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martes, 26 de diciembre de 2023

Preserve lo bueno

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Leo con sorpresa un titular de RTVE.es: "Las cenas navideñas, un reto para la convivencia: expertos aconsejan no enzarzarse en polémicas". Es una idea sensata y por ello poco adecuada fuera de lo que son las cenas navideñas. Cualquier "espíritu navideño" se desvanece más allá de los límites del escenario de esas cenas en las que el protocolo manda sonreír y centrarse en cosas positivas.

Que los expertos se tengan que referir a los peligros de salirse del guion navideño ya dice mucho de lo que estamos viviendo, esta cultura de la polémica, que bien definió la lingüista Deborah Tannen, que nos presiden.

Hemos conseguido el país que no está de acuerdo en nada. Fuera de un par de detalles deportivos (pocos), lo que nos preside es la controversia y el enfrentamiento, algo que llega incluso a los "socios" (o especialmente con ellos) de los diversos gobiernos. Es la España que discute, la España enfrentada por cualquier cosa. Es la España a palos que pintó Goya, que debería incluirse en monedas y billetes.

En la sinopsis del vídeo con la información se nos dice:

En torno a una mesa, se pueden dar situaciones incómodas como, por ejemplo, un familiar que pregunta "¿cuándo vas a acabar los estudios?" a un estudiante o que hace un chiste irrespetuoso. La psicóloga Lorena González aconseja evitar a las personas que nos generan tensión emocional. Y comparte una técnica ante cuestiones poco agradables: repetir una respuesta corta, clara y sencilla hasta que el comensal se canse de preguntar. El sociólogo Luis Ayuso nos recuerda que las comidas navideñas, aunque puedan ser un engorro a veces, son rituales importantes para cohesionar a las familias.*

Confieso que me han sorprendido las respuestas defensivas posibles que se nos ofrecen. Yo creo que la más socorrida sigue siendo levantarse al baño con una excusa recurrente, que nos permita ausentarnos hasta que personaje incómodo en cuestión la tome con otro.

Si fuera tan fácil evitar las "tensiones emocionales", como dice la psicóloga citada, nuestra vida sea otra. Ya es triste tener que hacer una planificación estratégica de las comidas de navidad —quizá sobornar a los anfitriones para que no te siente junto el molesto indeseado que te pregunta por tus estudios—, para tener que celebrar la comida familiar con monosílabos.

A lo mejor, la pregunta por la finalización de los estudios —en esto no se entra— es pertinente y refleja la preocupación familiar por aquel que no termina, por un motivo u otro, los estudios. Pero la cultura de la molestia personalizada y la autodefensa avanzar independientemente de las causas.

No dejo de pensar en esas cenas navideñas malavenidas de las que se nos habla y nos advierten los expertos (¿hay expertos también en esto?). No dejo de pensar en una comida navideña en La Moncloa, con Sánchez pidiendo que le pongan lejos de Núñez Feijoo, por ejemplo, con cada uno de los comensales pensando en "respuestas cortas" para frenar las preguntas sobre la inflación, la alcaldía de Pamplona o la amnistía de Puigdemont o con el presidente levantándose al baño cada dos por tres. Me imagino a Núñez Feijoo levantándose al baño cuando le toque dar cuentas de cualquier asunto poco grato.

No, no me imagino una comida navideña de la familia política. La necesaria cohesión política para adentrarnos en el mar de problemas no aparece por ningún lado. Hasta el tradicional mensaje de Nochebuena por parte del Rey recomendando esa "cohesión" que recomiendan los expertos se discute. Llamar a la "unidad" familiar española se considera un insulto por parte de los díscolos, que les gustaría tener todo su protagonismo negacionista de que exista una familia llamada España. Y así es difícil el espíritu navideño.

Por eso se ha olvidado tanto el concepto de "la buena voluntad", requisito de la paz y de un querer ser conjunto, llámese "familia" o "nación", concepto en los que hay que creer previamente. Nuestro problema es, en este sentido, grave. Aquí todos se consideran familiares "secuestrados", sacados a punta de pistola de sus cunas nacionales y obligados a tocar la zambomba.

No, no hay "España navideña", de cohesión familiar, sino más bien un intento continuo de envenenar el pavo, de echarle algún producto maléfico al cava, no quitarle las semillas a las uvas a ver si te atragantas.

Afortunadamente, la gente es un poco más sensata que nuestros políticos, sacados de una pecera con pirañas y deseosos de hincar el diente a las primeras de cambio. Para las personas de buena voluntad puede haber problemas, pero también hay soluciones. Para nuestros políticos actuales, solo existe la desaparición del problema con el molesto dentro.

Los españoles necesitamos un urgente cambio en nuestra consideración de la política y los políticos. Necesitamos ver que estamos creciendo hacia un futuro más integrador y pacífico que el que nuestros políticos usan para enredarnos en sus visiones de conflicto, visiones de un escenario bélico. Todos incurren en la estrategia de los manuales, en la confrontación, subiendo cada vez más en la escala y creando esa tensión palpable. Ser un buen político es algo más que conseguir votos, fotos o titulares. Es precisamente construir comunidad, familia, y esto parece de Montescos y Capuletos. Los países no crecen con discusiones centrípetas, sino con debates centrífugos. Sin buena voluntad, la democracia se convierte en un escenario de chillones, de histeria minoritaria y narcisista discordante.

Si ahora hay que dar consejos sobre cómo "sobrevivir" a las cenas navideñas es que algo pasa. Normalmente estaríamos deseoso de poder "disfrutar" de las cenas, de la compañía familiar (aunque haya siempre alguna oveja negra). Parece que también ahí, nos dicen los expertos, hay peligro. ¿Qué nos queda? 


Las cenas no son un peligro en sí, sino una ocasión. Verlas como peligro, como en la vida real, supone no resolver nada y desperdiciar una ocasión de arreglar algo. En la política ocurre igual: si se desaprovechan las ocasiones o se utilizan para manifestar desacuerdos y enfrentamientos, nada se arregla.

Los medios se llenan de consejos sobre cómo sobrevivir a las cenas navideñas. Si se trata de una cena de empresa, cree un buen ambiente. La empresa que trata bien a sus empleados tendrá buen ambiente. Si es una familia, lo mismo. Serán reflejos de lo que se hace en el resto del año. Si no, es un mal trago y una hipocresía.

Deseo felicidad a todos los que se desean ser felices familiarmente hablando; a los que son capaces de compartirla sin mirar, no solo en cenas y festejos. Eso que llaman "espíritu navideño" no es solo para la navidad, sino para todo el año, más allá de esa cena que los expertos nos enseñan a superar vivos. Cuide a la buena gente como tesoros y cuídese usted mismo; preserve lo bueno, cada vez hay menos. 

* "Las cenas navideñas, un reto para la convivencia: expertos aconsejan no enzarzarse en polémicas"" RTVE.es Telediario https://www.rtve.es/play/videos/telediario-1/cena-navidad-consejos-expertos-cunado/7044272/

jueves, 16 de febrero de 2023

Debatir y discutir

Joaquín Mª Aguirre (UCM) 

Las noticias en este país son cada día más aburridas. Sería interesante que se dieran los mapas de discusiones como si fuera el informe del tiempo, sobre un mapa, ofreciéndonos las "temperaturas" simbólicas, los "chubascos" y los poco probables momentos de bonanza, informes con previsiones de dónde se darán los momentos más calientes en los enfrentamientos que llegarán.

Una cosa es debatir y otra discutir. La primera es constructiva y necesaria, busca las mejores soluciones para problemas que se concretan y, por ello, pueden resolverse. En la discusión, en cambio, el problema es el otro, por lo que no hay solución posible ni interesa a nadie. En la política española se busca el hundimiento y no la convivencia, reconociendo que esta es precisamente el arte de debatir para la mejora, que la democracia es una forma de favorecer la convivencia pacífica y no la guerra por otros medios.

Lo peor es que la discusión significa atraer el foco en una sociedad mediática. Los políticos necesitan estar en pantalla, por decirlo así, y solo el deporte satisface más a los medios que las exhibiciones de conflictos llevados hasta la discusión.

Incluso la discusión llega a ser un recurso que se supera por la descalificación, que es el discutir con el otro ausente haciéndole el eje del discurso propio. Es el modelo más habitual, esta especie de discusión sin el otro, en el que cada uno por separado despelleja al otro, lo describen e interpretan para crear un retrato llevado hasta el ridículo.

Con estos métodos, la política no es una forma de gestionar los recursos, favorecer la creación de leyes mejores ni de atender lo más importante y necesario, sino la forma de encontrar la discusión más rentable, la que tenga mayor atracción mediática y la que, finalmente, se traduzca en rentabilidad electoral dentro de un complejo sistema de hundimiento de los otros de forma continuada. Así visto, se trata de acumular carga negativa en la imagen del otro hasta convencer de la necesidad de su extinción.

Es la manera en que se vive "políticamente". Llevamos semanas, ya meses, de discusión a múltiples bandas sobre la Ley del "Solo sí es sí". La última polémica es si están debatiendo o solo discutiendo. La palabra "acuerdo" solo es posible después de un debate, poco o nada probable después de una discusión mediática, es decir, después de que las partes hablen ante los micrófonos, pero no lo hagan entre sí.

En estas semanas hemos comentado aquí la hipótesis de que realmente se saque más provecho electoral erosionando al otro que de una manera más calmada y debatiendo. Más allá, la discusión alcanza ahora al "con quién debatir", poniendo límites, como los señalados al PSOE si acepta debatir con el PP. Como el debate es casi imposible, es preferible apostar a discutir con los "socios" que a debatir con la oposición oficial. Es lioso de entender, pero es lo que tenemos cada día en pantalla, ondas y papel.

Los medios viven ya de estas discusiones, las tematizan convirtiéndolas en casi "secciones no oficiales", manteniéndolas vivas y atentos a la elevación del tono de las discusiones. Esto permite esperar el siguiente capítulo de la serie discutidora.

2015

Es indudable el efecto de un entorno mediático y de gran cantidad de flujos de información. Al ser mayor el espacio mediático, se busca una repercusión mayor. Esto requiere aumentar la intensidad y la frecuencia de las discusiones para mantener el foco. Las ruedas de prensa y declaraciones en pasillos se multiplican. Cualquier tontería hace correr hacia su opositor para que nos ofrezca su parte sustanciosa de comentarios. Comienza el ciclo discutidor.

Esta discusión permanente pasa a formar un fondo sobre el que se recortan los acontecimientos, que inmediatamente comienzan su deriva hacia la discusión y son absorbidos y modificados para el formato. El tono se dispara, las réplicas se multiplican y todo se crispa.

¿Es sano esto? Pues, sinceramente, no. Es una forma de vivir en tensión permanente y la que todo debe pasar por el foco atencional de la crispación. Rodeados de discusiones, los ciudadanos nos aburrimos o nos dejamos arrastrar por esas discusiones que se acaban multiplicando por redes sociales. Esto no es señal de que nos importe, sino que ocupa nuestra atención como la muleta cierra el campo de visión del toro y le arrastra en una dirección. Sí, nos torean.

Es interesante comprobar la proliferación de artículos en diferentes medios, muchos de ellos por "expertos" que tratan de enseñar a sobrevivir a las discusiones "políticas" en entornos en donde el daño puede ser irreparable, como en las familias. Los políticos se recuperan sin problema; es su campo el discutir. Los demás, los que son arrastrados a discutir durante una celebración familiar, puede que tarden años en hacerlo.

Pero para debatir hay que tener razones, datos, conocimientos; para discutir basta con saber perder las formas con gracia, tener un vocabulario suficientemente mordaz y ser rápido en la respuesta. Esta mucho más al alcance de todos.

2019

jueves, 15 de julio de 2021

El menú discutidor del día

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)



La capacidad de discutir en España es interminable, una especie de flujo continuo al que pretenden engancharnos como el saltador de pértiga que anima al público antes de iniciar su salto para sentir su energía. Garbiñe Muguruza decía ayer que echará de menos el público en Tokio. Convertida en espectáculo mediático y callejero, la vida política española necesita de la polémica sobre todo y a todas horas.

Las discusiones sobre la mesa —el menú del día de hoy— son la decisión sobre el Constitucional sobre las medidas del "estado de alarma", la discusión sobre si hay que llamar a Cuba una "dictadura" y, finalmente, la interpretación de la cifras del COVID-19. Por supuesto, están las discusiones locales y autonómicas sobre muchos temas.



De estas discusiones y otras similares viven políticos y medios en una simbiosis en la que se desarrollan cada día produciendo la tensión suficiente para mantener al público en vilo, intentando incorporarlo a estas discusiones.

Las diferentes interpretaciones sobre lo que quiere decir la sentencia del Constitucional, por ejemplo, moviliza la agenda mediática e incorpora nuevo agentes —juristas, profesores, etc.— que intentan explicar algo lo que se ha querido hacer. La respuesta política es citar a los medios para explicar y explicarse, porqué unos dijeron unas cosas y otros otras. Como el Tribunal  Constitucional es un límite, se crean expresiones, como esta del "acepta pero no comparte" (¡faltaría más!) donde no se entiende muy bien qué quiere decir ese "no comparte" incompatible con el "aceptar" más allá de lo obvio. Pero esta vez se ha añadido un nuevo argumento a la discusión, "haber salvado 450.000 vidas" según no sé qué estudio. Evidentemente, esto es una historia basada nada más que en especulaciones, por más que se hayan hecho en algún espacio académico, un mero ejercicio probabilístico, un retrato de un fantasma. Pero es esgrimido como una especie de verdad.




Lo que ha dicho el Tribunal Supremo es un varapalo político, pero no como lo están interpretando interesadamente los políticos en su gresca. De nuevo hay que señalar que una cosa es el aislamiento necesario como medida de salud pública y otra el acierto sobre la herramienta jurídica usada. Esto implica que si se hubiera usado la adecuada, lo hecho se ajustaría a Derecho, que no es lo mismo que decir que las acciones son males. Nos dicen que se debería haber usado el "estado de excepción", que sí hubiera sido coherente con las medidas, pero esto habría sacudido el avispero político todavía más, aparte de crear una imagen de alarma en un país que tiene que tener cuidado en no estornudar para que los turistas no huyan por la gripe, en este caso, el coronavirus.

Ocurriera lo que ocurriera, la discusión estaría servida porque con un gobierno tan inestable, no se deja de mover la escalera a ver si cae. No se trata de arreglar sino de discutir.

Esto nos lleva al segundo plato, lo de la "dictadura cubana". ¿Tiene alguien alguna duda de que el régimen cubano es dictatorial? No, con excepción de unos pocos ingenuos miembros del propio régimen cubano. Esto pasa por usar cada vez menos el término "dictadura del proletariado", que se usaba como una utopía hasta que llegaba la dictadura, sí, pero cada vez eran menos proletarios sus dirigentes. La discusión del "repita conmigo, Cuba es una dictadura" es de las más tontas que se han podido ver en los últimos tiempos. Da pena ver a los miembros del (una parte) gobierno intentando evitar decir la palabra "dictadura" mientras que la otra mitad lo niega con desparpajo, como también lo hacía de dramática situación venezolana. Los miembros de una parte del gobierno dicen sin tapujos que Cuba "no es una dictadura", algo que aprovecha la oposición exterior para hacer que discutan el mismo día en que comienzan a ejercer en sus cargos los ministros nuevos. ¡Vaya marrón! ¡Y el primer día!



También aquí se ha escuchado una barbaridad, que es la ONU la que decide quién es una dictadura. La ONU no se dedica a esas cosas, aunque tiene sus índices sobre el estado de los Derechos Humanos.

Como la oposición ha descubierto que el gobierno tiene más divergencias de las que ellos mismos pensaban, se dedican a fomentar las contradicciones entre ellos. Más allá del "chuletón imbatible", de hace unos días, la cuestión de cómo calificar a Cuba es otro peldaño más en este mover la escalera gubernamental. Cada vez, el partido de Sánchez descubre o deja al descubierto lo coyuntural de su alianza. Esto le pasará factura, pues sus socios, en caída libre en las elecciones que se han ido celebrando, están consiguiendo un rédito político en ciertos sectores —especialmente en el voto joven— que pueden ser decisivos en próximas elecciones. Entonces, no lo duden, serán los que claven el puñal en la espalda de sus sostenedores políticos en el gobierno. Todo ello compondrá una bonita fábula política a disposición de la historia, que llevará por título "Cría cuervos" y que le recordarán a Sánchez.



El tercer plato del menú discutidor tiene que ver con las estrategias respecto al COVID-19, que también sirve para discutir. De los tres platos es el más deprimente porque afecta a la salud pública, algo en lo que tampoco han conseguido ponerse de acuerdo.

En este caso, la cuestión resulta contradictoria respecto al primer plato, el de la sentencia de Constitucional, porque ahora las Autonomías tratan de restringir lo que supuso el estado de alarma, reclamando la vuelta a medidas más duras.

Las expectativas puestas en la vacunación tienen una doble cara aparentemente contradictoria: con cerca de la mitad de la población vacunada, sin embargo el número de casos por cada 100.000 habitantes se ha multiplicado por más de cuatro en apenas unas semanas, y la incidencia en el sector de 20 a 29 años está por encima de los 1.400 casos en algunos lugares. Es decir, hay muchísimos contagios, aunque se nos dice que los ingresos en UCI y muertes suben de forma muy lenta. 

Y es aquí donde se da el problema, que da el salto de lo sanitario a lo económico: todas las expectativas de la vacunación para ofrecer un espacio seguro a la llegada del turismo se han invertido y hoy tenemos cuatro de cada diez casos en Europa. En los noticiarios del esta misma mañana, los responsables del sector hotelero hablan de frenazo y caída en picado de las reservas, que todas sus esperanzas se han evaporado.



El sector pensaba que cuanto más se vacunara habría menos restricciones y, por ello, una buena temporada turística. Pero, como sabemos, no ha sido así. Lo que pensaban hace solo unas semanas se ha derrumbado bajo las nubes del pesimismo ante las cancelaciones en cadena. Se les había escapado que lo que dicen unos y otros no es la realidad, sino lo que quieren ver.

Aquí en el gobierno, la ministra Darias solo habla del aumento de las vacunaciones como si estas estuvieran frenando la expansión, cuando lo que está ocurriendo es lo contrario; lo cierto es que  está aumentando el número de contagios De nuevo se moviliza a los expertos que nos expliquen esta contradicción, que no es tal. Todo viene de dos malentendidos (intencionados), hacer creer que la vacuna elimina el 100% de las posibilidades de contagio, cuando lo que aumentan son las interacciones, y que esto era cosa de viejos en residencias. Se nos dice que el 72% de los ingresados en UCI están sin vacunar porque son negacionistas, que es como decir que estás en la UCI porque quieres. Pero, por una cosa o por otra, cuentan. De los reinfectados, por el contrario, se habla poco, lo que crea incertidumbre porque frenaría es limitación de las restricciones que tantos sectores desean cuanto antes.



Cuando se pensaba que ya se había eliminado el riesgo en las residencias porque todos estaban vacunados, descubrimos que se vuelven a producir contagios, como ha quedado recogido en titulares de la prensa española. Al político le gusta dar buenas noticias y no entiende mucho de cambios. Según su lógica, si todos los mayores están vacunados ya, ¿por qué se contagian y mueren?, se preguntan algunos.

Las alegrías del presidente Sánchez comunicando que se podía uno quitar la mascarilla en el exterior, como era previsible, se vuelve contra él desde el momento en que su esquema simple de la normalizada felicidad se encuentra con el primer obstáculo. Al vender como grandes logros la vacunación (que lo es), las noticias paralelas sobre el aumento de contagios y (re)contagios son como un jarro de agua fría que la oposición vierte sobre el gobierno en cuanto tiene ocasión. Se le critica por tomar medidas y por no tomarlas; si las toma, se le criticará por ser muy insuficientes para unos y excesivas para otros; y siempre llegarán tarde.

La acusación, claro, es que no toma medidas para frenar la nueva escalada, algo que es cierto ya que dice que lo hagan las Comunidades, pues todo se basa en que tendremos inmunidad de rebaño dentro de poco, algo que solo es relativamente cierto, ya que desconocemos las mutaciones del virus y cómo vamos a responder colectiva e individualmente.



Basarlo todo en la vacunación y no en las medidas sociales es claramente un intento de no enfrentarse al "público" votante, pero los efectos los tenemos claros ante nosotros. Son las medidas de prevención por parte de los grupos sociales lo que está fallando y no el sistema sanitario y el proceso de vacunación.

La estrategia política de minimizar los problemas y maximizar las presuntas soluciones tiene, como vemos, un elevado riesgo.  En el primer "plato" no fallaron las medidas, sino la forma de encuadrarlas jurídicamente porque no se quería asustar o tomar medidas que recordaban al franquismo y los "estados de excepción"; se trataba de ser contundentes en las medidas pero sonrientes en su presentación. El gobierno consiguió que la oposición aceptara a regañadientes la aprobación, pero Vox, como siempre, se quedó fuera porque no tenía mucho que perder y mucho que ganar. Le ha salido bien la jugada, por más que sea contradictoria en su finalidad. Recordemos que todos criticaban al gobierno por no haberlo hecho antes —la famosa marcha— y tenían razón entonces. Ahora todos quieren tener razón y eso es casi imposible.



La cuestión cubana es más triste porque lo padece el pueblo cubano y hay algunos que han crecido con su Cuba idealizada, con sus mitos, y se lo han creído realmente. Cuando quieran poner en aprietos al gobierno socialista con sus socios, volverá a salir. Es el único ámbito, por irónico que parezca, en el que Podemos tiene fuerza y altavoz público. Seguirán ganando votos y desgastando a sus socios que son los que tienen que dar la cara ante sus propios compañeros y la oposición.

En el caso del incremento de contagios en paralelo a las vacunas, si no se soluciona de alguna manera (y es difícil pedir tantas veces responsabilidad), vamos a tener a unos sectores muy enfadados, que ya no saben contra quién ir para explicar su desgracia ¿el gobierno, los jóvenes...? La lista de países que no recomiendan viajar a España crece cada día, ya sea global o por regiones. Más allá del turismo, esto está causando un grave problema sanitario a las Autonomías, que se pueden ver de nuevo desbordadas en los hospitales, de las UCI a la atención primaria.

En fin, nuestro menú discutidor del día es indicador de la falta de acuerdo entre unos y otros, más allá del gobierno y oposición. Esto es un todo contra todos como resultado de un fraccionamiento del sistema político que hace débiles a los partidos y quedar en manos de minorías extremistas, a derecha e izquierda, con las que se desangran día a día en discusiones y en robo de protagonismo.

Vivimos en un mundo de ficciones en donde "Cuba no es una dictadura" y donde las inmunidades de grupo a golpe de vacuna llegarán, pero no llegan; es un mundo en el que se critica por tomar medidas y por no tomarlas. Así es difícil avanzar en alguna dirección.

Veremos cuál es el menú del día de mañana. 



jueves, 12 de noviembre de 2020

La discusión infinita o del ágora al ring

Joaquín Mª Aguirre (UCM)


Se suele decir que los españoles somos discutidores. No podía imaginarme que nuestra capacidad de hacerlo fuera infinita y que, como aquellos padres del personaje de Días de radio, de Woody Allen, fuéramos capaces de discutir por cualquier cosa y no parar. Las llamadas nuevas tecnologías nos han posibilitado los foros para discutir y han arrastrado a los medios tradicionales cuya programación se puede clasificar en programas en los que la gente se lleva bien y aquellos otros en los que se llevan mal Hay un tercer grupo, los informativos, en los que gente que se lleva bien muestra a gente que se lleva mal. Todos ellos muestran una gran profesionalidad en el cumplimiento de sus tareas.

La discusión funciona como una piedra lanzada a un estanque, con un punto de impacto y una sucesión de ondas que se esparcen por su superficie en todas direcciones. La piedra se hunde rápidamente, pero las ondas tardan más en hacerlo. A diferencia de nuestro estanque, que podría llenarse de piedras y secarse, el estanque mediático es infinito, capaz de acoger todas las disputas.

La piedra lanzada puede ser un penalti mal señalado, la opinión de un experto sobre la pandemia, las retiradas de puntos del carnet de conducir, los horarios de la hostelería, el precio de las mascarillas o, como apunta ABC, el "aspecto alienígena" de un calamar en aguas australianas. ¡Qué es "aspecto alienígena" si no hemos visto ninguno, que yo sepa, aunque tengamos sospechas que estén ya entre nosotros!

Sí, el caso es discutir. Voy de canal en canal tratando de encontrar algún rincón de paz, algo de sosiego, gente que esté de acuerdo en algo. Pero no es fácil. He encontrado un rincón de paz, esos sí, en un canal destinado a que los niños se duerman. No nos cuentan nada, solo son imágenes placenteras que se suceden, casi hipnóticas, una vuelta a útero catódico materno. Creo que muchos niños ya no se duermen si no es con el fondo de discusiones que les asegura que el mundo sigue su camino, discutiendo, discutiendo, discutiendo...

Me acuerdo muchas veces de aquellas palabras de Manolo Summers en una entrevista definiéndose como "un español normal, un español cabreado". Lo malo es que este "cabreo" se ha globalizado en lo que la lingüista norteamericana llamó la "cultura de la polémica", una estrategia mediática para convertir el mundo en un circo romano, con sus gladiadores a tiempo completo, con sus leones siempre hambrientos, con sus víctimas arrojadas desde las gradas. Sí, la pelea vende, la discusión conecta. Se puede rentabilizar desde el punto de vista de la economía, de la política. No hay duda, el ejemplo más claro lo tenemos en el "okupa" de la Casa Blanca, que lo ha elevado a arte brusco, brutalista, descarnado. ¿Dónde ha quedado la sutileza? Cosa de débiles, de refinaditos, sin futuro. Por contra lo que tenemos por delante es la expansión de la discusión, la guerra en la paz. Hasta el pacifismo es violento. Toda buena causa requiere malas maneras.

Dadme un micrófono y moveré el mundo, habría dicho hoy el sabio griego. Con un bolígrafo incendiaré países; con un teléfono, el universo, donde creo que existe vida inteligente y por eso no vienen. ¿A qué, a discutir? "Si lo sé, no vengo", dirían los extraterrestres empaquetando de vuelta.

Cualquier buena noticia se tuerce. ¿Una vacuna a la vista? Pues ya tenemos a medio país discutiendo con la otra mitad sobre quiénes se la deben poner primero, cada uno con su lista.  O si se la van a poner, que esa es otra. Y así para todo.

Lo malo, insisto, en que ya no se considera un problema, sino una necesidad estratégica. Para que alguien te escuche tiene que ser provocando polémica. Partimos del principio que solo así se consigue algo, al menos lo básico: la atención. La llamada "economía de la atención" se basa en el principio de que da igual lo bueno que seas, tengas o vendas si nadie se fija en ti. La forma de atraer la atención es dando espectáculo, que en español tiene un sentido generalmente espectáculo, excepto el deporte, donde el que grita, insulta, polemiza, etc. es al que, incomprensiblemente, llamamos el "respetable", vieja herencia taurina.

La atención se consigue elevando el tono, no la calidad de las ideas. Quien grita más, quien lanza el insulto más ingenioso, gana. Lo vemos en el parlamento. Pocas ideas y muchas "descalificaciones", un eufemismo para lo que se llaman en público. De nuevo, "dar el espectáculo" ya no se considera negativo, sino "dar espectáculo", supresión del artículo que tiene mucha variación semántica.

Lo conseguido por Donald Trump insultando a la gente es, desgraciadamente, un camino con futuro. Los seguidores en diversos países, incluido el nuestro, ya practican el insulto multimediático, que comienza con un tuit desde la cama, continúa con una llamada a la FoxNews y acaba en la sala de prensa de la Casa Blanca o a pie del helicóptero presidencial ante un micrófono. Hay que dominar todos los medios.


En 2016, se informó de un escándalo en el parlamento canadiense, una diputada conservadora planteó lo siguiente: "“¿Por qué el gobierno trata a Alberta como un pedo en la habitación? Nadie quiere hablar al respecto o reconocerlo?”, dijo por el micrófono." Con dicha expresión trataba de expresar algo que sucede y que todo el mundo aparenta ignorar, que antes era la definición de una persona educada. El revuelo fue enorme, no por lo que ocurriera en Alberta, sino por lo que ocurría en el Parlamento, de aquel "p-e-d-o", como deletreaban los diputados en su discusión evitando repetirlo

Necesitamos construirnos nuestros Shangrila mentales, remansos de paz por aislamiento. Lo malo es que ahí surgen las discusiones con uno mismo en cuanto que te descuidas y la mayoría no está preparada para eso. Mejor discutir fuera. Pero si todo espacio de encuentro se convierte en escenario de peleas, del ágora al ring, las perspectivas no son buenas. Te aburres o te desangras.