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lunes, 19 de agosto de 2013

Una visita incómoda y algo sobre el futuro

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Los Hermanos Musulmanes sabían que no se iban a encontrar con un camino de rosas, pero el mesianismo de su proyecto se basa en lo incontrovertible de su verdad y en lo bondadoso de sus acciones; lo que hacían lo hacían por el bien de todos, les gustara o no a los afectados. Es característico del islamismo decidir por ti. Jamás pensaron que iban a suscitar tanto rechazo popular. Ya no eran sus enemigos tradicionales los que los denostaban, sino una parte muy amplia del pueblo egipcio, el que estaba descontento con la deriva islamista que estaban imprimiendo al estado, cercando o desplazando a los que se resistían. Lo llamaron "hermanización". La rabia islamista es la rabia del fracaso político; del rechazo suscitado por sus propios actos. El programa islamista quedaba en evidencia: la gente, mayoritariamente, no quería un estado islámico y pidieron la ocasión de mostrarlo en la urnas.
Lo que en un sistema democrático se resuelve con las alternancias en el poder de los partidos en liza, en la mente del islamista no es factible porque su proyecto —como repiten ahora insistentemente— es el estado islámico, incuestionable. No sé si entendemos esto con claridad y lo que supone para los que viven dentro. Los egipcios se dieron cuenta rápidamente, en cuanto que se puso sobre la mesa el debate constitucional y los islamistas abandonaron las sonrisas plácidas y beatíficas que habían supuesto su regreso a la vida política pública, y empezaron a practicar la intransigencia institucional y el acoso desde el poder. Lo tenían todo, ¿para qué discutir lo que era su objetivo básico?


No, el islamismo de los Hermanos no fue dialogante; cerró todas las vías de encuentro y trató, ingenuamente quizá, de acelerar su programa político y de control institucional ante el temor que le producía la vertiginosa caída de su popularidad y el crecimiento de la animadversión a su proyecto. Y la comunidad internacional no dijo nada, aunque pronto resultó molestó recibir a Morsi. El presidente egipcio entró en la categoría internacional de visitas incómodas, personas a las que es complicado dar la mano o hacerse sonrientes fotos con ellos porque no sabes cómo acabarán, como ocurrió con los que se hicieron fotos con Gadafi o el propio Mubarak.

El 30 de enero de 2013 —no hace mucho—, Mohamed Morsi visitaba Alemania. El titular de la cadena bávara de televisión BR, describía escuetamente la llegada: "Ein heikler Besuch", Una visita complicada. Morsi ya era visto como un "problema incómodo" para la comunidad internacional que tenía que recordarle temas como los derechos humanos y la libertad de religión, seriamente atacados. Morsi, por supuesto, dijo que sí, que él era un demócrata y se preocupó por las subvenciones europeas. Pidió respeto mutuo entre los dos países y rechazó las injerencias en los asuntos internos ("Er betonte, dass die Beziehung zwischen beiden Staaten auf gegenseitigem Respekt und der Nichteinmischung in Innere Angelegenheiten beruhe."). Supongo que hoy no mantendrá esa opinión, al menos en la parte de la injerencia. Angela Merkel pide hoy la liberación de Mohamed Mursi, detenido desde su derrocamiento.
La cadena televisiva alemana hablaba de lo incómodo de la visita para Merkel por tener que recibirle mientras había docenas de muertos en las calles de El Cairo por enfrentamientos entre los islamistas y los manifestantes opositores (" Die Auseinandersetzungen in Ägypten zwischen den regierenden Muslimbrüdern und der Opposition mit dutzenden Toten überschatten Mursis ersten Deutschland-Besuch. Auch an diesem Mittwoch starben zwei Menschen bei Auseinandersetzungen in Kairo.").
Quizá nada más expresivo que la caricatura que apareció en la prensa alemana el mismo día. Un robot de la guerra de las Galaxias se dirige a recibir a Morsi con una extendida mano enguantada: "...Hallo... Ich bin... Angela... störung... störung ...störung". Problemas. El título de chiste habla de una "pequeña helada en Berlin". Morsi fue recibido gélidamente. No fue el único. Todos resaltaban el deterioro que el gobierno islamista de Morsi estaba produciendo el país, la caída de los derechos humanos, los muertos que se estaban produciendo por la represión de entonces.


Frente a la incomodidad creciente de los gobiernos occidentales que se limitaban a dar la mitad de abrazos o hacer algunas declaraciones genéricas sobre derechos humanos o libertad de religión (el partido de Merkel es cristiano-demócrata), las únicas voces que se levantaron críticas en todas partes fueron las de las feministas que, como solidarias allí donde se producen violaciones de derechos de las mujeres, denunciaron constantemente el crecimiento del acoso sexual en Egipto, la legislación restrictiva para los derechos, y la falta de presencia de representación femenina, entre otras muchas cosas de este tipo. Era un síntoma, pero un síntoma importante. Temas como la bajada de la edad de matrimonio o la reducción de la edad de los hijos para que vayan con el padre en los divorcios pueden parecer fútiles a nuestros gobernantes varones, pero son reveladores de la mentalidad que hay tras las leyes.

¿Pensaba la comunidad internacional que todas estas cosas no tendrían consecuencias? La sociedad egipcia, acostumbrada a callar, había despertado y vuelto mucho más activa con la Revolución: ya no estaban dispuestos a seguir en silencio. Estaban en democracia, ¿no? Las presiones sobre medios, periodistas, artistas e intelectuales de todas las ramas, sobre todos aquellos que tuvieran voz con la que manifestar el descontento, están en las hemerotecas a disposición del que quiera consultarlas.
La multitudinaria jornada de protestas del 30 de junio —una contracelebración del aniversario de la subida al poder de Morsi— fue un acto festivo, unitario y profundamente político y democrático. Significó que, tras la Revolución de enero, muchos millones de egipcios manifestaban su rechazo a las actuaciones y maneras del gobierno islamista, le pedían democrática y pacíficamente que rectificara el camino convocando elecciones anticipadas. Para ello recogieron casi el doble de firmas que los votos que los hermanos recibieron en las elecciones. No hay nada antidemocrático en ello; ningún "golpismo", ninguna violencia. Fue una forma civilizada y cívica de hacerlo. Para llegar a ello, sortearon todo tipo de trabas legales y físicas, desde los intentos de denuncia a la quema por islamistas de sedes de Tamarod en las que almacenaban los materiales de la campaña y firmas. Eso está en la prensa del momento y aquí lo fuimos recogiendo.
El riesgo de que la situación egipcia entre en un bucle en el que queden atrapados entra dentro de lo posible, de los escenarios virtuales. Si la intervención del Ejército se justificó para evitar una "confrontación civil", esta no se ha evitado. Quizá fuera ilusorio pensar que los islamistas se iban a quedar cruzados de brazos tras ser sacados del gobierno o que iban a aceptar integrarse en un gobierno de concentración junto a las demás fuerzas sociales y políticas que sí lo hicieron. Quizá tampoco fuera una sorpresa y por eso se hizo el llamamiento al respaldo popular para las acciones policiales futuras, algo que no por insólito —como señalamos en su momento— dejaba de ser un mensaje destinado a los islamistas, pero también a la comunidad internacional, que una vez más lo ignoró. Las muertes no solucionan nada; enquistan el problema. Quizá se trate de eso, de volver con honores a la situación clandestina, de hacer olvidar su desastrosa gestión del poder unos, y de volver al poder otros. Otra vez los miedos donde tendría que haber esperanza.


Estos días hay titulares en la prensa internacional que "lamentan la falta de influencia USA" en la zona; en la prensa norteamericana, los adversarios de Obama aprovechan para hablar de la "falta de liderazgo" y se lamentan. Se siguen las viejas interpretaciones del tablero de ajedrez, con fichas que esperan ser movidas por las manos poderosas. Mientras se piense que el "problema egipcio" es un "problema de los Estados Unidos", no se habrá entendido nada. Y, lo que es peor, no se arreglará mucho.
El "problema egipcio" es de los egipcios, pero no como reclaman algunos, incluido el propio Morsi en su momento, de no injerencia, sino de ser capaces de formular un pensamiento propio sobre la resolución de sus contradicciones y conflictos culturales, de la entrada —frente a los inmovilismos y retrocesos— en su propia modernidad, capaz de establecer la convivencia entre ellos sin que se impongan interpretaciones perversas y totalitarias de la religión que se tratan de extender a todas las esferas de la vida pública y privada.


Egipto, como otros países árabes que han alcanzado un nivel de desarrollo en capas importantes de la población, pero con grandes distancias sociales y culturales, no necesita "hombres fuertes" sino pensadores y artistas, personas que les pidan que se sumen a un mundo reflexivo y crítico, que no les digan cómo deben pensar o sentir, sino que fomenten su capacidad de convivencia y tolerancia mutua abriendo diálogos sinceros en la sociedad. Necesita urgentemente una nueva clase política que desplace a la existente, formada en las viejas mañas e intransigencias que han caracterizado la vida política de Egipto a lo largo de su historia. Si mesianismos, con inteligencia, diálogo y humildad. Para ello tienen que romper la sequía creativa que entre unos y otros han impuesto en todos los terrenos. El integrismo y el militarismo son paralizantes. La revolución, por el contrario, era dinamismo, renovación, un necesario y ansiado aire nuevo. Había que ventilar la pirámide.


Esa creatividad dinámica estaba en Egipto en su Revolución, como sentimientos y aspiraciones de una generación, en gestos, en manos cogidas, en la explosión del arte callejero, en cuidados mutuos, en cantos y representaciones, en ilusiones compartidas, en sacrificios, en unidad. Esas ideas no terminan de nacer porque se sigue debatiendo sobre las antiguas, las mismas que Naguib Mahfuz describió ya en novelas como El Cairo nuevo (1945), en la que nos muestra los debates de los jóvenes de los años 20, las posturas y enemigos que la Historia se encargaría de consolidar paralizando la vida mental, calcificándola en moldes de los que no parecía posible escapar.
Naguib Mahfuz hizo decir a uno de los personajes de su novela histórica La batalla de Tebas (1944): "—Señor, los dioses, por algún motivo que ignoro, continúan enojados con Egipto y sus habitantes", y un poco más adelante: "Nuestro pueblo, desde el Sur hasta el Norte, ha sido condenado a sufrir todos los males". Entre el enfado de los dioses y el sufrimiento de los males está la esperanza de romper ese pesimismo que a veces atenaza a los egipcios. No hay enfado de los dioses; no hay condena. Solo la necesidad de una voluntad firme de cambiar las cosas asumiendo el futuro como algo que se construye, de una manera u otra, hoy, con cada acción. No les falta ni determinación ni creatividad. Deben mantenerse lejos de los cantos de sirena de la tentación totalitaria y paralizante; seguir soñando con un país mejor, moderno y dialogante.

* "Ein heikler Besuch" BR - Bayerischere Rundschau 30/01/2013 http://www.br.de/nachrichten/mursi-merkel-aegypten-100.html






sábado, 26 de enero de 2013

Las culturas, lo particular y lo universal

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La pregunta que se hace Hamid Damashi, iraní, profesor de Estudios iraníes y Literatura comparada de la Universidad de Columbia (USA), desde las páginas de Aljazeera se contesta sola: "Can non-Europeans think?" Lo importante no es la respuesta —que obviamente es — sino por qué se llega a hacerse una pregunta tan absurda.
En su artículo se plantea la vieja cuestión del canon, de las jerarquías y mapas culturales, en última instancia, de la falsa "universalidad" de las culturas. Se pregunta, en sus propias palabras, por qué cuando Mozart estornuda es "música" y cuando lo hacen grandes maestros de otras culturas no. Dice que lo que los "occidentales" pensamos lo incluimos bajo la etiqueta de "Filosofía" y es "universal", mientras que lo que hacen en otras culturas queda como algo anecdótico, como pensamiento etnográfico, como una especie local.

No hay ninguna novedad en las preguntas de Damashi y creo que en el plano del pensamiento crítico cultural están resueltas hace tiempo. Una cultura —cualquier cultura— es siempre un punto de vista, una perspectiva ordenadora que establece un sistema de categorizaciones basado en sus propias pertinencias. Eso lo hizo Roma llamando "bárbaros" a los que estaban fuera de sus límites; el islam llamando "infieles" y el cristianismo "paganos" a los que no asumían sus religiones. No hay novedad.
La novedad es que Hamid Damashi se pueda hacer esa pregunta desde una Cátedra de Estudios Iraníes y Literatura Comparada de la Universidad de Columbia en los Estados Unidos y refleje sus dudas y recelos en un medio árabe, Aljazeera, en inglés.
La pregunta es vieja y constante. Lo que es interesante comprobar es que la respuesta varía en función de las condiciones históricas. Hoy vivimos en un mundo interconectado. Esto no significa que nos conozcamos mejor, sino que hay la posibilidad de conocerse. También de malinterpretarse. La conexión se aprovecha en muchas ocasiones para la transmisión de tópicos y distorsiones más que para un conocimiento efectivo. Porque ¿qué es conocerse?
El artículo de Damashi está presidido por una fotografía de un sonriente Michel Foucault, para muchos el "filósofo moderno", como lo fueron anteriormente Platón y Aristóteles, Descartes y Kant. Foucault es lo que llamaría George Lakoff, el "prototipo" de "filósofo moderno"; si se le pidiera a alguien que citara un "filósofo moderno", habría un porcentaje elevado de personas (dentro de la minoría al tanto) que responderían "Foucault". Para ello hay que tener una categorías que son "filosofía", "filósofo" y "filósofo moderno". Esas categorías tienen unos límites que se definen en el interior de cada cultura, que es un sistema de clasificación valorativa de la información que circula en su interior. Y de la que llega del exterior, de la periferia.

El egipcio Naguib Mahfuz, premio Nobel de Literatura

Cuando le concedieron el premio Nobel de Literatura a "nuestro" Camilo José Cela, coincidió con una comida de miembros del departamento de Filología, en el que yo me encontraba en aquellos momentos. Una profesora me manifestó su satisfacción y apuntó «¡Menos mal! Parece que ya han dejado de dar el premio a escritores de países exóticos!». Mi respuesta fue: «¿Tú crees?». Los premios anteriores habían sido para Woyle Soyinka (Senegal), Joseph Brodsky (un ruso americano) y el egipcio Naguib Mahfuz. A los ojos del mundo, en 1989, se lo habían dado a un "exótico" y desconocido español. Siempre conocemos mejor lo próximo, que es nuestro centro, y menos lo alejado. Eso es inevitable.

La cuestión central es la relación que mantenemos con nuestra relativa periferia —cada uno con la suya—, cómo establecemos los flujos entre centro y periferia y —sobre todo— la actitud que nos guía. Lo que hoy es inaceptable y solo los más lerdos pueden sostener es lo que Damashi se pregunta retóricamente, pero que algunos se pueden tomar literalmente: la posibilidad de un pensamiento —en sentido amplio, como conocimiento, arte, etc.— más allá del "nuestro". Nada hay más peligroso que la ignorancia orgullosa, el chovinismo negador de los valores (de la mera posibilidad incluso) de los demás.
La clave no está en preguntarse "si es posible pensar". La cuestión es cómo conseguir que ese pensamiento circule con menos restricciones culturales. La pregunta que se le podría hacer, por ejemplo al propio Damashi: ¿qué acciones realizas tú, conocedor de ambos mundos, para que se conozcan mejor unos y otros? Los esfuerzos por conocer una cultura solo se realizan desde su propio interior puesto que es su percepción valorativa, sus filtros, lo que hay que modificar.
Pero esto es más importante que los relativismos y ninguneos de los departamentos universitarios a los que consideran "exóticos" o "periféricos", algo que el mundo académico suele hacer con excesiva frecuencia. Nos afecta hoy en un mundo mucho más interconectado, con una copresencia histórica de los acontecimientos.
Escribe Damashi sobre los cambios producidos en el mundo árabe y sus consecuencias:

The world at large, and the Arab and Muslim world in particular, is going through world historic changes - these changes have produced thinkers, poets, artists, and public intellectuals at the centre of their moral and politicial imagination - all thinking and acting in terms at once domestic to their immediate geography and yet global in its consequences.
Compared to those liberating tsunamis now turning the world upside down, cliche-ridden assumption about Europe and its increasingly provincialised philosophical pedigree is a tempest in the cup. Reduced to its own fair share of the humanity at large, and like all other continents and climes, Europe has much to teach the world, but now on a far more leveled and democratic playing field, where its philosophy is European philosophy not "Philosophy", its music European music not "Music", and no infomercial would be necessary to sell its public intellectuals as "Public Intellectuals".



Quizá debería señalar también que esos extraordinarios cambios se han producido —en lo que se avanza algo y no se retrocede— con la resistencia de las autoridades de los propios países en los que se han dado, que también esas estructuras forman parte de una "cultura". Los obstáculos a los pensadores, artistas, escritores, etc. que brillan en los países en levantamiento no es Occidente quien los pone, sino las autoridades oficiales o sociales de sus países, que son quienes les silencian, encarcelan, torturan o matan. También nosotros tenemos nuestro propio historial, claro.

Orhan Pamuk, turco, Premio Nobel
Occidente concedió el Premio Nobel a Naguib Mahfuz y un islamista le rajó el cuello en un café cairota; el premio Nobel turco Orhan Pamuk —por cierto, doctor Honoris Causa por la Universidad Complutense, mi universidad— ha tenido que salir de su país por amenazas de muerte y las campañas de descrédito contra él, acabando refugiado en las aulas de la Universidad de Columbia, como el propio Damashi, de quien desconozco si está allí por voluntad propia o por alejamiento preventivo. El mayor obstáculo para el desarrollo e intercambio cultural —que posibilite un mejor conocimiento— está en los sistemas abiertos o cerrados que esas culturas suponen para sus propios miembros —puede que alguien piense que eso de "abierto" o "cerrado" es un prejuicio popperiano y occidentalista surgido de nuestra incapacidad de entender otros mundos a los que juzgamos desde nuestras posiciones—. No se trata de cómo evaluamos a los demás, sino, en primer lugar, de cómo se evalúan ellos mismos. Es esencial que en todos los países florezca el pensamiento, las artes, la ciencia, etc. Y a ser posible que no lo haga en las cárceles o en el exilio. Aquí o allí, en todas partes.
El que nuestros programas académicos, nuestras cátedras, libros de historia, etc., sean "eurocéntricos" es solo parte del problema. Puede que nuestro problema sea, como señala Hamid Damashi, el creciente "provincianismo" occidental al ignorar a los pensadores que surgen en otras partes del mundo. Totalmente de acuerdo. Pero es más urgente todavía asegurarse que esos pensadores, artistas, científicos... no son castigados por los regímenes que aíslan a sus miembros más valiosos silenciándolos y encerrándolos para evitar que lleguen a sus propios pueblos con sus pensamientos, poemas, cuadros, películas y todo aquello con lo que contribuyen a su propia cultura.

Asghar Farhadi,  iraní, con su Oscar 2011  recibido por "Una separación"

Cuando hablo con alumnos de otras culturas distintas a la nuestra, les digo siempre lo mismo: que al hablar dos idiomas, adquieren un compromiso, el de actuar como puente para hacer llegar lo más valioso de una cultura a la otra. Supongo que es lo que hace Hamid Damashi desde la cátedra de Estudios Iraníes y Literatura Comparada que la Universidad de  Columbia, en Nueva York, creó. Es lo que yo trato de hacer cuando pongo alguna de esas maravillosas películas iraníes a mis alumnos o les acercó a la poesía e historias del gran Yamal Od-Din Rumi; que comprendan que hay otras formás más allá de las que tenemos delante todos los días, que existen otras formas de expresarse, de pensar que también tienen valor y que debemos intentar realizar un esfuerzo en su comprensión por nosotros mismos, porque son fuente de conocimiento, ampliación y apertura de nosotros mismos.


Rumi enseñó "que las cosas tienen muchos nombres, y que los nombres, al fin y al cabo, solo son invenciones del hombre" ("Nombres").  Las culturas son las "invenciones" del hombre, los bosques de símbolos, los árboles que no nos dejan ver el bosque. Rumi dijo "el árbol de la vida está en todas partes, no solo en Indostán" —donde habían ido a buscarlo— y que quien lo busca en un solo punto no lo encuentra. Las raíces, nos dijo, están en el corazón.  Y es verdad.

* "Can non-Europeans think?" Aljazeera 15/01/2013 http://www.aljazeera.com/indepth/opinion/2013/01/2013114142638797542.html








domingo, 13 de febrero de 2011

La rebelión de los hijos

Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Es importante comprender lo que ha cambiado para poder medir la intensidad del cambio. El énfasis puesto desde el principio en el carácter generacional de los sucesos históricos de Túnez y Egipto no es gratuito y no debe entenderse simplemente como desde la perspectiva del joven, sino desde la dinámica conjunta. El mundo árabe es profundamente tradicional en un nivel más allá de lo político. Pueden hacer revoluciones de izquierda y no dejar de ser tradicionales porque la base de este tradicionalismo es el patriarcado. El patriarcado es una estructura cerrada que configura las relaciones familiares de una forma rígida y perenne. El modelo patriarcal es masculino, jerárquico y analógico. Es masculino porque da preferencia al hombre (en su dimensión paterna y marital), es jerárquico (se basa en la autoridad vertical del padre) y es analógico porque se reproduce como estructura en otras instituciones (las políticas y sociales). El sistema patriarcal se extiende en tres dimensiones, Dios, rey y padre, siendo la primera la que las justifica todas y todas entre sí. La dimensión fundamental es el carácter paternal de Dios, del rey y, lógicamente, del padre. Cada uno debe ser obedecido en su ámbito, pero a todos se obedece por el mismo principio, el que liga a los padres con los hijos.

Robert Filmer (1588-1653) señala en su obra Patriarca o del poder natural de los reyes*:

El padre de familia no gobierna por otra ley que por su propia voluntad, y no por las leyes o voluntades de sus hijos o servidores. En ninguna nación se permite a los hijos acción o remedio por estar injustamente gobernados; y, sin embargo, todo padre está obligado, por ley de Naturaleza, a hacer lo posible para la preservación de su familia, y mucho más está obligado un rey, por esa misma ley natural, a aceptar el principio de que la salud del reino es su ley principal […] (101-102)

El vínculo obliga a los hijos a aceptar incondicionalmente a los padres, a los súbditos a sus reyes, y a los creyentes a su Dios. Ni al rey, ni al padre ni al Dios se le pueden exigir cuentas. Pero el padre y el rey están obligados a buscar lo mejor para los suyos. Solo Dios no puede estar obligado por motivos obvios. Pero, la rebelión, en cualquier caso no está permitida.

El modelo patriarcal nos lo muestra maravillosamente bien el premio Nobel egipcio Naguib Mahfuz, en su trilogía cairota: “Todo en aquella casa se subordinaba ciegamente a una voluntad suprema, dotada de un poder sin límites, comparable al poder de la religión”** (212). No se le escapa a Mahfuz la base de la conexión patriarcal. Mubarak se presentó en su último discurso dirigiéndose al país diciéndoles: “Voy a hablaros como un padre habla a sus hijos e hijas”. El ex presidente no había captado la esencia de la rebelión, el nivel de sufrimiento e indignación al que se había llegado. La perversión final de las revoluciones árabes anteriores se puede comprobar en un constante tema de debate: la presentación de los hijos de los dictadores de las repúblicas —no monarquías— como sus continuadores en el poder. Las repúblicas, por definición, no deberían tener herederos. Ni a ti ni a tu hijo, le decían, a Mubarak pero él, el último patriarca, no lo entendía. Esta es la verdadera perversión que se ha quebrado. El problema no era solo la presencia de Mubarak, sino la transmisión patriarcal de la autoridad a un heredero, es decir, la pervivencia de un modelo. Por eso el énfasis en la limitación de mandatos que resalta la gente y cuya función es esa precisamente, evitar el poder ligado a la persona de forma continuida y transmisible.

La rebelión de los hijos va más allá de la revolución política. Las anteriores revoluciones, como hemos señalado, no cambiaron la psicología de los pueblos, más bien se aprovecharon de ella. El sistema político de Egipto ha cambiado porque sus mentes han cambiado y eso es lo que debe entender Occidente, comprender la dirección y el origen del cambio. Los hijos y los pueblos maduran y hay que darles libertad. Si no, la toman ellos mismos.

* Robert Filmer (2010): Patriarca o del poder natural de los reyes, Alianza, Madrid.

** Naguib Mahfuz (2003 6ª ed.): Entre dos palacios. Martínez Roca, Madrid