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martes, 12 de enero de 2021

Cortejar al diablo

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)




Los intentos de explicación de lo ocurrido el 6 de enero con el asalto al Capitolio se dividen en dos grandes grupos: el de los sorprendidos y el de los prevenidos. Los primeros se preguntan ¿cómo hemos llegado a esto?; los segundos lo explican. Entre unos y otros es difícil el diálogo. Los que no han sabido ver lo que tenían debajo de las narices, a los que no les importó, los que lo consideran una "anomalía", el fruto de una rabieta inesperada, etc. lo hacen por ceguera o porque tienen una visión demasiado naif de su propia historia. Por el contrario, la minoría, son los que han ido advirtiendo de lo que podía ocurrir, de que se estaba juntando la gasolina con la leña, todo ello cerca de un fuego mantenido por un pirómano declarado.

El artículo de Paul Krugman en The New York Times, titulado con rotundidad "This Putsch Was Decades in the Making",  hace un recorrido por la historia de la aceptación progresiva del Partido Republicano de las condiciones que han acabado en ese asalto al Capitolio y el anunciado segundo impeachment de un mismo presidente al que no se le quiere dejar ir de rositas por su responsabilidad.

Estados Unidos tiene la ocasión de juzgar lo ocurrido y condenarlo o dejar pasar los hechos como si formaran parte de la normalidad política, un semillero de problemas futuros ante lo que es claramente la punta de un iceberg que tardará décadas en neutralizarse.

Cuando haya cierta distancia —si es que es posible—, cuando despierten comprenderán con horror que la superpotencia que se ha erigido en árbitro del mundo quedó en manos de un advenedizo multimillonario, ausente de experiencia política, vinculado con todo tipo de escándalos, poseedor de múltiples taras psíquicas, autoritario, nulo sentido democrático, narcisista y megalómano, racista, machista e ignorante, organizador de concursos de mises y concursos televisivos y que, como remate, hacía trampas al golf.




Pero habrá muchos otros que quieran conservar su pesadilla, que prefieran vivir en un mundo paralelo, de secta, donde se le convierta en un dios de culto, en centro de adoración de ese mundo retorcido en el que la primera víctima es la realidad.

Desde hace tiempo hemos insistido en ese factor —la pérdida alentada de sentido de la realidad— como un elemento determinante y en los efectos de la responsabilidad del Partido Republicano sobre la propia democracia norteamericana. El problema no es que Trump esté loco o mienta; el problema son los que le apoyan y votan sabiendo que miente y está loco. Lo que lleva directamente a los republicanos. Lo hemos resaltado constantemente porque es de una obviedad política espantosa. Lo que hemos visto finalmente es el propio aquelarre de esta secta, la plasmación conjunta de todas sus fuerzas, en el asalto al Capitolio. Finalmente, la bola de nieve llegó a la base de la montaña convertida en mortal alud.

Para que eso ocurriera, la negación de la realidad era una necesidad. Es por ahí donde empieza Krugman su reflexión diagnóstica:

 

One striking aspect of the Capitol Hill putsch was that none of the rioters’ grievances had any basis in reality.

No, the election wasn’t stolen — there is no evidence of significant electoral fraud. No, Democrats aren’t part of a satanic pedophile conspiracy. No, they aren’t radical Marxists — even the party’s progressive wing would be considered only moderately left of center in any other Western democracy.

So all the rage is based on lies. But what’s almost as striking as the fantasies of the rioters is how few leading Republicans have been willing, despite the violence and desecration, to tell the MAGA mob that their conspiracy theories are false.*

 


Acostumbrados cada vez más a las disputas políticas sin sentido, a la negación de lo evidente, a la tergiversación constante, a los juegos de palabra y a la conversión de los hechos en "opiniones" y de las opiniones en "hechos", la muerte del sentido de la realidad, de la realidad misma pasa a ser un estado de lo posible. La realidad en la que vivimos no es lo que es, sino lo que se cuenta, por lo que el camino del poder pasa a ser el de la seducción, el del convencimiento de los otros.

¿En qué sentido son "mentiras" lo que ha llevado al asalto del Capitolio? ¿Por qué mucha gente sigue pensando con total convencimiento que "les robaron las elecciones"? ¿Es una forma de locura colectiva? Si la "locura" es la pérdida de la capacidad de distinguir las fantasías de la realidad, sin duda lo es.

Y ese es el gran peligro para la democracia en cualquier lugar. Perder el sentido de la realidad hace de la democracia una caricatura trágica porque la democracia se basa en la elección y la elección en la información disponible. Un mundo alimentado por mentiras no puede ser democrático ni, por ello, libre.




Krugman hace un recorrido por las sucesivas teorías conspiratorias aparecidas en los Estados Unidos desde la época de Ronald Reagan hasta hoy. Son teorías que fueron modelando las mentes y haciendo de la credulidad encadenada un arma política con la que los grupos más radicales se fueron introduciendo en la vida política, ganando peso en la escena republicana y, finalmente, llevando a la presidencia al personaje en el que se daba las circunstancias perfectas para cristalizar el deseo insatisfecho, Donald Trump.

En este tiempo pasado hemos insistido en la responsabilidad de los republicanos entendiendo que Trump no era un republicano, sino una herramienta republicana que finalmente se ha vuelto contra ellos acusándolos (¡qué ironía!) de débiles y traidores. Trump tiene el diagnóstico psiquiátrico acumulado, pero ¿qué tienen los líderes del partido republicano para esbozar algo parecido a una explicación? ¿Qué pueden argumentar para justificar que todavía hoy sigan negando y obstruyendo la proclamación de Joe Biden para la presidencia? Pero lo siguen haciendo.

Hemos resaltado anteriormente la importancia para los propios republicanos del movimiento "Never Trump!" porque son los restos sobre los que se construirá un partido destruido por Trump, reconvertido en nuevo líder de un movimiento negacionista y mesiánico en la política, un ejemplo de fascismo violento, autoritario y carnavalesco. Ahora no es importante si son muchos o pocos. Lo decisivo es que representan una tabla de salvación, un nuevo principio, ante el fracaso de aparato del partido, más preocupado por el éxito electoral, por ganar la Casa Blanca y los estados que por los principios que dan sentido al sistema.



Hace unos días hablamos aquí de "primermundismo" frente a los que hablan de lo ocurrido como "tercermundismo". Lo que muestra lo ocurrido es una fase de corrupción de la democracia desde dentro, no la ausencia. Lo que estamos viendo es cómo una democracia pervierte sus principios al renunciar a ese elemento importante, decisivo: la capacidad de juzgar con mínimos de objetividad el mundo que le rodea. Si basta con proclamar nuestros deseos más exóticos como "verdades" ¿qué nos queda? Si, además, estas llevan al triunfo, dan acceso al poder, ¿quién puede pararlas?

La paranoia mostrada es, además, un peligro más allá de las fronteras, dado el papel de Estados Unidos en el mundo. Los dos ejemplos más claros son los negacionismos del cambio climático y de la pandemia del COVID-19. Ya solo esos dos aspectos afectan gravemente a la "realidad" común y por ello a todo el planeta.

Es peligroso confundir efectos y causas. Por eso debemos comprender bien dónde está el origen de lo ocurrido, no verlo como un hecho aislado sino como el resultado de una serie de factores que finalmente se han manifestado en el asalto al Capitolio.



Cuando muchos países del mundo luchan por tener una democracia frente a las dictaduras que les oprimen, los Estados Unidos de Donald Trump convierten la democracia en una forma de dictadura cuyo mecanismo deja al descubierto lo que Michel Foucault llamó "voluntad de verdad", la fuerza institucional que determina lo que es verdadero y falso, el poder de construir una realidad alternativa a la propia realidad.

No ha sido casual que en estos años de Trump los medios de comunicación serios hayan tenido que desarrollar mecanismos de credibilidad, los "Fact checks", formas de verificación y de desestimación de afirmaciones. Tras cada intervención de Trump, muchos medios verificaban lo que decía para encontrar la mayor acumulación de mentiras y medias verdades dichas por un político en tan poco tiempo. Trump contraataco definiendo a la prensa como "el enemigo del pueblo" y reivindicando su palabra como única fuente de verdad. Y muchos republicanos le secundaron y sus seguidores le creyeron. Bastaba con desacreditar a la prensa, crear una conspiración que explicara por qué criticaban y atacaban a Trump. Basta con una narrativa convincente.



El periodo de Trump es la culminación de esos procesos de negación de la verdad y de su puesta al servicio de una forma de poder que, como podemos ver, se resiste a abandonar lo ganado.

La forma de hacer política de Trump y de los que le llevaron al poder está más extendida de lo que pensamos. Consiste en dividir primero, crear enfrentamientos cada vez más polarizados. El radicalismo creciente acepta cada vez más teorías conspiratorias y es más fácil de manejar. Una vez que se produce la adhesión, el sistema alucinatorio te absorbe, vives dentro de él, creyendo firmemente en lo que te cuenta.

¿Es este el nuevo rostro, el futuro de la democracia en los países avanzados? Todo lo que deteriora la convivencia facilita que se creen universos irreconciliables, con "verdad" incompatibles que finalmente nos esclavizan con su unilateralidad. Si solo podemos hablar con quien estamos de acuerdo, ¿cómo es posible crear una democracia?



La visión compartida de la realidad se ve debilitada por las dudas que se siembran contra ella. Es la erosión continua mediante las distintas formas de negacionismo y  de afirmacionismo (habrá que crear este neologismo) de lo falso.  
Los analistas coinciden en el papel importante de los medios de comunicación y de los medios sociales. Son una poderosa fuerza de erosión de la realidad cuando, como hemos señalado, lo que hacen es representarla con más o menos fundamento. En un universo de desinformación, de noticias falsas, se pierde el sentido de lo real, de lo que pueda ser una verdad compartida. Aquí las ideas son casi secundarias, lo que se debate es sobre la realidad misma, sobre su entidad, sobre su capacidad de dirigir nuestras respuestas o acciones. Los asaltantes han sido llevados hasta el Capitolio mediante una cadena de mentiras alrededor de su cuello. No ha servido de nada la inexistencia de pruebas. Nada se ha aportado, pero les ha dado igual. Su fantasía es consistente y, suponemos, persistente.


Desde que llegó al poder, los medios norteamericanos más responsables se dieron cuenta que tenían un serio problema, aunque no acabaron de definirlo. Sabían que Trump era un mentiroso, pero creyeron que no llegaría a tanto. Los fact checks fueron una respuesta, pero pronto se han visto insuficientes. Solo los consultan los que van a verificar lo que ya saben o creen saber. Una vez polarizados y radicalizados, cada uno se informa con lo que refuerza sus creencias. No es fácil convencer a la gente; quizá por eso se ha avanzado tanto en la manipulación. En un universo mediático e interconectado, con la posibilidad de bombardear con información, la manipulación es una arma de primera categoría: barata, limpia, amparada en libertades de expresión, sencilla de manejar...

Estos días serán intensos. Los que quieren asegurarse que Trump no siga quieren clavarle la estaca en el corazón por temor a los próximos aquelarres. Se ha visto que solo tiene que mover un dedo para lanzar al país al desastre. Y eso es mucho riesgo, una condena a la desestabilización constante y progresiva.

¿Tiene solución? No sé si "solución", entendido como final de un problema, es la palabra más adecuada. Esto necesita algo más que acciones específicas. Si Krugman señalaba que lo ocurrido era una consecuencia de lo acumulado en décadas, quizá haya que hablar mejor de "contención", de resistencia y rearme de valores, de claridad en la política y de revitalización de las instituciones. En cualquier caso, no será rápido ni fácil.

Por nuestra parte, democracia joven y aquejada de males prematuros, nos queda mucho que aprender por nuestro propio bien. Hay que mantener al diablo alejado. Cortejarlo acaba teniendo sus consecuencias, como hemos visto. ¿Qué ocurrirá ahora en aquellos lugares donde el "modelo Trump" se ha visto como una vía factible de llegar al poder, como una estrategia exitosa? ¿Estamos dispuestos a asumir estos riesgos?

 

 

* Paul Krugman "This Putsch Was Decades in the Making" The New York Times 11/01/2021 https://www.nytimes.com/2021/01/11/opinion/republicans-democracy.html

domingo, 8 de diciembre de 2019

Trump y el futuro (incluido el nuestro)

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Cuanto mayor es un campo afectado por decisiones equivocadas, más difícil se hace recuperarlo de su estado negativo. Podríamos formularlo de esta manera o, también, los males que se extienden sin control alguno no tienen fácil solución. Pronto apreciamos que los efectos no se extienden en línea recta, sino que tienen muy diferentes consecuencias a las que teníamos previstas.
En su columna semanal de The New York Times, el economista y Premio Nobel Paul Krugman suele lanzar sus críticas contra el ocupante actual de la Casa Blanca, el millonario por parte de padre, Donald Trump. Los fines de semana, la edición del periódico publica las respuestas de Krugman a los lectores que le plantean sus dudas sobre lo escrito anteriormente. La pregunta general es "Is It Possible Trump Is on the Right Track With China?". Leemos en el inicio:

“Trump’s trade war is losing, not gaining, support,” Paul Krugman wrote this week in his column “Why Is Trump a Tariff Man?” So why does the president avoid making the deals that might end this perpetual state of economic uncertainty? In a word, freedom.
“Tariffs let him exercise unconstrained power, rewarding his friends and punishing his enemies,” Krugman continued.*

Los dos párrafos demuestran que no existe una economía general, sino posicional, es decir, depende de la situación en la que te encuentres, defenderás una posición u otra. Donald Trump no es el presidente del país más poderos del mundo; es el poder mismo dirigiendo la economía en su beneficio o, al menos, intentándolo. Hay dos dudas que surgen en las presuntas y, sobre todo, en las respuestas de Krugman: 1) ¿lo que hace Trump es bueno para los Estados Unidos?; y 2) ¿se está beneficiando en lo personal Trump de las situaciones que crea?


En cuanto a la segunda pregunta, empecemos por el final, Krugman escribe: "Everything suggests that Trump is using his office to enrich himself. But I think it’s a lot cruder than that — more about extortion (don’t expect any favors unless you book my hotels) than stock market manipulation. It’s a sort of corruption Occam’s razor: never assume sophistication when crude thuggery is sufficient." El "todo sugiere" es una fórmula imprecisa, pero también que es cuestión de tiempo encontrar las pruebas de ello. Le compete a los que quieren demostrarlo buscar hasta encontrar.
Pero más preocupante que el que pueda estarse beneficiando es cuánto está perjudicando, es decir, la primera de las cuestiones planteadas. La perspectiva norteamericana es evidente que mira por sí misma, lo que no es complicado de entender cuando se piensa —esa es la hipótesis general— que Estados Unidos es un agente lo suficientemente poderoso como para imponer un política mundial que, como se señala, favorezca a los "amigos" y perjudique a los "enemigos". Esto es especialmente peliagudo cuando no se sabe muy bien quiénes son los amigos y quienes los enemigos. El segundo caso está un poco más claro, ya que todos los caminos del mal llevan a China, algo en lo que Trump ha conseguido arrastrar a muchos. La estrategia era clara, el evitar que China adelantara en muchos campos a los Estados Unidos, especialmente en el campo central de las telecomunicaciones, en el 5G, que servirá para canalizar el poder futuro, tal como Al Gore estableció para lo que llamó las "súper autopistas de la información", una forma de expansión de las grandes compañías norteamericanas por el mundo.


La noticia de que algunos iban a firmar la cooperación con China en las futuras redes de comunicación 5G, desató la ira de los Estados Unidos de Trump. La sola idea de que alguien desafíe el mandato norteamericano les parece metafísicamente imposible. No se acepta que China —ni nadie— les pueda ganar partida alguna. Y es aquí donde vienen los problemas, ya que la carrera se llena de codazos y trampas para los competidores. El país defensor de los mercados libres, adquiere una posición que le permite manipular a través de la política la economía.
El ejemplo más claro de esto es lo ocurrido con Turquía,  a la que Trump amenazó expresamente con hundirles la economía mediante medidas de aislamientos y aranceles. Lo mismo está haciendo con aquellos países que "no le gustan". Su abandono de las instancias internacionales en las que puede ser puesto en evidencia deja a los Estados Unidos más solitarios de su historia y, sobre todo, carente de un liderazgo moral, solo dueño de políticas del miedo, de un feo trabajo intimidatorio para todo aquel que no siga los planes del "jefe".
La proximidad a Rusia y a determinadas dictaduras muestra que la política de amistad es más que dudosa pues se trata, sobre todo, de dar alas suficientes al enemigo para que obligue a refugiarse bajo las alas cluecas del patrón. Es lo ocurrido en Ucrania con las amenazas de retirar la ayuda militar —es decir, dejar bajo la presión rusa— si no se le daba lo que pedía, información para hundir a su rival para la presidencia, Joe Biden.
Con todo, lo más preocupante queda reflejado en la última de las cuestiones planteadas a Krugman:

Bob Sharak, Chesapeake, Va.: How difficult will it be to unwind the damage Trump has done in just this one area? Is it realistic to say that it could be fixed in one or two presidential terms?
Krugman: I don’t think we’ll ever reverse the damage. We can fix some things, but neither countries nor businesses will ever go back to believing that United States trade policy can be counted on to be predictable or that we will honor our commitments. Even once Trump is gone, the possibility that America will elect another leader like him will shadow everything for decades to come.
To really get back on track, we’d need a defeat — not just of Trump but also of Trumpism, which would take multiple elections. Remember how Obama’s victory was supposed to change everything? We’re going to need an extended period — maybe three presidential elections in a row — that makes it clear that voters are insisting on politicians who care about the rule of law.*



En muchas ocasiones hemos señalado aquí que el efecto principal de las políticas nefastas de Trump era convencer a la gente, a los países, que lo mejor era no tener que depender de él o de los Estados Unidos. Es la ruptura de la confianza. ¿Por qué no otro Trump futuro?
El ejemplo de Macron con la OTAN, señalando que está en estado de muerte cerebral, es suficientemente claro., Nadie puede confiar en la OTAN o los Estados Unidos si ocurren cosas como las de Siria, dejando tirados a los socios kurdos a los pies de sus enemigos, ante la vergüenza disciplinada del propio ejército norteamericano. No serán solo los aliados traicionados, los propios militares abominan de la política de Trump, para la que han sido manipulados. Han dejado a sus aliados tirados, dejando en manos de Rusia y Turquía el control de la zona. Vergüenza.
Las ironías de la Historia implican que cuando se pregunten por el fin del "imperio americano", los estudiosos responsabilizarán a Donald Trump, presidente que enseñó al mundo a no respetar a los Estados Unidos porque Estados Unidos no se respetaba a sí mismo ni a los demás.


Puede que el mundo descubra que las viejas alianzas del periodo de entreguerras ya no funcionan como debieran, que es necesario encontrar nuevas políticas en un mundo de posguerra fría, en el que las condiciones son otras y han cambiado los escenarios.
¿Recobrarán la confianza en los Estados Unidos perdida definitivamente con Trump (Obama también planteó dudas en ciertas partes del mundo)? El último programa del Saturday Night Live incluye un sketch cómico en el que los líderes Justin Trudeau (Jimmy Fallon), Macron (Paul Rudd) y Boris Johnson (James Corden) se mofan de un Donald Trump (interpretado por Alec Baldwin) en la cafetería de la OTAN y no  le dejan sentarse con ellos en una silla vacía, a la que llamarán final mente a una Angela Merkel intepretada por Kate McKinnon. Nadie quiere sentarse con él. El sketch se resuelve finalmente con un cierre ingenioso, la transformación de la situación en una campaña anti bullying de Melania Trump (Cecily Strong): “Bullying is a serious problem, especially against President Trump.”


Con el uso de los recursos de la fuerza y la unilateralidad, Trump ha hecho perder a los Estados Unidos lo que ha sido su verdadera fuerza, la confianza. Pero esa es una virtud inútil para un personaje que no cree en las virtudes de ninguna naturaleza, solo en la fuerza de la presión para rendir a los demás y conseguir sus fines.
Hoy Trump recoge los efectos dentro y fuera de los Estados Unidos. El impeachment ha salido adelante en casa dejando las vergüenzas al descubierto ante los norteamericanos que lo quieren ver. Fuera está el enorme desprestigio de la política mundial norteamericana y la visión compartida de que es necesario tener una política de no dependencia dentro de las alianzas. Nadie está a salvo de la "amistad americana".
¿Cuántos presidentes serán necesarios para reparar el desastre de Trump? Es una buena pregunta para un mundo que ya ha comprendido la necesidad de cambiar.  El futuro de Trump, como bien señala Krugman, puede ser irreversible. Nada está aislado en un mundo global. Incertidumbre es la palabra y habrá que vivir con ella.



* Paul Krugman "Is It Possible Trump Is on the Right Track With China?" 7/12/2019 https://www.nytimes.com/2019/12/07/opinion/trade-trump-china.html




domingo, 11 de junio de 2017

Terreno peligroso

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El artículo de Paul Krugman sobre Donald Trump (¿hay otro tema?) en el diario El País, titulado “El hundimiento del Estado”, se cierra con el temor fundado de que lo peor esté por llegar. Son pocos los analistas, comentaristas, etc. que se resisten ya a expresar sus temores sobre Trump o lo que esto conlleva, ese hundimiento del imperio tragado por el irresistible agujero negro de la necedad.
Por poco o mucho que se especule sobre el asunto, no cabe duda de que no habrá muerte gloriosa ni ejemplar. La confirmación de Trump en la presidencia, pese a tener tres millones de votantes menos que su rival, Hillary Clinton, marcaba el principio de un final tragicómico del imperio, una parodia arrogante en la que las instituciones eran asaltadas por un impresentable demagogo que consiguió convertir la república en un decadente retrato de las peores cortes del pasado.
Después de hacer un repaso por las últimas pifias presidenciales sobre Qatar, dice Krugman:

Normalmente, pensaríamos que es ridículo insinuar que un presidente estadounidense pueda desconocer hasta ese punto las cuestiones cruciales y que se le pueda llevar a adoptar medidas de política exterior tan peligrosas con unos incentivos tan ramplones. ¿Pero podemos creerlo de un hombre incapaz de aceptar la verdad acerca del número de asistentes a su toma de posesión y que se jacta de su victoria electoral en las circunstancias más inadecuadas? Sí.
Y pensemos en su negativa a respaldar el principio central de la OTAN, la obligación de defender a los aliados, una negativa que provocó indignación y sorpresa en su propio equipo de política exterior. ¿A qué vino eso? Nadie lo sabe, pero vale la pena considerar que, por lo visto, Trump abroncó a los líderes de la Comunidad Europea por la dificultad de construir campos de golf en sus países. De modo que tal vez fuera pura petulancia.
La cuestión, insisto, es que todo indica que Trump ni está a la altura del cargo de presidente ni está dispuesto a hacerse a un lado para dejar que otros hagan bien el trabajo. Y esto ya está empezando a tener consecuencias reales, desde una mala cobertura sanitaria hasta la destrucción de alianzas o la pérdida de credibilidad en el escenario mundial.*



La especialidad de Trump es acumular descalificaciones. El periodo en el que la gente veía a Trump envuelto en los ropajes presidenciales y merecedor de algún respeto por el cargo se desvaneció cuando tuvieron la evidencia de que era el propio quien no respetaba la presidencia y lo que implicaba. Unos pasaron de la irritación a la vergüenza ajena; otros de la vergüenza ajena a la irritación.
La insinuación de Krugman sobre que Trump desconoce que en Qatar está la base norteamericana más importante de la zona no es descabellada. Todo es posible con él.

“Existe el riesgo de que esta disputa conduzca a una guerra". Es la advertencia que ha voceado este sábado el ministro de Asuntos Exteriores alemán Sigmar Gabriel a propósito del bloqueo a Qatar impuesto por Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Bahréin y Egipto. Una alarma a la que se ha sumado Rusia a punto de cumplirse la primera semana de unas medidas aplaudidas por el presidente estadounidense Donald Trump, un apoyo incondicional al que Riad se aferra para ignorar las crecientes llamadas al diálogo.**


La sensación que muchos tienen es la de un elefante en una cacharrería. El problema, como bien señala el ministro alemán, es que puede acabar muy mal como alguien se extralimite un poco en su evaluación o en sus prtensiones.
En lo que coinciden la mayoría de los analistas es que todo esto tiene a los medios qataríes de fondo, es decir, a Aljazeera. Qatar es pequeño, pero con una voz potente, algo que no han conseguido los más poderosos de la zona y por lo que suspiran cada día.
Aquí hemos comentando en muchas ocasiones la obsesión egipcia por el control de los medios y su animadversión a Aljazeera. Ninguno de los países implicados puede considerarse ni por asomo una democracia por lo que el respeto a la diversidad de medios les resulta absurda y lo ven como una forma de agresión. Es el pacto de no interferencia del que hablábamos ayer, que debe ser entendido como una forma de respeto de la verdades absolutas de cada uno. Tú las tuyas y yo las mías.
  

Tal como hicieron los viejos dictadores (Mubarak, Ali, Gadafi...) caídos en la revolución primaveral, estos monarcas y emires, déspotas la gran mayoría, no quieren que nadie les mueva la silla con estridentes versiones de sus reinados. Es lo que piensan que hizo Aljazeera en la Primavera árabe. Y no quieren que se repita, por si acaso. La versión oficial que interesa a déspotas y autócratas es que aquel intento fue fruto de fuerzas oscuras con hermosas melodías. Donde esté el buen aparato de propaganda combinado con censura, que se quite todo lo demás.
Desde el punto de vista norteamericano, se confirma -una vez más- que Trump es un caballo desbocado que deja en evidencia a su propio equipo cada vez que tiene ocasión.


* Paul Krugman “El hundimiento del Estado” El País 09/06/2017 
http://economia.elpais.com/economia/2017/06/09/actualidad/1497009383_084325.html
**”Berlín alerta del “riesgo de guerra” en la disputa qatarí mientras Riad ignora las  llamadas al diálogo” 10/06/2017 
http://www.elmundo.es/internacional/2017/06/10/593c387a468aebc23e8b45b4.html



lunes, 4 de mayo de 2015

Integridad

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Ayer hablábamos de eso que llaman la emocionalización de la política, su reducción a la conexión, un tipo de contacto que no es fácil de definir y que se puede describir como una mezcla de atracción, confianza y sugestión. Hay que conectar con la gente, nos dicen. El artículo que ha publicado Paul Krugman en The New York Times en estos días, titulado "Ideology and Integrity"*, tiene que ver con esa tendencia que hace alejarse de lo que es la política. Entiendo que debemos dejar de concebir la política como el arte doble de tener el poder y el controlar a los que te votan.
Desde esa perspectiva, se trata de mantenerse y de mantener la imagen como un capital que es necesario invertir y hacer crecer. Desde los oponentes, el esfuerzo se centra en deteriorar esa imagen ante la opinión pública, por lo que se acaba creando un sistema complementario cuya lucha principal es una lucha de imágenes, que es lo que se medía en última instancia a través de los electrodos implantados en los sujetos de la denominada "neuroencuesta". Lo que queda es una caricatura de la política.
Paul Krugman escribe:

You see, you shouldn’t care whether a candidate is someone you’d like to have a beer with. Nor should you care about politicians’ sex lives, or even their spending habits unless they involve clear corruption. No, what you should really look for, in a world that keeps throwing nasty surprises at us, is intellectual integrity: the willingness to face facts even if they’re at odds with one’s preconceptions, the willingness to admit mistakes and change course.*


"Admitir" es un verbo prohibido en el lenguaje político; es la antesala de la derrota. Se comienza admitiendo y se termina abandonado. "Admitir" significa que no hay escapatoria y así es usado, como un reconocimiento de culpa y el error o el fracaso no forman parte de la contagiosa mitología del "empresario de éxito" que ha contagiado la política.
La "integridad intelectual", en cambio, es una virtud poco valorada hoy. Supone no decirle a la gente lo que quiere escuchar, buscar esa "conexión", sino decir lo que se debe escuchar, con honestidad.
En estos años se ha vivido una terrible crisis en gran medida porque muchos no se atrevieron a decir lo que no se quería escuchar. "Sí", reconocía un político ya fuera del poder, "quizá debimos pinchar antes la burbuja inmobiliaria". Recuerdo la indignación que me causó escuchar aquellas palabras de cobardía pospuesta. No era lo que la gente quería escuchar, que no eran ricos, sino carne de especuladores. Se dejó seguir hacia el desastre porque ¿quién iba a sacar de su sueño a tanta gente?
Krugman entra en un segundo plano, el de la ideología:

Just to be clear, I’m not calling for an end to ideology in politics, because that’s impossible. Everyone has an ideology, a view about how the world does and should work. Indeed, the most reckless and dangerous ideologues are often those who imagine themselves ideology-free — for example, self-proclaimed centrists — and are, therefore, unaware of their own biases. What you should seek, in yourself and others, is not an absence of ideology but an open mind, willing to consider the possibility that parts of the ideology may be wrong.*


La distinción es importante y tiene que ver con las posibilidades del diálogo. Una sociedad de ideologías estáticas es antinatural, una aberración intelectual. La base de la democracia es el diálogo, la capacidad de argumentar para obtener las mejores salidas a los problemas. Las ideologías estáticas son lo contrario de esa mente abierta que señala Krugman. Y una mente abierta es lo contrario también de la indefinición del oportunismo que juega a un falso centrismo para poder "conectar" con más gente.
En estos días en los que todo el mundo tiene pieles mientras los osos siguen corriendo por los parques se habla mucho de pactos y poco de diálogos. Hay pocas mentes abiertas y mucho dogmatismo numérico. No es de extrañar, carecemos de una clase política ejemplar, que no solo es la honrada, virtud imprescindible, sino la honesta políticamente hablando. La honestidad tiene que ver con esa virtud de la integridad que debe acompañar a la mente abierta para poder enfrentarse a los problemas y aspiraciones.


Las sociedades democráticas son sociedades de convivencia. Todos tenemos nuestras ideas y nadie nos las debe limitar. Pero si son ideas cerradas, si somos nosotros mismos quienes las limitamos, quedan como lastre de la propia evolución social.
Hemos hablado en días anteriores del aumento de la intransigencia. Es un síntoma más de esa emoción política, que se visceraliza, antes que abrirse a nuevas percepciones mejoradas. Las sociedades se vuelven intransigentes porque temen por sus pobres verdades.
Krugman se refiere a la política norteamericana —y a la necesidad de reconocer los errores de sus actuaciones internacionales—, pero creo que lo que señala se puede aplicar a casi cualquier país democrático en los que estamos retrocediendo en  el valor de esa mente abierta, de esa integridad. La apertura es hacia los otros, es la aventura de la diferencia intelectual que abre su mente al diálogo esperando lo mismo del otro.
Debe cambiarse la mentalidad política, la política misma, y pensar que es la convivencia armoniosa y justa lo que se debe buscar y que de ahí es de donde surge la preocupación por los demás que lleve a la mejora social. Pero no es el camino que elegimos. Elegir la división constante conlleva un desgate institucional y social que no a todos gusta. La intensidad de la presión mediática, como forma de hacer llegar la política emocional, provoca esa erosión y acaba en indiferencia por saturación o en intransigencia violenta. 




* Paul Krugman "Ideology and Integrity" The New York Times 1/05/2015 http://www.nytimes.com/2015/05/01/opinion/paul-krugman-ideology-and-integrity.html

miércoles, 24 de abril de 2013

Errores básicos

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Las últimas horas nos han dejado al descubierto varios casos en los que las máquinas han jugado un papel peculiar. El primero lo hemos conocido a través del economista Paul Krugman, premio Nobel y activo y combatiente columnista de The New York Times, cuyos artículos son reproducidos entre nosotros por el diario El País. En su artículo de hace un par de días Krugman se preguntaba:

¿fue un error de codificación de Excel lo que destruyó las economías del mundo occidental? Esta es la historia hasta la fecha: a principios de 2010, dos economistas de Harvard, Carmen Reinhart y Kenneth Rogoff, divulgaron un artículo, Growth in a time of debt (Crecimiento en una época de endeudamiento), que pretendía identificar un umbral crítico, un punto de inflexión, para la deuda pública. Una vez que la deuda supera el 90% del producto interior bruto, afirmaban, el crecimiento económico cae en picado.*

El artículo, señala Krugman, tuvo una gran influencia y fue tomado por cierto como apoyo de las políticas de austeridad. Cuestionado por otros, cuando se trató  reproducir los cálculos, a nadie le cuadraban. Los autores dejaron que fueran revisados y finalmente se descubrió el origen de la divergencia:

En primer lugar, habían omitido algunos datos; en segundo lugar, emplearon unos procedimientos estadísticos poco habituales y muy cuestionables; y finalmente, sí, cometieron un error de codificación de Excel. Si corregimos estos errores y rarezas, obtenemos lo que otros investigadores han descubierto: cierta correlación entre la deuda elevada y el crecimiento lento, sin nada que indique cuál de ellos causa qué, pero sin rastro alguno de ese umbral del 90%.*

Con todo ello se pueden construir varias fábulas modernas, de diverso signo, que afecten a máquinas, hojas de cálculo, economistas de prestigio o a políticos que les hacen caso. En ninguno de los niveles señalados se podría hacer a las máquinas o al programa Excel responsable de lo que es la ineptitud en los cálculos o en la forma de introducir los datos. Pero el etiquetado de la historia por el propio Krugman "La depresión del Excel" hará que algunos piensen que la culpa la tiene la hoja de cálculo. Una razón más para utilizar "Linux", pensarán algunos. Pero los fallos aquí no estaban en los programas ni en los programadores, sino en los que introdujeron los datos.


El segundo de los casos producido en estos días es el de los hermanos Tsarnaev, según los indicios hasta el momento, los autores de los atentados de Boston. De nuevo aquí las máquinas entran en juego en el desarrollo de los acontecimientos:

El senador de los Estados Unidos, Lindsey Graham, aseguró esta mañana que si el FBI desconocía que el hermano de Dzhokhar, Tamerlan Tsarnaev, viajó a Rusia, fue por un error muy básico: no habían escrito correctamente su nombre.
Así lo explica el senador republicano en la Cadena Fox: «Por eso nunca apareció en el sistema que se marchara a Rusia».
Graham, que también es miembro del Comité de las Fuerzas Armadas, aseguró que no sabía con seguridad si este error al deletrear su nombre a la aerolínea Aeroflot fue intencionado, pero cuando sus fuentes transmitieron la información al FBI no hubo constancia de este viaje.
[...] No se ha especificado cual fue la errata concreta pero es posible que se tratara de una variante de su apellido que utiliza el tío de Tamerlan, que vive en Maryland y se hace llamar «Tsarni» y no «Tsarnaev».**

Tienen razón el senador Graham al calificar de "básico" el error, pues lo es por estar en la "base" de los procesos posteriores. Los "errores de base" afectan a lo que se construye sobre ellos distorsionando los resultados finales. Son como una avalancha de nieve.
En ambos casos son errores —con sus diferencias entre uno y otro— que se producen en los niveles primarios, en la entrada de datos. El error no lo producen las máquinas sino nuestro contacto con ellas.

En el primer caso, un error en el cálculo es dado por bueno y aceptado como principio verdadero" aplicable en muchas otras situaciones. El error se transmitió a los que han tomado decisiones con el artículo en mente, aceptándolo como una política económica. El error se transmite a través de un sistema configurado por todos aquellos que lo dan por bueno. De la hoja Excel al artículo, del artículo a los que lo leen, de los que lo leen a los que lo aceptan, y de los que lo aceptan a los que lo aplican. Todos ellos, con sus ramificaciones, constituyen la cadena de transmisión del error. Hicieron ver una falsa realidad, un falso comportamiento de la economía. Los que querían creerlo, lo creyeron y lo utilizaron como argumento justificativo de sus acciones.

Por el contrario, el segundo error produjo la invisibilidad de lo real. La visita a Rusia del hermano mayor desapareció del sistema de vigilancia por un error en la introducción de los datos. Ninguna de las alarmas saltaron por alguna letra cambiada. Tampoco la máquina tiene la culpa esta vez, sino los datos erróneos suministrados al sistema. Por muy buenos que sean los sistemas, siempre que dependan de nuestras acciones, estarán sujetos a error.
Puede que algunos tengan dudas sobre la intencionalidad de los errores y piensen que los economistas falsearon los datos para obtener los resultados que quería —no sería la primera vez— o que Tamerlan Tsarnaev cambió alguna letra del impreso de salida para burlar el sistema de alarmas de la vigilancia de sospechosos de terrorismo. Pero del que no hay ninguna duda sobre su intención perversa es del incidente que se produjo ayer con un simple "tuit". La introducción de una noticia falsa —el ataque a la Casa Blanca y las heridas del presidente Obama— en el sistema a través de la cuenta de la Associated Press (AP) produjo un reacción  en cadena en Wall Street causando un desplome del mercado. Unos segundos de credibilidad son suficientes.

Puede que exista un nivel en la cantidad de información que podemos manejar y controlar con eficacia, una cantidad que, una vez superada, nos introduce en situaciones en las que es difícil detectar los errores antes de que estos sean desastrosos. Algunos se aprovechan y se esconden en la maraña informativa volviéndose invisibles —del terrorista a los evasores fiscales—; otros, en cambio, aprovechan la instantaneidad del sistema y su extensión global para provocar pánicos, sacudidas y desplomes.
En la Sociedad de la Información todo es "información" en el sistema, la verdad, el rumor y la mentira. Antes de distinguirlos, ya han causado estragos.


* Paul Krugman "La depresión del Excel" El País 21/04/2013 http://economia.elpais.com/economia/2013/04/19/actualidad/1366398440_370422.html
** "Dzhohar, a un amigo: 'Estos ataques son tan fáciles de hacer'" ABC 23/04/2013 http://www.abc.es/internacional/20130423/abci-sabia-tsarnaev-regreso-rusia-201304230956.html
*** "El tuit falso que hundió Wall Street" El Mundo 23/04/2013http://www.elmundo.es/elmundo/2013/04/23/economia/1366739034.html






viernes, 2 de septiembre de 2011

Los tres ejes de la economía y el problema equivocado

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El Premio Nobel de Economía Paul Krugman escribió en los años noventa un libro en el que señalaba que puede haber muchas cosas que nos parezcan importantes en la Economía, pero no hay más que tres que lo sean realmente: “la productividad, la distribución de la renta y el desempleo”*. Nada puede ir bien, nos dice, si estas tres cosas van mal.
España tiene verdaderos problemas en la primera y la tercera. Nuestra productividad, según nos señalan permanentemente, es baja y el empleo en nuestro gran mal porque no va bien ni aunque las cifras digan que van bien todo el conjunto. Porque el hecho es que no puede decirse de una Economía que vaya bien cuando una parte importante de su población, el 21%, no encuentra trabajo. Creo que Krugman tiene toda la razón. Sin embargo, nuestros discursos económicos y políticos han ido por otro lado.
Acostumbrados a trabajar con cantidades y modelos, muchos economistas —y con ellos los políticos— se olvidan de que lo importante es la gente o, como señalaba Krugman, “las cosas que afectan al nivel de vida de un gran número de personas” (21)*.
La Economía es una ciencia que dedica una gran parte de su esfuerzo a analizar y debatir, como los expertos en seguridad aérea, las catástrofes, en su caso las crisis económicas. Una parte importante de su trabajo es hacer ver a los que tienen que volar que ellos están trabajando en seguridad, de lo contrario, nadie se subiría en un avión. Los aviones se caen después por otra cosa. Aunque no logren evitar que los aviones se caigan, transmiten la sensación de que se hace algo por evitarlo.
Nuestros políticos están haciendo algo similar: revisan los restos del avión de la economía española.. La cuestión de incluir en la Constitución española el techo de endeudamiento no es más que una maniobra de este tipo. Es una versión escrita de la “solución de la foto” —vamos a llamarla así— que se utiliza con la misma función, intentar tranquilizar para que se sigan subiendo al avión.
La “solución de la foto” ha tenido es España un gran desarrollo. Su distintas versiones son “la promesa que sucede a la promesa”, la “reunión en Moncloa”, etc. y ahora, en un más difícil todavía, inspirada por un presidente con los días contados, la nueva “reforma constitucional”. Hacer girar todos nuestros problemas sobre un principio discutible que no se ha de aplicar hasta dentro de 10 años, en 2020, es uno de los ejercicios de absurdo político más importantes en décadas en un país democrático.

La “deuda” no es uno de los tres elementos señalados por Krugman que afecta directamente a las personas. El mismo Krugman señala: “el déficit presupuestario no es un problema en sí mismo y por sí mismo. Nos preocupamos por él porque sospechamos que conduce a un ahorro nacional bajo, el cual conduce, en último término, a un bajo crecimiento de la productividad” (22).
Lo grave del asunto —como anticipábamos cuando se dio cuenta del acuerdo bipartito— es que debe ser leído como una muestra de debilidad frente a los gastos autonómicos incontrolables y a la negativa de los políticos locales a entrar en razón presupuestaria. La evidencia más clara de este hecho es cómo se lo han tomado los nacionalistas vascos y catalanes, que han visto en el acuerdo un ataque a su “soberanía endeudadora”. Cataluña ha contestado con la exigencia de que se limite en su estatuto el tope de la contribución a los fondos comunes y el País Vasco con una exigencia de que se incluya el derecho de autodeterminación en la Constitución. Las dos peticiones autonómicas son la versión diplomática de una declaración de guerra. Ambas desentierran las armas del agravio contra el hecho de que se les obligue a llevar una política económica que jamás podrán controlar porque lo harán los partidos nacionales. Para ellos es una pérdida de capacidad negociadora futura con el Estado central ya que ese aspecto se elimina de las variables disponibles.


Avisamos que querer introducir este aspecto en la Constitución no fortalecía nada sino que debilitaba a la propia Constitución en el sentido de que la convertía en objeto discutible. Esto ya ha sucedido. Lo malo de la “solución de la foto” —está vez ha sido la foto de los portavoces entregando conjuntamente la petición en el Congreso de los diputados— es que no suele solucionar nada porque la deuda, como la fiebre, no es el problema, sino el resultado de los problemas. Fijar el punto de mira en la deuda es equivocarse porque las deudas se pagan trabajando y lo que no hay en España es trabajo. Hay cinco millones de parados a los que se quiere convertir —a muchos de ellos— en delincuentes o perezosos, según toque la vía del fraude (la política de hacer aflorar las bolsas de fraude laboral) o la de la pereza (la falta de iniciativa, formación, etc.).
Hay que decirlo claramente. El problema no es la deuda. El problema es la productividad y la baja calidad de nuestro empleo debido al tipo de sectores que se ha potenciado en estos años de crecimiento sin rumbo hacia sectores de enriquecimiento fácil y con mano de obra que no necesitaba gran preparación. Este tipo de sectores tiene un crecimiento aparente, que enriquece a algunos, pero empobrece el tejido social y las aspiraciones futuras. La exportación de investigadores ante la falta de perspectivas aquí es un indicador muy fiable del que nuestros gobiernos se preocupan más que con parches inútiles. Es la falta de absorción de nuestras débiles empresas la que lo causa. El tipo de empresa que existe no necesita de la investigación porque se dedica a otras cosas mayoritariamente.

El Premio Nobel de Economía Paul Krugman
El problema lo podemos ver en países pobres que han elegido las mismas vías para su desarrollo desde niveles muy bajos. Si no apuestan por otro tipo de desarrollo que tire del tejido social, se ven condenados a atender turistas hasta la eternidad. España debía haber salido de este modelo hace muchos años, pero la comodidad y la aparente riqueza que genera esconden una economía débil y, sobre todo, de muy baja calidad.
Las críticas que se nos hacen son siempre las mismas: baja productividad y paro incontrolado. Pero con el tejido empresarial español, que ha ido concentrándose en sectores del comercio, etc. y desapareciendo el tejido industrial que hubiera podido demandar mejores puestos de trabajo, no se ha podido avanzar social y económicamente. 
La riqueza de un país va más allá de las cifras. Puede que la industria pastelera mueva las mismas cantidades que la editorial, pero en un caso tendremos un país de obesos y en otro de lectores; al primero no le pidas que corra, al segundo se le puede pedir imaginación. Nosotros hemos apostado por muchas pastelerías porque es más fácil motivar al pastel que al libro. Y eso es lo que estamos pagando, nuestro modelo de crecimiento rápido y de pocos recursos para afrontar las crisis futuras. Estamos condenados a que cuando haya crisis, las nuestras sean peores. Los demás se recuperan produciendo; nosotros nos.
La deuda no es el problema, es el síntoma. La foto del acuerdo constitucional no soluciona nada. No es más que el brindis al sol de un político al que le han gustado las fotos y que nos deja en herencia una buena colección de recuerdos gráficos. Si la deuda no es el problema real (lo que no significa que no sea un problema, evidentemente) todavía quedarán por solucionar, una vez más, los verdaderos problemas, a los que nadie parece tener interés en poner solución. Cuando se le ha preguntado al presidente del gobierno sobre la posibilidad de modificar los impuestos para aplicárselo a las rentas más altas, ha contestado con un tajante “no se contempla”. Eso nos dejaría con el tercer problema, la distribución de las rentas, en el aire.
Como todo lo demás.

*Paul Krugman (1001, 2010): La era de las expectativas limitadas. Ariel, Madrid.



miércoles, 31 de agosto de 2011

No temas, mamá, es solo una teoría

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Se queja el Premio Nobel Paul Krugman en su colaboración en The New York Times* de la actitud que adoptan algunos políticos candidatos a la nominación republicana contraria a la opinión de la mayoría de los científicos. Se refiere esencialmente a dos puntos: el cambio climático y la evolución. Dice Krugman que la explicación está en que, según las encuestas realizadas en Iowa, en donde se realizó el primer asalto de las primarias republicanas, solo el 21% de los votantes de ese estado cree en el calentamiento global y solo el 35% cree en la evolución.
Podemos plantearlo como un problema exclusivamente de ignorancia, pero nos refleja varios aspectos interesantes sobre el funcionamiento de la política y los políticos en su variable actual.
Si partimos del principio de que la Política (con mayúsculas) debería ocuparse de la mejora material e intelectual de los pueblos, es evidente que algo está fallando en los dos ámbitos. Lo que se ha impuesto en todos los escenarios y colores es una forma de hacer política (con minúsculas esta vez) que busca exclusivamente el mantenimiento del poder desde un pragmatismo realmente penoso en el que es posible, como denuncia Krugman, sacrificar el consenso del conocimiento científico en beneficio de dos factores: la ignorancia y los intereses económicos.


Hay muchas personas para las que la vida no es más que una acumulación de confirmaciones de sus creencias más irracionales. Y exigen que se las confirmen para depositar su confianza en forma de voto. No dudo que existan políticos que crean en tonterías —de hecho es algo que se puede comprobar todos los días—, pero considero que es más una estrategia de cara a la obtención de los favores electorales. De esta forma, un político de esta calaña no se pregunta qué debo hacer, sino qué quieren escuchar.
El cultivo de las creencias no solo irracionales, sino estúpidas y reaccionarias, en contra del progreso del conocimiento científico es peligroso, porque se empieza teniendo opiniones infundadas sobre la evolución y las acabas teniendo sobre cualquier otra cosa, sintiéndote respaldado por unos candidatos que son tan inteligentes como tú ya que piensan lo mismo. Adular a idiotas solo trae malas consecuencias. Los idiotas tienen derecho a voto pero no a que les den la razón.

El cambio climático y la evolución no son solo algunas de las “teorías existentes”. La reducción de “una teoría” en su alcance, no es baladí. La idea de que los seres humanos estamos interviniendo con nuestras acciones en el cambio del planeta tiene unas consecuencias políticas que no se le escapan a nadie, especialmente a aquellos que las niegan. Su negación es la constatación de la insolidaridad planetaria y la manifestación del deseo de no modificar los elementos que están incidiendo en el cambio. Los que niegan la incidencia de las acciones humanas en el cambio climático, por ejemplo, son los que cortan bosques enteros o se benefician del comercio de su madera, los que no quieren controlar sus industrias porque les resulta caro reducir las emisiones de gases nocivos, etc. Y esos también votan.
Lo preocupante, en el plano que hablamos, no es que exista gente que lo niegue. Lo que nos preocupa es que la política sea tan irresponsable como para negarlo buscando el beneficio electoral. No es más que la revelación de que, para muchos, se ha convertido en el arte de adular idiotas. Y los idiotas van encantados a los mítines en los que se refuerzan sus estupideces. El día en que los políticos le digan a los electores las cosas que es necesario decir, aunque no nos guste escuchar, habremos dado todos un gran paso adelante en la vida pública.


De igual calado es adular las creencias en contra de la selección natural. Es cierto que a la gente, en general no le hizo ninguna gracia enterarse a mediados del siglo XIX de su parentesco en diverso grado con todo lo vivo. El propio Darwin sabía que la idea de que la diversidad de la vida fuera la variación de un primer elemento vivo era revolucionaria y que trastocaba nuestra cultura, todas las culturas, y nos hacía replantearnos nuestra condición y la del resto de la Naturaleza. La cuestión iba mucho más allá del “mono” que, al fin y al cabo, solo hacía mención del parentesco próximo e ignoraba lo demás. La genética dejaría claro el resto cuando se recuperó el legado mendeliano, que había permanecido ignorado, y se realizó una síntesis coherente entre ambas ideas, que es lo que hoy cualquier persona culta, en un sentido auténtico, conoce.

La negación de la selección natural, al igual que la negación del cambio climático, esconde intereses y prejuicios, con matices evidentes en cuanto a las creencias que se ven afectadas. Pero lo que nos interesa aquí es la negación aduladora para no molestar a los votantes. Podría dejarse la evolución  —ya que no es un problema inmediato— fuera de los programas electorales. Sin embargo, su introducción constante en los discursos de ciertos políticos norteamericanos no es más que un refuerzo de las creencias cuya adulación ya solo viene de los campos más sectarios. Que los políticos usen las creencias erróneas como forma de promoción entre sus electores, no debería extrañarnos, pero sí en el caso de ir contra todas las evidencias de la Ciencia. Se puede discutir sobre la mayor o menor pertinencia de la Teoría del Equilibrio Puntuado, de Eldredge y Gould, por ejemplo, pero eso no afecta a la Evolución, sino solo al cómo de la evolución. Y no es ahí donde se produce el debate, evidentemente.
Mantener la incultura y la irracionalidad como bases de la comunicación y la actuación políticas es un terrible error que padecemos todos. El cultivo de la estupidez solo produce estupidez. La única ventaja es para los jardineros, para los cultivadores de berzas, que ven recompensado el lanzamiento de sus semillas de idiotez con la obtención de nuevos y sabrosos ejemplares.
Si pensamos que esto son cosas que ocurren solo en Iowa, que son cosas de los de Tea Party, o el “cinturón bíblico”, nos equivocamos. El argumento de que eso del “cambio climático” era una exageración de algunos científicos, lo hemos escuchado en España. Como diríamos hoy, era una forma de transmitir confianza a las industrias de que no se les iba a exigir controles más estrictos de su contaminación del medio ambiente. Con reducirlo a “una teoría”, ya se ha conseguido justificar el destrozo y otros votos más a la urna. Afortunadamente, en la cuestión evolucionista que preocupa a ciertos norteamericanos, molestos probablemente porque lo que vieron en “El planeta de los simios” se pueda hacer realidad, no se da aquí de forma sensible, aunque algunos la lleven por dentro. Lo más curioso es que cuando escuchas esto, te lo comentan como si fuera un progreso, que les llega de científicos de vanguardia de los USA. Que están a la última, vamos, y tú te has quedado con lo del tío ese de la barba, Charles Darwin, que está ya muy pasado.
En cualquier caso, tranquila, mamá, que es solo una teoría. Nada que un buen libro de texto no pueda corregir. Y esos los aprobamos nosotros.

* Paul Krugman “Republicans Against Science”. The New York Times, 28/08/2010 http://www.nytimes.com/2011/08/29/opinion/republicans-against-science.html?src=me&ref=general