen que unos prosperen y otros menos. Poco tiene esto que ver con esa universidad que busca la verdad mesuradamente. Supongo (y deseo) que esto varíe según los campos, pero mucho me temo que en mayor o menor medida, se repiten ciertas fórmulas.
Lo más grave es el aislamiento, el cierre sobre sí misma precisamente cuando la sociedad se vacía de cultura a pasos agigantados. Especialmente en los campos de Humanidades y Ciencias Sociales es una necesidad imperiosa la transferencia de conocimiento, el contacto, la divulgación, pero esto ha sido castigado por el propio sistema, poco generoso con la sociedad. La divulgación, por ejemplo, ha sido penalizada, desprestigiada durante mucho tiempo.
El cierre sobre sí misma y el burocratismo ha permitido, además, toda una serie de corruptelas, de favoritismos, al ampliarse al mundo de la edición selectiva y jerarquizada. Son negocios que muchos conocen y que exigen recorrer determinados caminos hacia el reconocimiento oficial. El resultado es una pobreza enorme, la repetición de lo ya sabido, el uso de las mismas fórmulas, actuar con vistas a los posibles ingresos de proyectos, etc.
"Ampliar las fronteras del saber" es una fórmula retórica cuando lo que quieres es controlar esas fronteras porque se obtienen favores, se crean grupos controlados y te permiten tener tus piezas controladas en el tablero.
Hace falta recuperar el sentido de libertad e independencia universitaria —personal e institucional—, algo imposible con los actuales controles que establecen lo que se puede o no hacer, en otras palabras, lo que "puntúa" y "lo que no puntúa", que es el móvil al que se ha llevado a la mayoría, el (mal) ejemplo dado a los que se van incorporando. Pronto se aprende lo que te permite prosperar, la sombras más eficaces para poder arrimarse al árbol. Se desestima el ir por libre (siempre peligroso, mal ejemplo).
Es de agradecer un discurso que reivindica una mejor universidad, pero es necesario enfrentarse a sus problemas no declarados, los que van desde la silla en el aula a sus órganos más elevados. Pero esta universidad nos obliga a sobrevivir, a competir entre nosotros por migajas, a recaudar fondos y a formar parte de grupos que nos garanticen seguridad dentro de una inestabilidad durante muchos años.
La Universidad es esencial para la sociedad, para la cultura y el conocimiento. Pero para ello, ella misma debe creer y practicar esos principios que no siempre se practican. Entre burocracias y luchas de poder, la vida del universitario es compleja y es difícil resistirse a estos condicionamientos.
La pérdida de alumnado, las competencias con las privadas, los intereses políticos entremezclados (dónde no están presentes), la pérdida de iniciativas, los discursos sobre el "exceso" educación como contrario al empleo, el hundimiento cultural ante la trivialidad masiva, etc. son factores de muy diverso tipo pero con su peso en el desarrollo de la Universidad.
Ponernos como "ejemplo" ante el caos, la agresividad y la inoperancia políticas puede parecer positivo, pero hay que verlo en cada término. Me temo que nos han influido más desde fuera que lo que nosotros podamos influirles a ellos.
La Universidad necesita algo más que palabras, mucha reflexión, menos intereses y un compromiso social más intenso. Necesita personas que crean en ella.
* "El rey defiende la importancia de la universidad como espacio donde aprender a "convivir con la discrepancia"" RTVE.es 24/09/2026 https://www.rtve.es/noticias/20260924/rey-curso-academico-universidades-cartagena/17237928.shtml































