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sábado, 5 de febrero de 2022

Redes y medios o contestando a Susanna Griso

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Tras comentar unos cuantos casos en los que personas conocidas se han dado de baja de las redes sociales, tras mencionar algún suicidio por la misma causa, la periodista y conocida presentadora de Antena 3, Susanna Griso, se hace la siguiente pregunta: «¿Cómo puede ser que las televisiones seamos responsables de nuestros contenidos y las redes no? ¿Por qué estas plataformas no tienen horarios protegidos ni una especial protección de la infancia? ¿Por qué siguen amparando a quienes atacan e insultan desde el anonimato?»

La respuesta es obvia: la empresas periodísticas trabajan en dentro de un marco legal medianamente claro y, especialmente, se dedican a informar. Las redes, por el contrario, son unas infraestructuras que posibilitan que sean los usuarios los que produzcan informaciones bajos unos criterios personales. Las redes son distintas a los medios porque son medios en un sentido diferente a lo que lo son las llamada redes "sociales".


Los medios de comunicación ofrecen informaciones con criterio de servicio a la comunidad que produce una respuesta a los acontecimientos; las redes sociales son un espacio de interacción múltiple, no verticales como ocurre con los medios tradicionales en donde existen líneas editoriales y práctica profesionales con límites éticos.

Si un medio tradicional —la cadena de Susana Griso, por ejemplo— dedicará todos los días media hora en sus noticiarios a hundir a la cantante Chanel, está se sentiría igualmente abrumada y descorazonada por los ataques.

El problema de las redes es que no son medios de comunicación en el sentido empresarial y profesional que hoy le damos al término, sino espacios definidos por los receptores: el tamaño es el número. Una red son sus conexiones y estas trabajan en muchas direcciones.

Griso escribe: «[...] mi pregunta es: ¿A qué están esperando los CEO de Facebook, Instagram, Tiktok o Twitter para pedir una identificación, DNI o pasaporte, detrás de cada usuario?» La respuesta es que es un negocio que ha surgido en el mismo país en donde es posible comprar decenas de armas porque es legal. Lo que hagas después con ellas no afecta (por el momento) a quien las usa, ya sea para una matanza en un instituto, un asalto a un banco o disparar a latas y botellas en la parte trasera de tu casa.

El problema de las redes es el problema de la sociedad y de sus motivaciones, de sus propios límites. El peligro de las redes proviene de algo que consideró el gran novelista Kurt Vonnegut Jr en una de sus obras: todos los países pueden tener 40.000 locos; el problema es si se junta. Y eso es precisamente lo que las redes sociales les permiten a los locos, unirse.

Hay maldad porque hay gente mala y no al contrario. Esta cosa tan sencilla nos lleva a problemas complejos sobre nuestro estado actual. Puede que haya existido siempre y que el porcentaje de malas personas, como el de idiotas, sea estable en la historia de la Humanidad. No lo sé. Pero sí podemos comprobar que se pueden juntar, unir sus esfuerzos y buscar sus víctimas, a las que atacan sin piedad, como grupos de hienas. Desgraciadamente eso les produce la maldad destructiva. La mayoría son personas sin más ilusión ni entretenimiento que ese. También debemos reconocer que el mal produce placer a determinadas cosas, que disfrutan pateando, golpeando y usando las redes para hacerlo virtualmente, lo que les produce una enorme y malsana satisfacción.

Lo que plantea Susana Griso es la cuestión del anonimato y de la impunidad, que no es nueva, pero sí ha adquirido una intensidad relevante al darles la herramienta perfecta, las redes.

En la obra de Balzac, Papá Goriot, se presenta un diálogo entre el joven Rastignac y su amigo Blanchon. Ambos dialogan sobre algo que han leído en Rousseau, la posibilidad de matar a otros a distancia, sin que nadie sepa que has sido tú, tan solo con desearlo. La pregunta se concreta: «Vamos, ¿si tuvieras pruebas de que es algo posible, que basta con hacer una seña con la cabeza, lo harías?»  


El dilema, planteado hoy en las redes es ¿hundirías sin piedad a una persona solo por el placer de hacerlo porque nadie te identificará en la distancia? Eres un "nick", un apodo, difícil de rastrear, escondido en una muchedumbre. ¿Lo harías?

Los que atacan diariamente a cientos de miles de personas desde el anonimato han tomado su decisión. Los que se fabrican falsos perfiles para no ser rastreados lo hacen y se cambian las veces necesarias para seguir su inmunda labor. No les importa el daño que causan; no es su problema, es su placer.


Ha habido ciertos escándalos cuando profesionales de las redes sociales las han abandonado denunciando que a su ex empresa no solo no le importaba sino que favorecía este tipo de situaciones en busca de lo que realmente les interesa, el tráfico, el movimiento a través de esos espacios.

El mundo que estamos creando camina cada vez más al anonimato poderoso. Unos quieren ser anónimos para que nadie se fije en ellos. Otros, en cambio, buscan un protagonismo tras sus apodos. Es la impunidad deseada porque saben que se esconden en los grupos masivos que atacan como mandas de lobos; es el daño del sádico, el placer de causar dolor.

Todo lo que estamos construyendo avanza en el mismo sentido: el doble virtual. Hasta la propuesta de Zuckerberg, Meta, es un mundo virtual en el que interactuar con otros. El daño, los ataques, etc. son formas de interacción. Pensar que todos unidos vamos a amarnos más es de una ingenuidad pasmosa. Lo que se está dando es precisamente la ocasión de actuar mal desde el anonimato. Hay personas que disfrutan haciendo el bien, otras, por el contrario, es el mal lo que les produce ese placer malsano.

Lo malo es que está generando unos hábitos que se extienden más allá de lo virtual. Crece el narcisismo, la incapacidad de diálogo, aumenta la agresividad. Lo percibimos cada día en todos los ambientes. El poder de destruir difamando es gratificante para el que se siente con nueva vitalidad en todo su cuerpo tras hacerlo. Ufano, lo comenta con sus amistades; presume de ello. Da muestras de ingenio en el insulto y no desperdicia añadir sus líneas al final de cada artículo que mal lee. ¡Es su libertad!, dice. Busca precisamente los puntos en los que se concentra la atención para ser visto y admirado. Muchos profesionales de la información han retirado la posibilidad de "comentarios" en las ediciones digitales de sus medios. Los insultos y tonterías les desestabilizan, les provocan un malestar que acaba siendo depresivo.

Por temor a ser víctima de ataques, los prudentes desaparecen. Eso da un sesgo negativo a la propia red. Si defiendes a alguien, eres la próxima víctima. En eso se basa el acoso, en el miedo a ser el siguiente.

La respuesta a la pregunta de Susanna Griso es muy evidente. Ella es una profesional, pero las empresas que hay tras los medios son también responsables de agitar la botella para que se provoquen más visitas. La polémica es hoy la base de todo; es lo que se provoca o se permite desde todo un mundo que busca el beneficio económico y la rentabilidad. Los medios, sí, son responsables afortunadamente; las redes también, pero son imposibles de controlar porque están diseñadas para eso. Una cosa es "responsables" y otras "culpables", que es muy diferente. A los medios se les pone nombre y cara; las redes son una masa amorfa, pero no por ello dejan de ser "culpables" y responsables, incluidos los que están detrás y lo fomentan.

Susanna Griso habla de los "contenidos" y su responsabilidad. Eso es solo una parte del gran pastel de las redes. El profesional, por serlo, asume una responsabilidad. Los que se dedican a intoxicar desde la redes, a difamar, a acosar, etc. Son —deberían serlo— distintos a los que pululan por las redes. La función del profesional es otra, pero cada vez muchos medios dejan de tener clara la diferencia y convierten al "columnista" en "influencer"; es "lo moderno", como diría un equivocado amigo mío. Si no se marcan las diferencias, si no se enseña en nuestras facultades la diferencia, pronto se tragarán al "soso" informador. Muchos programas de televisión dan entrada a las redes sociales. "Las redes están que arden...", les gusta decir. Son ellos mismos los que las potencian, las que los introducen. En la prensa escrita viene a hacer lo mismo. Los profesionales tienen que promover sus propios artículos para tener seguidores y ser valorados en sus propias empresas. Es ahí donde está el negocio y el público. Esto es peligroso porque es invertir el sentido. Y tiene consecuencias en muchos niveles.

Hoy se habla de la salud mental en muchos campos, de los colegios a los festivales de música. La exposición a las redes es el arma de doble filo. Quedarse fuera es motivo de soledad y de peligro si estás dentro. Antes había personas que se dedicaban a vigilar las redes para borrar comentarios, los moderadores reguladores de la paz en los chats y demás tipos de foros. Hoy todo está abierto y automatizado y que cada cual se juegue su suerte.


Depresiones, suicidios, abandonos... Ese es el panorama. Los medios tienen la capacidad de actuar sobre esto haciendo bien su trabajo. Los profesionales deben ser conscientes y no avivar las polémicas para evitar los ataques. Sin embargo, los medios también viven de esta agitación; que cada uno que asuma su responsabilidad en lo que hace. Es lo que diferencia al profesional del francotirador escondido en la oscuridad del anonimato, del apuñalador en las sombras, del dinamitero masivo.

Vivimos en una gigantesca burbuja informativa imposible de regular en su conjunto, pero en la que es posible actuar individualmente. Es cuestión de que cada uno intente no dejarse arrastrar por esas tendencias, evitarlas allí donde está en nuestras manos. Es necesaria una mayor educación en valores, algo que no es sencillo en un mundo cada vez más egoísta y con beneficios importantes para los que viven del caos. Hay que eliminar esa tentación a la exposición constante a la que esta nueva cultura no empuja.

Pero eso no lo vamos a ver ni usted ni yo. 


* "Susanna Griso: "¿Las televisiones somos responsables de nuestros contenidos y las redes no?"" Antena3 4/02/2022 https://www.antena3.com/noticias/sociedad/susanna-griso-televisiones-somos-responsables-nuestros-contenidos-redes_2022020361fcc20d6f203000013d5147.html

sábado, 8 de enero de 2022

Recontagios, no es casualidad

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)


Nos encontramos en una fase extraña de la pandemia. Preciso: no encontramos en una fase explicativa extraña de la pandemia. Lo digo porque las cosas que leo y escucho son las características de cuando no se tiene mucha explicación. No es de extrañar porque el ansia de saber, en este caso, queda enturbiado por lo poco que sabemos por estar montados sobre la misma ola que nos lleva. La gente quiere saber y se contesta lo que se puede.

Un ejemplo que leo en la web de Antena 3: 

Además del colapso de la atención primaria y de algunos hospitales, los sanitarios no dan abasto porque, además, muchas personas se están 're infectando', es decir, hay quien ya ha pasado el coronavirus hasta dos y tres veces, o incluso hasta en cuatro ocasiones. Aunque los médicos insisten esta última opción se produce en pocas ocasiones, algunos expertos creen que esto podría deberse a que el sistema inmune de la persona no es muy fuerte.

Así lo ha explicado el Catedrático de Genética Fernando González en una entrevista para Antena 3 Noticias: "Lo de las cuatro ocasiones es quizá una cuestión de mera probabilidad, es gente susceptible que no desarrolla una respuesta inmunitaria lo suficientemente fuerte o que ha pasado tiempo desde las sucesivas infecciones".*


Si a alguien le tocara la lotería cuatro veces, no diríamos que es una "cuestión de mera probabilidad", no digamos ya si alguien es atropellado cuatro veces en un año. Puede ocurrir, como está ocurriendo, pero que te infectes y "re infectes" cuatro veces en poco más de un año requiere algo más de explicación que la del sistema inmunitario débil. Entiendo que estás en tu casa y te llama un periodista y te pide, como experto, una respuesta a algo así. Lo sensato es no dar respuesta a algo así, donde la palabra inocente "quizá" puede ser usada por muchos como una excusa para no vacunarse o para lo que sea.

Sí, nos encontramos en un punto un poco raro. Estamos desbordados por los números y, a la vez, inundados por mensajes optimistas, algo que ya hemos comentado anteriormente. ¿Ha llegado el punto en el que estamos (por España especialmente) desbordados y solo queda seguir hacia adelante y esperar que no nos ocurra lo de los señores de las 4 veces?

Escucho con preocupación los mensajes optimistas del presidente del Gobierno. Entiendo que tiene una moral congénita y un espíritu a prueba de fracasos y de zancadillas. Para Sánchez, el botijo siempre está medio lleno o casi lleno. La necesidad política de mostrar triunfos a los ojos de la ciudadanía nos está haciendo tomar medidas optimistas en un entorno que, desde luego, no lo es. ¿Es saludable el optimismo cuando las cifras indican lo contrario? Mientras se lanzan mensajes de tranquilidad, lo cierto es que se toman medidas de supervivencia, como las reducciones de las cuarentenas o que solo se considere brote ¡cinco contagios en un aula! No hablemos ya de las bajas laborales o de las variaciones del "semáforo COVID", que ha servido de muy poco. ¿No estaremos cometiendo el insensato error de creer que por decir las cosas con una sonrisa a lo Darias el mundo va mejor? Hay políticos, creo, preocupados por la ciudadanía y me temo que hay otros preocupados por qué piensan de ellos los ciudadanos, dos puntos de vista muy diferentes.


La realidad es que las bajas por las exposiciones "necesarias" para cubrir las rebajas, los puentes, el ocio nocturno, las fiestas navideñas, etc. nos están dejando en cuadro. Algunos temen una debacle con el comienzo del curso en estas condiciones que podemos considerar "negacionistas de la realidad".

Las "soluciones" que algunos dan son de pura retórica: cambiemos el tono de los mensajes ya que la realidad es tozuda. Con unas increíbles cifras al alza de los contagios, con el aumento de la presión en la Sanidad, con los sanitarios al borde del llanto pidiendo ayuda, con bajas laborales en todo tipo de sectores —del transporte a los bomberos, de los sanitarios a los agentes de Policía—, etc. lo que se hace es reducir los tiempos de las bajas, con cuarentenas más reducidas, que acabarán siendo inexistentes. La situación es tan mala que hasta todos se han puesto de acuerdo.


Pero esta medidas de normalidad aparente no están sino acelerando los contagios. Volvamos entonces a la idea de las  reinfecciones. Todo esto es una forma encubierta de la vieja idea salvadora de la "inmunidad de rebaño", una idea que, por cierto, no ha funcionado en ningún lado. Este coronavirus es distinto porque las condiciones planetarias son distintas. La pandemia no es el virus, somos nosotros interactuando y transmitiéndonos el virus de unos a otros, con apariciones de nuevas variantes que hacen inefectivas defensas y vacunas. Pese a que no queramos verlo, es así.

La mal llamada "gripe española" de 1918 fue traída a Europa por el ejército norteamericano, que había estado concentrado en cuarteles, después fue hacinado en barcos y finalmente repartido por Europa. Hoy nosotros no necesitamos de guerras, nos basta con el turismo y los viajes comerciales, con los viajes de estudios y demás formas de movimiento a los que no renunciamos. Esa es la "normalidad" peligrosa.

Ante el desbordamiento de la atención, hemos trasladado a los ciudadanos la responsabilidad de la vigilancia. Esto implica un cierto tanto por ciento de errores e incumplimientos. Vamos a dejar de rastrear porque ya hay "muchos contactos" sociales y no podemos seguirlos. Lo que no debemos es transmitir un optimismo que mucha gente interpreta como capacidad de hacer lo que se quiera.

Aquí nadie renuncia a su parcela. Tenemos de a un Djokovic convertido en el nuevo mesías de los antivacunas o el dueño de una discoteca que considera que su negocio es de primera necesidad y que tiene derecho a vivir. "Vivir" es este caso no es "vivir" en un sentido biológico, sino el más hispánico "a vivir", que expresa una forma de hacerlo por encima de las necesarias prevenciones. "Tengo derecho a vivir", dicen unos; "a hacer mi vida", señalan otros. Todo esto está muy bien, claro, es "libertad", que dicen algunos. Pero debemos ser conscientes de que no es el camino.

El problema de este virus ha sido, desde el principio, la variedad de respuestas, que unos pasaban sin una tos y otros se morían en un par de semanas. Se nos enseñó que los jóvenes eran fuertes y que los niños no se contagiaban, que solo los viejos estaban expuestos... hasta que se vio que no era así. Ahora sabemos que los niños trasmiten a sus familias lo que cogen inocentemente en escuelas y guarderías. Ahora sabemos que hay niños y jóvenes muertos, que algunos que han pasado la enfermedad pueden tener secuelas que desconocemos para el resto de su vida o durante años. 

La decisión de los cinco contagios en un aula, por ejemplo, es una forma de tirar la toalla ante dos cuestiones sociales: qué pueden hacer los padres si se tienen que hacer cargo de los niños en casa durante una semana, añadiendo el problema de las propias bajas laborales de los padres; y, por otro, la incapacidad espacial y económica de mantener separaciones física en las aulas ante la imposibilidad de más espacio —recordemos que se han llegado a utilizar pasillos y gimnasios como espacios docentes— y de desdoblar grupos por falta de profesorado, ya sea por la incapacidad de contratarlo o por inexistencia por las propias bajas. A su vez, por seguir con el ejemplo, se les reduce la baja laboral a los profesores contagiados. Todo forma una tormenta perfecta que acaba cayendo sobre el sistema sanitario, al que están regresando los jubilados (personas de riesgo por la edad) muchas veces de forma voluntaria.

Todo está entretejido. Nuestros niveles de vacunación —un gran logro— sin embargo no nos protegen como deberían por motivos que habrá que explicar más allá del "quizá" y la "estadística". La Ciencia hace lo que puede con los recursos de que dispone ante una situación nueva desde muchas perspectivas. Las viejas recetas funcionan unas veces, pero otras está claro que no.

Una persona que se re infecta hasta cuatro veces no es un problema solo de su sistema inmunitario, sino que está convencida que si ya lo ha pasado no lo volverá a pasar. Esta es la perspectiva de muchos que descubren ahora que no han quedado liberados del coronavirus, como les habían dicho. Descubren también que pese a las vacunas se siguen contagiando, aunque sea más levemente. La idea de que con todos vacunados desaparece la enfermedad es, como estamos comprobando cada día, errónea y contraproducente. La gente baja la guardia y se vuelve a contagiar. Eso es lo que nos dicen los datos.

El político vende un final próximo, pero no es eso lo que nos dicen las cifras de contagio cada día. La gente comienza a aburrirse de escuchar hablar sobre los finales de fase y la próxima llegada de las curvas aplanadas. Pasamos de una variante sin nombre a tener medio mundo contagiado, como ha ocurrido con Ómicron, que se nos vende como "leve". Otros hablan de "gripalización", pero la velocidad y gravedad son muy distintas a ese virus. Muchos dicen que debemos aprender a vivir con el coronavirus, pero la realidad es que más bien pretendemos enseñar al coronavirus a vivir con nosotros, algo bastante más difícil.

La gravedad no ha dejado de existir nunca. Las vacunas ayudan, son importantes, pero no lo son todo. Las reinfecciones y variantes nos muestran que el panorama es muy diferente. Está mucho más en nuestras manos, en nuestro comportamiento, en nuestro rigor con las medidas de seguridad. Solo de esta manera, desoyendo los continuos cantos de sirena de que "todo es seguro", en cuyo caso resulta comprensible que se produzcan contagios, podremos ir dominando algo que es a largo plazo, una batalla diaria.

29 de abril 2021

Necesitamos discursos realistas y medidas responsables. Necesitamos afrontar esta pandemia como lo que es y no auto engañarnos más con las soluciones, que necesitan de todos y cada uno de nosotros. El episodio pendiente de resolución de Novak Djokovic, convertido en héroe y mártir de la "libertad", debería hacernos reflexionar sobre cómo estamos afrontando esto. Hay muchas medidas que podemos tomar en nuestra vida cotidiana, en nuestro marco laboral.

Negar los problemas no lleva nunca a su solución. Me temo que las cifras españolas seguirán subiendo porque no veo en las medidas que se toman algo que realmente permita frenar la pandemia. Las palabras que nos auguran una mejoría espontánea, por decirlo así, no tranquilizan demasiado. Las reducciones de las condiciones de cuarentena, aislamientos, medidas, van en un sentido opuesto al de la realidad. Actúan como si todo fuera a mejor cuando lo cierto es que van en sentido contrario. Seguiremos poniéndonos dosis de refuerzo una tras otra. No para el virus, pero para la entrada en los hospitales y UCI. Mientras no se entienda que no se trata solo de evitar el colapso sanitario, sino de bajar los contagios, y que esto no se consigue relajando medidas y convenciendo a la gente de que esto es "leve", seguiremos así.

A lo que vamos así no es a la inmunidad de grupo, sino al contagio y "re contagio" masivos y constantes. No hay casualidades, sino números y una lógica. Esto no se combate con optimismo, "caritas sonrientes", pulgares arriba o cualquier otra forma simplificada. Hace falta realismo y convencer a la gente de que está en sus manos no en soluciones milagrosas.

6 de abril 2021

* "La explicación a los casos de reinfección múltiple por Covid-19" Antena 3 Noticias 07/01/2022 https://www.antena3.com/noticias/salud/explicacion-casos-reinfeccion-multiple-covid19_2022010761d85304572a7d000129ba44.html



lunes, 11 de enero de 2021

Sobre la tendencia de las autoridades a lavarse las manos y no precisamente por higiene

Joaquín Mª Aguirre (UCM)




Las manos de Pilatos estaban inmaculadas o, al menos, así nos lo quería hacer ver con el gesto. La tendencia de las autoridades a (pasemos a otro campo de la metáfora) echar balones fuera, a desentenderse de las cosas y de lo dicho previamente, como si no existieran la hemeroteca y la videoteca, etc., parece ser una cualidad más necesaria que nunca para el gobernante. Con la salvedad de Donald Trump, que manda más de la cuenta y se apunta lo positivo dejando a otros lo negativo, lo cierto es que vivimos en una época de "cuidado" de la imagen más que de ejercicio del poder responsable.

El problema de la pandemia ha dejado a muchos gobernantes entre la espada y la pared, algo que no les gusta, ya que prefieren tener escaleras de incendios y extintores para manejarse por una realidad que cada día es más heredera del tuit, del canal de YouTube, del selfie. Todas son formas sensibles de mostrarse ante los ciudadanos, de definir la propia imagen protegiéndola de decisiones difíciles y de lo ataques de los contrarios, que buscan —por contra— exigir responsabilidades lo más arriba posible, tratando de provocar la caída.

Aquellos sabios que los reyes antiguos tenía a su alrededor para afinarles el carácter y hacer que sus criterios fueran responsables, firmes, justos, atinados y de "a lo hecho, pecho" han sido sustituidos por legiones de expertos que se preocupan de "cómo le ven" y de "cómo quieren que se le vea". Un ejército de maquilladores, peluqueros, expertos en comunicación verbal y otros en no verbal (hay que especializarse), técnicos de márquetin, modistos y diseñadores, seleccionadores de corbatas, medidores de los colores emocionales de los platós, etc. rodean a los figuras, a los poderosos a los que tanto ha costado llegar hasta la cima, generalmente con "sangre, sudor y lágrimas", preferentemente ajenas.



La pandemia nos ha permitido comprobar el escudo de los expertos, de los científicos, a los que se les ha dado una cuota de pantalla, un porcentaje de tiempo de cámara para desviar la atención de muchas decisiones. El contra ejemplo es, una vez más, Donald Trump, que ha ido dando patadas en el trasero a los expertos, saliendo por cosas como su teoría de la lejía o similares. Creo, de hecho, que parte del atractivo de Trump para sus seguidores, bisontes y campechanos, se basa en esa inmensa cara con la que afronta todo. En un tiempo en el que nadie quiere asumir responsabilidades, Trump ha asumido "irresponsabilidades" fruto de su afán de protagonismo. Cualquier cosa es buena solo porque él la dice. La broma narcisista le está costando a los Estados Unidos cientos de miles de muertos —están llegando a los 400.000 reconocidos oficialmente—, pero él ha seguido a lo suyo.



Mandar es cada vez más complejo en una sociedad de simpatía, donde todo se basa en contarlo de una manera aceptable o, peor, que lo cuente otro (el experto, el científico, el que sea), para evitar asumir muchas decisiones. Ha llamado la atención en Estados Unidos la actitud del gobernador del estado de Nueva York, Cuomo, a decir públicamente que asume la responsabilidad porque es él quien tiene que tomar las decisiones. Da la cara antes sus ciudadanos, explica y asume el temido "desgaste" de tener que tomar medidas poco populares, algo a lo que muchos se resisten o hacen caer la responsabilidad en los expertos de turno, aunque no existan, como ya hemos tenido algún caso próximo.

Casi nadie quiere tomar medidas "impopulares" en un mundo de "likes" y de sondeos permanentes. Los sondeos han pasado a tener el papel de los antiguos oráculos, solo que ahora creemos que el destino es fruto de la falta de información. Con el Big Data recogido y la Inteligencia Artificial procesando, con los expertos analistas del Trending y la proyección de futuro, no hay líder que no crea que cuenta con medios de invertir la tendencia, de corregir ese destino determinista y no fruto de un mal día de los dioses.



El problema es que finalmente todo el mundo se ha contagiado de esta especie de no querer mandar y dejarlo todo en manos de los ciudadanos, que es un principio muy saludable si no fuera porque solo se deja en sus manos aquello que no se quiere afrontar o que resulta molesto, es decir, los marrones. Para ello se utilizan todas las trampas del lenguaje, como cuando los que invaden nuestro ordenador nos dicen "nos preocupa su privacidad".

Nuestra última modernidad se ha tomado en serio la idea de que todo es comunicación o que todo se puede conseguir con el planteamiento correcto, una versión pedestre y neurológica de la antigua Retórica. Son tiempos de seducción, de juego de palabras, de convencerte que eres tú el que quieres que te suban los impuestos o cualquier otra cosa.




Los altavoces del Metro de Madrid repiten una y otra vez que "se recomienda que no suba más de una persona" en los ascensores. ¿Qué quiere decir eso? Simplemente que se deja el marrón de la discusión en manos del que quiera subir en ascensor y no quiera esperar a que baje. Los espectáculos del ascensor llenándose porque se trata de solo una "recomendación" es un ejemplo claro de esta forma blanda, amable de no llamar a las cosas por su nombre. Tú decides, sí, pero preferirías que la regla fuera clara y no tener que discutir con los que ignoran la "recomendación".

Si esto se tradujera solo en los actos políticos, podríamos soportarlo. Nuestro problema es que todo el mundo puede usar esta forma de irresponsabilidad, amable y descendente hasta que el último ya no tiene a nadie a quien hacerle la jugada y se tiene que aguantar. Cuando escuchas el mensaje del metro, el del "se recomienda", y ves el ascensor lleno hasta los topes, donde si no acaban en pelea cada día es porque tienen prisa, lo entiendes perfectamente. Es la forma de no tener que comprometerse, de lavarse las manos sobre lo que pueda ocurrir. Así, si pasa algo grave, la responsabilidad cae sobre las personas y no sobre el Consorcio de Transportes. La decisión del viajero ha sido ignorar la "recomendación".



No está de moda la "autoridad", pero sí, desgraciadamente, el "autoritarismo". 

La diferencia es básica y esencial: la autoridad implica ganarse el respeto de los ciudadanos, algo que la clase política no suele hacer con frecuencia. Las autoridades deben ser "competentes" y ahora son más bien "competitivas", incorporando al gobierno las malas prácticas de la vida empresarial, como hemos podido apreciar de nuevo en Trump, paradigma del destrozo del poder por un autoritarismo galopante y un perverso sentido del éxito.

Los ciudadanos, las personas en general, solemos reconocer la autoridad a través del respeto ganado. Ganarse el respeto es cada vez más difícil en el ámbito del gobierno en sus diversos niveles porque se recurre a este tipo habitual de trucos retóricos, campañas de imagen, etc. para intentar vendernos la moto, expresión poco sutil, pero muy acertada.

El problema no es la "política" o su profesionalización. Más bien se trata del "perfil político", de aquello que consideramos esencial para "triunfar" en la política. Esto se ha pervertido. Un buen político no es el que gana las elecciones; es el que acepta sus deberes como persona responsable, habla con claridad a los ciudadanos, piensa en lo mejor para ellos y posee competencias para hacerlo. Nada que ver con lo que solemos tener en la oferta electoral. Por eso se deriva hacia la simpleza, hacia el insulto a los otros, considerado como una "virtud" política.  

Necesitamos con urgencia dirigentes que se ganen nuestro respeto, a los que poder seguir con la confianza en que toman las decisiones pensando en lo mejor para todos, no en su propio desgaste. No es fácil porque precisamente la tendencia es la contraria, márquetin político y mucha retórica hueca. 

La trivialización de algo tan importante como es el gobierno, responsable de la comunidad, tiene sus consecuencias cuando llegan los tiempos duros y hay que dar la talla. Los ciudadanos no podemos desentendernos de nuestras responsabilidades, pero los políticos mucho menos.




martes, 10 de marzo de 2020

La hora de la responsabilidad ciudadana o no es no

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Hay días en los que cometo el imperdonable error de no ir escuchando música en el transporte público camino de la Universidad. Te permite un conocimiento no solicitado del ser humano. Estos días ha sido especialmente preocupante al escuchar conversaciones especialmente absurdas sobre la cuestión del COVID-19. Sigues escuchando, por ejemplo, que ha sido creado para vender vacunas después con distintas variantes sobre quién lo ha creado y quién se beneficiará. Es ya un clásico de la desinformación tóxica, junto a las teorías sobre las Torres Gemelas o la creación del Estado Islámico.
Pero, con todo, lo más preocupante es el tono que escuchas en personas, especialmente jóvenes (no son los únicos), que creen que las medidas no van con ellos, que es el momento de aprovechar. Hace un par de días escuchaba a una pareja de chicas contarse una a otra sus viajes programados a Logroño y después la preparación para irse con su padre a las Fallas, porque ¡cómo se lo iban a perder! Ayer, ya de regreso, un grupo de cinco o seis estudiantes comentaban muy divertidos que si se cerraba la universidad, ¡cómo iban a estar sin verse los colegas!, que se llamarían para quedar todos.

  
Podría citar muchos otros comentarios de este tipo. Mucho me temo —lo he insinuado en alguna ocasión— que el hecho de tratar de transmitir cierta "tranquilidad" diciendo que la mayor parte de las muertes producidas hasta el momento son de personas por encima de los 65 con patologías previas estaban transmitiendo la sensación de que todos los que no se encontraran en ese grupo son invulnerables. Al dar solo las edades de las muertes, se olvida mostrar los grupos de edad. Sería útil empezar a dar esa información de esos miles de personas que están en cuarentena, las de los contagiados, para que entiendan que esto también va con ellos. Especialmente con ellos.
Si se cierran las escuelas y Facultades no es para aprovechar e irse de viaje, ahora que están más baratos. No hemos escarmentado de lo que supuso irse a un simple partido a Italia.
¿Puede entender todo el mundo el concepto de aislamiento y lo que se trata de hacer con ello?


Mucho me temo que no. Creo que hay que empezar a cambiar la estrategia de comunicación hacia los grupos más reacios a entender lo que pasa. Hasta el momento la idea de comunicación ha sido ceñirse a la institucional y dar imagen de responsabilidad. Pero creo que esto no funciona con total efectividad para todos y que ha de redirigirse a los grupos más reacios a este tipo de información. Habrá que adaptarse a los medios y destinatarios. Mandar a la gente a casa, sin más, es darles tiempo libre, algo que algunos aprovecharán para viajar, irse a ver a los colegas, etc. Justo lo contrario de lo que se espera. Se acabarán reuniendo en otra parte.
Me limito a lo que escucho.
Por el contrario, mis alumnos chinos han saludado la medida con un "¡por fin!". Les resultaba incomprensible que no se tomaran medidas, que aquí todo siguiera igual. Esta cuestión la tratamos hace unos días en el texto "El miedo inverso". Ayer les mande a mis doctorandos un aviso sobre la supresión de las clases en la Universidad. Nosotros suspendimos actividades hace una semana. No era tanto nuestro seminario, sino el hecho del transporte público y moverse por la universidad lo que les intranquilizaba más. Hace tiempo que —¡gracias!— empezaron a traerme geles desinfectantes y hasta una caja de mascarillas. Algunos habían llegado de China y habían pasado dos semanas en sus residencias, encerrados voluntariamente, pese a haber pasado todo tipo de controles y medidas cautelares cuando salieron de su país. Se llama "responsabilidad" y para mí representa lo contrario de lo que escucho en el metro cuando dicen que aprovecharán el cierre para viajar o reunirse con los amigos.
Transmitir "tranquilidad" no es garantizar que podemos hacer lo que queramos. Significa que hay que tomar ciertas medidas personales y grupales para evitar la propagación. No todos lo entienden así.



Hay un miedo. Pero también hay un miedo a llamar a ciertas cosas por su nombre y a decir que hay riesgos en una concentración o en una manifestación callejera. Lo vimos aquí al hablar de la respuesta de Fernando Simón a las preguntas sobre la manifestación del domingo en Madrid.
¿Cómo se van a afrontar las próximas elecciones autonómicas? Espero que el miedo a perder a sus votantes por las cuarentenas haga que la campaña se haga a distancia. Más barato y más sano. Los peligros de los mítines, manifestaciones son obvios,
Hay que preservar la vida diaria todo lo que se pueda con medidas de protección eficaces, pero hay cosas que no se deben realizar, para lo que es importante la ciudadanía. Pero también es importante saber que hay una parte de esa ciudadanía que es la del "yo paso". Solo esa explicación se encuentra ante que la Policía tenga que estar rondando los barrios en cuarentena para evitar que la gente salga. Cuarentena es cuarentena. El cierre de las instituciones educativas no es una cuarentena, pero tampoco unas vacaciones, como algunos piensan.
Habrá que llegar a ellos con las medidas, con las voces necesarias, con el lenguaje adecuado... si no acaban de entender que esto no es una broma, que no es cuestión de me apetece o de no va conmigo, que es una cuestión de algo un tanto olvidado: responsabilidad social, sentido comunitario responsable.
El gran aumento de casos en solo un día en Madrid -el domingo- es un signo claro de que no se estaba haciendo todo lo que se debía hacer. Hemos pasado del terror informativo cuando la situación tenía carácter chino y nos hemos hartado de reproducir imágenes olvidándonos de que los virus no tienen fronteras y que nuestro mundo global está lleno de atajos de un lugar a otro en cuestión de horas.


El titular que preside la página de la CNN dice: "Total lockdown in Italy, but hope rising in China". ¡Terrible ironía! Conte, el presidente italiano, ha dejado claro que no tomar las medidas que se han tomado habría sido una irresponsabilidad "criminal".
Madrid ha cerrado sus centros educativos y algunas autonomías lo están haciendo. Un par de semanas, en principio, deberían servir para cortar el desarrollo del COVID-19, al que se lo hemos puesto muy fácil con nuestra negativa a ir más allá de la información.  Este tiempo debería haberse empleado en desarrollar elementos de ayuda para esta lucha. 
La información no puede ser la misma porque la ciudadanía se ha segmentado y hay grupos que han tomado sus propias respuestas. Pero es la hora de combatir al coronavirus y a la irresponsabilidad por partes iguales, a cada una con sus armas más eficaces. Si la información era importante antes, lo es más ahora.
Lo decíamos el otros día: es el momento de que las autoridades tomen las decisiones que saben que van a molestar, que van crear problemas de otro orden. Pero es esencial que lo hagan y que nos demos cuenta que es necesario hacerlo y no aprovechar que la universidad ha cerrado para irse a las Fallas. El concepto de "viaje innecesario" no entre las mismas categorías según las personas y su responsabilidad.
La reducción de la expansión del COVID-19 está, sobre todo, en las acciones individuales, en la reducción de los riesgos de exposición. Eso es una evidencia que solo los irresponsables niegan. La cuestión ahora es saber cuánto irresponsable hay.
Se creó miedo cuando el COVID-19 estaba lejos. Se trataba de atacar a China en plena guerra comercial con estados Unidos. Cuando está cerca se el tono cambia a la confianza, a la gripe, a los casos con patologías previas, etc. Ya no se puede disfrazar porque está aquí. Hay que evitar un caso a la italiana, sí o sí.
Se trata ahora de ver si el laberinto político español es capaz de responder con la unidad necesaria no solo para  transmitir confianza sino también para llevar la idea de responsabilidad a la ciudadanía. Eso se hace dando ejemplo, suprimiendo lo innecesario, haciendo pedagogía a pie de calle, más allá de los discursos oficiales, predicando con el ejemplo.


Llega la noticia del positivo de Javier Ortega Smith. La imágenes nos los muestran tosiendo con un pañuelo en el acto masivo del domingo en Madrid. Vox, su partido, ya ha pedido perdón. Un poco tarde y no son los únicos que deberían hacerlo. A veces, como decimos, cometemos irresponsabilidades.
El "perdón" pedido por VOX es muy peculiar y es una acusación porque les han dejado celebrar el mitin. El despropósito es enorme porque la responsabilidad es suya más allá de los permisos administrativos. Nadie dijo "no" a VOX como tampoco se lo dijeron a la manifestación. No deja de ser cierta hipocresía esa forma de razonamiento. ¿Qué hubieran dicho si se les hubiera dicho, a unos y a otros, que no podían celebrar sus actos? Sin embargo, el mensaje de Fernando Simón era claro para quien quisiera entenderlo.


No es no. No a las manifestaciones, a los mítines, a los centros de mayores, a los funerales, a los festejos... No es no a todo aquello que atente contra la seguridad de las personas, que aumente innecesariamente el riesgo de propagación del COVID-19 y las vidas de las personas. Sea un funeral o un aquelarre, un congreso científico o un partido de Liga. Llegados a este punto No es no... para que no haya que pedir perdón a nadie por las irresponsabilidades de concentrar gente. Todos tendremos que renunciar a muchas cosas, aunque nos duela, perjudique o fastidie.
Pero el no es no debe ir seguido de alternativas, de medidas,  a lo que ahora no se puede hacer. Ahí es donde está gran parte de la eficacia de las medidas. De otra forma son brindis al sol. Es la vida cotidiana lo que se ve alterada, la vida laboral. Habrá que dar soluciones. Es ahí donde hay que ir más allá de las medidas sanitarias y empezar las sociales inmediatas, a pie de calle.
No estamos acostumbrados a una crisis de este tipo, que hemos visto como lejana, como en el caso del ébola. Hoy nos preguntamos si la avanzada Europa será también la responsable Europa.



viernes, 11 de marzo de 2016

Respeto

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La agria campaña norteamericana por la nominación republicana, con Donald Trump en cabeza, está haciendo emerger un complejo debate sobre las causas de la decadencia del liderazgo y de los sistemas políticos. Creo que esto no es exclusivo de los Estados Unidos, que se está dando también entre nosotros, pero que la tradición crítica norteamericana está haciendo que se reflexiones sobre ellos en vez de dejarse llevar por las fuerzas partidistas y enfrentarse acríticamente a los candidatos.
Creo que es importante distinguir entre los candidatos, los partidos y el sistema en su conjunto, la democracia en sí. Si no se hace se corren riesgos importantes. La democracia debe sobrevivir a los partidos y estos a los candidatos para que el sistema funciones. Hemos visto partidos dinamitados por las luchas internas de sus aspirantes a liderarlo y estamos viendo que las acciones de los partidos pueden no hacer ningún bien a la democracia en su conjunto debilitando los acuerdos básicos que las fundan y la erosión del funcionamiento institucional mediante el descrédito o la falta del respeto debido.
Hemos olvidado que la palabra clave de la democracia es precisamente "respeto": respeto a las ideas, respeto a los votantes, respeto a los oponentes, respeto a las instituciones, respeto a las leyes que salen de ellas, etc. Respeto es la clave.


El respeto es la base del compromiso, de la posibilidad de acuerdo. Porque —y esto también lo hemos olvidado— lo importante no son ni los egos de los candidatos, ni los partidos en sí, sino la gente, la sociedad en su conjunto. La democracia funciona cuando no se pierde de vista que la finalidad no es el poder sino la gente, buscar su bienestar y que en eso se debe centrar todo el proceso político, que no tiene otra finalidad. Es el bienestar del conjunto, la mejora social, cultural, moral de todos. El problema es que el discurso cínico sobre la política y su función ha debilitado esta idea y ha favorecido otras que, en cambio, la han centrado en la consecución y reparto posterior del poder.

Este discurso cínico sobre la política ha surgido de una combinación de teorías procedentes del campo de la gestión empresarial en donde se pondera que no hay más logro que el poder y trata de establecer los objetivos para alcanzarlo. Todo son resistencias o empujes. Hay que eliminar unos y potenciar otros. Es la conversión empresarial de la política —como en tantas otras instituciones— y del liderazgo. El campo del management ya absorbió a Maquiavelo y a Sun Tzu, cuyo Arte de la guerra se ha convertido en libro de cabecera de muchos empresarios sin escrúpulos y políticos que les imitan. Hoy se estudia en las escuelas de negocios.
Sin embargo, la política tiene una dimensión que si se olvida causa estragos, como está ocurriendo más allá de los Estados Unidos y que se puede palpar en la prensa de muchos países con un simple vistazo. El objetivo es la armonía social, integrar el mayor número posible de personas en proyectos comunes que beneficien a la mayoría. Se trata de alcanzar el bienestar social, de prosperar como sociedad, de reducir los grandes desequilibrios, aumentar la cultura y la solidaridad. Hoy no tenemos grandes metas, solo objetivos, copiando las técnicas de gestión; hasta la educación se maneja hoy así.


El fenómeno al que estamos asistiendo y del que da cuenta en estos días The Washington Post, desde diferentes ángulos y campos, es consecuencia natural del planteamiento político del que hablamos: necesita de la polarización social. Necesita eliminar las zonas grises o de transición para elaborar un discurso radical que se enfrente al otro como en una cruzada a vida o muerte. Eso lleva a una mayor agresividad, una confrontación constante y un desgaste social e institucional terrible en sus efectos y consecuencias. La democracia, lo hemos dicho antes, parte del respeto y en este planteamiento lo primero es perderlo y hacerlo perder.
La prensa norteamericana se ha llenado de reflexiones sobre este fenómeno y su desarrollo histórico desde que empezó a constatarse la existencia de "dos Américas", algo que hoy se hace manifiesto a través del uso instrumental que de ello hace Trump. Esa fractura social se ha ido agrandando gracias al interés de los políticos, especialmente de los republicanos por quebrar la sociedad.
Las sociedades democráticas modernas tienen una tendencia hacia el "centro", lo que significa que las diferencias se reducen en beneficio de todos y no de unos pocos, por lo que la propia sociedad que sufre menos traumáticamente los efectos de la alternancia. Para que esto se produzca es necesario un número elevado de acuerdos o pactos sobre elementos esenciales que deben ser construidos conjuntamente para sobrevivir al paso de unos y otros. ¿Es tan difícil el acuerdo?


Pero este planteamiento que trae estabilidad social si es usado en beneficio de todos, entra en contradicción con otros planteamientos. Fue la radicalización republicana, esencialmente, el Tea Party, la que no tenía ningún interés en esta estabilidad ya que implica el alejamiento de los extremos. Y el Tea Party lo era y lo es.
La radicalización de las propuesta crea de nuevo una división nítida de los electorados, que se ven obligados a ir hacia los extremos o abstenerse, cosa que ocurre cada vez con más frecuencia en muchas sociedades. Se cree entonces que es necesaria una mayor radicalización para sacudir a los indecisos u abstencionistas. Mucho ruido para llamar la atención. Se atrae en primer lugar a los más radicales, pero también se radicaliza a muchos otros que se ven arrastrados hacia posiciones más extremas que las que pudieran tener. Esa es la sorpresa de muchos comentaristas cuando ven los apoyos que algunos políticos norteamericanos están dando a Trump. El radicalismo se comporta como un "agujero negro", se traga todo lo que tiene alrededor.
La política del enfrentamiento constante, la que abomina del acuerdo y busca el enfrentamiento y la división social para conseguir sus objetivos de alcanzar el poder, está haciendo estragos en muchas partes, incluido nuestro país. Lo único que se consigue es crear un enfrentamiento constante, que es la base de la que se vive. Por eso las medidas que se toman tienden a ser polémica en el sentido de la palabra. Es más fácil cambiar el nombre de una calle que arreglar su pavimento. Es más fácil levantar vallas en las fronteras que levantar escuelas. Es más fácil prohibir la entrada de musulmanes en los Estados Unidos o en Europa que frenar a un dictador cruel como Assad.


Los ataques contra la llamada "transición española" son un reflejo precisamente de esa actual política del enfrentamiento. Lo que hicieron entonces los políticos fue olvidar muchos problemas para poder solucionar otros, los que en esos momentos tenía nuestro país. En vez de maldecirla, se debería tomar ejemplo de ella y seguir una política de acuerdos y grandes pactos llevados por el deseo, que debería ser común a todos, de resolver los problemas y no de crearlos. Ni los partidos ni los candidatos, repetimos son importantes. Son solo los medios con que la sociedad busca un espacio para poder resolver los grandes problemas que se le presentan. Nada hay más negativo en un sistema democrático que el narcisismo de los políticos, padre de mucho de nuestros problemas.
The Washington Post titula con claridad "The GOP establishment has failed. It’s up to voters to deny Trump". El partido republicano se ha demostrado incapaz de frenar un monstruo político como Trump, que ha sobrepasado el radicalismo del Tea Party aprovechando lo que este había sembrado durante décadas: la idea de la destrucción de los Estados Unidos. Ha jugado con todo tipo de demagogia para dirigir su odio contra los demócratas encarnados en las figura de un Barack Obama y ahora de una Hillary Clinton y un Bernard Sanders, en los que ha identificado sus fantasmas: "el negro", "la mujer" y "el comunista". Mediante el flujo de odio contra Barack Obama, han incrementado el racismo; mediante los ataques a Clinton, un infame machismo del que incluso se contagió la única mujer, Fiorina, que participo en esa carrera masculina que son las primarias republicanas; y mediante los ataques a Sanders (que pasarán a Clinton cuando Sanders pierda o se retire) el temor al "comunismo", que ahora se aloja en los Estados Unidos y no en Rusia, en donde hay un buen hombre llamado Vladimir Putin, que sabe tratar a los homosexuales, las mujeres, a sus socios, etc. como se debe. Tienen razón los que dicen que Trump ha hecho retroceder décadas a la sociedad americana al proponerles asumir valores que se creían agotados, negativos y nefastos para la convivencia. Hasta los gobiernos de algunos países se han visto obligados a intervenir por las declaraciones vergonzosas de Trump sobre política internacional o sus "soluciones" a los problemas que afectan a los países.


Me gustaría ver el mismo nivel de análisis y con el mismo grado de sensatez y deseo de encontrar salidas a los problemas en nuestro país. Me gustaría que la prensa, los intelectuales, artistas, etc. en vez de sumarse a la corriente, cumplieran su función reflexiva pidiendo sensatez y ofreciendo ideas en vez hacer los coros políticos. Me gustaría.
España esté en un momento crítico en el que se necesitan voces de todo tipo capaces de equilibrar el despropósito continuo que escuchamos cada día y que se hace difícilmente soportable. Desgraciadamente no ocurre así. Se necesita recuperar la visión de la totalidad, una visión de conjunto y salir de este cuerpo a cuerpo en el que llevamos casi dos décadas metidos y que hace que cuando hace falta llegar a acuerdos la inercia del enfrentamiento continuo lo impida.


Parece que los políticos son más políticos cuando se insultan unos a otros. Eso es confundir una arte despreciable con otra noble. Ni el acuerdo es el compadreo ni el respeto traición o entreguismo. Esperamos más y mejor de los políticos y de los partidos. Por nuestro propio bien, para no dejarnos arrastrar en la falta de respeto.
La llegada de Trump debería hacernos reflexionar sobre lo que no hay que hacer y los riesgos que se corren con estas situaciones. Hay varios países que tienen ya sus Trump en el poder. Han llevado la discordia a su sociedad y la mantienen para asegurarse que en ese enfrentamiento siempre habrá una parte que les apoye. Pero eso no es bueno.
Necesitamos mejores políticos, más comprometidos con el bienestar de todos y menos luchadores barriobajeros por el poder. Necesitamos más palabra, más diálogo; menos declaraciones públicas de cara a la galería y más conversaciones sensatas. Necesitamos respeto, respetar y ser respetados. Sin respeto —al pueblo, a las instituciones, a las leyes...— no hay mucho que hacer; solo avanzar por la peligrosa y agotadora senda del conflicto como forma de vida.