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sábado, 17 de octubre de 2015

La fábula del grafitero árabe o Esopo con palomitas

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Mi fábula favorita de Esopo es aquella que nos cuenta el viaje de un hombre y un león. Camina discutiendo sobre quién es más poderoso hasta que se encuentran en el camino una estatua que representa a un hombre estrangulando un león. Muy ufano, el viajero se regodea ante su compañero: "—¡Creo que está claro —dice señalándole la estatua— quién es el más poderoso!" A lo que el león le responde: "—¡Si los leones supieran esculpir, verías más hombres entre sus garras!".
Me ha parecido siempre una fábula que nos dice algo sobre el mundo de los medios de comunicación: quien tiene los medios se retrata de la forma más provechosa. Se mostrará vencedor y representará a sus enemigos o rivales de la forma menos favorable. Quien crea los mensajes, en suma, crea la perspectiva más favorable a sus tesis. Esto ha funcionado así desde las épocas más antiguas y con medios como la poesía o, como, en la fábula con la escultura o la pintura. Hoy, en plena de Sociedad de la Información, en un mundo mediatizado, la representación es un arma esencial del poderoso.


Creo que no hay duda de que en un siglo mediático, el poder de esculpir está en manos de los Estados Unidos y su poderos maquinaria de producción cultural. Son ellos los que tiene el poder de hacer "estatuas". Pero, como saben los conservadores de monumentos, hay mucho gamberro con espray suelto por el mundo.
La publicación Egyptian Streets nos trae una interesante historia sobre estas cosas de leones y hombres, de escultores y esculpidos, que tiene algo de fábula. Su titular es "‘Homeland is Racist’: Graffiti Artists ‘Bomb’ Award-Winning TV Show" y nos cuenta la siguiente historia:

Three street artists took a stab at the American TV-series Homeland when they were hired to paint ‘Arab graffiti’ on a film set for the show. Instead, they ‘bombed’ the show, writing slogans dissing the award-winning series. Nobody noticed and the episode was aired with the graffiti in full view.
Homeland is about a female CIA officer with bipolar disorder who is sent to hunt down terrorists across the Middle East, Afghanistan, Pakistan and Iran. The show is currently in its fifth season, which is set in Berlin. It has received several prestigious awards and is watched by millions of viewers every week.
However, the series has been widely criticized for being bigoted, Islamophobic and portraying a racist image of Arabs, Afghans and Pakistanis. The Washington Post described the series as ‘a blonde, white Red Riding Hood lost in a forest of faceless Muslim wolves’.*


Los grafiteros contratados para dar ambiente a las calles con sus pintadas aprovecharon la ocasión para escribir frases como: ‘Homeland is racist’, ‘Homeland is a joke, and it didn’t make us laugh’, ‘Homeland is watermelon (al-watan bateekh)’, ‘Freedom (horeya)…now in 3-D!’. Estas son algunas frases con las que los grafiteros contratados ambientaron las calles con sus letreros y pintadas en árabe.
No hace muchos cuando tuve ocasión de ver junto a mis alumnos chinos la película de Hollywood "La buena tierra" (1937), basada en la obra ganadora del Pulitzer y escrita por Pearl S. Buck, les pregunté por los carteles en lengua china que aparecían en la obra en las calles. Me dijeron que todos se correspondían con la realidad representada en pantalla. Por entonces, según parece, se cuidaban un poco más estos detalles.
Pero lo que me interesa es algo que he discutido muchas veces en seminarios sobre cuestiones interculturales: Hollywood como máquina de hacer enemigos. Entiendo que las representaciones de los enemigos siempre han estado históricamente vinculadas al espacio en el que se consumen. Por decirlo así: la estatua se coloca decorando los jardines y plazas propios. Es un acto de imposición hacer que los otros las coloquen en los suyos. Es un acto de humillación y como tal se ha realizado cuando el conquistador se impone a los conquistados.


Pero los estudios norteamericanos están produciendo sus series para todo el mundo, no solo para sus propios jardines, lo que resulta ofensivo en grado sumo para muchos. Toda representación impone un punto de vista y unos valores determinados. Podrán ser más o menos automáticos, pero ese automatismo que los convierte en "naturales" para quien los produce son estridencias para quien los recibe si no comparte esos valores.
Es peligroso en el mundo de la comunicación "pensar local y vender global", o lo que es lo mismo: hacer unas series o películas desde valores propios y pretender vendérselas a los que has retratado negativamente.
Lo que han hecho los grafiteros árabes con sus pintadas es deconstruir el mensaje introduciendo en él otros mensajes de sentido contrario. Han introducido el más poderoso distanciador: la ironía. Cuando ese capítulo se vea en países o por personas que entiendan lo que está puesto en las paredes, el efecto será otro: la carcajada. ¿Cómo reaccionar si no al ver a la bipolar Carrie recorriendo unas calles en las que pone "Homeland es racista"? Para los espectadores (como para los productores) que no hablen árabe, el mensaje en la paredes no es más que "forma" decorativa, puede poner cualquier cosa.


Mientras las series se consumen en territorio propio, lo que se percibe forma parte de los estereotipos con los que se articula nuestra "realidad". Cuando son los retratados los que se contemplan en estos discursos ajenos, surge el enfado, la irritación o la furia. Hollywood —por no decir los Estados Unidos— no ha tenido casi nunca el sentimiento de respeto hacia el "otro" al que retrata desde la más insultante superioridad de la escritura. Pensemos en casos más extremos y recientes, como las caricaturas de Charlie Hebdo o la película The Interview.

Esto comenzó por su propia "otredad", los nativos americanos, que tuvieron que esperar a que se hiciera "Flecha rota" (Broken arrow, D. Davis 1950) para que alguien les considerara "un poco humanos", según se estima habitualmente. Hollywood casi ha llegado a convencernos de que los invasores fueron los nativos.
Igualmente han tratado de forma despectiva a las propias minorías llevadas o emigradas —afroamericanos, hispanos...— y algunas películas antiguas (también modernas) suscitan vergüenza ajena a los propios norteamericanos al ser revisadas en el tiempo. Al tener las protestas en casa cuando sus mensajes son racistas o xenófobos, la maquinaria de Hollywood se ha redirigido hacia el exterior representando el mundo mediante esterotipos.
Durante un tiempo fueron los "comunistas", es decir, "rusos", "chinos", "coreanos" y "vietnamitas". Los nazis también tuvieron lo suyo en las pantallas. Pero el comercio y los cambios de relaciones obligan a no ofender demasiado a los nuevos amigos. Ahora la importancia del mercado chino para los productos cinematográficos ha hecho que se moderen las perspectivas y que se hagan películas como "Hora punta", con héroes norteamericano (afroamericano) y chino (Jackie Chan), tratando de evitar o moderar los estereotipos. Se siguen manteniendo, pero encuentran formas de neutralizarlos a través de la comedia o del equilibrio de protagonistas que permita salvar el honor de los retratados para que no parezcan idiotas, vagos, pervertidos o terroristas, según a quien le toque, los retratados. 


Tras el 11 de septiembre, los Estados Unidos han intensificado las películas y series sobre el mundo árabe e islámico. La mayoría no han servido para un mejor conocimiento de la otra cultura o para realizar un análisis crítico inteligente, que también es posible. Solo han repetido una y otra vez denigrantes estereotipos construyendo una imagen conjunta (todos en el mismo saco) que irrita a la mayoría y solo beneficia al ego norteamericano y a los islamistas que muestran satisfechos estas películas para demostrar que Occidente (sí, Occidente como otro estereotipo) les odia sin remisión. Siempre hablamos de "orientalismo", siguiendo la moda de Edward Said, pero ya debería ser tiempo de estudiar el "occidentalismo", la forma en que se nos percibe a través de nuestras propias representaciones difícilmente digeridas fuera de nuestros espacios de consumo simbólico. Los efectos, en cualquier caso, son perceptibles en otod Oriente Medio: antiamericanismo. Es el efecto de la otra diplomacia, la de las pantallas.
La broma de los grafiteros árabes deja al descubierto esa irritación, ese malestar en la cultura representada. Es un mecanismo liberador frente a los miles de imágenes que no se ajustan a la realidad. Todas las culturas poderosas han usado estos mecanismos, pero ninguna ha tratado de vender el resultado a los caricaturizados. En Egyptian Streets se cierra la información, como en las buenas fábulas, con una especie de reflexión a modo de moraleja:

The episode with the artists’ work was aired on October 11th. Karl says he was not all that surprised that no one on set or in post-production had noticed their critical graffiti.
“They just don’t care. In another episode they had Hebrew price tags on clothes in a market in an Arab country. They had shot the scene in a fake souq in Tel Aviv.”*


Por lo visto, ni se han preocupado por el incidente. Desde cierta perspectiva, le añade algo de realismo.


* "‘Homeland is Racist’: Graffiti Artists ‘Bomb’ Award-Winning TV Show" Egyptian Streets 15/10/2015 http://egyptianstreets.com/2015/10/15/homeland-is-racist-graffiti-artists-bomb-award-winning-tv-show/




domingo, 27 de septiembre de 2015

Canto por una pared demolida

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Los grafitis fueron una seña de identidad de la revolución egipcia del 25 de enero de 2011. De todas las muestras artísticas que la revolución trajo, las más universalmente reconocidas han sido las que quedaron como un periódico vivo en las pinturas callejeras. Más allá de las dificultades del idioma, las pinturas hacían llegar a todo el mundo los mensajes que reflejaban el sufrimiento, el respeto a los mártires y la voluntad de vivir en una sociedad democrática y creativa.
Los grafitis atrajeron la atención de todo el mundo por su lenguaje traductor de lo que ocurría en las calles y en las mentes de los que participaban en las revueltas callejeras. El fenómeno era captable en los mismos lugares en los que ocurrían los hechos y tenía la fuerza del arte, de la expresividad en los trazos en la descripción de la lucha. Los fotógrafos que fueron comprendieron rápidamente el fenómeno de los grafitis y los difundieron por los periódicos de todo el mundo, se les dedicaron artículos académicos que los analizaban desde la sociología a la semiótica y se escribieron libros ilustrados con estas muestras de deseos de libertad.

AñadirA mural depicting a poor child with angel wings and tears in his eyes. It reads "Glory to the unkowns."The child is a symbol for the anonymous martyrs who sacrificed their souls for the sake of the country. 
Egipto, tan preocupado siempre por sus antigüedades, no lo está tanto por el arte del presente, el de los que viven y padecen hoy en sus calles. Egypt Independent titulaba hace unos días: "Is revolutionary graffiti taking its last breath in Egypt?"* La cuestión se plantea después de la destrucción de uno de sus grafitis más significativos, situado en los muros de la Universidad Americana de El Cairo (AUC). Aunque la Universidad dice haberlo fotografiado y querer hacer una exposición más adelante, el hecho es que ha sido destruido.
El intento de borrar los restos de la revolución es constante desde hace mucho tiempo. Es un síntoma de la contradicción permanente en la que vive la sociedad egipcia desde que se produjo el levantamiento popular que dio lugar a la caída de Mubarak. Aquellos grafitis dieron cuenta de quiénes eran los que integraban cada bando, tanto en las luchas primeras contra el régimen de Mubarak como en la etapa posterior de dominio militar a través de Tantawi y la Junta Militar, la SCAF. El hecho sorprendente de que siempre estén los mismos, los militares, en el mismo sitio, en el poder, relevándose a sí mismos una y otra vez ante la desesperación de los que quieren un cambio real en Egipto, es la clave de todo lo que ha ocurrido y sigue ocurriendo. Egipto es el reino de las apariencias en el que no hay apenas cambios.

The mural depicts Mohmed Mahmoud clashes between protesters and police forces. (Captured by Ammar Abo Bakr)

Tras señalar la importancia primera que tuvieron los grafitis en la revolución de 2011 y cómo sirvió de puerta a nuevas formas —performances, video-arte...— Egypt Independent apunta:

Decades-long suppressed emotions—referencing a sense of identity and belonging—intertwined with the aesthetics of vibrant colors and expressive art have sprung up across the country’s walls and buildings.
The walls surrounding Mohamed Mahmoud Street in downtown Cairo, also known as “The Revolution’s Wall”, have become an open-air art gallery embracing an unprecedented display of public and political emotions translated into striking murals by street artists.
The walls have become a symbol of resistence and bravery since brutal clashes broke out between protesters and police forces on the street in November 2011. 
The decision has raised a lot of questions among activists and freedom advocates as the government has spent considerable amounts of money to clear graffiti from walls across the country, particularly the murals on Mohamed Mahmoud, which were whitewashed several times over the past couple of years.  
The government’s attempts, however, went in vain. Street artists refused to surrender and continued to immortalize martyrs' faces and revive the 2011 uprising’s turning-point moments with their artistic creations.  
"They would tear down the whole street and even the entire city if they could," said novelist and activist Adhaf Souief, condemning the demolition on her Twitter account, adding that the government turns a blind eye to the profound importance of street art.*


La destrucción del mural, por muchos planes que se quieran señalar para la emblemática plaza de Tahrir, es un acto deliberado destrucción de la memoria colectiva. El papel del Ejército y la Policía entonces fue el que fue. El hecho de que años después los mismos egipcios que pedían un gobierno civil hayan abrazado fervorosamente un presidente militar y besen sus fotos no es compatible con su propia historia reciente. No creo que exista un caso similar al de la revolución egipcia, ni tan siquiera entre otros países que cambiaron con la Primavera árabe. En ninguno se ha dado un giro para volver a la situación inicial con el beneplácito de una parte de la población que ha descargado su ira sobre los que se levantaron contra un gobierno de treinta años de autoritarismo, desidia y corrupción. Los revolucionarios son acusados muchas veces de ser agentes extranjeros; muchos de ellos están encarcelados o han muerto por el simple hecho de haber reclamado la democracia que se pregona desde los despachos pero que no se cumple, por más que lo aseguren sus autoridades. Sobre eso hay consenso internacional y si no se denuncia más desde los gobiernos y se endurece la postura es por la inestabilidad de la zona.


Los grafitis son un recordatorio de la incongruencia, de cómo se desperdició una posibilidad por una serie de factores que se fueron encadenando hasta hacer imposible que se cumpliera el sueño de muchos: un Egipto moderno, más libre, tolerante, democrático y joven. Los que han regresado se ha ido, cargados de pesimismo por la ocasión desperdiciada, ya sean políticos que quisieron contribuir al desarrollo tras décadas de corrupción, científicos que quisieron contribuir a la mejora educativa y productiva del país, artistas que quisieron poner sus palabras o imágenes al servicio de un pueblo olvidado, del que solo se acuerdan con la retórica grandilocuente del nacionalismo.


Los grafitis muestran demasiada historia, demasiado claramente quiénes estaban a cada lado de la lucha cuando se trató de cortar una trayectoria que había desembocado en la corrupción generalizada y el abandono de los sectores clave en beneficio de una clase empresarial corrupta que iba vaciando las arcas del estado, al que usaba para sus negocios, de una administración corrupta e indiferente. Mientras, los islamistas se aprovechaban de esa desidia para extender su ignorancia camuflada de piedad por el país. La gente salió a las calles por algo. No fue un mal día, fue el ¡Basta ya! de muchos. Todo esto se quiere olvidar, tachar de muros, fotos y libros.
Egypt Independent recuerda en su información una noticia de la que dimos cuenta aquí, el secuestro en la frontera de libros sobre los mismos grafitis que ahora se derriban y borran con capas de cal y pintura. Ya no es suficiente confiscar los libros que contienen la memoria, ahora hay que derribar los muros. Quizá sea un ejercicio piadoso liberar a los mártires pintados de contemplar el espectáculo que pasa cada día ante ellos.



* "Is revolutionary graffiti taking its last breath in Egypt?" Egypt Independent 26/09/2015 http://www.egyptindependent.com//news/revolutionary-graffiti-taking-its-last-breath-egypt


This mural depicts 12-year-old Mariam Nabil, who was shot 13 times during the Virgin Mary Church clashes in Waraq, Giza. (Captured by Ammar Abo Bakr)

"Glory to the martyrs" accompained with drawings of the revolution's martyrs were drawn on Mohamed Mahmoud Street's walls.

"Beware that, when fighting monsters, you yourself do not become a monster." This quote, by Friedrich Nietzsche, was reproduced in July 2011 to mark the the battle of Abbassiya. Thousands of protesters marched from Tahrir Square to the Defense Ministry chanting against SCAF and reiterating the demands of the July sit-in. The march was soon attacked by civilians carrying white weapons and Molotov cocktails. 

he statement "Backwards" here indicates that the true direction of the political Islamists of the Muslim Brotherhood and Salafists is backwards. The mural depicts the Egyptian Salafist leader Abdel Moneim al-Shahat, created in September 2012.