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viernes, 25 de mayo de 2018

Bonitas historias incompletas


Joaquín Mª Aguirre (UCM)
De la interesante entrevista con el intelectual, político y politólogo canadiense Michel Ignatieff en El País Semanal, realizada por Andrea Aguilar, me quedo con dos frases. La primera representa un principio importante: «La lección complicada de aprender es que el pasado nunca acaba. No termina, porque en algún momento se convierte en el campo de batalla en el que se pelea el presente.»
En estas semanas pasadas he tenido la ocasión de trabajar en el seminario con mis alumnos de doctorado el libro de Keith Jenkins "Repensar la Historia", que me pareció un buen texto con el que adentrarse en la crisis en que la Historia se encuentra como un metarrelato vertebrador de las sociedades. Como sucede en las Ciencias Sociales y en la Humanidades, la historicidad de los procesos echó por tierra las pretensiones esencialistas sobre las que se había construido el pensamiento occidental arrinconado eternidades, inmutabilidades y cualquier otra cosa que sirviera como punto de referencia estable. El "ser" humano pasaba a ser un "existente" arrojado a los ríos históricos del devenir, condicionado por su posición en ellos, flotando entre un pasado nebuloso reconstruido constantemente por su mirada, y un futuro cambiante, imaginario, hacia el que se siente engañosamente arrastrado como destino, pero resultado de su percepción del presente.
La idea de Ignatieff de que "el pasado nunca acaba" tiene mucho de esa idea expuesta. Lo que no acaba nunca es la pretensión de su escritura historiográfica, discurso en el presente y para el presente. De ahí que la respuesta de Jenkins a la pregunta "¿qué es la Historia?" sea una corrección: "¿para quién es la Historia?". Se introduce pues al destinatario, aquel que se interroga desde su propio presente. Así adquiere un sentido la frase de Ignatieff: hay que aprender que el pasado nunca acaba. No acaba nos dice porque es la batalla del presente. Hizo bien Jenkins en separar el pasado "lo ocurrido", del que solo quedan restos, del discurso historiográfico que lo recoge y da sentido, en permanente cambio e interpretación, espacio de diálogo y enfrentamientos, de disidencias o acuerdos. Ese "campo de batalla", como lo llama Michael Ignatieff, es precisamente el conflicto que se abre en las sociedades por la reescritura del pasado.

Keith Jenkins

Lo podemos apreciar en la España de hoy en la reescritura y reinterpretación de fenómenos como la "transición", el discurso secesionista, etc.  En Egipto, por ejemplo, lo podemos encontrar en la actual reescritura del periodo de Mubarak, la consideración de la "Primavera árabe" y la revolución del 25 de enero de 2011, la reescritura del "no-coup" de 2013 (el "golpe" que se quiere reescribir como "revolución"), etc.
Si el relato histórico es una construcción lógica y cronológica realizada reinterpretando los "restos" del pasado para crear el sentido justificador desde el presente de la escritura, es aquí donde se produce el conflicto por legitimar e imponer la validez de uno de ellos para que sea aceptado. Los mecanismos de Jenkins para que esa "historia-relato" sea la "Historia" son parecidos a los que señala Michel Foucault para mantener el "orden" de los discursos: de las instituciones a los libros de texto, pasando por el cine, la literatura, etc. que reafirman representando la "verdad" de esa historia o, si se prefiere, esa historia como "verdad".
Como habitantes del presente, hemos desplazado a los que ya son para nosotros parte de un pasado con el que no nos identificamos.  Hay sociedades en las que los discursos del pasado se imponen como dogma impidiendo la evolución. Así ocurre con los fundamentalistas que consideran que la historia es degradación respecto a una edad de oro. Lo que queda de ella son los textos que describen la perfección del momento pasado y, como contraste, la imperfección del presenta. Así ocurre cuando los textos se blindan como dogmas y se castiga, expulsa o elimina a quien duda de ellos. Así son las sociedades ancladas en los relatos del pasado. Así ha funcionado el Estado Islámico allí donde ha controlado el territorio. Son sociedades con guardianes violentos de la ortodoxia.

En las sociedades democráticas, es decir, en las basadas en el diálogo, es necesario un equilibrio en los discursos históricos: se hace necesario mantener un discurso estable que una y una plasticidad suficiente para poder reajustar la historia a nuestro presente. En ellas tampoco el pasado se agota; más bien está abierto a la exploración continua, a la reescritura crítica. La quiebra se produce cuando los relatos son incompatibles; surge así el cisma, la separación violenta de las comunidades interpretativas. Es el ser histórico de cada uno lo que queda sobre el tablero.
Introducimos aquí la segunda frase de Michael Ignatieff en la entrevista: «Nadie comprende en su totalidad lo que estamos viviendo. No le voy a contar una bonita historia que ate todos los cabos porque no creo que sea posible.» En su obra, Jenkins planteaba lo que sería el problema epistemológico (frente al ontológico): el conocimiento necesario para crear nuestra visión de un camino del pasado al presente siempre es insuficiente e imperfecto. No sabemos todo, quizá apenas nada. Es nuestra necesidad doble de racionalidad y relato (logos y mitos) lo que nos hace intentar encontrar coherencia explicativa en lo que asumimos como verdad. Como seres de deseo, racionalizamos aquello que justifica nuestras ambiciones, nuestra voluntad de convertir en verdad aceptada nuestros discursos explicativos.
Hay otros campos de las Ciencias que trabajan con experimentos y métodos empíricos de verificación. La Historia —como parte de la Ciencias Sociales— y las Humanidades trabajan sobre interpretaciones que llevan a la construcción de los relatos que dan cohesión al grupo, a la comunidad. En la medida en que la comunidad es estable y se produce una convivencia más o menos armónica, los relatos funcionan. Cuando surgen los conflictos, comienzan las discrepancias y las luchas por los grandes relatos, por convertirlos en la explicación global y centralizada de la que se derivarán otras en cadena.
La expresión de Ignatieff a su entrevistadora —"No le voy a contar una bonita historia que ate todos los cabos"— plantea de forma "amable" la cuestión. Podría hacerlo y plantear su historia como "el relato que ya no necesita más relatos", el final interpretativo. Esa es la aspiración totalitaria, cerrar la historia, es decir, tener la última palabra, la que condena a los demás al silencio sumiso. Ya no hay nada más que decir.
En la medida en que nuestras sociedades se han hecho más abiertas, comprendemos el sentido de apoderarse del significado, de la reescritura constante. No hay otra cosa en el fenómeno que vivimos de las "noticias falsas". Aquí se manifiesta en toda su dimensión la lucha por los relatos, ya que son estos los que nos mueven socialmente y políticamente. En las sociedades totalitarias, laicas o religiosas, hay un discurso único de cuya discrepancia surgen riesgos; en las democráticas, se corre el riesgo de grandes fracturas sociales que hagan imposible la convivencia.


En la Historia muchas cosas no son solo cuestión de "verdad" o "falsedad", sino de "aceptabilidad". Las sociedades antiguas vivían bajo el yugo de los mitos y de sus intérpretes. Nosotros hemos cambiado nuestros criterios y tenemos nuestros propios mitos, como el nacionalismo, las religiones, etc. que tienen sus propios relatos que compiten por hacerse con la centralidad social.
Nuestro mundo es y será un escenario permanente de conflictos. Ya tenemos una guerra abierta por la información que nos permite comprender el mecanismo en su plenitud. Se produce con una intensidad desconocida porque nunca habíamos tenido una cobertura global de la información. El fenómeno del "para quién" había tenido dimensión local. Pero la Historia misma nos muestra la ampliación tecnológica para la dispersión de los discursos. Desde la localidad oral hemos llegado, a través de los siglos, a la simultaneidad global, a la deslocalización de los discursos que se han vuelto "líquidos" en un mundo fáustico. Velocidad frente a profundidad, dispersión frente a concentración.
Me gustaría introducir aquí otras palabras de Michael Ignatieff, las últimas, describiendo el mundo en el que nos encontramos:

«Vivimos la mayor revolución tecnológica desde Gutenberg, tenemos la Biblioteca de Alejandría en nuestros bolsillos. Esta emancipación de la información es algo inédito y debería fortalecer la democracia, hacer a la gente más sabia y que nuestras conversaciones fueran más inteligentes, debería ser algo maravilloso. Pero lo que ha generado es una furia incandescente contra quienes tenían el monopolio del conocimiento, incluidas las universidades y la prensa. Hay quien dice: "Si tengo el conocimiento en mi teléfono, ¿por qué crees que tienes derecho a decirme lo que es verdad o correcto?". Parte de este cuestionamiento me parece bien, pero las universidades son absolutamente vitales como guardianas de la distinción entre rumores, paranoias, fantasías y noticias falsas.»*


Universidades y prensa forman parte de la producción de los discursos que dan sentido a la realidad. La idea de "monopolio del conocimiento" es relativa e histórica, producida por el devenir y la emancipación de las instituciones anteriores, cuyo monopolio era dogmático. La Ciencia se emancipa de las religiones, que detentaban los mecanismos dogmáticos que producían los discursos de sentido y explicaban la Historia. Todo estaba subordinado a ellos.
Las universidades suponen una forma de emancipación del conocimiento respecto al dogma centralizado. El conocimiento se fundamenta en principios provisionales y no dogmáticos, autocríticos y formando parte de un debate abierto en la comunidad.
La prensa supone la irrupción de la "opinión pública" frente a la más elitista "república de las letras". No es casual el efecto interactivo entre opinión pública y la emancipación política que surge al hilo ilustrado de las revoluciones. Por eso la libertad de prensa y expresión son garantías de la apertura del diálogo social frente al verticalismo dogmático que tiende a imponer silencio reverencial.
La armonía social se debería producir allí donde existe la libertad de dialogo, en donde el conocimiento surge de la crítica y es transferido a la sociedad que lo recibe para ampliar el debate y mejorar la cultura. Sin embargo, poco tiene que ver este planteamiento idílico con la "furia incandescente" de la que habla Ignatieff contra el conocimiento que fluye desde las instituciones que tienen la función de busca y construcción.
Hoy vivimos en el reino de la confusión sistemática, estrategia usada para subvertir el orden social. La duda sobre todo arrastra hacia el dogma como refugio.
El llamamiento de 600 rectores a hacer que las universidades regresen a su función producir personas pensantes y dejen de centrarse en la empleabilidad considerada como mera formación para el trabajo, un trabajo en el que cada vez es menos necesaria la inteligencia a la luz de los avances en la automatización y en la IA. El mundo sin pensamiento crítico es una mezcla extraña de fábrica y juego infantil impulsivo y caótico.
¿Cómo se para esta tendencia al caos y al enfrentamiento, está violencia que nos devuelve al dogma y al autoritarismo? La respuesta es muy compleja que es la forma actual de decir que lo desconocemos. Como en todo sistema, debemos trabajar en la estabilidad y no en lo contrario. Algunos predican la necesidad del caos para que de las cenizas surja un orden nuevo. Pero puede que de las cenizas no quede nada que surgir.


¿Se puede vivir sin verdades eternas? Quizá se trate de vivir con una combinación pragmática de conocimiento provisional y deseo de mejorarlo, es decir, valorando lo que sabemos a sabiendas de que pronto será insuficiente. Quizá no tengamos que buscar la eternidad, que pertenece a otros metarrelatos, y sea más importante pacificar nuestro presente.  Pero mucho me temo que no sea eso lo que tenemos por delante. La paradoja señalada por Ignatieff es que cuando más información tenemos, más divergencias se producen. Es la confusión de los discursos, el Babel informativo. No es el primero que lo nota. Eso nos responsabiliza más a las dos instituciones mencionadas: universidad (educación) y medios (opinión pública). Si pierden el rumbo, solo quedarán conflictos por delante.
Señalaba Ignatieff que es necesario que aprendamos a vivir en lo incompleto, en la renegociación constante con nuestro pasado desde la autocomprensión (en lo personal y en lo colectivo). No es fácil y es necesario. Vivir dentro de nuestro mundo complejo es cada día más difícil.
Quiero dedicar este post a Xin, a Yangyang y Shiruyu por sus atentas lecturas de Keith Jenkins que han servido para diálogos fructíferos en nuestros seminarios doctorales junto a otros compañeros. La universidad puede seguir siendo un espacio de debate intelectual, un espacio para dialogar y pensar constructivamente, donde nada está cerrado definitivamente y se puede seguir el camino de la investigación. Buscamos la claridad, poder explicar y explicarnos. Hablamos, hablamos y hablamos. Otros solo gritan y confunden.



* Entrevista Andrea Aguilar "Michael Ignatieff: “La unidad nacional está en permanente construcción” 15/05/2018 El país Semanal https://elpais.com/elpais/2018/05/15/eps/1526379724_688938.html?por=mosaico

domingo, 15 de junio de 2014

Ignatieff, el honor del político

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Recuerdo haber leído, cuando apareció en España —a finales de los 90—, un libro del canadiense Michael Ignatieff, El honor del guerrero. Guerra étnica y conciencia moderna (Taurus 1999)*, en el que abordaba la deriva de las guerras convertidas en espectáculos de terror, espectáculos buscados por unos y usados por otros. Analizaba entonces el profesor canadiense la realidad de unos conflictos cuya finalidad no era la victoria, sino la masacre, la extinción de los otros, infames distintos a los que hay que hacer desaparecer de la faz de la tierra.
Mis recuerdos de aquella obra son sentir en sus páginas la barbarie de unos y la indiferencia o el negocio de otros en el uso del dolor como espectáculo mundial. Ignatieff escribió refiriéndose al uso de las imágenes de las atrocidades cometidas: "Existe un mercado del horror, como hay uno del trigo o de las tripas de cerdo, y existen unos especialistas en producir estas imágenes y distribuirlas"*. Sus críticas a las ideologías basadas en los nacionalismos o en las diferencias étnicas causantes de las masacres trataban de mostrar las ficciones que fundamos para el horror, estigmatizando a los otros por sus diferencias. Europa se está llenando de "diferentes", de "otros" de dentro y fuera.

Ha pasado el tiempo y el catedrático es entrevistado por el diario El País con motivo de una nueva obra — Fuego y cenizas. Éxito y fracaso en política — sobre el sentido de la participación política, en su caso desde la experiencia que le ha dado haber sido elegido miembro del parlamento canadiense en 2006 y hacerse en 2008 con el liderato del Partido Liberal —y, por tanto, pasó a ser líder de la Oposición— hasta 2011, cuando en que el partido sufrió un serio revés electoral, quedando relegado al tercer. Parece que el paso del profesor universitario por la política práctica no fue exactamente un éxito, pero sí un aprendizaje, parte del cual sirve de reflexión en la obra.
Señala en la entrevista Michael Ignatieff:

Los outsiders permanentemente soñamos con que podemos irrumpir en el juego político, pero la política requiere una serie de habilidades específicas, no todo el mundo puede hacerlo. Hay una serie de trucos que hay que aprender. Por ejemplo, no puedes responder a lo que te preguntan, sino a lo que te gustaría que te hubieran preguntado. No puedes repetir algo en negativo, hay que darle la vuelta y expresarlo en positivo. Es naif pensar que vienes de fuera, y simplemente puedes hacerlo. Yo no lo hice mal, me convertí en el líder de mi partido [LIBERAL], pero no era el momento adecuado. La política es el arte de lo posible, pero ahora. Ni más tarde, ni mañana. Ahora. No es suficiente con tener ideas, hay que actuar en el momento adecuado. Y esto lo digo desde la admiración por la política. Los outsiders, los catedráticos, en el fondo, no respetan la política ni entienden las habilidades específicas que son necesarias para defenderse en la arena política.**


La cuestión planteada por Ignatieff es interesante al menos en dos líneas, la que supone la incorporación de la sociedad civil a la política activa y su fracaso al intentar cambiar las formas de hacer la política misma. La primera es una cuestión candente ante los recelos que la clase política suscita en las últimas décadas. Las constitución de una "clase" política profesionalizada y que tiende a perpetuarse dentro de los partidos y las administraciones creando sus propios espacios, con sus propias maneras y estilos de manejarse tanto dentro fuera como dentro ha empezado a plantear problemas serios y tiene que ver directamente con los ascensos de los populismos alternativos, tan profesionalizados como los partidos predominantes, pero capaces de hacer pensar que no lo son, activando los mecanismos de identificación propios y desactivando los ajenos. ¿No es Marine Le Pen tanto o más profesional de la política que Hollande o Sarkozy? Sin embargo, ha conseguido que no se perciba así; ella es el pueblo, los demás no.
Eso que Ignatieff llama las "habilidades específicas" cubren un amplio espectro de cualidades para la navegación política que no les son fáciles de asimilar a los "outsiders", que acaban tirando la toalla en su intento de modificar las política y sus prioridades. Sencillamente: no son capaces de ir más allá de ciertas líneas.


Para alguien que, como Michael Ignatieff, se ha acostumbrado a la reflexión sobre la política, no es fácil el día a día de lo que se suele llamar "el juego político", algo que implica unos comportamientos que han quedado aparcados ante una forma de ejercerla que llega a ser brutal y destructiva. Creo que mucho de lo que Ignatieff estudió en las guerras interétnicas, la ausencia de "honor" en los guerreros, lo ha visto reflejado en la propia política:

Parece que a veces olvidamos que en política también hay reglas. La democracia es el antagonismo estructurado, no es la guerra. La batalla entre enemigos es la guerra. La democracia es la batalla entre adversarios. Porque además, el que es tu adversario hoy puede ser tu aliado mañana, como sucede en las coaliciones del norte de Europa.**

Hace unos días comentábamos aquí a raíz de algo similar el texto de la lingüista Deborah Tannen, La cultura de la polémica, precisamente por convertir la "arena política" en escenario de confrontación permanente. El uso mismo del término "arena" nos lleva a lo que entonces Tannen señalaba, la rentabilidad de expresar la política como un conflicto basado en guerras y deportes, un mundo de enemigos a los que hay que aplastar y con los que siempre hay que estar en contra y nunca de acuerdo. El mismo Ignatieff define la democracia como "batalla entre adversarios", aunque sea para decir que no es una "guerra". No acaba de salir de la metáfora bélica, de la que es difícil escapar pues absorbe al que se integra en la política especialmente porque es la forma más eficaz de garantizarse la fidelidad de los arengados ante las urnas. Para el intelectual no es fácil instalarse en ese espacio agresivo y emocional.
Se hace necesaria una reflexión multidisciplinar sobre esta deriva política y sobre sus causas y consecuencias, es decir, ¿por qué las sociedades evolucionan hacia esta agresividad primaria? Los mecanismos de tribalización de la política llevan a un aumento de la violencia social, un desgaste emocional por la intensidad que requieren y una erosión de las instituciones. No hace falta ir muy lejos para poder ver esto, pues España es un ejemplo claro de esta forma de entender la política y sus consecuencias las pagamos todos y gustosamente muchos.

Los populistas, de derechas o de izquierdas —dice Ignatieff en la entrevista—, ofrecen soluciones falsas a problemas reales. En Europa hay grandes problemas. Crisis económica, desempleo, enfado con los inmigrantes…, pero la gente siente que los partidos tradicionales no les ofrecen soluciones reales. La democracia no sobrevive sin soluciones a los problemas reales.


Quizá la acumulación de personas con características para ese tipo de lucha actúe como un filtro selectivo negativo para otros aspectos. Es más fácil señalar "culpables" que ofrecer soluciones. Para funcionar en política basta con tener un buen dedo acusador; eso asegura la popularidad. Por eso a algunos suele irles mejor en la oposición que en el gobierno, que es el destino trágico del político, el momento de la verdad, irónico sacrificio que debe hacer hasta que regrese a la saludable oposición, en la que no necesita demostrar nada, tan solo ser azote de los que estén en poder. La queja en los partidos en la oposición suele ser siempre la misma: sus líderes son demasiado "blandos", hay que ser "más duros", lo que lleva a la imposibilidad del cualquier tipo de diálogo y que este, si se da, se considere como una "traición" en la lucha interna. Tenemos ejemplos sobrados.

El populismo europeo —no es el único— crece con los problemas sin resolver, efectivamente. Lleguen o lleguen al poder, introducen el antagonismo dentro del sistema y arrastran a los demás  a sus lenguajes y propuestas para no ser desbordados por ambos lados, desplazados por aquellos que agitan las aguas del río. Eso lleva a un aumento de la demagogia y no de la eficacia política. Los populismos es lo que han hecho. Pero no hay que olvidar que lo hacen porque les resulta rentable, sí, pero sobre todo porque se les pone en bandeja la falta de solución de los problemas reales. Y muchos de ellos se podrían solucionar con un mayor consenso, algo que queda fuera de lugar en este juego de improperios constante. En vez de dirigirse hacia puntos de convergencia, tratando de encontrar el mayor acuerdo social, se buscan las mayores divergencias dentro de la polarización social. La política se vuelve inter étnica, tribal.
Cuando es preguntado por lo que fue el eje de su campaña fallida de 2011, las desigualdades sociales, Ignatieff responde:

El problema fundamental es la falta de reformas fiscales. No puede ser que en las democracias liberales sean las clases medias las que soporten el peso del Estado, porque eso es lo que está fomentando que la gente apoye a los populistas. Que las grandes empresas no paguen su parte de impuestos es un escándalo global. El problema es que solo la extrema izquierda propone una mayor carga fiscal para los ricos. Yo defiendo el capitalismo y no creo que sea el Estado el que deba redistribuir, pero también creo que todo el mundo, y repito, todo el mundo, tiene que pagar la parte que justamente le corresponde. Para mí, es un programa centrista, no de izquierda radical. Si no resolvemos la crisis fiscal, nos enfrentaremos a un problema global muy serio. Si no hay justicia social, el sistema simplemente no va a funcionar.**

El hecho de que hoy los gobiernos de diferentes países están intentando echar el lazo fiscal a unas empresas que se mueven de un lugar a otro buscando las menores cargas fiscales, chantajeando a los países con la deslocalización o cualquier otra forma de presión, parece darle la razón a Michael Ignatieff en esto. Efectivamente, son todas estas injusticias sociales las que están produciendo el aumento de los extremismos populistas de aquellos que se ven cada vez más vapuleados por las crisis que sus gobiernos o instituciones son incapaces de controlar. Tras la crisis fiscal lo que se esconde es un déficit moral que renuncia a la justicia.


Para solucionar los problemas reales es importante la existencia de un sentido de la comunidad, de que las discrepancias deben encontrar un acuerdo suficiente para evitar que se conviertan en aquello que él estudió muy bien: guerras interétnicas, conflictos de guerreros sin honor, en las que se busca acabar con el otro, estigmatizado, convertido en el origen de los males. ¿Pudo sustraerse Michael Ignatieff a esa atracción del conflicto?
A Ignatieff se le pregunta sobre la cuestión de los nacionalismos en España:

P. ¿Cómo trasladaría la distinción entre enemigos y adversarios al caso español?
R. En España, ustedes tienen un Estado multinacional y la única manera de mantener la unidad nacional es si los catalanes y el resto de españoles se tratan como adversarios y no como enemigos. La gente se olvida de que en el Parlamento de Canadá yo me sentaba al lado de gente que cobraba el mismo sueldo, la misma pensión y que, sin embargo, están comprometidos con la idea de romper mi país. Pero no son mis enemigos, son mis hermanos. Jugamos con las mismas reglas, simplemente no estamos de acuerdo sobre el modelo de país en el que queremos vivir, pero es normal y la democracia tiene que ser capaz de dar cabida a desacuerdos de este tipo. Lo importante es mantenerlo al nivel de una disputa democrática y no una guerra civil. Por eso, no puede haber enemigos en el Parlamento español, ni en el canadiense y tampoco en el ucranio.**


El paso de Michael Ignatieff por el mundo de la política activa habrá merecido la pena, aunque no haya conseguido sus objetivos prácticos, si le sirven para afinar su reflexión sobre el poder en nuestras sociedades. En su nueva obra escribe: "La política pone a prueba tu capacidad de conocerte más que cualquier otra profesión que yo conozca" (p 20)***. Puede que sea así. Hay que reivindicar de nuevo la política como servicio a la comunidad, una comunidad en la que se intentan reducir las diferencias para que se encuentre cada vez más integrada, con un sentido de sí misma más profundo; reivindicar la política con honor, que deje de ser el arte de la división y dé paso a otra forma de hacer política. Mantener una sociedad en una tensión constante, en un conflicto permanente no es bueno en ningún sentido, aunque pueda ser rentable para conseguir el poder. Entre el compadreo y la bronca permanente existen muchas posibilidades de actuar.
La entrevista se cierra con una invocación de los principios en la política, con un elemento que sirva de vertebración social y de guía de acción, los Derechos Humanos.

Las democracias liberales tenemos que ser autocríticas. Los derechos humanos deben ser el eje de la política. Si no, no estaremos gobernando. Estaremos simplemente gestionando el poder. Los derechos humanos son la redención del poder.**


Creo que efectivamente hacen falta más políticos con capacidad de liderazgo positivo, que no es solo conseguir que le sigan, sino que le sigan hacia mejores territorios, hacia espacios éticos y morales en los que sea la solidaridad y el sentido de la justicia la motivación que nos guíe. Sobran enervadores de pueblos y faltan personas que busquen el acuerdo que nos haga avanzar a todos.
Como político, sabemos qué piensa Michael Ignatieff porque ha pensado antes. Es algo que no podemos decir de la gran mayoría, cuyo pensamiento es respuesta acomodaticia a lo que ocurre y a lo que se quiere escuchar en cada momento. Ignatieff llevó al Partido Liberal a uno de los peores resultados de su historia desde su puesto de líder de la oposición. Quizá cometió muchos de los errores que hoy critica al dejarse llevar por esa vida política tan distinta a la del estudioso. Hoy está en su Universidad de Harvard, alejado de la política activa. Renunció a la dirección del partido Liberal y se quedó fuera del Parlamento. Creo que esto no quita sentido a sus palabras, sino que las refuerza con su propia experiencia, por lo vivido en sus propias carnes.
¿Ha sido Ignatieff, como reclama a las democracias liberales, autocrítico? Leeremos su explicación con interés. ¿Es un ejemplo del fracaso de los intelectuales en la vida política o es una muestra de la dinámica anti intelectual de la política, condenada a la tecnocracia gestora, al pragmatismo y al enfrentamiento tribal primario?  



* Michael Ignatieff (1999). El honor del guerrero. Guerra étnica y conciencia moderna Taurus.
** Entrevista Michael Ignatieff. “Los populistas ofrecen soluciones falsas a problemas reales” El País 15/06/2014 http://internacional.elpais.com/internacional/2014/06/10/actualidad/1402412024_548929.html
*** Michael Ignatieff (2014). Fuego y cenizas. Éxito y fracaso en política. Taurus.