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miércoles, 27 de marzo de 2019

La Historia, la educación y la verdad básica

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Retomemos el tema. Ayer dedicamos la entrada del blog a la  Historia, para ser más preciso a la Historia de la historiografía, título de la interesante obra de la académica mejicana Josefina Vázquez de Knauth, publicada en 1965. No interesaba su forma de interpretar el sentido histórico del discurso histórico, es decir, su forma ligada a unos intereses específicos característicos del momento en que se producen. Comentábamos concretamente el momento del paso de la historiografía griega a la historiografía romana primera, a cómo Roma, nos decía adoleció en ese primer momento de una historia preocupada por satisfacer a los políticos, al poder. Esa "enfermedad" o "defecto" es precisamente el uso del discurso historiográfico para empastar el dibujo del pasado camino del presente.
Creo que el enfoque de Vázquez de Knauth puede explicarse desde su interés por el "nacionalismo", como se revela en varios de sus títulos, especialmente el que liga "nacionalismo" y educación en México, aspectos que considera relevante el uno junto al otro. La construcción del nacionalismo tiene su propia selección, interpretación y objetivos por parte de los que buscan el establecimiento de la mirada diferencial hacia el pasado.
Fue una casualidad que coincidiera el texto de ayer con la polémica desatada por la carta de López Obrador, presidente de México, en la prensa y entre los historiadores españoles. Es más, deliberadamente, mientras lo escribía resistía la tentación de ponerlo como ejemplo de lo que estaba hablando, tanto por parte mejicana como española.
Me gustaría traer el texto de Josefina Vázquez de Knauth, una mejicana, sobre nacionalismo y educación, para no ignorar algo que tiene o tendrá sus consecuencias en el terreno de las relaciones entre dos países.
En la introducción de su obra, escribe la académica mejicana:

Nuestro intento no es hacer un estudio del nacionalismo mexicano en sus diversas expresiones. El reciente estudio de Frederick C. Turner prueba lo difícil que resulta enfrentarse con éxito a un problema tan complejo, en forma total. Conscientes de la magnitud de un planteamiento general, nos hemos reducido a seguir la trayectoria de la enseñanza de la historia, una de las formas en las que la sociedad transmite, intencionalmente, a las nuevas generaciones la red articulada de símbolos que constituyen la verdad básica de los ciudadanos acerca de su propio país. Esos símbolos sustentan la fuerza que hoy llamamos nacionalismo, “conciencia de grupo” como lo define Kohn, “amor propio de las naciones”, como lo haría Caos, y cuya importancia es tal que en buena medida determina el carácter de la educación. Queremos advertir que estamos de acuerdo con la idea de antropólogos y psicólogos contemporáneos como Margaret Mead, Ruth Benedict, Eric Erikson, Frederick Hertz, que atribuyen la formación del “carácter nacional” a la educación. Por tanto, hemos querido seguir la trayectoria del proceso de ese empeño intencionado de formar al ciudadano mexicano: el estudio de la enseñanza de la historia vendría a ser, así, una vía para el entendimiento del “carácter nacional”.
Aun antes de enfrentamos a nuestra problemática, nos sorprendía el hecho de que en nuestras escuelas se transmitieran dos interpretaciones del mismo pasado, prácticamente opuestas. El abuso en la utilización de los símbolos nacionales (que recientemente ha merecido un nuevo reglamento) y la contradicción de las actitudes mexicanas ante lo extranjero, nos parecía que tenían relación con la forma en que se enseñaba la historia. Por entonces se nos ocurrió que el hedió de que la mayoría de los héroes mexicanos fueran personajes vencidos tenía un efecto en la psicología mexicana. Al advertir la complejidad del proceso, nos dimos cuenta de lo peligroso que era especular y tratamos de limitamos a seguirlo, aunque aquí y allá sugerimos posibles consecuencias de la forma en que se enseñaba la historia; éstas quedan apenas apuntadas, pero quizá un estudio como éste pueda servir de base para otros futuros de los estudiosos de las ciencias sociales, siempre más atrevidos en sacar conclusiones. Para un primer intento, la historia es tal vez el camino más adecuado con su finalidad limitada a comprender el proceso.
Apenas conseguida la independencia se intentó utilizar la escuela para formar un nuevo tipo de ciudadano de acuerdo con las aspiraciones del nuevo orden político, por eso la educación pública se convirtió en uno de los puntos de controversia entre liberales y conservadores. Una vez en el poder los liberales buscaron controlar la enseñanza básica, a pesar de que esto se oponía a sus postulados, para impedir la multiplicación de los mexicanos tradicionalistas, que se les aparecían como el más grande obstáculo al progreso. La Revolución dio al Estado la fuerza y los medios legales para un monopolio educativo, capaz de eliminar de la escuela toda interpretación que no fuera la propia, si bien en la práctica el Estado nunca ha llegado a hacer uso total de esos poderes. En fin, el decreto de 1959 que creó el texto gratuito y obligatorio, constituye un nuevo jalón en el viejo sueño de unificar la verdad histórica transmitida en la escuela primaria, fundamento de los sentimientos ciudadanos. (p.1-2)



Se comprende fácilmente que es en la definición o construcción de lo que Vázquez de Knauth llama la "verdad básica" donde está el quid de la cuestión, de ahí que sea el sistema educativo el que la transmite. El paso del "súbdito" (antiguo régimen) al "ciudadano" (post revolucionario) exige su fidelidad a las "ideas" y a la "historia" de sus "raíces" imaginadas, que sostienen el sistema. En un sistema de súbditos es la fuerza la que mantiene la sumisión, el castigo. Los sistemas posteriores necesitan unificar bajo unas ideas y símbolos a los nuevos ciudadanos, cuya lealtad al nuevo orden ha de quedar garantizada. La mejor forma de hacerlo es suministrar el paquete simbólico durante la etapa educativa y rellenar el espacio que le rodea de objetos que refuerzan esa visión. Esto es algo que implica desde poner los nombres de los héroes en calles y plazas hasta las estatuas, monumentos de los padres de la patria, como veíamos ayer en el ejemplo de la necesidad de inventar un origen mítico a Roma para emular a los griegos. En el futuro, otros imitarán a Roma por su sentido imperial, como ocurrirá al fascismo italiano. Roma necesitaba mitos; posteriormente Roma sería utilizada como referencia mítica.
Lo hecho por López Obrador tiene muy poco que ver con España o con la Iglesia católica, que ya le ha dicho que lo hizo hace tiempo. Tiene más que ver con cómo le deben ver a él los mejicanos y cómo quiere que los mejicanos se vean a sí mismo. Es decir, López Obrador busca distanciarse de sus predecesores, pues es una forma de decir ante los ciudadanos de su país que los anteriores presidentes no hicieron "lo que debían".


En realidad es lo mismo que hace Donald Trump cuando, para dar lustre a su nacionalismo populista, acusa a los presidentes anteriores de ineptos, de haber sido un mal para los Estados Unidos, etc. López Obrador crea una imagen de sí mismo a la vez que la crea de México. La polémica creada solo servirá para reivindicarse ante los ojos de los mejicanos, que en el fondo es el juego del poder. Le sirve para marcar distancias con sus opositores nacionales.
Es interesante la observación de Vázquez de Knauth sobre los efectos en la "psicología mexicana" de los "héroes vencidos". Me parece una observación inteligente sobre la construcción narrativa del nacionalismo y su función.
No es mi intención ir más allá del ejemplo sobre el funcionamiento de los discursos historiográficos, sus juegos de poder y de definición de un pasado para servicio del presente y sus intereses. Creo que los titulares generados, por ejemplo, en el diario El Mundo — "México. La traición de López Obrador mina la apuesta estratégica de Pedro Sánchez", "Historia. El director de la RAE e historiadores contra el "populismo cultural" de López Obrador", "Beatriz Gutiérrez Müller. La primera dama de México, la historiadora que mueve los hilos"— o en ABC — "Los historiadores desmontan la ofensiva populista del presidente de México contra Hernán Cortés", "Las falacias históricas sobre Hernán Cortés del presidente de México"...— son suficientemente ilustrativos de cómo puede acabar esta trifulca historiográfica en un momento delicado para España. Me refiero concretamente a la afirmación nacional para combatir la narrativa secesionista en Cataluña, amenaza real a la convivencia, más allá de los juegos de afirmación del presidente López Obrador tras su llegada al poder.
En su obra Usos y abusos de la Historia, la historiadora canadiense Margaret MacMillan escribió sobre esta cuestión de las disculpas:

Las palabras son baratas, aunque pueden conducir a exigencias caras, y a los políticos les gusta aparecer como personas humanitarias y sensibles. Además, las disculpas sobre el pasado se pueden usar como excusa para no hacer mucho en el presente.
[...]
Si miramos demasiado al pasado y enredamos con la Historia mediante disculpas, el peligro es que no prestemos la atención suficiente a los problemas arduos de hoy en día. También existe el peligro, y un cierto número de líderes de minorías así lo han señalado, de que concentrarse en agravios pretéritos sea una trampa, y que así los gobiernos y grupos eviten enfrentarse a los problemas plantándoles cara ahora. (cap. 2, pp. 26-27)



Antes de que España fuera España, el espacio que hoy ocupamos fue invadido por romanos, godos de todo tipo, árabes, franceses... Según la narrativa del Estado Islámico, Al-Ándalus les fue robada y advierten que volverán, considerando su califato hasta los Pirineos. Como prueba de ello, muestran la mezquita de Córdoba y suspiran con las postales de Granada y dicen recordar el olor de los naranjos. Tienen su narrativa, como los demás. Pero, como dice MacMillan, las palabras son baratas. Eso sí, en ocasiones salen muy caras.
Las polémicas muestran precisamente lo señalado por Josefina Vázquez de Knauth o MacMillan. Los discursos historiográficos tienen como función política la creación de esa verdad básica. El problema es cuando una narrativa entra en conflicto con otra. La propuesta de López Obrador de escribir una historia conjunta (no es original) abre más conflictos que la más sencilla de tener cada uno la suya y, si te llevas bien, dejar de meterte con los demás.
En España estamos en plena agitación historiográfica con historiadores negacionistas y con historiadores-ficción. Por eso, el efecto López Obrador ha sido llevar a los titulares de El País el desenterramiento de soldados cristianos caídos a manos de los almohades, noticia que apenas habría salido a la sección de "cultura". Ahora algunos periódicos crean una sección rotulada como "Historia", lo que no deja de ser preocupante si está destinada no a la ilustración sino al ardor guerrero o a la agitación.


No están los tiempos para interpretaciones airadas, sino para discursos reflexivos y con intenciones de no crear nuevos conflictos, que ya tenemos muchos.
La Historia es apasionante y necesaria. Por ello, si ha de servir para la verdad básica sobre la que construir la convivencia y el sentimiento nacional, cuanto menos se manipule mejor. La reivindicación de los historiadores profesionales no es suficiente, pues siempre hay hábiles manipuladores, creativos intérpretes de los textos que son capaces de manipularlos y destinarlos a crear conflictos.
La verdad básica no es una verdad, puede ser un mito, una aceptación de los puntos sobre los que construir. Ya estudió Michel Foucault cómo el poder posee esa voluntad de verdad, que es la capacidad de definir lo que es "verdadero". Eso es lo que decía Josefina Vázquez de Knauth que era preferible dejar a otros discutir. Y nada, como señalaba, lo define mejor que el libro de texto oficial. Ahí está la "verdad". Por supuesto, es modificada con cada cambio de régimen o de gobierno, si no hay acuerdo.


Lo mejor del pasado es que pasó. En España padecemos una cierta fiebre historiográfica por motivos evidentes; son los que llevan al partido de la ultraderecha a hablar de "reconquista" o a los secesionistas de "invasiones". Por eso lo dicho es importante. Puede que las palabras sean baratas, pero no por ello dejan de tener consecuencias. Es triste ver cómo la gente entra al trapo de la Historia y se olvida de lo mucho construido en común.
La Historia está llena de conflictos. Entrar en ella para volver a crear tensiones no es una forma inteligente de gestionar el pasado. Lo que ha hecho López Obrador, se hace aquí cada vez que alguien llega al poder. No es un consuelo ni una disculpa, sino una triste constatación.


— Josefina Vázquez de Knauth (1970). Nacionalismo y educación en México. El Colegio de México, México.
— Margaret MacMillan (2010) Juegos peligrosos: Usos y abusos de la Historia. Ariel, Madrid.

domingo, 22 de abril de 2018

Raíces imperiales


Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La BBC ha publicado un interesante artículo firmado por Paul Cooper, con el título "Saddam's 'Disney for a despot': How dictators exploit ruins". Lo ha incluido en la sección de Cultura, con las etiquetas de Arquitectura e Historia.
El artículo nos comienza describiendo el abandono de las ruinas del palacio que Saddam Hussein construyó frente a las ruinas de la antigua Babilonia. El hundimiento del régimen de Saddam Hussein acabo con la gloria que aquellos muros prometían. Los muros, nos dice, se encuentran llenos de pintadas y sin cuidar. El inmenso palacio sirve para que los niños jueguen en su interior fantasmal. El palacio quiso envolver las ruinas de la antigua civilización integrándolas en una unidad de sentido.
Paul Cooper, tras contarnos cómo los aposentos de Saddam Hussein daban a las antiguas ruinas de Babilonia, escribe:

This striking view is no coincidence. Visitors to this palace were supposed to look out over the ruins of Babylon and make the connection that they were standing in the presence of a great ruler whose legacy would last for millennia.  Saddam isn’t the first dictator to have used ancient ruins in this way. In fact, the link between idealisation of ancient ruins and totalitarian rulers has a long history. This is because ruins are never just what they seem: a collection of walls crumbling into the sand. They are repositories of memory and myth in equal measure. They help construct fascist narratives of past greatness lost to modern decadence and argue for the tyrannies of the past to be reconstructed in the modern age. Such appropriation of ruins often jeopardises them too – and with the destruction of the ancient sites at Palmyra by the so-called Islamic State such a recent blow, it’s worth remembering that the efforts of Saddam, and before him Mussolini and Hitler, to ‘preserve’ ruins often stripped them of context – including other legacies that didn’t fit with the message of the state.*


La manipulación del pasado, especialmente en aquello que puede ser mostrado como sus restos, para poder ejercer influencia en el presente es una tentación. Es sorprendente la capacidad de identificación con los pueblos anteriores y en especial con los imperios especialmente si estos han sido importantes centros de poder.
El prestigio del pasado crece ante los ojos de aquellos cuyo presente es deficiente. Surge entonces la necesidad de intensificar los lazos entre pasado y presente. Evidentemente se trata de una maniobra del hoy de recuperar el viejo poder perdido, ya fuera real o imaginario. Si Saddam Hussein se acostaba y levantaba contemplando las ruinas de Babilonia, se encargaba también de que esa idea asociativa imperial se formara entre los iraquís.


Para las dictaduras, un pasado imperial es como una revancha sobre la Historia. Los enemigos, la decadencia, etc. que hicieron que la gloria, el poder y el esplendor se perdieran por el camino son de nuevo combatidos en su versión actual para poder el esplendor injustamente perdido. La vuelta del pasado glorioso es la promesa que el nuevo líder establecer con el pueblo, que queda fascinado por la posibilidad que se les abre.
Entre las imágenes que acompañan al artículo de la BBC hay una que nos muestra perfectamente el sentido de esta promesa de nuevo despertar, de la llegada de la gloria bajo el líder. Nos muestra a un Saddam Hussein en un antiguo carro babilonio, vestido a la antigua, apuntando con su arco a los enemigos,  aviones, helicópteros y navíos sirios. Frente al carro yace un león del que asoma una flecha. Atrás queda el flamante palacio construido como un símbolo de la recuperación del imperio. El palacio significa el resurgimiento, la solidez; el arco, el poder. La imagen, encargada por el propio Saddam Hussein, nos lo muestra como un emperador surgido del pasado contra un mundo moderno poblado por armas mortíferas. Pero él no las teme; está armado con su arco de cazar leones.  Tras sus flechas vuelan los misiles que derribarán a los enemigos. La imagen es muy elocuente y está meticulosamente construida.


Menciona Cooper la destrucción de las ruinas bajo los golpes del Estados Islámico allí donde las han encontrado e Irak y Siria. Ruinas y objetos antiguos en los museos de las ciudades conquistadas eran objetivos prioritarios por varias causas.
Destruir las ruinas del pasado era volver a destruir a los imperios que levantaron sus grandes obras que han resistido el paso del tiempo. También era destruir el paganismo que representaban, desde el fuerte componente religioso que acompaña a los yihadistas del Estado Islámico. Lo político y lo religioso se unen en un mismo pensamiento, en una misma doctrina; son herramientas usadas con violencia para destruir cualquier vestigio de lo que no cuadre con la ley divina.
La destrucción de esas obras y ruinas tenía un factor psicológico poderoso: desconectar del pasado a los que se vinculan y dejarles huérfanos históricamente hablando. Borrar las raíces es perder el sentido de la continuidad, que real o imaginario, se ha establecido con el pasado.
Uno de los elementos que Margaret MacMillan desarrolla en su interesante obra Usos y abuso de la Historia

Los líderes políticos siempre han sabido el gran valor que tiene compararse con grandes figuras del pasado. Les ayuda a darles estatura y legitimidad como herederos de las tradiciones de la nación. Al compararse con Iván el Terrible y con Pedro el Grande, Stalin estaba asumiendo su papel como constructores de una gran Rusia. Saddam Hussein a su vez se comparaba con Stalin o, acudiendo al pasado islámico e iraquí, con Saladino. El último shah de Irán intentó trazar una línea a través de los siglos que condujera desde Ciro y Darío a su propia dinastía. A Mao Zedong le gustaba remarcar los paralelos entre él mismo y el emperador Qin, que creó China en el año 221 a. C. (M. MacMillan, capítulo II)


Por muy irracionales que nos puedan parecer estar prácticas asociativas, funcionan en aquellos que tiene el sentido de haber sido grandes pueblos y encontrarse hoy humillados por su posición en un mundo con otro reparto del poder.
Durante siglos, puede que se ignoraran las ruinas. Es el surgimiento del nacionalismo, la formación de las identidades nacionales, el que necesita de este ejercicio de emulación y recuerdo de los tiempos imperiales gloriosos. Para ello los monumentos y los restos del pasado son importantes porque mantienen la ficción de la continuidad histórica, que es una de las mejor manipulables. Al igual que se transmite a los pueblos que ellos son los herederos de aquellos gigantes del pasado, también se hace con los líderes, como nos señalaba MacMillan.
Quizá nadie haya llevado esto del resurgimiento imperial más adelante que Recep Tayyip Erdogan, cuyo gusto por reeditar el imperio Otomano es bastante nítido. Palacios enormes, guardias de opereta, etc. tratan de mostrarnos a Erdogan como una reedición de los sultanes enfrentados a occidente.
El 19 de marzo, Bloomberg titulaba "Sultan Who Raged at the West Becomes a Hero in Erdogan’s Turkey". Se refería al sultán Abdulhamid II. Nos cuentan en Bloomberg¨:

“Behind everything that’s harmful to this nation,” the Turkish leader said, “lies an order from the West.”
That’s Ottoman Sultan Abdulhamid II, in an episode of the historical TV drama watched by millions of Turks every Friday. And if they come away drawing parallels with contemporary politics, the country’s current ruler probably wouldn’t object.
“Are you watching ‘Payitaht’?” Recep Tayyip Erdogan asked supporters at a recent rally, as he winds up for an election campaign that could crown his career. He spelled out why they should be. “Foreign powers are still seeking concessions from us,” the president said. “Never!”
Abdulhamid, who was deposed in a 1909 coup, is enjoying an unlikely political moment in Turkey, where Erdogan is due to seek re-election to a newly empowered presidency in 2019, or earlier if elections are brought forward.***


Este es el dirigente turco que se queja porque se le pongan obstáculos para la entrada en la Unión Europea y cuyo país está integrado en la OTAN. Las reticencias ante las pretensiones europeas de Erdogan son cada vez más pertinentes. Convenciendo, como se hace en todo Oriente Medio, que todos sus males provienen de Occidente y restaurando la idea del imperio otomano, identificándose con el Sultán Abdulhamid II, Erdogan está realizando las mismas prácticas que realizaba Saddam Hussein para movilizar al pueblo iraquí. Es la misma manipulación: anunciar la vuelta de la gloria y apuntar hacia los enemigos. Conecta con el pasado imperial, con las raíces. Este próximo año, 2019, estará lleno de celebraciones en las que Erdogan podrá convertirse en la nueva inagen de Abdulhamid II, con lo que sus improperios contra occidente llegaran a su culmen. Ya tiene el gigantesco palacio y ha montado el espectáculo de guardias y banderas gigantes. Las telenovelas ayudan a la identificación hasta tal punto que en Egipto ya han hablado de prohibirlas. Dicen que es porque estropean el árabe, pero me parece que escuece más el recordatorio del imperio otomano del que Egipto formaba parte.
El mundo se nos está llenando de estos émulos de grandes emperadores y héroes míticos que, como en la pintura de Saddam Hussein, dirigen sus flechas imaginarias contra sus enemigos. La vuelta de los pasados imperiales no son buenos ni en pintura ni en gloriosas telenovelas, películas, operetas o canciones patrióticas creadas para atraer un destino triunfal. Siembran malas ideas. 



* Paul Cooper "Saddam's 'Disney for a despot': How dictators exploit ruins" BBC 20/'4/2018 http://www.bbc.com/culture/story/20180419-saddam-disney-for-a-despot-how-dictators-exploit-ruins
** Margaret MacMillan (2009) Usos y abusos de la Historia. Trad. de Ana Herrera.
*** Selcan Hacaoglu "Sultan Who Raged at the West Becomes a Hero in Erdogan’s Turkey" Bloomberg 19/03/208 https://www.bloomberg.com/news/articles/2018-03-19/sultan-who-raged-at-the-west-becomes-a-hero-in-erdogan-s-turkey




Palacio presidencial turco

Parte del palacio de Saddam Hussein

viernes, 2 de febrero de 2018

Borrar la historia

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El gobierno polaco ha llegado a una nueva fase totalitaria que es el control de palabras y pensamiento. Trata de borrar de páginas y mentes la expresión "campos de exterminio polacos" o "campos de concentración polacos". No se niega que existieran los campos o el exterminio. Niegan que los polacos tuvieran algo que ver, más allá de ser víctimas, como los demás, pese a que no existieran "campos de exterminio" para polacos.
No es agradable, desde luego, que se asocien actos criminales de tamaña envergadura con el propio país. Pero hay lo que hay. Y lo que hay son muchas pruebas históricas, testimonios, etc. de que algunos polacos fueron más allá de los deberes del "ocupado".
Con el titular "Polonia aprueba una polémica ley que impide vincular al país con los crímenes del Holocausto", el diario El País escribe:

Polonia continúa su camino hacia el aislacionismo. Pese a las críticas de Israel y la preocupación de Estados Unidos, el Senado polaco ha aprobado la polémica ley que revisa el Holocausto. La norma, propuesta por el ultraconservador y nacionalista Ley y Justicia (PiS) —el partido del Gobierno—, castiga con hasta tres años de cárcel el uso de la expresión “campos de concentración polacos” para referirse a los centros de exterminio de judíos situados en el territorio del país centroeuropeo bajo la ocupación nazi. También tipifica penalmente las acusaciones a Polonia de complicidad con los crímenes del Tercer Reich. El Gobierno israelí ha condenado firmemente este jueves la controvertida norma, a la que sólo le falta la ratificación presidencial. La nueva ley puede abrir un nuevo conflicto a Varsovia, esta vez con Israel y con EE UU, dos de sus aliados más valiosos en un momento en el que sus relaciones con Bruselas son cada vez más complicadas debido a la deriva autoritaria de sus reformas y su incumplimiento del Estado de derecho.*


Lo absurdo de la cuestión planteada es que se divide en dos frentes: el verbal (no poder usar ciertas expresiones) y el enterramiento. Por esta segunda vía entiendo la prohibición de que se investiguen los hechos y se saquen a la luz. Puedo entender que  el gobierno polaco prefiera la expresión "campos de exterminio nazis en Polonia", por ejemplo. Pero para eso tiene posibilidad de expresarse en esos términos cuando desee dirigirse a los demás. Pero no se trata de eso sino de prohibir hacerlo.
Como toda prohibición, llega hasta los límites de sus leyes. El mundo podrá seguir usando la expresión prohibida si la considera pertinente. La Historia de Polonia no es de Polonia, como saben todos los países, que tienen en ocasiones a sus mejores historiadores en personas que no han sido educadas en los prejuicios locales o están sujetas a restricciones como va a ocurrir en Polonia. La Historia es siempre escenario de disputa, pero ignorarla o prohibirla es peor.
Esto se traducirá, por ejemplo, en que no existirá financiación para proyectos en los que se trate de sacar a la luz testimonios sobre ese periodo que el gobierno y parlamento polacos trata de imponer. Es absurdo, entre otras cosas, porque la expresión se seguirá usando fuera y existirá una demanda de libros y artículos que traten de explicar el miedo polaco.


Recogen en el diario El País las declaraciones de políticos: «"Cada polaco tiene el deber de defender el buen nombre de Polonia. Al igual que los judíos, también fuimos víctimas", ha afirmado la ex primera ministra Beata Szydlo.»*
La señora Szydlo tiende a definir qué es el "buen nombre" y los "deberes" de "todos" los polacos. Un polaco que hable de los campos de concentración o niegue que todos los polacos se opusieron a la invasión nazi es un "mal polaco". La mayoría lo hizo pero, como ocurrió en muchos países, encontraron sus "colaboracionistas". La mayoría se sentían unidos a los nazis precisamente por la conexión antisemita.
El antisemitismo no fue un invento nazi. Era parte importante de la Europa de la época, incluida  Polonia. Y el antisemitismo fue exportado como parte de la propia cultura a América por unos y otros instalándose allí. Lo malo germina fácil.
Es precisamente el hecho horrible de los campos de exterminio y la barbarie nazi lo que hace despertar la conciencia de la monstruosidad del antisemitismo y de su existencia entre los prejuicios sociales. Será el conocimiento de lo que se ha visto o de lo que no se ha querido ver lo que cambie muchas conciencias y se trate de evitar su repetición.
A finales de agosto pasado, The Telegraph británico, con información de la Agence France-Presse, titulaba Anti-Semitism being 'normalised' in Poland, Jewish Congress warns" y advertía:

The European Jewish Congress expressed "grave concerns" on Thursday over an increase in anti-Semitic acts in Poland under the rightwing Law and Justice government.
"There has been a distinct normalisation of antisemitism, racism and xenophobia in Poland recently and we hope that the Polish government will stem this hate and act forcefully against it," EJC president Moshe Kantor said in a statement.
The group cited a proliferation of "fascist slogans" and unsettling remarks on social media and television, as well as the display of flags of the nationalist ONR group at state ceremonies.
[...]
Earlier this year, University of Warsaw’s Centre for Research on Prejudice found that acceptance for anti-Semitic hate speech – especially among young Poles on the internet – had risen since 2014.
The study, released in January, found that 37 percent of those surveyed voiced negative attitudes towards Jews in 2016, up from 32 percent the previous year, while 56 percent said they would not accept a Jewish person in their family, an increase of nearly 10 percent from 2014.**


No es el único lugar del mundo en el que esto ocurre. Como consecuencia del ascenso de populismo nacionalista y, sobre todo, religioso, se está volviendo a los viejos odios raciales y religiosos. La pureza de sangre o religión está comenzando a ser un elemento demasiado frecuente. Los nuevos dirigentes populistas se erigen en defensores del cuerpo, el alma y el destino histórico de los que viven en sus fronteras. Las identidades que surgen son definidas frente a los "otros" sobre los que se dirigen los odios.
En un mundo comunicativamente abierto e intenso es fácil que proliferen los discursos del odio, que son reproducidos reforzando y normalizando (como señala el artículo) lo que debería ser controlado de forma eficaz para evitar males mayores en el futuro. El autoritarismo de Polonia viene siendo denunciado desde hace tiempo y de ahí las sanciones de la Unión, pero los mensajes del odio racista no son fáciles de expulsar una vez que han prendido en las mentes crédulas. Es fácil programar al racista; es muy difícil desprogramarlo.
La Historia sirve entonces como antídoto de los errores si no se convierte en una forma de ocultación de los hechos anteriores. Debemos comprender siempre a dónde nos llevaron para tratar de frenarlos en su perversa tendencia a repetirse.


La historiadora canadiense Margaret MacMillan escribió en su notable obra "Juegos peligrosos. Usos y abusos de la Historia" (2009): «La historia también puede ayudar a conocernos a nosotros mismos. La luz favorable a la que nos vemos a nosotros mismos también puede arrojar sombras.» ***
MacMillan recoge un ejemplo que podría anticipar lo que ocurrirá en una Polonia que se niega a aceptar parte de su pasado y trata de convertir la Historia en una campaña de relaciones públicas y en la que todo sean sonrisas propias y responsabilidades ajenas. El ejemplo se refiere precisamente en las actitudes de Canadá ante lo que estaba sucediendo en Europa:

La historiadora quebequesa Esther Delisle ha tenido muchos problemas al intentar poner de relieve algunas ambigüedades presentes en semejante retrato. Señala que el abad Lionel Groulx, el famoso erudito y profesor, se convirtió en un icono para los nacionalistas francocanadienses que, sin embargo, consiguieron ocultar su antisemitismo. Mientras los nacionalistas recalcan los errores cometidos con Quebec en las crisis de reclutamiento de las dos guerras mundiales, no han tenido en cuenta el hecho de que durante la segunda guerra mundial en Quebec existía una simpatía considerable por el gobierno pronazi de Vichy en Francia. Tal y como confirman diversas obras de Pierre Trudeau, él, como otros miembros de la joven elite francesa, llevó a cabo su vida y su carrera entre 1939 y 1945 sin prestar demasiada atención a lo que ocurría por el mundo. «Leyendo las memorias de Pierre Elliott Trudeau, Gérard Pelletier y Gérard Filion, entre otros francocanadienses a los que esperaban prestigiosas carreras», escribe Delisle, «se puede concluir que no vieron nada, no oyeron nada y no dijeron nada por aquel entonces, y que sólo les interesaba (y marginalmente, además) la lucha contra el reclutamiento… Pero el silencio y las mentiras tienen más motivaciones que un simple prurito narcisista. Existe la necesidad de ocultar posturas que la victoria aliada hacía inmencionables. Esos hombres tenían que olvidar, y hacer olvidar a otros, su atracción por los cantos de sirena del fascismo y la dictadura en los peores casos, y en los mejores, su carencia de oposición a ellos».***


La molestia canadiense por las simpatías de algunos de sus líderes hacía la Francia colaboracionista se parece a la molestia polaca. Se manifiesta en silencio e incomodidad. Pero Polonia va un poco más más allá, bastante más allá con su prohibición legal. El pasado se vuelve incómodo.
La vida se vive sin ensayo general; la Historia se cuenta después. Uno de los capítulos más interesantes de la obra de MacMillan es precisamente el que dedica al tratamiento del pasado incómodo por parte de los gobiernos en el presente. La Historia se hace siempre hacia atrás desde el presente y lo que vemos no nos gusta en la mayoría de las veces. Pero es lo que hay. Ocultarlo implica mentirnos y, especialmente, dejar de comprendernos. Por malo que sea el pasado es el que nos ha traído hasta hoy. Si nuestro presente es mejor que nuestro pasado, ¡felicidades!, hemos mejorado. Pero si ocultamos lo malo o menos presentable implica que ocurrirá lo que está pasando en Polonia: mientras el gobierno intenta prohibir expresiones que no le gustan proliferan los hechos que le contradice, es decir, el aumento del antisemitismo y de actitudes nazis. Y si existen ahora es porque existieron entonces pues no sale de la nada, como está saliendo a flote el racismo en Estados Unidos gracias a Donald Trump, que actúa como un toque de corneta para que los fantasmas del pasado despierten de nuevo.
Es una pena porque Polonia sufrió un terrible doble acoso por los nazis y por las tropas de Stalin, que habían pactado repartírsela. Pero no es el camino tratar de borrar la historia. Toda historia tiene sus cobardes y villanos. También sus mentirosos y sus encubridores.
Como suele ocurrir, los países que se empeñan en la lavar mucho su imagen, acaban con otra más oscura y emborronada. Es una paradoja frecuente.



* Juan Carlos Sanz - María R. Sauquillo "Polonia aprueba una polémica ley que impide vincular al país con los crímenes del Holocausto" El País 1/02/2017 https://elpais.com/internacional/2018/02/01/actualidad/1517475787_162025.html
** "Anti-Semitism being 'normalised' in Poland, Jewish Congress warns" The Thelegraph / Agence France-Presse 31/08/2017 http://www.telegraph.co.uk/news/2017/08/31/anti-semitism-normalised-poland-jewish-congress-warns/

*** Margaret MacMillan. Juegos peligrosos. Usos y abusos de la historia, Barcelona, Ariel, 2010. 222 pp. ISBN: 978-84-344-6935-8.  Traducción de Ana Herrera Ferrer.