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viernes, 2 de diciembre de 2022

El aumento del suicidio infantil y juvenil

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

En una sociedad permanentemente agitada y llevada de la nariz hasta aquello que debe "interesarle" o quizá "entretenerla", los verdaderos problemas pasan de puntillas ante nuestras narices informadas.

El titular de RTVE.es es claro y preocupante: "Los intentos de suicidio en menores alcanzan la cifra más alta de los últimos diez años". Sin embargo, las preocupaciones se nos van al mundial o a cualquier discusión escenificada para meter el suficiente ruido que nos atraiga. La información sobre los intentos de suicidio infantiles son una pequeña chispa que se apaga de un día para otros, sepultada por la trivialidad elevada a aurora boreal.

El artículo en RTVE.es recoge un informe de la Fundación ANAR:

La conducta suicida en niños y adolescentes se ha disparado en 2022 con 906 tentativas hasta el mes de agosto, la cifra más alta de los últimos diez años, según el Estudio sobre Conducta Suicida y Salud Mental en la Infancia y la Adolescencia en España (2012-2022) presentado por la Fundación ANAR este jueves. Desde 2020, además, se han producido 1.949 intentos.

El informe de la fundación, realizado a partir de los 9.637 casos en que ha intervenido y las casi 600.000 peticiones de ayuda recibidas, constata que en solo una década los intentos de suicidio se han multiplicado por 25,9.

De las llamadas atendidas, 3.097 ya habían iniciado la tentativa de quitarse la vida. También la ideación suicida suma en estos tres años el 63% de las intervenciones, de las que 2.278 han tenido lugar en estos últimos ocho meses.* 

Las cifras son escandalosas aunque no nos preocupen y nos muestran, una vez más, la distintas varas de medir las informaciones y la ausencia de una atención especial por parte de los que deberían poner en cuestión el problema y hacer comprender que el suicidio en la gran mayoría de los casos es consecuencia del mal funcionamiento social, de las presiones sobre los más débiles —en este caso, los menores— y la falta de atención social e institucional al problema.

El suicidio ha sido una cuestión permanente desde principios del siglo XIX. Lo refleja la literatura con el caso "Werther", pero en el XX quedará, según sentenció Albert Camus: "No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio" ("Lo absurdo y el suicidio", en El mito de Sísifo). Distingue Camus entre el suicido como tema social —señala que siempre se ha tratado así— y el individual. "Matarse, en cierto sentido, y como en el melodrama, es confesar. Es confesar que se ha sido sobrepasado por la vida o que no se la comprende."

Los motivos por los que se produzcan los suicidios infantiles no dejan de ser una "confesión", pero sobre todo una denuncia, porque ese ser sobrepasados por la vida antes de que esta se despliegue ante nosotros como oportunidades es toda una declaración de la falta de luz que se percibe, de lo insufrible del dolor. La pregunta es entonces ¿qué causa ese dolor? Las Ciencia Sociales se nos han vuelto insípidas en el tratamiento de los dolores humanos; su afán empírico forzado por la Academia acaban quitando el sentido del sufrimiento, sus causas profundas, pues profundo ha de ser lo que nos hace salir de la vida por nuestra propia mano.

Esa profundidad no tiene que ser objetivamente profunda, sino que nos muestra lo que es relevante como presión o como ausencia, es decir, los valores, lo que más se estima y no se posee o se va a perder. Hemos visto a hijos que matan a sus padres porque se les ha cortado el acceso a Internet. Lo importante no es un valor objetivo, sino aquello que los sujetos perciben como valor; no sufrimos tanto por lo que es como por lo que percibimos desde nuestra visión

. Y eso tiene que ver más con los valores sociales, con lo que hacemos desear con intensidad, con lo que consideramos imprescindible, en algunos casos y en la ausencia de futuro en otros.

Vivimos en una sociedad que tiende a ignorar sus miserias y problemas, que las disfraza de logros y nos promete incesantemente todo, asegurándonos que está al alcance de nuestra mano. Sin embargo, los problemas no desaparecen por barrerlos debajo de la alfombra, como se hace en mucho casos y momentos.

Los suicidios infantiles y juveniles nos dicen mucho. Nos hablan de las familias, del sistema educativo, de los medios de comunicación, de las interacciones sociales, de la violencia social aceptada, etc. Cada suicidio infantil es la historia de un fracaso social, de un sufrimiento personal ignorado; de una soledad, de un abandono en algún sentido.

Se apuntan algunas causas:

La fundación considera que el hecho de que los casos se disparen en los años de la covid se debe a la plena digitalización de los menores y a que la pandemia ha acrecentado problemas de salud mental con un aumento de las autolesiones, que son un predictor tanto de la conducta suicida, como de la ansiedad, la depresión y otros trastornos.*

La cuestión es clara. Hace unos días pude ver en una canal norteamericano y en un programa de éxito, las afirmaciones de que los padres están empezando a proteger a sus hijos limitando el acceso a las cuentas en redes sociales y al teléfono, elevando cada vez más la edad en que se da el acceso. Los niños no tienen defensas ante lo que les entra por esas vías. El país que exportó al mundo Internet, el lugar de origen de nuestras redes sociales, empieza a ver muchos de los efectos indeseados e imprevistos o, sencillamente, que no les importan a las empresas cuya finalidad es ganar dinero, algo que consiguen con el uso masivo de sus redes. Que sean otros los que se preocupen por los efectos, que es su obligación. 

En general, la edad del niño o adolescente con conducta suicida se mueve en un intervalo de 13 a 17 con una media de 14 años en el caso de ideación y de 15 cuando es tentativa.

También hay otros grupos vulnerables como el colectivo LGTBI o los alumnos con discapacidad. "Se sienten solos, se ven como una carga y tienen un problema grave que no saben cómo resolver", ha explicado el director de programas de la Fundación ANAR, Benjamín Ballesteros. 

Respecto al nivel de estudios, un 62,6% de los casos es alumnado de Secundaria, un 14,8% está en Primaria y un 13,9% cursa Bachillerato.

Destaca también que el rendimiento es bajo en el 56% de los casos, igual que la satisfacción escolar (66,7%). No ocurre lo mismo con los menores de 10 años, donde se observa un rendimiento y satisfacción alto.* 

También se señala: 

El 57% de las llamadas a los teléfonos de ayuda de ANAR las realizan niños y adolescentes, y las de los menores de familias migrantes se han duplicado en los últimos años pasando del 24% en 2019 al 41% este 2022.

Una adolescente de 13 a 17 años, de familia migrante, víctima de agresión sexual, con antecedentes de fuga y autolesiones es uno de los perfiles más frecuentes. * 


Que haya un gran aumento de intentos de suicidios en chicas, migrantes y víctimas de agresión sexual, con antecedentes de fuga y de personas pertenecientes a grupos LGTBI nos está dando un perfil bastante definido de los problemas y de las debilidades sobre las que se presionan. Vivimos en una sociedad de rostro doble, por un lado se muestra como preocupada dando visibilidad; por otro, esa misma visibilidad hace exponerse a más riesgos al hacer que las personas se vuelvan sobre sí mismas al no encontrar ni el apoyo ni la ayuda necesarios.

Es preocupante la cifra que se nos da sobre las migrantes como víctimas de acoso, de cómo la acogida no resulta como se esperaba en diferentes términos. Lo es también el papel de la escuela, convertida en escenario de luchas y humillaciones, sin que se vean trazas de mejora. Son problemas reales con personas reales, pero hemos aprendido a considerarlo como ajenos.

Desde los años 80 se ha ido exportando desde ciertos países una idea de ganadores y perdedores, de débiles y fuertes, etc. que deja en los márgenes a muchas personas. El ganador, el fuerte tiene derecho a burlarse, derecho a acosar al débil, al diferente, al recién llegado...  

Lo que empieza a diferenciarnos es nuestra capacidad de asumir los problemas ajenos como propios. Nada nos debería resultar ajeno, porque somos parte del problema en un sentido u otro. También somos parte de la solución. El suicidio puede ser un tema filosófico interesante frente al absurdo, como señalaba Camus; pero el suicidio no se debe a la falta de sentido de la vida sino a convertirla en espacio y tiempo insufribles, algo que nos afecta a todos y que, en mayor o menor medida, es resultado de nuestras acciones o cegueras.

Hemos tratado en diversas ocasiones aquí este problema. Lo seguiremos tratando porque las cifras no hacen sino empeorar y es necesario entender en qué fallamos y quiénes pagan nuestros fallos con la vida. 


Dirección Fundación ANAR

* "Los intentos de suicidio en menores alcanzan la cifra más alta de los últimos diez años" RTVE.es/Agencias 1/12/2022 https://www.rtve.es/noticias/20221201/intentos-suicidios-menores-fundacion-anar/2410606.shtml


domingo, 1 de septiembre de 2019

Un verano con Clarice

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Hemos tenido el primer no verano, solo calor. No recuerdo un verano tan poco estival como este, lleno de crisis y peligros, de proclamas y denuncias. El verano ya no es lo que era, tiempo muerto, como en el baloncesto; un tiempo en el que había que inventar noticias porque nadie las producía. Hemos llenado de noticias intranscendentes, frívolas, vacías, absurdas el año y nos ha quedado amontonado lo peor para el julio más caliente del que hay recuerdo y un agosto con caídas de trombas de agua que han batido en dos días el récord anual en algún punto.
Irse de vacaciones ya no es solución porque todo te persigue y no hay forma de pedir una orden de alejamiento de la realidad. El que consiga esto habrá logrado un principio de salvación para la humanidad, aunque no será fácil.
"Irse" ya no es la cuestión; es desconectar, verbo que explica el mundo conectado y recalentado en el que vivimos. Nadie ha hecho caso de la petición de Albert Camus, en su ensayo "El verano", escrito en 1939, pero publicado en 1953, algo que Camus nos recuerda porque el Orán que describe ya no es el de ese momento en que el lector va a acceder a él a través de sus palabras. Escribe Camus en ese párrafo escueto de presentación para referirse a Orán: «Ciudad feliz y realista, en adelante Oran no necesita escritores: espera a los turistas».
También habría que explicar hoy que los "turistas" de 1953 no son en ninguna parte los de 2019. Tampoco los escritores que ya no buscan ciudades tranquilas y apartadas, sino "conexión", la palabra que nos ha cambiado la vida actual desde la década de los 90 en que se crearon las redes. Tampoco —doy buena fe de ello— las redes de los 90 son las redes actuales. Ahora el "avatar" somos nosotros y lo verdadero nuestro "perfil". Muchos no quieren vivir más que a través de esa ficción binaria que puede ser creada al gusto y relacionarnos con los otros a través de ellas.
No, todo ha cambiado: las ciudades, los escritores, los turistas..., nosotros, el verano...
Escribe Camus:

Ya no quedan desiertos. Ya no quedan islas. Y, sin embargo, se siente su deseo. Para comprender el mundo, a veces es necesario apartarse de él; para servir mejor a los hombres, mantenerlos a distancia un momento. Pero ¿dónde encontrar la soledad que necesita la fuerza, la larga respiración en la que el espíritu se recoge y se mide el valor? Quedan las grandes ciudades. Sólo que se necesitan todavía condiciones.   
Las ciudades que Europa nos ofrece están demasiado llenas de rumores del pasado. Un oído atento puede percibir ruidos de alas, una palpitación de almas. Se respira en ellas el vértigo de los siglos, de las revoluciones, de la gloria. Uno se acuerda de que Occidente se ha forjado entre clamores. Y eso no permite el suficiente silencio.



¡Qué tiempo, que inocencia pese a haber visto las monstruosidades de dos guerras mundiales! Nuestro problema no son los rumores del pasado, que solo los tontos nostálgicos escuchan. Son los rumores del futuro los que nos abruman y angustian. ¿Podemos soportar la incertidumbre? Ni nosotros ni los mercados, que también en la época de Camus eran otra cosa. Demasiado pasado, dice el escritor. A nosotros es el futuro lo que nos pesa. Lo hace desde que dejó de ser cosa de adivinos y bolas de cristal y fue posible meterlo en los ordenadores. ¡Ya podíamos calcular el futuro! ¡Y podíamos terminar los cálculos antes que nos cayera encima!
¿Cómo apartarse del mundo, de un mundo que te sigue voraz? 
Hoy hay poco que escuchar en nuestras ciudades y la gente, por el contrario, va con sus auriculares puestos para tratar de evitar las conversaciones telefónicas que muchos mantienen en calles o transportes. Ya no hay aquello del "anonimato de las grandes ciudades". Solo las habitan nuestros cuerpos, que no son anónimos, como no lo son nuestras continuas huellas, las que dejamos por todas partes, las digitales. Somos seres etiquetados, perfilados, rastreados..., perdidos localizados por todos y perdidos para nosotros mismos, para mirarnos más allá del selfie.

Hace tiempo que dejé de salir de vacaciones. Tengo demasiados buenos recuerdos de tantos veranos que me horroriza ir a sitios que, como diría Camus, ya no son lo que eran. Ya no hay posibilidad de escape, solo desconexión
Este verano pasará a mi memoria como el verano de Clarice Lispector. Se cumple el próximo año el centenario de su nacimiento. Gracias al encargo de una amiga con la que comparto la pasión por Lispector desde que se tradujo su primera obra al español. Mi verano ha sido de navegación por su mundo apasionante y siempre sacudidor de la conciencia.
Lispector, cine y música; alimento. Será para el recuerdo un verano con Clarice, leyéndola y escribiéndola, paseándola de un lugar a otro, de más calor a menos calor, porque gracias a Dios, nos quedan las fortalezas interiores, los castillos de If personales de los que nos negamos a salir, encerrados en ellos como en esos tanques de asilamiento que van desconectando los sentidos del cuerpo y nos dejan medio flotando en esos "estados de gracia" a los que se refería Clarice.
Ha sido recuperar una parte de mi vida, volver a la Literatura que te habla y no solo a la que te cuenta; reencontrarse con lo básico frente a la superficialidad que se disfraza de trascendencia, de seriedad podrida. Malos tiempos, vacíos, ruidosos. 
Mi mar ha sido su mar; una navegación extrema que echaba de menos. "El verano está instalado en mi corazón", escribió Clarice en un artículo. Quedó atrás, como recuerdo. este verano.


viernes, 8 de febrero de 2019

El demandante o la vida como queja

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La diferencia entre la Naturaleza y la Cultura es que en la segunda se buscan siempre responsables. El gran invento de la humanidad es precisamente la "responsabilidad", concepto que vertebra la Ciencia como "causalidad" y la sociedad a través de múltiples vías y escenarios.
La responsabilidad establece una conexión entre las personas, lo que no hace responsables unos de otros, pero también da sentido a los hechos, que son enmarcados dentro de escenario de valores que permiten una construcción de la interpretación. Gran parte de las preguntas que nos hacemos desde nuestros comienzos afectan a la responsabilidad. El existencialismo trató de situar al ser humano en el centro de la responsabilidad y de explicar la culpa como forma de sentido. Otros, en cambio, se lanzaban a un universo irresponsable en el que todo está permitido. La cuestión de la "muerte de Dios", como señalaron de Nietzsche a Dostoievski, dejaba la responsabilidad en nuestras manos. En novelas como La caída, de Camus, o en Caída libre, la novela del premio Nobel británico William Golding, se exploraba esa metáfora sobre la responsabilidad. En Albert Camus es una idea que transita desde El extranjero hasta Los justos, de la misma forma que transitó a lo largo del siglo.

Había empezado a inquietar con la caída del Antiguo Régimen. Nadie es menos responsable que el esclavo ya que no dispone de libertad. Es cuando se plantea la libertad cuando aparece la responsabilidad... y la culpa, la angustia, etc., los conceptos que la habitan como las termitas a los muebles.
El diario ABC cede sus páginas a una noticia pequeña, pero reveladora. Su titular es "El joven que va a demandar a sus padres por tenerle sin su consentimiento quiere le paguen por vivir". Estos días ha estado rondando por la prensa sin saber muy bien dónde colocar algo así en este mundo tan vigilado que ninguna tontería se escapa a nuestra atención.
La parte anecdótica de la historia es la del joven que demanda a sus padres por haberle tenido sin su consentimiento. Antes existía el cruel concepto de hijo "no deseado", describiendo la situación de aquellos que nacieron sin planificación. El concepto es fruto de su momento histórico, es decir, de aquel que momento en el que es posible planificar o no. Sin posibilidad de "control", no existe la idea de que el desear o no sea cuestión nuestra. Por lo tanto, tener un hijo cuando se puede "no tener" implica la responsabilidad.
Pero el joven de la noticia va por otro lado, que es la responsabilidad de los padres por haberlo traído a un mundo doloroso sin su consentimiento. No es además, algo único, sino que se encuadra dentro de algo más complejo:
Raphael Samuel, que se puso una barba y gafas de sol falsas, dijo en un vídeo de YouTube publicado el martes que va a demandar a sus padres porque fue concebido sin su consentimiento y, por lo tanto, sus padres deberían pagar por su vida.

«Quiero que todos en la India y en el mundo se den cuenta de que nacen sin su consentimiento. Quiero que comprendan que no les deben nada a sus padres», dijo. «Si nacemos sin nuestro consentimiento, deben mantenernos durante nuestra vida. Debemos ser pagados por nuestros padres por vivir».
«A los niños, me gustaría decir: no hagas nada por tus padres si no quieres. Si quieres, si realmente tienes ganas de hacerlo, hazlo», agregó.
Samuel es un seguidor del antinatalismo, una ideología cada vez más popular pero extravagante que cree que es moralmente incorrecto que las personas procreen y adopta un enfoque nihilista hacia la vida humana, diciendo que la humanidad solo trae sufrimiento.
A pesar de su intención de demandar, el hombre dice que sus padres no tienen malos sentimientos hacia él y que en realidad los quiere.*



Quizá "pagados" o "mantenidos" no sean los términos correctos y se aproxime más a la idea de "indemnizados", ya que se trata de una compensación por el dolor que provoca la existencia en el mundo.
La idea de que vivir es doloroso está contenida en la base de casi todas las culturas. La idea cristiana del "valle de lágrimas" forma parte de nuestro mundo cultural. También otras culturas interpretan que la vida es un sistema de purgas continuas en las que el sufrimiento de una vida es consecuencia de la mala vida llevada. Se busca pues una responsabilidad en nuestro dolor existencial. Es la idea del "pecado" que lleva al sufrimiento: "parirás con dolor" y "ganarás el pan con el sudor de tu frente" simbolizan que esta vida es dolorosa y esperamos una mejor al otro lado. La responsabilidad es nuestra ya que fuimos expulsados de la felicidad del paraíso y arrojados a la dureza del camino vital. El mecanismo explica la responsabilidad que tenemos y le asigna un sentido, la redención, la purga.
La dolorosa vida humana, el "dolor de existir" convirtió al siglo XIX en una reflexión coral sobre el suicidio, del que Camus dijo que era el único tema filosófico real. El suicidio es una forma de acabar con el dolor.
El joven demandante no se plantea el suicidio en la vida, sino la reivindicación revolucionaria de la indemnización. Es como un impuesto revolucionario por la falta de consentimiento para traer a la vida. Filosóficamente se puede llegar a ese planteamiento, entendiendo que la vida es en sí misma castigo, dolor. Lo que hay que preguntarse entonces es si ese planteamiento es fruto de su propia experiencia dolorosa o es el "dolor de existir", que cantó, por ejemplo, el gran poeta Giacomo Leopardi en sus poemas, también de corte nihilista.


¿Se queja de la vida o se queja de la vida que ha tenido? Parece que se ha llegado más por la vía intelectual que por la vía de la experiencia propia, es decir haber llevado una vida muy negativa en todo.  Sin embargo, él aclara que no tiene nada contra sus padres, que por el contrario, como se señala en el artículo, los quiere y no alberga malos sentimientos hacia ellos.
La otra parte de lo anecdótico es que los padres le advierten que los dos son abogados, por lo que consideran una temeridad el que les demande. Podríamos pensar que al juntar el ADN de dos abogados sale un hijo peleón en los tribunales, con una visión jurídica civil de la vida, que ve el mundo como demandas e indemnizaciones. ¡Quién sabe!
Pero también podemos pensar que estamos haciendo un mundo cada vez más complicado, más deshumanizado en el que cada día cuesta más vivir. Quizá la vida se nos está haciendo cada vez más cuesta arriba en muchos sentidos.
De pensar que venimos a sufrir al mundo, pasamos a la propaganda del placer como centro, ya sea a través del consumo, los viajes, el dinero, etc. Cada vez aumenta la distancia entre la imagen publicitaria y la realidad, algo que no dejo de decirme cuando veo esos fantásticos vídeos promocionales en los que se me muestran caras sonrientes y receptivas, mientras en los noticieros me muestran agresividad, pobreza e injusticia. Nuestra capacidad de autoengaño debe tener unos límites.
En su obra La tentación de la inocencia, el filósofo y novelsita francés Pascal Bruckner explicaba:

[...] Cuanto más acercan continentes y culturas los medios de comunicación, el comercio y los intercambios, más agobiante se vuelve la presión de todos sobre cada cual. El planeta se ha encogido tanto que ahora las distancias que nos separaban de nuestros semejantes se han vuelto insignificantes. La red se va tupiendo, suscitando un sentimiento de claustrofobia, casi de encarcelamiento. Explosiones demográficas, migraciones de masas, catástrofes ecológicas, se diría que los seres humanos no hacen más que caer unos encima de otros. ¿Y qué es acaso el fin del comunismo sino la irrupción en la escena internacional, de lo innombrable? ¡Las tribus humanas son legión y todas, liberadas del yugo totalitario, aspiran al reconocimiento, pero nadie consigue recordar su nombre! Surge entonces la súplica muda que cada cual, en un mundo en el que no cabe un alfiler, dirige al cielo: «Libéranos de los demás», que hay que entender como: «¡Libérame de mí mismo!»
Llamo inocencia a esa enfermedad del individualismo que consiste en tratar de escapar de las consecuencias de los propios actos, a ese intento de gozar de los beneficios de la libertad sin sufrir ninguno de sus inconvenientes. Se expande en dos direcciones, el infantilismo y la victimización, dos maneras de huir de la dificultad de ser, dos estrategias de la irresponsabilidad bienaventurada. En la primera, hay que comprender la inocencia como parodia de la despreocupación y de la ignorancia de los años de juventud; culmina en la figura del inmaduro perpetuo. En la segunda, es sinónimo de angelismo, significa la falta de culpabilidad, la incapacidad de cometer el mal y se encarna en la figura del mártir autoproclamado.**


Creo que la demanda del hijo a los padres por haberle traído al mundo tiene algo que ver con lo que señalaba Bruckner en su ensayo. Creo que vivimos en el mundo que construimos, un mundo que tiene tres patas: la realidad, lo que vemos en ella y los que nos quieren hacer ver. Si Platón explicaba que los habitantes de la caverna no veían nunca la realidad, nosotros vivimos entre las lujuriosas sombras que nos ofrecen y las incomodidades reales de la carne, materia sensible, y lo material de nuestra existencia. En La tentación de San Antonio, Flaubert acababa añorando la insensibilidad de la piedra como única forma de escapar al dolor de la existencia. La tentación del monaquismo, apartarse del mundo y del contacto humano, suele ocurrir después de periodos especialmente negativos de la historia, cuando el contacto con los otros produce dolor y solo el silencio y la soledad nos dejan paz. Pero vivimos en un mundo ruidoso y de presión sobre la atención, del que es muy difícil aislarse, pues todo nos empuja al contacto, empezando por las redes sociales y los medios. Pero este contacto acaba resultando frustrante, vacío, artificial, en la mayoría de los casos. No es verdadera participación sino una forma de mitigar angustia de la soledad compartida de las sociedades modernas. La insatisfacción es creciente y genera agresividad.
La demanda puede ser un acto simbólico en una India superpoblada, en un mundo cada vez más caótico. La demanda ¿es por el ser o por el existir? Seguramente, hijo de dos abogados, su vida haya sido mejor que la de muchos en la India, pero valorar la vida es algo distinto y son los países ricos los que tienen más suicidios.


Siendo los padres abogados, puede que presenten una demanda contra él por no haber cumplido las expectativas que ellos tenían cuando lo trajeron al mundo. Una familia peculiar en un mundo que no vemos en sus detalles porque lo vivimos escapando, sin detenernos a contemplar la combinación de ruinas y belleza que constituye el paisaje. Es de la proporción de ambas de lo que depende nuestra vida y nuestra percepción de ella, algo importante porque será lo que determine nuestra acción y responsabilidad.
Desgraciadamente, tiene razón Bruckner cuando señala la enfermedad del individualismo irresponsable nos convierte en inmaduros y victimistas. Creo que algunos, como el demandante, sufren las dos enfermedades. Solo cuando tratamos de mejorar lo que nos encontramos asumimos nuestra responsabilidad. Trasladarla a los padres, como ha hecho, es de alguna forma explicar que el mundo no es obra suya, sino de los mismos que le trajeron a él. Y eso es irresponsable e inmaduro. El grito de "¡libéranos de los demás!" efectivamente es  "¡libérame de mí". Ese sentimiento surge en un mundo egoísta y solitario. Por el contrario, carece de sentido en un mundo en el que nos sentimos útiles y responsable, en un mundo en el que nos percibimos como útiles para mejorarlo. Los demás no son el "infierno" sino el camino a la responsabilidad que nos vincula, la única vía de mejora. Pensar que estamos en el mundo solo para sufrir y que es mejor no estar no tiene mucho sentido. Es mejor pensar que estás en el mundo para tratar de mejorarlo, de aliviar el sufrimiento de los demás o nuestra soledad.


Cuando no vemos sentido a la vida, lo mejor es pensar que tenemos la capacidad de darlo a la de otros. No podemos vernos o pensarnos aislados. La filosofía del otro surgió precisamente como la imposibilidad de seguir pensándonos ni como entes abstractos ni como seres solitarios. Por eso es la capacidad de mejorar a los otros lo que da sentido a nuestra existencia. El San Manuel Bueno unamuniano pudo perder su fé, pero no perdió su humanidad, característica que nos une a todos. Precisamente porque sufrimos, tenemos la capacidad y responsabilidad del cuidado mutuo, del consuelo, de la solidaridad.
No sé si ganará la demanda a sus padres. Si lo hace, se presentarán miles . Muchos se liberarán así del dolor de la responsabilidad. Serán víctimas, el estado ideal del inmaduro.



* "El joven que va a demandar a sus padres por tenerle sin su consentimiento quiere le paguen por vivir" ABC 8/02/2019 https://www.abc.es/recreo/abci-joven-demandar-padres-tenerle-sin-consentimiento-quiere-paguen-vivir-201902081132_noticia.html 
** Pascual BRUCNER (2006) La tentación de la inocencia (1995). Trad. de Thomas Kauf. Anagrama.

viernes, 16 de marzo de 2018

El guijarro de Gelsomina


Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Hemos tenido la gratificante ocasión de revisar esta semana el clásico de Federico Fellini, La Strada, película de la que siempre es posible aprender de nosotros mismos, del mundo que nos rodea y de nuestro sentido en él. La actualidad de La Strada es la de la obra que habla directamente a nuestra condición más allá de la Historia. Es sorprendente que una película que muchos consideran neorrealista sea tan atemporal, pero así es.
Quizá el fuerte contraste entre los personajes que Fellini crea, sacados de su concepción peculiar de la "Comedia del Arte", unos tipos universales, y el realismo descarnado del mundo en que se insertan nos dé la clave de esa dimensión artística por encima del tiempo. Allí donde otros neorrealistas querían fijar su momento, testimoniándolo, Federico Fellini lo transciende a través del mundo del circo ambulante, que será una forma "realista" de transformar la percepción del mundo. Lejos de crear un mundo artificial o aislado, logra conectar a través de estos feriantes del mínimo nivel con la realidad social que nos es mostrada en cada encuentro de ese viaje por una Italia mísera de principios de los cincuenta.
Allí donde Calderón planteaba el mundo como un "Gran Teatro", Fellini nos muestra el "pequeño circo" de la vida, escenario itinerante, de subsistencia y necesidades básicas en el que es difícil mantener la esperanza. El monótono espectáculo de fuerza de Zampanó rompiendo su cadena no es más que una ilusión circense, ya que las verdaderas cadenas que atenazan su alma permanecerán siempre rodeándolo. Su incapacidad de amar, su crueldad e indiferencia bestiales, su amoralidad probada son sus verdaderas cadenas en la vida. Esas solo alguien como Gelsomina podría romperlas, pero él lo rechaza.


El Loco, por el contrario, es un falso ángel cuya inteligencia sutil se emplea en la burla. Acostumbrado a trabajar en lo alto del alambre, con sus falsas alas y la lágrima pintada en su mejilla, El Loco convive con la muerte, que da por segura en cada actuación. En su visión del mundo, la muerte es cuestión de tiempo. Un resbalón y el mundo se apagará. Su nihilismo es profundo y la vida solo le merece una sarcástica risa de desprecio y la oportunidad de burlarse de Zampanó como toda distracción.
Será El Loco quien dé, de forma irónica, a Gelsomina su oportunidad de creer en la vida. Todo en la vida tiene un sentido, aunque lo desconozcamos. Si lo supiéramos, seríamos Dios, le dice a Gelsomina. Un pequeño guijarro que toma del suelo le sirve para convencer que a Gelsomina de que su vida tiene sentido. ¿Para qué sirve ese pequeño guijarro, uno entre tantos, en el suelo? Y será El Loco quien le diga a Gelsomina que quizá su misión en la vida sea "cuidar de Zampanó", que no tiene a nadie que se preocupe por él. Para la sencilla Gelsomina, ese guijarro aparentemente inútil y en el que nadie se fija o valora adquirirá un valor simbólico, dándole un valor a su vida, que adquiere significado: ella cuidará de Zampanó. Pero Zampanó no tiene capacidad de valorar a Gelsomina. En su soberbia brutal, descarnada, lleva una vida basada en lo primario al margen de Gelsomina.


No puedo dejar de conectar la piedra camusiana de Sísifo con el guijarro de Gelsomina. La necesidad de dar sentido a la existencia se había convertido en un fuerte movimiento desde el siglo XIX con la crisis abiertas en Occidente, cristalizando en el nihilismo que lo recorre en filosofía y literatura. La literatura rusa dará especial cuenta de ello en la obra de Dostoievski o en una novela como "Padres e hijos", de Turgéniev, magistral relato de una crisis política pero sobre todo espiritual que iría acumulando "angustia" y "absurdo" hasta estallar con las guerras mundiales y enfrentarnos a nuestra propia barbarie, a la locura del poder y, sobre todo, a la falta de amor en una sociedades atenazadas por el odio y el egoísmo.
Si cuatro años antes, Akira Kurosawa se había enfrentado en Râshomon (1950) a un mundo sin piedad a través de una fábula, Fellini nos trae otra fábula en la que el amor es ignorado, despreciado en beneficio del egoísmo. El mal del mundo parte de la incapacidad de amar. No se trata de una amor romántico, que nos rebosa en su artificialidad comercializada, sino de una sentimiento franciscano de amor a la vida, de expansión hacia el otro. Pero Zampanó es el otro que no responde; el que tiene sobre sí la maldición de la soledad.
Gelsomina, Zampanó y El Loco representan tres dimensiones de la vida y solo una conlleva esa capacidad de amar al otro sobre el que se deben construir las demás virtudes y valores que aseguran una convivencia que traiga felicidad, alegría, palabra reducida a mínimos después de haber sido elevada por Schiller en su himno An die Freude, que los europeos hemos convertido nuestro tras ponerle música Beethoven para su Novena Sinfonía: Freude! Freude!


Pero no es ese el canto humanístico que se escucha en un mundo asolado material y anímicamente por una guerra que ha dejado la miseria moral y económica como semilla germinante en campos segados por el demonio de los odios y el egoísmo. Lo que crece en ese espacio que Fellini nos muestra es un mundo hostil, duro, exento de amor. Solo Gelsomina, segunda hija vendida por 10.000 míseras liras, al viajante Zampanó por una madre viuda sin más fortuna que los hijos que carga, moneda de cambio.
La piedra de Gelsomina es la que da nuevo sentido a su vida; en ella se ve reflejada gracias a la historia de El Loco. Ella ha nacido para cuidar a Zampanó, que no tiene nadie que le cuide. Pero Gelsomina es superior a un Zampanó repetitivo, que lleva toda la vida repitiendo el mismo ejercicio de rotura de la cadena, repitiendo palabra por palabra su presentación. La edad irá mermando su fuerza. El poderoso Zampanó avanza degenerando.


La superioridad de Gelsomina es moral, pero también personal. Zampanó lo descubre cuando Gelsomina toca la trompeta para las monjas del convento y del instrumento surge una hermosa y triste melodía que conmueve a las hermanas que lo escuchan. Es entonces cuando Zampanó coge el hacha y comienza a partir leña con furor. En sus ojos se ha visto por primera vez el miedo y la envidia ante lo que Gelsomina ha sabido alcanzar. Él siempre la ha presentado como una pobre inculta que todo lo que sabe es porque él se lo ha enseñado. Sin embargo, sabe que ese sonido ha surgido de ella misma que Zampanó no ha logrado ir más allá de su cadena rota. Ahí comienza el peligro para ella, que descubrirá la ingratitud profunda de Zampanó que trata de robar esa noche los corazones de plata que cuelgan de un altar en el convento.
La película de Federico Fellini es una gran obra de arte, viva y actual como todo lo que trasciende el momento. No podemos negar nuestra compasión a Gelsomina, una inmensa Giulietta Masina capaz de trasmitir las transiciones del alma a través de unos ojos luminosos. Sin ella no es posible la intensidad emocional de La Strada. Gelsomina quería ser artista, que para ella significaba hacer felices a los otros porque ella misma lo era, enorme contraste con las actividades mecánicas indiferentes de Zampanó y El Loco. A ella le importan los demás, su arte es un ejercicio de acercamiento al otro, que es siempre una preocupación para ella. El niño enfermo, solo, encerrado en lo alto de un desván la conmueve. Mientras abajo se celebra una boda, arriba el niño enfermo está abandonado, aislado. Gelsomina se conmueve, como lo hará con otros. Cuando Zampanó le hace algun mal, algún desprecio, alguna ofensa, su preocupación no es ella, sino si le hizo lo mismo a su hermana Rosa, la ayudante anterior desaparecida. Esa es su preocupación. La mirada compasiva de Gelsomina va más allá de ella misma, se dirige a un mundo que sufre y que le hace olvidar su propio sufrimiento. La locura final tiene mucho de protección ante la maldad del mundo, por más que se adentre en la más profunda melancolía.


Mientras mirábamos aquella pantalla, viajábamos en ese motocarro destartalado con que el Fellini nos hace recorrer una Italia desolada. Decía Albert Camus al final de su ensayo El mito de Sísifo, en el que define su concepto de absurdo, que se imaginaba a Sísifo feliz, alegre haciendo rodar su piedra por la ladera, convirtiendo el castigo de vivir con consciencia en ocasión de romper el pesimismo existencial. Ni El Loco ni Zampanó han logrado dar un sentido "alegre" a su vida. Sí lo ha hecho Gelsomina, que dejará el recuerdo de su melodía triste y solitaria para consuelo de los mortales que la escuchan. Como un eco de otro mundo, la melodía llegará hasta los oídos de un envejecido Zampanó, que comprenderá en sus propias carnes que solo el amor al otro es capaz de romper nuestra profunda soledad, que los otros son el infierno, como preconizaba Sartre, en A puerta cerrada (1944) cuando se niegan a salir de sí mismos.


El llanto de Zampanó es por darse cuenta que ha tenido en su mano, junto a él, la posibilidad de una felicidad que puede que no sea otra cosa que compartir miserias, pero que siempre es más que la oscuridad solitaria. Si el mundo nos asusta, una mano que apretar nos dice que no estamos solos y que ese prójimo puede ser el camino hacia un exterior donde nuestras decisiones lo pueden convertir en infiernos o paraísos.
Gelsomina pudo ser feliz, vivir su alegría, por triste que sea a nuestros ojos su existencia, una felicidad de las pequeñas cosas, que son las que traen alegría. No así los otros, condenados por sus propias decisiones, por su falta de caridad. Gelsomina, pequeña piedra, canto rodado, gran corazón...




jueves, 26 de diciembre de 2013

El grito

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
En su obra "Crimen y costumbre en la sociedad salvaje" (1926), el antropólogo Bronislaw Malinowski analizaba la visión teórica existente del "salvaje" en la época y escribió:

El salvaje —según el veredicto actual de competentes antropólogos— siente una reverencia profunda por la tradición y las costumbres, así como muestra una sumisión automática a sus mandatos. Los obedece "como un esclavo", "ciegamente", "espontáneamente", debido a su "inercia mental" combinada con el miedo a la opinión pública o a un castigo sobrenatural; o también por el "sentimiento, o hasta instinto, de grupo que todo lo penetra". (22)

Tras mostrar algunos ejemplos, erróneos en su parecer, de cómo ven sus colegas antropólogos a los "salvajes", Malinowski concluye:

Pero cuando inmediatamente se nos dice que "todas estas leyes son aceptadas por el salvaje como una cosa corriente que a él ni se le ocurre quebrantar", entonces nos vemos obligados a protestar. ¿No es acaso contrario a la naturaleza humana el aceptar cualquier represión como si fuese natural y para el hombre civilizado o salvaje cumplir reglamentos desagradables, pesados y crueles, someterse a prohibiciones, etc., sin que se le obligue? ¿Y que se le tenga obligado usando alguna fuerza o motivo al que él no puede resistir? (22-23)


La visión del hombre salvaje como sometido a la costumbre y al grupo, sin voluntad propia, llevado por el instinto, gobernado por los miedos, frente a un individuo racionalista, que ha producido una leyes "justas" y aceptadas por todos conforme a su beneficio, y capaz de rebelarse ante la injusticia, puede parecernos hoy un tanto ingenua en su maniqueísmo, como ya le pareció a Malinowski, que consideraba que esa visión solo era fruto del desconocimiento del "derecho" existente en sus prácticas cotidianas. Para él, lo verdaderamente humano es ese sentimiento de la injusticia y la consiguiente rebeldía.

El problema de la rebeldía ante la injusticia no ha dejado de estar en el centro del pensamiento "civilizado", especialmente desde mediados del siglo XVIII. Se hará una revolución y se seguirá pensando en ella, buscando caminos ante el crecimiento del sentimiento de injusticia, acrecentado por la idea de igualdad y derechos ciudadanos. En la película de François Truffaut, L'enfat sauvage, el sentimiento de rebeldía surge de la percepción de la injustica del castigo; pasará, según su maestro, a entrar en un universo realmente humano". Puede no saber qué es la justicia, pero siente la injusticia. La idea del "hombre rebelde", por ejemplo, nos llega ya en el siglo XX de la mano de Albert Camus, que lo convierte en el centro de su reflexión junto a la idea de absurdo:

Yo grito que no creo en nada y que todo es absurdo, pero no puedo dudar de mi grito y tengo que creer por lo menos en mi protesta. La primera y única evidencia que me es dada así, dentro de la experiencia absurda, es la rebelión. Privado de toda ciencia, obligado a matar o a consentir que se mate, no dispongo sino de esta evidencia, que se refuerza además en el desgarramiento en que se halla. La rebelión nace del espectáculo de la sinrazón ante una condición injusta e incomprensible. (15)**

Camus establece un paralelismo con el razonamiento cartesiano que lleva a salvar al sujeto por el hecho de "pensar" en que existe. Para él, en cambio, previo al pensamiento está el "grito", respuesta visceral con la que el sujeto responde a lo injusto y reafirma su existencia. La rebeldía precede a la esencia. Donde otros encontraron la Razón, Camus encontró la rebelión que surge de la injusticia. El hombre no solo grita ante el dolor, como otros seres vivos; grita ante la injusticia. Se rebela en y con su grito.
Deberíamos percibir el detalle importante de que no se habla tanto de un sentimiento de la Justicia, como de un sentimiento de la Injusticia. Esto supone que la Justicia no es un elemento natural, mientras que la experiencia de la injusticia sí lo es. Acostumbrados a verlos como opuestos, puede parecer extraño. Sin embargo creo que es esa "racionalidad" de la justicia la que conlleva la civilidad. Las leyes, por decirlo así, se hacen para la vida en común, nos afectan a todos; por el contrario, el dolor que provoca la injusticia es un sentimiento individual, por más que podamos compartirlo a través de empatía, la solidaridad o la compasión. Es precisamente ese intento de compartir el dolor ajeno lo que nos hace más humanos.
En las últimas décadas, ha crecido el sentimiento de injusticia y el grito de rebelión. El Sentimiento de la Injusticia se opone al Pensamiento de la Eficiencia, auténtico motor del mundo actual. No trae cuenta pensar en lo humano, en el dolor que surge de su imperfección vital, sino en la consecución de una maquinaria social bien engrasada. El de la Eficiencia es un pensamiento sin dolor, mecánico, y por ello inhumano.


Basta con pasar media hora delante de un noticiario para darse cuenta que hay mucho sentimiento de injusticia y muchos amagos de rebelión, por causa diferentes, repartidos por todo el mundo. Los gritos del que se siente víctima proliferan en una crisis amplia que afecta a las instituciones civilizadas y a su sentido. El grito debería convertirse en diálogo y este en acuerdo para la convivencia. Sin embargo, nunca ha habido tantas voces y tan poco diálogo. Como consecuencia, el grito regresa y resuena como un gran lamento que inunda todo.
No sé si el "salvaje" y el "civilizado" responden ante las mismas injusticias. Puede que difieran en muchas cosas por variaciones en las costumbres y que su tiempo de aguante sea distinto, pero —más pronto o más tarde— todos acaban estallando. El grito estalla. En cuyo caso dará igual si su sentido es "natural" o "cultural" porque su ira será real. Una sociedad no tiene porqué ser primitiva para convertirse en una jungla. Puede serlo de muchas formas. El dolor nos hace humanos, sí; pero, evitarlo nos hace inteligentes. La cuestión radica en ser inteligentes sin dejar de ser humanos. O, si se prefiere, en ser humanos sin ser tratados o tratar a los demás como piezas de máquinas.



* Bronislaw Malinowski (1985): Crimen y costumbre en la sociedad salvaje [1926]. Planeta, Barcelona.

** Albert Camus (1978 9ªed): El hombre rebelde. [1953] Losada, Buenos Aires.





domingo, 4 de agosto de 2013

La causalidad

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Nada une más que la escritura. Ningún lazo es tan sólido como la convivencia en un párrafo, la conjunción por medio, la vecindad de la coma. Lo que la escritura junta, el cerebro lo vive unido.
Algo tenemos los humanos con la causalidad. Puede que nuestra especie se caracterice por la necesidad de causalidad, por no querer vivir en un mundo sin escalas por las que ascender hasta que la distancia alcanzada nos produzca vértigo. Y es que las causas nos pueden llevar al origen, concepto que también tenemos en exclusiva los humanos. Pensar que existe un origen, conectar dos fenómenos y establecer el uno como "causa" del otro es un gran avance psíquico, como nos explican los expertos en psicología evolutiva. Conectamos historias como si todas fueras capítulos dispersos de una obra más amplia.
Una gran parte de la Ciencia se basa en el establecimiento causal de los fenómenos y la explicación de su origen. En el Derecho se habla de la "causa" como proceso, de "causas abiertas" de "causas criminales", de personarse en la causa", etc. No hablemos ya de la Filosofía, plagada de causas "primeras", "finales", "formales", "eficientes", etc. No hace falta explicar demasiado que el concepto es esencial para el desarrollo disciplinar de la Historia o de la Economía. Rechazamos unas explicaciones y aceptamos otras en función de nuestra capacidad temporal de conocer y también de nuestra aceptabilidad, que serían los límites que nuestros prejuicios individuales y colectivos, los culturales, nos permiten para alcanzar explicaciones "razonables", que encajen en las tramas que formamos.


Los procesos causales se ponen en marcha cuando ocurre algún acontecimiento de gran magnitud que nos resistimos a dejar aislado. Hay un deseo, obviamente, de establecer cuáles son los procesos por los que se ha llegado para conocer sus responsabilidades y evitar hechos similares, cuando es el caso.
El accidente del tren de Santiago nos muestra la forma en que funciona la causalidad en sus múltiples dimensiones: física, jurídica y narrativa. En su causalidad material se limita a la aplicación de las leyes de la Física para determinar los efectos de la velocidad en una curva determinada. Se trata de establecer, con detalle, que lo que lo que ocurre a 80 kilómetros por hora no ocurre a 190 y viceversa. La sorprendente aparición del vídeo del accidente pocos minutos después del accidente, colgado en la red y reproducido por los medios de comunicación de todo el mundo, mostraba el exceso de velocidad del tren en la curva. Las preguntas entonces fueron ¿por qué esa velocidad, por qué no se redujo en su momento?

La aparición de un hecho desconocido inicialmente, la "llamada telefónica", abrió nuevos caminos causales. La "distracción" del conductor tenía ya una "explicación" que, sin dejarle sin responsabilidad, permitía ascender por la cadena: ¿quién le llamó; por qué? La historia tenía que avanzar. El descubrimiento de que la llamada la había hecho el interventor del tren añadía nuevas piezas y formas de explicación y responsabilidad.
Aquí se acumularon entonces las informaciones sobre la prohibición de las llamadas, las distinciones entre móviles particulares y de la empresa, la duración, etc. ¿Era el interventor el responsable de haber distraído al maquinista con su llamada? De no haber llamado, ¿se habría producido el terrible accidente?
Cuando el juez llamó al interventor a declarar lo dejó en libertad sin cargos. Entendía que el hecho de que hubiera llamado podía ser determinante, sí, pero no le hacía responsable. La causalidad que se busca en lo jurídico es más compleja que la meramente mecánica. El juez entendió que el interventor hizo una llamada porque era su criterio establecer la necesidad de hacerlo o no. ¿Se equivocó, actuó mal? No. Hizo lo que hizo cuando lo hizo, pero acontecimientos posteriores, el accidente, insertaron la pieza en una cadena inesperada, dotándolo de un sentido narrativo explicativo diferente a raíz de las consecuencias.


La línea narrativa acumula antecedentes que son interpretados a la luz de los nuevos hechos, como si fuera una película contada hacia atrás, con flashbacks. Ese es el protagonismo que adquieren los narradores, especialmente los medios de comunicación, en la construcción de la cadena narrativa, diferente a la jurídica que busca otro tipo de conexión.
Al tercer escalón causal de la historia nos lleva una nueva pregunta: ¿por qué llamó el interventor? Ya tenemos en los periódicos a la familia "causante" de la llamada del interventor al maquinista. La narrativa que se fabrica necesita de ese escalón siguiente, indagar en quiénes eran, por qué fue necesario que llamara el interventor al conductor del tren.

Eso es lo que nos trae hoy el diario El País bajo un título significativo: "La familia que no se apeó en Pontedeume por el accidente de tren de Santiago". ¿Hay un titular más absurdo? Cuanto más lo repaso, más me convenzo de su carácter eufemístico, de su decir sin decir, de su fatalismo encubierto. ¿Cómo titular con algo que no se puede afirmar, pero que aceptas como fondo, como idea de una cadena narrativa causal? En el diario nos cuentan:

Volvían de vacaciones. Había estado toda la familia en Cartagena (Murcia) y el tren Alvia los tenía que dejar a las 22.15 en Pontedeume (A Coruña), muy cerca de Ferrol, la penúltima parada de un tren que nunca llegó a su destino. A las 20.41 del día 24 descarriló en la curva de Angrois, cuando enfilaba los últimos kilómetros hacia Santiago de Compostela. El accidente truncó 79 vidas y destrozó muchas familias. La de Rafael R. quedó partida en dos: perdió a su esposa y a su hija pequeña. Ileso por fuera y devastado por dentro, regresó con el niño a una casa medio vacía.
La "desafortunada" conversación —así la calificó el juez Luis Aláez que investiga el accidente— entre el maquinista y el interventor, que a 199 kilómetros por hora hablaron durante 100 segundos por los móviles corporativos sobre cuál era la vía por la que debía entrar la locomotora en la estación de Pontedeume, ha convertido a una familia de Barallobre (Fene) en protagonista involuntaria de la causa.*

Más allá de la explicación física, más allá de la jurídica, seguimos indagando, tratando de establecer "causas" narrativas, explicaciones que conecten las cosas. La "desafortunada" conversación, los "protagonistas involuntarios de la causa"..., son formas literarias de restablecer un orden mundano que no acabamos de comprender, cómo empieza algo así.
A veces, muy de cuando en cuando, tenemos la revelación de que un pequeño gesto, una palabra dicho o silenciada, tuvo un efecto sobre los demás que nunca hubiéramos alcanzado a imaginar. Pedir al revisor que el tren se detenga en una parada puede "convertirnos" en miembros de una extraña cadena. Todo entonces se cuestiona y revisa, todo se analiza como si hubiera habido otra posibilidad: ¿y si se hubiera llamado cinco minutos antes, si se hubiera dicho en otro momento? ¿Y si...?
Necesitamos hacernos esas preguntas, mal acostumbrados por la Literatura cuya función, en cambio, es mostrarnos que las cosas ocurren ligadas por la causalidad cerrada de las tramas. Lo literario —mitos, leyendas, novelas...— nos enseña, por el contrario, que todo tiene sentido, que nada es casual, que el azar solo tiene lugar en las malas historias. Nos muestra un mundo de culpas y culpables, en el que cada palabra está sujeta a la crítica revisionista, como ha ocurrido con las más sencillas anotaciones del conductor en su página de Facebook, explorada por hermeneutas del destino. La primera obligación de jueces y peritos es no creer que están ante una novela por entregas, establecer el punto en el que las cadenas "causales" empiezan a formar parte negativa de la ficción.

Nos es difícil asimilar el funcionamiento real de la vida, la idea de "absurdo" a la que el existencialismo le dedicó cierta intensidad en el análisis. Quizá no haya más remedio que volver a ser —el que haya dejado de serlo— un tanto camusianos y confesarnos "extranjeros" sobre esta Tierra cruel o, al menos, indiferente. Habrá responsables y responsabilidades, fallos y negligencias, acusaciones políticas, etc. Sin duda. Todo lo que podamos encontrar y demostrar más allá de una duda razonable debe salir a la luz para evitar que lo mismo vuelva a ocurrir. Pero habrá otras muchas cosas que se pierdan en la confusa trama que escribimos durante miles de años, que aspira a la explicación total como sueño.
Jean-Paul Sartre escribió sobre la novela de William Faulkner, El sonido y la furia, lo siguiente:

[...] el presente de Faulkner es catastrófico por esencia; es el acontecimiento que se lanza sobre nosotros como un ladrón, enorme, impensable; que se lanza sobre nosotros y desaparece. Más allá de ese presente no hay nada, pues no existe el porvenir. El presente surge no se sabe de dónde, expulsando a otro presente; es una suma que vuelve a empezar perpetuamente. "Y ... y ... y luego". Como Dos Passos, pero mucho más discretamente. Faulkner hace de su relato una adición: las acciones mismas, cuando son vistas por quienes las realizan, al penetrar en el presente estallan y se desparraman...


El pasaje es notable en muchos sentidos, filosófico y crítico. Intenta precisamente enfrentarse a esa causalidad que nos hace concebir trazados más allá de lo razonable. Más allá de la responsabilidad que se busca está la idea profunda de culpa. A los que se sienten "culpables" por haber sobrevivido —terrible principio psíquico—, se suma esa extraña categoría derivada de un "presente catastrófico", como señala Sartre, en el que el accidente se convierte en un centro desde el que parten  el pasado y el futuro. La catástrofe da sentido a lo que no lo tenía antes —un viaje, una petición de parada, una llamada...—, a lo que antes formaba parte de lo insustancial. Todo es fútil hasta que el acontecimiento lo convierte en relevante. Describe Sarte es emergencia, esa aparición terrible: "el acontecimiento que se lanza sobre nosotros como un ladrón, enorme, impensable". Es difícil expresarlo mejor.
Escriben en El País sobre el padre de la familia: " Él se salvó. Por casualidad, o porque se le antojó algo de beber, según relató a sus allegados." ¡Extraña forma de establecer distinciones allí donde se llega al absurdo, al sinsentido!


Las preguntas ante "presentes catastróficos" de esa magnitud van más allá de lo legal o lo pericial, en los que hay que ahondar hasta el límite. Nos preguntamos siempre porqué. Es humano hacerlo. Y parece que también es periodístico sacarle partido a estas situaciones en las que el deseo natural de saber se satisface ascendiendo en la cadena de preguntas por los caminos que se abren ante nosotros, escalón tras escalón. Las historias se conectan intentando mostrar que en el mundo podemos encontrar "explicaciones", hasta que la causalidad choca no con lo inexplicable sino con lo intrascendente, como levantarse a tomar algo al bar y salvar la vida. Es esa intrascendencia la que nos exaspera, con la que chocamos y nos resistimos. Es enfrentarnos a la trivialidad de lo que causa tanto dolor y sufrimiento lo que nos exaspera, el que unos segundos supongan la diferencia entre la vida y la muerte. Ese es el origen profundo de la culpa del que sobrevive en los grandes desastres, la necesidad de explicación o justificación. Por eso buscamos y buscamos, acumulamos todo tipo de explicaciones que nos permitan comprender o creer que comprendemos, descansar tranquilos.
Como decía en el mismo texto Jean-Paul Sarte, no confundamos el tiempo con la cronología. El tiempo lo marca el acontecimiento catastrófico, terrible marca en el calendario, con un antes y un después. El hecho de fabricar relojes no nos convierte en amos del tiempo, sino en sus esclavos. 


* "La familia que no se apeó en Pontedeume por el accidente de tren de Santiago" El País 4/08/2013 http://ccaa.elpais.com/ccaa/2013/08/03/galicia/1375558327_142384.html