Joaquín
Mª Aguirre (UCM)
El
pasado jueves, 29 de diciembre, me invitaron a participar en la mesa final sobre
la actualidad y futuro de la columna periodística, dentro del I Congreso
Internacional "Columnismo y Periodismo de Opinión" celebrado en la
Facultad de Ciencias de la Información de la UCM . Mi intervención es el texto
que sigue:
Presente y futuro de la columna
Se me
pide que hable sobre el presente y futuro de algo que llamamos
"columna". Por mi formación, no me gusta demasiado hablar de géneros,
sino de textos, es decir, de tipos de textos y formas de lectura. No concibo el
acto de escritura sin su correspondiente acto de lectura, aunque sea
idealizada. Escribimos siempre para unos lectores y lo hacemos de una manera
determinada. La lectura del texto periodístico tiene la especial característica
de la inmediatez de los lectores frente a otros tipos de textos cuya separación
es mayor entre ambos actos. Esta proximidad periodística es también un
determinante, pues sitúa a ambos en un aquí y un ahora condicionante de mayor
intensidad que en otras formas.
Todo
texto implica un contrato de lectura, una condiciones implícitas entre la
producción del texto y la forma de leerlo. Cuando leemos un texto esperamos
algo de él; nos aproximamos con unas expectativas más o menos concretas. La
"columna", a diferencia de otros tipos de textos enmarcados en un
periódico o medio similar, tiene un contrato más abierto. Todos esperamos que
un texto enmarcado en la sección de deportes nos hable de deportes o que uno en
la sección de economía lo haga de economía. Sin embargo, el contrato de lectura
que se establece con los textos columnísticos es diferente ya que el lector
acude a ellos no por un tema concreto sino por una forma de ver la vida, la del
columnista, que se traduce en muchas formas de escritura y en muchos objetos
temáticos.
La
columna no es solo un texto en el que se puede escribir de "lo que se
quiera", un texto "libre"; es también un texto en el que el
lector no sabe bien qué va a encontrar. La característica principal de la
columna es su imprevisibilidad diaria, su apertura. Eso se traduce en esa
pregunta que se hace el lector de columnas justo antes de abrir el periódico:
"¿A ver de qué ha escrito hoy fulanito?" o incluso la que se hace el
columnista cada día cuando debe afrontar la escritura: "¿de qué voy a
escribir hoy?"
La
pregunta del lector es previa a la decisión de leerlo y no en función de su
tema. Puede que de lo que nos hable hoy el columnista no nos interese y lo
dejemos, pero habrá otros a los que sí nos pueda interesar y la leamos. A
diferencia del que accede a los deportes o a la economía, que van buscando unos
temas específicos —los resultados de un partido o los indicadores del
desempleo—, los lectores de columnas se clasifican en los que respetan los
deseos del columnista, se ponen en sus manos y leen todo lo que éste les
ofrece; y los que solo leen aquellos temas que les interesan a ellos.
El fiel
lector de columnas es el que no solo explora el mundo que el columnista le
ofrece, sino el que explora al columnista mismo, verdadero objetivo de sus
pesquisas. Los otros, los ocasionales, funcionan más como el que busca
consejeros cuando tiene un problema específico y trata de adquirir opiniones
sobre aspectos parciales que hoy le interesan y mañana no. Unos y otros están
en su derecho de ser como son, obviamente, pero existe una diferencia: al
primero le gusta que el columnista tenga libertad para explorar por él su
propio universo.
La
esencia de la columna es la libertad; es de ahí de donde procede su variedad.
Las otras secciones de los periódicos están obligadas a jerarquizar el mundo
para poder ofrecer aquellos aspectos más relevantes, que son los que el lector
necesita para estar bien informado, motivo por el cual se accede al periódico.
La "noticia" es el mundo de lo relevante, por eso son imperdonables
la trivialidad y la inexactitud. La "columna", por el contrario, es
el ejercicio estilístico de una voluntad explorando temas y formas,
descentrándose de la actualidad y creando interés sobre algo que a priori puede
no tenerlo. La columna no es el reino de la novedad, sino el de la sorpresa,
que es algo muy distinto. La columna desvela, más que revela.
Entiendo
la columna como un ejercicio diario, semanal o con la frecuencia que se haya
fijado, para poder sorprender al lector con los recursos más variados e
irreverentes, si es necesario. Frente al estilo estandarizado que se ha
pregonado a los cuatro vientos informativos, intento de alcanzar la neutralidad
de la prosa científica como sucedáneo de una verdad que se nos escapa
humanamente, la columna es humana en su brillantez o en su descalabro. En la medida
en que todo está en manos de quien escribe, toda es su responsabilidad, su
acierto o su fracaso.
La
columna es un arte difícil porque requiere la construcción de un texto doble,
en el que se observa lo que se dice y el cómo se dice. Tema, forma y estructura
son decisivos para su éxito. Su objeto ha de resultar interesante, aunque no
sea relevante; su forma debe ser variada y su estructura cambiante para evitar
tanto convertirse en una sección especializada como en aburrir al lector por
las repeticiones. La columna es el mundo de Sherezade.
Lejos
de los lenguajes genéricos que se acaban desarrollando en muchos tipos de
textos periodísticos, la buena columna está condenada a la intertextualidad, es
decir, a realizar juegos formales y temáticos en los que el autor evoca otros
textos, periodísticos o de cualquier otro orden. En la columna es importante el
"juego", las relaciones entre unos textos y otros. La columna no es
solo opinión; es importante el juego polifónico de acoger voces ajenas sin
perder la propia, que enmarcará a las otras.
Distingo
el texto columnístico del "comentarista", aquel que posee
"opinión", pero que se encuentra cercado por las barreras de una
especialidad, como ocurre con los deportivos, políticos o económicos. Para mí,
la libertad electiva de la columna es su hecho determinante puesto que afecta a
quien la escribe y a quien la recibe, estableciendo ese elemento de
imprevisibilidad que establece la unión entre ambos como un acto de confianza y
exploración.
¿El
futuro del columnismo? El futuro de su libertad, por arriba y por abajo. El
periodismo, a diferencia de otras formas de producción textuales, necesita de
los públicos y estos son los que acaban determinado selectivamente los cambios
y orientaciones. Se produce ese fenómeno que ya se describió en el siglo XVIII,
denominado la "tiranía del gusto". Hoy hablaríamos de la tiranía de
los públicos y las audiencias. El "gusto", decían, es "el
sentimiento que juzga", mientras el que el "genio" es "el
sentimiento que crea". Existe una complementariedad entre ambos. Esto
evidentemente supone que la existencia de los textos columnísticos depende,
como otros, de su aceptación y por lo tanto se encuentra cada vez más
condicionado por la propia naturaleza del público, por su formación, por su
capacidad de juzgar, es decir, por su "gusto". Cualquier tipo de
texto está condicionada por la capacidad de apreciarlo de sus receptores. Por
eso no me preocupa el futuro de la columna sino el de los lectores.
Un
texto sin lectores no es un texto; es papel mojado o tinta invisible, como
quieran. Si la columna depende de la aceptación de sus juegos sutiles,
intertextuales, de su capacidad de sorprender, de sus mecanismos retóricos, etc.,
vemos que el nivel de degradación de los públicos es mayor por efecto de lo que
podríamos llamar la "cultura-ambiente", el entorno reductivo que nos
rodea, en el que las referencias han cambiado y se amplían las distancias entre
unos que escriben y otros que leen.
Si el
éxito de la columna está en la calidad de sus textos, perfecto. Pero si su
éxito, medido en términos exclusivamente de número de lectores, se basa en los
fáciles mecanismos de exabrupto, la chabacanería, la reducción a la trivialidad,
la pérdida de la ecuanimidad, etc. etc., habrá muchos columnistas, pero la
columna habrá sido enterrada y resucitada como zombi textual.
No es
un fenómeno único, como cualquiera que se base en el gusto, el sentimiento que
juzga. La tendencia general que nos arrastra es hacia la chabacanería emergente
y hacia el entierro de la sutileza. Eso es lo que tenemos por delante. El
futuro del buen columnismo, como el del resto de periodismo, de la literatura,
del cine, de la música, de cualquier campo que depende de la aceptación ajena,
no depende solo del que lo crea, sino del que lo recibe. Por eso el futuro del
columnismo, de su calidad posible, está esencialmente al otro lado del papel,
en aquellos que pueden apreciarla. Necesitamos de buenos lectores para que se aprecien
los buenos textos.









