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miércoles, 25 de mayo de 2016

Memoria, autobiografía, relato

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La revista Mente y cerebro incluye en su número actual (78-mayo junio 2016) un artículo sobre una cuestión que ha ido ganando espacio en la literatura psicológica, además de otros campos. El artículo, titulado "El peso de la memoria autobiográfica", está firmado por Christine Köber y Tilmann Habermas, ambos de la Universidad J.W Goethe, de Frankfurt Am Main. Caracterizan así los autores la memoria autobiográfica:

La memoria auto biográfica —nos explican— almacena experiencias acompañadas de los sentimientos y pensamientos que estos provocaron, así como los objetivos y deseos pasados. Contiene también los recuerdos episódicos [...] y el conocimiento semántico de nosotros mismos [...] A diferencia de la memoria episódica [...], solo contiene los recuerdos vividos en primera persona. Se desarrolla a lo largo de la infancia y constituye la base para formar la propia identidad. Esta incluye el modo en que nos vemos a nosotros mismos y cómo nos presentamos ante los demás. (p. 15)

Añaden también los autores que los acontecimientos de la vida pueden "fijar o modificar" la identidad.
La relación entre historia, memoria e identidad se ha convertido en un campo de trabajo interesante desde diferentes perspectivas. Cuando los autores hablan de "almacenamiento", solo se refieren a un aspecto de la cuestión, pues una cosa es cómo o dónde se guardan los recuerdos y otra cómo se actualizan y ordenan ante la conciencia. La cuestión de la memoria tiene esa doble dimensión: almacenar, filtrar, situar, por un lado- y todo lo que se refiere a nuestra forma de entendernos o describirnos.
"En pocas ocasiones nos encontramos en la tesitura de explicar toda nuestra vida a una persona", plantean los autores y señalan que eso ha hecho que los neurocientíficos se centran más en el acto de recordar ("recordación") de actos concretos. La observación es interesante y tiene diferentes implicaciones para las personas. En efecto, es difícil que nos encontremos en la situación de tener que contar toda nuestra vida a alguien, pero sí es frecuente que tangamos que contar largos periodos de nuestras vidas cuando nos encontramos con personas de las que hemos estado distanciados durante mucho tiempo. Contar entonces se convierte en un complicado ejercicio de selección de momentos significativos que den sentido a lo que vamos haciendo.
Uno de los aspectos más señalados del llamado "giro narrativo" es precisamente el que nos lleva directamente a esa memoria autobiográfica (y a la parte de la episódica competente) para la construcción del "relato" de esa vida que contamos al ausente.
Construir relatos se ha convertido en algo más que una facilidad que algunos tienen y que se dedican a contar historias. Se ha convertido en una faceta humana que da forma a nuestra propia existencia en ese concepto tan complejo llamado "identidad".

Los seres humanos contamos historias a los demás y nos contamos como historia, tanto a los otros como a nosotros mismos. El lenguaje es una herramienta que ordena en las frases las acciones. Esas acciones verbalizadas construyen los textos conforme a los principios lógico organizativos que estudiamos en el campo de la narratología. Son las reglas que constituyen la lógica del relato.
Nuestras culturas son dispositivos semióticos en los cuales tenemos un repertorio de lenguajes y de modelos o géneros textuales para poder aprender a dar forma a la experiencia. Hay todo un repertorio textual a nuestra disposición para poder describirnos narrativamente, toda una retórica para enfatizar los efectos que queremos crear en los otros a través de nuestro discurso biográfico.
Los géneros memorialísticos  —en su sentido más amplio— sirven como modelos para dar forma a la experiencia y seleccionar los acontecimientos. Actúan como guías que permiten acoplar nuestros propios recuerdos en estructuras más amplias.
Los científicos de la memoria se centran en los aspectos que les interesan en su propio campo. Pero no se aborda la cuestión de los modelos que la cultura ofrece a las personas para contarse ante uno mismo y ante los otros. Tampoco se distingue el acto de recuerdo del acto de la construcción del discurso que recuerda. Si es poco frecuente que contemos nuestra vida completa a otros, es menos probable aún que nos la contemos nosotros mismos. Sí creo, en cambio, de que disponemos de nuestras propias historias encapsuladas ya en discursos, como si fueran capítulos en los que organizamos alrededor de momentos o experiencias cruciales el sentido de lo que ocurre o incluso de lo que puede ocurrir.


La lógica del relato es poderosa pues establece los vínculos lógicos y cronológicos que dan coherencia y cohesión al discurso. Frente al recuerdo espontáneo que surge, la linealidad del discurso obliga desarrollar una forma narrativa que pueda ser contada. Eso, como decimos, no solo implica contarlo sino mecanismos que afectan a la explicación o, si no se puede, a la falta de explicación de los acontecimientos en los que somos el centro.
La distinción entre memoria episódica y memoria autobiográfica por el hecho de contar la historia de los otros es una distinción borrosa en la medida en que el grado de participación de los otros en mi vida es constante. Sin los otros no hay mucho que contar. El otro, además, está inserto de forma implícita y como modelo en el propio discurso narrativo que produzco para él. Es una suerte de oyente modelo, por seguir el concepto de Umberto Eco.
Esta otredad receptora del discurso también considero que afecta al discurso autobiográfico en el que soy yo mismo quien me proyecto como oyente a la vez que narrador. Los fenómenos del diálogo interior no son un descubrimiento nuevo, sino una práctica que realizamos de forma constante.
Lo vivido como tal desaparece; queda como recuerdo, pero es evocado de forma discursiva, queda como lo narrado. La realidad de lo vivido depende de nuestra propia percepción, de nuestra forma de evaluar lo que experimentamos, real o ficticio. El recuerdo, además, resulta modificarse por muchos elementos que pueden cambiar nuestra percepción de por qué ocurrió a la vista de lo sucedido posteriormente, pues tienden a formar secuencias y estructuras —algo ocurre por algo y causa algo— para adquirir sentido junto a otros recuerdos.
El psiquiatra Carlos Castilla del Pino intervino en el ciclo de conferencias "Literatura y memoria", organizado por la Fundación Caballero Bonald y el Ayuntamiento de Jerez, publicado en 2002. En el coloquio con invitados y público tras la conferencia, Castilla del Pino señaló:

La vida de los demás y la propia las entendemos muy bien cuando se nos dan como un discurso estructurado, con comienzo, desarrollo y fin (esto puede decirse tanto del conjunto como de cada uno de los muchos episodios de los que se compone). Desde mi punto de vista, es falsa la correspondencia estructural entre lo ocurrido, lo evocado y lo narrado. Lo que nos ocurre es claro que transcurre, porque lo que llamamos ahora -que no es nunca puntiforme, sino más o menos duradero o extenso tiene una estructura narrativa. La realidad no la hace el sujeto, sino que se hace con el sujeto. Yo no he hecho esta realidad: la hago con ustedes, y ustedes conmigo (además, ustedes son “muchos” más). Efectivamente, tiene su forma narrativa, como un discurso, porque toda situación tiene su comienzo, su desarrollo y su fin, para dejar paso a otra, la que ha de venir. Pero la experiencia de este ahora, de la realidad presente, no es un reflejo de la realidad: la  realidad se convierte en experiencia interna en cada uno de los protagonistas puesto que, además de su aprehensión, es necesaria la interpretación de aquello que, al mismo tiempo que transcurre, nos ocurre. Y que muchas veces nos requiere, además, actuar. Es lo evocado lo que, para una mejor intelección de lo transcurrido, posee ya una estructura narrativa, resultado de la conversión y representación de aquello que ocurrió en algo que transcurrió. Esa estructura narrativa se perfila y consolida cuando se ha de contar porque, si no se hace en forma de narración, con un “érase una vez” implícito, no se entiende por parte del que escucha o lee. Pero eso es ya un artificio creado con posterioridad, y aleja la ilusión de identidad entre lo vivido y lo narrado. Resumiendo: a nosotros no nos transcurren las cosas; a nosotros nos ocurren. Cuando las evocamos -que es una forma de contárnoslas a nosotros mismos- y, mucho más, cuando las referimos, ofrecemos aquello que nos ocurrió como transcurrido. (92)



Creo que parte del esfuerzo mental y personal es conseguir integrar los acontecimientos en narrativas con sentido. No hay acceso directo a los hechos que son acontecimientos y, por ello, percibidos, jerarquizados, valorados, etc. a través del conjunto de nuestras capacidades psíquicas. Lo que ocurre, ocurre ante nosotros como un hecho integral que es unido a otros en forma de secuencias estructuradas hasta allí donde otro acontecimiento decisivo crea su propia estructura. Nuestra habilidad es ir engarzando esas unidades en unidades superiores en la que vamos alcanzando sentidos, coherencias que construyen la identidad.

La identidad es juez y parte. Vivimos y organizamos lo vivido, aceptando, rechazando, interpretando siempre. ¿Somos sinceros cuando lo hacemos? ¿Somos justos? Me temo que esos términos son demasiado civilizados y morales para ciertos niveles de la mente. 
En otra de sus intervenciones en el coloquio, Castilla del Pino, al referirse a la autobiografía señala: "No hay que temer tanto a la distorsión: a lo que hay que temer es a la mentira." (99) 
La distorsión es fruto de esa subjetividad variable de la experiencia, del ahora perceptivo y del mañana del recuerdo. Es natural. Los recuerdos no son fotografías en un álbum; son constructos. Los revivimos desde la emoción y desde el paso de la vida por nosotros. La mentira en cambio es otra cosa, ya sea a los otros o a nosotros mismos. Puede que nosotros podamos perdonarnos, pero no siempre lo harán los otros. La mentira no tiene que ver con la vida como recuerdo, sino con el intento de actuar sobre ella desde el engaño. Se recuerda y se miente en el presente. La diferencia es que la mentira busca cambiar el presente y apunta hacia el futuro, aunque hable de lo pasado. La mentira en la autobiografía tiene que ver con el cómo queremos ser recordados falsificando lo que sabemos que hemos sido.
Castilla del Pino dedicó en el coloquio palabras afiladas a la publicación de algunas memorias y autobiografías que consideraba esencialmente mentirosas. No había distorsión natural, sino engaño social en ellas, intento de encubrimiento propio.
No solo los hechos forman parte del recuerdo. También forman parte los sueños, incluso las frustraciones por lo que no ha sido y que se recuerda con la misma intensidad. Las tensiones entre lo acontecido y lo deseado son enormes en el ser humano.
Como seres narrativos, somos una colección de historias, de recuerdos engarzados. Las historias forman la identidad de los pueblos y también de las personas. Puede que no contemos la totalidad de nuestra vida y que ese intento de ejercicio integral del recuerdo esté reservado a los novelistas y demás trabajadores de las vidas contadas. Pero han salido todos ellos de esa facultad de hacer desfilar ante la mirada interior de la conciencia nuestras vidas.


* Christine Köber y Tilmann Habermas.  "El peso de la memoria autobiográfica",  en Mente y cerebro (78-mayo junio 2016) pp. 10-15.
** Carlos Castilla del Pino (2002). "Después de la autobiografía", en Josefa Parra Ramos (ed.) Literatura y memoria, Fundación Caballero Bonald y el Ayuntamiento de Jerez. pp. 70-120.

sábado, 21 de mayo de 2016

No es de Disney, pero sí es una película

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Fue hace muchos, muchos años. Un niño se metió dentro del recinto de los osos en un zoológico de los Estados Unidos con la intención de abrazarlo al igual que probablemente lo hacía con su peluche. Evidentemente nadie regala peluches de niños a los osos y el animal no entendió el gesto del niño, que falleció como consecuencia de aquel malentendido. Recuerdo haberlo leído de manos del ilustre semiólogo Umberto Eco, que era el más apropiado para explicar cómo nuestra civilización ha perdido la perspectiva de lo que es la amistad y el amor universales extendiéndola más allá de donde la saben apreciar.
La cuestión se plantea periódicamente cuando algunas personas confunden la visión de los animales que nos transmite los diferentes tipos de discursos que se ocupan de ellos, que se han ido ampliando. Con motivo del estreno de la nueva versión de El libro de la selva, repasamos la vieja versión de Zoltan Korda. En la nueva película de Disney, el único ser real es el niño que encarna magistralmente a Mowgli. Todos los animales son digitales, expresivos y parlanchines, es más, de un comunicativo que abruma.
En la vieja y estupenda versión de Korda, con Sabú, todos los animales son reales y no habla ninguno, con la excepción de la serpiente, que tiene licencia bíblica para hacerlo por aquello de la seducción. Todos los demás son animales a los que —incluso a los más amigables— no se le ocurriría a uno abrazar, achuchar o cantarles algo.


Si alineamos las tres versiones, nos muestran cierta evolución hacia la personalización completa. Una etapa realista, una etapa intermedia de bajo grado de iconicidad —diría un semiólogo— con el dibujo, que es menos realista, y finalmente el intento de crear animales realistas con personalidad y características humanas. En esta tercera versión, pues, se pretende llegar al realismo de la primera con la humanización de la segunda. Incluso es probable —es una especulación— que se renunciara a hacerla "musical", como la de dibujos, por ser incompatible con el realismo de los animales digitalizados. Con que todos los animales hablaran ya parecía demasiado.


Todo esto, de una forma u otra y ya avisaba Eco, está cambiando nuestra concepción de la "otredad" de la Naturaleza, algo que ha ido ocurriendo progresivamente en los tiempos. Las viejas fábulas hacían hablar a los animales, pero no por ello a la gente le daba por conversar con zorros, cuervos o leones, aunque lo hicieran entre ellos o con algún viajero ocasional, como nos cuentan Esopo, La Fontaine o Samaniego. Las fábulas no tenían, evidentemente, pretensión de realismo, todo lo más de realismo moral. El imposible malentendido lo evitaba el lenguaje con las expresiones colaterales: "astuto como un zorro", etc. que dejaba claro que se trataba de transmitir las enseñanzas a través de un universo conocido. No conozco ningún caso en el que ocurriera algo similar a lo del niño que se metió en el zoológico a abrazar el oso.
Pero los nuevos tiempos tecnológicos permiten ampliar el malentendido. The Washington Post nos trae un reportaje, con el título "People love watching nature on nest cams — until it gets grisly"*, en el que se nos cuentan las nuevas relaciones que los medios posibilitan con la naturaleza y nuestra reacción de observadores:

The osprey cam at the Woods Hole Oceanographic Institution is trained on a nest near the Massachusetts seaside, and the pair that call it home are now waiting for three eggs to hatch. But for the first spring in a decade, the camera is dark, and a note on the institute’s website offers only a two-sentence explanation.
“Regrettably, the cam will not be operating this season due to the increasingly aggressive actions of certain viewers the last two years,” it begins. 
That is a staid reference to cam fans whose emotions about the nest morphed into vitriol — and fighting words. When the osprey mother began neglecting and attacking her chicks in 2014, anxiety exploded among some viewers, as did demands that the institution intervene to save the baby birds. When the same thing happened in 2015, the public passions took a more personal turn.
“It is absolutely disgusting that you will not take those chicks away from that demented witch of a parent!!!!!” one viewer emailed to Jeffrey Brodeur, the communications specialist who ran the camera. Another wrote: “I realize this is nature, but once you put up a cam to view into their worlds it is no longer nature. You have a responsibility to help n save when in need.”*


La agresividad de la gente ante la no intervención en la naturaleza es extensible a muchas otras situaciones. La elección de dejar apagadas las cámaras ante el "espectáculo" natural es una forma de defensa ante estas complejas reacciones de angustia primero e irritación después causadas por las imágenes realistas.
Tenemos las personas que reaccionan con violencia ante el espectáculo de la crueldad y decimos que no entienden el funcionamiento de la naturaleza y esa idea de la "no intervención". Sin embargo, yo me mostraría quizá más preocupado por los que disfruten de esa amoralidad natural. Los primeros, al menos, tienen la capacidad de la compasión aunque sea hacia los animales. En ocasiones, esta también cae en una extraña indiferencia ante lo humano y una fascinación emocional con la naturaleza. El hombre es un lobo para el hombre y el lobo es un animal de compañía.
Mientras la naturaleza era agresión continuada, peligro constante, la marcábamos de una manera. Hoy tenemos acceso a parcelas a través de los medios que nos permiten la identificación. Podemos recorrer el mundo a lomos de una gaviota o vivir la vida cotidiana de las hormigas o conejos en sus respectivas casas. Puedo elegir entre el reality humano de las Kardashian o Gran Hermano o el reality natural de conejos, leones o águilas en sus nidos. La función de estos realities es la misma: recortar nuestra vida insulsa con otra más interesante a la que nos adscribimos emocionalmente.

La reacción del último párrafo es interesante y está en el centro del problema: una vez que pones una cámara, eres responsable. El principio tiene muchas consecuencias en este y otros campos. ¿Cuántas imágenes terribles se nos muestran para recaudar fondos? Se nos dice que podemos cambiar el destino de esas personas (o de ballenas, leones...) mediante nuestra acción. Pero después están estos otros casos: ¿para qué mirar si no se puede cambiar el destino? Cuando no sabíamos, podíamos vivir indiferentes, pero ¿ahora, qué estado es el correcto: la aceptación, la indiferencia?
Si el mundo se nos ha vuelto "aldea", como decía con acierto McLuhan, se comprueba en estas reacciones emocionales ante lo que antes era desconocido y ahora es "próximo mediatizado". Con esta idea quiero expresar que muchas veces ignoramos o no nos importa lo que tenemos a cien metros mientras que mantenemos unos vínculos emocionales intensos con los elementos más distantes gracias a los medios. El mundo se nos ha hecho pequeño no solo por los trenes y aviones, que nos permiten darle la vuelta cuando queramos, sino por la proximidad que los medios procuran. Esta proximidad es altamente emocional. Por decirlo directamente: nos resulta más intenso emocionalmente el contacto mediado que el directo. Lloramos  con más intensidad ante una pantalla que ante la realidad misma; la representación, el signo, es más intenso que la realidad misma.

Ese efecto lo consigue también el propio lenguaje y su retórica y era el oficio del poeta, emocionarnos al contar a través de la palabra. Hoy esa emoción se consigue mediante las comunicaciones mediadas y su capacidad de producir emociones. Empezamos a llorar en el siglo XVIII y no hemos parado desde entonces. La novela sentimental, burguesa o lacrimógena abrió la espita del llanto. Como decía Goethe en las primeras páginas del Werther, no neguemos nuestras lágrimas a los nuevos héroes.
Goethe fue responsable, en gran medida, de la sentimentalización de Naturaleza al establecer las intensas correspondencias emocionales entre el joven sufriente y el mundo rural que le rodeaba que se convertía en eco de su hijo predilecto. Con ellos, con los románticos, el mundo se veía a través del sentimiento, es decir, de las emociones ante montañas, valles, flores, árboles, etc. a los que dotaban de una fuerza especial y de un papel en la vida de quienes los contemplaban. Ya no había distancia en la mirada, solo intensidad emocional creciente, signo de la bondad de corazón.


Los medios nuevos nos sitúan en el centro de muchas cosas, de muchos espacios y situaciones que vivimos desde dentro, provocando sentimientos intensos y confusos, en muchas ocasiones:

The Woods Hole experience isn’t unusual, and it’s the reason most nest cam operators publish policies on when they’ll intervene. One Montana osprey cam reminds viewers that it “is not a Disney movie.” The Cornell Lab of Ornithology, which views its many cams as key tools to recruit new bird-lovers, occasionally puts a warning on the screen when things get gruesome, along with a little context, said Charles Eldermire, who manages the cams.
“It’s like watching ‘Game of Thrones.’ You know somebody is going to die, but you don’t know who or how or why. You know one possibility is someone’s not going to die,” Eldermire said.
But, he added: “For people that want us to intervene, all they’re focused on is, ‘We watched this egg get laid, we watched it hatch, and we didn’t come here to watch it die.’”


Primero: ¿qué es un "bird-lover"? ¿Un observador distante e indiferente? Su mirada no es "científica", sino lo contrario; el término no engaña "lover". Se le busca y estimula en su capacidad de amar y ese amor no es —como ninguno— racional sino emocional.
Segundo: es interesante que aunque se diga que no es una película de Disney (it “is not a Disney movie.”) no por ello se dejen de establecer las analogías con el medio audiovisual. Se nos pide que no se vea "a la Disney", sino "a la Game of Thrones". El problema, por lo que parece, es el género, un problema sobre cómo leer esas imágenes, un problema de recepción, por decirlo así. Los documentales, por ejemplo, tampoco respetan las distancias del género, sino que buscan el contacto emocional poniendo nombre a lobos, osos o jabalíes. Nadie quiere ser distante porque eso no gusta a un público que busca emocionarse, sentirse del lado bueno de la naturaleza. Puede que seamos los reyes de la naturaleza, pero nos gusta vernos como monarcas bondadosos que cuidamos de nuestros súbditos.

La cuestión se complica cuando ya hay una generación de narrativa a la carta, es decir, que puede interactuar con las ficciones dirigiéndolas en un sentido o en otro. Si se vota qué nombre ponerle al recién nacido del Zoo, ¿por qué no se puede votar si se salva el huevo o se le retira la custodia a mamá águila? Si se movilizó a la gente al grito épico de "salvemos a las ballenas", ¿por qué no se puede salvar un huevo, una cría, un animal herido...? No se puede pedir a la gente que sea "bird-lover" y luego presentarle el mundo de los "angry-birds".

El problema es que nunca se puede tener todo. La naturaleza no es espectáculo, pero nosotros la hemos convertido en uno. Sin un mediador que regule los sentimientos de quien contempla el espectáculo, el choque es brutal, irresistible. En una película se puede recurrir a múltiples formas de sublimación de la violencia, de la elipsis en adelante. ¿Pero cómo evitar el horror del directo y sin posibilidad de cortes y con un guión desconocido?
Está muy bien que los naturalistas tengan un código ético de no intervención en los asuntos de la naturaleza. Pero para los espectadores es inasumible. 
Hiperexcitados por el flujo sentimental de los discursos de todo tipo (ficciones, publicidad, política...) en los que se les pide que se impliquen, no pueden mantener la distancia ante unas imágenes que les traen un mundo que nunca ven de forma directa sino mediada. No pueden olvidar que esos mismos medios nos enseñan a mirar de una determinada manera, como lo hicieron pintores y poetas cuando tenía la exclusiva en la descripción sentimental del mundo. Puede que lo que nos muestran las cámara no sea una película de Disney, pero no deja de ser un discurso fílmico, otro tipo de película que el espectador consume desde su aprendizaje acumulado ante una pantalla, ante las páginas de periódicos o novelas. En mitad de la naturaleza no esperamos que llegue un salvador en los últimos segundos, pero ante una pantalla sí, mantenemos esa esperanza emocional, por absurdo que parezca. Esperamos que el débil derrote al fuerte, que el bien triunfe. Pero la naturaleza no sabe nada de la justicia poética ni de la moralidad ni ha leído La genealogía de la moral.
Se nos pide un amor indiferente y eso es imposible. El problema viene del concepto mismo: ¿qué significa "amar" la naturaleza? En sí mismo es absurdo porque es lo más antinatural. El comportamiento de la naturaleza es amoral y quererla es un riesgo. El niño que abrazó al oso no llegó a entenderlo nunca; los que asisten a las crueldades en directo no deberían verlo si las consideran "crueldades"; y los que ponen las cámaras lo saben, pero no por ello dejan de sacarle su fruto.


Hace unos días, la BBC reproducía, en su sección Earth, un vídeo con el título "Chimps filmed grieving for dead friend". Mostraba las respuestas de los chimpancés ante la muerte de un compañero. La imágenes eran muy "emotivas" tanto por lo que veíamos allí como por la melancólica música de piano que las acompañaba. Veíamos a los chimpances rodear al muerto y reaccionar ante él de distintas formas, incluso limpiándole los dientes. Cada pocos segundos, unos carteles redefinían nuestras emociones con el lenguaje mediador. Finalmente todos veíamos allí un espectáculo de dolor muy "humano", un funeral. Nos habíamos imaginado a aquellos chimpances en un funeral. Pero eso es una suposición nuestra. Quizá era porque no comprendían lo que ocurría y por eso seguían realizando acciones como limpiarle los dientes al muerto. Pero nosotros podíamos ver y sentir lo contrario, la limpieza de un cadáver, algún tipo de ritual.

No podemos dejar de sentir cuando vemos. Y cada vez vemos más cosas gracias a la posibilidad de acercarnos a lo que antes permanecía oculto o simplemente no nos interesaba. Hoy hay interesados para todo y todo nos emociona. Somos la civilización de la mediación empática, exprimidos como limones en el llanto, incitados a la indignación con las guindillas visuales, seducidos con la armonía del movimiento y la palabra de la serpiente digital que hipnotizó a Mowgli.



* "People love watching nature on nest cams — until it gets grisly" The Washington Post 19/05/2016 https://www.washingtonpost.com/news/animalia/wp/2016/05/19/when-nest-cams-get-gruesome-some-viewers-cant-take-it/

** "Chimps filmed grieving for dead friend" BBC-Earth 17(05/2016 http://www.bbc.com/earth/story/20160517-chimps-grieve-for-dead-friend


domingo, 26 de mayo de 2013

Observar y comprender, mostrar y explicar

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Umberto Eco ha estado en Burgos recibiendo un doctorado Honoris causa y en la entrevista que el diario El País le ha realizado señala:

Los periódicos han perdido muchísimas funciones. Por la mañana lo hojeo rápidamente porque las noticias principales ya me las ha contado la televisión, pero continúa siendo importante por los editoriales, por los análisis, y es fundamental no leer uno, sino al menos dos cada día. Se debería enseñar a leer periódicos a la gente, dos o tres, para ver la diferencia entre las opiniones, no para conocer las noticias, eso ya nos lo dice la tele.*

Crecí en una casa en la que lo primero que se hacía cada día era recoger del felpudo de la entrada tres ejemplares de periódicos. La puerta se abría para dar entrada a las noticias del día. Entiendo lo que quiere decir Eco. En aquella época, además, la televisión era única y oficial. La única forma de acceder a cierta diversidad informativa era a través de los periódicos. Allí tenía las mismas noticias pero con opiniones y valoraciones distintas, interpretadas de diferente forma muchas de ellas. Valoras la opinión, lo importante de sus diferencias, no la rechazas.

Valorar los análisis y los editoriales es una sutileza que, me temo, se ha perdido en estos tiempos de Twitter y videoblogs, tiempos en que los medios se autolimitan por temor a que el exceso de información, aburra, sature a los receptores. Tremendo error.
Muchos periódicos han ido perdiendo ese deseo de diferencia explicativa frente a unos medios audiovisuales que han enseñado a primar la brevedad, concisión y emocionalidad de la imagen. Aumentan el tamaño de sus fotografías y reducen el número de sus palabras. La palabra escrita es la que nos permite un análisis pausado pues somos nosotros los que seleccionamos el ritmo de la propia lectura, algo que no ocurre con la escucha y la visión, en las que dependemos del tiempo asignado por otros, que también es una forma de valoración. ¿Pero es eso lo que interesa hoy, "lo pausado"?
Eco apunta a las necesidades y consideraciones lógicas de un "hombre mediático ilustrado". Hoy se aboga, por el contrario, por un "romanticismo emocional" de los medios, por el impacto de la imagen, alrededor de la cual se "construye" la noticia. El núcleo es muchas veces la imagen, la foto, el vídeo, el sonido. Todo aquello que tenga el mayor impacto emocional. La palabra gira como un satélite a su alrededor, como comentario, o desaparece, como ocurre en secciones como "No comment" (Euronews) o en "On off" (RTVE).
Euronews explica así su espacio No comment:

En euronews, creemos en la inteligencia del espectador y pensamos que el papel de una cadena informativa consiste en proporcionar la materia suficiente, a cada individuo, para que se haga su propia opinión del mundo.
Nosotros consideramos también que en ocasiones las imágenes no tienen necesidad de explicación o de comentario. Por eso creamos No Comment y después No Comment TV: con el objetivo de mostrar el mundo desde un ángulo diferente.


No son demasiado convincentes los argumentos: ¿puedo "entender" lo que ocurre y formarme una "opinión del mundo" con la simple contemplación? Quizá es demasiado inocente pensarlo así, aunque nos pueda adular pensarlo. Necesitamos de una contextualización, de informaciones previas que nos ayuden. El mundo profesional de la información surge precisamente porque no somos capaces de crearnos esa opinión desde los materiales en bruto que la realidad nos trae y los medios captan y registran. Ver no es suficiente. "Comprender" es un proceso complejo que requiere de la palabra para formarse.
Quizá por eso, la sección "On off" de Televisión Española ofrezca comentarios en su página web explicando el sentido de las imágenes, de aquellas que son ofrecidas inicialmente con un mero título, algo que ya es una forma de orientar sobre el "sentido". Euronews solo ofrece lugar y fecha en la emisión, pero también las contextualiza posteriormente explicándolas en su web. 

La simple visión de las imágenes, sin un contexto informativo adecuado, no ayuda demasiado a la "comprensión del mundo". Comprender es un proceso, no un acto. Solo en los casos en los que tenemos un conocimiento previo suficiente —y no siempre— podemos comprender ese material en bruto. Pero no siempre lo tenemos porque se han ampliado los focos de información en un mundo global y complejo. La prensa surgió precisamente por la necesidad de tener noticias de más allá de nuestros espacios habituales, con la expansión del mundo comercial y los intereses distantes. De repente comenzamos a necesitar información de lo que ocurría en otros lugares, que alguien nos lo contara. Los focos de interés se multiplicaban y con ellos nuestras necesidades informativas.
Hoy el mundo produce millones de imágenes por minuto a través de teléfonos móviles, cámaras fotográficas, vídeos caseros, etc., relegando a los medios impresos a competir en una batalla generacional perdida. La imagen sin tratamiento informativo se convierte en una especie de ritual vacío, en el que el esteticismo, lo truculento, lo curioso, lo anómalo, lo extravagante, etc., se consumen sin explicación. Es la imagen por la imagen. Necesitan tenernos mirando y cualquier medio es bueno.


La deformación del "gusto informativo" que implica un mundo sin explicaciones es el de un mundo sin necesidad de ser explicado. La "explicación" y sus diferencias es un nivel superior. Por eso es esencial la profesionalidad de los informadores, porque son los que dirigirán la interpretación en un sentido u otro, contextualizando o complementando todos aquellos vacíos que la imagen —que ha captado solo una parte de un continuo vital, de un proceso en el tiempo— no puede aportar.


La imagen a secas no es necesariamente "objetividad". La "objetividad" no es un valor de las cosas, sino de las personas al tratar los acontecimientos, al mostrarlos, al describirlos. Cuando Umberto Eco señala que él se entera de las noticias por la televisión, pero las analiza a través de la prensa, está indicando esos dos momentos complementarios: el observar y el comprender. El primero nos los ofrece el mundo captado, a veces casualmente; el segundo, la complejidad de cualquier acto humano relevante, lleno de conexiones históricas, económicas, sociales, políticas, etc., lleno de consecuencias.
Si todos los actos humanos fueran triviales o fruto del azar no necesitaríamos explicaciones ni opiniones. Afortunadamente no es así.

* Umberto Eco “La cultura no está en crisis; es crisis” El País 23/05/2013 http://cultura.elpais.com/cultura/2013/05/23/actualidad/1369333134_264650.html






domingo, 27 de noviembre de 2011

La distancia (el hombre del paraguas)


Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Existe una distancia para ver las cosas y otra para comprenderlas. En un animal eminentemente visual e interpretativo como es el ser humano, las distancias visuales son importantes porque toda visión implica también una hipótesis sobre lo que se ve. Nos retiramos para poder encontrar la distancia precisa con la que ver un cuadro, más allá del detalle. De cerca podemos tener más precisión, pero puede que perdamos capacidad interpretativa.
Esa es la tesis que nos presenta The New York Times en uno sus interesantes microprogramas de vídeo, titulado “The Umbrella Man”*. El título hace referencia a la extrañeza que provoca el detalle. Nos dice su presentador, Errol Morris, que lo que nos parece normal en una distancia “natural”, con nuestra precisión ocular característica, se vuelve extraño cuando lo observamos con un microscopio. No es una cuestión exclusivamente visual la que plantea, sino lo que podríamos llamar la génesis de la extrañeza.
Los vídeos y fotografías tomados en los últimos momentos de la vida de John F. Kennedy nos muestran que, justo en el punto del recorrido en el que fue asesinado el Presidente, había un hombre con un paraguas abierto. Esto no habría causado extrañeza si ese día hubiera llovido en la ciudad de Dallas y otras personas de las que contemplaban el paso de la comitiva presidencial hubieran tenido sus paraguas abiertos.  Pero no fue así. Aquel fue un espléndido día de sol en la población tejana. Y el disparo se produjo exactamente al paso del coche del presidente frente al hombre del paraguas. Inquietante, ¿no? Se ha especulado mucho sobre ello. Se ha llegado a afirmar que se trataba de un arma sofisticada, un paraguas rifle o un paraguas cerbatana capaz de acabar con el presidente a su paso.

La aparición del hombre del paraguas pasados los años y dando explicaciones sobre qué hacía allí con un paraguas abierto en un día de sol con 18ºC no ha parado las especulaciones. Una vez que la maquinaria del recelo se pone en marcha es difícil, por no decir imposible, de parar. Ni la declaración jurada del interviniente servirá de nada.
 Cuando los seres humanos elaboramos una teoría, esta va apoderándose de lentamente de nosotros. El hombre del paraguas deja de ser el que llevaba el paraguas y pasa a ser el que lleva una teoría. El gran novelista norteamericano Sherwood Anderson en su obra Winesburg, Ohio, sostenía que los hombres se apoderaban de las verdades del mundo y las acaban transformando en deformaciones grotescas, convirtiéndose ellos mismos en seres grotescos poseídos por las ideas. Debería volver Quevedo y reescribir su soneto: “Érase un hombre a una teoría pegado”. La teoría, por supuesto, seguiría siendo, como la nariz,  “superlativa”.

La retirada del oro venezolano, por parte de Hugo Chávez, de los bancos de los países que no le caen simpáticos ha desatado todo tipo de teorías sobre el asunto. No debe ser para menos. Como han señalado algunos analistas: más importante que saber por qué lo hace es saber por qué “cree” él que lo hace. La paranoia teórica especulativa asciende y es contagiosa. Podemos intentar pensar qué efectos tiene llevar el oro a Rusia, China y Brasil. Pero no es lo mismo que tratar de meterse en su cabeza y pensar qué teorías e interpretaciones le llevan a hacerlo. Efectivamente, suele ser más importante preguntarse por qué cree la gente algunas cosas que las creencias en sí mismas. Umberto Eco se sorprendió al ver algunas teorías que especulaban sobre el sentido de diversos contenidos de su novela “El nombre de la rosa”. Señaló que se daba una especie de curva en la que las opiniones compartidas por la mayoría estaban en el centro, como en una curva “normal”, mientras que las aberrantes se situaban en los extremos, compartidas por los paranoicos que tejen las más extravagantes. Como crítico literario y semiótico, a Eco le interesaban las extravagancias. Pero puede ser agotador en otros terrenos.


Una teoría absurda puede dar sentido a tu vida. Los que han estado investigando durante décadas al “hombre del paraguas” y han establecido nuevas y más extravagantes teorías han llenado su vida y han arrastrado a otros. La han poblado, día a día, de cálculos y mediciones a la busca de la evidencia que deje a la humanidad pasmada ante tanta dedicación y sabiduría frente a lo acomodaticio de los demás, que dan por buena cualquier teoría. Cuando una sola teoría absurda resulta ser cierta —como por ejemplo que la Tierra es redonda—, las demás teorías absurdas se revitalizan y tratan de buscar la prueba que confirme la suya. Lo que ocurre es que hay cosas más complicadas que montarse en un barco y darle la vuelta al planeta.
Con todo, la evolución cultural, como en la vida, se basa en el error. Necesitamos personas obcecadas y teorías que cuestionen las verdades oficiales porque solo con estos cuestionamientos se suele avanzar. Para que llamen a alguien pionero, han tenido que llamarle loco durante mucho tiempo. Aunque siempre hay límites en la extravagancia, el papel de las teorías absurdas no suele ser el de triunfar, sino el de despertar la inquietud de personas que puedan diferenciar entre dos teorías extravagantes la que tiene alguna probabilidad de éxito. Las personas creativas son las capaces de convertir el absurdo en utilidad. Los que somos capaces de hacer cosas útiles con teorías útiles somos la mayoría y tiene poco mérito. Por eso, el reconocimiento es para los que sufren el ostracismo antes de que coloquen sus retratos en los lugares destinados a los más ilustres.

Hay personas poseídas por teorías, sus verdades, que les distancian de la vida y de los demás. Comienzan a clasificar el mundo en aquellos que concuerdan con sus teorías y aquellos que las rechazan. En sus mentes no entra la posibilidad de estar equivocados y pueden hacer cosas terribles en su nombre. Hay una distancia para ver un cuadro como hay una distancia buena para no dejarse poseer por la teoría, sobre todo si te arranca tu humanidad y puede causar dolor a otros. Por eso la intransigencia de las teorías, su dogmatismo, y de las personas, su violencia, suele ser indicador de la pérdida del sentido.
Mientras, en muchos lugares del planeta, un número relativamente pequeño de personas padecen dolores de espalda por pasar demasiado tiempo encorvados sobre fotografías en las que aparece un hombre con un paraguas en un día soleado en la ciudad de Dallas. Y, sorprendentemente, junto a él hay un hombre que levanta un brazo. ¿Un brazo?

* "The Umbrella Man" The New York Times http://video.nytimes.com/video/2011/11/21/opinion/100000001183275/the-umbrella-man.html