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jueves, 3 de enero de 2013

El desajuste

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Cada cierto tiempo vuelven a aparecer voces que opinan sobre el número de personas que deben estudiar la carreras universitarias. Esta vez toca a nuevos expertos —expertos que presumiblemente estudiaron las carreras que quisieron— decir cuántos deben estudiar unas cosas y cuántos otras. Bajo el rótulo de "el 'desajuste' universitario", nos dice el diario El Mundo que los hoy invocados expertos siguen la estela del ministro de Educación:

[...] José Ignacio Wert, que alertó el pasado noviembre, durante la entrega de los Premios Emprendedores de la Fundación Everis, del "desajuste" que se da en la sociedad a causa de que el 50% de la oferta educativa, como en el curso 2012-13, está protagonizada por las áreas sociales y jurídicas.
"No hay ninguna sociedad que necesite" tanta gente preparada en esas áreas y que en cambio haya "escasez" en otras, afirmó el ministro.
Según datos del Ministerio de Educación, en el curso 2011-12 se matricularon 644.912 alumnos en universidades públicas y privadas en primero y segundo ciclo y, de ellos, 324.923 habían elegido Ciencias Sociales y Jurídicas, 177.348 Enseñanzas técnicas, 53.066 Humanidades, 50.937 Ciencias de la Salud y 38.638 Ciencias experimentales.
Y en cuanto a las 824.741 matrículas de Grado, 390.780 correspondieron a Ciencias Sociales y Jurídicas, 150.293 a Ingeniería y Arquitectura, 143.200 a Ciencias de la Salud, 92.188 a Artes y Humanidades y 42.280 a Ciencias.*


Quizá piense el ministro que con él, sociólogo de profesión, es suficiente y que no hay necesidad de más. Puede que él y los expertos, invocados como espíritus en cuento de Dickens, se consideren los últimos vocacionales y que desde este momento es la ley de la necesidad la que impera. Creo que el verdadero "desajuste" es otro.

Es curioso que existan cada vez más expertos que nos explican cómo administrar la miseria y no cómo generar riqueza. Es una paradoja muy española en la que para conseguir algo se debe hacer lo contrario, como, por ejemplo, despedir para crear empleos o subir los impuestos para que aumente el consumo.
Me gustaría que, por una vez, se dejaran de lado las cuentas y se centraran en los problemas reales, los que nos llevan a que esos sean los números. Centrarse en las cuentas da una impresión tremenda de eficacia, pero no es más que la constatación de que el verdadero problema no se consigue resolver. Es como si los bomberos se quejaran del desperdicio calórico de los incendios e insistieran en que se montaran barbacoas alrededor porque una sociedad en crisis no se puede permitir desperdiciar energía.


Cuando hablo de "problemas reales" me refiero a los que están en el origen de la demanda, es decir, el desempleo. Decir, como señalo el señor Wert: «"No hay ninguna sociedad que necesite" tanta gente preparada en esas áreas y que en cambio haya "escasez" en otras» no deja de ser un —vamos a llamarlo así— un error de cómputo, pues lo cierto, desgraciadamente, es que llevan demasiado tiempo sobrando en todas las áreas. Los que emigran a Alemania o demás países en los que recuerdan qué es una tuerca son los ingenieros que parece ser que España "necesita". También lo hacen los médicos y personas relacionadas con la salud, al igual que informáticos, etc. Emigran también los filólogos, que se buscan el refugio de países en los que hay mucha demanda del español porque, sí, cada vez a más extranjeros les gusta venir de vacaciones a España, donde se lo pasan muy bien, se come genial y se pone uno moreno.
El problema no es un "desajuste" entre vocaciones y demanda, sino entre vocaciones y oferta, es decir, de carencias del sistema productivo, que no ofrece más que subempleo en la mayoría de los casos. Poner el énfasis en lo mal que la gente elige sus carreras es un ejercicio de cinismo que solo sirve para justificar recortar en "gastos" lo que no son capaces de mejorar con acciones reales.


Todo esto no son más que parches. El problema real no se aborda: la destrucción de empleo y la incapacidad de generarlo. Da igual el número de sociólogos —como el ministro—, economistas —como uno de los expertos que hablan en el artículo—, historiadores, filólogos, etc. haya si se crea empleo, si la riqueza social crece. El problema que se nos plantea es completamente artificial desde el punto de vista de la selección de carrera, aunque puede no serlo tanto desde el punto de la organización de los estudios.
Sorprende en cualquier caso que el sector criticado sean las Ciencias Sociales cuando son las que están manteniendo el sistema educativo desde las matriculaciones. Causa irritación escuchar que "lo que este país necesita son más ingenieros y menos historiadores" cuando los ingenieros, que son pocos, tienen que emigrar ante la falta de puestos de trabajo. ¿Creen los expertos que porque haya más ingenieros en las Facultades va a aumentar el número de fábricas? ¿No será más bien al contrario? ¿Por qué no prueban a crear fábricas y centros de investigación a ver si así aumenta el número de matriculados en las ciencias e ingenierías?
Nadie se enfrenta al problema real del desempleo. Todos hablan de sus efectos, pero nadie de sus causas. Las recetas anteriores, está claro, no han funcionado, pero se siguen aplicando. A los que le fue bien con las burbujas solo esperan que vuelva la ola para seguir en lo suyo.


Mientras no se asuma que ha sido el crecimiento defectuoso —viciado— del sistema lo que ha generado este modelo sumamente imperfecto, que ha sido la falta de una verdadera política de crecimiento armonioso de la economía, guiado por dos sectores, el inmobiliario y el turístico, que producen empleo de muy baja calidad, estacional, precario, etc., no se logrará nada.
Necesitamos comenzar a producir más; hacen falta más proyectos en sectores que han sido abandonados por la más rápida rentabilidad de otros, mucho más especulativos. Son los que se han venido abajo. La solidez de una economía es una carrera de fondo, de consolidación de la industria, del sistema productivo, y no una economía a tirones, de pelotazos, eventos y recalificaciones. No hacen falta muchos ingenieros para vivir de las macrofiestas.

La mentalidad empresarial no es solo la de "enriquecerse" desde el principio básico de que una empresa se hace para "ganar dinero". También el empresario debería tener una vocación más allá de la ganancia, un compromiso. Ser buen empresario no es solo ganar dinero; es contribuir a la extensión de la riqueza mediante avances en su campo y la mejora social de las personas que le acompañan en esa aventura. Eso es lo que hace fuerte a un un país, sólida a una economía: constancia, esfuerzo y compromiso social.
En vez de discutir tanto sobre cuántos ingenieros o historiadores debe haber, mejor harían en tratar de crear más puestos de trabajo, que es lo que hace falta. Sin embargo, esa discusión es la que nunca se pone encima de la mesa. Hemos asumido —¡ha costado cinco millones de parados!— que tenemos una crisis. No sé cuánto nos va a costar reconocer las causas. Me imagino que mucho porque es la clase política en su conjunto la que no ha sabido —y es su función— poner objetivos colectivos al país, metas orientadoras a las que dirigirse para reequilibrar un crecimiento defectuoso que se ha hundido a las primeras de cambio arrastrando a todos.
Los parados son parados. Eso iguala a historiadores, sociólogos e ingenieros. Solo cuando están en activo se diferencian. Es necesario remodelar carreras que tienen poca demanda; aquí el problema no es el alumnado, sino las reticencias del profesorado a reorganizarse. Pero que no se diga que el problema de la educación en España es que hay muchos sociólogos y pocos ingenieros porque es una auténtica infamia cuando los tenemos con las maletas en las fronteras. A lo mejor hemos decido que el negocio está en la exportación. Mientras que los que se quedan aquí nos cuestan el dinero del paro y de más formación, los que salen enviarán algo a casa, digo yo. Tanto énfasis en que aprendan inglés, alemán o chino será por algo. Al final, señores expertos, como ven, hacen falta filólogos, aunque sea para dar clases de idiomas a los que se van.


En vez de cuestionar lo que la gente estudia, arreglen los problemas de fondo para que además de seguir su vocación puedan desarrollarla laboralmente. Lo demás es palabrería. Extrañas formas de administrar miseria.

* "¿Es viable el actual sistema universitario?" El Mundo 1/01/2013 http://www.elmundo.es/elmundo/2013/01/01/espana/1357039247.html





sábado, 22 de octubre de 2011

Vocación

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El entusiasmo de los alumnos es el alimento del profesor. La maldita máquina en que hemos convertido el sistema educativo, un sistema de recompensas y castigos, está matando la ilusión de aprender sustituyéndola por el deseo codicioso de rentabilizar lo aprendido. Pretendemos  convencerles de las bondades de nuestras materias prometiéndoles futuros beneficios y rentabilidades de sus inversiones.  Somos vendedores de seguros culturales.
Por eso cuando recibí una llamada rápida de mi amiga por si quería darles una clase improvisada a los alumnos de cuarto, dije que sí y me fui al edificio exterior. Cruzamos la avenida con alto riesgo y llegamos al aula en la que  esperaban sesenta o setenta alumnos que tenían la curiosidad de recibir aquel día a un profesor extranjero. Algunos habían estado en la  clase que había dado anteriormente y me sonreían diciendo, bueno, aquí estamos otra vez.
A mi pregunta de sobre qué debía hablar, me respondieron: explica para qué sirve todo esto. Probablemente sea esa la pregunta más difícil en una gran cantidad de materias, la que más veces se piensa y la que menos veces se responde. ¿Para qué sirve la Literatura, la Filosofía, las Artes…? Parecemos esas personas que echan a andar y de repente se paran y se preguntan a dónde iban. La pregunta sobre el sentido es una pregunta que solo se hace cuando se ha matado la vocación, palabra que ha desaparecido del vocabulario docente, que suena cursi y a seminario o a ¡vaya usted a saber!

No deja de ser trágico que no lleguemos a encontrar sentido a mucho de lo que hacemos o si quiera a por qué lo hacemos. Mientras que hay disciplinas que se justifican por las ganancias que nos reportan, otras no logran remontar los rápidos voraces de la vida. La idea de vocación, de hacer algo o sacrificarse por la mera satisfacción del placer que nos causa, la idea de compromiso propio o con los demás por encima de cualquier otra circunstancia pasó a mejor vida. Muchos eligen, carentes de vocación, aquellas profesiones, actividades, etc. que les traen mayores probabilidades de ingresos y fama.
Aquel que tiene la suerte de poder hacer su trabajo con ilusión se merece ser feliz con él y disfrutar y contagiar su alegría a los otros. Casi nadie lo entiende, porque odiamos el trabajo y lo hemos convertido en una enfermedad cruel, individual y social.
En el sistema educativo se paga especialmente esta desidia porque si hay algo que necesita de vocación es la enseñanza. Hemos cercado la profesión acusándola de ejercerse por aquellos que no tienen una opción mejor. Como castigo, le hemos robado aquello que siempre había sido la garantía de su valor vocacional: el digno derecho a no hacerse rico. Convertida en una actividad en la que no se gana dinero, se respetaba al buen maestro porque se le concedía el verdadero amor a su profesión. Desde los años ochenta, recuerdo haber escuchado los términos invertidos, condenándola a ser desprestigiada por lo mismo por lo que antes era respetada: porque no se ganaba dinero, porque quien la ejercía estaba allí porque amaba su profesión, es decir, transmitir a otros lo poco o mucho que supiera con la honestidad sincera.


No tiene nada de particular que la gente se pregunté para qué sirven las cosas cuya apariencia primera es la de la inutilidad o no se realizan en función de su rentabilidad, sino de la satisfacción, que es algo muy diferente.
No sé si aquellos alumnos cairotas que me seguían con la mirada mientras me movía arriba y abajo por el aula  durante las casi dos horas siguientes, quedaron convencidos de algo. Sí pude ver en los ojos de algunos el brillo del reconocimiento de que alguna de las cosas que yo les contaba las habían sentido durante un instante, en algún  momento de su vida.
Hay actividades cuyos beneficios no son materiales ni visibles directamente, pero cuya intensidad y satisfacción llegan desde el interior. El camino que eligieron no debe ser mejor porque alguien se lo diga, sino que deben buscar las evidencias en las satisfacciones que les produzca comprender y transmitir a los demás su conocimiento con pasión, la que les traiga el placer altruista de compartir contra viento y marea, contra el desprecio de algunos y la indiferencia de otros, todo aquello que ellos aman. La educación es uno de esos campos que necesitan del amor, y solo se puede ejercer así si se tiene el compromiso de crear un futuro para los que tienes delante. La educación debe ser futuro, provocar cada día el deseo de un mundo más allá del aula.
Hay materias cuya justificación está en su utilidad, sí, pero hay otras que en cambio, solo se justifican en el entusiasmo que provocan en quien las transmite y logran contagiar a quien las recibe. Así que, si te gusta lo que enseñas, no temas que te tomen por loco cuando te vean explicar con gran entusiasmo algo que nadie acaba de entender para qué sirve. No importa lo que les digas, pero ellos valorarán esa locura que te posee y tú intentas transmitirles. Que vean que tienes vocación, que amas lo que haces. Y aprenderán a amarlo contigo.