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sábado, 13 de junio de 2020

Angustia y depresión racial en la era de Trump

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Pocos se acuerdan que el año pasado las películas que competían por los Oscar eran película antirracistas como "Infiltrado en el KKKlan" o "Green Book", que se hizo finalmente con el premio contando la historia de un racista conductor que va comprendiendo su error al trabajar como chófer de un pianista negro desclasado, formado musicalmente en la Unión Soviética. Pocos se acuerdan del éxito un poco antes de "Black Panther", llevado por Marvel a la pantalla en una de sus películas más taquilleras y bien celebrada por la crítica.
Una situación social como la que viven los Estados Unidos en estos momentos no es solo fruto de un vídeo mostrando la frialdad de un asesinato según las reglas habituales, del asesinato programado como protocolo de actuación. Eso ha sido el detonante de una situación explosiva, una mezcla de clima político y de excitación, de angustias y de jugar peligrosamente con las emociones.



La última oleada de ataques racistas fue la padecida por los norteamericanos de origen asiático o simplemente asiáticos a cuenta de la fijación de los discursos de Trump con el "virus chino".
La irritación antirracista reciente había surgido por la manipulación política de Donald Trump desde la Casa Blanca, al igual que la otra gran movilización, la de las mujeres, desde el primer día de su mandato. Los primeros comentarios que salieron a la luz tras su elección fueron todos de tipo racista. Eran la despedida de parte del pueblo norteamericano al matrimonio Obama, algo que les había resultado insufrible durante los ocho años pasados en la presidencia. Con la llegada de Trump, muchos explotaron de felicidad, como recogió la prensa en los siguientes días. No podían controlar ni el odio acumulado ni la satisfacción que les proporcionaba la llegada de una persona como Trump, que había apelado a los sentimientos racistas y antifeministas como estrategia para combatir a los demócratas. 
Ese doble sentimiento racismo y antifeminismo era su estrategia frente al legado de Obama y la amenaza de Hillary Clinton. Los supo combinar y le resultó. Fue el único candidato de las primarias que pasó de la corrección política y se mostró como antisistema, él le diría al "pueblo" lo que el pueblo quería escuchar. Y una parte quería un presidente racista que "hiciera América grande otra vez". Hacerlo implicaba una implosión, un abandonar el mundo como amenaza, dejar atrás aliados, instituciones, acuerdos, tratados, etc. para renegociar desde la fuerza. La euforia económica era su única vara de medir el éxito que parecía llevarle a la reelección... Pero entonces algo se torció.



The Washington Post titula "Depression and anxiety spiked among black Americans after George Floyd’s death". En realidad el titular se limita a la población afroamericana y a lo ocurrido con George Floyd, pero el estudio que menciona muestra mucho más:

Americans were already struggling with historic levels of mental health problems amid the coronavirus pandemic. Then came the video of George Floyd’s death at the hands of police.
Within a week, anxiety and depression among African Americans shot to higher rates than experienced by any other racial or ethnic group, with 41 percent screening positive for at least one of those symptoms, data from the Census Bureau shows.
The findings — from a survey launched by the federal government originally intended to study the effects of the novel coronavirus — indicate that the recent unrest, demonstrations and debate have exacted a disproportionate emotional and mental toll on black and Asian Americans, even as rates of anxiety and depression remain relatively flat among white Americans and decreased among Latin Americans.
The rate of black Americans showing clinically significant signs of anxiety or depressive disorders jumped from 36 percent to 41 percent in the week after the video of Floyd’s death became public. That represents roughly 1.4 million more people.
Among Asian Americans, those symptoms increased from 28 percent to 34 percent, a change that represents an increase of about 800,000 people.*

Lo que el estudio muestra es lo que el titular oculta: el fenómeno del racismo no es exclusivo contra la comunidad afroamericana, se extiende más allá a otras comunidades y por distintos motivos. Es la idea supremacista de una "América Blanca" la que extiende el racismo hacia las diferentes comunidades que coexisten en el país.
Cada país tiene una cierta imagen de sí mismo. El "mito" norteamericano favorece su propio simbolismo, el del país sin barreras, la tierra de la libertad en todo orden. Sin embargo, ese mito, que queda bien en las representaciones artísticas, no coincide con la realidad del racismo.
La muerte de George Floyd es la figura sobre un fondo de cifras, las que mostraban que tenías muchas más posibilidades de morir de coronavirus si eras afroamericano. Floyd le ha puesto cara a una realidad que se escondía tras la frialdad de las cifras, de los datos puestos en gráficos, pero que sacaban a la luz algo que era fácil de entender aunque no fácil de explicar: la terrible desigualdad en las formas de vida, las diferencias entres los hacinados en barrios y las casitas aisladas en las que un padre lanza la pelota de béisbol en ese ritual de aprendizaje repetido hasta la sociedad, pero que solo vemos a blancos hacer; mostraba que cuando enfermaban los obreros de una planta de procesado de carnes, las alternativas de sus patronos blancos eran que se quedaran encerrados en las fábricas y siguieran trabajando.
Han sido demasiados ejemplos.

The Guardian 2/05/2020

El estudio sobre la ansiedad y la depresión se concentra en cuatro grupos: afroamericanos, blancos, latinos y asiáticos. El resultado muestra que el "grupo blanco" es el menos afectado. Han comparado el periodo enero-junio de 2019 con el más reciente 28 de mayo-2 de junio y los resultados son espectaculares desde el punto de vista social, disparándose tanto la depresión como la ansiedad en todos los grupos, con dos destacados: afroamericanos y asiáticos.
La explicación de lo ocurrido para llegar a este aumento, como decimos, va más allá respecto al caso de Floyd, que es la cerilla lanzada contra el polvorín creado por años de acumular injusticias, la estrategia de irritación y confrontación de Trump a lo largo de su mandato. Floyd es el rostro, la muestra que nadie puede ignorar, que va más allá y se vuelve incontrolable. Es la puerta de salida de la furia, de la ira desatada, la energía contenida por la angustia, un ¡basta ya! que se convierte en tsunami.


Pero hay otros factores que no se deben ignorar. Me refiero a ese estado de los asiáticos norteamericanos, el otro grupo afectado de forma intensa y que muestra un mecanismo diferente del racismo:

One surprising finding in the new census data was that Asian Americans experienced the largest one-week change in anxiety and depression symptoms of any racial or ethnic group. Asians had the lowest rates of depression in 2019 — just 3 percent screened positive — but that rate has soared sevenfold during the pandemic.
For months, since the emergence of the coronavirus in Wuhan, China, Asian Americans have experienced marked racism.
“Given how this pandemic started, with discrimination against Asian Americans, it’s not hard to imagine that as the national conversation started turning back to race and racial violence, you see anxiety and depression start resurfacing,” Powell said.
Asian Americans have seen a rise in hate crimes and harassment, their businesses have been targeted by vandals and looters, and Asian doctors and nurses have been abused and physically attacked even as they help the United States fight the coronavirus.
“In my private practice, I’ve seen a huge uptick,” said Michi Fu, a psychologist in Los Angeles with expertise in working with Asian American families. “What worries me about this increase in trauma and stress are all those who aren’t seeking help because Asian Americans are especially less likely to do that when it comes to mental health. Compared to other ethnic groups, the stigma is just incredibly strong.”*

Si el racismo contra la población afroamericana tiene una larga explicación histórica, el racismo anti asiático tiene también la suya, cuyo estallido se produce precisamente en el momento en el que el presidente Trump ha convertido a China en el enemigo número 1 de los Estados Unidos, algo que ha ido construyendo y alentando desde su precampaña electoral y, por ende, uno de sus puntos fuertes, algo con lo que convencer tanto al empresariado y al trabajador. Al ser otro país, se puede descargar la xenofobia y el racismo sin tapujos, se pueden tener asesores, anti China, por ejemplo, si ocultarlo. El racismo interior, en cambio, requiere de camuflaje.
Es interesante como los dos estallidos raciales se producen de forma diferente en sus reacciones. El estallido defensivo que provoca la muerte de George Floyd y el estallido racista ofensivo contra la comunidad asiático norteamericana, atacada responsabilizando del "virus chino" ¡precisamente a los que estaba en Estados Unidos!
Han tenido que salir a la calle a decir "#yo_no_soy_un_virus" ante los ataques e insultos que han estado recibiendo. Mucho odio acumulado. Aquí tratamos el artículo aparecido en The New York Times que se dio cuenta de la monstruosidad que suponía tener que decir "no soy china", solo asiática, para librarse de los ataques. Su reflexión era que el miedo la convertía en racista, esquivando el golpe, pero no evitando que lo recibieran otros. Ese ha sido uno de los principales mecanismos de pervivencia de la xenofobia y el racismo: no va conmigo. Y que los otros aguanten su vela. No basta decir "soy japonés" o "soy vietnamita" y el virus no va conmigo.
Es precisamente este tipo de conductas el que está en la base del racismo o del abuso, el "no va conmigo"... hasta que te toca.
El movimiento antirracista en favor de la población afroamericana tiene una amplia tradición y nombres ilustres, sus mártires y héroes, con sus himnos (en estos momentos suena en mi reproductor Nina Simone con su "Four Women") y sus obras, fruto de esfuerzo, sangre y mucha energía para expresarse a través de muchas artes de enorme influencia. Los sesenta explotarán en el movimiento de los derechos civiles, pero la globalización y el neoliberalismo imperante han agrandado las brechas sociales y estas las raciales, pues no están separadas sino que son consecuencia la una de la otra.


Pero no ocurre así con la población de origen asiático en los Estados Unidos. No deja de ser interesante la reacción presidencial a los premios concedidos por la Academia de Cine a la película surcoreana "Parásitos".
Ya no hay más Pearl S. Buck que medien para comprender a otros. La película La buena tierra (1937), con cinco nominaciones con las que consiguió dos premios, basada en su novela ganadora del premio Pulitzer,  llevaba este texto en el inicio: "The soul of a great nation is expressed in the life of its humblest people. In this simple story of a Chinese farmer may be found something of the soul of China--its humility, its courage, its deep heritage from the past and its vast promise for the future."** 



Ya entonces, Buck tuvo que emprender una cruzada para que los chinos fueran vistos a los ojos de los norteamericanos como algo más que esclavos construyéndoles el ferrocarril y muriendo junto a las vías, como algo más que perversos invasores a los que había que mantener a raya.
Hace tiempo le dedicamos una entrada del blog a Pearl S. Buck que creo que tiene cierta actualidad a lo visto de lo sucedido. No se trató solo de una mujer que amaba a China, sino de una escritora que hablaba de China en un contexto social que seguía siendo profundamente racista.
Podemos ir a la Wikipedia y encontrar una completa información sobre lo que supuso el "Acta de Exclusión China" y sus consecuencias posteriores. Este es el principio, pero recomiendo que sea leído el artículo en su totalidad:

The Chinese Exclusion Act was a United States federal law signed by President Chester A. Arthur on May 6, 1882, prohibiting all immigration of Chinese laborers. Building on the 1875 Page Act, which banned Chinese women from immigrating to the United States, the Chinese Exclusion Act was the first law implemented to prevent all members of a specific ethnic or national group from immigrating.
The act followed the Angell Treaty of 1880, a set of revisions to the U.S.–China Burlingame Treaty of 1868 that allowed the U.S. to suspend Chinese immigration. The act was initially intended to last for 10 years, but was renewed in 1892 with the Geary Act and made permanent in 1902. These laws attempted to stop all Chinese immigration into the United States for ten years, with exceptions for diplomats, teachers, students, merchants, and travelers. The laws were widely evaded.[1]
Exclusion was repealed by the Magnuson Act on December 17, 1943, which allowed 105 Chinese to enter per year. Chinese immigration later increased with the passage of the Immigration and Nationality Act of 1952, which abolished direct racial barriers, and later by Immigration and Nationality Act of 1965, which abolished the National Origins Formula.[2]***

Creo que es un caso insólito el tratamiento dado a los chinos emigrados a los Estados Unidos, país que pronto empezó a mirar a Asia, especialmente a China, con ojos diferentes. Pese a ser una aliada en la Guerra Mundial frente a Japón (que había invadido parte de China), el año 1949, el triunfo comunista en la larga guerra civil china acabó con cualquier esperanza de relaciones normales. La amistad se perdió en el camino.
El estudio que nos muestra The Washington Post muestra esa ansiedad y depresión en la era de Trump. El estallido que abarca todos los Estados Unidos y que se ha extendido a buena parte del mundo desborda ya el espacio, pero deja oculta la xenofobia que se ha manifestado en todo el mundo hacia la comunidad china que no tenía culpa alguna en la expansión del coronavirus pues estaban en diferentes países cuando estalló. Pero para muchos ha servido de excusa encubierta para que se cerraran tiendas o comercios, para deshacerse de competencias.
Se han utilizado los medios para crear un ambiente xenófobo que han pagado las personas que menos culpa tienen, en Estados Unidos los asiáticos norteamericanos y en otros los estudiantes, los dueños de tiendas y comercios, los empresarios que no tenían culpa algunas.


Hoy las comunidades africanas, árabes o hispanas tienen sus asociaciones de protección de sus derechos y todo tipo de defensores para evitar que se confunda, por ejemplo, a todo musulmán con un terrorista. Sin embargo, no ocurre así con las comunidades asiáticas, que prácticamente aguantan en silencio las afrentas. Tuvieron que bloquear las cuentas, sin justificación, alguna a los chinos residentes en España para que estos salieran por primera vez a la calle.
La BBC, la CNN, France24 tienen todos programas del tipo "InsideAfrica". De Asia solo algunos tienen programas de información económica dada la importancia. Pero parece que hay poco interés en conocerse más allá de tópicos y estereotipos negativos. El tratamiento informativo de la pandemia ha hecho sonrojar a más de uno (me refiero a España) con aspectos claramente xenófobos, cuando no racistas. Todo el mundo puede decir cualquier cosa de los chinos, sin freno, con la seguridad de que nadie va a responder recriminando las actuaciones. Por poco simpático que pueda resultar el régimen, lo que se hace va más allá de la política y su traducción es en violencia sobre los que están más acá de la Gran Muralla.


Sé de lo que hablo. De algo anterior a la pandemia, de algo más allá de Trump. He visto cómo se han comportado personas e instituciones, cómo se polarizaban y he escuchado cosas que no pensaba escuchar.
Angustia y depresión no son estados positivos y menos si estos tienen un comportamiento que afecta a los grupos como forma de discriminación racial. Los más afectados, afroamericanos y asiático americanos, viven una situación diferente. También los hispanos han vivido una situación de estrés desde que Trump empezó a expulsar y a querer construir muros, desde que se separaban hijos de las familias como forma disuasoria de la inmigración desde el Sur. No sé cómo medir ese estrés, el de las familias con niños lejos, tal como denunciaron los propios medios norteamericanos.
El racismo no es un problema exclusivamente norteamericano, por supuesto. Pero es allí desde donde, por el poder de la industria cultural, salen muchos estereotipos y modelos negativos sobre el mundo (incluidos nosotros).


La gran factoría de las representaciones mediáticas está en los Estados Unidos. Los medios, de la televisión al cine, pasando por la prensa o la literatura, recrean el mundo según los intereses de grupos económicos, políticos, religiosos o étnicos. No es nuevo, pero sigue siendo real. Siempre han necesitado estigmatizar a alguien de fuera o de dentro, según tocara, hasta llegar a un maniqueísmo que hace irreconocible el mundo.
Por eso es esencial abrir el mundo a otras visiones, del cine a literatura, tratar de comprender el mundo desde ópticas diferentes, estudiar las relaciones interculturales para tratar de comprendernos mejor y no de ridiculizarnos desde la superioridad de hipotéticos destinos manifiestos.


Angustia y depresión son síntomas ante nuestro presente. Estamos en el siglo XXI viviendo con mentalidades de siglos anteriores, pero con una capacidad menor de actuar desde la educación. Hemos abierto la Caja de Pandora de las tecnologías que sirven tanto para extender mensajes racistas como para levantar al mundo indignado con el vídeo de George Floyd asesinado en nueve interminables minutos, una agonía en directo.
Vivimos en un mundo contradictorio cuyos valores se fragmentan. Las redes pueden convertirse en una escuela de contravalores, de desinformación y anular el papel de la educación, convertida en acumulación de conocimientos para ganarse la vida y no para construir un mundo mejor. Es lo que estamos viendo cada día.


Hace mucho tiempo escribí que la última frontera era la idea de "raza", creo que el tiempo me da desgraciadamente la razón. Seguimos considerando al otro distinto como una amenaza. Avanzamos en la igualdad de otras distinciones, pero somos incapaces de aceptar la diversidad de pieles.
Lo intolerable es que se haya aprovechado una pandemia para poner de nuevo sobre la mesa los prejuicios y odios existentes desde hace mucho tiempo, como nos comentaba el artículo de la Wikipedia sobre el Acta. La pandemia nos ha mostrado (y quizá demostrado) que se muere más según el color de tu piel, que ese color determina dónde vives y en que trabajas, cómo te van a atender los servicios médicos o si careces de ellos. Nos ha mostrado que las estadísticas poblacionales se van al traste y no se corresponden con las muertes. Pero era lo mismo que mostraban las poblaciones de las cárceles o los ejecutados en sillas eléctricas, cámaras de gas o inyecciones letales. Son las mismas estadísticas que reflejan los errores judiciales y las condenas más largas. Todo forma parte del menú racista que el coronavirus, sin pretenderlo, deja al descubierto. Lo intolerable es que las personas asiáticas, estén donde estén, sean vistas como parásitos ellas mismas. Son reacciones que muestran que más allá de nuestra seguridad estamos llenos de prevenciones alimentadas cada día por estereotipos que alimentamos.


Comienza ahora una epidemia revisionista, cuya función es lavar la imagen de las empresas, no verse acusadas de programar lo que antes programaban. Da igual ganar dinero con una que con otras. Es fácil cambiar una película. ¿Recuerdan la escena de la película de Spike Lee en la que los neonazis disfrutan de la visión privada de la película "El nacimiento de una nación", el clásico de D.W. Griffith, considerado por algunos la mejor película de la historia del cine? ¿Recuerdan el jolgorio con los linchamientos o las quemas del Klan? Es fácil dejar de programarla y convertirla así en objeto de culto racista, si ya no lo era.


Las dos comunidades presentan perfiles distintos, pero padecen síntomas de angustia y estrés. ¿Hay forma de rebajar las tensiones? Es difícil cuando se están alentando los conflictos raciales y xenófobos desde la presidencia y desde los medios. Parece que el racismo de Trump ha quedado claro tras muchas manifestaciones (ya tiene la guerra que necesitaba), pero el que se está ejerciendo sobre la comunidad china tiene matices muy diferentes al camuflarse de política y tener así más apoyos. La comunidad  afroamericana ha sacado sus "raíces" (recordemos el bestseller reivindicativo de Alex Hailey en los 70) de África y se reivindica "estadounidense" con sus propias características? ¿Ocurre lo mismo con la comunidad chino-americana? Parece que no y el tener un referente, la propia China, les está creando un efecto colateral negativo? No deja de ser curioso que muchas de las películas norteamericanas con historias con China de fondo, tengan precisamente como objeto las distancias entre el país de origen y los Estados Unidos, es decir, entre las viejas generaciones y las nuevas que tratan de conjugar la herencia poderosa con las nuevas formas de los Estados Unidos. Parece como si fuera necesario distanciarse para no ser arrastrados por el creciente conflicto de rivalidad chino norteamericano, que parece marcará las próximas décadas.


Una campaña potenciada por chinos americanos usa la  necesidad higiénica  de lavarse las manos para expresar que hay que limpiarse las manos también del odio que se acumula en ellas. No es mala la idea y es un gran paso para tratar de frenar un problema que nos destruye a todos, en un sentido u otro, que nos deshumaniza. Hay que condenar cualquier forma de racismo o de xenofobia, más en estos tiempos en los que proliferan por todas partes. Las personas no son países o virus. Son personas, con igual dignidad.
Corremos el riesgo de pensar que el racismo es solo lo nuestro y no lo que se aplica a los demás, disfrazándolo de otras cosas. Esa ha sido la astucia de los racistas siempre, disfrazarse para esconder sus motivaciones reales. Ni ocultarlo ni convertirlo en instrumento camuflado.


*  Alyssa Fowers y William Wan, "Depression and anxiety spiked among black Americans after George Floyd’s death"  The Washington Post 12/06/2020 https://www.washingtonpost.com/health/2020/06/12/mental-health-george-floyd-census/
** AFI Catalog "The Good Earth" (1937) https://catalog.afi.com/Catalog/MovieDetails/8507
*** "Chinese Exclusion Act" Wikipedia https://en.wikipedia.org/wiki/Chinese_Exclusion_Act




viernes, 9 de mayo de 2014

Después de La buena tierra o sobre la comunicación intercultural

Joaquín Mª Aguirre UCM)
Ayer tuve una experiencia única con mis alumnos chinos de doctorado. Íbamos a ver una película, La buena tierra (The good earth, Sidney Franklin 1937), basada en la obra del mismo nombre de Pearl S. Buck, escrita en 1931 y ganadora del premio Pulitzer al año siguiente. El hecho de tener alumnos de otros países me ha hecho ser especialmente cuidadoso con la selección de la películas que vemos pues te das cuenta de hasta qué punto pueden llegar a ser ofensivas en sus planteamientos. La xenofobia y el racismo son unas constantes que se transmiten a través de los estereotipos que se encarnan en las películas especialmente, pues toman vida en conductas y presencias hasta llegar a la caricatura.
Dependiendo de la época y de las circunstancias, el "otro" es llevado hasta el ridículo como parte de las tramas en las que se manifiesta siempre la superioridad del que escribe la historia y después la filma, en el caso del cine, introduciéndose en nuestra propia cultura. Todos los países, todas las culturas, tienen una imagen específica de las demás que se traduce en tópicos, estereotipos y clichés, que son formas económicas y parciales de empaquetar la información respecto a los demás. Esos estereotipos desmiembran la cultura, la historia, los rasgos físicos, las costumbres y los convierten en elementos esquemáticos y parciales que sirven para la representación burda del otro, englobándolo todo en aspectos mínimos. El estereotipo prescinde del matiz y de la variedad; solo queda un elemento marcado, por lo general del forma negativa, que se contrapone a la individualidad, llena de matices, del que construye el discurso. El que cuenta primero, da dos veces.

La buena tierra es una novela sobre China. Pearl S. Buck llegó al país con apenas tres meses y vivió allí cuarenta años. China fue su mundo y consiguió transmitirlo, a través de su visión, a millones de personas de todo el mundo. Recuerdo muchas de sus novelas en los estantes de la biblioteca familiar. En España se leyó mucho y para una generación entera fue una lectura frecuente. Las novelas de Pearl S. Buck eran el polo opuesto al estereotipo negativo oriental, que se había puesto en circulación bajo la etiqueta global del "peligro amarillo" en el siglo XIX temiendo que una China superpoblada invadiera el mundo. Las oleadas de emigración en distintos países, como los Estados Unidos, contribuyeron a esa percepción que sirvió para fabricar fantasías en un mundo con una información que nacía con vocación sensacionalista.
La intención de que viéramos la película era precisamente comprobar qué efecto causaba la representación de "China" y "lo chino" en una película cien por cien norteamericana, basada en una novela de una autora norteamericana (y en su adaptación teatral) en unos espectadores chinos. Lo que yo pudiera ver y experimentar en la película era una experiencia diferente de la que ellos pudieran tener. Los procesos de identificación, de reconocimiento, de aceptación de aquella realidad ficticia, reconstruida no son los mismos para ellos que para mí o cualquier otro espectador de una cultura distinta. La novela y la película no se hicieron para ser leídas y vistas por ojos de China, sino para estricto consumo de Occidente, que se formó su imagen del país a través de esta y otras fuentes, muchas de ellas deformadas y estereotípicas.


Mientras veía la película no dejaba de preguntarme ante cualquiera de las situaciones cómo las estaban viendo: ¿se creían a un Paul Muni, de ojos pintados, como un campesino chino? ¿Veían en la premiada con un Oscar Louise Rainer a una esclava vendida por sus padres? ¿Serían los carteles escritos con caracteres chinos "reales" o se habían limitado a copiar caracteres chinos si más, sin saber qué ponían? ¿Eran reales aquellas casas, aquellos trajes, aquellos instrumentos de labranza, el búfalo con el que araban la tierra? ¿Era el molino de piedra adecuado a la época? ¿El corte de pelo se correspondía con la realidad?


La película comienza con dos rótulos. El primero es la dedicatoria a Irving Thalberg, el gran genio de la producción cinematográfica, el "muchacho maravilla" del cine, que con veinticinco años llegó a ser vicepresidente de la Metro. Thalberg era el productor total, la persona capaz de controlar todas las fases del proyecto cinematográfico. Murió en 1937 y este fue, junto con María Antonieta (1938), su último proyecto. La película está dedicada a él.

El otro rótulo, el principal, son unas palabra de loa al pueblo chino, a su esfuerzo y humildad, un canto a su vínculo con la tierra, lugar en donde se alcanzan los valores a través del esfuerzo, del sufrimiento de doblegar la naturaleza que nos da y nos quita, que trae la lluvia cuando debe y cuando no debe, que seca los campos y nos trae las plagas, pero que es la prueba que da la dimensión de nuestra capacidad de resistencia y de fe. La metáfora de la tierra como elemento que nos sustenta y que nos mantiene unidos está presente desde el mismo título de la obra de Buck, identificándose con las virtudes en la frase final de Wang Lu tras la muerte de su esposa O-Lan: "O-Lan, tú eres la tierra". Quienes se alejan de ella y del trabajo, acaban mal.
La película consta de tres actos muy distintos. El primero comienza con el día de la boda de Wang Lu, un campesino, que acude a la Gran Casa en donde recogerá a una esclava, O-Lan, que fue vendida a sus despóticos dueños por sus padres durante una hambruna. Wang Lu se casa con ella porque es la boda más barata. Asistimos en esta primera parte al crecimiento de la familia y al esfuerzo por hacer la tierra productiva.
Pero la naturaleza cambia y donde había cosechas pronto lo destruirá todo una terrible sequía. "El hambre vuelve locos a los hombres", sentenciará un personaje, después de que los amigos de Wang Lu entren a la fuerza en su casa ante el rumor de que tienen comida. Descubrirán que su comida no es más que tierra con agua caliente para calmar el hambre. Wang Lu se niega a vender la tierra a estafadores que quieran aprovecharse y parte con la familia, los tres hijos, al sur a intentar encontrar una ocupación. La segunda parte nos los muestra mendigando por las calles y con la tentación de vender a una hija como hicieron con ella. Son momentos terribles que concluyen con el estallido de la revolución. "¿Qué es la "revolución"?", pregunta Wang Lu en medio del tumulto, "¿algo que tiene que ver con la comida?".


Un golpe de suerte hará que encuentren la riqueza en forma de diamantes que servirán para regresar ricos a casa, a la tierra. El dinero, que les ha traído la salvación y les ha devuelto a casa será su maldición, durante el acto final. Wang Lu enriquecido deja la casa y compra la que fue el lugar de encierro, la Casa Grande, de su esposa, de la que se va distanciando por su amor al lujo. La ruina final de la familia la trae una "segunda esposa", que O-Lan acepta formalmente si es lo que su marido desea. La recién llegada trae todos los males y distancia a los hijos del padre. La unión final llega cuando una plaga de langosta amenaza con destruirlo todo y dejarles en la ruina total. Todos los que se habían dispersado o enemistado se unen en la defensa de las cosecha. Es la tierra la que les une de nuevo, padre e hijos, marido y esposa.
La figura de O-Lan, la mujer abnegada y educada en la obediencia y la sumisión, vendida como esclava, humillada con una segunda esposa, es una especie de Scarlett O'Hara en su defensa de la tierra como valor fundamental. Lo que el viento se llevó se estrenó dos años después de La buena tierra. Ambas novelas fueron escritas por mujeres, las dos fueron Premio Pulitzer y las dos identifican los valores tradicionales de la tierra frente al caos del mundo y de las personas. Las dos crean poderosos personajes femeninos, la rebelde Scarlett y la obediente O-Lan, personalidades opuestas,  representantes de unas mentalidades y culturas distintas, pero un mismo tipo de mujer. Scarlett es Tara y O-Lan las parcelas de tierra en la que enterrará la noche de bodas el hueso de melocotón que su marido ha despreciado tirándolo al suelo después de comerlo. Es su especial ceremonia de matrimonio con la tierra.


Me he extendido en la descripción de la película para tratar de explicar qué es lo que vieron mis alumnos y lo que yo pensaba que ellos podían estar viendo durante la proyección.
Cuando se encendieron las luces, mi pregunta ansiosa era obligada: "¿es creíble lo que habéis visto? Yo he visto una China que no puedo distinguir si es "real" en su representación o no habéis conseguido creérosla en ningún momento". Antes de responderme, me hicieron ellos la primera pregunta: ¿está rodada en China? Era la pregunta que se habían hecho. La respuesta nos la da la reseña del estreno, realizada el 3 de febrero de 1937, por Frank S. Nugent en The New York Times. Nugent escribió:

The making of The Good Earth, according to our Hollywood historians, was one of the most chaotic ventures in the annals of an industry in which chaos is the normal state of affairs. The picture was four years in preparation and  production. It was begun by one director, George Hill, and completed by another, Sidney Franklin. Its early sequences were supervised by Irving Thalberg, and upon his death the production was entrusted to his associate, Albert Lewin.
The cast and script were forever being revised. The picture was edited and reedited. Some 2,000,000 feet of film were exposed in China, to be used in process shots and for atmosphere; another 700,000 or 800,000 feet were taken in Hollywood. Out of it all emerged a picture 12,450 feet long, running two and a half hours, costing (it is whispered respectfully) $3,000,000.*

Imágenes reales rodadas en China para lograr una buena ambientación del film, una auténtica superproducción para le época, mérito de Irving Thalberg, que quiso hacer una película que hiciera justicia a una novela que ya se consideraba clásica, que había estado como libro más vendido en Estados Unidos durante 1931 y 1932.
Las respuestas a mi pregunta de si aquello que habían visto era "creíble" para ellos, me sorprendieron. "Nunca pensé que en Occidente se hubiera hecho una película así sobre China, profe", fue lo primero que me dijeron. La película les había emocionado. Al principio, señalaron, la historia les puso en estado de prevención. La historia de la mujer esclava, casada con el campesino podía derivar hacia una historia tópica, pero habían ido descubriendo la grandeza del personaje y se habían emocionado con su lucha. No le negaron sus lágrimas al personaje de O-Lan; yo tampoco.
Pregunté por los detalles. Todo estaba en su sitio. Los escenarios eran creíbles, con la excepción de los protagonistas principales, todo el reparto y figurantes eran claramente chinos. La evolución del tiempo se podía detectar a través de los peinados de los padres y los hijos. Hasta identificaron la melodía que servía de sintonía "Jazmín", una canción "muy famosa". Alguno señalo que muchas de las expresiones que se utilizaban eran realmente chinas, refranes y dichos auténticos. Otra de las asistentes señaló que la forma en que se celebra la boda de Wang Lu y O-Lan le había recordado a las costumbres de su pueblo, que era una zona campesina.
Lo que había comenzado con un rótulo de alabanza a las virtudes de humildad y capacidad de sacrificio del pueblo chino, era en realidad el conjunto de la película a través de una inusual atención al proyecto en sus más mínimos detalles. ¡Qué lejos de las películas que veremos después, de la época de la Guerra Fría, por ejemplo, o incluso hoy!

Sacamos muchas conclusiones de la sesión. La primera es lo importante que huir de los estereotipos para poder crear unas condiciones positivas de comunicación intercultural. Puede que nada sea totalmente real en la ficciones, pero aquella película podía ser compartida sin agravios por dos culturas que podían acercarse a ella desde visiones distintas. También habíamos comprendido que el amor que Buck tenía por China, donde creció, cuya lengua hablaba como propia, es un factor determinante. También es amor lo que hizo Irving Thalberg al llevar al cine una proyecto así cuidando hasta el más mínimo detalle para que aquello, además de ser una buena película, fuera creíble por un público que nunca la vería, el chino. Yo no lo hubiera percibido de no ser por ellos porque no sería capaz de distinguir, como le ocurría al propio público de entonces —y el de ahora— las diferencias. El nivel de credibilidad o aceptación no es el mismo para un público que otro. Pero eso no le importó a Thalberg; invirtió en tiempo, dinero y esfuerzo para conseguir una película realista en más de un sentido, en una película auténtica.
Pero para mí, lo más importante de todo es comprender la necesidad de una buena comunicación intercultural, de un diálogo a través de la cultura, para poder establecer puentes sólidos. Insisto mucho a mis alumnos extranjeros sobre la metáfora del puente porque creo que refleja bien la idea de un mundo de orillas distantes que necesita de lazos sólidos. Ellos son los puentes, como lo fue Buck. Se insiste mucho en los lazos económicos, que son importantes —Marco Polo no fue a hacer turismo—, pero se necesitan personas que trabajen en el acercamiento cultural a través de la difusión del arte, de las traducciones, de los proyectos comunes, de todo aquello que contribuya al debilitamiento de los estereotipos y al acercamiento cultural. Necesitamos comprendernos mejor porque vivimos en un mundo en el que ya todos somos vecinos, aunque estemos separados por miles de kilómetros. No solo visitarnos —nada hay más tópico que la imagen turística—, sino conocernos a través del diálogo y de los proyectos comunes.


Ahondar en la cultura ajena es también comprender la tuya a través de las diferencias. Emocionarse con una película como La buena tierra no es exclusivo de sus consumidores predeterminados, como hemos podido comprobar. Y eso fue posible porque primero Buck y después Thalberg trasladaron su amor por China, la primera, y por el cine, el segundo, a sus proyectos. Ambos tenían amor por el detalle, que es lo que hace que por boca de Muni o de Tainer salgan refranes chinos y no otras palabras. 
En el fondo, ya lo señalaba Platón, es el amor el que une las piezas del universo; es el entusiasmo lo que nos hace querer que los demás compartan lo que amamos. Las personas que no aman, poco tienen que ofrecer o decir; o tiene poco interés escucharlas.


* Frank S. Nugent "The Good Earth" (1937) (reseña) The New York Times 3/02/1937 http://www.nytimes.com/movie/review?res=EE05E7DF173FE464BC4B53DFB466838C629EDE#h[]