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sábado, 17 de mayo de 2025

Tiempo de promesas

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Trump necesita del éxito y el éxito se le resiste en casi todos los ámbitos. Esto está empezando a ponerle nervioso. A la "certeza" les siguen las "promesas" de futuro y las acusaciones directas a los responsables de que el mundo no siga sus instrucciones y visiones claras.

Trump empieza a descubrir que Putin siempre le ha estado tomando el pelo, que no tiene mucho interés en otra paz más allá de quedarse con los territorios conquistados a Ucrania de lo que retirarse sería una señal de debilidad, algo que no se puede permitir.

Se está enfadando ya con Benjamín Netanyahu  porque la situación de Gaza, el genocidio que se está produciendo allí, es impresentable en cualquier foro, interior o exterior. La idea de una Gaza convertida en "resort" israelí es tan impresentable como nauseabunda. El mundo ya no acepta más muertes con las excusas habituales, incluidas las que se dan con las muertes de periodistas a los que se pretende silenciar para que no cuenten al mundo los horrores que ven.

Y a Trump se le acaban los argumentos para explicar que todo lo que iba a cambiar con su llegada a la Casa Blanca no cambia y, peor, se recrudece en algunos ámbitos en los que le han tomado la medida a sus fantasías.


Putin y Netanyahu saben cómo manejar a Trump para conseguir sus fines. Trump necesita venderse como el gran conseguidor y para ello necesita de amigos y enemigos. Lo malo es que el modelo se extiende y ya son varios conflictos los que aspiran a tenerle como "pacificador" tras haber conseguido sus objetivos. Creen que Trump consentirán en apoyarles con tal de vender al mundo que ha conseguido "algo". Trump ha dado muchas pistas sobre cómo manipularlo para sacar el máximo partido.

La visita a los países árabes ricos se ha saldado con compras y ventas, pero sin ningún avance en lo que le preocupa al mundo, las muertes de decenas de miles de personas, inocentes en su gran mayoría, el desplazamiento y destrucción de ciudades enteras para impedir los regresos.

De todo ello es responsable igualmente Trump al amparar las ansias de los ultras sionistas con Benjamín Netanyahu al frente. La visita a los árabes ricos ha mostrado, una vez más, de qué se trata: de hacer negocios y dinero, de aprovechar la escandalosa protección a Israel por parte de estos países en los que el dinero es el auténtico habitante. Son los países que no quieren tener palestinos por miedo a lo que pueda ocurrir, por lo que se traen sus propios "esclavos" de Oriente, como ya vimos en otra ocasión.

Trump ha realizado estas operaciones comerciales con ellos como una señal a los Estados Unidos de que está "trabajando" para ellos o, al menos, para sus empresas. Algunos medios han alertado de que la operación se ha hecho con tanta precipitación que no se han tomado las medidas suficientes para garantizar que esa tecnología que se ha vendido no sea aprovechada por China, el gran temor. Es el problema que tiene el hacer negocios con prisa. 

El presidente estadounidense, Donald Trump, ha cerrado su gira de cuatro días por Oriente Medio diciendo que en Gaza pasarán "cosas buenas", pero sin mencionar los bombardeos de Israel en los últimos días, que han dejado tan solo este viernes más de 50 muertos.

Preguntado por la intensificación de los bombardeos, Trump se ha limitado a decir que "muchas cosas buenas van a pasar a lo largo del próximo mes y vamos a tener que ayudar a los palestinos también". "Mucha gente se está muriendo de hambre en Gaza. Tenemos que mirar a ambos bandos, pero haremos un buen trabajo", ha añadido antes de que despegara el Air Force One.

Trump ha mencionado brevemente también la situación durante un encuentro empresarial en Abu Dabi: "Tenemos situaciones muy serias y estamos vigilando lo que pasa en Gaza y tenemos que ocuparnos de eso porque mucha gente está muriendo de hambre. Muchas cosas malas están pasando".

[...]

Durante su visita, Trump ha pasado de puntillas por temas de dificultad geopolítica relacionados con la región para poner el foco en los "tres o cuatro billones de dólares" en acuerdos comerciales entre empresas estadounidenses e inversores del Golfo, especialmente en defensa, semiconductores y aviación. El jueves, en la parada de Doha, Trump aseguró que quería que Gaza se convirtiera en una "zona de la libertad", de nuevo, sin mencionar el recrudecimiento de los ataques en la Franja.

Los líderes árabes tampoco le han presionado sobre el tema, aunque el más claro fue el príncipe heredero y líder de facto de Arabia Saudí, Mohamed bin Salmán, que pidió a Trump trabajar para poner fin al sufrimiento del pueblo palestino. "Gaza ha sido un territorio de muerte y destrucción por muchos años", aseguró Trump el jueves en Catar, donde añadió que tiene "conceptos para Gaza que creo que son muy buenos".*


Como puede apreciarse, una retórica hueca, una indefinición constante. A las preguntas sobre los problemas reales, Trump responde con evasivas y con acuerdos comerciales, sin darse cuenta que no es él quien controla, sino el que maneja los billones de dólares, algo que le sobra a los países ricos árabes y con lo que compran habitualmente las reticencias a sus políticas retrógradas y represivas.

Los beneficios para las empresas norteamericanas no dejan de ser retrocesos del papel de los Estados Unidos, cuya imagen está destrozando Trump con sus manejos. El presidente no puede seguir prometiendo en una dirección mientras la realidad de los hechos va por otra.  No puede seguir haciéndolo cuando le han tomado la medida y saben que les necesita para vender protagonismo.

* "Trump cierra su gira por Oriente Medio diciendo que en Gaza pasarán "cosas buenas" y sin mencionar los bombardeos" RTVE.es 16/05/2025 https://www.rtve.es/noticias/20250516/trump-finaliza-gira-oriente-medio-emiratos-arabes/16582906.shtml

viernes, 6 de septiembre de 2019

Las promesas del Brexit

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La Lingüística, especialmente a través de la Teoría de los Actos de Habla, le ha dedicado atención a la promesa. Es un tipo de oración que se realiza en el presente y nos remite a algo que se cumplirá (presuntamente) en el futuro. No es casual que la promesa, entonces, se haya hecho el centro de la comunicación política.
La promesa política tiene dos modelos, la del político en el poder, que tiene que concretarse en su mandato, y la del opositor, que nos exige el apoyo previo desde la creencia en que efectivamente harán lo prometido cuando lleguen al poder.
En teoría, lo que se promete deberá ser  cumplido al llegar al poder. Las promesas tienden ser más improbables cuantas menos probabilidades de llegar al poder se tenga. Por esto los partidos marginales se suelen permitir muchas libertades con sus promesas, ya que saben que no llegarán al poder y no tendrán que cumplirlas. Los partidos con probabilidades, en cambio, deben tener mucho cuidado con lo que prometen para no ser recriminados después si no las cumplen. Atrás quedaron los tiempos del "Solo os puedo prometer, sangre, sudor y lágrimas" que Sir Winston Churchill ofreció al sufrido pueblo británico en la época de la II Guerra Mundial.

La promesa es el centro de la Política, para bien o para mal, en un sistema democrático. Esto no debería ser un problema a menos que la política se convierta solo en el arte de hacer promesas. La cuestión está en que hoy la política democrática de dirime en un escenario mediático en el que las promesas compiten entre sí para conseguir primero atención y después votos. Es difícil conquistar a los electores con realismo; prefieren, como con Trump, que les prometan una "América grande de nuevo" o un Reino Unido como centro de un nuevo imperio victoriano. Es fácil prometer, decimos; más difícil es cumplir.
Con el increíble título "No one thought a UK Prime Minister could be worse than Theresa May. Until now", la CNN (de nuevo Eliza Mackintosh) nos ofrece las consecuencias de la facilidad de prometer de Boris Johnson. El Brexit mismo es una "promesa" que nadie sabe cómo cumplir o, peor, saber cuáles serán los efectos reales de intentar cumplirla. 
Ya hemos visto (vemos cada día) lo terribles efectos destructores... ¡en la política y la sociedad británicas! Todos los beneficios prometidos son hasta el momento una crisis sin precedentes en el Reino Unido, que sigue golpeándose su propia cabeza con un martillo ante la mirada atónita del resto del planeta.
Señala Eliza Mackintosh:

Could someone be worse than Theresa May, the UK Prime Minister widely panned as "the Maybot"?
By the end of her inglorious three-year stint in Downing Street, even her most loyal supporters admitted that the robotic May would never be regarded as one of the greatest British leaders.
By comparison, Boris Johnson's off-the-cuff, sunny disposition made him a darling of Conservative Party members who chose him for the top job when May finally resigned, defeated by her inability to get a Brexit deal through Parliament.
On his first day as Prime Minister, Johnson promised a bold new Brexit deal, bashing the "doubters, doomsters, gloomsters" and the political class who he said had forgotten about the British people they serve. It was as if an upbeat attitude alone could be enough to overcome any adversity on the United Kingdom's path to exiting the European Union. 
For a moment, it seemed he would breathe new life and, in his words, "positive energy," into the Brexit process. Some thought, just maybe, he could manage to do what May did not.
How quickly it all went wrong.*


La historia de cómo la "nada" del Brexit se tradujo en una crisis sin precedentes devorando a todos los que tratan de sacarlo del plano de la promesa al de la realidad debería servir de ejemplo a los políticos (y a los pueblos) sobre los peligros de hablar demasiado en política y, especialmente, vivir de crear situaciones conflictivas ofreciendo cosas difíciles de cumplir sin una evaluación de riesgos. 
El temor a que los demagogos, como Farage, les quitaran protagonismo o poder con la promesa de salir de Europa, presentando a esta como el enemigo que mantenía a Reino Unido humillado y pobre, hizo que los conservadores se fueran apuntando a esta promesa. 
Cameron cayó en la trampa y arrastró a todos al agujero negro del Brexit con su referéndum, decidido por las promesas más infames de lluvias de oro. Es más fácil prometer lo imposible que explicar lo posible. 
A Theresa May le tocó intentar llevar al papel algún tipo de acuerdo debatiendo contra un continente, contra la realidad, contra la oposición y su propio partido  y, finalmente contra la Historia y el sentido común. Demasiado para alguien que solo contaba con el apoyo de Donald Trump, un presidente que no sabe si su resort está en Irlanda o en Reino Unido, como ha mostrado la prensa norteamericana a través de uno de sus tuits.
Boris Johnson es el hombre de las promesas. Su éxito inicial ha sido prometer que haría lo que May no hacía. Luego, como dice Mackintosh, "quickly it all went wrong".
 La cuestión es que May hizo mucho más que lo que ha hecho él, aunque el camino le llevara a la picota a manos de su propio partido y la oposición. "¡Qué mujer más tozuda!", interpretaron leyendo los labios a Corbyn, aunque algunos creen que fue algo más expresivo. No hay esas dudas con lo que llaman a Johnson, cuya lucha bufonesca no tiene nada de épica. Simplemente se encuentra con lo que ha buscado.
Boris Johnson promete. Lo hace sin tener en cuenta que lo que va a tener enfrente es lo mismo que May, pero más hartos y aburridos. Es unilateral y obcecado. Escribe Mackintosh: "Now, he is effectively trapped in Downing Street, with Corbyn holding the keys". Y es cierto. Su histrionismo calculado ya no le sirve de nada. Johnson se ha agotado en el "programa piloto". No hay serie.

El remate lo ha puesto el hermano de Boris, Jo Johnson, el diputado y ministro, al presentarle la dimisión a su propio hermano. Eso le ha dado un arma fácil a la oposición, como bien señala Mackintosh. ¿Tú también, Jo?
En un acto en el que Johnson se rodeo teatralmente de cadetes de la Policía, Eliza Mackintosh escribe:

Finally, in the heat, one of the cadets behind him sat down, apparently to avoid fainting. Johnson turned to ask her if she was okay, promised to end the event, but carried on anyway.*

La anécdota nos lleva de nuevo al valor que la promesa tiene a manos de políticos como Johnson, un puro ejercicio retórico de calmar o atraer a los demás, según el momento. No creo que el mareo del cadete le importara mucho. Era solo parte del decorado que necesitaba para transmitir sus promesas.
El Brexit está marcando la política en el fondo y en las formas. Habría que aprender a moderar las promesas y evitar que los partidos importantes jugaran a prometer cosas como si no fueran a llegar al poder.
La salida de Reino Unido de la Unión Europea es un asunto trascendente, de los más importantes en política internacional y europea en particular. La frivolidad de los Farage, Cameron o Johnson, la tibieza de muchos otros, se está pagando. Hoy la promesa del Brexit se está tragando a todos. Johnson está ya en el poder; ha servido para que se pregunten si queda algo peor.



* Eliza Mackintosh "No one thought a UK Prime Minister could be worse than Theresa May. Until now" CNN 6/09/2019 https://edition.cnn.com/2019/09/06/europe/boris-johnson-theresa-may-brexit-gbr-intl/index.html








viernes, 9 de septiembre de 2011

Promesas al cubo

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La torpeza de González Pons al hablar de millones de empleos como objetivo en esta próxima legislatura ha sido un ejemplo de la forma en que la palabra se usa de forma ligera en el mundo de los políticos. Las explicaciones de las meteduras de pata suelen ser siempre divertidas y en este caso lo son un poco más dada la facilidad retórica del prometedor portavoz. Pero el ejemplo de González Pons no es más que uno más de que tantas veces va el cántaro de la promesa a la fuente, que al final ya sabemos lo que ocurre, Se rompe, desparramándose su contenido de incontinencia verbal.
Nuestros políticos siguen aquejados del mal de la palabra venidera, cuya manifestación más virulenta es la promesa electoral. En Política, al mal de los que prometen demasiado se suma el peor de los que no cumplen lo que prometen. Así, la promesa excesiva y la promesa incumplida se suman, amplificando el desengaño político de un electorado que ve a sus políticos convertidos alternativamente en charlatanes y desmemoriados según les convenga.
La historia de la política española está llena de frases que se quedaron en eso, en frases, en ecos que rebotan contra las paredes de la dura realidad hasta perderse en la lejanía y se atisba de nuevo en el horizonte la nueva campaña en la que poder descargar la negra nube de las promesas sobre los fértiles electorados. El verbo fácil está al alcance de todos. Puedo prometer y prometo; puedo hablar y hablo.


Pero las promesas al electorado, las realizadas por los pícaros retóricos, de nada valen cuando se encuentran entre ellos y tienen que llegar a acuerdos creíbles. Es lo que ha ocurrido con el techo de la deuda y su afán de ponerlo en la Constitución. Cada vez se hace más evidente, por lo que tenemos delante, que el problema no son los mercados o Alemania. El problema somos nosotros, nuestra incapacidad de mantener esas promesas presupuestarias y, lo que es peor, un Estado construido sobre la suma de tantas promesas. En España todos prometen y la única forma que han encontrado de ser creíbles (ser creíbles es que otros lo acepten) es llevar el compromiso hasta el texto constitucional. El acuerdo se produce, lo señalamos en su momento, para poner coto al gasto autonómico, que todos prometen controlar, pero ninguno lo hace. El diario El País describía así el problema expuesto por la Ministra salgado:

La Administración central y la autonómica funcionan como vasos comunicantes: si las comunidades incumplen sus compromisos, el Estado central debe compensar la diferencia. ¿Cómo? "No está previsto ningún ajuste por el lado del gasto, ni a día de hoy ni a día de mañana. Y tampoco por el lado de los ingresos", ha subrayó Salgado, "a día de hoy". Traducción libre: habrá subidas de impuestos. Preguntada >por la recuperación del Impuesto de Patrimonio(eliminado en 2007 por el Ejecutivo de Zapatero con el argumento de que estaba anticuado y recaía sobre la clase media), Salgado ha sido todo lo clara que puede ser una ministra de Economía en una situación como la actual, cargada de incertidumbre. "Si el Gobierno decide recuperar Patrimonio, el decreto ley estará listo en escasas horas", ha explicado a los periodistas.*

Los periodistas se van convirtiendo en zorros viejos y, a diferencia de los electorados, tratan de mantener en la memoria los datos que les permitan diferenciar la promesa viable de la promesa hueca, la afirmación real y la inconsistente. Como los periodistas comiencen a citar entre paréntesis las incongruencias políticas, como ocurre en el párrafo anterior, la clase política va a tener que despedir a todos esos asesores cuya teoría comunicativa se centra en las evasivas, en las generalidades, en el agitar con contundencia los brazos en los momentos en que se quiera manifestar firmeza y hacer una pequeña pausa dramática mirando a los ojos al interlocutor para mostrar que se encara el futuro con seguridad y todo esté en las manos correctas.
Que los periodistas españoles —como también ocurre en el párrafo citado— tengan que actuar de traductores y correctores de lo que los políticos españoles dicen o hacen, que hayamos convertido las ruedas de prensa ministeriales en comunicados diplomáticos que necesitan ser reinterpretados, no deja de ser un progreso informativo. La “traducción política” ha pasado a ser una actividad necesaria porque en la medida en que el paraíso prometido se distancia de la cruda realidad, la promesa tiende a intensificar su flujo y entonces les ocurre lo que a González Pons, que no es más que un remix de aquello de los “ochocientos mil puestos de trabajo” al que se le ha sumado el efecto de la inflación. Hasta ahora se nos transmitía en su “idioma original”, es decir, en su vertiente retórica, en la que cualquier pequeño paso era un gran paso para el Gobierno.


Ninguno de los discursos explicativos dados en el parlamento el otro día afrontaba la realidad del problema. Los enfrentamientos, en cambio, sí permitían ver perfectamente quiénes se sentían agredidos por la medida: las autonomías que no están dispuestas a moderar su gasto, como revela de nuevo la comparecencia ayer de Salgado.

La situación económica ya no permite la promesa retórica porque afecta a la credibilidad exterior y al incumplimiento de lo pactado, algo que a efectos internos no les preocupa a los incumplidores. El problema del endeudamiento no es el endeudamiento en sí, sino lo poco que se ha logrado con ello, es decir, lo mal que se han gestionado nuestras inversiones en la transformación del país. No hemos conseguido tener un país con una economía sólida, un país con empleo de calidad y capacidad productiva y de exportación. Nos hemos estancado y recreado ante la efectividad de un modelo que nos permitía creer que podíamos dar ventaja a la tortuga y reírnos de la hormiga. Al final las fábulas contienen siempre una verdad que te cae sobre un pie. Nuestro maravilloso mundo de Ferrán Adriá y Arzak, de Nadal, de la estrella en la camiseta de la selección, de Fernando Alonso, de Madrid y Barça y sus clásicos del siglo, etc., es un mundo muy bonito, pero muy caro e ilusorio. Para que la economía de este país avance tenemos que traernos unos juegos Olímpicos, varias carreras de Fórmula 1, todo el Mundial de Motos, celebrar varías veces al año Sanfermines y Fallas, y que el Papa Benedicto XVI no venga solo a Madrid, sino que realice una gira por todos las comunidades autónomas. “El espectáculo debe continuar” debería incluirse, quizá en latín, en el escudo nacional. Es el futuro por el que hemos apostado. Hay algo peor que el clásico "pan y circo"; es que te tengas que ganar el pan con el circo. Al final acabas tú con los leones.
Las promesas y los sueños se parecen; ambos remiten al orden de lo irreal, pero son moneda corriente. Los políticos que hacen soñar a sus pueblos pueden ser buenos. Los que no quieren que se despierte, no. Promesas al cubo y un cubo para las promesas.

* "El gobierno llama a capítulo a las autonomías para atajar el déficit" El País 08/09/2011 http://www.elpais.com/articulo/economia/Gobierno/llama/capitulo/autonomias/atajar/deficit/elpepueco/20110908elpepueco_12/Tes


miércoles, 13 de julio de 2011

Sobre la promesa política como una de las bellas artes


Joaquín Mª Aguirre (UCM)

“Ganarse la vida es vender algo que la gente necesita una vez al año. Ser millonario es vender algo que la gente necesita cada día. Ser un artista es tratar de vender algo que la gente no necesita nunca”. Con esta sesuda reflexión, a mitad de camino entre la concepción kantiana del arte y Adam Smith, el acaudalado empresario de Yonkers, el Sr. Horace Vandergelder, deja clara la separación entre el valor estético de las cosas y su valor económico.
Como han señalado los economistas, el valor de las cosas es el que determina su mayor o menor escasez. Las cosas valiosas son las que escasean y la gente necesita mucho. Eso afecta a todo tipo de elementos, productos, servicios o cualquier otra cosa, la mano de obra incluida.  Cuando todos queremos algo, inmediatamente sube su valor. Cuando no lo queremos, su valor cae. Si el valor cae, podemos tratar de hacerlo más atractivo para que vuelva a suscitar interés. Eso lo hacemos aumentando los beneficios hasta que los demás vuelven a fijar su mirada en lo que ofrecemos. En ciertos casos lo haremos disminuyendo lo que pedimos —bajamos los precios si queremos vender— y en otros aumentado lo que ofrecemos.
Pero habrá casos en que dé igual lo que ofrezcamos, porque a nadie le interesará. Cuando eso ocurre, tenemos un “bono-basura” que, según el razonamiento de Horace Vandergelder, reduciría a un mero valor decorativo lo que antes tenía algún valor. La expresión “valor decorativo” de las cosas es metafóricamente interesante porque considera ese nivel de inutilidad en el plano estético: la decoración. Cuando algo ya no tiene utilidad, lo colocamos sobre la chimenea, el televisor, el piano o un estante convirtiéndolo en decorativo. Solo pasaría a tener valor si alguien también lo quisiera sobre su piano, por decirlo así.
Los mercados están decidiendo el paso del “valor” a la “decoración”, de lo útil a lo que se coloca en un marco. Los problemas provienen de los que creen que los “rescates” no son más que “ficciones” desarrolladas para devolver el valor a algo que ya no lo tiene.


La política de la confianza, de afirmar repetidamente que las cosas van a mejor, tiene unos límites. Y entre las palabras y los hechos se pueden establecer disonancias. Lo que escuchamos puede que no sea lo que vemos y los mercados se guían más por lo que ven que por lo que oyen. No se creen la obra teatral. La política europea de reuniones precipitadas no deja de ser una escenificación destinada a tranquilizar. Pero no es lo mismo hacer algo que hacer ver que se está haciendo algo.
En España, nuestros políticos se han pasado años diciendo cosas que no se correspondían con la realidad, negando hechos con palabras balsámicas que han servido para tranquilizar a los ciudadanos más que para solucionar los problemas reales.  Han hablado, pero no han solucionado la fuente de los problemas que es nuestro crecimiento de lo improductivo y decrecimiento de lo productivo. Esta política del discurso de la confianza solo es sostenible cuando va acompañada de hechos y eso es lo que ha faltado. La mayor parte de las situaciones que se dijo que no iban con nosotros, iban especialmente con nosotros. Tenemos que empezar a exigir a nuestros políticos una mayor responsabilidad en sus discursos y el compromiso de los hechos.

Paolo Fabbri
En una visita a España del semiólogo italiano Paolo Fabbri, me comentó que los titulares de la prensa española estaban llenos de verbos en tiempo futuro. Pusimos los periódicos encima de la mesa de hall del hotel y comprobamos que era cierto en una gran mayoría de titulares políticos. Los políticos españoles se han acostumbrado a que es más barato prometer las cosas que hacerlas, que la promesa es un acto en el presente que remite a un futuro que puede llegar o no. Aquel famoso “puedo prometer y prometo” con el que se inauguró la vida política democrática española marcó verbalmente a los políticos que siguieron. Y siguen en la senda de la promesa.
Ahora que parece que los ciudadanos están decididos a mantener el nivel de exigencia de cumplimiento alto de las promesas políticas puede que se esmeren más en precisar su descripción de la realidad y las medidas que toman para corregirla. La promesa que no se cumple es también un acto estético, pero un acto estético diferido: le sirve al político para lograr algo hoy, pero no tiene valor para el ciudadano mañana. Las promesas no se pueden sustituir por otras promesas, sino por los hechos cumplidos.
Por seguir el razonamiento de Horace Vandergelder y parafrasearle, “una promesa política es algo que todos necesitan desesperadamente escuchar hoy y que nadie verá cumplido en el mañana”. Existen “promesas-basura”. Y no hay mejor muestra de confianza que no tener que escuchar promesas. Con los hechos suele ser suficiente.

El Sr Horace Vandergelder y su brooker la Srta Dolly Levi