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sábado, 18 de octubre de 2025

Cultura y consumo cultural no son lo mismo

 Joaquín  Mª Aguirre (UCM)

Hay algo que no me casa en la interpretación que se hace desde la SGAE de la situación de las artes en su informe anual. No me gusta tampoco la forma en que se interpreta el problema cuando se habla de "vencedores y vencidos" en cuanto al consumo cultural en el artículo de RTVE.es firmado por Esteban Ramón que lleva por título "La cultura tras la pandemia: del boom de los conciertos a la caída de las salas de cine"*. 

Crecimiento de la música popular, lenta recuperación de las artes escénicas, y preocupación por las salas de cine. El Anuario SGAE 2025 de las artes escénicas, musicales y audiovisuales, presentado este viernes, revela los datos de 2024 y completa ya un largo estudio longitudinal de 25 ediciones en las que se pueden sacar conclusiones de las tendencias de consumo cultural de este siglo en España, el impacto de la crisis de 2008, y sobre todo, un panorama de vencedores y vencidos tras la pandemia.

“El impacto de la pandemia de covid ha provocado un miedo capas sociales de mayor edad y también un mayor atrevimiento en la juventud”, resume el presidente de la Fundación Sgae, Juan José Solana. “El miedo se ve en la escasa asistencia a espectáculos como teatro, sobre todo, y el cine. Y el atrevimiento provoca más afluencia a espectáculos musicales y de entretenimiento en general. Es algo como parecido a lo que ocurrió tras la II Guerra Mundial: olvidarse a base de mucho entretenimiento”.* 

La idea de "vencedores y vencidos" tiene una serie de implicaciones bélicas que nos alejan de la realidad del problema, que se entiende en términos de "competencia" o "conflicto", una perspectiva perversa de interpretar la cuestión de las "artes", que deberían formularse como "negocios" escénicos, musicales y audiovisuales, que es el que se percibe como fondo. Es decir, se prescinde de un enfoque cultural en beneficio de una concepción competitiva en la que hay un total que gastar y unas formas de repartirlo. No hay ciudadanos más o menos cultos, simplemente formas de gastar en unos campos u otros. No es cuestión del gusto, sino del gasto.

De esta forma se hace girar todo sobre un factor lo suficientemente coherente, el efecto de la pandemia: las personas mayores no van al teatro o al cine por "miedo", mientras que los "atrevidos jóvenes" no tienen miedo por apretujarse en los macro conciertos, Simple, demasiado simple.

Si los adultos tuvieran "miedo" habría aumentado la producción y difusión de DVD, BD y 4K para ver el cine en sus casas, algo que no ha ocurrido. Más bien lo contrario, la posibilidad de comprar este tipo de discos con películas ha desaparecido porque los grandes comercios han eliminado sus secciones de cine. Simplemente, las han retirados. Uno de los grandes centros comerciales madrileños, como pude comprobar ayer mismo, ha hecho desaparecer definitivamente los estantes dedicados al cine. Estos años dejó dos estantes testimoniales. Ayer no quedaba nada de una sección en las que podías echar horas rebuscando entre los miles de películas. Ahora tienes que buscar en su página web en la que el material cinematográfico que ofrecen proviene en su mayoría de otras empresas. Simplemente: han hecho desaparecer el cine de sus estantes.


Curiosamente, esta desaparición física se junta con la aparición de nuevos formatos de mayor calidad de imagen y sonido, como los actuales 4K, un formato que da ya salida al cine nuevo y a una recuperación de clásicos o sencillamente películas populares por sus temas, actores o directores. Los criterios de precio se ajustan a esas demandas, películas caras con caras conocidas; descuentos en otros materiales que se quiere liquidar. Pura oferta y demanda.

El aspecto económico de esta situación cultural lleva a la competencia entre sectores por captar atención y dinero. Podemos poner la pandemia como excusa, pero la realidad no encaja bien. Si es la "seguridad" lo que prima, debería crecer la oferta para dispositivos caseros, algo que no ocurre, que vemos desaparecer de los estantes, a menos que se argumente que los adultos también tienen miedo a entrar en unos grandes almacenes o tiendas a comprar.

A lo que asistimos realmente es a una feroz lucha por lo que hay en los bolsillos en medio de una gran crisis económica y cultural. Es económica porque se resuelve finalmente en compras, ya sean de entradas o de discos; es cultural porque nos dirige hacia determinadas zonas y las aleja de otras. Esta misma mañana se emitía un programa para dar cuentas de la situación digital de los comics y se daba como explicación que los dibujos digitalizados evitan esa molesta situación de tener que "leer". La reciente polémica con una "influencer" que decía que eso de los libros era poco más o menos que una cuestión de ego, de sentirse superior y que estaba sobrevalorado leer nos da pistas de por dónde van los tiros.

No hablamos de cultura. Nuestra sociedad es cada vez más inculta, lo que ya no es visto como un problema si el problema, por ejemplo, es tener que leer, ver "viejas" películas o escuchar viejas canciones.

Hemos construido una sociedad del consumo instantáneo y que se vuelca en el momento. ¿Hay algo más efímero que un concierto, algo que pondere la pertenencia grupal (no se va solo al concierto), el sentido colectivo? Volcarse en el momento quiere decir que no existe sentido de la pertenencia más que al grupo o tribu, que no se amplía el sentido más allá del presente. La palabra "pasado", junto con "ideas", "legado", etc. configuran el marco de lo perdido. Una vez pregunté en esos mismos almacenes por un libro y al decirles la fecha, cuatro o cinco años atrás, me dijeron que no lo tenían porque era "muy antiguo". La etiqueta de "antiguo", que antes podía entenderse como un valor añadido, ahora tiene un sentido despectivo, de obsolescencia. Por supuesto, me han dicho, lo que no se pide se destruye, se hace desaparecer porque ocupa "espacio", lo peor que puede ocurrir.

Hemos perdido nuestro sentido de lo que debe ser una persona culta. Solo contemplamos la dimensión del consumo y este lo dirigimos de forma sutil a través de esa herramienta que son las redes sociales y los influencers, que son solo un invento para salvar el olvido de los medios tradicionales.

Los ministerios y consejerías de Cultura solo actúan para repartir subvenciones y promociones. No hay una idea estable de lo que significa ser culto, sobre cuál ha de ser su repertorio. El papel que debería cumplir el sistema educativo se incumple en beneficio de una idea de dirección hacia el empleo y la eficacia en un sentido estrictamente laboral. No formamos personas, sino futuros empleados, aunque el destino final se atender la barra de un bar o servir a los turistas en sus mesas.

El mundo de la cultura tenía un sentido responsable hace unas décadas. Hoy se identifica con el consumo y se diseñan y fabrican sus piezas. Pasamos de una a la siguiente. No hay conciencia de la cultura como un fondo en el que crece la persona.

Esto se refleja en muchas cosas que vemos, del acoso a los suicidios, de las violaciones a las estafas a los más débiles, del maltrato al desprecio a los mayores, considerados como cargas. La cultura, por supuesto, no es la panacea, pero si un contrapeso a toda esta barbarie, en sentido físico y moral, a la que asistimos cada día, lo que incluye la "barbarie política", incluido la falsificación de títulos universitarios y la incitación directa o indirecta a la violencia y la ausencia de diálogo.

Si la cultura nos da racionalidad, sentido crítico, la barbarie del consumo instantáneo nos trae justo lo contrario. Ya sea por la política o por la incitación al consumo, somos más manipulables, lo que nos lleva a las urnas, a viajar a un país remoto o a una compra impulsiva. En los periodos intermedios, nuestros ojos se desplazan por las pantallas de nuestros teléfonos en busca de algo que mirar, algo diseñado para mantener nuestra atención y nuestra vida con "sentido" hasta el episodio siguiente.

Necesitamos reflexionar sobre nuestros modelos de persona, de sociedad y de cultura. Es urgente porque esta es ya la segunda generación, la de los que han crecido en casas en las que no hay libros, no se ven películas ("soy más de series"), no se va a las salas, etc. Solo se vive en un tiempo puntual, no lineal; un tiempo sin historia, sin legado, sin más valor que el de la novedad.

La idea misma de "industrias culturales" intentaba definir el cambio y la actitud. Nosotros vemos los resultados. Lo podemos comprobar en las preguntas que se nos dirigen cada día en las aulas, resultado del desconocimiento más absoluto de lo que ha ocurrido antes en cualquier dimensión. La cultura es interconexión; unas cosas nos sirven para comprender otras. Sin ello, sencillamente, no entendemos nada. La cuestión es entonces ¿hay algo que comprender más allá del consumo?

Mucho me temo que las personas colocadas en las instituciones culturales públicas y privadas están más pendientes del beneficio económico que del beneficio cultural. Y esto supone que lo que no sea rentable desaparece, incluido el cine, las salas, etc. Tienen que crearse instituciones que ponderen y defiendan otro concepto de la cultura. Es una necesidad urgente.

El Covid simplemente aceleró un problema que ya estaba sobre la mesa. Podemos contentarnos con echarle la culpa, pero la realidad es más compleja y hay mucho de nuestra responsabilidad, de la política a la educación pasando por los propios responsables de las "industrias" a los que les importa poco la cultura en sí. Los mayores "tienen miedo", los jóvenes son osados apenas explica nada y asegura que por ahora no hay solución a algo que no se considera problema.  


* Esteban Ramón "La cultura tras la pandemia: del boom de los conciertos a la caída de las salas de cine" RTVE.es 17/10/2015 https://www.rtve.es/noticias/20251017/cultura-tras-pandemia-del-boom-conciertos-a-caida-salas-cine/16775529.shtml

martes, 20 de junio de 2023

Informe preocupante sobre el estado de la información

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

El titular del diario El Mundo esconde tanto o más que lo que revela: "Los españoles esquivan la política nacional y la guerra en Ucrania y lideran en consumo de pódcast en Europa". Tras la afirmación del aburrimiento y saturación de la política nacional, cuya necesidad de atención es ilimitada e injustificada, o la distancia de la guerra en Ucrania, con el añadido de la extensión del podcast, hay cosas muy preocupantes tanto para los medios como para la sociedad española en su conjunto.

La vinculación de la información con el estado de nuestra democracia es necesaria. La información es algo más que un negocio; es lo que nos da la capacidad de tomar decisiones, de comprender lo que ocurre en el mundo y actuar conforme a criterios formados. Pero no vivimos en un mundo en el que percibamos las consecuencias que la perversión de las bases informativas tiene, precisamente por la pérdida de comprensión.

El diario El Mundo comienza su información señalando que

La política nacional (39%), la guerra en Ucrania (34%) y las temáticas de negocios, finanzas y economía (27%) son los temas más esquivados por los españoles si bien lideramos el consumo de pódcast en Europa (45%), según revela un estudio reciente de la Universidad de Navarra.

Dicho documento, consultado por Europa Press, subraya que en España impera un desinterés por las noticias, la pérdida de confianza y una amplia percepción social negativa del periodismo (un 57% de los españoles escucha habitualmente críticas negativas de la profesión).

Las cifras destacan que existe un creciente número de españoles que no utilizan ninguna fuente de información (ha pasado del 1% en 216 al 7% en 2023) o evitan a menudo leer las noticias (29%). Además, entre aquellos que siguen informándose, el consumo se ha visto reducido o estancado en soportes tanto tradicionales como convencionales.*



De los tres párrafos iniciales del texto, el esencial es el central, el que incluye el elemento determinante: el desinterés por las noticias. El equivalente es como si nos dijeran que el enfermo ha dejado de tener ganas de comer, un síntoma alarmante que debería preocuparnos a todos por lo que representa, pero que precisamente ha dejado de preocuparnos por el efecto señalado. El enfermo ha perdido el apetito y, con ello, también el deseo de conocer su diagnóstico.

Todo esto proviene de un informe, el Digital News Report España 2023, con Alfonso Vara-Miguel, elaborado por Digital UNAV, de la Universidad de Navarra: 


Los datos del Digital News Report España 2023 ofrecen un panorama del consumo de información muy dinámico y fragmentado, en el que se consolidan tendencias que ya se atisbaban en años anteriores, algunas no demasiado favorables para el sector y otras repletas de oportunidades. Quizá la idea principal que subyace a lo largo de todo este informe es que no se puede hablar de una única audiencia, sino de múltiples audiencias, cada una de ellas con características diferentes, respuesta de diversas situaciones sociodemográficas, generacionales y sobre todo de diferentes actitudes hacia la información.

En la edición de este año partimos de tres indicadores que sintetizan en buena medida el modo en que los españoles interactúan con las noticias: el interés en la información, el grado de credibilidad en las noticias, y la percepción crítica del periodismo.

Como se detalla en las siguientes páginas, el mercado español se caracteriza por un preocupante crecimiento del desinterés por la información (véase gráfica). Si en 2015 el 85% de los encuestados se declaraba total o muy interesado en las noticias, esa cifra se ha reducido en 2023 al 51%, lo cual podría estar relacionado con cierta saturación informativa, la desconfianza en las noticias o la percepción de que las noticias son negativas o estresantes, y un cambio hacia hábitos de consumo de nuevos formatos más condensados y resumidos.** 


Una pérdida de ese calibre —del 85 al 51%— desde 2015 es muy alarmante. No se ha producido de golpe, sino que hemos ido teniendo indicadores de esta tendencia desde hace tiempo. Basta con tirar de hemeroteca, con sacar informes de diverso origen, para comprobarlo.

Unos problemas son de percepción y respuesta social; otros, en cambio, son nacidos en la propia dirección y objetivos que los medios han ido adoptando en estos últimos años, aunque el origen viene de lejos.

Ya sea por "saturación", "desconfianza", "negatividad de las noticias" o por "cambio de hábitos" —o todo ello a la vez— el panorama es desolador. Y lo es sobre todo por lo que representa y lo que muestra de un futuro peligroso.

La saturación viene de la presión que los medios ejercen las 24 horas del día dentro de la ruptura de los márgenes físicos que representa la sociedad de la información, un continuo informativo que no cesa. La desconfianza es de otro orden e implica la pérdida de credibilidad de los medios, que se han polarizado como forma de mantener sus propios segmentos; la polarización política se basa en la necesidad del medio afín que distribuya sus puntos de vista y los medios se adhieren a esta percepción porque les asegura unos receptores acorde a sus puntos de vista.

La negatividad obedece a cierto abuso de las noticias que atrapen a los espectadores o lectores. Los casos morbosos se multiplican para captar la atención y es frecuente en alguna cadena comenzar su telediario con las imágenes de un accidente, un asesinato o informes apocalípticos sobre cualquier asunto que preocupe. No se puede entender este punto sin su contrapeso, la trivialidad y el hedonismo ambiental. Hemos producido consumidores de trivialidad informativa, personas además deseosas de vivir en una especie de oasis determinado por nuestra función vacacional constante. Los medios nos alientan al consumismo, al desplazamiento turístico, a visitar las playas y zonas vacacionales por el sencillo método de la promoción constante, especialmente en los canales audiovisuales. 

La gran preocupación mediática en la convocatoria de elecciones generales ha sido la coincidencia con periodo vacacional. Lo ha sido desde el primer momento y lo sigue siendo. Las vacaciones por encima de todo.

Lo hemos podido ver de forma clara, igualmente durante la pandemia. La enfermedad era anti turística y el gran momento esperado era la ocupación de las "terracitas" y la retirada de la mascarilla, vista como un enemigo del llamado "ocio", especialmente del nocturno. En ese mundo del disfrute, las noticias negativas provocan reacciones de distanciamiento.

Este último punto tiene que ver con esos cambios en las formas de vida, centradas en el ocio, que es el verdadero "empleo" de los españoles, su lugar de trabajo, su centro de producción para que se mantenga en marcha el gran negocio nacional.


La introducción de nuevos medios y formatos hace que estos se vayan adaptando a esas necesidades y rechazos que los públicos van manifestando, especialmente de forma generacional. Las diferencias generacionales son cada vez más relevantes en el consumo, no solo por el tipo de noticias, sino también por los medios, incluso tipo de plataforma que se utiliza para su consumo.

Lo más preocupante es la base, las pérdidas de interés y de confianza. Se resalta en el estudio que los medios locales resultan ser más creíbles que los nacionales, cuyos objetivos están centrados en elementos más distantes. De esta forma, el mundo informativo se reduce al ámbito de lo próximo, lo conocido, lo local.

Que dejen de interesarnos las informaciones es grave; que no nos fiemos de ellas, es peor. Se da entrada así al crecimiento imparable de los bulos, de las fake news, de la manipulación programada, local, nacional e internacional. Sin información veraz, somos carne de cañón de todos aquellos con interés en movernos en distintas direcciones. Desconectados de la realidad a través de una información veraz, acabamos conectados a placebos informativos, a flujos manipuladores.

Hay mucho de efecto global, mundial; lo vemos en otros países, como en los Estados Unidos. Pero también hay mucho de la situación española, lo específicamente nuestro. 

Estas informaciones deberían sacudir la conciencia de las Facultades de Ciencias de la Información, pero no lo hacen, más preocupadas por centrarse en el mundo de la información detrás de las empresas, en la asesoría de comunicación, en el diseño de sueños en un mundo ya irreal. Seducir, más que informar.

El "desprestigio" del que se nos habla es real y creciente. Ya sea por acercarnos lo trivial con pretensiones, ya sea por anegarnos de sangre y peligros inminentes, la profesión periodística ve cómo se extinguen sus pilares básicos, que son molestos cuando son objetivos, requieren esfuerzo y sentido crítico, conocimientos. Hoy vemos cómo se rechazan con fiereza los conocimientos humanísticos, sociales, etc. que podrían dar solidez interpretativa al profesional en favor convertirse en meros tecnócratas mediáticos puestos al servicio de cualquier postor, de una información política, comercial o meramente trivial, el "infoentretenimiento" (infotainment). Influencer, neuromárketing, etc. han pasado a formar parte de la jerga y la mentalidad en nuestras facultades en detrimento de lo que supone el periodismo como vigilancia y testimonio del día a día. La información es vista como un recurso para dirigir, controlar, etc. los movimientos del consumo, la política, etc. antes que una fuerza liberadora de los criterios.

No será fácil intentar mover la dirección de estas tendencias. Los resultados los estamos viendo, una mezcla entre la polarización social y la desidia; entre el choque continuo y el aburrimiento. 


* "Los españoles esquivan la política nacional y la guerra en Ucrania y lideran en consumo de pódcast en Europa" El Mundo / Europa Press 14/06/2023 https://www.elmundo.es/television/medios/2023/06/14/6489037a21efa0d9268b45bc.html 

** INFORME EJECUTIVO | DIGITAL NEWS REPORT 2023: El periodismo afronta los retos de la confianza y el interés ante los nuevos referentes. ALFONSO VARA-MIGUEL | DIGITAL UNAV | FACULTAD DE COMUNICACIÓN, UNIVERSIDAD DE NAVARRA  https://www.digitalnewsreport.es/informe-ejecutivo-digital-news-report-2023-el-periodismo-afronta-los-retos-de-la-confianza-y-el-interes-ante-los-nuevos-referentes/



martes, 4 de octubre de 2022

El ocaso del libro

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Los libros se amontonan sobre la mesita en el pasillo. Son el resultado de la limpieza de los despachos de los que se jubilan o de los que han fallecido y los siguientes ocupantes consideran poco útiles. Te llaman: "estoy vaciando el despacho; pásate por aquí a ver si te interesa algo". Vas y vuelves cargado de libros. Son el resultado de años de trabajo, libros acumulados en el día a día de las investigaciones.

El hecho más dramático es el rechazo de las bibliotecas. No quieren libros. No tienen espacio, les resulta incómodo tener que moverlos, para lo que necesitan más personal, algo que, como en otros campos, no tienen.

Veo cómo se acumulan a la espera de que alguien se fije en ellos. Algunos desaparecen pronto. Otros, en cambio, siguen allí a la espera de que alguien se los lleve y les dé un destino mejor que el acabar reciclados algún día. Una vez a la semana viene un trapero que se lleva todo el papel que haya: trabajos encargados a los alumnos, viejos ejemplares de tesis o de trabajos de graduación. Se los lleva con el compromiso de destruirlos.

Hace años podías llevar libros a clase y repartirlos a los alumnos. Pero el nivel de lectura ha descendido tanto que no leen mucho más allá de lo que el teléfono les permite. Algún documento en formato pdf todo lo más. Lo que puedan leer en las tablets y los ordenadores portátiles.

Me cuenta una profesora que se ha hecho cargo de dos trasteros llenos de libros. Son la acumulación de libros de un estudiante extranjero que estuvo aquí unos años para realizar su tesis doctoral. Regresó a su país y no se pudo llevar los libros que había ido almacenando en su investigación. Aquí quedaron, a la espera de que alguien se ocupara de ellos.

Nadie quiere los libros. Suena demasiado material, como si fuera una cuestión de espacio, que también lo es. Pero este problema espacial no debe ocultar lo que hay detrás: un brutal descenso de la lectura, algo que abarca ya a dos generaciones. Estamos en otro mundo, no es el de los libros y la lectura.

Los hábitos de lectura se han modificado profundamente en la Sociedad de la Información. La entrada de las video llamadas por la pandemia ha permitido comprobar que apenas se veían bibliotecas, algo que llegó a ser un bien preciado durante generaciones anteriores. Las bibliotecas familiares han ido desapareciendo y con ellas el amor por los libros, una expresión que hoy nos resulta cursi, irreal, fantasmagórica.

Se mantiene algo en los niños por una cuestión de las ilustraciones, colores y tamaño. Después llega el teléfono y todo desaparece, Entre en el transporte público y lo entenderá en pocos segundos. El número de personas que leen libros es mínimo. El teléfono absorbe la atención de todos durante los trayectos. La gente camina con el teléfono en la mano; camina viendo series de televisión o simplemente a la espera de que le llegue algún mensaje.

No tenemos ningún Marshall McLuhan a la vista que nos diga cómo el teléfono, el medio, es ahora otro mensaje. Tampoco que nos explique cómo está afectando a nuestra forma de consumir información y de modelar las mentes primero y la sociedad después. No hay nadie que nos explique cómo el medio actúa como filtro condicionando la recepción, lectura y la interpretación.

Pero aunque carezcamos de las investigaciones y las explicaciones, no podemos negar los efectos, fácilmente observables: una profunda incultura que nace del desprecio a todo lo que provenga del "pasado" en una sociedad que solo valora la inmediatez. En este entorno solo tiene sentido la trivialidad, cuyo consumo está garantizado en una nueva forma de hedonismo informativo. Los avances en la configuración de la opinión, la creación de perfiles personalizados, etc. han construido un sociedad mediática en la que se nos suministra aquello que nos satisface. Los buscadores nos tientan con los recursos que han aprendido de nuestras acciones. Es el reino de la seducción, no del esfuerzo.

Basta echar un vistazo a lo que los medios nos ofrecen para comprobar ese ascenso generalizado de la trivialidad, que busca formas gratificantes de transformación para evitarnos cualquier tipo de esfuerzo. La transformación de las obras del pasado en "novelas gráficas", por ejemplo, alcanza ya a la Filosofía o la Ciencia, que necesita de lenguajes accesibles para intentar llegar a unas audiencias que se han acomodado a los nuevos medios. La incapacidad de llegar a la concentración que el libro requiere, la ilegibilidad por la pérdida o empobrecimiento del lenguaje (algo que saben bien maestros, profesores y editores), etc. hace que el texto se disocie y se transforme en fórmulas que permitan acceder a las nuevas "versiones". Se mantiene el soporte (es mejor en el formato del libro), pero se recurre a otros lenguajes más asequibles por los nuevos "consumidores".

La proliferación de películas y novelas sobre los propios libros, es un síntoma claro, de la misma forma que la idealización romántica del campesino era el síntoma evidente de la llegada de la era industrial. Hoy hay lectores mitificados como parte de universos en los que los libros son ya algo misterioso y no un elemento de la vida cotidiana. Es el canto del cisne.

Hoy comprendemos que la Sociedad del Libro no es la Sociedad de la Información. El libro posibilitó la transmisión de lo valioso, del legado, y permitió crear a su alrededor todo un universo cultural a través del que se canalizaba. Hoy el centro es otro y deja fuera gran parte del legado, un concepto incompatible con el consumo constante de información volátil que requiere toda la atención disponible. Los teóricos hablan de una "economía de la atención", de la disputa competitiva, de auténtico mercado, por conseguir que nos fijemos, primero, y que nos enganchemos después a la tendencia que se nos ofrece, una línea a la que colgarnos.

Se está creando una enorme y cada vez más ancha franja cultural, la que separa ambos mundos. ¿Es el libro y lo que lleva una causa perdida? Me temo que sí. Aquellos que deberían situarlo en el centro, no como objeto fetiche, sino como portador de una cultura previa, fallan empujados hacia las normas del mercado de la información, que no es el de la cultura necesariamente. Los estamentos, como las universidades y el sistema educativo, ya no lucha por la cultura y se contenta con ofrecer lo que tiene más atractivo para el que es incapaz de saber lo que le falta. El objetivo de la conversión en expertos, es decir, en centrarse en una determinada línea, ya sea investigadora o laboral, evita que tengamos una visión más amplia del mundo, que es lo que trata de hacer la cultura. Pero eso no interesa ya a nadie, empezando por las propias autoridades educativas que buscan formas de reducir la complejidad a esquemas más fáciles que les eviten problemas.

Con la desaparición de las bibliotecas familiares desaparece la familiaridad con el libro y con lo que representa, un legado. Los mecanismos de producción editorial, igualmente, han aceptado las transformaciones sociales y las secundan. ¿Por qué luchar por una sociedad más culta, por dar salida a lo mejor, antiguo y moderno, cuando se trata solo de vender? Hay románticos empeños en editar clásicos sin royalties, editoriales pequeñas que satisfacen la demanda de libros, especialmente, decimonónicos, que es cuando se gestó la novela moderna. Algo es algo.

Tras la desaparición de la biblioteca familiar desaparece la estudiantil, la que uno se hacía durante los estudios. Se trabaja con artículo, fotocopias y pdf ante la resistencia a la lectura. Todo ello desintegra la idea de unidad que el libro ofrecía y nos condena al fragmento.

La resistencia de las bibliotecas a tener más libros es otro factor de presión. Si vamos a las salas de lectura nos encontraremos que la gran mayoría están leyendo sus ordenadores.

Tampoco ha prosperado mucho la idea del ebook. Es la gente mayor la que más los usa por motivos evidentes de falta de espacio y por la alta disponibilidad de clásicos gratuitos en la red. Los que no quieren leer "lo último", entretienen su tiempo con los ebooks con sus ejemplares descargados. La posibilidad de ampliar la letra en los dispositivos es otro factor que ayuda a su implantación entre los mayores. Consideran rentable la inversión en la compra.

El libro es un dispositivo de lectura, una forma de almacenar información. Tiene una gran duración y no necesita de otra energía que la de su lector para extraer los contenidos. Es simple, un gran invento que cambió la historia de la Humanidad. Hoy lo vemos como una molestia, algo a lo que hay que limpiar el polvo o mover cuando uno se traslada o jubila. La estabilidad del soporte daba estabilidad a la información que llevaba, que no se "borraba" tras leerse.

El libro y la lectura representaron durante mucho tiempo una forma de construcción de la identidad y de la individualidad. La imagen del lector y de las lectoras en soledad, concentrados en su lectura, es hoy peligrosa en un mundo de conexión permanente, de sociabilidad virtual en la que abandonar el grupo se percibe como un drama personal y social. Estamos en la era de la conexión permanente y de la información efímera. Nadie busca la soledad ni la presión mediática le permite aislarse.

Veo los libros amontonados esperando que alguien los considere interesantes y se lleve alguno. Pero mayor es la tristeza que provoca el desprecio cultural que supone, la cancelación del legado, un abismo cultural. Hoy solo consumimos lo que producimos o lo que producimos es para ser consumido. No hay un ideal formativo claro, solo un enorme pragmatismo utilitarista. ¿Para qué te sirve leer ese libro? De la respuesta dada dependen muchas cosas. 


miércoles, 10 de agosto de 2022

Sandy, oh, Sandy

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

La muerte de Olivia Newton John ha servido para dejar clara la separación generacional existente en el mundo cultural. Hay una especie de línea que se abre en los 70 en donde se cierra un periodo y se abre otro. Las artes marcan las líneas temporales a través del fenómeno del gusto. Olivia ha tenido el reconocimiento de ser, a su muerte, una de esas figuras icono de la cultura diferenciada.

Esa barrera la vemos claramente cuando nos damos cuenta de que las películas que han sobrevivido que forman parte del repertorio de la cultura popular son unas frente a las anteriores. La repetición es un fenómeno de la vida cultural popular en una sociedad determinada por los medios.

La muerte de Olivia Newton-John ha estado abriendo los medios de todo el mundo, de la prensa a la televisión. Esto es posible no por su popularidad actual o por su trayectoria posterior, sino por el papel que juega Grease, una película musical, en su vida y en la vida cultural de varias generaciones. Es una de las piezas importantes en el muro generacional que se empieza a levantar con los años 70.

Curiosamente, la muerte de Olivia Newton John ha servido para ponerle "historia" a una cara en la pantalla o una voz en las canciones. Grease (Randal Kleiser 1978), no lo olvidemos, es una película que no representa a su tiempo, los años 70, sino que parodia los 50.  Grease no habla de su tiempo, de sus problemas, sino que es un puñado de canciones alrededor de una historia de pandillas y parejas, muy convencional. Grease ya fue un enorme éxito en su tiempo, pero no reflejaba su tiempo.

Es un caso contrario a lo que supuso otro éxito para su compañero, John Travolta, Fiebre del Sábado Noche (Saturday Night Fever, John Badham 1977), una película que reflejaba los problemas del momento, pero que quedó en la cultura popular mediante unos gestos de baile y una música de los Bee Gees, cuya carrera de éxitos fue eclipsada, históricamente hablando, por esta banda sonora que les condenó a copiarse a ellos mismos. Unas pocas notas del Stayin' Alive nos bastan para identificarla. Eso "signos" identificativos se transmite a través de las décadas. Hasta el apellido del protagonista, "Travolta", pasó a tener un sentido como "ser un travolta" o "hacer el travolta"; incluso la expresión "fiebre" quedó asociada al baile discotequero. La película y sus signos han quedado aunque no se vea en reposiciones del filme.

Como musical, Grease ha pasado una y otra vez por los escenarios precisamente por su atemporalidad artificial. Es su irrealidad lo que la hace seguir siendo popular. De la misma forma, la escena que se recuerda de Fiebre del Sábado noche es la ficción de la discoteca. Ni Fred Astaire quedó tan vinculado a una escena de baile. ¿Quién es Fred Astaire, por cierto? Alguien del otro lado de la frontera generacional, ya no es de los padres sino de los abuelos.

El cine negro fue borrado en los 70 por El padrino (F. Ford Coppola 1972), otra película que quedó convertida en icónica en la cultura. La voz de Brando susurrando y el tema compuesto por Nino Rota bastaron para identificarlo en el futuro. Era fácilmente parodiable. Se vea o no, forma parte de esa primera frontera que nos distancia de lo anterior impulsándonos hacia el presente. Grease, El padrino, Fiebre del sábado noche... son nuestro pasado o, al menos, el pasado remoto de las generaciones actuales, que ya lo ven como algo asociado a sus padres, cuando no a sus abuelos.

Me viene a la memoria una anécdota que me contó un compañero, profesor de Historia del Cine. Un día se lamento ante sus alumnos "¡No os gusta el cine clásico!" "¡Sí!"—le contestaron ellos. "¡Nos encanta Grease!". Creo que han debido pasar más de diez años desde que me la contó en las confidencias de un café entre clases. Lo hizo con un cierto tono de derrota. No era culpa de nadie que el tiempo pase y que lo que fue un amado presente, pasado un tiempo, sea algo distante para otros. Grease ha sobrevivido en el tiempo, quizá porque hoy las cosas resisten si son rentables y Grease lo fue en muchos sentidos, incluido el de la moda.

Cuando te dan ataques de melancolía propios de la edad, me recuerdo haciendo cola con mis primos para ver la primera de las entregas de la Guerra de las Galaxias, de haberme asustado con Tiburón o de ver el dedo de ET señalando hacia el espacio por primera vez. Me siento satisfecho por haber vivido esos momentos en los que Indiana Jones saltaba de un automóvil o de haber escuchado la música de Wagner asociada a un bombardeo en Vietnam. Me siento feliz por haber sufrido viendo al alien acorralando a Sigurney Weaver en tan poco espacio, por haber vivido el momento en que los extraterrestres pacíficos se comunicaban con nosotros a través de la música. Me siento feliz de haber podido escuchar tantas canciones con las que se ha ido construyendo una vida de recuerdos. Hoy puedes volver a ellas. Olivia Newto

Se nos ha ido Olivia Newton-John. Es un aviso para las generaciones de que comienza a desaparecer un tiempo, que la distancia se amplía. Las obras permanecen, reinterpretadas, pero permanecen. Aquellas que son arrastradas y forman parte de un pasado, de ese "clasicismo" que gustaba a los alumnos de mi amigo. Lo que para él era Lo que el viento se llevó, era Grease para ellos.


lunes, 13 de junio de 2022

Las nuevas hamburguesas rusas

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

La globalización de estas décadas pasadas ha provocado la estandarización del gusto. Esto significa una oportunidad importante de expansión de las grandes marcas, que se acaban repartiendo por las ciudades del mundo imponiendo sabores, colores y logos, afectado al estómago, pero también a la vista y a las ciudades mismas. Las grandes marcas poseen una capacidad de imponerse como conjunto de características, como una estética reconocible, algo que va del sabor al color de la decoración.

La noticia que nos traen los medios hoy hablan de los efectos de la retirada de McDonald y otras marcas del espacio ruso, de su nueva oferta "nacional" a sus consumidores: "Ha abierto con un logo distinto y bajo el nombre "Sabroso y punto", pero con un menú prácticamente idéntico. Ahora, la emblemática 'M' amarilla de McDonald's ha dado paso a dos patatas fritas y una hamburguesa sobre un fondo verde."* Las imágenes nos muestran cómo la poderosas "M" acaban caídas en el suelo, mientras que los nuevos logos, bastante sosos, ascienden a los locales recomprados por los oligarcas que le hacen el favor de apuntalar la economía rusa con lo que sacan por el mundo.

Una de las cosas que ha hecho el mundo más pequeño es precisamente este entrelazado de gustos y sabores, de colores, de formas, de formatos, de decoraciones, etc. que ha hecho que pudiéramos recorrer el mundo comiendo lo mismo, que no tuviéramos que preguntar qué significaba el nombre de un plato. La estandarización global es lo contrario del turismo de la diversidad, que se ha visto reducida en beneficio de la comodidad.

En gran parte, esto ha sido efecto de las marcas norteamericanas, que convencieron al mundo que comerse una hamburguesa en Moscú, Beijín o Madrid era un síntoma de modernidad que nos sacaba, echándole un poco de tomate, de nuestro paletismo cultural y consumista. No sé cuánto tiempo hace que no como un buen bocadillo de calamares. Si quedan, serán para clientes empeñados en no perder sabores.

Ahora Rusia se enfrenta a un reto importante, saber qué ocurrirá cuando todo aquello a lo que sus consumidores se habían acostumbrado cambie. El asunto es serio porque puede producirse en algunos ciertas formas de síndrome de abstención de las marcas de consecuencias imprevistas. Nada echamos más en falta que los sabores de nuestra comida. "Las opiniones sobre la nueva tienda están divididas." —Aseguran en RTVE.es— "Mientras algunos clientes aseguran que "no sufren" por la marcha de McDonald's, otros dicen que lo echan de menos, aunque creen que "poco a poco las marcas rusas podrán competir con las occidentales".

La cuestión no es acostumbrarse sino lo que implica de aislamiento, de no poder compartir sabores con los demás. Esto no es en absoluto una cuestión gastronómica, sino cultural; es la conversión del océano en piscina. Comerte una hamburguesa rusa solo te sigue confirmando más ruso que antes y no te abre las puertas del mundo compartido, como te prometen esas marcas que te elevan a dimensiones planetarias.

¿Lograrán superar su síndrome comiendo hamburguesas en locales que solo tratan de recordar a los rusos que son rusos? Hay que tener cuidado con esto del nacionalismo a ultranza porque se puede volver en tu contra. ¿Cuántos rusos conservan vasos y platos de McDonald en sus casas para superar la abstinencia? Es algo que habrá que investigar,

La 'rusificación' de las marcas también está ocurriendo con otros productos como cosméticos, videoconsolas o telefonía móvil. En Rusia, hay muchas peticiones para registrar empresas con nombres muy similares a los occidentales. De hecho, una nueva ley rusa establece que cualquier persona o empresa con sede en el país puede usar patentes extranjeras sin el permiso del propietario y totalmente gratis.

[...] Otras conocidas marcas como Starbucks, Coca-Cola y Pepsi también decidieron cerrar sus establecimientos en el país como respuesta a su invasión de Ucrania. Renault, por su parte, puso a la venta todos sus activos de Rusia después de tenerlos paralizados desde marzo. El 40% de sus participaciones se las quedará un organismo del Estado ruso, aunque la filial francesa se ha reservado poder recuperar sus participaciones si la situación mejora en los próximos seis años.*

¿Podrá la Rusia de Vladimir Putin superar toda esta retirada? Si los estrategas del régimen creen que se trata de superar el vacío de los locales abandonados, infravaloran el poder de las marcas, la mercadotecnia y los diseños de sabores en los oscuros laboratorios en los que se juega con las dosis de azúcar y los sabores.

En el noticiario, un empresario ruso dice que tratarán de encontrar productos que cubran el vacío de los productos estrella de McDonald, pero es claro que no lo van a conseguir fácilmente.

Cuanto más "nacionales" se vuelvan los rusos, más distanciados se sentirán del mundo que se les ordena que abandonen, un mundo compartido. Las siempre criticadas marcas globales son, pese a todo, los indicadores de que existe cierta tranquilidad mundial. Puede que haga siglos que no me coma una hamburguesa, pero pasar por delante de un restaurante me permite saber que el mundo está en un orden determinado. Lo mismo sentiría viendo en Nueva York que hay un local donde puedo tomar tortilla de patata hecha con huevos locales y patatas auténticamente americanas.

Una vez que estuve en Alemania, los dueños de la casa donde me alojaba me preguntaron "si conocía las patatas". Les dije que no solo las conocía, sino que si no las hubiéramos traído de América los españoles, ellos no las conocerían. Se creen que por llamarlas "Kartoffeln" ya eran cosa suya.

No sé si los paladares rusos encontrarán una hamburguesa sustitutiva, bebidas sustitutivas. Pero lo importante no es el sabor, sino lo que simboliza. Sin todas esas cosas que dejarán de tener y que tendrán que sustituir por copias rusas, se sentirán desconectados del mundo. Por más que Vladimir les incite al consumismo nacional, echarán de menos ese toque que les introducía en otro mundo que pronto quedará idealizado.

Muchos de mis alumnos chinos usan Mac, no de McDonald, sino los ordenadores. No lo hacen porque sean mejores, sino porque son un símbolo de algo más complejo. Los objetos son más que ellos mismos. Veremos cómo se toman los rusos estos nuevos productos "rusos". 

* "La versión rusa de McDonald's abre sus puertas tras la salida de la multinacional por la guerra de Ucrania" RTVE.es 12/06/2022 https://www.rtve.es/noticias/20220612/sabroso-punto-version-rusa-mcdonalds-abre-puertas-moscu/2383582.shtml

viernes, 26 de junio de 2015

Retrato robot de la lectura robotizada

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Habíamos terminado nuestro día de trabajo y nos dirigíamos en el metro yo a coger el  tren y los demás continuaban su viaje en la misma línea. Una de mis alumnas comentó: "Profe, cuando llegué a España hace tres años, había mucha gente leyendo en el metro; ahora están todos con el móvil". Y así era, en efecto. Lo podemos observar en ese punto privilegiado que es el transporte público. Ahora nos lo cuentan en El País en un artículo titulado "Retrato robot del lector español".
El comienzo del artículo nos da detalles de esta tarea de retratar a un ser cada día más alejado de los que no leen, barrera que nunca se explica pero que tiene un efecto real. Hay un leer inclusivo y socializante y hay otro, contestatario y diferencial, que te hace leer lo que los demás no leer o no saben que existe. Dicen en El País:

Los ocho años de crisis han servido para desvelar que el verdadero retrato del lector español no es del todo el de una persona entregada al best seller (que ha descendido en sus ventas del 7,9% al 4,6%) y ha aumentado su inclinación por obras menos populares, de las llamadas más literarias y por las clásicas. Si bien es cierto que solo 50 libros representan entre el 5 y el 10% de la facturación total, el porcentaje restante se lo reparten los casi 80.000 títulos que en promedio se han editado, cada año, desde 2008.
Un primer plano de ese retrato con los títulos más vendidos desde 2009 (según la firma de medición y audiencias Nielsen) muestra que este tiempo ha sido el reino de Cincuenta sombras de Grey, de E. L. James. A esta trilogía erótico-sadomasoquista-romántica continúa la preferencia por el thriller y la novela negra, con algo novelado de historia y mundos fantásticos.*


Que solo 50 libros se repartan "entre el 5 y el 10%", nos habla de esa lectura teledirigida, de moda,  que probablemente se pudiera dar con más precisión, mostrando que ese porcentaje tiene a su vez concentraciones. Frente a esos cincuenta libros, están los otros 80.000 títulos que el sector productor español lanza al mercado cada año, algunos con la esperanza de entrar en ese selecto grupo de los "50 títulos", la aristocracia de las ventas, los pelotazos editoriales.
Como sociedad nos gusta pensar, como hace El País, que ese 90 o 95% es el que nos define como lectores; ha aumentado nuestra inclinación por los clásicos. Eluden señalar que muchos de esos títulos reflejan las lecturas escolares de los clásicos, es decir, aquellos de los que viven muchas editoriales, libros de lectura obligada en cursos de colegio e instituto. No, no ha aumentado nuestra "inclinación" por los clásicos. Sencillamente se da un efecto de concentración por la prescripción escolar. Leer El árbol de la ciencia no es una coincidencia de gusto sino una coincidencia de programas.


Nos cuentan que el sector está dominado por los grandes grupos internacionales  y que luego quedan a mucha distancia grupos menores, es decir, hay una gran separación entre unos y otros, entre los que controlan lo que más se vende —los que pueden invertir en promociones— y los que tratan de vender algo intentando entrar como sea en un escaparate, obtener unas líneas de reseña o una mención por boca de alguien, algo que haga salir del silencio indiferenciado en el que se encuentran la inmensa mayoría de los libros que se lanzan al mercado.
El País nos da ese retrato robot en estos términos:

[...] una mujer joven universitaria y urbana que lee por entretenimiento, según el último Barómetro de hábitos de lectura de 2013. Se sabe que el 63% de la población dice leer al menos una vez al mes, aunque los lectores fieles apenas llegan al 30%. Se conoce que leen una media de 10 libros al año. Y se ha revelado, este mes, que los lectores compradores de libros más asiduos, que son quienes sostiene buena parte del ecosistema, quieren librerías con el espíritu de una biblioteca (frente a otras opciones de negocio) y que ellos van por lo menos una vez al mes a comprar.*

Me parece interesante ese equilibrio expositivo logrado con la fórmula "lectores compradores de libros más asiduos" y también lo del "ecosistema". En realidad, lo que se nos dice es que hay unos lectores, muy pocos, que leen mucho. Ya sean soñadores o aburridos, desengañados o idealistas, existen esos lectores que se forjaron ya en la época prerromántica, con el estallido de la Literatura como sistema, y devoraban libros en la romántica, uno de cuyos rasgos fue ese afán soñador, quijotesco, que les hace irse por las ramas librescas frente a la filistea realidad.
Para esos lectores, el día tiene 24 horas y no pueden sostener ellos solos el "ecosistema", apenas pueden leer más. El esfuerzo es intentar que todos esos otros, esa inmensa mayoría bostezante, seducida por el vuelo de las moscas mediáticas al pasar, se acerque algún día a algo con páginas y lo compre, aunque sea para saber cómo es. Ahí es donde está la pasta.
Al lector compulsivo no hay que llevarle a ningún sitio; ya se encargan ellos solitos de ir a las librerías o pedirlo por Internet. Es a los otros a los que hay que cazar con lazo, colocarles uno, dos o tres volúmenes de lo que sea, de sombras o anillos, de crepúsculos o lo que toque. Ese lector es el que les tiene desquiciado porque hay que encontrarle ese "producto" específico que le satisfaga en su deseo de vulgaridad compartida, que le adule el ego pensando que es un "gran lector" y que le permita compartir sus opiniones con otros, que le preguntarán cuando le vean con el volumen que toque bajo el brazo.


El súper lector reclama librerías variadas, llenas de libros diferentes entre los que escoger. El otro, en cambio, pide que se lo lleven a la cola del supermercado para acordarse mientras compra la leche. Dos expertos en retratos-robot, Pedro J. Domínguez, de Nielsen, y David Peman, de GFK, encargados de registrar las ventas de libros en España le cuentan a El País que existen preocupantes movimientos en todo este planteamiento. Unas cosas se mantienen, pero otras están cambiando:

— Más del 50% de las ventas se hacen en las grandes superficies y librerías en cadena; el resto, en las 3.650 librerías pequeñas e independientes, coinciden los dos expertos.
— “Estamos viviendo una lucha feroz por el tiempo de ocio, donde los grandes triunfadores han sido smartphones y tabletas; dispositivos que han facilitado el acceso a infinidad de nuevos contenidos prácticamente gratuitos, y eso ha afectado especialmente a los best sellers”, dice Peman.
— Tras cierta bestsellerización del mercado, estos libros han descendido sus ventas y “cada vez les cuesta más hacer grandes cifras”, según Domínguez.
— “La demanda de libros está ahora mucho más centrada en los gustos del lector tradicional y exigente, con lo que se venden menos libros, pero sobre todo mucho menos best sellers” (Peman).
— “Ante la competencia del libro con otros entretenimientos se necesita de educación en las nuevas generaciones para el acercamiento a la lectura como disfrute. Cada vez se ve con más fuerza y tienen más peso en el mercado los libros de saldo en grandes superficies y una fuerte promoción en la venta de libros”, afirma Domínguez.*


Resulta que el bestseller se nos convierte ahora en "menos seller" y eso estropea las estrategias actuales. Al final la observación de que los teléfonos y tabletas se usan para matar el rato, que vimos en el metro, es cierta. Aquella teoría de algunos de que se pasa del bestseller a Joyce, parece que no funciona. Y había servido de coartada a muchos para justificar empezar por lo facilón y terminar en no se sabe qué. Ahora, nos dice, se pasa del bestseller a la nada o a aplastar burbujitas virtuales o similares. Se venden menos bestsellers, nos dicen. Habrá que llamarlos de otra forma.
Pero lo que resulta sorprendente es el descaro de la última observación y recomendación: cuando decaen las ventas de los bestseller, hay que "educar a las jóvenes generaciones para el acercamiento a la lectura como disfrute". Todo el sistema educativo debe trabajar para que se compre en la cola los volúmenes de las Sombras de Grey.


Creo que también necesitamos que alguien nos haga el "retrato-robot" de los editores españoles o de los aquí asentados como colonia. Necesitamos que nos digan si les importa algo la cultura o solo las ventas. Como docente, me interesa la lectura de calidad, la que nos lleva a ser más exigentes como lectores y a crecer a través de los libros, en interacción con ellos. La tendencia fomentada desde el sistema cultural (editoriales, televisiones, teatros...), por el contrario, ha sido a la chabacanería, a lo facilón y a la repetición hasta agotar cualquier fórmula. Han puesto a buenos escritores a escribir bazofias programadas, de venta segura, echándolos a perder; han encumbrado a auténticos impresentables haciendo que les duela la muñeca de tanto firmar. Lo importante era vender.
Como sistema educativo hemos fracasado estrepitosamente porque no conseguimos crear lectores progresivos, que vayan avanzado en la vida junto a los libros que realmente merece la pena leer, que son un porcentaje mínimo de los que nos ofrecen como tentación golosa.
Quieren lectores robot, programados para recibir lo que se les da. Cuando deja de funcionar, el resultado es ese que vimos en el metro.



* "Retrato robot del lector español" El País 26/06/2015 http://cultura.elpais.com/cultura/2015/06/25/actualidad/1435257178_961935.html