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sábado, 21 de septiembre de 2013

Las miradas

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Nada nos condiciona más que el sabernos observados. Hay personalidades —las histriónicas— que viven en un escenario en el que necesitan ser admirados o compadecidos. A estos, la mirada ajena les da vida pues sin ella no son más que marionetas inertes; su vida solo adquiere sentido bajo la mirada de los otros, mirada que reclaman incesantemente con todo tipo de argucias. Sin embargo, eso es lo que define su naturaleza enfermiza, la necesidad patológica de ser mirados.
En el otro extremo está el que necesita mirar, la personalidad del voyeur, que se alimenta a través de los ojos, desde la distancia discreta que le mantiene seguro. El voyeur necesita mirar y sueña con la invisibilidad como gran don que le permitiría satisfacer sus deseos de introducirse en la intimidad de los otros sin ser descubierto. Hay voyerismo pactado, en el que mira y el que es mirado acuerdan sus puestos, públicamente o en la intimidad. La esencia es la mirada que explora impunemente la intimidad desde la seguridad escondida.
Hay una tercera forma mucho más destructiva de la mirada porque su alcance es social y que comparte rasgos con las anteriores. Es la observación social, la vigilancia. En este caso, amparándose en la ley o en la costumbre, la mirada se convierte en vigilante social, en garantía de que nadie va a contravenir las reglas impuestas sobre la comunidad.


Esa mirada vigilante posee rasgos de las dos anteriores, de histrionismo y voyerismo. Se vincula con el histrionismo porque la autoridad que la persona ejerce sobre las otras se traduce en signos que todos han de observar en ambos sentido: observar como "cumplir" y observar como atención dedicada a quien la ejerce. En ellos se concentra la autoridad misma, que es acción y especialmente representación. Por eso se busca la sanción pública, la ejemplaridad,  a la que se suma, en ocasiones, el placer que le produce a quien la ejecuta el saberse contemplado en el ejercicio de la autoridad. No se busca la corrección discreta, sino que el castigo o la denuncia se llenan de teatralidad, que es la base de esta forma de histrionismo.
Con la vigilancia se satisface también el deseo voyerista de observación, puesto que el vigilante se siente obligado por una causa noble que le sirve de excusa para dedicarse a la labor de inspección y control de los demás. Su mirada sobre los otros se justifica por ese deseo de proteger a la comunidad. El vigilante quiere observar y ser observado obteniendo su satisfacción doble en el acto de vigilancia, una forma de ejercer el poder entendido como control social, como una licencia para entrar en la vida y comportamiento de los demás.


El avance de las políticas y prácticas islamistas, allí donde han logrado el poder tras las revoluciones árabes, ha provocado conflictos que han sido más dañinos que los causados por las penurias económicas. Desde Occidente, en donde la mayoría de los países han logrado liberarse de esas formas de observación y control social, no valoramos suficientemente algo que no es consustancial de las religiones sino de las formas en que introducimos en ellas nuestras propias patologías y deseos de poder, convirtiéndolas en instrumentos al servicio de nuestros deseos oscuros.
El revuelo causado por las palabras del papa Francisco, dichas con toda naturalidad en un avión, "Quién soy yo para juzgar?", contrastan con la obsesión juzgadora de muchos de sus feligreses a lo largo de la Historia, y es ampliable a la totalidad de las religiones reveladas, que marcan un camino determinado, en contraste con las filosofías orientales que, por el contrario, impulsan al ser humano a buscar uno propio, un tao acorde con las necesidades del propio sujeto. Mientras unas se basan en el cumplimiento de la ley dada, las otras se basan en la búsqueda del individuo de su propia ley interna capaz de armonizar con la del propio mundo.
En una de mis conversaciones sobre lo divino y lo humano con mis alumnos chinos, una de ellas me dijo: "Profe, ustedes creen que ser humano es malo, mientras que nosotros creemos que es bueno". Los alumnos vienen al mundo para que los profesores aprendamos algo. Se encierra ahí, en esas palabras, gran parte del problema y de la justificación de la vigilancia, que van de la familia o la escuela a las complejidades de los Estados convertidos en garantes de la ortodoxia.


Aunque hayamos separado las leyes divinas de las humanas —allí donde se ha podido— en su origen son las mismas: las normas dadas para evitar que se produzcan las caídas que la naturaleza negativa o pecadora del ser humano hacen inevitables.
Gran parte de la lucha que vemos tras las revoluciones de la Primavera árabe y que han llevado a la salida de los islamistas del gobierno en Egipto —y de las revueltas que llevaban el mismo camino en Túnez— tienen que ver con esto, con esa unidad y precedencia de la Ley divina frente a las leyes humanas. El debate sobre la Sharia en Egipto o Túnez no es otro que éste.
En un reportaje de la BBC —que comentamos este verano—se hacía un extraordinario relato de cómo una población entera quedaba en manos de un quiosquero salafista que se había convertido en la autoridad central de toda la vida del pueblo. Por él pasaba desde la mujer que no se comportaba "como debía", el que vendía drogas, el que bebía cerveza, etc. Toda la vida quedaba expuesta a su control. Cuando le preguntaban sobre sus relaciones con las autoridades locales y si él se identificaba como "salafista" decía algo importante: "No importa quién manda; lo importante es la Ley". La "ley", por supuesto, era su propia interpretación del alcance de los principios coránicos, fuera de los cuales se extiende un mundo caótico sin salvación, un mundo asocial puesto que la ley se identifica con la sociedad misma que queda regulada. La Ley regula la vida social y la sociedad se define por el cumplimiento de la Ley.

En estos últimos años he tenido ocasión de ver los dramas callados de personas que viven bajo la vigilancia constante de los guardianes de la Ley. Junto a las discusiones de los legisladores en los parlamentos tunecinos o egipcios, se encuentra una sociedad en la que esos debates se convierten en la agresión de la sanción, de señalamiento con el dedo por parte de los trasgresores, a los que se les niega la posibilidad de salir de una ley en la que no creen, interpretan de otra forma o no consideran que nadie esté en condiciones de exigir a los demás pues forma parte de sus propias creencias.
Los guardianes son papeles sociales que ejercen aquellos que velan en la base de la sociedad porque nadie se disgregue o se distancie del núcleo de la ley porque ese sería el principio de su disolución. El gran debate en estas sociedades se da en encontrar la distancia justa entre lo que es la creencia, mediante la que las personas siguen sus propias inclinaciones y deseos en su camino, y su conversión en regla general de cumplimiento obligado mediante diferentes mecanismos, de la sanción legal al rechazo social.
Los dramas que he visto son los que se producen en una sociedades en las que conviven en un mismo espacio y tiempo, un mismo cronotopo, mentalidades de épocas distintas, con visiones distintas sobre el funcionamiento del mundo. Si el debate fuera exclusivamente legal, sería sencillo. Pero la historia de estos países ha demostrado que las vías deben ser otras si lo que se quiere es garantizar la convivencia y la preservación de la autonomía e individualidad de la persona frente a una concepción conjunta, la visión de la sociedad como un agregado regido por formas de pensar que han de ser reproducidas mediante todos los mecanismos disponibles.


La evolución de las culturas hacia formas más abiertas, favorecida por un aumento de los conocimientos sobre el mundo y de la mejor comprensión de los mecanismos sociales, se ve frenada por las resistencias de aquellos que entienden que se debilita su poder. La nuevas formas de conocimiento intercultural y los avances de nuestros mecanismos de explicación desde la Sociología, la Antropología o las diversas ciencias sociales han hecho que ya no sea tan fácil el control. Por eso los vigilantes necesitan la ignorancia disfrazada de educación, en sentido amplio, para mantener esos mecanismos. "Convertís la ignorancia en religión y la religión en ignorancia", dice el filósofo Averroes, el protagonista de la película del gran director egipcio Yusef Chahine, Al Massir (El destino).
Hoy son muchos los que se enfrentan a sus propios condicionamientos, resultado de la tradición en la que se encuentran inmersos, y a la presión social para mantenerla. En un mismo país, en una casa, en una misma mente, en ocasiones, conviven visiones dramáticamente distintas, escindidas entre un deseo de felicidad que se ve frustrado y el cumplimiento de una vida frustrada por las imposiciones en las que no se cree. El resultado son personas infelices y órdenes represivos, autoritarios e hipócritas.
La mirada vigilante se convierte en algo esencial para el mantenimiento de ese orden que se derrumba y que se resiste a perder el poder de hacerse ver en su rol central de control de todo lo que gira obligatoriamente a su alrededor. No hay más orden que el suyo ni más autoridad posible.
Pequeños gestos cotidianos se convierte en abismos gigantescos a cuyo borde llegan personas que, venciendo sus miedos, intentan saltar al otro lado en el que les espera una liberación que anhelan. Muchos se dan la vuelta porque el temor a ser señalados como distintos, como prófugos de la comunidad, les aterroriza y acaban viviendo su propia hipocresía defensiva. Otros saltan al otro lado, pero no encuentran la felicidad soñada sino que se han de enfrentar al sentimiento de culpa que se les ha inculcado a lo largo de su vida. Finalmente están los que consiguen dar ese paso que, cuando se giran, les hace exclamar: "¡Solo era esto!". Descubren entonces que no hay peor barrera que el miedo y comprenden que esas mirada soberbias que les dirigían, que esos dedos que les apuntaban, no tienen sobre ellos más poder que el que se les concede.


Por eso el ejemplo de las personas que dan esos pasos es importante; muestran a otros el camino para liberarse de esa sanción de la mirada que no admite cambio o divergencia. Los llamamos pioneros cuando antes los hemos llamado anteriormente locos, herejes o delincuentes.

Los seres humanos vivimos en un precario equilibrio entre nuestros deseos individuales, nuestra forma de aspiración a la felicidad, y las imposiciones de reglas externas que nos condicionan el comportamiento. Cuando la divergencia es muy grande, se vive un infierno terrenal, un infierno convertido en tribunal de jueces ostentosos e histriónicos, felices por perseguirnos implacablemente con las normas que les fortalecen cada vez que las aplican.






lunes, 24 de diciembre de 2012

Norman Birnbaum y el fracaso

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
En estas fechas es frecuente hacer repasos y recuentos. Aparecen en los medios tratando de resaltar distintos aspectos de la vida anual, de sus idas y venidas. Otros van más allá.
El repaso del sociólogo norteamericano Norman Birnbaum es la revisión del papel de una generación —la nacida entre 1925 y 1930— dando por cerrado el ciclo vital de su alcance intelectual, enterrando su influencia social.
Birnbaum, catedrático emérito de la Universidad de Georgetown, realiza el análisis del papel de los intelectuales de su generación, lo que hicieron y lo que ha quedado de ello. Frente a la rica e influyente generación anterior, los nacidos en el cruce de siglo, Birnbaum ve a su generación intelectualmente fracasada.
A diferencia de lo que se puede hacer en otros campos de la actividad humana —obras públicas, museos, monumentos, fábricas, hospitales...—, el legado intelectual debe ir más allá de los estantes de las bibliotecas y traducirse a pensamiento social para después convertirse en acto. Tal es la pretensión del intelectual, un grupo social sobre el que se ha teorizado desde la Revolución Francesa en adelante. El papel de los intelectuales ha pasado de considerarse como una parte importante del progreso humano a través de la generación de ideas y principios, referencias morales, ejemplaridad, etc., a la indiferencia o al desprecio. 

Norman Birnbaum
Es la muerte del "ensayo" y el ascenso del "informe". Frente a las ideas, nuestro mundo se mueve más por el "diseño social", por la ingeniería de la eficiencia, definiendo esta última en términos de rendimiento. Birnbaum hace un repaso de la última generación que consideró el papel de los intelectuales y, especialmente, de sus errores, del fracaso que, sin tapujos, se enuncia ya desde el título.
Este fracaso ha sido, según su apreciación, causado por la incapacidad de reconocer las aspiraciones de la propia sociedad. Escribe:

Aspirábamos a una ciudadanía capaz de gobernarse a sí misma, incluso en la economía. Una fuerza laboral cada vez más educada se reconocería en nuestros textos. Queríamos acelerar el ritmo de la historia prestando nuestro talento a los partidos socialdemócratas y cristianos. Al fin y al cabo, nos considerábamos los representantes de sus electorados en la educación, la administración, las profesiones liberales y la ciencia.*



Las aspiraciones de los intelectuales, su confianza en ellos mismos y su papel, no permitió apreciar la deriva social hacia otros derroteros en los que la jerarquía de los valores se fuera modificando. El avance de la sociedad de consumo, la verdadera transformación, estalló con posterioridad a la II Guerra Mundial cambiando la orientación social y el papel de los intelectuales. Los textos en los que se preconizaba esa autonomía de los ciudadanos, su mejora cultural para lograr una emancipación liberadora, fueron, cayendo junto con la influencia de sus autores, en el olvido.

Dos grandes acontecimientos demostraron que habíamos hecho mal al interpretar una mejoría temporal de nuestra suerte como una gran transformación histórica. El primero fue el renacimiento del capitalismo descontrolado. El segundo fue el fracaso de la Tercera Vía. A la disminución de la parte de la renta nacional que iba a parar a manos de los trabajadores y la deconstrucción del Estado de bienestar sucedió la crisis que se suponía que el nuevo capitalismo había hecho imposible. Los demócratas estadounidenses y un gran sector de la socialdemocracia europea se convirtieron a la idea de los beneficios como principal instrumento de crecimiento económico y de inmediato experimentaron la depresión y la destrucción social.*


Fueron el consumo y el beneficio las dos fuerzas que cambiaron el mundo, no las ideas. O si se prefiere, ambos se convirtieron en las únicas ideas, en el pensamiento único transformado en acción política y en hábito cotidiano, filtrándose a todos los rincones de la sociedad. Las consecuencias son las que tenemos hoy: el aumento de las diferencias sociales y el empobrecimiento de sectores cada vez mayores de casi todos los países del globo.
La reducción humana al trabajo y este al beneficio es una forma de desvirtuar la condición humana y el sentido de lo social convertido en maquinaria al servicio del beneficio. Sin un sentido ético de la justicia distributiva, las sociedades se convierten en gigantescas maquinarias que alternan trabajo y ocio. Solo se mueven sobre su eje.
Birnbaum repasa su generación y sus retos y habla de fracaso. Al menos lo intentaron. Las generaciones posteriores difícilmente pueden hablar de "intelectuales" pues han sido sustituido por las "presencias mediáticas". Frente a las ideas, las "seducciones"; frente a los principios, la concepción retórica de la comunicación, herramienta al servicio de la seducción social. La "imagen", la "marca" pasan a ser las señas de identidad con las que se busca la adhesión a los que se ofrece. Carencia de ideas o principios, todo superficie. El beneficio no necesita justificación porque se justifica por sí mismo. Sí, en cambio, todo se justifica por él.
Termina su artículo Norman Birnbaum diciendo:

Para aunar el respeto a la dignidad humana y la sensibilidad ante la fragilidad humana es necesario tener una disciplina ascética y cierta forma de inspiración, como componentes morales del análisis histórico. Los intelectuales de mi generación no dimos suficiente importancia a ese aspecto; tal vez no fuimos peores que el resto de nuestros contemporáneos, pero tampoco mejores ni más profundos.*


André Malraux
La Historia, sea lo que sea, no marcha sola; es el resultado de nuestras acciones y nuestras debilidades. La melancolía del artículo, la sensación de haber perdido una oportunidad, de no haber sido capaces de establecer la deriva del mundo y corregirla es el sentimiento de fondo. Cuando Birnbaum repasa los problemas del mundo actual se da cuenta que la idea de progreso es engañosa, que no siempre se "avanza", que no existe un movimiento constante desligado de esa necesidad moral de mantenerse en la dirección correcta.

Bertrand Russell
Nuestro universo mediático global, basado en la captación de la atención, difícilmente puede manejar las ideas sin convertirlas en eslóganes. El mundo no busca buenas ideas sino frases más eficaces con las que mover las emociones en un universo "empático", como señalan otros analistas (J. Rifkin).
Señala Birnbaum: "Nuestra hipótesis, que las ciudadanías occidentales eran irreversiblemente democráticas, estaba equivocada."* El desinterés democrático va más allá de la mayor o menor participación electoral, aunque sea también un síntoma. Es dejar de pensar en términos de perfectibilidad del sistema, en el automatismo de los valores que lo sostienen y en la energía necesaria para mantenerlo en el buen camino. Todo eso se deja de lado, disminuye, en un sociedad que se considera definitivamente cerrada y en la que solo queda ya la aspiración del beneficio:

Estábamos equivocados. Los electores, en general, querían justicia, un mínimo de respeto y una parte respetable de la renta nacional. Pero su entusiasmo por el deporte y las vacaciones era mucho más acentuado que su interés por ayudar a tomar decisiones en la economía. En ocasiones se manifestaban o hacían huelgas, no por una nueva sociedad, sino para obtener más recompensas en esta. Nuestra crítica metahistórica de la existencia contemporánea no les conmovía.*


No sé si se está recuperando algo de ese sentido devaluado de la democracia, si no es tarde para que exista una ciudadanía consciente, capaz de frenar la deriva y dotar de un sentido moral a las instituciones creadas para su servicio. No acabo de verlo. Quizá esta sociedad, como dice Birnbaum, sea la que queremos y simplemente peleemos por "obtener mas recompensas". La idea de Birnbaum coincide con la que expresara John K. Galbraith en La sociedad opulenta (1958); conseguido cierto bienestar, desaparece el interés por el sistema y los que quedan fuera de él.
El artículo de Norman Birnbaum merece lectura atenta y reflexión.

* "El fracaso de mi generación" El País 22/12/2012 http://elpais.com/elpais/2012/12/17/opinion/1355767234_845603.html



Raymond Aron



Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir

Herbert Marcuse

domingo, 13 de mayo de 2012

El sistema y la dependencia, en el aniversario del 15-M

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El breve artículo de hoy de Lucía Méndez en El Mundo, que le sirve de valoración semanal, se centra en un punto importante en el que reside gran parte del dilema que se abre en el mundo. Titulado “Rato, Deloitte y los indignados”*, con la cuestión de la dimisión de Rodrigo Rato como centro, Méndez señala:

Estas son las reglas de juego de una crisis en la que la política ya no goza de supremacía sobre el mundo económico. Los líderes políticos asisten impotentes a la transformación de un mundo en el que ganar unas elecciones y gobernar ya no significa estar en condiciones de aplicar un programa político. Ahora hay que esperar a ver qué dice el Banco Central Europeo, el FMI, el Ibex, Deloitte, la prima de riesgo o los inversores en deuda pública. Si aprietan todos a la vez, no hay escapatoria ni para el presidente de Bankia, ni para el presidente del Gobierno, ni para nadie.
[…] Desde posiciones políticas contrarias, Rodrigo Rato y los indignados que han vuelto a salir a la calle en el primer aniversario del 15-M tienen algo en común. Creen en la supremacía de la gestión política sobre el sistema económico. Los indignados reclaman un mundo en el que los gobiernos metan en cintura a los banqueros y Rodrigo Rato quería demostrar que un hombre que nació y creció para ser presidente del Gobierno podía tener éxito como presidente de un banco.*


Y realmente la cuestión es esa: la creación de un monstruo gigantesco y fragmentario que actúa de forma automática, que no atiende a ningún tipo de consideración más allá del cumplimiento de un único objetivo, el beneficio, al que se supeditan todos los demás que no son más que medios para el fin.
El gran debate no puede ser realizado porque no existe un interlocutor. No puede debatirse con nadie porque cuando retiran la cortina y esperan encontrar al Mago de Oz, no hay nadie tras la tela. Nadie ve la red en el ojo ajeno. Eso que llaman “mercados”, “inversores”, etc. es un ente polimórfico y repartido, la gigantesca “sociedad anónima global” que compra los destinos de los pueblos en subastas y que se mueve no por las órdenes de nadie sino por protocolos y respuestas automatizadas, órdenes de compra o venta.

Qué bonitos eran aquellos tiempos en los que se podía representar el capitalismo como un señor con frac que se retorcía el bigote. El capitalismo ya somos todos, incluidos los anticapitalistas. Es el sistema. Y la base del sistema es la no regulación, que es como se abrió la caja de Pandora. El capitalismo es lo contrario del absolutismo, aunque haya un absolutismo capitalista, que sería un estado absoluto sin un Luis XIV: Le capitalisme n'est pas moi. El capitalismo son las relaciones. Ni tú ni yo, sino lo que hacemos. Todo.
La cuestión grave que se plantea es que todo nuestro pensamiento institucional y nuestras propias instituciones desde la revolución francesa se basan en que el poder reside en el pueblo y que los políticos deben hacer lo que el pueblo quiere: la voluntad popular. Y el sistema que hemos hecho va en sentido contrario. Para algunos ese “hacer” requeriría mucha explicaciones, puesto que no se ha hecho, sino que ha emergido, que es algo diferente. Hablamos de la emergencia de algo cuando surge de las relaciones anteriores, de la misma forma en que una “pareja” emerge de las relaciones de dos personas o una “familia” cuando tienen hijos.
El sistema emerge en toda su crudeza de las desregulaciones. por un lado, y de globalización de la economía, por otro. Durante siglos se ha teorizado que el poder político tenía un espacio, el de las fronteras del Estado. Hasta esos límites alcanzaba el poder. Más allá comenzaba el poder de otro. El capitalismo ha roto los límites del Estado creando un metaestado mundial que no es el resultado de los G 8, 10 o 20. Eso no es más que una ilusión para que se crea que hay alguien al volante del coche, al timón del barco a los mandos del avión. Y cada día es más evidente que el mundo va con un piloto automático o cibernético, un sistema que decide no como estrategia sino como retroalimentación. La “estrategia” presupone una inteligencia y aquí, aunque las pueda haber parciales, no existe una inteligencia global que pueda abarcar el conjunto, solo un sistema reactivo hipersensible que se mueve por un único programa, el beneficio, y en un sentido exclusivamente numérico susceptible de convertir en ítem del sistema. Cualquier decisión es convertida en información que el sistema procesa y convierte en más información y así hasta el fin de los tiempos. A lo más que podemos aspirar es a tratar de actuar para hacer que el sistema nos sea favorable, pero no lo controlamos en un sentido jerárquico.


Cuando el mundo se ha convertido en una sola máquina unificada, todo es información. Los analistas esperan las presentaciones de los datos que miles de instituciones ofrecen para tratar de comprender el sistema, pero el sistema es incomprensible por definición, no tiene límites. Cada semana se repasan los indicadores, los resultados de empresas, los informes de instituciones, etc., con la única finalidad de poder tomar decisiones que puedan ser automatizadas. Incertidumbre y riesgo son los marcos de las decisiones, mayores o menores, porque no controlamos ni conocemos más que pequeñas parcelas. No poseemos la omnisciencia que sistema requiere para ser comprendido en su totalidad, no comprendemos sus conexiones, establecemos hipótesis sobre la incidencia de ciertos factores sobre el conjunto.

Acierta Lucía Méndez al señalar que los políticos quedan en el punto de mira de unos y otros. Pero existen grandes diferencias, porque lo que exigen los mercados es lo contrario de lo que exigen los pueblos. El argumento de que cuando la economía va bien el pueblo va bien, se relativiza en una sociedad globalizada cuando descubrimos que no todos pueden ir bien, que el beneficio de unos es la desgracia de otros en términos de explotación, medio ambiente, guerras, etc., que es un juego en el que no todos pueden ganar. Descubrimos que el bienestar tiene el límite de los costes de producción y que podemos perder nuestras buenas condiciones cuando las fábricas se desplazan a otros lugares para pagar menos y ganar más, cuando se desplazan millones de personas de unos países a otros para llenar las fábricas con mano de obra barata, etc.
Hemos hecho nuestros una serie de principios que no buscan ni la justicia ni la felicidad, que hemos relativizado  y materializado respectivamente. Así como los mercados exigen la máxima información, aquellos a los que les ha ido bien han deseado no tenerla, no saber de dónde salía su bienestar, cuál era el coste que se estaba pagando en muchas zonas del mundo para que nosotros pudiéramos vivir mejor disfrutando de niveles de vida superiores. Se han mantenido dictaduras o se han hecho guerras para mantener los niveles y ahora se derrumban.
Nuestro problema es que la política se mueve en el terreno de lo local, de los estados, mientras que la economía se mueve en el global. La dependencia entre política y economía es obvia. El descrédito de las clases políticas solo puede ser solventado por una mayor intervención y fiscalización de los ciudadanos en todas aquellas de instituciones de las que depende nuestra existencia ciudadana. No se trata de los derechos sino de la supervisión de esos derechos porque, como hemos comentado, hay que introducir racionalidad en donde hay automatismo, que no es lo mismo. La racionalidad se puede basar en distintos principios, no solo en el beneficio; debe ponderar más elementos que los que este sistema utiliza habitualmente.


En estos días se vuelve a hablar del 15-M, de los indignados, al cumplirse el primer aniversario. Por encima de cualquier otra circunstancia, su efecto ha sido positivo al hacer tomar conciencia de las consecuencias de inercias y automatismos. La denuncia local de los casos de ineficacia, de despilfarro, de corrupción y la fiscalización institucional debe continuar. Primero porque es nuestro deber ciudadano, ya que la responsabilidad del funcionamiento es de todos, y segundo porque cada elemento que se logra sacar de la inercia y del automatismo puede ser aprovechado para recuperar sus fines y cumplir su verdadera función.

Cuanto más control se tenga sobre las decisiones, mayores posibilidades de que sean eficaces para todos. Y menor dependencia, que es el equilibrio entre lo que los demás me quieren hacer y lo que yo puedo evitar. Cuando no puedo evitar nada de lo que me ocurre —como nos pasa ahora—, es que hemos perdido nuestra capacidad de decidir, que somos absolutamente dependientes; políticamente nulos, aunque escandalosos. Hemos perdido, como señalaba Lucía Méndez, la gestión política. Para descubrir cómo se invierte esa tendencia es para lo que hace falta inteligencia, claridad y honestidad. No son virtudes fáciles de encontrar cuando se buscan en el cesto equivocado. La alternativa no es un mundo anárquico ni paralelo, sino la lenta reconquista social de las conciencias e instituciones.


* Lucía Méndez: “Rato, Deloitte y los indignados”. El Mundo, 13/05/2012 http://www.elmundo.es/elmundo/2012/05/13/economia/1336866433.html



sábado, 8 de octubre de 2011

Recivilizar: cumpla y exija

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Hemos insistido muchas veces en esto y no eran necesarios los datos del INE*: casi 600.000 personas se van de España. No había más que mirar el mundo que nos rodea, pensar un poco y que te queden ganas de decirlo. La gente se va. Primero se irán los extranjeros jóvenes porque este ha dejado de ser el espacio en el que un país que apenas se reproduce acogía mano de obra barata; un país que por su propia falta de miras podía absorber trabajadores sin cualificación que podían incorporarse a la construcción, las cajas de los supermercados o a las barras de los bares y chiringuitos. Esa ha sido nuestra oferta y nuestra llamada real. Poseídos por ese igualitarismo a la baja de la pobre oferta, le ofrecíamos prácticamente lo mismo al doctor que al que llegaba sin estudios. Algunos se deban cuenta rápido y se quedaban el tiempo justo como para buscar en zonas con más pretensiones, con mejores aspiraciones como país.
No necesitamos estadísticas ni sociólogos que nos las expliquen. Nos basta con tener hijos en edad laboral para saber la dimensión del drama permanente de la desmotivación, de un sistema que la provoca y sostiene con precariedad, bajo perfil y becarios hasta los 35 años. Es la economía de la casa del primer cerdito; fachada sin cimientos.

España envejece. No hay dinero para hijos ni para casas en donde tenerlos. Nuestros políticos y empresarios, ayudados por unos sindicatos complacientes cuando les ha interesado —que ha sido casi siempre— son los responsables primeros de la falta de miras, de haber sido incapaces de soñar un país más allá de la especulación inmobiliaria y la hostelería, más de la disputa autonómica y laboral; un país donde los contratos tuvieran una duración superior a los tres años, un sueldo por encima de los mil euros que luego fueron seiscientos y ahora trescientos —¡y da gracias!, les dicen—, y en el que los pisos de las ministras del ramo tuvieran más de treinta metros cuadrados y… suma y sigue… Y lo hemos aplaudido.

Tenemos la peor clase política, la peor clase empresarial y la peor clase sindical de Europa. No escuchamos más que necedades y complacencias desde hace muchos años. No son fiables ni cuando les fue bien, porque es el modelo que se ha ido acumulando es el que ha traído esta situación penosa, que nos condena a sobrevivir de mala manera durante las próximas décadas. No lo digo yo. Lo están diciendo todas las instituciones que nos rodean y cuyos mensajes se aligeran o pierden cuando pasan por encima de los Pirineos o el Estrecho.
Nos hemos librado del sistema de alarmas que nos avisa cuando algo va mal desmantelando los medios de comunicación —complacientes y partidistas, sensacionalistas vendedores de éxitos y poco críticos—; hemos desmantelado el pensamiento de nuestras universidades, convirtiéndolas en centros de burocratismo mental en el que la gente se mata por unas migajas de financiación, unos sexenios y una plaza en propiedad, renunciando a decir al país que no lo está haciendo bien y que los mejores que pasan por sus aulas acaban en el paro o se van al extranjero porque España no los necesita porque no investiga ni innova; hemos desmantelado la cultura, embruteciendo a un país con una bazofia que escandaliza a los que llegan de fuera y pensaban encontrarse con un pueblo europeo culto y no con los índices de fracaso escolar y fracaso cultural que nos llevan a regodearnos en nuestra propia chabacanería expuesta a través de unos medios que abren sus informativos y portadas con goles y bodas de duquesas y tonadilleras.

Sin embargo, decir esto o cosas muchos peores que pueden ser dichas, no se recibe bien, incomoda. Es pesimismo antipatriótico. ¡Cómo puede ir mal un país que es campeón del mundo de tantas cosas! Nos hemos metido en el terreno más engañoso, el de una economía aparente, ficticia, en la que se alienta un consumo constante amparado en el endeudamiento. ¡Se siente uno tan rico cuando se gasta lo que no  tiene! ¡Se siente uno tan poderoso sabiendo que tu casa —tuya y de tu banco— sube cada día como la espuma y que con esa espuma te permiten seguir endeudándote porque en el futuro valdrá lo que tu cuento de la lechera te permita soñar!

Es duro descubrir que cada uno de esos pasos en tus sueños de la lechera han generado deudas y que tienes que pagarlas, como particular y como país. Porque España está a punto de recibir esa enseñanza que nos ha costado siglos entender y que todavía está con alfileres: que los países pagan; que lo que generamos entre todos, los pagamos entre todos. ¡El español por fin va a descubrir que cuando tira un papel al suelo alguien le cobra lo que cuesta! Por fin va a descubrir, esta vez dolorosamente, que además de ponerse la camiseta roja para celebrar, hay que ponerse otras camisetas menos agradables: las de endeudados nacionales, las de parados nacionales, las de desahuciados nacionales, las de los emigrantes nacionales. Son otras selecciones con las que también somos punteros.
Hay que recivilizar este país; cambiar muchas cosas, porque es demasiado tiempo el que se ha perdido, casi tres décadas, en las que se han tirado por la borda del crucero de lujo los sueños anteriores de un país de progreso, los sueños de mejora social conjunta, con ganas de participar en grandes proyectos que repercutieran en beneficio de todos. La España que hizo el esfuerzo para entrar en Europa, que se modernizó en apenas unos años y cuyos visitantes decían no reconocer por lo rápido del cambio, se durmió en la complacencia y en lo fácil. De ello somos responsables todos, como en toda democracia, aunque unos más que otros. Porque la responsabilidad del que tiene que proponer objetivos colectivos es mayor, como lo es también la de las voces de los que deben ser críticos y avisar de los desvíos. Hay que renovar la clase política y, sobre todo, recivilizar este país.

Recivilizar es volver a construir un tejido civil que vele en todas las instancias por el compromiso y la seriedad de las instituciones, que denuncie los desvíos e incumplimientos, que rechace la demagogia. No es una utopía, sino algo que algunos países han sabido hacer mediante la formación constante de sus ciudadanos, a los que tratan de ofrecer mejores servicios en la administración, mejor cultura desde los medios públicos, mejor educación en las escuelas. Somos, en cambio, el país celebrante, aquel que necesita de festivos y puentes para desarrollar su modelo económico, el país de las carreras y campeonatos, el eterno aspirante a organizar algo —una jornada mundial de la juventud, unos juegos olímpicos, una Expo…, lo que sea—, porque así se llenan bares y tiendas durante unos días en los que, entre cantos y chupitos, afonías y resacas, cumplimos el ritual patrio de la fiesta, nuestro auténtico motor.


Se ha perdido mucho tiempo, pero hay que salir de este agujero que nos condena a vivir en esta situación durante años. No se trata de pintar un futuro negro. Ya tenemos un pasado y un presente negro. Se trata de comprenderlo por encima del bombardeo de los mensajes que nos dicen que esto se cura solo o que no estamos tan mal, que es cuestión de confianza, que es la crisis internacional, que esto lo arreglo yo cuando gane, etc. Mientras no asumamos que es tarea de todos, servirá de poco.

Recivilizar es que la sociedad civil, ahora inexistente, ahogada por los políticos, tome la responsabilidad del control social mediante los mecanismos a su alcance —foros, asociaciones, fundaciones, publicaciones, juntas, grupos de presión…— para conseguir proponer objetivos en beneficio de todos, asegurarse que llegan donde deben, y seguir su cumplimiento día a día, denunciándolo si no se hace. Es un trabajo extra para todos, pero es la única forma de tener un país conforme a nuestros sueños. Primero hay que soñarlo, luego hacerlo.
El plan de trabajo es sencillo: proponer ideas, luchar por llevarlas hasta donde se pueda y deba, y vigilar su cumplimiento, por un lado; por el otro, la crítica constante a lo que se considere que está mal. Cumpla y exija. No se calle ni mire para otro lado.
Para esto tienen que oírse voces nuevas, con ideas, libres de compromisos y demagogias. ¡Ya está bien de entrar con acné en los partidos y salir de ministro! Recivilizar es que se deje de escuchar a las cincuenta personas que hablan de cualquier cosa en este país y dar entrada a los miles que pueden realmente aportar algo. Hay que hacer fluir la cultura, la economía, la educación para que salgan del estancamiento en que se encuentra y que nos ha paralizado para beneficio de los que, ocurra lo que ocurra, siempre caen de pie, siempre están ahí, siempre tienen la palabra.

* "580.000 personas se van de España". El País 0/10/2011
http://www.elpais.com/articulo/sociedad/580000/personas/van/Espana/elpepisoc/20111008elpepisoc_2/Tes



miércoles, 5 de octubre de 2011

Ciudadanía: más allá de los partidos

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Durante estas décadas de democracia española, los políticos han perdido la ocasión de educarnos y nosotros la de educarlos a ellos. Han invertido más tiempo en buscar fórmulas retóricas que no soliviantaran al personal, que en buscar soluciones reales a los problemas, que se han ido acumulando. Se ha perdido la ocasión de hacer madurar la idea de ciudadanía, algo que se echa en falta cada vez con más intensidad en una parte importante de las nuevas generaciones, que se encuentran altamente desmotivadas respecto a los destinos de la sociedad. Y no es algo exclusivo de los más jóvenes.
Cada vez es más fuerte la idea de que existe una necesidad de “ciudadanía”, de sociedad civil consciente y responsable, organizada para poder dar forma y salida a sus propias necesidades más allá de lo que son los partidos políticos. La tendencia española ha sido la de la absorción política, la sobrerrepresentación de los partidos políticos.
Los partidos políticos han ido extendiendo sus tentáculos en todas las esferas de la vida social haciéndose con la representación de los ciudadanos. De esta forma lo que se ha conseguido son dos cosas: en primer lugar convertir cualquier ámbito en espejo del reparto político más próximo y, la peor parte, hacer que los ciudadanos se desentiendan de muchos aspectos de la vida civil, que ha pasado a considerarse motivo de control partidista. La suma de estos dos elementos nos ha vaciado de responsabilidades y ha cargado a los políticos con nuestras representaciones. A ellos les interesa y a muchos les resulta muy cómodo.


Esto ha permitido a las estructuras de los partidos crecer al necesitar más personas para poder cubrir los puestos que se iban creando para reproducir los parlamentos, ayuntamientos o lo que se estimara necesario. Ha hecho un país fractal, con unas instituciones con presencia permanente, a escala, de los partidos políticos. Cualquier órgano de decisión se acaba convirtiendo en un mini parlamento.
En otros países con democracias más efectivas y eficientes, no se reduce el papel de la ciudadanía, sino que, por el contrario, se trata de fomentar. Sobre todo porque invertir en desarrollo ciudadano es ganar en responsabilidad social. Los ciudadanos consideran que el buen gobierno y funcionamiento de un país es una cuestión de todos y no de solo unos cuantos, algo muy español, ya que tendemos a desentendernos de muchas cosas si pensamos que otros ya se ocupan de ellas. Son siglos con malos gobernantes, sí, pero también con malos “ciudadanos”. Y eso se paga.
Parece que el descontento que finalmente ha estallado contra la clase política debería fomentar la participación ciudadana, algo que se invoca, pero no siempre se cumple. La creación de nuevos partidos puede ser interesante en ciertos niveles, pero, en este caso significa más de lo mismo: el fortalecimiento de los partidos en detrimento de los ciudadanos, sobre todo cuando los nuevos partidos no integran ciudadanos descontentos, sino políticos descontentos con sus propios partidos que deciden fundar otros. Nos encontramos entonces con que las castas políticas creadas durante décadas invocan una novedad que no es más que relativa, ya que son las mismas personas las que siguen al frente, esta vez con nuevos partidos. La idea debe ser justamente la contraria, más ciudadanía, con independencia de que se puedan crear otros partidos. Lo que no se debe pensar es que nuevos partidos nos sigue eximiendo de nuestras responsabilidades sociales.

Partidos y ciudadanos no son elementos contrapuestos. A lo que se deben acostumbrar los partidos es a funcionar en su ámbito y a dejar que la sociedad se articule además con otros criterios de representación. Si todos los representantes de cualquier organismo o institución tienen que tener el carné de un partido, eso solo favorece a los partidos, que gestionan así sus cuotas internas para atraer afiliación y aumentar su poder de control social. Su voracidad no tiene límites.
Por el contrario una mayor presencia ciudadana supone mejor y mayor articulación social, la participación de los profesionales en cada ámbito, de los interesados directamente, de independientes, de personas que no quieran hacer de la política una profesión sino un servicio a su comunidad aportando su interés y competencia. Así, para un organismo se podrán buscar profesionales implicados en las instituciones y no realizar esa pregunta política tan española de ¿a quién tenemos allí?