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lunes, 24 de octubre de 2022

Causa buena, activista tonto

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

De nuevo una pareja de activistas en contra del cambio climático lanzan puré de patata o similar contra un cuadro, esta vez de Monet, tras una acción similar hace unos días contra otro de van Gogh.

Que la causa sea un problema real —el cambio climático— no convierte cualquier medida en "buena"; no solo no arregla nada, sino que es una muestra de insensibilidad de los que realizan la acción y, mucho me temo, va a provocar pocas reacciones entre las autoridades, que tendrán que gastar más dinero en la protección de las piezas de los museos y menos en prevenir el cambio climático. No hay justificación alguna para un acto de este tipo.

En RTVE.es les dan voz a los activistas del puré de patata: 

"La gente se muere de hambre, la gente se congela. Estamos en una catástrofe climática y lo único que os da miedo es la sopa de tomate o el puré de patatas en un cuadro. ¿Sabéis a qué le tengo miedo yo? Tengo miedo porque la ciencia nos dice que no podremos alimentar a nuestras familias en 2050", ha gritado una de las activistas, que se ha pegado la mano a la pared.

"¿Se necesita puré de patatas en un cuadro para que escuchéis? Este cuadro no va a valer nada si tenemos que pelearnos por la comida. ¿Cuándo finalmente comenzaréis a escuchar?", ha sentenciado. La organización ha exigido, además, en un comunicado la clase política tomar medidas efectivas para limitar el cambio climático.* 


Muy preocupada está por el hambre quien desperdicia así el puré que podría quitar a alguien el hambre que tanto dice preocuparla. Pero supongo que será un sacrificio que, agradecidos, todas las personas con hambre valorarán positivamente.

Hubo un tiempo en el que cuando alguien quería llamar la atención se "quemaba a lo bonzo", pero mucho me temo que estos activistas arrojan tomates o puré no están por la labor. Tendrían, además de la simpatía por la causa, el cariño de todos aquellos que valorarían su sacrificio. Pero no es lo que esté ocurriendo con estos agresores de cuadros famosos. Todo por la foto.

¿Llaman la atención? ¡Por supuesto! Pero como la llaman otros delitos con un plus de tontería. La bondad de la causa no lava la estupidez del hecho. Lo que han dicho y ha sido recogido en el artículo no garantiza nada respecto al cambio climático y sí nos muestra una engañosa lucha entre "civilización" destructora, representada por el cuadro, y un cierto naturalismo bárbaro. Es como si con destruir las obras de arte, perfectamente humanas, se intentara "salvar" la naturaleza, como si el arte fuera su enemigo.

Sin embargo, la realidad es más bien al contrario. Fueron los artistas, desde el Romanticismo en adelante, los que reivindicaron la Naturaleza (con mayúsculas) y les dio por recorrer bosques y campos, por dedicarle sus obras maestras en forma de paisajes y de poemas. Nada enseña a amar la Naturaleza y a conservarla como los poemas de Wordsworth o los cuadros de C. D. Friedrich, por poner solo dos casos. Leamos al gran poeta de la Naturaleza, William Wordsworth: 

I wandered lonely as a cloud

         That floats on high o’er vales and hills,

         When all at once I saw a crowd,

         A host, of golden daffodils;

         Beside the lake, beneath the trees,

         Fluttering and dancing in the breeze.

(I wandered lonely as a cloud, W. Wordsworth) 

Estos activistas son hijos de su tiempo, no del de los poetas y pintores que pasean por los campos que las fábricas y ciudades se iban ya comiendo. Estamos en los tiempos en los que se trata sobre todo de llamar la atención, el bien más preciado, después de la Naturaleza. Pero hay muchas formas de llamar la atención sobre el cambio climático y la destrucción de la Naturaleza a manos de los explotadores o de los simplemente inconscientes.

¿Son incompatibles el Arte y la Naturaleza? Hubiera entendido que se encadenaran en las puertas de una empresa petrolera y gritaran o cualquier otra acción de denuncia, pero ¿qué culpa tienen Vincent Van Gogh o Claude Monet, qué culpa tienen sus obras? Es más ¿por qué no usar la poesía, la pintura, etc. para sensibilizar sobre el problema de la Naturaleza? Quizá porque existen bárbaros insensibles al arte los hay para otras muchas cosas.

Si hay que tratar de salvar el planeta será con inteligencia y no con barbarie, que es lo que suponen las acciones mencionadas, un mal entendido sentido de lo "natural" y un sentido peor todavía de lo que es la civilización.

Caspar David Friedrich

No es casual que la poesía de la Naturaleza surja precisamente en los países más industrializados del momento, Reino Unido y Alemania; no es casual que H.D. Thoreau quiera vivir refugiado en sus amados bosques norteamericanos. Ya entonces una parte importante entendió que el arte era lo más natural del ser humano, lo que le hacía sensible y capaz de ver los propios problemas, muchos de ellos derivados precisamente de su alejamiento de la Naturaleza. No conozco a nadie que tras leer a Wordsworth, a Hölderlin se haya decantado por la destrucción de la naturaleza. Sí, en cambio, muchos casos contrarios.

Toda mi simpatía por aquellos que dedican su inteligencia a tratar de salvar la tierra; pero ninguna simpatía a los que se dedican a tirar sopa de tomate o puré de patata, que lo único que hacen es dar argumentos a los enemigos del ecologismo, ridiculizándolo como "cosa de locos".

Afortunadamente, los cuadros no han resultado dañados. Pero puede que en cualquier momento puedan serlo en un mal cálculo. Puede que ellos estén muy orgullosos de lo que han hecho, pero desde luego no han convencido a una sola persona sensata, por mucho que hayan llamado la atención. 

* "Dos activistas climáticos lanzan puré de patata a un cuadro de Monet en Alemania" RTVE.es/Agencias 23/10/2022 https://www.rtve.es/noticias/20221023/dos-activistas-climaticos-lanzan-pure-patata-cuadro-monet-alemania/2406789.shtml

domingo, 25 de agosto de 2013

Resacón en el Museo

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Anda soliviantada mi amiga Maica, periodista cultural con conciencia —una variante cada vez más extraña—, por el debate montado sobre si los museos son aburridos o si lo son las personas que no entran, incapaces de interesarse por lo que contiene. La polémica ha surgido por un artículo distribuido por CNN-México bajo el provocativo, desafiante título: "No finjas más, en el fondo todos odiamos los museos, ¿por qué?"*.  De su autor se nos dice en la página de la CNN: "James Durston es productor sénior de CNN Travel; ha visitado muchos de los museos más importantes de todo el mundo. Vive en Hong Kong, pero ya no dedica mucho tiempo a visitar los museos del lugar." Hay que reconocer que si la presentación la ha escrito él, rezuma presunción, y si lo han hecho otros, le tienen bien catalogado.


La polémica, como es evidente, tiene varios niveles: el de la gente que encuentra justificación para no interesarse por lo que ocurre más allá de los estenos de la cartelera de esa semana —todo lo demás es el pasado remoto, las edades oscuras—, que ven el artículo de Durston como la explicación correcta de su desinterés; también el de los que quieren adentrar los museos en el mundo del espectáculo para convertirlo en festejo y negocio, que lo es y más en épocas de recortes en subvenciones y bajas en los patrocinios; y están finalmente el de los detractores de todas estas cosas, que les parece introducir la diversión una profanación del Arte. .

El problema del espectáculo, que es una corriente ganadora en muchos campos —del deporte a la política— es que acaba desvirtuando lo que promociona y convirtiéndolo a parámetros que no son los estrictamente artísticos. El Arte tiene su sucesión y razón histórica, busca sus caminos; el espectáculo, por el contrario, busca gustar al máximo posible, llamar la atención y se quema para dejar paso a la siguiente temporada. El mejor reclamo para el Arte, para que no te resulte aburrido, es la educación, que es lo que nos falla estrepitosamente.
La extensión social del Arte es objetivo de toda persona que lleve la organización de un museo, pero fracasa estrepitosamente si lo que se saca como resultado no es la reducción de la capacidad de aburrirse—mejorar intelectual y estéticamente— sino el gusto por los espectáculos ofrecidos. Al final, corremos el riesgo de tener grandes colas de aficionados a los museos —¡qué sitios tan divertidos!— pero muy pocos aficionados al Arte en sí. El museo es el espacio, la caja de los zapatos. Lo importante es cómo no sientan los zapatos y no lo brillante que sea la caja. El objetivo no es entretener; todo lo más un medio.


Del museo catedralicio en el que uno teme alzar la voz no vaya a desencadenar la ira de las musas flamígeras o sufrir las miradas de Gorgona de aquellos que necesitan del silencio para ver bien, estamos pasando al museo circense en el que nos piden que lancemos tartas sobre la Gioconda o que seamos irreverentes. Hace un par de días nos mostraba alguna cadena televisiva cómo se celebraba el ciento cincuenta aniversario de Munch, el famoso autor de El grito. Se pidió a la gente de todo el mundo que colgara sus gritos de YouTube, algo que la gente aprovecho, con humor, para gritar a todo pulmón y dejarlo inmortalizado en la red. Es una forma de medir la popularidad de un artista y de convertirlo en emblema de un país, que hay que visitar, claro, como parte del homenaje.

Llegamos a la conclusión de que un museo es un lugar donde uno de ¡Oh! cuando le gusta, ¡Ah! cuando se lo explican, ¡Hum! cuando no le convence lo que ve y ¡Uff! cuando mira el reloj para decir lo tarde que es y se tiene que ir. La nueva oferta es que digamos ¡qué guay!, que es lo máximo a lo que se puede optar hoy en cuestiones admirativas.
No critico a James Durston por aburrirse en los museos. No sé si llegaba a ellos muy divertido y los museos le cortaban el entusiasmo de golpe o si es que no lograban sacarle de su tedium vitae. No sé si acabará cazando elefantes en África, lanzándose desde lo alto de edificios en ala delta o haciendo puenting para acabar con esa oscuridad que le impide disfrutar de los museos. Es probable que sea el resultado de una maldición que alguien le echara en algún museo de artes oscuras. Pero la maldición que muchos otro tienen y que les impide disfrutar en los museos se la echaron en un lugar llamado "escuela", espacio de disfrute o de aburrimiento rutinario según las personas en cuyas manos caigas a lo largo de tu peregrinaje escolar. Es allí donde se echan las maldiciones y, si hay suerte, la bendición de la comprensión y el interés por los tesoros que muchos museos guarda.
Eso no quita para que los museos mejoren sus instalaciones dotándolas de sistemas que permitan un mejor conocimiento de lo que exponen entre sus muros, que mejoren su personal para que los visitantes se sientan más amparados. De ahí a no diferenciar entre un museo y una feria de pueblo va un gran tramo. Los futuristas, que le tenían manía teórica a los museos, tenían objetivos más loables que la diversión o el negocio.



Quizá algún día, James Durston se despierte aturdido, resacoso, en el suelo de un museo en Hong Kong, rodeado de valiosas piezas tiradas por los suelos, y descubra —sin recordar cómo ha ocurrido— que alguien le ha tatuado en una nalga la cara de la Gioconda. Entonces sí que tendrá un motivo para odiar los museos, "cementerio de objetos, tumbas inanimadas", tal como el los definía en la primera línea de su provocativo artículo. 


* "No finjas más, en el fondo todos odiamos los museos, ¿por qué?" CNN-México 23/08/2013 http://mexico.cnn.com/opinion/2013/08/23/opinion-no-finjas-mas-en-el-fondo-todos-odiamos-los-museos-por-que