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domingo, 24 de abril de 2022

La perversa mascarilla y la mala suerte

Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Los medios de comunicación desciende al detalle y la casuística trasladando lo que se supone son los intereses de la gente de la calle. Esta vez la cuestión era ese miniespacio de convivencia llamado ascensor, anteriormente —uno es viejo y con memoria— una ocasión de mostrar educación —"¡Suba usted primero, señora, por favor!", "—No se preocupe, ya sube el niño por la escalera", "—Suba usted, que va con bolsas", etc.— a ser motivo de una guerra descarada y exhibición de mala educación.  Son muchos los kilómetros de escalera que le debo agradecer a la pandemia y a la mala educación de muchos vecinos. Como muchos juegan a la tensión —a ver quién cede antes y se va por la escalera— no les doy esa satisfacción y subo directamente, cargado o no, los dos pisos hasta llegar a casa. Muchos no se han puesto la mascarilla en los ascensores, ya fuera porque iban al garaje a por el coche o porque consideraban que su casa terminaba en la acera.

En el comienzo de la pandemia, algunos estigmatizaron sobre todo a las enfermeras y médicas (había bastante machismo en esto), que de aplaudidas en los balcones junto al personal sanitario pasaban a no serlo tanto en algunas comunidades de vecinos, que las rechazaban. Lo manifestaban en cartelitos dejados, entre otros lugares, en los ascensores.

Los ascensores de las estaciones del metro o de RENFE han sido marcadas con carteles señalando que solo subiera un pasajero y, por supuesto, como en toda la red de transportes, con mascarilla. Fue una de las reglas más pisoteadas desde el principio. He visto subir más de siete u ocho personas en ascensores. El verbo más usado en este tiempo por nuestros responsables en todos los niveles ha sido siempre "recomendar", como por ejemplo, "se recomienda que no suba más que un viajero" o fórmulas similares, como "se recomienda mantener la distancia de seguridad", aunque esta no se manifestara. Lo que está claro es que sea cual sea es distancia, se incumple en los ascensores en cuanto que suben dos personas "no convivientes" (otra fórmula para la Historia).

Hace tiempo que no tenemos una buena película sobre ascensores (las hay, como "Ascensor para el cadalso"), un lugar, como digo, donde se ven las maneras, buenas y malas, una vez desestimada la mesa, en donde se suponía que se podían apreciar la maneras, que son la exteriorización de lo que nos habita y nuestra forma de respetar a los demás. Hay mucha gente que ha hecho del ascensor su plató favorito para los selfies porque sencillamente se suele mantener la vieja costumbre de los espejos, antesala de las omnipresentes pantallas.

No divaguemos y entremos en lo que la gente quería saber sobre los ascensores y la reportera estaba dispuesta a investigar consultando a los expertos en esto de la retirada de las mascarillas. Vaya por delante en que muchos expertos no están de acuerdo con esta retirada gloriosa de las mascarilla, aunque no lo manifiesten directamente. Varios expresaron su opinión. Pero uno de ellos, tras afirmar que no era peligroso estar en el ascensor sin mascarilla porque se estaba en él muy poco tiempo (¿cuánto tiempo hace que no se ha quedado encerrado en un ascensor?), que las probabilidades de contagiarse eran muy bajas, soltó la temida frasecita: "...y si se contagia, pues mala suerte".

Debo confesar que un "experto" hablando de mala suerte me llamó la atención pues se supone que están hablando desde los hechos y las probabilidades y no del destino o suerte de cada uno. Aplicando este principio teórico no hacen falta mascarillas, señales de tráfico, pasos de cebra, ni siquiera Seguridad Social. Basta con la fe en la suerte, en tener un vidente o alguien que nos lea la mano, que interprete la posición de las estrellas en la fecha de nuestro nacimiento, etc.

Pero dándole vueltas al asunto, creo que es lo que en realidad esconde la postura oficial sobre la pandemia. Subamos todos en el mismo ascensor, dejemos las mascarillas, y los que enfermen, mala suerte. De los que se enfermen, tendrán mala suerte los que se mueran y no hay que darle más vueltas. ¿Para qué?

El gobierno lo ha intentado todo: ha cambiado los sistemas de conteo de casos, ha redefinido la gravedad y nos lanza a calles, a locales cerrados o abiertos, a los ascensores a que decidamos convirtiendo nuestras acciones en tiradas de dados en las que comprobar si hemos tenido suerte o no. Su obligación, se nos dice, es que haya sitio en los hospitales y en las UCI para atendernos, pensando, más que en nosotros, en el colapso del Sistema sanitario y, de forma especial, en su enfado por el desbordamiento de trabajos, la precariedad de los contratos y la falta de recursos destinados a la Sanidad.

Ahora los casos están subiendo y los "otros expertos" nos dicen que en dos semanas se verán los resultados de la Semana Santa de las Sonrisas y otras dos semanas después los resultados de esta retirada, ambas coincidirán.

De nuevo —¡qué casualidad!— es otro periodo vacacional el que nos marca el rumbo en esta país del ocio, propio e importado. Los medios se han lanzado a celebrar el éxito, la felicidad de la gente porque se han librado de las mascarillas..., pero no del virus. No hemos luchado contra el virus sino contra las mascarillas, las auténticas culpables de que la gente no vaya a los dentistas, a las peluquerías, a que se venda menos maquillaje, etc. ¡Perversa mascarilla!

Cualquier pedagogía que se haya realizado sobre eso tan bonito de la "gripalización" o de "aprender a vivir con el virus", se echa por la borda al pasar el mal del virus a la mascarilla. Eran las perversas mascarillas las que nos impedían vivir; esas mascarillas que han hecho ricos a sinvergüenzas comisionistas y pobres a honrados ciudadanos y ciudadanas que se privaban del cafelito por poder dar a sus familias esa mascarilla, por la que algunos hasta viajaban a Portugal, que las tenía más baratas en supermercados y a 2x1.

En mi caso, doy gracias a la suerte por vivir en un segundo piso y por estar en grupo de riesgo por la edad. Me pintaré más canas para que nadie me vea como un bicho raro, como un "negacionista positivo de la mascarilla". Diré que me viene bien subir por las escaleras o que lo hago por protegerles, que suban ellos y que la tirada de dados de la suerte les sea favorable. Y que si no lo es la primera tirada, y se contagian, la segunda, la de la atención médica, sí lo sea y les atiendan rápido. Y que si la segunda no lo es y tardan en atenderles, que en la tercera tengan toda la suerte del mundo y salgan de la UCI. No me atrevo a seguir deseando suerte a la gente porque no soy un experto. 

23/04/2022
 
13/09/2020

domingo, 26 de diciembre de 2021

Las medidas y cómo las vemos

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)



El Covid-19 no entiende de navidades. No hay buenos o malos mensajes, solo la vida misma en sus vaivenes. Todos nuestros buenos deseos de felicidad se quedan en nada ante lo que es la naturaleza. Por eso sigue siendo muy chocante que sigamos dando un toque "humano" a lo que nos ocurre. ¿Somos incapaces de verlo en su perspectiva real, biológica?

Ya nos dijo Nietzsche hace mucho tiempo que el ser humano "antropologiza" la naturaleza para entenderla en sus propios términos. El coronavirus no es una excepción. No hemos dejado de entenderlo así desde los inicios, desde lo del "virus chino" a las interpretaciones actuales de las llamadas "olas", que no son otra cosa que el resultado de nuestros propios movimientos, pero que interpretamos como si estuviéramos tumbados en las cálidas arenas de una playa viéndolas llegar.

Nos resistimos a pensar que las personas a las que queremos "nos contagien". Quizá la extrema interpretación "humana" de la enfermedad la contamos aquí cuando un egipcio loco lanzó un mensaje por las redes sociales desde los Estados  Unidos diciendo que el "virus era un regalo", un arma que Dios daba para que se pudiera contagiar a sus enemigos, pidiendo que los enfermos fueran a abrazar y besar a policías, jueces y autoridades de su país. La manía de meter a Dios por medio en esto también ha surgido con el "Jesús es mi vacuna" de los integristas cristianos norteamericanos. No solo allí. En las cifras españolas de las encuestas que revisábamos aquí el otro día, salía un 5'7% de antivacunas que decían no hacerlo por "motivos religiosos o éticos". Verlo como castigo o prueba forma parte de esas mistificaciones humanas de lo que nos rodea.


Pero lo más preocupante, con todo, ha sido los cuestionamientos jurídicos que algunos han esgrimido para no vacunarse, planteando el tema en cuestiones de derechos. Confieso es lo que más me ha chocado porque si hay algo opuesto al Derecho es la Naturaleza, que no entiendo lo más mínimo de estas cosas. Entender una pandemia en términos jurídicos puede ser muy interesante, pero mientras no se pueda juzgar, condenar y encarcelar al virus es poco productivo.


Si lo llevamos a términos como el "derecho a contagiar y ser contagiados", la cosa suena todavía más ridícula. No han ayudado nada las disquisiciones de los jueces, a los que ha habido que recurrir por la incapacidad política de ponerse de acuerdo y establecer una ley de pandemias, visto que el sentido común no daba para más. Que hayan tenido que ser los jueces los que decidieran ha servido de muy poco a efectos de transmisión de la enfermedad ya que sus dictámenes, basados en leyes humanas, son papel mojado para el coronavirus. Sin embargo, son los que han regulado nuestra vida frente a la pandemia.

Hemos establecido toda una serie de preceptos sin saber realmente cómo funcionaba el virus. Hablaba el otro día con una amiga sobre esos 10-15 minutos que hay que estar junto a una persona infectada para que se considere que se debe mantener cuarentena y hacerse un test. En realidad, conque respiremos una bocanada de aire con coronavirus en suspensión ya está dentro de nosotros. No hay nadie a quien reclamar si han sido solo unos segundos.


Hay gente que está sin mascarilla mientras está sola en su oficina y se la pone si se acerca alguien. Al no estar ventilado el aire, que es el principal medio de transporte del coronavirus, ya ha echado a la sala lo que tenía dentro y el que llega, si no va protegido con su propia mascarilla que filtre lo que respira, ya tendrá en su interior el coronavirus indeseado. El virus, claramente, no necesita 15 minutos para entrar en nosotros. Pero hay gente que así lo cree porque ese es el tiempo que hemos establecido para hacerse pruebas y confinarse.

Se podrían poner muchos ejemplos de comportamiento irracional por parte de mucha gente que no se fija en cuál es el sentido de las acciones, sino que las aplica mecánicamente o desde una perspectiva antropomórfica. En ocasiones se llega al absurdo creyéndose protegidos cuando no lo están.

Lo esencial es precisamente lo contrario, tomar decisiones basándose en el sentido común y en el contexto en que uno se encuentre, donde las circunstancias mandan. Por eso, cuanto más claros estén los principios básicos, mejor.  Sin embargo, nos empeñamos en reglamentar hasta el infinito nuestras acciones y racionalizar nuestros deseos, desplegando el autoengaño. En vez de creer que el coronavirus piensa como nosotros, mejor haríamos en pensar cómo actúan los virus realmente y desde ese punto poner soluciones y barreras.

Muchos se sorprenden porque las normas que se imponen —como hemos visto estos días— sirven de poco. O, si se prefieren, sirven para que creamos que hacen algo por nosotros. Lo básico sigue funcionando.  

 

sábado, 7 de agosto de 2021

Sobre gradas y demás espacios conflictivos

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)



La noticia que recogíamos ayer sobre la exigencia en la enseñanza universitaria italiana, tanto para profesores como para alumnos, de un pasaporte covid, al menos una dosis de vacuna o de un reciente test negativo, no puede ser ignorada y pronto tendremos aquí el debate y nos encontraremos, de nuevo, con la imprevisión y los conflictos.

La imposición del "modelo turístico-ocio" —exigir lo menos posible, nada a ser posible— en España no va a poder funcionar de la misma manera cuando llegue septiembre y fuera del escenario de ocio.

El argumento de si no me lo piden para entrar en un bar, por qué me lo van a pedir para entrar en un aula, se cae solo. Pero los intentos de pedir certificaciones, pasaportes, etc. ofrecen la resistencia de las poderosas patronales turísticas y del ocio, que quieren el menos número de "obstáculos" posibles para su negocio. Esto es lo que ha llevado al "desastre de julio", uno de los mayores errores cometido en toda la pandemia, lo que disparó lo que estaba controlado, por debajo de 100, a una incidencia disparada, la más alta de Europa en menos de una semana. Entre el celo de los jueces —algún día tendrá que explicarlo alguien, porque no es posible que los servicios jurídicos autonómicos estén todos llenos de ineptos— y la inoperancia del gobierno central —que ha aprendido de Díaz Ayuso a dejar que de las restricciones se ocupen otros, que siempre dan mala imagen y quitan votos— cada día estamos más desprotegidos. Seguimos con conflictos en las calles por ponerse la mascarilla (hoy la prensa da cuenta de otro incidente).



El gobierno solo tiene un objetivo numérico, es decir, dar cuenta del número de vacunados. Es un objetivo que en algún momento se puede cumplir y airearlo como "eficacia" y "cumplimiento de compromiso". Lástima que les hayan desbaratado la idea de la "inmunidad de rebaño", que los hechos desmiente por los contagios; lástima que se esté produciendo "recontagios" entre personas ya vacunadas; lástima hayamos empezado otra vez con los rebrotes en las residencias de mayores, otro objetivo que se va al traste por la contundencia de los datos que aparecen de nuevo.

Hay que señalar que todo esto tiene que ver con la propia naturaleza incógnita de la pandemia, por un lado, y de las vacunas por otro. Lo que sabemos del coronavirus es lo que vamos experimentando cada nuevo día; lo mismo ocurre con la duración de la duración de la protección de las vacunas o los efectos secundarios.

Una de las cosas que se me quedaron grabadas al inicio de la pandemia es la opinión de un científico que reconocía lo que debe reconocer un buen científico, su ignorancia. Dijo mostrarse asombrado de la amplia gama de efectos de este coronavirus, no había visto una cosa igual. Sin embargo, estos científicos parece que "no nos valen", que queremos los que nos digan cosas concretas, aunque tengan que estar cambiándolas cada dos días, como ha ocurrido con el controvertido tema de la "inmunidad de grupo" o "rebaño", un término al que le han cogido cariño políticos y demás porque incluye la palabra "inmunidad", por un lado, y la palabra "rebaño", que le da un toque muy profesional al concepto.



Los políticos necesitan de este tipo de términos, los introducen en sus discursos y les da un toque de "esperanza" y "seguridad". Lo demás se aprende en la escuelilla de Comunicación Política (mantén la mirada en tu interlocutor, un tono firme mientras lo dices, etc.).

Pero la cuestión está meridianamente clara a estas alturas. Cuando llegue septiembre no estarán vacunados ni niños ni jóvenes porque la caída vacacional de las vacunaciones es importante (¡no vamos a retrasar las vacaciones por la vacuna!) y, sobre todo, porque la idea del pasaporte COVID tiene muchos detractores entre los jóvenes, los empresarios y los políticos.

Aquí, lo raro es encontrar gente preocupada por los demás y lo que les pueda ocurrir. El ejemplo más claro lo hemos tenido hace unos días en el estadio de Mestalla, justo cuando se están debatiendo otro despropósito: la reapertura de estadios abiertos y bajo techo. ¿De qué sirve poner "aforos" reducidos si después se traducen en lo que han hecho en Mestalla? Esto demuestra que el único criterio es el económico. Juntar a todos los espectadores en una sola grada es una burla a todos. El criterio, claro, es "¡no vamos a abrir varias gradas para tan poca gente!". Abrir un estadio cuesta dinero y si se les concentra a todos, como se hizo, en una grada te ahorras el personal para abrir y la limpieza posterior. Calificar de insulto a la inteligencia lo hecho en Mestalla (hasta el presidente de la Generalidad Valencia, el Sr. Ximo Puig, ha tenido que hablar de ello) es quedarse todo ya que es un atentado contra la seguridad de las personas, hacinadas en una grada. Decir que se cumplían los requisitos es, claramente, una desvergüenza.

En Antena 3 leemos la noticia:

 

Las imágenes de la grada han generado polémica porque los 3.000 espectadores se sentaron todos juntos y sin respetar la distancia de seguridad para el coronavirus. Mestalla tiene capacidad para 55.000 personas pero los asistentes se ubicaron todos en la misma zona del recinto.

Esto sorprendió a muchos de ellos, que hoy han compartido con Antena 3 Noticias su incredulidad: "Pensábamos que estaríamos más separados, pero nos colocaron a todos juntos", señala uno de los asistentes. "No se respetaba la distancia de seguridad ni entre filas ni asientos", tercia una segunda.

 

El Valencia se defiende

El club valenciano ha salido este jueves al paso de las críticas con un comunicado en el que han explicado que durante el partido "se respetaron todas las medidas de seguridad".

"Ante las informaciones aparecidas hoy en el diario Las Provincias, el Valencia CF quiere recalcar que en el Trofeu Taronja disputado este pasado miércoles contra el AC Milan se cumplieron todas las normativas sociosanitarias en el Camp de Mestalla", reza el comunicado.

El club asegura que "se respetó la norma" de dejar un asiento vacío entre cada espectador. "La normativa dice que entre cada uno de los grupos que asistieran al partido de fútbol es necesario dejar un asiento de separación entre grupos de aficionados y sin necesidad de dejar una fila de separación entre las filas ocupadas, una distancia que se cumplió tanto en la previa, como durante el encuentro".

 


En España nos hemos acostumbrado ya a "mal cumplir" con las "mal dictadas normas". La idea del asiento por medio es una burla clara a la realidad de los contagios. Agarrarse a eso es un problema, pero no solo en los estadios.

La teoría del "asiento por medio" es válida para las clases universitarias y muchos otros espacios. Se mantiene en mi propia universidad, por lo que un aula de 100 asientos puede ser ocupada por 50, lo que no deja de ser una auténtica barbaridad sanitaria.



Los criterios de estadios, locales de ocio, universidades, etc., de todos aquellos en los que se concentra la gente, son absurdos y no recogen más que los intereses económicos para hacer rentables los negocios en cuestión. El hecho de que los propios asistentes se asustaran de la situación por las que se les hacía pasar en Mestalla es indicativo de la situación vivida.

En las universidades ya es motivo de polémica la forma de impartir las clases porque, evidentemente, los alumnos tienen edades parecidas, pero no los profesores, cuyas edades pueden oscilar, grosso modo, entre los 30 y los 70 años, lo que implica unos niveles de riego mucho mayores en los diferentes casos.

Está cada vez más claro que esas distancias están pensadas en muchos casos desde el bolsillo y no desde la seguridad —número de asistentes, matriculados, etc.— de las personas. Es fundamental afrontar la necesidad de la vacunación en todas las personas que vayan a realizar estas actividades en donde sea, máxime si las condiciones que se exigen son tan pobres como las de Mestalla.



Queremos que no se nos exija vacunarnos y queremos entrar en todas partes, por un lado; por otro, no se quiere pedir certificados para no perder clientela, pero se aprovecha el espacio y los resquicios legales para meter al mayor número de personas.

Lo ocurrido en los tres conciertos de Cataluña, con más de 2.300 contagios, muestra claramente que se trata de reunir a la gente y desentenderse. Pides test al entrar, pero dentro no le vas a exigir a nadie que cumpla con las normas. Si lo hace, nos enfrentamos a vergüenzas como las del concierto de Sergio Dalma, empeñado en que se dejara bailar a los asistentes contraviniendo las normas dadas por la propia empresa y lanzado al público al incumplimiento, por lo que tuvo que ser suspendido.

Si en unos casos es el público el que incumple y en otros las empresas e instituciones, que ponen el beneficio por delante, el panorama que nos espera va a ser de nuevo similar al que hemos tenido.

Se ha vendido la vacuna como "inmunidad", cosa que no es cierta, como estamos viendo. Eso ha creado desconfianza o desfachatez (los científicos no tienen ni idea) en muchos. Se vendió que solo los "viejos" morían, cosa que tampoco es cierta, como ya bien sabemos. Y se ha hecho —hay que decirlo— porque había unos negocios que mantener basados en diversas formas de ocio: de esta forma se animaba a la gente a salir. Los efectos los hemos visto a las claras en la explosión de junio.



Lo que ocurra en septiembre en las aulas universitarias habrá que tenerlo en cuenta porque no van a ser las únicas olas, flujos y reflujos de nuestras actividades, sazonadas con la aparición de nuevas variantes que nos dejarán cada vez más desprotegidos.

Las medidas son muy claras y no han cambiado. Lo malo es que no se nos prepara para ser una sociedad que conviva prevenida con el coronavirus, sino una sociedad a la espera de una vacuna definitiva, algo que no está a la vista por las variantes y las defensas de que disponemos. Esa llegada, que unos y otros prometen, es compleja porque no ha habido tiempo suficiente para comprender cómo avanza este.

El anuncio de que "había llegado el tiempo de las sonrisas", por parte de la ministra Darias, y que podíamos quitarnos las mascarillas queda como una prueba de la falta de sentido de la realidad. Ahora las comunidades, visto los efectos, buscan volver a ellas, pero el entramado político y empresarial, no deja hacerlo.



Nada hay más deprimente que observar el transporte público, donde los asientos ocupados, los coches llenos, muestran el fatalismo de los que se sientan juntos mientras las megafonías repiten que se mantenga la distancia de seguridad. ¿Cuál? Los carteles en los ascensores dicen que solo una persona por viaje y ves entrar 5 o 6 sin el menor problema. Decir algo a alguien es exponerte a un conflicto que puede ser grave.

Nos muestran claramente el funcionamiento. Yo lo digo por la megafonía y cumplo; luego la gente que haga lo que quiera. Esa misma actitud se manifiesta en unas gradas, un aula o cualquier otra situación. Con la variante Delta, todo comienza de nuevo y, sin garantías mínimas (vacunación, distancia, mascarilla, ventilación...) es difícil que controlemos lo que ocurra.

Las normativas dejadas a que decidan los usuarios se ha visto que no solo no son eficaces sino que son motivos de conflictos y disputas, algunas veces violentas.  Demasiadas normas son, claramente, brindis al sol.




* "3.000 espectadores acuden a Mestalla y se sientan agrupados sin respetar la distancia de seguridad" Antena 3 Noticias 5/08/2021  https://www.antena3.com/noticias/sociedad/3000-espectadores-acuden-mestalla-sientan-agrupados-respetar-distancia-seguridad_20210805610beed2a2c6e000011498a7.html