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sábado, 23 de septiembre de 2017

Los Hermanos en la novela "Partir", de Tahar Ben Jelloun

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La obra novelística del escritor marroquí asentado en Francia Tahar Ben Jelloun merece ser revisada tanto por sus valores literarios (Ben Jelloun es premio Goncourt) como por la necesidad de penetrar en mundos opacos desde el otro lado de la cultura. Entre sus muchos valores, la Literatura nos permite ver el mundo desde principios y perspectivas distintas a las que poseemos. Cada texto es una reproducción del sistema cultural en el que surge recogiendo sua enciclopedia y una enunciación que coincide con la nuestra o, por el contrario, nos permite adentrarnos en un camino diferente en el que podemos encontrar piezas del gigantesco rompecabezas que es este mundo globalizado en el que la culturas se encuentran y chocan entre malentendidos y distorsiones, estereotipos y cegueras.
"Partir" (2005, 2006 en España) es una novela particularmente interesante para los españoles ya que nos muestra cómo es percibida "España" desde el otro lado del estrecho. Nos mete en la mente de los que desde suelo marroquí contemplan las luces de nuestras costas. Nosotros somos parte de un sueño, de unas expectativas que la contemplación diaria, los relatos de los que están aquí o regresan a su tierra, las experiencias coloniales, etc. han creado.
La carrera literaria de Tahar Ben Jelloun (1944) comenzó en 1970 e incluye una larga obra dedicada principalmente a la novela, pero  también en la poesía y con interesantes incursiones en el ensayo. Fue en esta modalidad que reseñamos aquí su librito sobre la "Primavera árabe", que Alianza había publicado al hilo de los levantamientos. Ben Jelloun ha usado la literatura para explicar a los más jóvenes qué es el islam o qué es el racismo tratando de ser sencillo y eficaz. Se le ha concedido por ello y por sus obras literarias premios y doctorados honoríficos por diversas universidades. Posee, además, algunos de los más importantes premios literarios en lengua francesa.
Ya habrá ocasiones de entrar en otros valiosos aspectos de su obra. Me interesa ahora recoger un tema de actualidad en el mundo árabe musulmán: la cuestión de los Hermanos Musulmanes.


En su visita a Naciones Unidas estos días, el presidente Sisi llevaba de nuevo en su maleta un tema que resulta incómodo para todos: la declaración de "grupo terrorista" a la Hermandad Musulmana. La cuestión es compleja porque implica muchos niveles y muchas cuestiones en diversos frentes.
El primero de ellos es el hecho de que el actual presidente egipcio fuera el ministro de Defensa del gobierno presidido por el Hermano Mohamed Morsi derrocado por el "no-coup" y la posterior matanza de islamistas. Esto es un hecho histórico, lo que no significa que sea reconocido e interpretado por las partes de la misma manera.
La responsabilidad que los egipcios atribuyen a la administración Obama con Hillary Clinton en el apoyo de los Hermanos Musulmanes en el gobierno no puede obviar que fueron los propios egipcios los que votaron a Morsi y a los salafistas dándoles una amplísima mayoría parlamentaria que les permitió hacer lo que quisieron sin preocuparse por los demás. Responsabilizar a los Estados Unidos (que sí tenía responsabilidad) no significa limpiar hipócritamente su propia responsabilidad como electores. De no haber jugado sus cartas tan rematadamente mal los restos del Estado de Mubarak y haber apoyado unas fuerzas democráticas plenamente, el resultado habría sido otro. Sin embargo (con conspiración o sin ella) lo cierto es que empujaron a los votantes egipcios a los brazos de unos islamistas, que una vez más, engañaron con su palabrería de gobernar para todos. Recibieron tanto poder que se les hincharon las ambiciones, causando finalmente su propia destrucción por los errores cometidos. Aquí hemos repetido muchas veces —porque hay algunos muy desmemoriados— que la Unión Europea, por boca de Merkel, recriminó la forma sectaria de hacer política de Morsi marginando a minorías (los coptos) y a las mujeres. Pero es más útil (y muy peligroso) considerar que Occidente apoyaba a los Hermanos. En este sentido, la manipulación mediática es parte del mundo egipcio, con lo que se cierra apoyos que podría tener y no el recelo hacia sus actitudes.


Los Hermanos Musulmanes no son un partido político (tuvieron que hacer uno) ni un grupo político. Son una red, con funcionamiento adaptativo eficaz, para el cumplimiento de un único objetivo: la islamización doctrinal y política de los países. Los Hermanos buscan la creación de un estado islámico mediante la islamización social, por eso les molesta que los términos se asemejen a los del Estado Islámico. Todos buscan lo mismo pero difieren en los métodos. El objetivo de todo los grupos —y por lo que rivalizan en su influencia— es la islamización, término positivo con contrapartida negativa: la desoccidentalización, antimodernización y la sustitución de una "democracia" a la occidental por un liderazgo islámico, en el que lo único que se discute es quién es está más cerca de la estrategia para conseguir los fines comunes, que son indiscutibles: el asentamiento musulmán en el mundo. La reislamización se puede hacer por abajo (socialmente, controlando la comunidad mediante diversos servicios asistenciales y atacando al estado por sus carencias) y por arriba (desde los gobiernos, como actualmente en Turquía o en el Egipto de Morsi). El arriba y el abajo se encuentran separados o actuando conjuntamente.

Como grupo es adaptable a las circunstancias. Los medios para conseguir los fines fijos son variables y pueden ser violentos o políticos según sea más eficaz. Siempre veremos la cara que desean mostrar.
Los Hermanos Musulmanes se diferencian de otros grupos del mundo árabe en que son antimonárquicos (así pueden llegar al poder, por eso Arabia Saudí no lo quiere) e internacionalistas (por eso los nacionalistas se enfrentan a ellos y se acusa a Morsi de traición por sus contactos con Hamas, etc.). Como todo grupo islamista, busca el control absoluto de la sociedad y la extensión del mensaje. En su origen, los textos de Hassan el-Banna se orientaban a una estrategia común para vencer al colonialismo, es decir, la ocupación inglesa de Egipto. Eso les hizo ganar fuerza de piadosos y anticoloniales. Nasser los aprovechó por su base social y luego se enfrentó mortalmente a ellos por ser antimodernos. El hecho real es que, en la cárcel o no, su poder se extendió (y se extiende más allá de las fronteras de Egipto y allí donde anidan se hacen rápidamente con los accesos del poder. han sido acogidos en distintos países, en donde han tenido cuidado por dar su cara más "amable" hasta que se hacen con el poder, en cuyo caso esa cara desaparece y comienza el uso de la fuerza de la imposición. Erdogan es un caso claro de islamismo desenmascarado: una vez conseguido todo el poder, el retroceso democrático, las purgas, la censura, etc. se pone en marcha. Mohamed Morsi, vanidosamente egipcio, lo quiso hacer en meses y labró el rechazo mayoritario de los que le había apoyado anteriormente. Esto fue aprovechado para volver a la casilla de salida y reponer parte del régimen de Mubarak.
Lo anterior requeriría muchos matices y complementos, pero creo que es suficiente para leer los fragmentos de la novela de Tahar Ben Jelloun, "Partir", que escrita en 2005 se aleja de las perturbaciones y malentendidos causados por los efectos de la Primavera Árabe.
Creo que se debe seguir la secuencia que la propia novela presenta al mostrarnos la llegada del joven marroquí Azel y de algunos otros personajes que tienen sus encuentros con los Hermanos Musulmanes.
En estos fragmentos se nos muestra su presencia en España y el papel que juegan en las vidas de los recién llegados:

En cuanto llegó a Europa, su tío se hizo cargo de él. Lo alistó en un grupúsculo liderado por él que se congregaba todas las noches para leer el Corán y escuchar las charlas religiosas que daba un egipcio, que se decía ulema, sabio en religión. Esas reuniones tenían algo de lúgubre. Mohamed Larbi, adoctrinado por su tío, escuchaba atentamente y cumplía con las consignas del ulema. Cada vez se trataba un tema: la relación del hombre con la mujer, cómo mantener la superioridad absoluta del hombre sobre ésta, contrarrestar la propaganda occidental que intenta aniquilar el poder masculino, cumplir con el deber conyugal sin caer en el vicio…   
El ulema hablaba de manera muy directa:  
 —No lo olvidéis jamás, las astucias de las mujeres son terribles, Dios nos lo ha enseñado y nos ha avisado, sabed que el Mal se origina en el cuerpo y el corazón de la mujer, pero el Bien también puede encarnarse en ellas, pensad en vuestras madres… Estad muy atentos al porvenir de vuestras hijas, aquí, en tierra de cristianos… ¿O acaso no os habéis enterado de que la policía de este país convocó hace unos días a uno de mis amigos, un hombre virtuoso, para que explicase la paliza que había dado a su hija mayor que lo desobedecía? ¡Quería salir de noche, maquillada y dispuesta a cualquier aventura! ¡Dios nos libre! ¿Os dais cuenta de que aquí se castiga al padre de familia porque vela sobre la virtud de su hija? Occidente está enfermo y nosotros no queremos que contamine a nuestros hijos. ¿Habéis oído hablar de esas leyes que permiten a los hombres casarse entre ellos e incluso adoptar niños? ¡Esta sociedad está perdiendo la cabeza! Por eso, debéis reforzar la vigilancia con vuestros hijos, con vuestras hijas sobre todo, para que no caigan en la moda del vicio. ¡Mirad las paredes de Bruselas! Dicen que es sólo publicidad: ¡mujeres medio desnudas que enseñan las nalgas para anunciar un coche! ¡Hombres maquillados como mujerzuelas posando para vender un perfume! Nosotros no tenemos nada en común con esos vicios, ese olvido de los valores, de la familia, del respeto a las personas mayores, nosotros vivimos aquí porque ése es nuestro destino, Dios lo ha querido y estamos entre las manos de Dios que nos observa y nos pone a prueba. ¿Vamos a entregar a nuestros hijos a esta sociedad impía? ¿Vamos a dejarlos actuar sin reaccionar, sin decir nada? No, hermanos. Somos musulmanes, responsables y solidarios, pertenecemos a la misma casa, a la misma nación, a la Umma Islamiya. Nadie escapa de esta gran casa. Hemos nacido musulmanes y musulmanes volveremos al Creador…   
El ulema, por supuesto, no hacía más que repetir lo que otros inmigrantes comentaban en los cafés. Sus charlas no aportaban ningún elemento original. Probablemente, Mohamed Larbi había oído ese discurso en el mismo Tánger, y, en particular, en verano, cuando las familias de los emigrantes regresan para las vacaciones. ¿O acaso no se acordaba de esos adolescentes arrogantes y engreídos, esos niños mal criados, violentos, ni europeos ni marroquíes, que se paseaban ostentosamente en coches lujosos?*


Aunque la referencia no es directa a los Hermanos Musulmanes en cuanto a la organización, se incorpora  el concepto de "hermandad" que sirve de metáfora a la organización y a la idea de control sobre los otros por encima de cualquier circunstancia: se nace musulmán y se muere musulmán.
En estos momentos en los que se debate el papel de los imames tras los atentados de Cataluña en los que se había creado una comunidad a su alrededor es interesante acercarse de forma novelística a lo que escuchamos y leemos de forma habitual en muchos diarios de Oriente Medio. El discurso de la "pureza" frente a un occidente "perverso", en decadencia moral, es común a todas las prédicas. Todos deben permanecer unidos frente al peligro de la degradación occidental. La obediencia al ulema es la aceptación de la palabra de dios, de la que es transmisor, y el reconocimiento del pecado.
El discurso, se nos dice a través de la reflexión del personaje, se escucha aquí (en Europa) y allí para evitar la seducción por parte de los que regresan cargados de bienes y lujos, luciendo lo conseguido durante su estancia en el exterior. Los mediadores religiosos tratan de evitar la emigración y de neutralizar el regreso. Se asientan en las comunidades (como ha ocurrido en Cataluña) para evitar que los jóvenes escojan un camino de alejamiento. Montan también (como ha ocurrido en Alemania con la llamada "Policía de la Sharia") la vigilancia de los barrios y comunidades poblados por musulmanes.
Especial relevancia tiene en el fragmento la vigilancia de las mujeres. La indignación ante las denuncias por los maltratos "correctores" a hijas o esposas es una forma habitual de evitar que se pueda cambiar la perspectiva patriarcal como efecto de la vida en el exterior. Los conflictos con las hijas son importantes y se resuelven imponiendo la autoridad, evitando que la idea de un derecho de las mujeres surja en ellas.


Yo mismo he tenido ocasión, en un viaje a El Cairo hace unos años, de escuchar el mismo discurso sobre la "vileza occidental". La moralidad es un privilegio exclusivo del que sigue la verdadera doctrina y la hace cumplir para evitar el desastre de la corrupción, conspiración mediante la que Occidente trata de destruir al islam.
Unos pocos párrafos más allá en el texto, se vuelve a recuperar la presencia del ulema:

Casualmente, esa misma semana el ulema regaló a Mohamed Larbi un teléfono móvil. Lo hizo en previsión de un próximo viaje a Egipto, donde debía seguir unos cursos de religión. Una buena oportunidad, le había dicho su tío.   
—Te has ganado la confianza del ulema, no debes decepcionarlo. Vais a viajar unos diez jóvenes a El Cairo, allí los Hermanos se ocuparán de vosotros. Ya verás, El Cairo es una ciudad muy bonita, los Hermanos son buena gente, buenos musulmanes en guerra contra la corrupción y el vicio.   
La primera llamada fue para Nadia. Atendió el ulema que reconoció el número. No se enfadó, no dijo nada, se encerró en su cuarto e hizo algunas llamadas de teléfono en lenguaje codificado. Ese día, se selló el destino de Mohamed Larbi. De Egipto lo enviaron a un campo de entrenamiento en Pakistán, desde el que nadie lo vio jamás regresar.*

En este segundo párrafo se establece la conexión del genérico "hermanos" (todos los musulmanes) al concreto "Hermanos" (la organización) en donde se nos da cuenta de sus actividades. El ulema ha actuado como "reclutador"; ha localizado a los más receptivos al mensaje antioccidental y los ha enviado a El Cairo. Allí se encontrará con los verdaderos luchadores, no solo habladores. La definición de los "Hermanos" como "buenos musulmanes", como se hace en el texto, es importante ya que se nace y muere "musulmán", pero se puede ser mal musulmán. Ser "buen musulmán" implica aquí dos fases, la primera es la estar "en guerra con la corrupción y el vicio"; la segunda la lucha activa. Una vez que se ha identificado el mal —"corrupción y vicio"— y se ha establecido que es el estado natural de Occidente, la guerra contra Occidente es una consecuencia lógica, por lo que el joven acabará en un campo de entrenamiento terrorista en Pakistán.
Recordarán los hipotéticos lectores de estos textos, la importancia que dimos al tuit de uno de los jóvenes terroristas que decía desear destruir a "occidente y los malos musulmanes". En esta última categoría entran todos los que se han dejado seducir por Occidente (origen del mal) o simplemente que no siguen sus cada vez más estrictas y estrechas normas.
La remisión a El Cairo no es casual. No se trata de que sea el origen histórico, el Egipto de los años 20, sino de ser el centro organizativo en el que se formarán doctrinalmente y enviados posteriormente a Pakistán. Tahar Ben Jelloun no dice cuánto tiempo pasaron los jóvenes en El Cairo antes de salir para Pakistán a recibir el entrenamiento terrorista, pero es previsible que fueran "revisados" y "reforzados" antes de ir a su destino formativo final. Después serían enviados a cualquier lugar en el que fueran necesarios para un atentado.
Una tercera situación de la novela nos muestra otros aspectos interesantes de cómo actúan los Hermanos:

Mientras soltaba ese discurso, un hombre sentado en una estera en el fondo de la minúscula tienda, tosió varias veces. Azel preguntó quién era.   
—Es Hammu, un tío que quemó una parte del mar en una barca y el resto a nado. Cogió una pulmonía o algo parecido. Tose, escupe flemas asquerosas, tendríamos que encontrarle un médico que no lo denuncie a la policía, tu amigo podría arreglar eso, ¿no?   
Azel no quería mezclar a Miguel en aquella historia.   
—Yo podría conseguir algo de dinero para comprarle medicinas.   
—No, olvídalo, creo que los Hermanos van a ocuparse de él. Les gusta ayudar en ese tipo de situaciones.   
Azel entendió perfectamente que los «Hermanos» eran los islamistas. No hizo ningún comentario, pero Abbas notó el gesto de desagrado de Azel.   
—Bueno, ya se sabe, los Hermanos no hacen nada gratuitamente, se presentarán luego y pedirán que les haga algún favorcillo, hasta el momento yo no he querido que me ayuden, por eso te he hablado de tu amigo, pero si es imposible, voy a verme obligado a aceptar su ayuda, tienen entre ellos médicos, abogados, gente con dinero, están bien organizados, nunca hubiera imaginado que los musulmanes se pudieran organizar tan bien.  
 —¡Qué racista eres!   
—Uno no puede ser racista contra los de su propio campo, eso no es racismo, eso es conocer. Yo no he estudiado una carrera, me las voy apañando, la escuela de la vida me ha enseñado mucho, por ejemplo, si quieres salir adelante, tienes que aceptar oír cosas no muy agradables sobre tu propia comunidad. ¡Ojo! Hablo así contigo, con los spaniulis, por el contrario, soy más árabe que Gadafi.*


El fragmento es interesante porque nos muestra ambas caras, a amable y la interesada. Los Hermanos han ganado el prestigio asistencial en unas sociedades corruptas en la que atención de las personas (sanitaria en este caso) ha fracasado. Ante las carencias más básicas, los Hermanos ejercen una "caridad" crítica, es decir, la usan para contraer deudas —cobrarse los favores— con las personas creando redes de dependencia y servicios.
Es interesante también la alusión a la "organización" de los Hermanos, a su buen orden en un mundo caótico. Este es su valor más importante pues es lo que les lleva a poder ganar unas elecciones en Egipto, Túnez o Turquía. Allí donde actúan, los Hermanos imponen su orden sobre el caos. Los Hermanos no son un partido, pero pueden producirlo en pocos días gracias a su organización, como hicieron en Egipto, y ganar unas elecciones haciéndose con el poder. Los partidos no son más que instrumentos (a la occidental) para un fin, conseguir el poder.
No son solo organización; también son inmensas cantidades de capitales que se mueven por el mundo comprando negocios o cadenas de televisión, invirtiendo en  empresas, etc. Los Hermanos son una internacional, no un fenómeno egipcio exclusivamente. La llegada al poder de Mohamed Morsi en Egipto movilizó rápidamente a los hombres de negocios de países como Turquía para que se pusieran en contacto con los islamistas empresariales egipcios. Los negocios florecen entre ellos y parte de los beneficios (además de los negocios oscuros de sus dirigentes, como Erdogan y su familia) vuelven a la organización que los invierte allí donde sean más necesarios.
La Hermandad se asemeja a una organización proteica, que muestra la cara que le interesa que otros vean. Evidentemente, los hay que de buena fe piensan que son una alternativa democrática al caos de Oriente Medio. Los islamistas no son nunca demócratas. La democracia implica la voluntad humana, el control del destino propio y común, y para ellos solo hay "sumisión" al mandato divino, que ellos dicen interpretar correctamente.


La pregunta, por tanto, no es si los islamistas pueden ser "demócratas" sino si es posible que haya democracia en los países árabes. Esa es la lucha de muchos que han quedado en medio, que recelan de Occidente y de los islamistas. Mientras no haya una reconstrucción sincera y honesta de las relaciones que levanten los recelos, es muy difícil que los que quieren una democracia real puedan tenerla pues carecen de lo que a los Hermanos les sobra: organización y apoyo.
La última de las apariciones de los Hermanos Musulmanes en la novela "Partir" tiene un sentido aclaratorio sobre el destino de los que no siguen su juego o ellos consideran que pueden obstaculizar sus avances y poner en peligro sus fines:

La portera del edificio dijo haber visto la víspera a Azel acompañado de dos hombres, moros, precisó la mujer. Una vez arriba, el policía llamó al timbre insistentemente pero nadie abrió. Pidió refuerzos para tirar la puerta abajo.
Azel yacía en el suelo, degollado, con la cabeza en un charco de sangre. Como un cordero del Aid el Kebir, los Hermanos lo habían pasado a cuchillo.

Se entenderá ahora que la pregunta sobre si la Hermandad Musulmana es un grupo terrorista o no tienen una inmensa cantidad de matices que dependerá de la perspectiva del momento y de lo que le interese mostrar. Por más que intente ser valorada por sus caras sonrientes y sus aspiraciones modernas, no se debe dejar de mirar a sus maneras autoritarias disfrazadas de piedad religiosa. Lo que perciben como obstáculo, sencillamente lo destruyen. Puede que algunos no piensen así, pero eso no es obstáculo para la organización, que siempre tendrá miembros que creerán estar sirviendo a Dios cortando cuellos o volando edificios para traer la paz al mundo.
Lo que hemos visto descrito en estos cuatro fragmentos de la novela es un recorrido por una organización que es capaz de estar presente en medio de la comunidad marroquí en España, que está en Marruecos, en Egipto o en Pakistán; una organización que es capaz de atender situaciones médicas o mandar personas de España a El Cairo y Pakistán. Es una organización capaz de ganar las elecciones en Marruecos, en Túnez, en Egipto y en Turquía, que controla parte de Palestina con Hamas, etc. Está fuertemente jerarquizada desde el líder supremo a la casa más humilde y exige obediencia en todos sus niveles.


Es difícil luchar con ella porque tras esas luchas siempre existen oscuras relaciones con el poder. Los Hermanos han infiltrado en mayor o menor medida los medios, la judicatura, el ejército, la policía, los sindicatos (especialmente los médicos)... y la universidad de Al-Azhar., en la que siguen las luchas internas Hay miembros conocidos y muchos otros desconocidos que sencillamente actúan como buenos y obedientes miembros, imágenes amables en sus comunidades y orientadores de la opinión, hasta que sean reclamados para cumplir en los puestos para los que sean designados por la organización.
En las primeras elecciones egipcias en que participaron, muchos jóvenes se les rebelaron porque no estaban dispuestos a aceptar aquella jerarquía que les sustraía algo esencial en una democracia: la libertad de a quién votar. Ellos quería obediencia ciega.
Una novela es una novela, pero es también una mirada. Lo que se cuenta se hace con un grado mayor o menor de fidelidad a lo que ocurre. Pero es importante ver cómo, en medio de una trama, se crea un fondo en el que no solo los personajes sino también las personas reales se encuentran inmersas. Creo que lo reflejado por Tahr Ben Jelloun en "Partir" es una forma de verdad novelesca que ofrece, con los rasgos del arte, una realidad sobre un lienzo literario.
"Partir" es una novela muy interesante, más allá de la cuestión que traemos hoy. Habla de sueños y frustraciones, de atracción y repulsión, de amor y odio. Nos permite entrar en esa vida difícil e ignorada de la que solo vemos aquello que nos ofrecen. En estos tiempos en que los periódicos se llenan de noticias sobre cosas que no llegamos a entender, es bueno entrar en la realidad por otras puertas y ventanas. La novela de Tahar Ben Jelloun no ofrece una de ellas.



* Tahar Ben Jelloun. "Partir". Traducción de Malika Embarek. El aleph. Barcelona, 2006. 236 pp.



viernes, 7 de agosto de 2015

Una vieja entrevista actual

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Ayer descubrí buscando documentación sobre el orientalista Bernard Lewis una entrevista publicada en ABC con fecha del 4 de abril de 2011, es decir, en plena efervescencia de la llamada "Primavera" o "Primaveras" árabes. La entrevista está tomada de The Wall Street Journal y realizada por Bari Weiss. El titular era acorde con  el optimismo de los tiempos: "Las tiranías árabes están condenadas". Pero pronto descubrimos que es más una focalización periodística que el sentido real de la entrevista en la que, caso infrecuente, Lewis hace una serie de "predicciones" de lo que puede ocurrir en el caso de que se den ciertas circunstancias.
Tras la obligada presentación de Lewis, de 95 años entonces, como académico, se señalan los efectos de su libro "¿Qué ha fallado? El impacto de Occidente y la respuesta de Oriente Próximo", redactado antes del 11 de septiembre de 2011 e iluminador después. Lewis ha sido reclamado como asesor por el vicepresidente y el Pentágono, se nos dice, por "su sabiduría". Sus obras, repasando la bibliografía, se reparten entre la Historia, la Literatura y lo que podríamos llamar el ensayo cultural sobre las civilizaciones. Para esto último hay que tener cierta vocación diferenciada pues supone volcar de otra manera lo aprendido con los otros dos campos anteriores: la Historia como acontecimientos y acciones y los discursos literarios como arqueología del hombre interior, tal como la consideraba el positivista Hipólito Taine, que veía en el Arte las huellas del pensamiento. La Literatura enseña mucho de los pueblos, de sus deseos y frustraciones, de sus sueños y pesadillas.

«Creo que las tiranías están condenadas», dice Lewis mientras nos sentamos junto a las ventanas de su biblioteca, abarrotada con miles de libros escritos en la docena aproximada de idiomas que domina. «La verdadera pregunta es qué llegará en su lugar».*

La entrevista, que estructurada en diez puntos, le permite a Bernard Lewis intentar responder a esa "verdadera pregunta" que es la que los prudentes tratan de evitar contestar, pero que el orientalista introduce por su propia voluntad.
Los diez puntos que vertebran la entrevista son los siguientes:

1. La Alemania de 1918 como ejemplo
2. La tradición islámica
3. La palabra mágica: «consulta»
4. La «modernización» árabe
5. Posibilidades en Túnez
6. Egipto: más complejo
7. El fantasma de Jomeini
8. No intervenir en Irán
9. Reislamización en Turquía
10. Vigilar la propagación del fundamentalismo


En los primeros, Lewis hace observaciones generales y algunas advertencias sobre lo que puede ocurrir si el proceso se plantea de forma equivocada. Después analizará la situación de algunos países y sus posibilidades de evolución y cambio, para analizar posteriormente otros agentes importantes del área.
En el primer punto, Lewis advierte sobre el forzar los procesos de la Primavera árabe para que se realicen inmediatamente elecciones parlamentarias y se imponga un modelo "occidental" de democracia. Señala el entrevistado:

«Tenemos muchas más posibilidades de establecer —me da reparo usar la palabra democracia— alguna clase de sociedad abierta y tolerante si se hace dentro de sus sistemas, de acuerdo con sus tradiciones. ¿Por qué tenemos que esperar que adopten un sistema occidental? ¿Y por qué tenemos que esperar que funcione?», pregunta.
Lewis menciona la Alemania de alrededor de 1918. «Después de la Primera Guerra Mundial, los aliados victoriosos trataron de imponer el sistema parlamentario en Alemania, donde tenían una tradición política un tanto diferente. Y la consecuencia fue que Hitler llegó al poder. Hitler llegó al poder mediante la manipulación de unas elecciones libres y justas», relata Lewis, que luchó contra los nazis en el Ejército británico. Por citar un ejemplo más reciente, fíjense en el triunfo electoral de 2006 de Hamás en Gaza.
Las elecciones, sostiene, deben ser la culminación —no el comienzo— de un proceso político gradual. Por tanto, «hacer hincapié continuamente en las elecciones, las elecciones parlamentarias de tipo occidental, es una falsa ilusión peligrosa».*


El tiempo le ha dado parcialmente la razón. La realización rápida de elecciones, allí donde fue posible, favoreció a los islamistas políticos. Y secuestraron la democracia. La evaluación de estos acontecimientos no es sencilla porque desconocemos históricamente —me refiero a más allá del rumor o la creencia— el grado de apuesta de los Estados Unidos por los islamistas políticos, es decir, por los grupos vinculados a los Hermanos Musulmanes. Para muchos analistas —especialmente en los propios países—, el apoyo de los Estados Unidos a los islamistas en la zona formaba parte de su estrategia de seguridad, una estrategia completamente fallida y que llevó al poder a unos gobiernos retrógrados, de oscuras conexiones. El caso de Egipto es el más evidente, con la labor de Morsi durante su único año en el poder, al que llegó, como se recuerda con frecuencia, como Hitler, con unas elecciones, pero en el que trató de implantar una constitución islamista. Desde el punto de vista de los afectados, esto no tiene ninguna duda y el signo más evidente fue las protestas populares contra la embajadora Patterson en El Cairo y la identificación del presidente Obama con el "terrorismo" en las pancartas.


La prisa por seguir teniendo aliados en los gobiernos hizo que se precipitaran las elecciones. También es cierto que no fueron los únicos con prisa, dadas las dudas que el comportamiento de los gobiernos interinos militares suscitaban. El descubrimiento que provoca más melancolía en todo esto es el hecho de que los que se pusieron al frente de los levantamientos no tenían demasiado interés en las libertades, sino solo en hacerse con un poder que les permitiera continuar con el control del país. ¿Fueron los Hermanos Musulmanes y afines los candidatos de los Estados Unidos en Túnez, Egipto, etc.? Para muchos no hay duda. ¿Se equivocaron? Tampoco la hay.
En el punto segundo, Lewis enfrenta los modelos políticos desde la perspectiva de culturas con tradiciones distintas, la occidental y la musulmana. Señala:

«El conjunto de la tradición islámica está claramente en contra del gobierno autocrático e irresponsable», afirma Lewis. «Existe una tradición muy arraigada —tanto histórica como legal, tanto práctica como teórica— de gobierno limitado, controlado».
[...] «No creo que podamos dar por hecho que el sistema angloestadounidense de democracia sea una especie de norma mundial, un ideal mundial», afirma. En vez de eso, a los musulmanes se les debe «permitir —y por supuesto ayudar y animar— a desarrollar sus propias formas de hacer las cosas».*

Tiene razón Lewis cuando señala esa tradición islámica. No creo que exista ninguna tradición en el mundo que celebre el "gobierno autocrático e irresponsable". Sin embargo esa tradición se ciñe al cumplimiento de los preceptos coránicos. Un buen gobernante es el que hace lo que debe —lo que manda la ley islámica, la Sharia— y entonces debe ser obedecido. Es decir, no se admite un gobierno autocrático y menos irresponsable. Pero eso no significa democrático. La diferencia es obvia y esencial: en nuestro modelo de democracia la soberanía reside en el pueblo, al que los gobernantes deben obedecer. En el marco islámico, la perfección se alcanza cuando gobernante y gobernados acatan los preceptos coránicos y derivados. El pueblo no "gobierna", tan solo elige a quien le hace seguir por el buen camino.
Es ahí donde radica gran parte del conflicto de la modernidad política en los países islámicos porque la soberanía popular no entra como deseo de autodeterminación, siendo el gobernante un instrumento para realizar ese deseo y por el que será juzgado. La sumisión a la Ley dada obliga a todos. Este argumento de la elección de los dirigentes o guías se suele utilizar a veces para hablar de la democracia, sin embargo, si este importante principio es imposible considerarlo en un sentido pleno. Esto explica lo ocurrido tras las elecciones en la que los islamistas imponen a los demás su forma de entender la política o la acusación y llamadas a la desobediencia (o peor) contra los dirigentes o votantes que discrepan o desean otra cosa. El debate sobre el papel de la Sharia no es casual; marca los límites del cambio y de la acción política.


Eso es lo que le lleva a la conclusión del tercer punto de la entrevista, la "consulta", considerada "palabra mágica". Es cierto de nuevo que —por los motivos expresados anteriormente— se extrema la vigilancia sobre el que tiene el poder. En eso el islam tuvo una ventaja frente a los absolutismos, en donde los gobernantes no tenían que dar explicaciones más que ante Dios. Lewis trata de ilustrarlo con una anécdota:

Lewis me señala una carta escrita por el embajador de Francia en Estambul poco antes de la Revolución Francesa. El Gobierno francés estaba frustrado por lo mucho que el embajador estaba tardando en avanzar determinadas negociaciones. Por eso respondió: «Aquí no es como en Francia, donde el rey es el único señor y hace lo que le place. Aquí, el sultán tiene que consultar».
En la historia de Oriente Próximo, «consulta es la palabra mágica. Aparece una y otra vez en los textos islámicos clásicos. Se remonta a la época del Profeta», afirma Lewis.*

Sí, pero es precisamente la Revolución Francesa la que acaba con ese modelo y hace que las consultas se hagan al pueblo y no a consejos de clérigos o ancianos. La "consulta" nace precisamente de esa necesidad de observación constante para que el gobernante no se aparte de la ley islámica. La sabiduría de los asesores consultados es su conocimiento religioso y no otro, ya que este engloba cualquier tipo de saber posible. Se puede ver en el caso egipcio en la necesidad de consulta con los clérigos de la Universidad de Al-Azhar o en muchos otros terrenos. Es la garantía de que el gobernante estará asesorado por los mejores conocedores del Corán. Son los "eruditos" los que asesoran sobre la interpretación más acorde con el Texto.

Los islamistas radicales no admiten cualquier conocimiento fuera del Corán. No hace muchos días comentábamos aquí ("Dos artículos o el verdadero campo de batalla delas "civilizaciones" 25/07/2015) lo señalado por el médico egipcio y presentador de televisión Khaled Montasser recriminando a un "erudito" sus artículos en Al-Ahram intentando mostrar que en Corán estaban ya los descubrimientos que los científicos acaban de exponer sobre Plutón. Habría cientos de ejemplos en este sentido.
La cuestión que plantea Lewis en realidad no es fácil de resolver porque el modelo islámico entra en contradicción teórica por un lado, pero también práctica ya que no se ha llegado a un grado de apertura que permita a la gente que vive en esas sociedades vivir fuera del modelo estándar islámico. Es decir, no es posible dejar de ser islámico. El sistema se ha blindado justificando la eliminación de quienes quieran salir o de quienes intenten mover sus límites. Esa es la función precisamente de la "consulta", evitarlo.
En una obra "El islam que da miedo", aparecida este mismo año en Francia y ya traducida, el novelista y ensayista asentado en Francia, Tahar Ben Jelloun, trata de establecer las distancias entre el islam y la idea de "laicidad", surgida en Francia. En un diálogo literario con su hija, musulmana y francesa, llega a los límites del sistema:

Discurso inaudible. La umma islamiya abarca a todos los musulmanes, tanto a los buenos como a los malos. No puedes salir de la comunidad. Naces musulmán y mueres musulmán. Salirse del islam es una ruptura que cuesta cara. La apostasía espera al final del camino. Dios castiga al apóstata. Aunque en esta Tierra no esté prevista la condena para el que reniega de la religión musulmana, unos Estados se encargan de castigar aquí: a muerte o a la indignidad cívica. Pero ya se sabe: lo propio del las muchedumbres es la sordera y la ceguera. (22)**

Es el drama de los reformistas, combatidos por los que los consideran enemigos y que condenan al anacronismo y a la falta de libertad a millones de personas que tienen que fingir o exiliarse. Si adquieren protagonismo y pueden servir de referencia a otros, inmediatamente son eliminados, como tantos otros. Si el sistema evita su propia evolución se convierte una trampa gigantesca de la que solo se puede escapar relativamente "Naces musulmán y mueres musulmán". La "comunidad" te "aconseja" cómo te debes portar. Después ya sabes el riesgo.  Ben Jelloun señala su sentimiento tras una conferencia en su tierra tras la cual se le pregunta directamente "¿eres ateo?". Intenta defenderse apelando al su derecho a vivir la religión internamente y no tener que dar explicaciones. Pero no está en Francia. "Me doy cuenta de que estoy ante un tribunal improvisado" (22-23)**.


Bernard Lewis conoce esta sentido de la palabra "consulta". Sabe su alcance y lo que implica de sujeción, pero también de obediencia obligada a los eruditos consultados. De ahí la importancia de las escuelas interpretativas.
Pasa el entrevistado a señalar las diferencias sobre la que se construyen los malentendidos, el concepto de libertad:

Los estadounidenses suelen pensar en el gobierno limitado desde el punto de vista de la «libertad», pero Lewis explica que esa palabra no tiene un equivalente concreto en árabe. «Libertad, liberación, significa no ser un esclavo... Libertad era un término legal y social, no era un término político. Y no se usaba como metáfora de categoría política», afirma. La palabra árabe más cercana a nuestro concepto de libertad es «justicia». «En la tradición musulmana, la justicia es el referente» del buen gobierno.*

No hay que caer en los engaños de las palabras. Efectivamente, si "libertad" es equívoca, no lo es menos "justicia", pues solo es justo lo que se ajusta a la ley islámica, cerrando en un círculo vicioso. Jueces y gobernantes tienen la ley como referencia; están tan obligados como los demás. Pero las leyes no evolucionan conforme evolucionan las sociedades; por el contrario, es la estabilidad de la Ley la que garantiza la pureza social. Lo que está mal lo está desde el principio de los tiempos; igual lo que está bien. Todo quedó fijado para conocimiento de los hombres. La Historia no es más que un recorrido de aceptación u olvido del Mensaje.
La posibilidad de una evolución no traumática o no autoritaria es muy improbable en términos pacíficos. Eso lo estamos viendo ya de forma clara. Los partidarios de las revoluciones acabaron en su propio conflicto respecto al futuro. Los islamistas iban contra los dictadores porque los consideraban alejados del modelo islámico ortodoxo, como "faraones"; mientras que los liberales, demócratas, tienen una visión de libertad basada en la conciencia individual. Esta lucha no es nueva y es la que siguió tras los procesos de descolonización en la que las revoluciones tenían carácter laico y socialista. La regresión islamista favorecida desde los países del Golfo, inundados de millones por el petróleo y amparados por los Estados Unidos para asegurarse el petróleo, ha complicado las cosas. Esa es la lucha actual cuya concreción es el yihadismo y el Estado Islámico: la imposición por la fuerza de la lógica extrema. Ellos son los verdaderos creyentes. Son, por usar el título del libro citado de Ben Jelloun, "el islam que da miedo". Y a quien primero dan miedo es a los propios musulmanes, las verdaderas víctimas de su fanatismo involutivo. Son fundamentalistas, aplican los principios a rajatabla.


En el cuarto punto, Lewis identifica "modernización" con el "Estado· y el "estado" con la "autocracia". Los límites que la consulta tradicional imponía a los gobernantes desaparecen con la introducción de los estados modernos que los dictadores hacen crecer para incrementar su poder. La "modernización", dice, tiene "mala fama" porque se identifica con los dictadores.
Puede que no le falte razón en un sentido histórico. Pero tampoco es correcto identificar "estado" con "dictadura". Es algo que hacen, desde el ángulo opuesto de la individualidad, los "libertarios" norteamericanos, con los que no creo que Lewis tenga mucho que ver. La caída de Gadafi dejó en evidencia cómo este había jugado con una estructura tribal para mantenerse en el poder. El caos libio lo tenemos ahora mismo delante. Es cierto pues que el crecimiento del Estado sirvió para aumentar los poderes autoritarios de los dictadores y extender la corrupción por sus venas, pero no se pueden negar otros aspectos.
También aquí conceptos, como el de "modernización", tiene lecturas amplias que suscitan conflictos no solo entre el sentido occidental y el islámico, sino en el interior de las mismas sociedades islámicas, donde "modernidad" o "reforma" pueden significar muchas cosas y algunas peligrosas. Es difícil incluso establecerlo en determinadas áreas independientes de otras. Pensemos en un campo, del que se habla muy poco, como es el de la "economía islámica", por ejemplo.


El debate sobre la "modernidad" es esencial, pero lo es más que se pueda poner en práctica. El debate es imposible entre los partidarios de la modernización y aquellos que conciben el progreso como un regreso a un espacio y tiempo, a unas normas prefijadas por siglos. El ejemplo de lo hecho por los islamistas en el poder es claro: reducción de derechos de las mujeres, reducción de las edades de matrimonios, fomento de la economía islámica, censura constante, etc.
Lo más preocupante es la falta de apoyo a los que luchan por esa "modernidad" frente al apoyo económico y político dado a los islamistas (y con anterioridad a los dictadores). Me imagino el dolor de Tahar Ben Jelloun cuando regresa a su tierra y la ve cada vez más intransigente. No tiene más armas que las palabras de sus libros. Por el contrario, los islamistas están apoyados desde las monarquías del Golfo con ingentes cantidades de dinero y han crecido a su sombra. Solo la caída en desgracia o las rivalidades con otros grupos implica su aislamiento económico. Los intelectuales, que son lo contrario de los "eruditos", solo reciben desinterés y temen cada día la llegada de algún fanático que pueda acabar con su vida. Sin embargo es de ellos de donde puede salir alguna solución a la doble crisis, la interna y la externa.
Es en la segunda parte de la lista donde el análisis de Bernard Lewis se muestra más penetrante desde estos cuatro años pasados. Hasta el momento se ha centrado en aspectos generales o culturales. El primer caso que aborda es el de Túnez, en donde señala:

Primero, Túnez tiene posibilidades reales de democratización, en gran parte debido al papel de las mujeres allí. «Que yo sepa, Túnez es el único país musulmán que tiene educación obligatoria para las chicas desde el principio hasta el final. Y en el que se pueden encontrar mujeres en todas la profesiones», añade Lewis.
«Mi impresión es que el mayor defecto del islam y la principal razón por la que se quedaron rezagados respecto a Occidente es el trato a las mujeres», prosigue. Expone el convincente argumento de que los hogares represivos allanan el camino a los gobiernos represivos. «Imagínese un niño que crece en una familia musulmana en la que la madre no tiene ningún derecho, donde está oprimida y está sometida. Eso es una preparación para una vida de despotismo y sumisión. Allana el camino hacia una sociedad autoritaria», afirma.*


Fueron las mujeres las que se plantaron en el parlamento tunecino cuando vieron que se les pretendía recortar libertades y retroceder en el tiempo. El grado de independencia logrado por las mujeres en las sociedades islámicas es determinante, como bien señala, porque el modelo político está construido de forma patriarcal sobre la familia. Si la familia es autoritaria, la sociedad es autoritaria. En casa está el modelo. Lo que se avanza en la familia, se avanza en la sociedad.
Por eso es tan importante avanzar en los derechos de las mujeres, en su ampliación y afianzamiento. Donde las mujeres estaban organizadas y conscientes de sus derechos, no les ha sido tan fácil a los islamistas la regresión política y social. Son la vanguardia y el campo de prueba. Los islamistas tunecinos en el poder han tenido que recoger velas y la sociedad está vigilante ante cualquier iniciativa.


Muy otro es el caso de Egipto, comienzo del feminismo árabe, pero más reislamizado desde los años ochenta. Señala Lewis:

Egipto es un caso más complejo, según Lewis. Los manifestantes jóvenes y liberales que encabezaron la revolución en la plaza de Tahrir ya se están viendo apartados a un lado por el complejo formado por los militares y la Hermandad Musulmana. Unas elecciones precipitadas, que podrían celebrarse en septiembre sin ir más lejos, podrían llevar a la Hermandad Musulmana al poder con una victoria aplastante. Esa sería «una situación muy peligrosa», advierte. «No debemos hacernos ilusiones sobre la Hermandad Musulmana, quiénes son y lo que quieren».
Sin embargo, los analistas occidentales parecen empeñados en albergar esas ilusiones. Fíjense en su modo de tratar al jeque Yusuf Caradaui. El tremendamente popular y carismático clérigo ha dicho que Hitler «consiguió poner [a los judíos] en su sitio» y que el holocausto «fue un castigo divino contra ellos».
Pero a raíz de un sermón que el jeque Caradaui pronunció ante más de un millón de personas en El Cairo tras la expulsión de Mubarak, el periodista de «The New York Times» David D. Kirkpatrick escribió que el clérigo «tocó los temas de la democracia y el pluralismo, muy característicos de sus escritos y sermones». Kirkpatrick añadía: «Los académicos que han estudiado su obra dicen que el jeque Caradaui hace mucho que sostiene que la ley islámica respalda la idea de una democracia pluralista, multipartidista y civil».*

La estimación de Lewis se cumplió plenamente. la "juventud", la que deseaba una "modernización", fue apartada por militares e islamistas en su lucha por el control del Estado. Las elecciones celebradas en 2012 trajeron un respaldo masivo a los islamistas, que obtuvieron junto a los salafistas más del 70% del parlamento. Envalentonados, comenzaron la ocupación del Estado y el manejo de la sociedad, que había creído en sus promesas de gobernar para todos. Pero esas promesas no eran más que una variante política de las astucia que los islamistas han ido practicando allí donde se sentían más débiles o necesitados de ayuda. La insistencia en que Morsi fue elegido democráticamente, algo que nadie niega, evita preguntarse por lo que hizo después. No es el único, desde luego. La situación actual tampoco puede ser considerada como democrática y sí un triste regreso a la represión de islamistas y reformistas, como tratamos con frecuencia aquí.


La anécdota del sermón incendiario y de odio transformado por los medio occidentales, The New York Times, en un canto a la democracia, también nos dice mucho de los errores occidentales a la hora de valorar a quienes se debía apoyar. Es aquí donde se han cometido los errores más graves y se siguen cometiendo en nombre de una "seguridad" que sorprendentemente está cada vez más amenazada. Nunca se han cometido tantos errores de cálculo para evitar lo que finalmente estamos viendo, el peligro global y las masacres locales.
La parte final de la entrevista se centra en el papel de Irán —otro error de cálculo occidental— y su evolución. Nadie sabía, dice, quién era Jomeini, pero había pistas delante:

Lo que estaba «ahí» era un libro llamado «El gobierno islámico» —ahora conocido como «el Mein Kampf de Jomeini»—disponible en persa y árabe. Lewis sacó ambas copias y empezó a leer. «Me quedó perfectamente claro quién era y cuáles eran sus objetivos. Y que todo lo que decía en aquella época sobre que [él] representaba un paso adelante y un avance hacia una mayor libertad era un completo disparate», recuerda Lewis.
«Traté de llamar la atención de la gente de aquí sobre esto. "The New York Times" no lo tocó. Dijeron: "No creemos que esto interese a nuestros lectores". Pero conseguimos que "The Washington Post" publicase un artículo citándolo. Y la CIA les mandó llamar inmediatamente», relata. «Al final, el mensaje logró cuajar (gracias a Jomeini)».*

Los errores de comprensión o identificación nos recuerdan que se siguen produciendo en cuanto a la evolución del yihadismo terrorista, de la evolución del Estado Islámico o la situación de Siria o Libia. Puede que llamaran a Lewis para ver al Vicepresidente y desde el Pentágono, pero desde luego no debieron entender nada. Lewis creía entonces que Irán irá evolucionando por la falta de conexión del pueblo con los clérigos. Cree que se acabará produciendo un movimiento social. Se han modificado las circunstancias con Teherán y habrá que ver cómo evolucionan.


Lo que llama la atención del final de la entrevista es el mensaje sobre Turquía:

Otra variable clave en la dinámica de la región es Turquía, país en el que Lewis es especialmente experto. Fue el primer occidental al que se le permitió acceder a los archivos otomanos en Estambul en 1950. Los últimos acontecimientos ocurridos allí le preocupan. «En Turquía, hay un movimiento que tiende cada vez más a la reislamización. El Gobierno la tiene como objetivo; y se ha ido apoderando, muy hábilmente, de un sector tras otro de la sociedad turca: la economía, la comunidad empresarial, la comunidad académica, los medios de comunicación. Y ahora se están haciendo con el control de la judicatura, que en el pasado ha sido el bastión del régimen republicano». Lewis piensa que, dentro de 10 años, Turquía e Irán podrían intercambiar posiciones.*


Tenía razón en lo que elegantemente los socios de la OTAN llaman la "deriva autoritaria" de Erdogan. La reislamización turca tiene ya consecuencias graves en el deterioro de la vida política y social. Turquía sigue jugando las bazas de ser socio de Occidente y de reislamizar la sociedad, con lo que el salto al fundamentalismo es cuestión de tiempo.
La idea de que Turquía e Irán pudieran intercambiar posiciones en cinco años (ya se han cumplido otros cinco) parecer demasiado osada. No sabemos la deriva iraní con las modificaciones económicas que establecerá la limitación del bloqueo. Sabemos que el régimen lo venderá (ya lo hace) como una gran victoria frente a Occidente, pero queda por saber la evolución de la sociedad, en la que efectivamente, existen grandes capas con deseos de recuperar libertades. Lo que también sabemos es el conflicto al que Erdogan está llevando a la sociedad turca para no perder el poder, cuyo último logro es desatar otra guerra con los kurdos para evitar las alianzas que le impidan gobernar. Erdogan es un auténtico escándalo político para todos. Solo la existencia del Estado Islámico le está librando de unas críticas mayores. Está por ver si Occidente dejará tirados a los kurdos a los pies de Erdogan mientras estos luchan contra el Estado Islámico, cosa que al presidente turco parece que le cuesta mucho hacer.


La entrevista termina precisamente con un aviso del crecimiento de los fundamentalistas, algo que estamos experimentando cada día:

De modo que, aun cuando ve a los jóvenes activistas de Oriente Próximo levantarse contra las tiranías que les han oprimido, vigila de cerca la propagación del fundamentalismo islámico. Constituye un desafío especialmente complejo porque no tiene «ningún centro político, ninguna identidad étnica... Es al mismo tiempo árabe y persa y turco y todo lo demás. Se define desde un punto de vista religioso. Y puede contar con el apoyo de personas de cualquier nacionalidad una vez que están convencidas. Eso supone una diferencia importante», afirma.
«Pienso que la lucha continuará hasta que alcancen su objetivo, o bien renuncien a él», concluye Lewis. «Por el momento, ambas cosas parecen igual de improbables».*

No es otra cosa que la "internacionalización" de la Yihad que ahora nos sorprende tanto y que ha creado un conflicto de duración impredecible tanto en Siria como en Irak, extendiéndose como terrorismo allá donde les dé por actuar.
La entrevista de Bari Weiss, reproducida por ABC, merece ser rescatada del olvido. Muchas veces pensamos que lo que queda atrás no tiene tanto valor informativo como el presente, pero solo se comprende el futuro cuando se conoce el pasado. Bernard Lewis conoce bien el pasado y sus raíces, la conexión entre ideas y hechos y eso le da capacidad de interpretación y anticipación.
La evolución de los acontecimientos, desde el análisis de los condicionamientos culturales, se ha mostrado eficaz, aunque inútil como forma de prevención de errores. Quizá sean los errores más determinantes que los aciertos para hacer avanzar la historia.
No sé si a Bernard Lewis, a sus 99 años, le siguen invitando a la casa Blanca o al Pentágono. Por los resultados, me da la impresión que no.

* "Bernard Lewis: 'Las tiranías árabes están condenadas'" ABC 4/04/2011 http://www.abc.es/20110409/internacional/abcm-bernard-lewis-tiranias-arabes-201104091819.html

** Tahar Ben Jelloun (2015). El islam que da miedo. Alianza, Madrid. 116 pp.

miércoles, 10 de julio de 2013

Los votantes musulmanes de la izquierda francesa

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Nos cuentan en ABC, con gran sorpresa suya, que los musulmanes en Francia —estimados entre cinco y seis millones de personas— votan masivamente a los partidos de izquierda mientras que los obreros menos cualificados se están concentrando en los partidos de extrema derecha, en el Frente Nacional. Se citan varios estudios que llegan estas mismas conclusiones. Dice ABC que «los musulmanes franceses son una comunidad culturalmente unida y muy convencida de sus valores. Se trata, en su inmensa mayoría, de hijos o nietos de inmigrantes. Pero son y se consideran franceses perfectamente integrados.»*
No se entiende demasiado la sorpresa del diario o, incluso la de los franceses. Más bien, la sorpresa sería lo contrario. Pero es una muestra más de la distorsión histórica de nuestra comprensión de muchas cosas.
Los sistemas políticos y sus concreciones electorales son el resultado de muchas variables que tienden a encajar interrelacionadas. Votar no es solo un acto ideológico, sino una acción pragmática, de intereses. No quiere decir que sea una cosa u otra, sino que en cada caso —y probablemente dentro de ciertos límites— una mezcla de ambas. Pensar que los principios de la gente obedecen a criterios puros es erróneo. Otra cosa es cómo justificamos nuestras acciones y decisiones políticas, si desde las ideas o desde los intereses. Los partidos suelen buscar a los dos tipos de votantes con sus programas, combinando ideología y principios con medidas concretas que benefician más o menos a unos o a otros.
El artículo termina señalando:

El estudio de Jérôme Fourquet subraya que Francia está viviendo una mutación sociológica de fondo y gran calado, que bien ilustra este titular de Le Figaro a toda página: «Los musulmanes de Francia votan a la izquierda».
Fourquet resume su trabajo de este modo: «Según nuestros estudios, los franceses musulmanes fueron la categoría social que votó más masivamente a favor de Hollande, hace un año, bien por adhesión a su persona, bien por rechazo de Nicolas Sarkozy. Un año después, esa tendencia de fondo se está confirmando a través de muchos indicadores».*


Lo que el artículo nos cuenta son dos fenómenos distintos, pero convergentes en una misma superficie: que los musulmanes voten a la izquierda y que los obreros voten a la extrema derecha.

La extrema derecha es sobre todo "nacionalista" excluyente, es decir, xenófoba y, en muchas ocasiones, racista. En las grandes crisis económicas se radicaliza y sale a pescar ingenuos entre los descontentos, que suelen ser siempre los trabajadores porque suelen ser quienes las padecen con más intensidad. Los argumentos de que los extranjeros les quitan los puestos de trabajo, que se pierde la identidad nacional, que se ha invadido la "patria", etc. son fácilmente entendibles y se manipula a través de ellos el descontento. Como resultado estos partidos acaban recibiendo a ese "obrero de ultraderecha" que extraña tanto al ABC. Les recomiendo que vean esa estupenda película, receptora de muchos premios, "This is England" (2006), escrita sobre sus experiencias en los ochenta y dirigida por Shane Meadows. El mensaje racista cala en las clases más desfavorecidas cuando hay crisis y hay una abundante colonia de inmigrantes a la que echar las culpas de la falta de puestos de trabajo o gastos excesivos, etc. Pasan a ser los culpables de todo. Vean lo que ocurre ahora mismo con el partido de la extrema derecha griego Nuevo Amanecer. Ese grupos de intelectuales del gimnasio se dedican a apalear extranjeros y tienen ya una serie de muertes en su haber. Con mayor o menor virulencia, se produce allí donde hay crisis y se deja crecer.
Pero resulta mucho más interesante la sorpresa causada por el hecho de que los musulmanes franceses voten a las izquierdas. Tenemos tan presente el "islamismo" y las formas radicales ultraconservadoras que mantienen, que nos olvidamos de que esto es muy reciente y que los procesos de descolonización fueron llevados esencialmente por "revoluciones socialistas", como fue el caso de Nasser en Egipto. Hay todo un fondo "progresista" y muchas veces "laico" que se ha enterrado convenientemente por una serie de intereses internos y externos. Existen millones de personas con ideas sociales  democráticas de diverso signo —liberales, socialdemócratas, socialistas, incluso comunistas, feministas— que el islamismo ha enterrado y no comprendemos en su dimensión real. Los tópicos no nos dejan ver el bosque. La lucha contra el islamismo político se da primero en sus países —como ocurre en Egipto, con la revolución— y se traslada a los países occidentales, cuyas comunidades trata de controlar para evitar "regresos peligrosos".


El hecho de que voten mayoritariamente a la izquierda francesa no debería llamar la atención por dos cosas. La primera es obviamente que cuanto más se radicalice la derecha sobre cuestiones de inmigración y xenofobia, más empujará a los votantes de origen extranjero a votar en la dirección contraria. Votarán a quien les dé más garantías y defienda mejor sus intereses El voto hispano ha sido importante para Obama, por ejemplo, por el radicalismo republicano de Mitt Romney sobre inmigración.
Pero es el segundo argumento el que es interesante. Gran parte del progresismo social que hay en la diáspora no regresa porque han ido en sentido contrario a la evolución de sus países. En la medida en que los islamistas han ido transformando la sociedad desde la década de los setenta a través de la presión sobre las costumbres o desde el poder cuando llegan, los motivos para el regreso son menores porque sencillamente no lo soportan muchos de ellos. Puede llegar a serles imposible regresar. 
Es lo que manifiesta, por ejemplo, el escritor marroquí Tahar Ben Jelloun cuando indica su imposibilidad de regresar a su país y quedarse definitivamente en Francia: sencillamente su mente no lo acepta. Lo ha reflejado perfectamente en la novela El retorno (Au pays 2009) en donde nos muestra el proceso contrario, el del trabajador marroquí, que fue a trabajar a Francia pero jamás se integró y sueña con el regreso. Él no es Europa y solo existen para él las tradiciones y la familia, de la que tiene un sentido patriarcal. Sin embargo sus hijos no regresarán con él porque no comparten los valores arcaicos de su vida y se quedarán en Francia y se casarán con personas no musulmanas. Ben Jelloun logra un interesante retrato analítico de la mentalidad conservadora del que ha hecho del centro de su vida la tradición y se muestra impermeable a los cambios.


La explicación de lo que ocurre en Egipto o Túnez, en otra medida, en Turquía, es la constatación de que existe en esos países un laicismo que no quiere verse interpretado en términos de igualación del islamismo con lo árabe, lo bereber o lo turco. Son los islamistas los que hacen esa asimilación, lo que les permite condenar a los disidentes por las dos vías, los acusan de traidores (por tener ideologías "extranjeras") y por ateos (por separar la religión del Estado). Muchos de ellos son religiosos, pero mantienen separados los dos mundos: no quieren ser dirigidos por partidos religiosos. Son los islamistas lo que quieren dirigir los países imponiendo su visión en todos los niveles, en lo político y en lo religioso, que unifican.
La transformación de las revoluciones árabes socialistas, que lucharon contra el colonialismo y el atraso social, en nuevas oligarquías que se convirtieron en estados corruptos y dictatoriales, es lo que creó el caldo de cultivo para conseguir adeptos a la fórmula "el islam es la solución", de la que se acaba de ver las consecuencias en las revoluciones de la "Primavera": los intentos de modernización y acabar con la corrupción dan entrada a los mejor organizados, los islamistas, que superponen su propia transformación ideológico-religiosa a los motivos iniciales de las revueltas.


Lo preocupante de la sorpresa causada por el estudio es ignorar que muchos musulmanes han hecho la síntesis —como la hicieron los cristianos occidentales— de unas formas más abiertas de religión que no las hacen incompatibles con las fórmulas políticas. Otros muchos árabes son, directamente, laicos o incluso ateos, como ocurre igualmente en el "occidente cristiano". Por eso es importante tener en cuenta las distinciones, saber distinguir a quién se ayuda o apoya y los efectos que eso tendrá para ellos, para los que quedan arrinconados en sus propios países, y para nosotros. El mayor error es ignorar a todos los que intentan salir del guion del islamismo político.


Que los árabes franceses, sean religiosos o no, voten en Francia masivamente a la izquierda nos muestra la diversidad del mundo islámico, una diversidad que el propio "islamismo" no reconoce y trata de imponer allí donde llega. Los que viven en Europa cada vez tienen menos motivos, como los hijos del protagonista de la novela de Tahar Ben Jelloun, para regresar. Es comprensible.


* "En Francia, los musulmanes votan a la izquierda y los obreros a la extrema derecha" ABC http://www.abc.es/internacional/20130710/abci-francia-musulmanes-votan-izquierda-201307091858.html