Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Algo
falla, algo que reduce la democracia a una mascarada, a una realidad en un
doble plano, el omnipresente mediático y el que se da entre bambalinas, Este
carácter doble es el que se manifiesta cuando estallan los casos de corrupción.
Es entonces cuando la máscara cae y se nos revela esa penosa, artificial,
burlesca realidad que se escondía tras los titulares, los discursos, los
debates, etc.
Conforme
se van incorporando nuevos datos, suenan las piquetas de derribo; se nos cae,
golpe a golpe, el pasado y el presente. Pero esto también afecta al futuro, a
las herramientas disponibles para construir un país en el que se pueda vivir
confiado, en paz. Esto no lo está posibilitando la política actual, que vive de
la polarización, de la controversia y de la trivialidad, una mezcla explosiva.
Quedarse
sin futuro aceptable, a la vista, tiene sus peligros. Lo llevamos advirtiendo
desde hace tiempo. Que los sinvergüenzas lleguen tan alto, que involucren a las
instituciones en las que se instalan, que ganen en una operación lo que al
honesto le cuesta años conseguir, tiene un efecto demoledor en la población,
especialmente en los más jóvenes, que aprenden que con la honestidad no se
llega a final de mes, ni se adquiere una vivienda, ni se conserva el puesto de
trabajo.
Escuchaba
ayer sobre la detención de una banda de menores dedicada a robar los bolsos mediante el procedimiento
del tirón a personas mayores. No puedo evitar ponerme en sus mentes: ¿es eso su
futuro, lo que les ofrece una vía para salir? Qué ven en el robo es preguntarse
qué no encuentran en la realidad que les rodea.
Comentaba
el otro día con unos compañeros la trágica desaparición de una palabra que hace
mucho que no escucho: "vocación". ¿Tiene sentido hoy plantear un
camino hacia el futuro cuando lo que te ofrecen está limitado, cuando te
repiten que no estudies más y que limites tu "perfil" a lo que te
rodea? "Vocación" incluye deseo, voluntad, confianza en el futuro y
en ti mismo. Por el contrario, lo que tienes por delante es limitaciones, la
imposibilidad de emanciparse antes de los 30 años (como nos decía un informa
hace unos días), un sueldo precario, unas contrataciones efímeras y
explotadoras en profesiones que no estaban en tu lista.
La delincuencia es muchas veces la respuesta a lo que no te dan, oportunidades. Cuando ves que muchos se dirigieron hacia la política con perspectivas, no de servicio, sino de servirse de ella, las respuestas pueden ser más prácticas que otra cosa. Nada hay más absurdo hoy que la pregunta "¿qué quieres ser de mayor?". La respuesta es una mirada irónica, un silencio y un encogimiento de hombros.
La corrupción alcanza nuevos estratos. Ya no es una acción individual. Por contra, se dan grupos que van de los familiares directos a los socios políticos o comerciales. Comienzas siendo chófer de político y acabas siendo parte importante de una trama corrupta. ¡Todo un ascenso! ¿Qué sentido familiar tiene el que deja que sus hijos e hijas participen de los negocios? ¿"La familia que roba unida, permanece unida", por parafrasear el antiguo eslogan eclesial?
¿Se ha
normalizado la corrupción en los entornos familiares, en los empresariales, en
los políticos? Debemos responder con rapidez y sinceridad, proponer medidas que
eviten que todo esto sea capitalizado por el extremismo político, que se ofrece
como "remedio", como hoguera en la que quemarlo todo. Lo malo es que
se queman muchas más cosas en esas hogueras.
Los
noticiarios combinan sus titulares. Unos nos hablan de lo "bien que va
España" y de cómo nos envidian; otros, en cambio, nos hablan de los que
siguen sin empleo, de los que no llegan a fin de mes, de los que no acceden a
una vivienda. Los titulares políticos son dignos de Pimpinela, unos contra
otros, la elevación de la presunción de inocencia como un muro de Berlín que
evite las fugas. Pero no hay medidas propias para evitar que los corruptos
crezcan felices en los partidos, cuyas cumbres ocupan. Luego Ábalos se queja de
que le tratan peor que a Rodríguez Zapatero. ¡Qué injusticia!
Si no
vemos reacciones, siempre nos quedará el "tirón", saltarse las reglas
y evitar que te pillen. Reducir la vida social, la vida política a eso, a
evitar que te pillen, nos convertirá en una especie de jungla en la que se
trata de robar antes que otro lo haga. El que cumple la ley se siente tonto y
la tentación comienza a hacer mella. Ha
sido la base de nuestra picaresca y estamos volviendo a ella.
Nos dicen que el 87% de los menores entre 12 y 17 años no confían en los políticos. Por algo será,


























