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miércoles, 17 de agosto de 2022

Liz Cheney pierde

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

La noticia es importante: Liz Cheney no ha logrado ganar en su estado las primarias republicanas. Liz Cheney es una de los pocos representantes republicanos que no le han seguido a Donald Trump en sus mentiras. Es más, Cheney está teniendo una participación muy activa en el proceso político contra el expresidente por la cuestión de su actuación en el asalto al Capitolio del 6 de enero. Liz Cheney ha dado la cara, no se ha callado ni se ha quedado en la sombra.

En diversos momentos hemos insistido aquí la importancia que tenían para la democracia norteamericana las actitudes ante las diversas actuaciones de Trump, de sus respuestas a la pérdida de las elecciones señalando que habían sido un "fraude". Todavía estos días, sus seguidores siguen saliendo a la calle a protestar por la entrada del FBI en su residencia de Florida con carteles con el lema "Trump Won!".

En RTVE.es nos explican los resultados de las primarias estatales republicanas. Cheney ha sido derrotada por la otra candidata, la apoyada por Trump. En cuanto a los demás republicanos que apoyaron la investigación por lo ocurrido en el Capitolio, nos dice:

De los diez representantes conservadores que votaron en contra de Trump, solo dos han ganado las primarias en sus estados. El resto las han perdido o han abandonado la política. Cheney ha sido la última de las políticas conservadoras "rebeldes" en someterse al voto de las bases.

En cambio, el apoyo al expresidente entre las bases republicanas sigue siendo alto: sus partidarios han ganado las primarias en Ohio, Pensilvania, Arizona y Michigan. El propio Trump no ha descartado volver a presentarse.

"América no puede permanecer libre si abandonamos la verdad - decía Cheney en un vídeo de su campaña para las primarias - La mentira de que la elección de 2020 fue robada es insidiosa. Es una puerta que Trump abrió para manipular a los estadounidenses para que dejaran de lado sus principios. Ese es su legado, pero no puede ser nuestro futuro". *

 

Las palabras de Liz Cheney son de enorme sensatez política. Sin embargo, el electorado no quiere verdades sino poder, quiere poder ganar. La perversión política realizada por Trump es enorme. La conversión de algo respetable como el electorado en una chusma violenta, intimidatoria,  armada, como se pudo ver el 6 de enero en el Capitolio, representa un estado de cosas que no todo el mundo ha comprendido que ocurra en una potencia como los Estados Unidos, presuntamente identificada con los valores democráticos en el mundo.

Trump ha supuesto un retroceso en la historia de la democracia en los Estados Unidos, cuyos episodios de corrupción de los principios han tenido episodios frecuentes, desde la imposición de la fuerza o los recortes de los mapas electorales pasando por la negación del voto.

Como señalamos en muchas ocasiones, Trump ha personalizado el partido republicano, lo ha convertido en una marioneta sujeta a sus peculiares formas de entender el poder político, al que ha traspasado todas las trampas que aprendió del mundo corrupto de los negocios. Ganar es lo único que importa; el poder es para usarlo y vencer las resistencias.

Trump ha fabricado, literalmente, una enorme mentira ante la incapacidad psicológica de aceptar que pudiera perder una elección. Es algo para lo que nunca ha estado preparado porque esa es una mentalidad inaceptable. Sin embargo, forma parte de la mentalidad democrática la posibilidad de perder y la alternancia en el gobierno. Pero Trump no es demócrata ni nunca se ha presentado como tal. Él se presenta como un mesías salvador, alguien a quien todos necesitan porque es el único capaz de resolver los problemas. De esta forma, Trump ha usado a los republicanos, presentándose incluso como una especie de antisistema personalista, alguien que se presentaba en la primarias para resolver los problemas republicanos y después a la presidencia para resolver los problemas del país, algo que está volviendo a hacer en la actualidad en esta especie de precampaña en la que se encuentra para tratar de frenar los cargos a los que se enfrenta.

Con las situaciones que está viviendo el mundo en estos momentos—muchas de ellas heredadas de conflictos de Trump—, la perspectiva de un Trump de nuevo en la Casa Blanca es aterradora por lo que significaría de retroceso de los Estados Unidos dentro y fuera.

La frase de Liz Cheney es rotunda: "América no puede permanecer libre si abandonamos la verdad". Pero la cuestión va más allá de la libertad "norteamericana". El mundo no puede seguir viendo al presidente de los Estados Unidos abrazando dictadores y mostrando su admiración por Vladimir Putin, que vería una salida posible al caos creado en Ucrania. Trump tendría que dar ejemplo de cómo es el "gran solucionador" y Putin le daría "lo suficiente" como por dar por cerrado el episodio ante la negativa ucraniana a aceptarlo.


Es muy triste ver la deriva pragmática de la política. No podemos hablar de valores o principios; no podemos hablar de verdades. Con personajes como Donald Trump en el poder, los imitadores ven su oportunidad. Lo que hacen los dirigentes de los países poderosos es rápidamente imitado y aprovechado.

Puede que Liz Cheney haya perdido las primarias republicanas, pero quien realmente sigue perdiendo es la sociedad norteamericana y, como consecuencia de ello, todos los países que confían en la democracia como forma política y de convivencia. La noticia es triste, sí, pero seguro que es un aliciente para poder seguir adelante para Cheney.

La mayor preocupación está ahora en un futuro Congreso y un Senado ocupados por republicanos en su mayoría trumpistas, una política de la que hayan desaparecido en el partido todos los que intenten mantener algún grado de sensatez y decencia. Trump es una parte del problema; la otra es el trumpismo como corriente que va de los asaltantes del Capitolio a esa especie de talibanes norteamericanos recorriendo las ciudades con sus armas en la mano.

 

* "Liz Cheney, la congresista republicana enfrentada a Trump, pierde las primarias en su estado" RTVE.es 17/08/2022 https://www.rtve.es/noticias/20220817/estados-unidos-liz-cheney-pierde-primarias-wyoming-enfrentada-trump/2396704.shtml


The New York Times

viernes, 10 de junio de 2022

Donald Trump y el golpe de estado

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Los norteamericanos todavía están tratando de digerir lo que ocurrió en el Capitolio aquel 6 de enero en el que una turba lo asaltó tratando de impedir que se produjera una transición pacífica del poder. El hecho más traumático de la historia moderna de la democracia estadounidense dejó claro que hay algo que falla en el sistema, por un lado, y que ese fallo se puede transmitir por el propio sistema.

En un sistema basado en la elección, la capacidad de elegir es un arma de doble filo, ya que lo que elijas puede tener resultados funestos o crear una ruptura. La Historia nos muestra cómo personas que llegaron al poder democráticamente, inmediatamente socavan el sistema volviéndolo autoritario y cambiando las reglas del juego. Muchos procesos comienzan de forma democrática y acaban con su desaparición.

El Comité creado para investigar qué sucedió no se anda con medias tintas: fue un intento de golpe de estado y tuvo un responsable directo, Donald Trump. Es un titular que está hoy en todos los medios y que debería llevarnos a tratar de comprender qué sucedió, por qué se tuerce la historia de un país, su trayectoria democrática en un momento dado.

«El 6 de enero fue la culminación de un intento de golpe de estado, un intento descarado -como dijo uno de los alborotadores poco después del 6 de enero- de ‘derrocar al Gobierno’», proclamó Thompson. «La violencia no fue accidental. Representó el último cartucho de Trump, su intento más desesperado para interrumpir el traspaso de poderes».

En palabras de Thompson, «Trump estaba en el centro de la conspiración» e «incitó a una turba de enemigos domésticos de la Constitución a marchar sobre el Capitolio y subvertir la democracia estadounidense».*


Esto es lo que está diciendo la Comisión que investiga lo sucedido — nos cuenta Javier Ansorena, el corresponsal de ABC— y se enfrenta a la imagen idealizada de la democracia que el país tiene de sí mismo. Esta idealización, por ejemplo, lleva a que los asaltantes se consideren  —y como tales los llamó al desorden el propio Trump— "patriotas".

En tiempos en que se produce un resurgimiento sensible del "populismo" en todo el mundo, hay que tener muy claro que es el juego emocional —frente a la racionalidad democrática— el que se pone en marcha a través de una serie de tópicos sobre los que se construyen los discursos con los que se debilita el logos democrático.

El populismo juega, por ejemplo, con la idea del "peligro". Ya sea la "democracia", la "nación", las "libertades", etc. el discurso populista nos los presenta "en peligro". Para ello se crea una fuerte identificación con símbolos, valores, etc. para después despertar ese sentido de peligro que puede llevar a su pérdida. Este es un mal, vivir tomando decisiones críticas ante la presión, que cada vez está más extendido y que están incorporando a sus discursos aquellos que consideran el factor emocional como esencial para la captación de votos.

¿Eran "patriotas"? Aquí la clave está entonces en la "exclusión", en la negación del contrario. No es un simple rival por el poder, un competidor, sino un "monstruo destructor", alguien capaz de arruinar la labor de siglos, alguien capaz de arrasar con todo lo creado tras su llegada al poder. La demonización del otro es esencial para movilizar a los seguidores, en los que se despierta ese deseo "salvador" que les lleva a tomar las instituciones.

Trump se negó a aceptar los resultados, señalando que se habían producido "robo de votos", "fraudes masivos" que le arrebatan la victoria y, por ello, robaban la "voluntad nacional" surgida de las urnas y le apoyaba a él.

Trump construyó todos sus discursos a lo largo de la precampaña contra H. Clinton, de su mandato presidencia y la siguiente campaña sobre la idea de la "amenaza". El sistema estaba corrupto y él era un "anti sistema" que iba a salvarlo. Para un populista, el mundo está lleno de infiernos y de un solo paraíso, el que va a construir / recuperar como parte de una conjunción de la "voluntad histórica" (la Historia está escrita, como destino prometido) y la "voluntad popular" (los pueblos reescriben la Historia marcada para cumplirlo). De esta forma, el líder populista es un líder mesiánico cuya función es sincronizar esas dos formas de escritura: el voto es la confirmación del destino, el pueblo quiere lo que la Historia le ofrece.

¿Cómo ha podido triunfar un candidato así en una democracia madura, consolidada? Puede que tengamos que centrarnos todos más en lo que ha sido la verdadera defensa de la democracia, las instituciones. ¿Qué es una democracia en la que los electores no creen en ellas o tienen un sentido distorsionado? ¿Qué es una democracia cuando los discursos son falsos, las promesas incumplibles y no se aceptan los resultados? 

La respuesta contundente a este deterioro es un puñado de instituciones independientes que funcionan, cuyos responsables son capaces de enfrentarse al poder abrumador. De no ser por ellas, Trump podría haberse mantenido en el poder alegando, como ha hecho, un robo electoral. Sin embargo, las instituciones —incluso las de los estados republicanos— no encontraron ciertas ninguna de las afirmaciones de Trump. Y lo dijeron. Lo dijeron funcionarios, incluso republicanos, que entendieron que su labor estaba precisamente en proteger al conjunto del sistema, a todos, y no someterse a la voluntad de uno. Frente a ellos, unos miles de seguidores trumpistas asaltando las instituciones y humillándolas con todo tipo de gestos. Ahora están en el punto de mira.

En muchos países estamos asistiendo al control de los gobiernos de los sistemas judiciales, que acaban siendo siervos de la voluntad del poder. Lo vemos en países como Egipto (con el "dictador favorito" de Donald Trump) o en las sanciones que se anuncian contra Polonia por el control de los jueces o casos como el de la Hungría de Víctor Orbán. Hay países que están siendo desmontados en la sombra para asegurarse que las instituciones están controladas, como hizo en Turquía Erdogan con gigantescas purgas entre jueces, fuerzas armadas o profesores universitarios, encarcelando a miles.

El avance de la civilización es precisamente la construcción de instituciones independientes que garanticen los derechos frente a las arbitrariedades de los poderosos. El poder arbitrario es un conjunto de intereses que busca sustituir la voluntad real por una ficción de la que se dice garante. Por eso las dictaduras están llenas de hermosas palabras y sangrientos hechos. Los crímenes de estado se cometen en nombre de principios que, sin embargo, se pisotean.

En los regímenes autoritarios no se puede decir lo que se piensa porque se considera un ataque a la autoridad, un crimen. Hay que pensar en aquello que se permite pensar y hacer solo lo que se permite hacer. 

En los últimos años, siguiendo el aprendizaje de la doctrina "guerra al terror", muchas dictaduras han aprendido la rentabilidad de calificar como "terroristas" a todos lo que se les oponen, da igual que usen la violencia o solo la palabra. El caso más claro lo tenemos en la Rusia de Putin, donde discrepar es ya un crimen, como llamar "guerra" a la guerra y no "operación militar especial", como le gusta y exige el Kremlin. Escribir una novela, un poema, cantar una canción, decir no, escribirlo en una pancarta, etc. se convierten entonces en crímenes que llevan a la consideración de "terroristas" a quien lo ha hecho. Las comunidades de exiliados crecen en muchos países. En un mundo de comunicaciones globales, salir del país no es suficiente; exigen el silencio y te persiguen y matan, como al periodista Jamal Khashoggi, secuestrado, torturado y asesinado por el régimen saudí en su consulado en Turquía donde había entrado a por unos papeles para su boda. El silencio ya no solo se exige dentro, sino que se impone fuera con amenazas, con presiones o con secuestros y desapariciones.

El mundo se adentra en una pérdida de valores democráticos allí donde los había y en un recrudecimiento del autoritarismo. Es lo que vemos cada día. La falta de firmeza en los principios y valores de la democracia es utilizada por las dictaduras, que saben que estarán por delante de los valores los intereses económicos, estratégicos, etc.

El final del artículo del diario ABC nos señala que solo dos republicanos han aceptado formar parte de la Comisión del 6 de enero. Resaltan el carácter solitario de Liz Cheney, la representante republicana que advierte a los suyos (¿tiene sentido esa palabra ya?) de las consecuencias:

La actuación más destacada, sin embargo, fue la de la diputada Liz Cheney, hija del que fuera vicepresidente de EE.UU. Dick Cheney. Ella y Adam Kinzinger son los únicos republicanos en el comité del 6 de enero. Muchos en el partido criticaron a Trump tras el asalto al Capitolio, pero no tardaron en dar marcha atrás ante una evidencia: el expresidente sigue siendo la figura más popular entre su electorado, el que da y quita. La realidad es que la mayoría de los republicanos tragan con la teoría del fraude electoral masivo que defiende Trump. No hacerlo, como es el caso de Cheney y Kinzinger, te convierte en un paria.

Cheney, sin embargo, fue al ataque este jueves contra Trump. Fue ella quién tejió el relato de la conspiración contra los resultados y la responsabilidad de Trump, sus mentiras sobre los resultados electorales, sus derrotas judiciales al respecto y su intento final por impedir la certificación de Biden como presidente.

«Aquellos que invadieron el Capitolio y se enfrentaron durante horas a las fuerzas de seguridad estaban incitados por lo que les dijo el presidente Trump: que la elección había sido robada, que él era el presidente legítimo», recordó. «Trump convocó a la turba, reunió a la turba y encendió la llama de este ataque».

Cheney, que se juega su puesto en primarias en agosto y que lo tendrá muy difícil por no comulgar con Trump, no olvidó un mensaje para su compañeros de bancada: «Esta noche digo lo siguiente a mis colegas republicanos que siguen defendiendo lo indefendible: llegará el día en que Donald Trump ya no esté, pero vuestra deshonra quedará».* 

A todas las perversiones que hemos visto en la democracia, quizá la más grave sea la que nos muestra a una clase política cuyo único horizonte es ella misma, su permanencia en el poder. Los votos de decenas de millones de norteamericanos están en manos de Donald Trump, quien exige el tributo de la aceptación del robo electoral para respaldar a los candidatos republicanos. Estos saben que solo sacarán sus escaños si cuentan con el apoyo del expresidente. Puede que obtengan los puestos que les aseguren su futuro personal, pero el de la democracia es cada día más oscuro si quien obtiene el respaldo de votantes y partidos es alguien como Donald Trump, un enfermizo narcisista que considera imposible que pueda perder.

Deberían publicarse cientos de reflexiones diarias sobre los males de las democracias. Estamos preparados para denunciar los de las dictaduras, pero no tanto para someternos a una seria autocrítica sobre los peligros que la propia democracia permite (no crea). La evolución de las condiciones sociales, el surgimiento de nuevos medios de comunicación, etc. someten cada día prueba los sistemas democráticos que tienen que ser algo más que una forma de repartirse el poder. La democracia tiene sus valores, pero estos sirven de poco si se invierten en su contra.

El principio no es el poder, sino la mejor atención a los problemas de los ciudadanos, el equilibrio entre lo individual y lo social, la búsqueda de la armonía frente a los conflictos. Desgraciadamente, nuestra política carece de esos mecanismos autocríticos; envuelta en feroces luchas internas (tampoco en eso consiste la democracia), se prefieren discursos emocionales que hacen proliferar los populismos en los que las bases son otras muy distintas.

Lo que sale de esa Comisión norteamericana es importante para todos. Aprendemos poco de los errores ajenos y nada de los propios. Sin embargo, es esencial que la política no se separe de esa voluntad de servicio, de compromiso con la comunidad, antes de considerarse un camino promocional personal o una forma de dominio. El abandono, el desinterés por la salud de la democracia trae muchas enfermedades. Los vemos en otros y deberíamos verlo en nuestro entorno.

 

* Javier Ansorena "La comisión del asalto al Capitolio acusa a Trump: «Fue la culminación de un intento de golpe de estado»" ABC 10/06/2022 https://www.abc.es/internacional/abci-comision-asalto-capitolio-acusa-trump-culminacion-intento-golpe-estado-202206100620_noticia.html

 

miércoles, 12 de mayo de 2021

Liz Cheney o el difícil camino de regreso a la realidad

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)



Hay mucho que reflexionar sobre la forma de hacer política, incluso sobre su sentido y finalidad, dentro de las democracias actuales. Es difícil encontrar en el planeta sistemas que se mantengan equilibrados, con un sentido de conjunto antepuesto a las diferencias. Hay diferencias entre debatir y combatir, entre el diálogo y el diálogo de sordos, entre la diferencia y la estigmatización.

Los problemas se producen porque estos métodos están funcionando, permiten llegar al poder, aunque sea a costa del desastre, de la destrucción o la erosión del sistema de convivencia. El poder parece ser el objetivo y no la mejora del sistema común o de la convivencia.

El ejemplo más claro lo hemos tenido en la crisis a la que Donald Trump sometió a la democracia norteamericana creando una brecha que tardará en décadas en cerrarse. El uso de la radicalización como estrategia divisiva le dio el éxito primero dentro del Partido Republicano y después le llevó a la Casa Blanca. Lo que hizo desde allí está en los libros de Historia y queda mucho por contar. Y lo que es peor, no ha cesado su negativa influencia, que sigue rigiendo parte de la vida política norteamericana a través de sus negaciones, en especial algo que todavía colea: el supuesto "robo" de las elecciones por parte de una conspiración demócrata, de la que nadie ha encontrado prueba alguna, ni los propios controladores de los estados republicanos donde el presidente perdió. Pero a Trump, según sus propias palabras, nadie podía ganarle en nada.

Trump es incapaz de aceptar un hecho en su contra y es incapaz de aceptar una verdad que no le favorezca. Por ello Trump niega y miente. El discurso de la toma de posesión de Joe Biden giró sobre la importancia de la verdad en la vida política y la necesidad de resaltar lo que une a las personas antes que en lo que las divide. Esto es especialmente importante si se ha elegido conscientemente el camino de crear obstáculo tanto a la verdad como a la unión.



The Washington Post nos trae hoy dos artículos con el caso de la senadora republicana Liz Cheney, a punto de ser masacrada por sus propios correligionarios por poner una línea roja a la gran mentira de Trump. Firme defensora de las políticas de Trump, hay un punto del que no se puede pasar.

Firmado por Jeff Flake, un republicano en activo en las cámaras hasta 2019, el primero de los artículos lleva por título "In today’s Republican Party, there is no greater offense than honesty". En él se señala:

 

Near the beginning of the document that made us free, our Declaration of Independence, Thomas Jefferson wrote: “We hold these truths to be self-evident.”

There you have it. From the very beginning of America, our freedom has been predicated on truth. For without a principled fidelity to truth and to shared facts, our democracy will not last.

On Wednesday, Rep. Liz Cheney (R-Wyo.) will most likely lose her leadership post within the House Republican Conference, not because she has been untruthful. Rather, she will lose her position because she is refusing to play her assigned role in propagating the “big lie” that the 2020 election was stolen from Donald Trump. Cheney is more dedicated to the long-term health of our constitutional system than she is to assuaging the former president’s shattered ego, and for her integrity she may well pay with her career.

No, this is not the plot of a movie set in an asylum. Ladies and gentlemen, this is your contemporary Republican Party, where today there is no greater offense than honesty.*

 


Definir al Partido Republicano como un manicomio va más allá de las metáforas. La negación de la realidad y la construcción y difusión de mentiras es como un cebo lanzado al agua, una forma de atraer a todos aquellos que lo quieran creer. Nunca habíamos aprendido tanto de la mentira hasta que Trump llegó al poder. Hasta el momento, los historiadores se cebaron en Richard Nixon, al que no se le perdonó el Watergate. Pero Trump ha sobrepasado todos los límites. Con todo, la gran diferencia es que todo el mundo recriminó a Nixon lo que hizo, una menudencia en comparación con lo que Trump ha hecho. Pero, sobre todo, el elemento diferencial es que Trump tiene una parte muy importante del país a su lado, abrazando las mentiras más infames y creando su propia burbuja de mentiras. El "Biden no es mi presidente" que sostienen los republicanos mina le democracia y eso lo puede ver quien quiere verlo. No siempre es el caso.

El problema de Cheney es ir contra la corriente de la falsedad que se ha adueñado del partido. Prefieren los votos que les lleven al poder antes que las verdades. El problema de Liz Cheney es que por mucho que mire no consigue ver la victoria de Trump que se ha manifestado como una especie de manifestación colectiva, como una forma de hipnosis generalizada.



Como mito, la mentira de Trump permite una serie de actos rituales, estos acaban convirtiéndose en una realidad alternativa que puede ser vivida al margen, reafirmada precisamente por todos esos rituales individuales y colectivos, solitarios y compartidos. Trump les ha enseñado que es mejor vivir en una mentira confortable que en una realidad desagradable y frustrante. Es el triunfo del "principio del placer" sobre el que gira el infantilismo narcisista de Trump, contagiado a los que se dejan seducir por él.

En el mismo diario, aparece con fecha de hoy un artículo sobre Cheney firmado por Robin Givhan, que  "Liz Cheney and the sad face of the Republican Party":

 

Cheney is a conservative congresswoman who mostly supported former president Donald Trump’s agenda on matters such as trade, immigration and the environment, and who voted against his impeachment in 2019. She empathized with the concerns of the “birthers.” But she has been at odds with her party, which is to say Trump himself, ever since Republican members and leadership started to deny the truth about the 2020 presidential election, the truth about the Jan. 6 insurrection at the U.S. Capitol and the truth about the former president’s culpability in the ongoing attempt by his supporters to undermine our democracy.

Cheney isn’t at odds with her Republican colleagues over policy positions, but over her refusal to parrot falsehoods — or at least speak around them like an obfuscating child. For this, they feel compelled to take her down a peg and remove her from her perch as a leader in a party that cannot seem to clear the low bar of acknowledging the reality of a fair election, and doing so without hedging.

[...]

“We Republicans need to stand for genuinely conservative principles, and steer away from the dangerous and anti-democratic Trump cult of personality,” Cheney wrote in a Washington Post essay. “History is watching. Our children are watching. We must be brave enough to defend the basic principles that underpin and protect our freedom and our democratic process. I am committed to doing that, no matter what the short-term political consequences might be.”


 

Las palabras de Cheney muestran un compromiso que probablemente se le tardará en reconocer. Es difícil que los que consideran que Trump es el poseedor privilegiado de los votos republicanos para las próximas elecciones le tengan alguna consideración. Lo más probable es que muchos tiren la toalla hartos de chocar contra un muro absurdo, irreconciliable con la realidad.

El último párrafo recogido es de la propia Liz Cheney avisando que dará la batalla. Los republicanos están pagando en sus propias carnes y neuronas el haber llevado a Trump a una posición dominante. Las posturas políticas de Trump son una cosa, pero el problema real proviene de sus exigencias mentales, por decirlo así. Trump exige muchas más cosas que la obediencia política; exige aceptar su realidad basada en falsedades, convertirla en principio rector de la vida, que debe doblegarse a su falsificación.




Es puro Orwell. El escrito de Jeff Flake comienza con unas líneas del escritor británico. No es casual, pues Trump es, más que un político, un implacable mesías seductor, un enrabietado Zeus en su particular Olimpo.

¿Saldrá algún día el partido de su control? Ya amenazó con el Partido Trump, con él como imagen, centro e ideología, un partido de religión personalista. El daño está hecho y lo importante es cuánto tiempo tardará el enfermo en recuperarse o si fallecerá.

Honestidad, tristeza, resistencia... son palabras que rodean hoy a Liz Cheney dentro de una caza despiadada por parte de Trump de todos los que reniegan de él. Su naturaleza sádica y vengativa, de la que presume, le hace disfrutar de estos momentos en los que se muestra como un gigante aplastando hormigas.

Tenemos que cuidar mucho la palabra "verdad" y tratar de no forzar las tintas de la "realidad", no sea que después nos cueste encontrar el camino de regreso y nos encontremos atrapados en la pesadilla. Hay cosas con las que no se debería jugar. 


 

* Jeff Flake "In today’s Republican Party, there is no greater offense than honesty" The Washington Post 11/05/2021 https://www.washingtonpost.com/opinions/2021/05/11/jeff-flake-liz-cheney-republican-party/

** Robin Givhan "Liz Cheney and the sad face of the Republican Party" The Washington Post 12/05/2021 https://www.washingtonpost.com/nation/2021/05/11/liz-cheney-sad-face-republican-party/

martes, 9 de febrero de 2021

¿Qué está ocurriendo con la democracia?

Joaquín Mª Aguirre (UCM)



Algo está ocurriendo, algo grave que necesita ser examinado por aquellos que tengan capacidad y credibilidad para ser escuchados. Es urgente. Pero no es sencillo ser escuchados sobre los efectos a los que están engarzados en el centro del problema.

Los ojos se fijan en lo ocurrido el 6 de enero en el Capitolio, pero si miramos alrededores vemos igualmente demasiados signos del deterioro democrático generalizado. Imágenes de protestas de la represión consiguiente en un círculo vicioso se nos muestran cada día; cuestionamiento de las elecciones, desinformación y falsedades, luchas más allá de lo habitual y abandono de las formas democráticas.

¿Qué ha cambiado? No debemos cometer el error simplificador, la tentación de atribuirlo a una sola causa. Es un cambio complejo, una mezcla de factores en lo que es la enorme complejidad de las democracias.



Hubo un tiempo —todavía hay una parte del mundo que así lo siente— en que el anhelo político de los ciudadanos era poder disfrutar de la democracia plena, de un sistema de libertades con una reglas de juegos definidas y unos límites. Hoy esto es cuestionable y mucha gente prefiere vivir en un sistema paranoide y autoritario, de demonización del otro y con raíces en un mundo falso y enfermizo.

La cadena CNN nos ofrece un análisis de la entrevista realizada en la Fox news a Liz Cheney, la congresista norteamericana sometida a persecución desde que decidió votar en favor del impeachment de Donald Trump. "I think this vote and conference made very clear, we are the party of Lincoln, we are not the party of QAnon or anti-Semitism or Holocaust deniers, or white supremacy or conspiracy theories. That's not who we are", explica la congresista. Chris Cillizza, el autor del comentario de la entrevista, escribe: "Truth is: You can't be both". Y, efectivamente, esa es la realidad.



El Partido Republicano se nos ha mostrado como plagado de grupos que actuaban en la sombra, grupos como los señalados, repudiados anteriormente que ahora se han incrustado en el tejido político radicalizándolo y llevando a un personaje como Donald Trump a la cima de la superpotencia mundial. Autoritario y sembrado de conflictos, alentador de dictaduras por el mundo, y promotor de la salida de los Estados Unidos de los foros de acuerdos, creados —según él— para debilitar al país.

El asalto al Capitolio es la culminación de un proceso de radicalización que ha querido deslegitimar a la totalidad del sistema institucional norteamericano conforme se iba confirmando, estamento por estamento, la victoria incontrovertible de Joe Biden. La negación a aceptar la victoria del rival y la consiguiente expansión de rumores descalificadores han creado una erosión sin precedentes y ha sido imitada ya.

Por todo el mundo podemos observar la tendencia autoritaria ascendente y que gana adeptos en cada elección. El radicalismo se vende cada día mejor en unas sociedades en las que las turbulencias se han constituido en normalidad. Las dictaduras aumentan su violencia represiva garantizándose el poder con la fuerza y muchos países pierden los principios anteponiendo los intereses estratégicos y económicos.



El fenómeno de la atomización de los mapas políticos es general y surgen, como si se tratara de empresas a la busca de un mercado, en cada elección nuevos agentes que prueban estrategias para conseguir el voto llamando la atención mediante el radicalismo. La división del mapa político tiene como consecuencia la imposibilidad de alcanzar acuerdos que pacifiquen la vida política. Esta queda convertida en un escenario de lucha feroz a lo largo del tiempo entre elecciones, momento en que se recogen los frutos sangrientos de esa descalificación constante. En vez de alentarse la convivencia y el acercamiento de posiciones, la  nueva estrategia generalizada apuesta por lo contrario, una vida en lucha que afiance la entrega incondicional a una causa por parte de un electorado al que se convence de la necesidad de arrasar para hacer desaparecer a los contrarios a los que se ha definido como enemigos desde una perspectiva específica, ya sea económica, religiosa o étnica. Las consecuencias son el manejo del racismo, la xenofobia, el fanatismo religioso, etc. como armas habituales que se muestran claramente o se insinúan, como han sido los coqueteos de Trump alentando a los racistas, algo que ya causó muertes antes del suceso del Capitolio.

La burla de los asaltantes de la propia institución asaltada, su recorrido humillante por los despachos ocupando los asientos y fotografiándose como dueños y señores del espacio simbólico de la democracia, es una imagen con la que los norteamericanos tendrán que convivir durante décadas.



Que el Partido Republicano siga manejado por todos esos movimientos citados por Liz Cheney nos muestra el alcance de la perversión de los ideales democráticos en el reinado de de Trump. En él encontraron el patán amoral, ignorante de cualquier otra dimensión política que no fuera la del "poder", capaz de arrastrar con sus iniciativas a la gente a manifestarse por todo el país bajo las consignas del "MAGA".

Lo ocurrido en Estados Unidos, lo hemos expresado en diversas ocasiones, requiere de un análisis profundo. Lo preocupante es que, tras cuatro años en el gobierno, consiguiera todavía 70 millones de votos, lo que nos muestra un preocupante estado de su electorado, apoyando fórmulas de este tipo. Esta por ver si la administración de Joe Biden es capaz de romper la ilusión protectora bajo la que viven esos millones de personas, sobre las que se han establecido todo tipo de teorías explicativas.



Quizá ha llegado el momento de revisarlas, eliminar las inútiles y conservar las que pueden ofrecernos explicaciones. Desde mi punto de vista, no basta con pensarlo desde el punto de vista tradicional, sino que hay que introducir factores de diverso sello hasta convertirlo en el resultado de los cambios más profundos que han afectado a las sociedades contemporáneas desde los años 70 en adelante. No son solo aspectos políticos directos, sino muchos otros que tienen que ver con la propia evolución social, con las transformaciones profundas que se han ido produciendo desde entonces y que han causado esta divergencia.

Es importante —y no siempre es fácil— distinguir entre efectos y causas. Los efectos los vemos cada día; las causas están en movimientos subterráneos, profundos, y tienen que ver con las grandes transformaciones que han modificado nuestra vida y nos lanzan en brazos de este tipo de fenómenos. De la creación mediática a los cambios en economía, educación o nuestro sentido de lo global, todo ello se ha modificado en las últimas décadas y ha hecho que seamos hoy los que somos, que tengamos hoy unas tensiones y respuestas distintas a las que teníamos antes.

Las democracias se convierten en espacios de lucha sin límites, erosionando principios e instituciones y las dictaduras adquieren cada vez más apoyo entre aquellos que deberían rechazarlas. Los modelos autoritarios también han adquirido una retórica específica, unos discursos del miedo que las justifican y propagan. La capacidad de envolver con la información a los ciudadanos es cada vez más sofisticada y poderosa. Del Big Data a la Inteligencia Artificial, del monitoreo constante a la comunicación personalizada, cada vez hay más herramientas de control y presión.



En este escenario global, la información juega un papel esencial. Por eso el debate sobre el papel de la "verdad" (como señaló el presidente Biden en su discurso de toma de posesión) se convierte en un valor sustancial. Los debates sobre la pos verdad, los hechos alternativos y otras fórmulas usadas para describir la lucha por crear una "realidad" envolvente en la que dejar sumergidos a los ciudadanos para poder arrastrarlos no son meros juegos.

La cuestión de si se trata de un "retroceso" o si, por el contrario, se trata de un avance hacia un nuevo modelo de gestión autoritaria no es una mera cuestión técnica. Los que creen que esto es una forma de "tercermundismo", de "republica bananera", como algunos han señalado, ignoran que el futuro de nuestras sociedades avanzadas se percibe cada vez más vigilante, controlador, intrusivo y con desprecio de los valores personales, que han de ser imperfectamente protegidos porque este mundo tecnológico, económico y policial va siempre por delante en recursos y acciones.

Creo que son muchos los factores que entran en juego. Pero lo cierto es que si las personas y pueblos que desean vivir democráticamente, entendiendo esto no como una forma de conflicto permanente donde todo vale, sino como un espacio de convivencia, respeto y principios básicos compartidos, de búsqueda de estados aceptables y mejorados para el conjunto de la sociedad, no defienden estos valores, el futuro se presenta bastante oscuro.



* Chris Cillizza "The 11 most important lines from Liz Cheney's blockbuster Fox News interview" CNN 9/02/20221 https://edition.cnn.com/2021/02/08/politics/liz-cheney-fox-news-sunday-donald-trump/index.html