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jueves, 2 de febrero de 2023

Telemedicina o diga 33 después de la señal

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Teníamos para nuestro cinefórum de ayer una película de comienzos de los cincuenta, firmada por el gran director Joseph L. Mankiewicz  "People will talk" (1951), en la que con diversas claves y niveles, el director —autor del guion basado en un anterior película y obra teatral alemana "Dr. Praetorius"— realiza una crítica a una medicina deshumanizada, que solo ve al ser humano como "un cuerpo" y no como a una "persona" ("the human body is not necessarily the human being"), que denuncia en el filme el personaje central, un médico acusado por sus envidiosos colegas del hospital universitario en el que trabaja.

Esta mañana veo que en RTVE.es se plantea, en mitad de una enorme crisis de la atención sanitaria, la cuestión del valor de la llamada "telemedicina", una cuestión que la pandemia y los recortes de la crisis provocada en parte por el coronavirus y en parte por ese otro virus llamado "Vladimir Putin" al desencadenar una guerra militar y económica. Se nos dice en su página web informativa:

Impulsada por la irrupción de la pandemia y su impacto en hospitales y centros de atención primaria, la telemedicina comenzó a afianzarse en todas las comunidades autónomas a partir del año 2020, aumentando cada vez más su presencia en el Sistema Nacional de Salud. Su potencial es enorme, ya que podría permitir aligerar las listas de espera y la sobrecarga de las consultas, simplificar la burocracia y optimizar recursos, evitando desplazamientos innecesarios tanto de pacientes como de profesionales. Sin embargo, desde el ámbito sanitario insisten en que esta modalidad no debe sustituir a la atención presencial, sino complementarla, aplicando las nuevas tecnologías de una manera segura para el paciente y sin pérdida de calidad en la asistencia.

En los últimos meses, comunidades autónomas como Madrid han ensayado proyectos para llevar la teleasistencia a la urgencia hospitalaria, saturada en buena medida por el deterioro generalizado de la atención primaria. Este es el punto que ha levantado más ampollas entre los profesionales sanitarios, quienes lo ven como un acto médico arriesgado, ya que consideran que la exploración física es una herramienta fundamental para desempeñar su trabajo con garantías, especialmente en ese momento crítico que representa la urgencia sanitaria. También desaprueban la ausencia de protocolos, que no han desarrollado ni el Ministerio de Sanidad ni las comunidades autónomas. 

"La telemedicina aplicada a la urgencia es algo que se tiene que valorar y estudiar. Puede haber algún caso o situación en la que puede ser útil, pero en general en urgencias hay que ver al paciente, tocarlo, explorarlo... No vale con una llamada telefónica. Se puede estudiar a futuro, pero de momento no lo veo", declara a RTVE.es Pascual Piñera, vicepresidente de la Sociedad Española de Medicina de Urgencias y Emergencias (SEMES).* 


Mientras leía la noticia no dejaba de acordarme de la película de Mankiewicz, del debate sobre dos formas de entender la medicina, la que supone que tratas con seres humanos y la trata con cuerpos. Las reivindicaciones que el mundo sanitario pone sobre la mesa van más allá de las cuestiones salariales; hay también una reivindicación del trato y de la relación médico-paciente, es decir, entre dos seres humanos.

La relación médico paciente, tal como se plantea hoy puede ser de distintos tipos: a) entre dos seres humanos, cara a cara; b) entre dos seres humanos mediados por una máquina, no presencial; c) entre una máquina asistida por una inteligencia artificial y un paciente que introduce sus datos, que serán analizados por el robot. En estas tres situaciones posibles hay diversas variables, como el tiempo de atención, las condiciones reales, los lugares en que se realiza, la estructura de niveles atencionales, los reenvíos a especialistas, los análisis solicitados, etc.


Antes de la pandemia, ya había serios problemas en la sanidad pública. La llegada del COVID-19 tensó las relaciones y nos mostró un abanico de situaciones y compromisos. Las imágenes de la gente saliendo a aplaudir a los sanitarios se entremezclaban con los episodios en los que se amenazaba al personal sanitario en sus propias casas porque no los querían por vecinos, en episodios de histeria colectiva. En muchas ocasiones los sanitarios dijeron que no querían "aplausos", sino mejoras de las condiciones de trabajo.

Tenemos un muy buen sector médico sanitario; exportamos a Europa y al mundo nuestros buenos médicos y demás trabajadores del sector, que tienen mejores sueldos y mejor consideración social.

Han denunciado el aumento de agresiones a médicos por parte de familiares de pacientes. Estos casos son los efectos colaterales de la mala situación producida por burocracias y poco personal, por tener pacientes en pasillos o en su casa porque no pueden ser atendidos.

La deshumanización de la medicina ya está en el filme de Mankiewicz, pero ahora lo está por falta de recursos y por el horizonte dedicado a esa "telemedicina" que se nos pretende vender como un logro, cuando no es más que una forma de abaratamiento y de explotación laboral. No hace falta desplazarse, se nos dice, cuando se está dejando sin asistencia médica (entre otras muchas cosas) a miles de pueblos españoles porque no es "rentable".

España es un país cada vez más envejecido, cuyo horizonte es triste por desatención y reducción de costes. Las personas de la tercera edad son vistas como una materia prima para múltiples negocios cuyos resultado hemos visto con las muertes en las residencias de mayores en la pandemia, algo que se pide que se siga investigando y que se resisten a realizar. Más allá de posibles indemnizaciones está la visibilización del mercantilismo alrededor de lo más abundante, los viejos.

La telemedicina no puede ser la panacea porque supone, como en el filme, confundir personas con cuerpos. Los efectos de esto son nuestros tristes récords, por ejemplo, en el consumo de ansiolíticos, que no curan nada, pero sí nos entontecen lo suficiente como para no pensar en lo que nos pasa.

La felicidad que se nos promete con la teleasistencia será muy parecida. Las quejas del personal sanitario es clara: eso no es atención, hace falta exploración del cuerpo y, para muchos, la comunicación con la persona. La pantalla permite la comunicación, pero está condicionada a la propia exploración. Cuando se haya llegado a ese nivel, llegará el tercero: la introducción de datos y el diagnóstico de esas aplicaciones, dotadas de capacidad de procesamiento, que les permitirá emitir un primer (¿y por qué no más?) diagnóstico.

Se nos habla cada día de chatbots capaces de conversar con las personas (¿en qué queda el Test de Turing?). No hay problema en que esa conversación sea para recabar información sobre nuestros cuerpos (o mentes), lo suficiente como para expresar un diagnóstico y emitir una receta. Las estadísticas nos decían (lo vimos aquí) que esas bases de datos emisoras de diagnóstico eran más eficaces que los propios médicos, que producían menos errores. Siempre hay argumentos para sustituir a los médicos.

En el texto de RTVE.es se nos dan los datos del 2021, año de pandemia:

Más allá de la urgencia, el uso de la telemedicina se ha extendido en todas las regiones españolas durante los últimos tres años, fundamentalmente en su modalidad telefónica, para atender especialidades como pediatría, ginecología, psiquiatría o dermatología; un alto porcentaje de cuyas consultas no requiere presencialidad. También para atender aquellas patologías en las que la imagen es fundamental, como neurología, teleictus o radiología.

Tomando los últimos datos disponibles, referentes a 2021, algo más de la mitad de las consultas realizadas en España (52%) se hicieron de forma telemática. Catorce provincias atendieron a más del 60% de sus pacientes por teléfono, entre las que destacan Valladolid, Gipuzkoa y Palencia, todas por encima del 65%. En el extremo opuesto se encuentran Baleares, Badajoz y Cáceres, con apenas un 4% de consultas atendidas a distancia. Ceuta, Melilla y La Rioja no realizaron consultas de este tipo o no han aportado datos.*

 Las enormes diferencias entre unas comunidades y otras tiene su explicación probablemente al margen de la salud, centradas en la escasez de población, su edad y algún otro factor, como en caso de Baleares, del turismo residente y su complicación para la comunicación online.

En la España envejecida, vaciada, etc. se producen la atención a distancia porque no hay medios de transportes para los ancianos residentes, con problemas dobles de movilidad; y las grandes concentraciones, donde el problema es exactamente el contrario. En unos la telemedicina ahorra el desplazamiento, en otros descongestiona las consultas y servicios sanitarios. En todas partes se ahorra.

Me viene a la memoria que mi padre era reacio a ir al médico, por lo que era mi madre quien iba a ver al médico de cabecera a contarle los síntomas paternos para desesperación del facultativo que, gracias a Dios, le conocía y poseía información suficiente como para no producir un desastre. Era otra forma de "teleasistencia", esta vez a petición del paciente. No sé si en las Facultades de Medicina se ha incorporado ya al programa docente esta forma de interpretar a los pacientes por una pantalla o a interpretar un cuestionario (el cuestionario es el futuro en muchos campos). Puede ser que ellos mismos estén ya, como otros, tele-estudiando, en cuyo caso estamos ya todos dentro del pastel. Un "cadáver" en 3D, manipulable para comprender el cuerpo humano puede ser la experiencia que tengan nuestros estudiantes. Al fin y al cabo, puede que algunos de ellos estén contentos con sentarse ante una pantalla, donde explorarán la imagen y las palabras de sus virtuales pacientes. Nos lo venderán como modernidad, como el futuro. Si el Dr. Praetorius, el de la película de Joseph L. Mankiewicz, viviera hoy vería que ha perdido su batalla, que ya no se trata de la distinción entre "la persona" y "el cuerpo", sino entre la persona y su imagen en una pantalla; que él mismo ha sido sustituido por un programa informático que procesa los datos del paciente y emite un diagnóstico. A esto mucho los llaman "futuro", pero no hay garantías de que el futuro sea "mejor", un concepto confuso, no mensurable, que es sustituido por "más barato" y "eficiente", como relación entre costes y objetivos cumplidos.

Un artículo de la misma RTVE.es, traducido de medios lituanos, nos dice que los británicos están yendo a Lituania a ser atendidos. ¿Acabaremos igual?

* Samuel A. Pilar y Jaime Gutiérrez "Telemedicina más allá del teléfono: el futuro que adelantó la pandemia levanta recelos en pacientes y sanitarios" RTVE.es 1/02/2023 https://www.rtve.es/noticias/20230201/teleasistencia-sanitaria-espana-radiografia-sanidad/2415358.shtml


domingo, 25 de diciembre de 2022

De ancianos y sus amigos robots

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

No sé si el artículo que RTVE.es recoge de la prensa europea, en este caso de la alemana, es el más adecuado para ser leído el día de Navidad, pero así lo ha querido el destino lector. El artículo, publicado originalmente por la BR24 el día 20 de diciembre —traducido, nos dicen, con ayuda de inteligencia artificial, como todos en la sección—, lleva por título español "Baviera abre un centro de desarrollo de cuidado de ancianos con máquinas" y en alemán "Altenpflege mit Maschinen: Garmisch will Elite-Standort werden", que en español sería "Cuidado de ancianos con máquinas: Garmisch quiere convertirse en un centro de élite", lo que implica algunos matices importantes que la versión española suaviza. Creo que con el título alemán se entiende mejor lo que quería expresar al referirme a la perspectiva navideña.

Recuerdo que hace muchos años, en un viaje a Alemania, me preguntaron si había visitado el museo tecnológico de Munich, a lo que contesté que no, que había visitado la pinacoteca, un importante museo europeo. Quien me lo preguntó torció el gesto como queriendo decir "¡qué ocasión perdida!" o incluso "¡qué pérdida de tiempo!". Con el tiempo creo que nos hemos vuelto todos más "alemanes". El uso de la expresión "centro de élite" ya nos dice algo: la valoración muy positiva de que los humanos seamos atendidos por máquinas. Ya lo somos en muchos lugares, pero la cuestión de los ancianos tiene una serie de condicionamientos específicos.

Hemos visto los dramas de las residencias de mayores durante la pandemia, algo que ha dejado en evidencia —lo queramos admitir o no— el gigantesco negocio que algunos han montando con una materia prima: las personas mayores. La aparición de robots que "cuiden" o "atiendan" a las personas es una pieza más en el avance de la automatización de la sociedad.

Lo hemos visto ya en esos robots que llevaban la comida en los hoteles en los que las personas quedaban confinadas en China. Nadie se acercaba a ellos y eran robots los que les acercaban los alimentos a sus habitaciones. Ignoro en cuántos hoteles reconvertidos se practicó esto, pero ha sido parte de este comienzo. En España ya hemos asistido a polémicas sanitarias sobre la atención y las consultas, realizándose a distancia y adelantando que el diagnóstico es más fiable cuando se realiza a través de bases de datos que cuando lo hacen los especialistas. No sé hasta qué punto esto es así, pero la idea se ha transmitido adelantando los recortes y ahorros —todos por nuestro bien, claro— que se harán en la industria asistencial.

España es uno de los países más viejos del mundo. Hemos pasado de un país de "familias numerosas", de "premios de natalidad" a un país en el que es imposible tener hijos, sencillamente, porque no es posible tener hijos por la falta de acceso a la vivienda y lo precario y ajustado de los sueldos de una generación explotada.

Ante la imposibilidad de explotar a unos jóvenes que tienen poco por lo que ser explotados —el llamado "ocio" y los viajes; el "cheque cultural", cuyos resultados esperamos—, las miradas se dirigen a los ahorros y pensiones de los mayores. Para ello se ha generado todo un sistema de captación de recursos que se trata de hacer más eficiente en términos económicos, que no asistenciales. Poner robots a cuidar de los mayores forma parte de ese plan de ahorro.


La noticia que nos ofrece RTVE.es traducida por inteligencia artificial nos explica sobre  "Garmi", el robot cuidador:

Garmi fue desarrollado por la Universidad Técnica de Múnich en Garmisch-Partenkirchen. Allí se está probando su idoneidad para el uso diario en una residencia de ancianos.

Con el nuevo Campus Geriatrónico de la Universidad Técnica de Múnich (TUM), Garmisch-Partenkirchen se convierte en una localidad universitaria. La geriatrónica se compone de geriatría -es decir, medicina para personas mayores- y robótica. La élite de la investigación robótica debe venir a Garmisch-Partenkirchen: ese es el objetivo del Campus Geriatrónico. La inteligencia artificial se utilizará en medicina y enfermería. En el campus, la investigación se integrará estrechamente con la práctica, por lo que está prevista la cooperación con residencias asistidas y la enseñanza de enfermería.

Robots para relevar al personal de enfermería

Esto debería aliviar a los cuidadores y la tecnología debería propiciar una mayor participación y movilidad de las personas mayores. El Estado Libre apoya el proyecto con 4,7 millones de euros y 14 puestos adicionales. El Ministro de Ciencia de Baviera, Markus Blume (CSU), habla de un caso modélico de cómo la tecnología puede estar al servicio de las personas. En el futuro, la enseñanza, la investigación y las aplicaciones de la inteligencia artificial se combinarán de forma única en Garmisch-Partenkirchen.*

 

La perspectiva de miles de ancianos atendidos por robots le puede parecer al Ministro de Ciencia de Baviera un gran avance, pero no lo es. Su alegría por convertir Garmisch-Partenkirchen en un centro de investigación que sirva cada vez más para sustituir personas en la atención de personas es completamente equivocada.

Una cosa es que las máquinas sustituyan a los humanos en la realización de determinadas tareas y otra cosa es sustituir a los humanos en sus relaciones con otros humanos. Puede que al alemán que cité al inicio le hubiese encantando pasar su vejez atendido por una máquina —seguro que le habría producido un enorme placer—, pero no creo que eso sea un objetivo loable para muchos otros cuyo padecimiento, junto a los propios de la ancianidad, es la soledad, el mal de nuestras sociedades "modernas" y "robotizadas".

Lo creo especialmente porque estamos deshumanizando nuestras relaciones —eso lo estamos pagando ya en muchos ámbitos laborales— y nos estamos "cosificando", una palabra que se decía antes mucho y que hoy se da por hecha. "Cosificar" al otro es verlo como una "mercancía", como un objeto cuyo valor es que lo convierte en ganancia. Los ancianos de las residencias han sido vistos como una mercancía que si salía de allí suponía perder ingresos. La situación de cada anciano se traduce en una dependencia valorada económicamente. Se ahorra en el personal asistencial y han transcendido noticias de todo tipo, desde la humillación a su desatención, pasando por todo tipo de abusos. Todavía está por establecer la responsabilidad de muchas de ellas en las muertes de sus "residentes". A algunos ya se les ha declarado culpables del desastre.


La perspectiva de una España vieja y de viejos servida por amables robots podrá parecer a algunos mejor que la misma España servida por personas a las que les importa poco aquellos a los que cuidan.

Veo cada día pasear a ancianos acompañados sobre todo por mujeres migrantes que han encontrado en la compañía su trabajo. Se sientan junto a ellos en los bancos, les hablan. Demasiados viejos, pocos jóvenes, dedicados además a otras cosas, entre ellas vivir de las pensiones de sus mayores. Basta con acercarse a los centros comerciales y comprobar las colas y quiénes pagan. Los casos de muertes no declaradas de ancianos para poder seguir cobrando pensiones son cada vez más frecuentes.


Mientras los políticos viven de sus productivas peleas, improductivas para el resto, la España que envejece queda como una bolsa —ahorros y pensiones— de la que sacar unos y otros. La visión de una España envejecida y atendida por robots es una nueva forma de negocio con la que ya algunos sueñan.

En 2021, el Heraldo/Diario de Soria nos informaba del desarrollo de un proyecto denominado "Ecosistema de inteligencia ambiental para el apoyo a los cuidados de larga duración en el hogar mediante uso de robots sociales", interesante juego retórico con el lenguaje. Participa, además de la Junta, la UVA y su finalidad es "apoyo físico" para los ancianos y convertirlo en "compañeros de ocio". Todo un proyecto para la España vaciada, que se nos va a llenar de tuercas. Los mismos ancianos que protestan por el "trato tecnológico" que les dan los bancos ven sus destinos en manos de máquinas con las que llenar una vida con pocos alicientes y atenciones.**

Nos prolongan la vida para obtener beneficio, no por otra cosa. Cuando dejas de producir, eres objeto de una nueva forma de explotación por unos y otros; eso va del turismo a las residencias. No sé si la "geriatrónica" será un gran invento, pero seguro que sí un gran negocio.  

Seguimos confundiendo la modernización con la deshumanización rentable.

* Martin Breitkopf & Christoph Müller "Baviera abre un centro de desarrollo de cuidado de ancianos con máquinas" RTVE.es 20/12/2022 Br24 "Altenpflege mit Maschinen: Garmisch will Elite-Standort werden" https://www.br.de/nachrichten/bayern/altenpflege-mit-maschinen-garmisch-will-elite-standort-werden,TQX0R8C

** Víctor F. Moreno "La Junta implantará la robótica en Los Royales para asistir a ancianos " Heraldo-Diario de Soria Heraldo-Diario de Soria 29/04/2021 https://heraldodiariodesoria.elmundo.es/articulo/soria/la/20210428215741309160.html

viernes, 2 de diciembre de 2022

El aumento del suicidio infantil y juvenil

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

En una sociedad permanentemente agitada y llevada de la nariz hasta aquello que debe "interesarle" o quizá "entretenerla", los verdaderos problemas pasan de puntillas ante nuestras narices informadas.

El titular de RTVE.es es claro y preocupante: "Los intentos de suicidio en menores alcanzan la cifra más alta de los últimos diez años". Sin embargo, las preocupaciones se nos van al mundial o a cualquier discusión escenificada para meter el suficiente ruido que nos atraiga. La información sobre los intentos de suicidio infantiles son una pequeña chispa que se apaga de un día para otros, sepultada por la trivialidad elevada a aurora boreal.

El artículo en RTVE.es recoge un informe de la Fundación ANAR:

La conducta suicida en niños y adolescentes se ha disparado en 2022 con 906 tentativas hasta el mes de agosto, la cifra más alta de los últimos diez años, según el Estudio sobre Conducta Suicida y Salud Mental en la Infancia y la Adolescencia en España (2012-2022) presentado por la Fundación ANAR este jueves. Desde 2020, además, se han producido 1.949 intentos.

El informe de la fundación, realizado a partir de los 9.637 casos en que ha intervenido y las casi 600.000 peticiones de ayuda recibidas, constata que en solo una década los intentos de suicidio se han multiplicado por 25,9.

De las llamadas atendidas, 3.097 ya habían iniciado la tentativa de quitarse la vida. También la ideación suicida suma en estos tres años el 63% de las intervenciones, de las que 2.278 han tenido lugar en estos últimos ocho meses.* 

Las cifras son escandalosas aunque no nos preocupen y nos muestran, una vez más, la distintas varas de medir las informaciones y la ausencia de una atención especial por parte de los que deberían poner en cuestión el problema y hacer comprender que el suicidio en la gran mayoría de los casos es consecuencia del mal funcionamiento social, de las presiones sobre los más débiles —en este caso, los menores— y la falta de atención social e institucional al problema.

El suicidio ha sido una cuestión permanente desde principios del siglo XIX. Lo refleja la literatura con el caso "Werther", pero en el XX quedará, según sentenció Albert Camus: "No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio" ("Lo absurdo y el suicidio", en El mito de Sísifo). Distingue Camus entre el suicido como tema social —señala que siempre se ha tratado así— y el individual. "Matarse, en cierto sentido, y como en el melodrama, es confesar. Es confesar que se ha sido sobrepasado por la vida o que no se la comprende."

Los motivos por los que se produzcan los suicidios infantiles no dejan de ser una "confesión", pero sobre todo una denuncia, porque ese ser sobrepasados por la vida antes de que esta se despliegue ante nosotros como oportunidades es toda una declaración de la falta de luz que se percibe, de lo insufrible del dolor. La pregunta es entonces ¿qué causa ese dolor? Las Ciencia Sociales se nos han vuelto insípidas en el tratamiento de los dolores humanos; su afán empírico forzado por la Academia acaban quitando el sentido del sufrimiento, sus causas profundas, pues profundo ha de ser lo que nos hace salir de la vida por nuestra propia mano.

Esa profundidad no tiene que ser objetivamente profunda, sino que nos muestra lo que es relevante como presión o como ausencia, es decir, los valores, lo que más se estima y no se posee o se va a perder. Hemos visto a hijos que matan a sus padres porque se les ha cortado el acceso a Internet. Lo importante no es un valor objetivo, sino aquello que los sujetos perciben como valor; no sufrimos tanto por lo que es como por lo que percibimos desde nuestra visión

. Y eso tiene que ver más con los valores sociales, con lo que hacemos desear con intensidad, con lo que consideramos imprescindible, en algunos casos y en la ausencia de futuro en otros.

Vivimos en una sociedad que tiende a ignorar sus miserias y problemas, que las disfraza de logros y nos promete incesantemente todo, asegurándonos que está al alcance de nuestra mano. Sin embargo, los problemas no desaparecen por barrerlos debajo de la alfombra, como se hace en mucho casos y momentos.

Los suicidios infantiles y juveniles nos dicen mucho. Nos hablan de las familias, del sistema educativo, de los medios de comunicación, de las interacciones sociales, de la violencia social aceptada, etc. Cada suicidio infantil es la historia de un fracaso social, de un sufrimiento personal ignorado; de una soledad, de un abandono en algún sentido.

Se apuntan algunas causas:

La fundación considera que el hecho de que los casos se disparen en los años de la covid se debe a la plena digitalización de los menores y a que la pandemia ha acrecentado problemas de salud mental con un aumento de las autolesiones, que son un predictor tanto de la conducta suicida, como de la ansiedad, la depresión y otros trastornos.*

La cuestión es clara. Hace unos días pude ver en una canal norteamericano y en un programa de éxito, las afirmaciones de que los padres están empezando a proteger a sus hijos limitando el acceso a las cuentas en redes sociales y al teléfono, elevando cada vez más la edad en que se da el acceso. Los niños no tienen defensas ante lo que les entra por esas vías. El país que exportó al mundo Internet, el lugar de origen de nuestras redes sociales, empieza a ver muchos de los efectos indeseados e imprevistos o, sencillamente, que no les importan a las empresas cuya finalidad es ganar dinero, algo que consiguen con el uso masivo de sus redes. Que sean otros los que se preocupen por los efectos, que es su obligación. 

En general, la edad del niño o adolescente con conducta suicida se mueve en un intervalo de 13 a 17 con una media de 14 años en el caso de ideación y de 15 cuando es tentativa.

También hay otros grupos vulnerables como el colectivo LGTBI o los alumnos con discapacidad. "Se sienten solos, se ven como una carga y tienen un problema grave que no saben cómo resolver", ha explicado el director de programas de la Fundación ANAR, Benjamín Ballesteros. 

Respecto al nivel de estudios, un 62,6% de los casos es alumnado de Secundaria, un 14,8% está en Primaria y un 13,9% cursa Bachillerato.

Destaca también que el rendimiento es bajo en el 56% de los casos, igual que la satisfacción escolar (66,7%). No ocurre lo mismo con los menores de 10 años, donde se observa un rendimiento y satisfacción alto.* 

También se señala: 

El 57% de las llamadas a los teléfonos de ayuda de ANAR las realizan niños y adolescentes, y las de los menores de familias migrantes se han duplicado en los últimos años pasando del 24% en 2019 al 41% este 2022.

Una adolescente de 13 a 17 años, de familia migrante, víctima de agresión sexual, con antecedentes de fuga y autolesiones es uno de los perfiles más frecuentes. * 


Que haya un gran aumento de intentos de suicidios en chicas, migrantes y víctimas de agresión sexual, con antecedentes de fuga y de personas pertenecientes a grupos LGTBI nos está dando un perfil bastante definido de los problemas y de las debilidades sobre las que se presionan. Vivimos en una sociedad de rostro doble, por un lado se muestra como preocupada dando visibilidad; por otro, esa misma visibilidad hace exponerse a más riesgos al hacer que las personas se vuelvan sobre sí mismas al no encontrar ni el apoyo ni la ayuda necesarios.

Es preocupante la cifra que se nos da sobre las migrantes como víctimas de acoso, de cómo la acogida no resulta como se esperaba en diferentes términos. Lo es también el papel de la escuela, convertida en escenario de luchas y humillaciones, sin que se vean trazas de mejora. Son problemas reales con personas reales, pero hemos aprendido a considerarlo como ajenos.

Desde los años 80 se ha ido exportando desde ciertos países una idea de ganadores y perdedores, de débiles y fuertes, etc. que deja en los márgenes a muchas personas. El ganador, el fuerte tiene derecho a burlarse, derecho a acosar al débil, al diferente, al recién llegado...  

Lo que empieza a diferenciarnos es nuestra capacidad de asumir los problemas ajenos como propios. Nada nos debería resultar ajeno, porque somos parte del problema en un sentido u otro. También somos parte de la solución. El suicidio puede ser un tema filosófico interesante frente al absurdo, como señalaba Camus; pero el suicidio no se debe a la falta de sentido de la vida sino a convertirla en espacio y tiempo insufribles, algo que nos afecta a todos y que, en mayor o menor medida, es resultado de nuestras acciones o cegueras.

Hemos tratado en diversas ocasiones aquí este problema. Lo seguiremos tratando porque las cifras no hacen sino empeorar y es necesario entender en qué fallamos y quiénes pagan nuestros fallos con la vida. 


Dirección Fundación ANAR

* "Los intentos de suicidio en menores alcanzan la cifra más alta de los últimos diez años" RTVE.es/Agencias 1/12/2022 https://www.rtve.es/noticias/20221201/intentos-suicidios-menores-fundacion-anar/2410606.shtml


viernes, 28 de enero de 2022

La indiferencia o muerte de un fotógrafo

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

El mundo real nos es cada vez más indiferente. Nuestra necesidad de mirar focalizados en las pantallas nos oscurece el mundo, lo que nos rodea. La realidad parece no estimularnos demasiado, por eso muchos sacan sus teléfonos móviles para grabar lo que el marco de la pantalla aísla y traduce a un nuevo lenguaje. Lo que no está enmarcado carece de sentido y nos es indiferente.

Escucho lo ocurrido con el fotógrafo francés René Robert. En la web de RTVE el titular nos resume "El fotógrafo René Robert muere congelado tras permanecer nueve horas inconsciente en una calle de París" y una primera entrada nos da un dato más "La única persona que llamó a los servicios de emergencia fue un vagabundo". Un acontecimiento terrible que en Antena 3 llaman, siguiendo a la prensa francesa, "asesinato por indiferencia".

RTVE lo reseña así:

El fotógrafo René Robert ha muerto a los 84 años por una hipotermia en una concurrida calle de París. El martes 18 de enero el fotógrafo cayó por la tarde en medio de la calle y permaneció nueve horas inconsciente sin que nadie lo socorriera.

A la mañana siguiente, temprano, un vagabundo lo encontró en el suelo y llamó a los servicios de emergencia, pero Robert ya había fallecido."Permaneció solo, en el suelo, consciente, al menos durante las primeras cinco o seis horas en uno de los barrios más concurridos de París sin que nadie viera oportuno intervenir", ha criticado el periodista Michel Mompontet, amigo del fotógrafo.

Además, esta semana se retransmitió el homenaje que hizo Mompontet al fotógrafo en la televisión francesa. "Murió solo en una concurrida calle de la capital sin que nadie se detuviera a socorrerlo... Este trágico y repugnante final nos enseña sobre nosotros mismos", lamentó Mompontet en su red social. *



 Probablemente la palabra más dolorosa sea "concurrida" que nos deja un escenario terrible, presidido por la indiferencia. Robert murió solo, pero en una soledad marcada por la presencia de los que le ignoraban.

Trágico y repugnante son las dos dimensiones paralelas en una sociedad que se preocupa por el destino de vacas, cerdos, hámsteres, perros y gatos, sentimientos loables. Está de moda sufrir por todos menos por los seres humanos; es intenso el sentimiento de empatía por lo que está lejos de nosotros mientras podemos pasar por encima de enfermos, muertos y heridos con total indiferencia y hasta un poco de cínica elegancia. Sí, el caso nos enseña mucho sobre nosotros mismos. Han sido casi diez horas de enseñanza sobre la indiferencia que nos provoca el dolor ajeno.

Me viene a la mente el relato de mi padre, escandalizado cuando llegado, como corresponsal a la ciudad de Buenos Aires, nos contaba su estupefacción al ver una persona caída del autobús sin que nadie se molestara en atenderla. Eran mediados de los sesenta y todavía Madrid no acumulaba los defectos de las grandes ciudades.

¿Podemos imaginar lo que fueron esas cinco horas consciente que le calculan a René Robert? ¿Podemos sentir esa muerte, ese "asesinato por indiferencia", intentando ponernos en su lugar o es demasiado insoportable dentro de nuestro mundo hiperactivo e indiferente?


Hace muchas décadas que se detecto esta enfermedad, la indiferencia, de la que surgen muchas otras de forma directa y derivada. Sí, la indiferencia refleja un estado social en donde nos vemos como partes indiferenciadas del entorno. No somos, sino que formamos parte de un paisaje rutinario.

René Robert era un gran fotógrafo. Nos dicen que es el gran fotógrafo del arte del flamenco, el que puso en blanco y negro a los grandes artistas de un arte del que le atrajo su densidad emocional, su grito de dolor convertido en voz y movimiento. Él puso la imagen dramática y silenciosa del flamenco para emocionarnos. Podemos emocionarnos ante una foto pero no ante la agonía que esa foto puede haber retratado. Hemos perdido la respuesta ante la realidad, que nos es cada vez más indiferente.

Casi diez horas tendido en una calle parisina. Una muerte por abandono, por indiferencia, por un frío real y por una frialdad social, muerte por congelación.


Cada vez son mayores los síntomas de nuestra indiferencia. Lo vemos en la destrucción progresiva de las relaciones humanas, que quedan circunscritas cada vez más a círculos estrechos mientras que el resto se convierte en un infierno gélido de indiferencia o de agresión. Eso va de los entornos laborales a los educativos, a los deportivos, a las aceras de nuestras ciudades.

La queja de las personas mayores respecto a la atención bancaria automatizada no es solo por "no entender" cómo funcionan las máquinas, sino al rechazo a ser tratados por máquinas y como objetos. Es el rechazo al desprecio hacia lo humano y por la pérdida de humanidad cada vez más evidente en nuestro trato diario.

La muerte por indiferencia durante diez horas de René Robert es algo más que una terrible muerte; es un aviso, una advertencia que nuestra indiferencia olvidará mañana conmovidos por alguna nueva desgracia. Esta saturación mediática hace que solo sintamos frente a una pantalla, pero que la realidad no resulte lo suficientemente empática. Vivimos a través de sacudidas artificiales mediante las que comprobamos nuestra existencia anodina.

Solo le pido a Dios

Que el dolor no me sea indiferente

Que la reseca muerte no me encuentre

Vacía y sola sin haber hecho lo suficiente.

La vieja canción de Mercedes Sosa resuena como un eco lejano. Descanse en paz el fotógrafo René Robert, quien nos enseñó a mirar el dolor a través de su lente, pero al que nadie quiso ver, hasta que un vagabundo se acercó a él.

Los muertos eran ellos, los que circularon a su alrededor durante sus horas de agonía.

Necesitamos aprender de nuevo a ver, a ver el mundo con sentido; necesitamos salir de las conchas de teléfonos y pantallas y mirar el mundo que vive y sufre, que muere bajo nuestra indiferencia, con nuestros propios ojos.

Una imagen me ronda y no me deja tranquilo. La posibilidad de que algunos hayan fotografiado a René Robert con sus teléfonos y seguido su marcha. 


"El fotógrafo René Robert muere congelado tras permanecer nueve horas inconsciente en una calle de París" RTVE.es 27/01/2021 https://www.rtve.es/noticias/20220127/rene-robert-muere-congelado-horas-inconsciente-calle-paris/2272381.shtml

jueves, 20 de mayo de 2021

¿Cuándo dejamos de ser humanos?

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)



Dedicado a Luna y a Ebbaba

No es una pregunta retórica, ¿cuándo dejamos de ser humanos? ¿Cuándo perdemos nuestra humanidad? Hace unos días tuve que explicar la diferencia entre "la humanidad", como el conjunto de los seres humanos y "humanidad", la virtud que nos hace humanos. Nos olvidamos de la diferencia entre el número, la cantidad, y la calidad. En estos tiempos en que todos reclaman derechos, nos olvidamos de las obligaciones, del esfuerzo por ser más humanos.

Ayer hablábamos de las imágenes que nos mostraban a una voluntaria de la Cruz Roja, a pie de playa, abrazando a un desconsolado y derrumbado subsahariano agotado tras la travesía de la playa, un momento que es el final de una vida, de sueños acumulados por la presión vivida, por lo que deja atrás. No son los metros recorridos, sino los sueños acumulados los que se vienen abajo en un momento, tras esos minutos en el agua.



El abrazo representa, lejos de leyes y normas, de análisis estratégicos, de cualquier otra dimensión, la desnudez de un drama. No son la Cruz Roja y un inmigrante; son dos seres humanos viviendo un momento que les desborda a una por lo inesperado —¡quién está preparado para esto!— y al otro porque lo ha perdido todo —todo lo soñado— en ese recorrido que ha puesto a cero su vida, la ha vaciado de golpe.

Me levanto temprano y veo las noticias. Las imágenes en la que se encuentran todas las dimensiones del drama, un drama que afecta a muchos, movido por el maquiavelismo del reino de Marruecos, capaz de jugar con las vidas de las personas de una manera infame e indigna de un país. A la pasividad de ayer, al animar a que pasaran al otro lado de la valla, le siguen las muestras de la represión brutal de hoy. Hoy, por lo visto, no toca pasar, algo que no entienden los que lo intentan, con cuyos sueños y vidas se juega. Hoy toca recibir golpes.

Ebbaba me dijo que la enviaban allí, que salía al día siguiente, que iba en camino. Charlamos un rato. Hoy me llega un aviso al teléfono de que ya está publicado su primer reportaje desde allí. Y va directamente a Luna, la joven de Cruz Roja que apareció intentando consolar al joven. Y lo que nos cuenta —recogido por Ebbaba Hameida— es desolador, en lo humano y en lo inhumano:

 

“Lloraba, le tendí la mano y me abrazó”, describe el momento. “Se pegó a mí como una lapa. Ese abrazo fue su salvavidas”, dice y vuelve a emocionarse. “Me hablaba en francés y enumeraba con los dedos de la mano. Yo no entendía nada, pero estoy convencida de que estaba enumerando los amigos que ha perdido en el camino”. Vuelve a hacer una pausa. No sabe dónde está y si volverá a cruzar la frontera. Sin embargo, mientras atiende a las personas que han llegado no puede evitar buscar su mirada entre la muchedumbre.

“Lloraba, se le caía la baba todo el rato, antes de abrazarme se estaba apedreando la cabeza. Se quería matar”, asegura. "Sé que era de Senegal y tengo grabada su mirada perdida. Tenía los ojos muy rojos".

Luna se encuentra abrumada por las reacciones de su gesto. Ha recibido muchas muestras de agradecimiento, pero también insultos y mensajes cargados de odio. Abre el móvil y nos los enseña. Lo primero que le sale: “Se nota que te gustan las pollas grandes”, “qué harías si te quedas sola con cuatro de ellos, seguro que te violan” o “nos lo venden como un gesto de humanidad, pero él solo quiere papeles”. Va a denunciar en cuanto se calmen las cosas.

“En las redes han visto que mi novio es negro, no paran de insultarme y me dicen cosas horribles con comentarios racistas”, dice. Este martes, 24 horas después del abrazo, ha pedido públicamente en sus redes sociales que dejen de mandarle mensajes. Quiere estar tranquila hasta reconciliarse con toda la impotencia que tiene dentro. No puede soportar no recordar el nombre de aquel senegalés de ojos negros y grandes que lloraba y gritaba auxilio. "Merecía más de un abrazo", asegura.*

 


Un abrazo es lo que se podía dar allí, pero esa sensación de impotencia la acompañará en su vida. Es la forma en que las personas conscientes sienten la carga de las que no lo son.

Los insultos, las amenazas, el odio acumulado nos muestran que hay un exceso de maldad que nos deshumaniza, nos vuelve bestias disfrazadas deseosas de mostrar lo peor que llevan dentro. Lo disfrazan de patriotismo, de legalidad, pero solo son grandes palabras tras las que se esconden. Son racistas, xenófobos, crueles, inhumanos. Llevan banderas de todos los colores que dicen sentir, pero están muertos, humanamente muertos. Necesitan de este tipo de acontecimientos para desahogar sus frustraciones y fantasías; en ellos se crecen, es la ocasión de lucirse. O eso creen.



La joven Luna ha recibido el apoyo de mucha gente, de los que han sabido leer el abrazo como un gesto de solidaridad, que es lo contrario del egoísmo. Tratar de convertir la solidaridad con el que sufre en debilidad es un enorme error de percepción de la vida. Por encima de todo está la humanidad, después vendrá la ley, pero si negamos el consuelo, si reprimimos el sentimiento de acercarnos al que sufre dejamos de ser humanos y ya nada importa. Nos está cercando la inhumanidad. Se nos está comiendo poco a poco.



En un programa  visto estos días en algún canal, se nos explicaba que la formación de los miembros de las SS requería de la continua exposición a la muerte para superar las primeras "incomodidades" que surgían. Del diario de un SS se recogía la "incomodidad" que sentía al ametrallar a hombres, mujeres y niños. "Es normal", le habían dicho. "Lo mejor —les enseñaban— es repetirlo para ir matando en ti ese sentimiento de incomodidad". Se trataba de superar la propia humanidad para alcanzar esa tranquilidad deseada ante el dolor y la muerte del otro. Es la indiferencia. Se trata de que no te importen, mirarlos como objetos, como basura.

Estamos expuestos cada día a imágenes que puede que anestesien a algunos; pero también muchas de ellas nos revelan el sentido del drama captando ese momento en el que nos sentimos uno frente a todo lo que nos separa. Luna estalla en llanto cuando tiene que contar lo que sintió. Le acongoja no saber dónde está ese senegalés, devuelto al otro lado de la valla. El vínculo creado en esos instantes no se romperá en la vida. Nos preocupamos por el otro; no es materia, es una persona.



La imagen del buzo militar manteniendo en alto a un bebé en el agua nos muestra que la exposición al drama no debe anestesiarnos, no debe buscar nuestra insensibilidad, sino dejar fluir en nosotros el sentimiento solidario. Unos y otros de los que están allí repiten lo mismo: "no estábamos preparados para esto". Lo dice gente que ha visto mucho y que se ha conmovido por el drama expuesto en toda su crudeza.

Que los políticos jueguen a lo suyo. Pero no dejemos de ser humanos porque si dejamos de serlo pronto será algo más que "un problema en la frontera" porque lo llevaremos dentro, condicionando nuestras decisiones, nuestra vida inmediata. Las personas que han mandado mensajes insultantes, amenazantes... son zombis. Gritan e insultan, pero están muertos sin que lo sepan. Mataron su humanidad, por más que sigan ruidosos entre los vivos. Se han ido sometiendo a un meticuloso programa de deshumanización selectiva. Y este es el resultado.

Me ha emocionado el reportaje. Nos muestra lo que hay, lo que somos, para bien y para mal. Me ha reconfortado saber que hay personas que no quieren dejar de serlo, como Luna, que en vez de estar preocupada por todas estas cosas que nos cuentan cada día como esenciales, dedica su vida a enfrentarse al dolor y al sufrimiento a pie de playa. Nos dignifican y debemos agradecerlo. Me reconforta también leerlo y ver que se puede seguir contando para evitar que perdamos la humanidad. Me reconforta saber que hay periodistas que lloran en su regreso a casa, que no pierden su humanidad.



* Ebbaba Hameida "Un abrazo sin fronteras: "Sé que era de Senegal y tengo grabada su mirada perdida" RTVE.es 20/05/2021 https://www.rtve.es/noticias/20210519/abrazo-emotivo-frontera-ceuta-entrevista-cruz-roja/2091073.shtml